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Voces
Carmen
 Testimonio de Carmen Infran, integrante de Ammar Capital presa en el penal de Ezeiza.
“Callate la boca, quietita y al suelo”
Entrar en el penal de Ezeiza no fue difícil para nosotros. Pero cuando se está entrando se presiente de modo difuso algo de lo que debe ser entrar para quedarse. Sin embargo uno sale. Carmen todavía no. Y cuando entró no sabía que era para quedarse. Está ya hace cinco meses. Y aún sin sentencia, tiene para un tiempo más. Cuando la trajeron para la entrevista se la veía feliz, y mantuvo ese ánimo durante toda la conversación. Lo primero que dijo fue: “Ustedes traen el olor de afuera, hace cuánto que no lo sentía”. Se la ve muy fuerte, lúcida e irónica. Pero también frágil, sensible, reflexiva. Ella está desde el principio en “el cachivache”, un pabellón excedido en tres veces su capacidad. Marcela y Margarita, las otras dos presas de “la Legislatura” están en otros pabellones: la primera en el de maternidad, porque su beba de casi dos años la visita los fines de semana; Margarita, en el pabellón de tercera edad. Carmen está sola, pero se las arregla. Se ríe mucho, pero no disimula su drama. Se ríe de sí misma mientras nos cuenta tramos de su vida, de la que nos habló largo rato, como sabiendo que sus historias merecen salir a la luz: porque con ella habla una verdad de época y porque pocas veces podremos escucharla tan bien narrada. Cuando termina la entrevista nos agradece por la mañana que pasamos. El agradecimiento, claro, es nuestro.
¿Cómo se organizaron para la manifestación frente a la Legislatura? Yo me montaba en mi bicicleta rosa, iba por todas partes, diciendo que había que apoyar para que no cambien el Código. Siempre tuve una buena relación con todas las chicas. Me decían: “Carmen te vamos a apoyar”. Yo no quería que me apoyaran, simplemente que fueran a la marcha porque ellas recién comenzaban y nosotros ya habíamos pasado todo lo de la dictadura, lo de los 21 días...
¿Qué era los 21 días? Ibamos 21 días detenidas al Instituto San Miguel por prostitución, por el famoso artículo 71. Varias veces corté el pastito del Instituto con la mano. Yo era pendejita en ese tiempo. Nos levantaban a las cuatro y media de la mañana, vestíamos uniforme gris. Eso fue desde el año 78 hasta el 80 y pico. Muchas veces también paré en el Departamento Central de Policía, pero era otra cosa, porque teníamos cocina. Era mejor estar en el Departamento Central porque ahí recibíamos bolsos, cocinábamos, teníamos radio. Era preferible ir ahí que al Instituto
¿Muchas veces te agarraron por los 21 días? Sí. Muchas veces me iba gracias al Día de la Virgen, el Día de Perón o por alguna apelación de un abogado. La prostitución está probada si te encuentran con un cliente haciendo todo. Porque el hecho de que yo esté estacionada en una esquina no quiere decir nada. Aunque a mí me han llevado presa con la carne, los huevos, los changuitos, con la perra, comiendo con amigas. Entraban y “vamos, vamos, vamos” y te tenés que ir. Ahí sí nos golpeaban, teníamos que limpiar el pasillo mientras nos tiraban de los pelos.Tenía un comisario que le encantaba como hacía las tortas fritas. Si un día llovía, le cocinaba las tortas fritas y me iba en libertad. Era chica, estaba entre los 18 y 20 años.
¿Cuándo empezaste a militar en Ammar? Lo empezamos cinco de nosotras, hace casi dieciseis años atrás en un bar de Constitución. No existía la señora Reynaga ni la Sonia. Era un grupo de chicas que nos encontrábamos con una abogada y dos antropólogas y nos explicaban los derechos. Un día hubo un problema muy grande en la comisaría 50, habían golpeado mucho a las pibas. Yo fui a buscar a las abogadas y a las antropólogas. Empecé a militar en ese momento, después me retiré porque no iba con la idea de sindicalizarme.
