Para recordar aquello que no podemos olvidar, lavaca le pidió ayuda a ocho artistas. Así, León Ferrari, Carlos Alonso, Hermenegildo Sábat, Miguel Rep, Adolfo Nigro, Sergio Langer, Pedro Roth y el Grupo de Artistas Plásticos Solidarios realizaron especialmente estas obras para repetir tantas veces como sea necesario: aparición con vida de Julio López.
Para recordar aquello que no podemos olvidar, lavaca le pidió ayuda a ocho artistas. Así, León Ferrari, Carlos Alonso, Hermenegildo Sábat, Miguel Rep, Adolfo Nigro, Sergio Langer, Pedro Roth y el Grupo de Artistas Plásticos Solidarios realizaron especialmente estas obras para repetir tantas veces como sea necesario: aparición con vida de Julio López.
Hermenegildo Sábat. click para agrandar |
Grupo de Artistas Plásticos Solidarios. click para agrandar |
Sergio Langer. click para agrandar |
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Adolfo Nigro. click para agrandar |
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Carlos Alonso. click para agrandar |
Jorge Julio López, 76 años, ex albañil, testigo y querellante en el primer juicio oral y público por genocidio tras la anulación de las leyes de impunidad. Fue un desaparecido durante la dictadura. Es un desaparecido en democracia: nadie sabe nada de él desde el 17 de setiembre de 2006.
Al día siguiente, López iba a terminar un capítulo de esa historia que comenzó cuando lo secuestraron, el 27 de octubre de 1976 y que a lo largo de 30 años tropezó con las más increíbles formas de impunidad.
"Callate la boca y no digas nada", le dijeron cuando lo soltaron, luego de haber soportado cuatro centros clandestinos de detención -el Pozo de Arana, la Unidad de Cuatrerismo, la Comisaría 5 de La Plata y la Comisaría 8, también de esa ciudad- hasta que lo "legalizaron" poniéndolo a disposición del Poder Ejecutivo Nacional en una cárcel, de donde salió finalmente el 25 de junio de 1979.
Pero López habló -como tantos otros- y el represor Miguel Etchecolatz fue condenado. Sin embargo, la historia no terminaba allí: el nido de impunidad que denunció López involucraba a -por lo menos- 62 militares y policías. Sólo 7 estaban detenidos al momento del juicio en el que López declaró como testigo, sin cuidado ni protección alguna.
En las vísperas del fallo, volvió a ser un desaparecido. Y una vez más, nadie vio qué pasó.
Un país en el que la impunidad no es una pieza de museo nos obliga a repetir una vez más la consigna "aparición con vida". Y a gritar, dos veces más fuerte, su necesario colorario: "castigo a los culpables". Sólo así recuperaremos el sentido de esas dos palabras con las que López hoy nos interroga: nunca más. |

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