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Voces
Marcela y Margarita
 Testimonio de Marcela Sanagua, presa con su hija de 18 meses y Margarita Meira, vendedora ambulante.
“¿Qué haría en mi lugar?”
Entre “el cachivache”, donde esta recluida Carmen, y la unidad carcelaria donde fueron destinadas Margarita Meira y Marcela Sanagua, no hay más de veinte cuadras. Están cerca y, sin embargo, tienen prohibido verse. Esa distancia que la cárcel vuelve absoluta es la que fue atravesada por la poderosa cercanía que dan las palabras. Margarita y Marcela ingresaron al pequeño cuarto de visitas –donde se hizo la entrevista- acompañadas por Araceli, que venía a upa de Marcela: su hija de casi dos años la acompaña en sus días de encierro. Mientras la mamá denuncia injusticias y maltrato, la beba se prende a la teta, con mentirosa indiferencia. Sólo interrumpe la succión sacudida por el tono de voz de la verborrágica Margarita, la vendedora ambulante que relata todo lo que –dice- no puede contar adentro.
Margarita: Los organismos de derechos humanos deberían comentar esto hacia fuera, porque aparentemente el menemismo sigue manejando acá adentro el poder. Estamos viviendo esta injusticia. Cuando uno comete un delito está preso sabiendo lo que hizo, pero cuando uno no tiene nada que ver en el tema... Esto es político. Alguien dijo “hay que meter presa a Margarita porque habla mucho y punto”. Yo lo tomo así. Por televisión veía a este mafioso socio de Astiz, asesino de la ESMA, diciendo que yo era la mafiosa.
¿Quién decía eso? Margarita: Un diputado que era radical y ahora está en las filas del macrismo, Enríquez. Este diputado me robó el comedor de los chicos y de esto está todo el barrio de testigo. El es socio de Astiz, y nombró -cuando era subsecretario del Gobierno de la Ciudad- al represor Norberto Varela, que mató a tantos compañeros en la ESMA. Me enteré hace poco, cuando él lo nombró como policía municipal y salía a reprimir vendedores ambulantes. A este señor Varela, cuando yo lo escracho, lo sacan pero sigue Enríquez. Y Enríquez me tiene bronca, me roba un comedor, me hace denuncias, me lleva a la justicia. Es diputado de la ciudad, tiene micrófonos. Esto es una pseudodemocracia, un hombre de la dictadura puede ser diputado de la ciudad. ¿Qué puede legislar ese hombre? Cuando se va Varela, porque De la Rúa se ve obligado a echarlo, queda Enríquez y sale a apretar vendedores para sacarnos plata. Había un grupo trucho de Franja Morada, de la Facultad, que los habían puesto para reprimir vendedores.
¿Cómo fue el día de la Legislatura? Margarita: Nosotros armamos a un grupo para defender a los vendedores ambulantes, porque el sindicato –Sivara- responde a la CGT, no defiende a los compañeros, sólo los junta para hacer política y sacarle plata. Pero nunca para defendernos. Estamos enfrentados a los mafiosos de los gremios, también estuvimos enfrentados a los funcionarios que los avalaban. Yo como hace doce años me quedé sin trabajo me fui a vender. Mucho sacrificio para poder subsistir y mantener a mis hijos. Yo estoy operada de cáncer de pulmón. Dos o tres meses antes del problema de la legislatura me empecé a sentir mal, me hice chequeos y salió que tengo un corazón grande por lo cual no puedo levantar un bolso. Entonces, el día de la Legislatura me instalé en un bar de enfrente, con mi marido y otro compañero y les dije que me iba a quedar ahí porque no podía hacerme problemas. A las dos de la tarde salimos para encontrarnos con el abogado, quedamos en encontrarnos por si hacía falta, y caminamos. Salimos del barcito que está justo enfrente, dimos la vuelta por el monumento y cuando llegamos a Bolívar y la Diagonal vimos que les estaban pegando a la gente. Me indigné mucho, mi marido me pidió que no me metiera por mi salud. El abogado me mira como diciendo: “¿lo defendemos?”