¿Por qué? Yo acepto la parte que me toca, el laburo que hice toda mi vida siempre me gustó. Cuando toqué la calle –voy a parecer una maniática loca del sexo– me gustó el ambiente, conocer a las chicas. Lo tomé como parte de mi vida y de un trabajo: llego a las seis y me retiro a las seis. Fue una manera de subsistir un poco mejor, de darle todo a mi hijo. Yo sé que con otro trabajo normal también lo iba a tener, pero uno quiere las cosas un poquito más rápido. Fue la vía más rápida y me fue muy bien, nunca me robaron, nunca me golpearon, tuve la suerte de no pescarme ningún tipo de enfermedad. Así llegué a prostituirme. Amo mi trabajo, lo que estoy haciendo. Y, si puedo, seguiré discutiendo los derechos de todas, para que nadie siga siendo explotada y explicarle a las pibas que el cuerpo de cada una de ellas es el que manda. ¿Por qué empezaste a ser prostituta? Cuando empecé no fue porque me gustaba. Comencé porque tenía una cara bonita, porque calzaba buenos zapatos, porque podía tener buenas cadenas de oro, buen auto. Yo no tenía todo lo que él tenía: casa, autos, hoteles, buena conversación. Me dijo: “es un ratito”. Así comencé a prostituirme en una esquina. Y ese señor se llevaba hasta mil pesos algún que otro viernes: la negrita era bonita. Hoy ya tengo 55 años. Después me largó porque hay un tiempo que ya no servís más. Y aprendí a trabajar con esos señores explotadores que se llevaron casi toda mi vida, y las raíces de los árboles donde me paraban. Hoy amo mi trabajo y lo necesito, pero ya pasó ese tiempo. Es bueno que las chicas hoy elijan, que no que lleguen por explotación, porque las obligan.
¿Fuiste a la reunión que se hacía en el espacio de Autoconvocados contra el Código? Nunca fui porque se hacían a las seis de la tarde y yo todos los días “firmo la planilla” a esa hora pero las apoyaba y convocaba a las chicas que me seguían. Cuando dije: “vamos a comprar las banderas, todas pusieron un peso, dos pesos, tres pesos...” Y les decía: “júntense detrás de la bandera para que no les pase nada”. Yo me separé de la bandera y acá estoy. Cuando me hicieron las preguntas por la bandera yo alcancé a escuchar que nos habían dicho que habíamos abusado de una insignia patria y no es así. Era una bandera argentina de diez metros que la compramos entre las chicas y la cosimos entre todas.
¿Creías que la bandera argentina te iba a proteger? Sí. La tomaba como una protección. Estábamos tomando café en Flores, viendo lo que sucedía en la Legislatura y decidimos ir pero detrás de la bandera. No sé si fue por protección o por vieja astuta, porque ya veía que todo estaba mal. Fue un desastre, de repente miraba para atrás y unas tenían la cara asustada, otras se habían ido al micro y se sentaron allí a tomar mate. Otras quedamos ahí, cerca de la puerta del subte y en una de esas vimos que agarraban a un chico a patadas los vigilantes, se metieron algunas de las chicas, les decían “hijos de puta”. Lo mismo que diría cualquiera porque al chico le estaban dando con todo. Ese fue todo el bochinche que hicimos.
¿Cómo fue exactamente la situación en la Legislatura? Cuando nosotros llegamos ya estaban las puertas cerradas, ya estaba el fuego encendido, ya estaban las mangueras, ya la gente estaba dispersándose totalmente, huyendo para todos lados. Llegamos entre las doce y media del mediodía y la una menos cuarto. Veníamos desde la iglesia Metodista de Flores, en dos micros de chicas de Ammar, todas de Flores.
