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primera impresión
Entrar al Enero Autónomo era así
 Entrar al Enero Autónomo ayer era así: un cartel gigante con el pañuelo de las Viejas y el nombre“Roca Negra” te decía que habías llegado. Ahí veías un campo vallado, con tres edificaciones tipo galpón, y con gente andando por todas partes, como paseando, bajo el sol intenso y el calor de una mañana del verano porteño. Te daban un folleto con el fixture de las actividades y te advertían: “no drogas, no tabaco, no alcohol, en este lugar, por estos días...”
Entrar al Enero Autónomo ayer era así: un cartel gigante con el pañuelo de las Viejas y el nombre“Roca Negra” te decía que habías llegado. Ahí veías un campo vallado, con tres edificaciones tipo galpón, y con gente andando por todas partes, como paseando, bajo el sol intenso y el calor de una mañana del verano porteño.
Ni bien pasabas la entrada te abarajaban y te daban tarjeta identificatoria, le ponían un toque de un color: “La limpieza es entre todos, cuando haga falta te vamos a llamar por el color”, te decían. Una contribución te habilitaba para desayunos, almuerzos, meriendas, cenas y acampe. Te daban los datos básicos y te mandabas para el campito. Los folletos te daban el fixture de las actividades, te ofrecían algunas otras acciones, como la de redactar crónicas, y te advertían: “no drogas, no tabaco, no alcohol, en este lugar, por estos días...”
Ahí salía alguien a recibirte, aunque nadie te conociera; de algún lado caía un mate, y empezabas a mirar a los demás. Todo el primer día era para eso; para llegar, ir arrimándose, andar al garete por entre los que buscaban la sombra o empezar a buscar qué hacer entre los atareados organizadores. Habría alguna actividad de bienvenida entrada la tarde.
Mucha gente...Muchos pibes y pibas, pero también cincuentones y aún algunos mayores. Muchos circulaban, cambiaban de rueda, se acercaban al poster del boliviano, que mostraba las fotos de las últimas luchas, y estaba ahí para compartir las historias. Se oían varios idiomas, había gente pintando murales tanto a la sombra como al sol, nenes que jugaban, que corrían, que te pedían agüita, que dormían un ratito en dos sillas.
Campamentos al sol y dentro de los galpones; en una de las edificaciones, a medio techar, unas mujeres maniobraban ollas enormes calentadas a leña, cucharones y fuentes. Menú caliente y menú frío: quien no había llevado utensilios recibía rápidamente con qué comer, hacía una breve cola y salía a buscar con quién compartir una mesa.
Te miraban la tarjeta: “¿Vos de qué colectivo sos?” Explicabas algo y te tocaba preguntar. La respuestas eran muy variadas: desde gente de los pueblos originarios, que traía su batalla contra la explotación del oro y la expropiación de sus tierras, compañeros de los movimientos de desocupados de muchos puntos del país con sus experiencias y hasta con sus producciones, una profesora de Sociología de Queen, Nueva York, con sus alumnos “gringos”, como ellos mismos se presentaron después, brasileños, uruguayos, chilenos, dos italianos, traductoras para todos los no hispoanoparlantes, okupas santafesinos, suecos que hablaban perfecto castellano, asambleístas, maestros, murgueros que empezaron a ensayar temprano los saltos y los repiques...
Quien tenía una actividad a cargo era derivado al responsable del tema, que le mostraba los lugares posibles, a elegir. Más tarde, cuando empezaron los anuncios, todos con traducción simultánea al inglés, se pidió que cada cual anotara en un cartel en la entrada qué lugar elegía para trabajar. “El agua=Materia sensible” decían carteles por todas partes. Cómo no: la traductora de inglés repitió unas ocho veces, con traducción simultánea a la castilla, las instrucciones para los baños y el agua potable. No fuera cosa.
En uno de los galpones estaba funcionando un Club del Trueque. Mucha gente, montones de mesas, bastante movimiento. Te dejaban entrar, te contaban la historia, te pasaban versiones conspirativas sobre “cuando cayó la Red”.
A una hora se fueron, y hubo que arreglar. Ahí empezabas a juntar les mesas en un gran círculo contra las paredes, otros a barrer, y una mesa gigantesca de hierro fundido necesitó de la articulación de varios movimientos nacionales y extranjeros para ser movida, pero al “un dos tres” de 30 personas no opuso tanta obcecación como el neoliberalismo. Con el trabajo de muchos, el lugar quedó libre, ordenado y barrido en poco rato.
La murguita empezó a llamar: una murga de nenes, que saltaban entre tímidos y contentos, una murguita parecida a las uruguayas, de rueda y salto, que estaba entrando en calor cuando irrumpió otra murguita pero con trajes, estandarte, redoblante. Un murga histórica, de las murgas porteñas de levita, brillantina y marcha al frente: desmoralización y amontonamiento de la primera, reunión en el medio del espacio con acuerdo de los dos percusionistas, y acción conjunta sin ensayo, compartiendo instrumentos y tratando de pasarse los ritmos. Ahí entrabas al ritmo de la retirada muirguera al gran galpón.
Pero eso es otro precio...
publicada 08/01/2004
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