. Bueno, dije yo. Los seguimos, lo llevaban arrastrando, eran como cinco o seis de la Brigada. Lo llevaron corriendo todo por Bolívar, para el lado de Belgrano. Yo iba preguntando si habían visto a un hombre que lo llevaban arrastrando. Todos me decían: “siga, siga”. Cuando llegamos a la esquina del Nacional Buenos Aires había tres chicos muy jóvenes, que yo en mi locura no me había dado cuenta que eran tres compañeros vendedores. Y cuando les pregunto por ese hombre y me señalan enfrente, la policía los rodea –policías que estaban todos de civil- y los ponen contra la pared con este otro señor. Les pedimos con el abogado que se identifiques, pero no les pudimos sacar ni una palabra. El abogado me da un papel y un lápiz y yo les tomo el nombre a los tres chicos y a este señor. Miramos para ver dónde estábamos ubicados y nos dirigimos a la Comisaría Segunda. Cuando llegamos ahí eran las dos y media, nos tuvieron como hasta las cuatro de la tarde y no nos querían tomar la denuncia por apremios ilegales. Cuando nos dimos cuenta de que no nos querían tomar la denuncia, vimos entrar a Enríquez. Iba como quien llevaba plata para pagar algo, porque lo recibió todo el mundo muy contento. Entonces me dice el abogado: “acá no nos van a tomar declaración, primero lo van a atender a Enríquez”. Así que vamos al Ministerio de Justicia a hacer la denuncia. Salimos de ahí, nos sentamos en un bar a redactar la denuncia, nos tomamos un taxi y nos fuimos al Ministerio de Justicia. Deben haber sido las cinco de la tarde porque habían bajado la cortina. Nos metimos por una puerta de personal. Nos dijeron que en el tercer piso podíamos presentarla si teníamos la denuncia por escrito y salimos. Ya como a las seis de la tarde, caminábamos por Sarmiento al 300 hasta Plaza de Mayo para volver al lugar a ver si los compañeros nos estaban esperando. Porque nos llamaban al celular del abogado para decirnos que había tres compañeros más detenidos. Cuando llegamos a la esquina de Perú y Diagonal, decidimos tomar el subte e irnos porque había un grupito de compañeros nada más. Cuando bajamos la escalera del subte, ya habíamos pasado el molinete, nos rodean como cincuenta de la brigada, todos de civil. Dos de ellos son reconocidos por los compañeros porque nosotros vendemos en la calle. “Identifíquense”, nos dicen. Nos pareció una especie de cargada, si vendemos en la calle y nos conocemos todos, saben hasta donde vivimos. Intentamos sacar los documentos y nos dicen: “vamos para arriba”. Cuando subimos había varios periodistas de canal 9, y lo primero que hacen es ponernos el micrófono. Nos preguntan: “¿a ustedes les parece lo que hicieron?”. Entonces yo le digo: “todo eso fue provocado por los diputados, quisieron sancionar una ley a espaldas del pueblo, cerraron las puertas y el pueblo reaccionó”. Me dice: “¡Ah, así que a usted le parece bien!”. Entonces me empujaron, me empezaron a golpear, me tiraron el celular, nos gasearon, y nos dijeron que era para identificarnos. Yo todavía le dije a los chicos que no se hicieran problemas, que enseguida nos dejan. En ese momento no reaccioné que el tema era político, a pesar de que hace años que le vengo diciendo a mis hijos que un día voy a terminar presa porque denuncio a mucha gente, estoy denunciando al que mató a mi hija, que es el que vende la droga a gente muy conocida. Siempre dije que me iban a meter presa, pero cuando a uno le toca es como que no se acuerda. Ahí conocí a Marcela y a Carmen, en Lugano. Dijimos que en diez horas nos íbamos. La policía no nos dejó llamar por teléfono, no pudimos hacer ni una llamada. Totalmente ilegal. Mi marido vio por televisión cuando me detienen. Le preguntábamos a la policía y nos decían: “ya se van, ya se van”. Nos tuvieron 24 horas y el sábado a la tarde nos llevaron a declarar. Después caí en la cuenta –porque acá lo que uno tiene es tiempo– que esa sesión se armó ese viernes porque esa jueza estaba de turno, que es del menemismo, de Macri. Estaba todo armado. Ellos tienen tiempo y plata para armar las cosas. Nosotros tenemos que trabajar. Al abogado le dicen que íbamos a quedarnos en Tribunales hasta que la jueza evalúe la causa. Y ni bien se retiraron nuestros abogados, nos tiraron dentro del camión para traernos hasta acá. Llegamos un domingo a las seis de la mañana. Nunca entran a esa hora, justo cambio de guardia. ¿Cómo puede la justicia mentirle tan alevosamente a los abogados? El domingo mi marido va a llevar comida a Tribunales y ahí se entera que estábamos acá. Nosotras estábamos con lo puesto. Tres días con lo puesto. Se viene con todo para acá y no lo dejan entrar porque dicen que no es día de visita. Vuelve el lunes, el martes, recién el miércoles lo dejan entrar. Si no fuera por las compañeras que nos prestaron shampoo, la toalla, eran cuatro días con la mugre, durmiendo en el suelo. Esto es gravísimo.