Es tu zona. Claro, la cual extraño mucho. La marcha comenzó a las diez de la mañana y yo fui detenida a las 18 y 45. Estábamos caminando, algunas estaban en un restaurante, tratábamos de juntarnos, queríamos ver qué había pasado, los destrozos. Nos quedamos como turistas, viendo lo que había pasado. En ningún momento fuimos a destruir, ni entramos a la Legislatura. No hicimos coacción de ninguna puerta. Solamente gritos. Si fuimos a una manifestación es obvio que gritemos, pero nada más. No hicimos ningún daño al gobierno ni a nadie.
¿Cómo te detuvieron? Cuando nos decidíamos a irnos, aunque no tengo muy ubicado el lugar. Teníamos que ir hasta Moreno y Balcarce porque ahí estaba el micro, bajamos por una calle paralela a la Legislatura, hicimos una, dos, tres cuadras... Y ahí fuimos detenidas.
¿Por policías de uniforme? Policías sin uniforme. Yo iba caminado con mi compañera, entramos a comprar un paquete de cigarros y un paquete de pastillas a un kiosko. Ya mis compañeras daban vueltas hacia el micro y de repente alguien me agarró de atrás. Lo primero que pensé: “me roban”. Pero yo lo único que tenía era un celular en la mano y mi compañera una cartera. Al ser agarrada de atrás hice un movimiento lógico que me volteó y cuando me di vuelta me dijeron: “callate la boca, quietita y al suelo”. Eran tres hombres y una mujer los que me detuvieron. Me tomaron de atrás muy fuertemente. Uno me dijo: “al suelo”. Le dije: “está bien, somos simplemente prostitutas, no tomen represalias”.
¿Te diste cuenta enseguida que eran policías? Al momento que me dijeron: “al suelo y calladita la boca”... Esas palabras las conozco desde la cuna. Lo único que recuerdo de ese momento es un edificio lleno de pilares. Ahí nos sentaron y ahí nos quedamos. Cinco minutos después nos llevaron dentro de un carro azul. Preguntamos dos veces para qué nos llevaban: “por averiguación de antecedentes”. Pasaron varias horas hasta que me enteré que estábamos en el Complejo Federal, en el barrio de Lugano.
¿Conocías a algún policía de los que las detuvieron? De los que nos detuvieron no. Pero sí conocía a uno de los que estaban en la manifestación: Formoso, que era de la comisaría 50. Estaba ahí, me acerqué a saludarlo porque realmente entre él y nosotras había una amistad de diez años: entre prostituta, esquina, patrullero y policía. En este momento es sargento.
¿Estaba de uniforme? Estaba de civil. Nos acercamos a saludarlo y esos agentes que nos detuvieron estaban con él. Al menos uno de ellos estaba con él. Vos hiciste denuncias muy fuertes contra la 50... Me manifesté contra esta comisaría toda la vida. Y es que ya había tenido varias veces detenciones injustas en Flores.
Incluso Ammar Capital presentó una denuncia contra esa comisaría ante el fiscal Lanusse... Los dos Ammar, tanto la de Elena Reynaga como la de Sonia Sánchez, siempre han estado presentando denuncias por apremios, por detenciones injustificadas. Yo personalmente nunca tuve problemas con Formoso. Durante la protesta, nos acercamos mi compañera y yo, un poco diciendo: “lo vamos a saludar, total ya ganamos, somos libres, no nos llevan más”. Le hicimos una broma así y dos cuadras después fuimos detenidas. Era el único policía que conocíamos en esa manifestación llena de vigilantes.
¿Por qué crees que Formoso estaba en la Legislatura siendo él de Flores? Pienso que debe estar asignado en otra comisaría, ya no está más en la 50, nuestras denuncias vaciaron esa comisaría.
