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vivencias
Roca Negra by night
 Si de día el encuentro se pobló de palabras, debates, intercambios; la noche se llenó de claroscuros, de música, de baile y tareas compartidas. Porque la noche, como el día, como casi todo en Enero Autónomo, tuvo ese carácter mágico de la vida en comunidad.
La noche, llena de misterios, hizo en Roca Negra de las suyas. Algunas imágenes inolvidables: en el área de comidas, esperando la cena, bailando al son de una batucada improvisada al ritmo de cucharones y palmas; una tardía ronda de pensamiento hecha de voces, sin rostros; músicas lejanas, murmullos mapuches, anglosajones y porteños, lucecitas-luciérnagas de linternas de convivencia (nombre que tuvo en Enero Autónomo la seguridad), el turno de limpieza de baños de las 22 , lavada de platos todos juntos, para todos todo.
La iluminación nocturna de los murales en las distintas áreas parecían la escenografía de un espacio y un tiempo mágicos, casi fellinescos, donde un pulular de vida, se encontraba y compartía, se reía y poblaba esa zona temporalmente autónoma que se llamó Enero Autónomo.
La luna llena (inolvidable!) cobijó cada noche a fumadores solitarios a románticos excursionistas y conversadores ocasionales que hicieron del parque un espacio más de encuentro.
La noche, como casi todo Enero Autónomo, fue una sucesión inesperada de sorpresas fuera de programa. Hubo un recital espontáneo de folclore y música latinoamericana, que no inhibió a bailarines de chacareras, y que para desgracia de los extenuados acampantes próximos al área, pero para felicidad de los allí presentes, duró hasta que el sol estuvo bastante alto en el horizonte.
Hubo también emocionantes sesiones de videos de la Red de Solidaridad con Chiapas y cine insurgente, donde la voz de la dignidad rebelde y autonomista se mezcló con sobremesas interminables y hasta un partidito de fútbol improvisado a última hora.
El sábado a la noche fue fiesta. Una maravillosa danza (quizás para algunos ritual) de pura diversidad eneroautonomista, una marea alegre y dionisíaca que al ritmo puneño de esa excelente banda de música boliviana que es Wayna Marka, bailó y se embarró bajo la luna hasta que las fuerzas de los músicos se agotaron; fue tanta la energía, que todo continuó en un carnavalesco ritmo de bombo y redoblantes de murga, para desembocar por último en un gran baile gran, donde desde La Base a Café Tacuba, pasando por el ballenato, un imparable crisol de alegres bailarines hubiéramos querido que la noche no se terminara nunca.
La noche, como el día, como casi todo en Enero Autónomo, tuvo ese carácter mágico de la vida en comunidad.
publicada 13/01/2004
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