¿Cómo vivieron la llegada al pabellón Marcela: Lo vivimos mal. Nunca me imaginé que iba a estar en un lugar así por no hacer nada. Cuando llegué a la Legislatura eran la una y pico. Nosotros estuvimos en la marcha ese día, con todos los compañeros y las compañeras, a algunos conozco y a otros no conozco. Estuvimos ahí hasta las seis que es cuando me detienen. Ya nos íbamos cuando todo pasa.
¿Recordás que estabas haciendo en ese momento? Marcela: Sí. Estuvimos en el monumento de la Legislatura, éramos veinte con una bandera grande de diez metros. No había lugar para que nos pusiéramos en otro lado, eso estaba lleno de gente. Como teníamos una bandera de diez metros nos tapaba casi a todas. Cuando veíamos que se armaba lío nos manteníamos ahí porque había gente que corría y gente que no. Los de la brigada estaban cerca del subte, todos vestidos de civil, en ningún momento tenían algo que los identificara. En ningún momento, ni siquiera cuando me detienen, dijeron quiénes eran ni de dónde. Eran como esas personas que te van a raptar, que no sabés si te van a tirar por ahí. Vi a un pibe jovencito en la manifestación, vi a cuatro vestidos de civil que lo querían bajar al subte para pegarle. Eran cuatro contra un jovencito para pegarle. Cuando veo eso, les digo: “eh ¿qué estan haciendo? Si van a pelear es mano a mano. Ustedes son cuatro y el pibe es uno solo”. Cuando yo grité eso, todos los compañeros se les fueron al humo a los cuatro que estaban de civil.
¿Conocías a alguno de los policías de civil? Marcela: A uno sí lo conozco. Hay otro que recuerdo bien de ese día por la forma en que me agarraron a mí. Si me los ponen en una mesa de reconocimiento los identifico perfectamente, tanto al que me puso acá como al de la Brigada que me agarró. A mi compañera que es grandota la agarraron fuerte con los dos brazos y la bajaron al piso, se le hizo un hematoma gris y estuvo bastantes días pidiendo médico por lo que tenía en el pecho. A mi la que me agarra es una petisa de rulitos que estaba en la Brigada. Cuando ella me va a agarrar, le digo: “eh, ¿qué hacés?” Porque si alguien desconocido me agarra de un brazo, yo no lo voy a dejar. “¿Usted viene con esta señora?”, me pregunta por mi compañera. Sí, le digo. “Usted también quédese acá”. Traté de salir, le pregunté qué hacían, quiénes eran, qué querían. En ningún momento dijeron el nombre, ni si eran policías, ni si no lo eran. Pero nos dimos cuenta. Ellos dicen que la gente agrede pero son ellos los que empiezan a agredir, faltan el respeto. Acá la Justicia no existe. Presidente no tendría que haber, cada cual se tendría que mandar sólo. Porque si justicia le llaman a esto... Yo respeto si me respetan. Ellos pensaran que estamos solas pero están muy equivocados, ni ellos saben toda la gente que tenemos alrededor. Hasta hay gente de afuera que está acá en Buenos Aires por nuestro caso. Yo quiero justicia, porque la jueza tiene trece videos y en uno solo aparezco caminando. Ella nos metió presas porque sí, no tiene pruebas. Si fuera por las pruebas, yo y los otros ya tendríamos que estar afuera. Lo que me gustaría que sepa la jueza de mi parte es que si fuera una persona más justa no hubiera hecho lo que hizo. O si tuviera hijos. Si tiene hijos algún día le puede pasar a ella. Porque en esta vida es así. Hoy me tocó a mi. Todo lo que hacés mal lo pagás en vida. Yo espero que se haga justicia y pague todo lo que tiene que pagar, también el de la Brigada que me detuvo. Adelante de los jueces, de todos, los voy a señalar. Voy a decir cómo nos detuvieron, cómo le pegaban a los que estaban en el piso. Yo me muevo con la verdad. Pensé que me iban a secuestrar. Lo único que espero es justicia. Nos dicen presos políticos y en realidad somos rehenes políticos. Porque eso que hicieron de agarrar a cualquiera es de rehenes políticos. Como a ellos no les da la pasta para poder agarrar realmente a los que rompieron, porque saben que no los pueden tocar, agarraron a quince perejiles para meternos acá adentro.