¿Estaría allí por una cuestión de jurisdicción o porque las conocía? Eso no lo puedo garantizar, si estaba por casualidad o si estaba trabajando. Sé que era el único que nos conocía a las dos. A los demás agentes no los conocía. Cuando nos detienen ni siquiera me le rebelé. A mí una averiguación de antecedentes no me iba a asustar. Toda mi vida estuve presa por averiguación de antecedentes. Estuvimos en Lugano dos días: en el suelo, sin comida, sin poder cambiarnos, sin poder bañarnos. Por eso cuando llegamos acá esto para nosotros era un palacio. Allá, lo único que me dejaron pasar fue un poncho marrón, un paquete de cigarrillos, una gaseosa y un sándwich de milanesa. En 72 horas, y a pesar de que habían traído colchones, mercaderías de todo tipo, fue eso sólo lo que dejaron pasar. Inclusive me enteré que alguien se acercó con una bandeja de sandwiches y los vigilantes, gozando, dijeron que era atención de la casa. Hasta que llegamos a los Tribunales teníamos fe de que nos íbamos.
¿Cómo las recibió la jueza? Si estuvo ahí en algún momento no me di cuenta, no supe que era ella. Porque yo pasé por todos hombres. Me hicieron las preguntas preliminares: dónde estaba ubicada, qué hice, qué no hice. Nos levantaron la incomunicación y a Ezeiza. Llegamos acá a las 3 de la mañana.
¿Qué fantasías tenías en el camino hacia aquí? La única fantasía que tenía era la del miedo, lo único que se me cruzaba. El miedo cuando pasas por los pasillos de abajo. No entendés el maltrato del servicio penitenciario, por qué sos revisada así, por qué te cortan el rostro ante cualquier pregunta estúpida. El abrir la puerta y ver a todas las detenidas, no entendés qué pasa. Las caras de todas son de desconfianza. Es como en el nacimiento: en 24 horas tenés que aprender a hablar, comer, conocer, bañarte, tomar; con quién tenés que hablar, cuáles son los códigos. Es muy difícil, da mucho miedo.
¿Cómo te sentiste cuando te desnudaron? Fue una vejación. Si hasta yendo a un ginecólogo te sentís un poquito incómoda. Pienso que lo más horrible que hay es que te revisen las partes... Que cada tres horas o cuando vas a cualquier lado dentro de este complejo, tengas que mostrar tu cola. Yo ya voy canchera, me bajo y chau. Pero los primeros días, a pesar de ser prostituta, es una parte que te da vergüenza: “desnúdese, agáchese, abrase...” Es lo que más me está costando pilotear acá dentro.
En esas 72 horas, ¿qué pensaron? En esas horas discutimos todo lo que había pasado. Los pibes pedían sus abogados, veíamos retirar los menores. Yo seguía creyendo que estaba por averiguación de antecedentes, que iba a cumplir diez horas y me iba a ir. Yo sabía que no teníamos nada. Quizá yo me manifestaba un poco más, pero sabía que mi compañera no había hecho nada, pensando en sus hijos, con sus miedos. Pensábamos que íbamos a salir en libertad, como si hubiéramos pasado por una ebriedad, que nos habían detenido porque no teníamos documento o porque no le gustó nuestra cara a un vigilante. Pero nunca que iba a llegar acá por coacción, privación ilegítima de la libertad, destrucción de autos, elementos públicos. Por la dentadura del señor comisario, que ni siquiera sé quién es, por el bendito leoncito que dicen que falta en la Legislatura.
¿Cuándo te anunciaron los cargos? Al otro día, el anuncio fue por los diarios y la televisión, decían que las personas detenidas en la Legislatura teníamos un pedido de diez a quince años de prisión.
¿No vino un policía, un juez, nadie, a decírtelo? No. Salí de los tribunales con la palabra del secretario de que esto iba a ser un trámite de diez días para que la jueza se tomara su tiempo para resolver qué iba a hacer con nosotros. Pasaron los diez días, nos llamaron y nos notificaron que la señora jueza nos bajaba la preventiva. Tampoco sabía en ese momento qué era la dichosa preventiva. Ahí me enteré que tenía que comerme entre ocho meses y un año hasta que llegara el juicio. Cuando llegué acá no sabía de qué estaba acusada.
