Aquel dólar 1 a 1 y sus consecuencias

Categoría: Notas

Esta es la ponencia que leerá el italiano Emiliano Brancaccio en el Forum Social Europeo en la primera mesa que debatirá sobre el liberalismo el próximo jueves 7 de noviembre en Firenze (Florencia) en la Fortezza di Basso.

Contra la tiranía de los mercados financieros: la taza Tobin y el control de los movimientos de capital (fragmento)

Por Ricardo Bellofiore y Emiliano Brancaccio

En 1998, a causa de la crisis de la rupia en Indonesia, en la periferia de Yakarta, empezaron a formarse, cada noche, largas procesiones de desheredados que se dirigían hacia la zona del mercado del arroz. Su intención era la de recoger los granos caídos en el piso durante el día de distribución, con el fin de juntar una cantidad de arroz necesaria para quitarse el hambre.

Más recientemente, apenas pocos meses atrás, la Argentina fue sacudida fuertemente por una trágica ola de saqueos y revueltas cuyas imágenes, trasmitidas en todo el mundo a través de los medios, están aún ahora vivas en nuestras mentes.

Hay, sin duda, algo de misterioso en la relación entre la oscilación del mercado de cambio y la exasperación en la vida cotidiana de millones de personas. La existencia de un nexo fue percibida por muchos, y en particular por quienes vivieron en primera persona la dramática experiencia de una crisis monetaria. Esto vale en parte también para nosotros, italianos, que tendemos a ligar espontáneamente el recuerdo de los ataques especulativos a la lira en 1992 con el comienzo de la “política de sacrificio” perteneciente al gobierno de Amato y Ciampi. Esta conexión se agrava además por la sensación de que, en circunstancias particulares, la estabilidad económica de un país puede depender de las decisiones de unos pocos, los grandes especuladores. En este sentido, George Soros escribió que en 1992 se abstuvo de especular contra el franco francés porque prefirió evitar convertirse en el responsable del “crack” definitivo del Sistema Monetario Europeo. (1). Una declaración inquietante, considerada creíble por muchos estudiosos notables, que tienden a valorar las percepciones comunes según las cuales, hoy quizá más que en el pasado, el destino de muchos puede depender de las decisiones anónimas de unos pocos.

Más allá de las simples percepciones, sin embargo, es siempre difícil entender. La comprensión de la precisa secuencia lógica que permite valorar la existencia de un nexo entre las decisiones de los especuladores y la vida cotidiana de millones de personas difícilmente pudo comprenderse más allá del entorno de los especialistas. Por lo tanto, justamente con el fin de hacer este nexo lo más explícito posible, el razonamiento que sigue propondrá un esquema simplificado en base al cual interpretar el fenómeno de la crisis de la moneda.

Por lo general, una crisis se origina a partir de las decisiones que toma un país al vincular la propia moneda a una tasa fija de cambio con el dólar o con cualquier otra moneda fuerte, aceptada como medio de pago internacional. La banca central argentina, por ejemplo, hasta hace pocos meses, se declaraba lista para comprar pesos a los privados y ceder en cambio dólares, según una relación fija de uno a uno. Las razones por las que un país decide engancharse a una moneda fuerte son muchas. Entre ellas, es frecuentemente citada la exigencia de estabilizar la moneda nacional con el objetivo de acrecentar la confianza de los inversores sobre la misma. Otra motivación para el enganche, menos citada pero no por eso menos importante, es que con esta medida se puede intentar vencer la inflación interna. En efecto, si un país se liga renunciando de este modo al instrumento de la devaluación, las industrias de exportación serán impulsadas a oponerse por todos los medios a los aumentos de los costos internos y en particular de los salarios, porque saben que tales aumentos, descargados sobre los precios del mercado, darían lugar a una pérdida de competitividad internacional. La paridad fija con una moneda fuerte constituye entonces un posible instrumento de disciplina contra las reivindicaciones salariales, lo que aclara uno de los motivos por los cuales, después del desenganche de la lira del Sistema Monetario Europeo en 1992, de varias partes de Italia empezó a tramarse la consolidación de un pacto social con los sindicatos, un pacto que permitiese frenar los salarios aún en ausencia del vínculo de la paridad fija con el marco o con otras monedas europeas.