¿Cómo fueron los primeros momentos acá en la cárcel? Marcela: Nunca estuve en un lugar así, no me hallo ni nunca me voy a hallar. No soy para estar acá. Quiero estar en mi casa con mis hijos. Son cosas rotundamente feas, para nada lindas. Cuando salga, siempre me va a quedar el recuerdo de lo que viví acá en todo este tiempo. Las cosas que vimos, cosas que compartimos. Donde estamos ahora, gracias a Dios, es un lindo lugar, comparado con “la Tres”, que es donde está mi compañera Carmen. Pero yo no quiero estar acá. Me siento encerrada, estoy recontra encerrada. Margarita: Uno no puede hablar sueltamente acá. A mi me dolió mucho cuando la detienen a Marcela porque la jueza sabe que estaba amamantando a su beba y en ningún momento hizo que venga. Se le tuvo que exigir a la jueza. ¿Dónde están los derechos del niño? Después de treinta días de mucha lucha, logramos que ella esté con su bebé. Al principio la beba no la reconoció, ese es un trauma irreversible. Y hay otro tema, nos mezclaron con ladronas, asesinas, con todo el mundo. Estás rodeada de gente que no es de tu misma forma. No podés hablar, donde erraste un poquito... cuesta. A veces nos sentábamos las tres y no podíamos hablar. En una oportunidad le dije a mi marido que si no me sacaba de “la Tres” me tiraba por la ventana, no se podía seguir viviendo allá.
Cuando estaban en el pabellón de ingreso y entraban al “cachivache” ¿con qué fantaseaban? Margarita: Estaba muy asustada. Marcela: No sabés con qué te vas a encontrar. Por la tele yo escuchaba de las cárceles de Ezeiza, pero nunca me hacía la idea de tener que llegar al lugar que llegué y cómo llegué. No sabés con qué te vas a encontrar. Margarita: Cuando llegamos nos pusieron en un lugar aislado, la jueza dio la orden de que nos aislaran del resto de la gente, nos mandaron a pabellones de resguardo, donde están los infanticidas porque si los agarran los otros presos los matan. En un momento la jueza dice que salgamos, y supuestamente nos íbamos en libertad. Cuando empiezan a entregarnos nuestras cosas, nos devuelven el bombo y le digo: “ahora me voy a hacer piquetes”. “Sí, piquetes a Ezeiza”, me contestan. Y de cabeza nos fuimos a “la Tres”. Cuarenta días estuvimos ahí. Tuvimos casi un motín. Son momentos muy duros, porque no te abren las puertas, podés tener un infarto y no te abren la puerta. Marcela: Por suerte se calmó todo un poco.