¿Tus abogados tampoco te lo dijeron? En ese momento era un lío porque el primer abogado que tuvimos fue Zamudio, que nos dijo que estaba acostumbrado, que siempre sacaba a los vendedores ambulantes. Conversaciones comunes de calabozo. Cuando él vino le firmamos el poder. Él me dijo: “en diez días se van”. Hace una semana llevaba 135 días. Ahora dejé de contar porque ya sé que me quedo.
¿Los acusan por las imágenes que se vieron en televisión? No, de las de la televisión no hay ninguna. Somos unos tarados que estamos detenidos porque se les ocurrió a ellos. De los de la televisión, radios y revistas no hay ninguno. De eso no tengo dudas.
¿Quieren endilgarte el rol de organizadora? Eso parece. En su momento esto va a ser un bolillero. De todos los detenidos, tres o cuatro vamos pagar. Uno de los rasgos más locos es que a algunos le adjudican el rol de organizador por tener teléfono celular. Yo te puedo hablar de lo nuestro: ninguna de nosotras es organizadora. Éramos un conjunto de personas que nos juntamos para que no revocaran el Código de Convivencia, para no volver más a los 21 días, para que pudiéramos seguir trabajando en la calle, para que se buscara una solución lógica. Después de todo es el trabajo nuestro, no queremos volver a las coimas policiales... Seguir trabajando como corresponde, pelear porque nos pusieran una libreta sanitaria, pagar un impuesto, no ser explotada, que cada una sea libre de decidir si quiere pararse en una esquina sin policías, sin cafiolos. Al cortarse el Código de Convivencia se acaba el derecho a trabajar como uno quiere, y pasamos a estar en saunas, hoteles, departamentos privados, a que te llevan afuera, te tiran en un rancho, te tenés que acostar con cincuenta monos y el que levanta la plata es el chabón, vos no ves una moneda. En un departamento privado, de un pase de 30 pesos, las pibas se llevan siete pesos. ¿Quién se lleva la plata mi amor? El que maneja la institución y todo lo que viene detrás de ella.
¿Por qué te parece que estás acá? No sé porque me pusieron acá. Tal vez porque somos un par de estúpidas que estamos detenidas por algo que no hicimos. Estamos presas por haber gritado un par de pelotudeces, igual que las que se gritan en una cancha. Fui a manifestarme, a acompañar y terminé presa acá, privada de mi libertad. Yo y mi compañera. A los demás yo no los conocía, nos conocimos en el calabozo. Y con los chicos ni siquiera nos conocemos. Ni siquiera conocía a los legisladores, porque nunca entré. Yo hacía el aguante desde afuera…y acá estoy. Hubiera preferido hacer un secuestro express y en cuatro años me voy a la calle. Toda la vida me cuidé de caer en un penal y vengo a caer pelotudamente ahora...
¿Cómo fue el pabellón de ingreso en Ezeiza? Fue una odisea. Al final, te tiran ahí, se llama carne acá dentro. Abrieron esa puerta y vos ves que están todas asomando la cabeza por la cucheta. Se levantan algunas, que estaban en la cocina y siempre te preguntan por qué venís. Margarita que es más chiquita se escondía detrás de mí, Marcela también iba detrás. Me decía: “¿qué nos va a pasar acá?”. Se viene una de las que hoy es mi compañera y nos pregunta de dónde venimos. “Somos de la Legislatura”. “Ah, qué bueno, las vimos por la tele. Yo te vi”. “¿Cómo que me viste?”. Me quería bañar, el olor ya no lo aguantábamos, era totalmente nauseabundo el olor que teníamos. Enseguida corrieron los toallones, el shampú. Pasamos por la ducha que fue uno de los placeres más grandes que he vivido desde ese momento. Cuando salimos de la ducha ya corría el mate, empezamos a escuchar lo que pasaba, las otras internas nos contaban. En el ingreso no tenés televisión. O sea que las que salían al pasillo, se comunicaban con las otras y decían: “llegaron las piqueteras”. Tratamos -Marcela con su llanto, Margarita que se descomponía- de salir, yo contenía el grupo. El penal tiene mil detenidos. Llegamos a compartir el vaso para tomar y lavar la dentadura entre tres. Una vez una jefa me dijo: “yo estoy igual que ustedes”. Ellas se sienten tan presas como nosotros, pero hay una diferencia: nosotros somos detenidas porque tenemos que pagar a la sociedad, ellas porque trabajan. Yo le dije: “usted se baña en su casa, viene con olor a perfume, entre al baño y mire las condiciones”. Nosotras tenemos cuatro recuentos por día, si en uno entra la patota y chau... Te llevaron por más que grites. ¿Qué es el recuento? Recuentan las personas por si faltan algunas, porque este penal hace un año tuvo dos fugas. Recuentan a las 8, a las 16 y a las 20 horas.