De todos modos, cualquiera sea la motivación del enganche a una moneda fuerte, los problemas a los que esta situación puede fácilmente dar lugar son: la sobre valuación de la moneda nacional y una progresiva pérdida de la competitividad que traen aparejadas una peligrosa tendencia a importar demasiadas mercaderías y a exportar demasiado pocas.

La pérdida de la competitividad puede a veces verificarse a causa del hecho de que el enganche a la moneda fuerte (y la consecuente imposibilidad de devaluar), se vuelve inadecuada para garantizar la contención de las demandas salariales, de los costos y por lo tanto también de los precios de las mercaderías. Con frecuencia, sin embargo, la crisis de competitividad se dispara de fenómenos externos, mayormente generados o favorecidos por la dinámica especulativa: por ejemplo la moneda fuerte a la cual el país está enganchado tiende a subir, quizá justamente mientras los principales socios comerciales del país están devaluando, la pérdida de la competitividad, entonces, será inevitable. Un caso de este tipo es precisamente el argentino, que en los últimos años tuvo al peso obligado a seguir las alzas extraordinarias del dólar en el mismo momento en que el real brasileño se devaluaba, con la consiguiente caída de las exportaciones argentinas con respecto a las brasileñas. En circunstancias parecidas, para preservar la competitividad, la Argentina debería haber impuesto bajas de salarios tan rápidas e intensas como para compensar la inmensa alza del dólar y del peso respecto del real. Una receta tan violenta que toca lo absurdo, aunque no faltaron voces notables que se apuraron, más o menos explícitamente, a intentar llevarla adelante.

La sobre valoración de la moneda de una país y la consiguiente pérdida de competitividad, entonces, implican que este país no será capaz de reunir muchos dólares de las exportaciones de las mercaderías propias y que por fuerza tenderá a usar esos pocos dólares de los que dispone, y entonces podría, un día u otro, declararse incapaz de garantizar la conversión de la propia moneda en dólares según la paridad fija preestablecida. En otras palabras, el país podría más rápido o más tarde ser obligado a devaluar, desenganchándose de la moneda fuerte.

En teoría, aún en presencia de tales dificultades comerciales, la situación puede prolongarse si los prestamos en dólares siguen aumentando. El problema, entonces, es que la devaluación daña a los acreedores y entonces los préstamos aumentan solo si la probabilidad del daño es remota. Pero, paradojalmente, la probabilidad de una devaluación será tanto más remota cuando más aumenten los prestamos! Esta suerte de gato que se muerde la cola indica, en el fondo, que cada operador financiero continuará prestando dólares al país sólo si considera que los otros operadores harán otro tanto. La situación, en síntesis, se concentra toda en manos de los operadores financieros. Si estos se convencen de que la tendencia a abandonar el país es proclive a prevalecer, la misma tendencia se verificará efectivamente. Keynes hablaba de expectativas que se autorealizan, acumulándose unas con las otras.

2.Tobin (1997)

3.Dornbusch (2001)

4. La devaluación es temida por los acreedores en todos los casos. Ya sea que ellos reembolsen en la moneda local sujeta a la devaluación, ya sea que ellos reembolsen en dólares. En el primer caso, en efecto, a continuación de la devaluación los acreedores serán reembolsados con una moneda local que en términos de dólares valdrá mucho menos de lo previsto. En el segundo caso, el riesgo de los acreedores consiste en las declaraciones de quiebra de los deudores, o en el pedido de renegociación de las deudas. Así, cuando los deudores son obligados a pagar en dólares, todo el peso de la devaluación recae sobre ellos. En esta circunstancia, la historia nos enseña que los deudores, encontrándose con frecuencia imposibilitados de respetar sus obligaciones, piden una renegociación de los pagos. En función de estos hechos es significativo ver como, durante todo el transcurso de los años noventa, el Fondo Monetario Internacional, se tensaba si debía tutelar a los acreedores aún en las circunstancias más dramáticas, y no avalaba casi nunca los pedidos de renegociación provenientes de los deudores.