¿Qué se te pasa por la cabeza ante algo así? Margarita: Yo, que tengo un problema delicado de corazón, que me pongo nerviosa, me oprime el pulmón y me agarra dolores fuertes, traté de relajarme porque si llamás nadie te da bola. Y pensás, ¿cómo se arregla esto? Hay lugar para cuarenta y éramos casi sesenta. Hay una sola ducha, dos inodoros y dos piletas que se chorrean todo, vivís adentro del agua. Marcela: Es de terror, no te olvidas de nada. Cuando estábamos en “la Tres”, Margarita pidió que vengan del ministerio a ver cómo funcionaba todo, los baños, las luces, las ventanas. Todo lo que pusieron fue porque hablamos. En “la Tres” los ratones más chiquitos se paran en dos patas y te saludan. Yo a los bichos les tengo terror, pero ellas ya están acostumbradas. Margarita: Cuando entramos éramos “las piqueteras” y acá les tienen bronca porque a veces los familiares se retrasan al llegar los días de visita. Le echaban la culpa a los cortes de ruta. Lo primero que hice fue investigar, y resulta que estaban enojados con los piquetes de Blumberg. Entonces les dijimos que no teníamos nada que ver, que estamos en contra de eso. Marcela: Nosotras les dijimos que no estábamos de acuerdo con lo que Blumberg quería. Yo sé que lo que le pasó al hijo está mal. Pero yo, que de política no sé nada, me doy cuenta que esas leyes son peores. Las leyes que él hizo votar salieron, pero hay más secuestros. La gente tiene más bronca, tienen más odio. Yo lo entiendo porque a mi me llegan a tocar a mi hijo o a mi hija y soy capaz de matar. Margarita: Se hizo una ley con más caja para la policía. Eso es lo que nosotros no queríamos que se vote en la Legislatura.
¿Ustedes vieron a la jueza alguna vez? Marcela: Era tanta la angustia que tenía que la verdad es que no me fijé, no me acuerdo de su cara. El secretario de la jueza me dice: “Sanagua, así no se puede protestar, no se puede hacer una manifestación”. Entonces yo le digo: “Con todo respeto, usted que sabe cómo se hace una manifestación, una protesta, ¿qué haría en mi lugar?” Yo en ningún momento rompí nada. Sí fui a la manifestación porque soy ser humano. Nadie se va a ocupar de nosotras si no lo hacemos nosotras mismas. Entonces, yo sí fui a la manifestación, yo vi quién rompía y quien no, pero no lo voy a decir, no es mi función. Como ellos tienen la picardía para hacer tantas cosas, que tengan la picardía de ir a buscar a los que rompieron las cosas en serio. Yo en ningún momento rompí nada. Sí estuve mirando, porque ciega no soy. ¿Sabés el cascote que le cayó a mi compañera al lado? Sé de qué ventana, puedo ir perfectamente a marcarlo. Parece que ellos tienen derecho a agredir y nosotros que somos el pueblo tenemos que dejar que nos humillen. No es así, nosotros tenemos los mismos derechos. Todos queremos estar bien y queremos recibir lo mismo. Yo en temas de política me considero ignorante. Pero más ignorante son ellos porque supuestamente son los que hacen justicia.
¿Cómo empezaste a militar? Marcela: Antes no era de ir mucho a las marchas. Pero mi compañera Carmen me decía: dale, vení. En eso también tiene razón. Decía: todas tenemos que luchar por los derechos de todas. Y siempre somos las mismas. Ese día de la Legislatura era la tercera vez que participaba en una marcha, pero nunca había pasado lo que pasó ese día. Obviamente, no te voy a mentir, veía que rompían y no me ponía triste. Si no te lo digo, te miento, yo no soporto a las personas hipócritas. A una manifestación vas a gritar las cosas como son, y nadie escucha. Iban a votar la minoría de edad para chicos desde 14 años: ¿dónde los van a poner? ¿acá, en “la Tres”? ¿en un correccional? Los chicos de ahí salen un desastre. No tendrían que ir a un correccional, tendrían que ir a un lugar donde les enseñen, porque de ese lugar salen lastimados, golpeados, toqueteados, violados por las propias personas que los cuidan. Las cosas acá están muy mal hechas. Yo ya no tengo miedo del odio que les tengo. Una vez le dije a una: “¿te pensás que porque lleves uniforme puesto me vas a humillar a mi? Vos figurás por la chapa que llevás, pero de adentro no sos nada”. Ni ser humano, ni mamá, ni mujer, ni nada. Cuando se saca el uniforme, ¿qué es? Una común y cualquiera.
publicada 14/12/2004
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