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Territorio y cambio social
Teoría del conflicto

Ni el frío ni la insistente lluvia impidieron que más de un centenar de personas concurriera a Corrientes 319, sede del Instituto Goethe, para participar del panel Movimientos Sociales y cambio social, realizado en el marco del coloquio “De la exclusión al vínculo”. El escritor uruguayo Raúl Zibechi -quien ofició de coordinador de la mesa- fue el encargado de darle la bienvenida al geógrafo brasileño Bernardo Mançano Fernández, asesor de varios movimientos sociales, entre ellos el Movimiento Sin Tierra (MST) y autor de varios libros en los que expone su teoría acerca de la territorialización. En un claro castellano, Mançano Fernández comienza a explicar los conceptos que ha podido desarrollar tras veinte años de trabajo con el MST. Comienza por el principio: el concepto del espacio. “La noción de espacio debe ser muy amplia, debe ser entendida como la materialización de la existencia humana. Yo la experimenté cuando nacieron mis hijos. Vi a un ser humano ocupar un territorio que antes no existía. Así comprendí que esa definición es la correcta”. Este espacio –continúa- hay que entenderlo como un lugar construido por las relaciones sociales y esas relaciones sociales, a su vez, como una construcción de intencionalidades, definidas como ideologías. “Ideología no es una falsa conciencia sino la conciencia verdadera. Los movimientos sociales, campesinos, indígenas, los capitales y los estados; todos tienen su ideología y son las ideologías las que construyen las relaciones sociales. Y éstas las que producen los territorios”. Definidos los conceptos, Mançano Fernández avanza en la explicación de su teoría sobre los procesos geográficos: “El espacio geográfico es la superficie de nuestro planeta. Ahí dentro tienes infinitos espacios sociales. El territorio es un espacio político construido por una ideología y por una determinada relación social que puede tener reconocimiento político, cultural, económico, jurídico. Pero en general, pensamos en el territorio como un espacio político fundado por el poder. Y el poder es una relación social en la que uno dice que manda y el otro piensa que obedece. Es en ese sentido es que existe el poder. El poder no es solamente alguien que manda”. Luego de la teoría, Mançano Fernández se apoya en la práctica de la que es testigo: “El MST dice: nosotros vamos a ocupar el latifundio y están diciéndole al poder terrateniente “su poder acabó”, vamos ahora a cambiar este territorio, vamos a transformar este territorio en otro territorio. Eso es lo que llamo un proceso de desterritorialización. Es cuando se termina con un tipo de territorio para poder construir otro”, sostiene. En la Argentina el ejemplo también es claro: “Cuando los trabajadores recuperan las fábricas cambian de territorio, porque cambia la relación social. Y ahí tenemos varios problemas. Tenemos conflictos, enfrentamientos; tenemos grupos, tenemos derrotas. Porque es un proceso múltiple: de transformación del territorio, de desterritorialización, de territorialización de otra relación social”. Estos procesos geográficos, puntualiza Mançano Fernández – que conforman un ciclo de desterritorialización, territorialización y reterritorialización- se constituyen en una dinámica de conflictividad permanente. Mançano Fernández expone entonces su teoría del conflicto. Enuncia una regla: “La mejor manera de resolver un problema es crear otro”. Es decir, superarlo a través de un nuevo desafío que amplíe el horizonte. Enuncia una ley: “El conflicto promueve el desarrollo”. Y así, llega a la frase que describe su territorio actual: “Tengo un mundo de problemas”.
Uno de esos problemas es con las organizaciones tradicionales. Pregunta entonces: ¿Cuál es la diferencia entre movimiento socioterritorial y movimiento socioespacial? Responde: “Un movimiento que lucha por un recurso, por ejemplo por la energía eléctrica, es un movimiento socioespacial porque esta luchando por un recurso para su territorio. En cambio, el MST y los trabajadores que ocupan fábricas son movimientos socioterritoriales porque luchan por un territorio en el que están cambiando la realidad de ese espacio, transformando el territorio y cambiando también las relaciones sociales de ese territorio, las formas de organización. Luchan para cambiar ese territorio y construir uno propio con autonomía. A esos movimientos, yo los llamo movimientos socioterritoriales”. Mançano Fernández apunta entonces hacia el rol de los sindicatos. Afirma que las huelgas son, en realidad, luchas por espacios, pues territorios no tienen. Se pregunta entonces: “¿por qué es que los campesinos no desaparecieron? Exactamente porque tienen un territorio. Ahora los que están desapareciendo son los trabajadores asalariados. Y cuando los trabajadores asalariados toman las fábricas y las ponen a producir, construyen su territorio. Pero no los sindicatos”, asegura. Otro problema: ¿Cómo producir para vivir? Responde: “Las alternativas económicas deben estar basadas en otros principios que los capitalistas. La desigualdad es inherente a la producción capitalista. También lo es la depredación de los recursos naturales. Nuestra función no es, entonces, luchar por mejorar las relaciones capitalistas sino construir nuestros territorios con nuestras relaciones sociales y nuestros principios para enfrentar y para cambiar esta realidad”.