¿Cómo es la situación del recuento? Te dicen: “señoras al baño”, y ahí empiezan. Es muy feo.
¿Cuántas chicas convivían en el pabellón de ingreso? Éramos setenta chicas en ese lugar, en ese pabellón de veintiocho camas. Yo hasta ahora sigo durmiendo en el piso, me dicen perro chico porque duermo en el piso. Acá aprendés a convivir con los bichos, roedores, las bolsas de nylon, los mickey mouse. Yo escuchaba que decían vienen los mickey mouse y entonces me enteré que eran los ratones. Aprendí a comer en una tapa, en un plato, con la mano, sin cubiertos, sin un vaso. Hoy estar sentada en una silla de éstas es un placer. Hace un mes atrás yo lloraba, hoy ya no lloro, estoy más dura. Me dí cuenta que acá puede venir cualquiera sin haber hecho nada. Y hay que acostumbrarse a los códigos, a la palabra “señora”, al “por favor” para todo. Eso no se te puede olvidar nunca porque te puede costar un tubo de cuatro días. Y si viene mi libertad en abril, pago tres meses más de prisión por un tubo.
¿Qué es un tubo? Algo un poco más grande que un armario, donde entra una cama y sólo tu cuerpo, donde hay una mirilla para que pase el plato. Te sacan sólo una hora por día, orinas y defecas ahí. No se puede tener el cuerpo controlado, no se ordena el cuerpo a ese sistema, el del tubo. Te visitan todos los bichos, los micky mouse, las cucarachas. Y si caíste con mal concepto dentro del tubo, obviamente la policía hace su trabajo: un par de patadas en el orto. Y estás negada de cualquier pedido.
¿Lo pasaste o te lo contaron? Lo veo. El máximo para estar ahí dentro es de treinta días. Hoy acaba de salir una compañera mía por un tubo de cuatro días. Acá el que maneja el tubo es el servicio penitenciario. Mientras yo no esté procesada estoy amparada por los Tribunales, cuando sea condenada soy de ellos, ya no pertenezco más a nadie. Ellos pueden mandarme donde quieran, a la Pampa, al Sur, a Neuquen.
¿Es cierto que te ofreciste a ir al tubo? Estábamos con el problema del agua, que se había cortado en todo el penal. Sale una de las chicas de hablar con la jefa que le dice: “si no controlas a tus compañeras, la que vas a pagar con el tubo sos vos”. Entonces, me acerco a la reja porque soy la que tengo los antecedentes menos pesados. Y le digo: “señora, usted tiene demasiada ansiedad de tubo, si quiere un tubo lléveme a mí”.
¿Cómo es la comida acá? Te la manejas vos. Yo no estoy comiendo casi nada del Penal. Me manejo yo, así que vivo de huevo y aprendí a hacer el arroz arañado.
¿Qué te parece que fue más duro y difícil para vos, aprender los códigos de la calle o los de acá? Los de acá. Es muy grande la diferencia. Acá no te podés equivocar porque fuiste.
¿Los códigos hay que aprendérselos para tratar a las carceleras o a las compañeras? Hay que aprender todos los códigos, los de éste lado de la reja y los de aquel lado de la reja. No te podés equivocar acá adentro. Tenés que cuidarte mucho con las puras sangre, las altas. Es muy jodido.