Los especuladores, en general, entran en juego justo en circunstancias de este tipo, cuando el país en dificultad y los acreedores, temiendo el fantasma de la devaluación, se predisponen a la fuga. En una situación de este tipo, operadores dotados de una enorme liquidez, están en condiciones de iniciar un asta de moneda local, con el fin de venderla pronto o rifarla más tarde. El banco central tailandés, por ejemplo, tuvo que afrontar en 1997 una ola de pedidos de cambio de bath a dólares que agotaron muy rápido sus reservas de dólares y lo obligaron así a devaluar. Naturalmente, una vez iniciado el ataque de los especuladores, es probable que a esto se sume el retiro de los acreedores, en base a la expectativa que tarde o temprano el país cederá a las presiones dejando caer la moneda propia.(5)

Es justamente en este punto que, además de alejar la tendencia de fugas masivas, la autoridad del país bajo presión inicia una sucesión suicida de sacrificios y execrables medidas macroeconómicas, todas orientadas a mejorar las cuentas con el exterior y a evitar así el agotamiento de las reservas en dólares. Las acciones de la autoridad, se concentran, en general, sobre dos frentes. De un lado, se decide aumentar las tasas de intereses internas para convencer a los acreedores de permanecer y evitar de este modo la salida de dólares del país. Por otra parte, se aumentan las tasas y se comprimen las compras internas con el fin de desencadenar una ola recesiva que determine los siguientes efectos: una caída de las importaciones, un aumento de la competitividad y de las exportaciones a través de la desocupación y la caída consecuente de los salarios y de los precios, un aumento de las tasa de interés reales y por consiguiente un incentivo posterior para que los acreedores no los abandonen.(6) Es de destacar el hecho de que estos objetivos que animan las políticas restrictivas de los gobiernos, tienen bien poco que ver con la necesidad de sanear las cuentas del Estado, lo que hace comprender por qué el pedido de “sacrificios” a la población ha estado convocado en presencia de balances públicos en perfecto orden! (7)

De cualquier manera, como dejó evidenciar el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, tales medidas draconianas no llegan jamás ni a impedir la fuga del capital ni a impedir la devaluación.(8) La liberalización de los mercados financieros mundiales, de hecho, consiente hoy a los operadores privados, mover en poquísimo tiempo enormes cantidades de capital de un lugar a otro del mundo: masas cuya amplitud constituye un múltiplo de las reservas de los bancos centrales nacionales a causa de esto impotentes, y cuya velocidad banaliza las medidas autoflagelantes y grandiosas de cada país.

(5) Conviene aclarar que un acreedor puede ser al mismo tiempo un especulador por lo cual la distinción entre las dos categorías puede ser ficticia. Pro otra parte, un especulador no tiene necesidad de ser un acreedor, de este modo, la mayoría de las veces es él mismo un deudor, de naturaleza un poco particular: para atacar el bath tailandés, por ejemplo, un especulador puede hacerse prestar bath, venderlos hoy, esperar la caída, recomprarlos mañana a precios de remate, restituir la suma recibida en préstamo y quedarse con la diferencia derivada de haber vendido a valores altos y recomprado a valores bajos.

(6) Para un análisis teórico de los efectos que favorecen a los acreedores de la deflación y para una aplicación, en el caso italiano, cfr.- Brancaccio e Marconi. (2002 a)

(7) Se recuerda, en tal sentido, que en 2001, Argentina presentaba todavía, a pesar de la prolongada recesión, una deuda pública del 50 por ciento del PBI y un déficit del al 2,5 por ciento. Datos envidiables, teniendo en cuenta las cifras de los países europeos del Tratado de Maastricht.

Los únicos efectos ciertos de tales políticas consisten, entonces, en el deterioro aterrador de las condiciones de vida de los trabajadores, de los pensionados y de las franjas más débiles de la población, en general las más golpeadas por las medidas restrictivas de los gobiernos.

La secuencia descripta nos permite entonces individualizar, aunque más no sea a grandes rasgos, el nexo que atraviesa una serie de ventas veloces de rupias o de pesos en el mercado de cambio y los conflictos sociales y étnicos que estallaron en Indonesia durante los años 90 o las manifestaciones en Plaza de Mayo en enero pasado. La secuencia aclara algunas cuestiones políticas cruciales. Con esto, se evidencia que el enganche a una moneda fuerte, causa primaria de la crisis, puede depender ya sea del intento de un país de protegerse contra las oscilaciones de la propia moneda, ya sea por la voluntad de reprimir las reivindicaciones salariales y el conflicto social. La misma secuencia, en fin, muestra que la facilidad con la que hoy se puede verificar una fuga de capitales depende de la actual y absoluta liberalización de los mercados monetarios y financieros, una orientación política que ha dominado el curso de los últimos veinte años pero que ninguna región debe considerar irreversible.



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