Norma Giarracca es la siguiente expositora. Socióloga rural, trabaja desde el Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires analizando las experiencias productivas ligadas a los movimientos sociales. En la pantalla detrás de ella puede leerse el título de su investigación: “Economía: como si la gente importara”. “Este trabajo está basado en experiencias productivas de otras economías ligadas a los movimientos sociales surgidos en la década del 90”, introduce Giarracca para luego dar paso a una muestra fotográfica de las experiencias que ha relevado junto a su grupo de investigación rural. Desfilan así postales y datos. ·En Jujuy, la cooperativa Cauqueva formada por campesinos, con fuerte participación indígena, se dedica a la producción y comercialización de alimentos orgánicos y, por otro lado, la recuperación de semillas andinas, maíz y papas. ·En Salta, la UTD de Mosconi integrada por campesinos, indígenas, trabajadores desocupados y mujeres sin experiencia laboral previa están configurando un complejo económico regional y por lo tanto tienen un área de cobertura que va mucho más allá de su municipio. ·En Tucumán, Ibatin, una cooperativa que viene de las viejas luchas cañeras, se dedica a la producción de azúcar orgánica. ·En Santiago del Estero, el MOCASE y la organización muy ligada a este movimiento, Apenoc, en Córdoba, quizás las más conocidas porque integran la Vía Campesina junto con el MST. Ellos se proponen la producción orgánica y también un complejo de producción y- remarca Giarraca- en todos hay emprendimientos culturales que acompañan a estos emprendimientos económicos. ·Por último, las experiencias de la provincia de Misiones, encabezadas por el Movimiento Agrario Misionero y las ferias francas integradas por colonos. “Allí hay una historia de colonización que ahora se combina con una historia de ocupación de tierra campesina que se propone ferias departamentales para conectar la producción de los colonos con los consumidores, además de diversos intentos de producción orgánicas”, explica Giarraca. Sobre el final y apurada por el tiempo, propone algunas líneas de síntesis que den significado a esa sucesión de imágenes, datos y experiencias: ·La vuelta a la comunidad, como territorio organizador. ·La propuesta de producir vida de manera distinta al sistema de producción capitalista. ·El retorno a los mercados –así, en plural- en reemplazo del mercado –así, en singular- como forma de intercambio a escala humana. “Como institución de los hombres y como lugar de encuentro”, en palabras de Giarracca. ·Los signos evidentes de un proceso de transición hacia otras formas que todavía no definen ni sus horizontes ni sus límites. “La arquitectura social, económica y política que llamamos capitalismo o modernidad está agotada. No sabemos qué la reemplazará, pero tenemos hoy estas vibraciones emergentes”.