¿Cuáles fueron las cosas que más te costaron incorporar? Que todo el tiempo tenés que agachar la cabeza, que por todo tenés que estar pidiendo por favor, que por más que vos hablés bien es difícil que los del servicio te den al menos una sonrisa, una palabra amable. Yo sé que pueden estar cansadas pero eso no les da derecho a que te traten como la última basura. O que de repente te digan: “está muy bien que estés acá porque tenés que pagarle a la sociedad, estás acá depositada porque le debés algo a la sociedad, a la comunidad y a la justicia”. Pero por eso no te pueden tratar como la peor mierda... Es difícil tener que aprender a no meterte, a no mirar al otro. Acá sos ciega, sorda, muda. Acá hay un problema y tenés que decir: “agárrense de las manos...” (canta). Una pelea no es tu pelea, no corre el embrollo. Nada de eso. Hay que tratar de reírse, jugar, hacer chistes, hacer comentarios televisivos, nada más.
¿Alguien te explicó todo esto? No. Eso lo aprendí sola acá adentro.
¿Todos los días entran nuevas mujeres? Sí. Todos los días de Dios. Llegar al pabellón te cuesta dos meses de ingreso, de adaptación. Yo caí en uno de los peores pabellones. Lo llaman Cachivache, es de mala conducta. Acá tenés que aprender muy duramente. Tuve que aprender en 24 horas lo básico, si vas a tomar algo: “discúlpeme,¿me lo presta?”, porque si lo tocaste y no lo pediste, cobraste. No podés negar un huevo, no podés negar una taza de azúcar, no podés negar los cigarrillos. No intentes tener una heladera, porque no es tuya, es del pueblo. No podés poner límites en eso. Porque si no vienen y te dicen: si no la prestás baja a pañol. Pañol es el depósito de las cosas que no usas.
¿Y los libros? Eso no lo tocan, ni siquiera en las requisas. Puedo estar y entrar con los libros tranquilamente. ¿Sentís que tenés algo en común con las demás presas? En común tengo algunas cosas: participaciones, conversaciones. Lo que de repente me cuesta entender es por qué a una pibita que entró a los 19 años y se fue a los 23, le da lo mismo caer de nuevo. Ahora tiene 23 años, es hermosa. Yo lloro todas las noches mirando la pared, mirando mi libertad, y la otra que vuelve. Es una criatura y le importa tres carajos volver con una causa de cinco años. Es una criatura que todavía tenés ganas de que saque el pie de la cama, le pongas las medias, le alcances la leche, es una chiquilina. A ella le estoy tratando de ayudar a escribir, tenemos que tratar de ver cómo saca eso, es enferma, drogadicta. No sé si escribe muy lindo, pero expresa cosas muy fuertes: le pide perdón a su familia, ruega por su madre de noche, se levanta llorando por la madre, porque está sola, y explica cómo cae en el pozo y cómo la sociedad no le da una oportunidad. Como ella hay un montón de pibas.
¿Qué diferencias hay entre el primer pabellón y el actual? En el primer pabellón el 50% de las que estábamos allí adentro éramos nuevas. Y lo que primaba era el miedo de lo que ibas a encontrar en el más allá -y el más allá es la otra reja, de la cual escuchás los gritos, las peleas, ves que salen apuñaladas a la enfermería... La diferencia es que de este lado estás en el jardín de infantes y del otro estás en primer grado. Es como un cambio de colegio, tenés que adaptarte a las nuevas compañeras.
¿No crees que la sociedad le debe algo a esa chica de 19 años que volvió? Sí, la sociedad le debe, porque podría hacer algo, llevarla a un lugar especializado o tratar de reincorporarla cuando sale. Porque acá te tiran y cuando te vas salís ya no tenés nada: ¿a que volvés? Salís desnuda, sin plata y no podés trabajar. Te metes en la villa, se cruzó un tarado, le robaste y sonaste. Acá no te reintegran para nada. Acá te endurecen el pensamiento, te endurecen el corazón. Si yo salgo quiero la plata, porque ya me quitaron ocho meses. No veo a mi hijo que se está privando de cosas por mi ausencia. Me privaron a mí de todo, de todas las posibilidades. Acá todo el tiempo ves injusticias.
