La crisis según Bazar Americano
Categoría: Notas
En enero del 2002 el sitie Bazar Americano ofrecía esta mirada sobre el proceso asambleario. Sus ejes: “Sólo la política podrá reorganizar ese universo social desquiciado, reconstituyendo las formas de representación en que las demandas se articulen y los bloques sociales se expresen. Está por verse si el activismo en la calle, en estas condiciones de divorcio de toda idea de política organizada, funciona como un dinamizador de la necesaria transformación que tiene que operar sobre sí misma la sociedad argentina”.
El problema es que tratar de entender mejor la protesta social de estos días y no opinar despectivamente sobre las clases medias que la protagonizan no implica sostener que estamos asistiendo, vía movilización y cacerolazo, al parto de un nuevo país. No hay que ser demasiado sagaz para notar cuánto del país que se muere hay en esto que, por ahora, parece mucho más su síntoma que su remedio. Cabría recortar, de todos modos, el sentido del primer cacerolazo, producto de la indignación contra el discurso de De la Rúa y, en especial, contra su invocación al estado de sitio (no olvidemos: promulgado contra los saqueos); la sociedad ejerció allí su soberanía cuestionando la potestad de ese presidente de enfrentar con medidas autoritarias una crisis que él mismo había hecho llegar a ese extremo. La sociedad demostró que podía recuperar la dignidad para decir basta. Pero en los días siguientes los basta se multiplicaron al infinito, mostrando qué ocurre con una sociedad cuyo entramado se ha tensado al límite: la más completa atomización en reclamos sin brújula. Y no se trata de pedirle a los manifestantes movilizados “un programa”; se trata de pensar si a partir de allí es posible que se produzca una nueva instancia de producción política de la demanda social.
Es interesante notar que desde las primeras manifestaciones hasta el estado de virtual asamblea general que se ha desarrollado en estas semanas en los barrios de Buenos Aires, el repudio por la política de estos grupos los ha hecho identificarse sólo como “vecinos”: podríamos decir, la reducción de la idea de ciudadanía a su mínima expresión, la sociedad de fomento o, mejor, el consorcio. Un consorcio que cuando piensa la crisis lo hace con una visión autoindulgente de su rol en ella, y que cuando piensa la democracia, piensa en la expresión sin mediaciones de la suma simple de sus demandas. Lamentablemente, esto está lejos de ser una peculiaridad genética de la clase media; más bien habla de características que la sociedad argentina fue consolidando ante la destrucción de todo marco político institucional colectivo y que hoy aparecen de uno u otro modo en cada hecho social que se produce en el país. Quizás la gran diferencia en este caso es que el protagonismo lo tienen sectores no excluidos de la sociedad, pero ante la amenaza de disolución de cualquier cosa que entendamos por sociedad moderna, quedan igualados en la falta de horizontes de estructuración política de la conflictividad que portan. La desesperación puede ser un móvil, pero no es la mejor puerta para una transformación progresista. Sólo la política podrá reorganizar ese universo social desquiciado, reconstituyendo las formas de representación en que las demandas se articulen y los bloques sociales se expresen. Está por verse si el activismo en la calle, en estas condiciones de divorcio de toda idea de política organizada, funciona como un dinamizador de la necesaria transformación que tiene que operar sobre sí misma la sociedad argentina para comenzar a imaginar la reforma de las tramas sociales e institucionales, la completa reconstrucción que debe emprenderse del estado-nación. No parece que vaya a ser algo sencillo.
BazarAmericano


