Mientras avanza la mañana y los escuchas se ponen inquietos, Zibechi –“el Estado de este panel” como el mismo se define- propone un corte para tomar café. Sin embargo, los participantes renuncian al recreo y piden seguir adelante para escuchar a Claudia Korol. Korol es una educadora popular, integrante del Equipo de la Universidad Popular de Madres de Plaza de Mayo, directora de la revista América Libre y caminadora incansable de los territorios de varios movimientos sociales Latinoamericanos. Su exposición comienza contundente: “La idea es la de intervenir a partir de este territorio que es la educación popular. Desde una experiencia que la concibe como pedagogía de la resistencia y de las emancipaciones de la rabia y de la indignación ante la injusticia; de rebelión y de revelación de nuevos mundos que pugnan por crecer y por crear relaciones políticas, sociales, económicas, de género, opuestas a las que reproducen y refuerzan la dominación”. Korol es la primera en contextualizar el debate a partir del 19 y 20 de diciembre: “Quisiera tratar de ubicar este análisis en la Argentina post rebelión. Una Argentina que muchos políticos y muchos intelectuales pretenden olvidar y sepultar, vaya uno a saber porqué, quizás porque el que se vayan todos resultó demasiado desafiante y demasiado molesto y todavía resuena en algunos oídos de manera especial”. Se detiene luego en un día y un territorio concreto: 26 de junio de 2002, Puente Pueyrredón. Allí se libró una batalla que ella relee como un stop. Algo del impulso inicial se detuvo y sus consecuencias las mide con las cifras de la criminalización de la protesta: casi 5.000 procesados, 15 hombres y mujeres presos por manifestar en la Legislatura porteña para oponerse a una normativa de control de las calles, exactamente el territorio de las protestas. En su exposición desfilan palabras que presenta como cadenas destinadas a oprimir el espíritu de lucha colectivo: desesperación, escepticismo, sobrevivencia, egoísmo, verticalismo, dominación, discriminación, miedo. Recoge entonces otra, sembrada en el auditorio por el brasileño Mançano Fernández: conflicto. Korol enuncia así una pedagogía del conflicto y sus aliadas: las preguntas, lo colectivo, el placer, la sensibilidad, la ternura y la construcción de la teoría a partir de la práctica, herramientas todas destinadas a romper esas cadenas y liberar la rabia. Y organizarla y transformarla en rebelión.
A su turno, la mexicana Ana Esther Ceceña recoge el tema del conflicto y lo contextualiza en la realidad Latinoamericana de estos días. “Es muy importante tener en cuenta el terreno en el que se están moviendo hoy estos movimientos sociales y trazar estrategias a partir de allí. En ese sentido es que quiero hacer un llamado: estamos enfrentando un momento difícil en el que las emergencias son tantas, la resistencia ha cobrado fuerza y el poder no suelta fácil: se reorganiza, desarrolla nuevos mecanismos, nuevas maneras de control. Bernardo y Claudia han hablado del conflicto. Estamos en una sociedad de conflicto y la estrategia del poder es desarrollar una contrainsurgencia sistémica” sintetiza Ceceña. Luego, la mexicana comparte un resumen del movimiento insurgente zapatista, que parte en dos para exponer con mayor claridad la experiencia que suma al debate: “Primero, la etapa de las revoluciones que ha hecho el zapatismo a partir de una premisa: vivir con dignidad. Es decir, ejercer la dignidad, luchando”. De allí derivan todos los procesos que han tenido repercusión hacia fuera. Después, explica Ceceña, el zapatismo se replegó hacia adentro en un proceso de reflexión interna que es precisamente el momento que vive hoy. Por último, señala la apropiación del tiempo que ha revelado la práctica zapatista “Tenemos que ir al paso del más lento para construir el proyecto político”.
Al finalizar el panel, con Zibechi en la -para él- deshonrosa misión de cronometrar el tiempo, se abre el espacio para las preguntas de los hasta ahora escuchas. El primero en hablar es Max, de Suiza. Trabaja en una Fundación que brinda solidaridad y apoyo financiero a las organizaciones sociales argentinas y trae a este encuentro las inquietudes de su entidad: “Tenemos miedo de que los grupos se adapten a nuestras formas para conseguir la plata y eso les haga perder su propia subjetividad”, dice en perfecto castellano. Luego Néstor López, docente: “Sé que la escuela es un territorio capitalista, pero allí también hay que dar una lucha diaria” y se pregunta cómo hacer para ganarla. Mançano Fernández comparte una posible respuesta: las escuelas, los Estados, los asalariados, no son capitalistas- razona el brasileño- El capitalismo es un sistema de relaciones sociales. “Y los que reproducen ese sistema son los empresarios. Yo recibo dinero de la Fundación Ford para que los niños del MST tengan becas para ir a la universidad, por ejemplo. Tomo el dinero y con eso hago en mi territorio lo que necesito. Si quisieran imponer una sola condición, por mínima que fuera, no lo tomaría. Los conceptos, los paradigmas, tenemos que leerlos con nuestras propias realidades. Porque esos conceptos y paradigmas tenemos que pensarlos como territorios. Son nuestros territorios inmateriales”. Con aplausos y abrazos, queda terminada la reunión y vacío el auditorio que a las tres de la tarde volverá a recibir a los movimientos sociales para que discutan sobre los nuevos desafíos que los esperan.
publicada 15/06/2005
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