¿Y afuera? Afuera tenés que aprender a defenderte, pero de acá salís peor, mucho más dura. También aprendés algunas cosas: a apreciar la comidas y otras cosas de las que acá estás privada. A mí antes me daba lo mismo tirar media milanesa y un huevo, pero ya no lo voy a hacer porque acá he pasado hambre, he deseado cosas. Hay cosas que me faltan, busco los olores y no están. ¿Cómo podés concebir que al pabellón lleven polenta siendo que vimos pasar las bandejas con asado, chorizos, pollo?
¿Qué dice tu hijo? Es un tema que casi no lo quiero tocar. Va a cumplir 18 años, y es la primera vez que me separé de él. Odio al maldito chabón que me puso acá adentro. ¿Por qué hoy mi hijo tiene que estar pidiendo un plato de comida? Toda mi vida puse el cuerpo para darle cosas a mi hijo. Nunca le permití que le faltara nada y ahora lo llamo por teléfono y más de una vez tiene que ir a golpear una puerta para comer.
¿Te consideras una presa política? No me considero una presa política, me considero una estúpida. Me considero una persona que fue a manifestar por sus derechos y terminó acá adentro. No conozco más allá de mis narices. ¿Querés que te diga más? En mi vida pasé por el cuartito oscuro, no sé ni votar siquiera. Así que, ¿de qué presa política me hablas? No soy organizadora ni sindicalista. Simplemente fui a manifestar por mis derechos, porque sabía que iban a cometer una injusticia al derogar el código. Fui a manifestar para que no volviera el tiempo atrás, ni una Noche de los Lápices, ni un 19 y 20 de diciembre cuando mataron a tantos pibes. Para no calentar más calabozos.
El hecho de que te llamaran ¨la piquetera¨ ¿te juega a favor o en contra? Me juega divertido. Quizás habló un poco más porque sé que tengo una presión más fuerte de afuera. Eso con las internas, y con la guardia también. Yo juego con otros códigos, no los de las presas comunes. Con las chicas tengo buen entendimiento ya que cuando te ponés a hablar te das cuenta que son buenas personas, tienen un gran corazón. Pero hay que ver a qué las llevó la vida a cada una de ellas.
¿Qué es un rancho? Son dos camas cuchetas que las cerrás con cortinas y ahí te juntas con tus compañeras para que las demás no te vean. Ahí comés, dormís, haces el amor, miras TV, jugás a las cartas, todo. Ahí se comparte todo, lo bueno, lo malo, la risa, el llanto, todo. El rancho es una cosa muy importante acá adentro. Es tu vida, tu casa. Esas dos camas cerradas por una frazada son tu vida. Anoche luego de que terminaron de bailar, de joder, de transportarse a otro mundo, me puse a escribirle algo a mi hijo. Anoche fue la primera vez que escuché nítido el sonido del tren. El silencio también tiene sus ruidos. En el silencio, escuchás a una que llora, a otra que llama a su madre, a su hijo. Todas soñando. Y vos empezás a conocer los sueños, la respiración de cada una de ellas.
¿Soñas? Yo no duermo. Recién me duermo a las cuatro y media de la mañana. Me cuesta dormir, me cuesta conciliar el sueño. Escribo y leo mucho a la noche.
¿Antes escribías? Ahora le escribo mucho a mis amigas. Cuando estoy muy mal trato de escribir. Le escribo mucho a mi hijo. A veces, alguna se levanta medio dormida, se pone al lado mío, de repente nos reímos, de repente lloramos, de repente vemos a la celadora espiando por la ventanilla, preguntando qué hacemos... Estoy tomando a la escritura como un escape.
publicada 14/12/2004
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