|
|
Fuera de cuadro
Conversación con las integrantes de Ammar Capital

“La nuestra es una lucha contra el miedo”
En el fondo de la amplia casona de la Iglesia Evangélica Metodista están las mujeres trabajando en sus flamantes máquinas de coser blancas. Hacen toallas con puntillas, bolsas para el pan, delantales de cocina. Una de las mujeres cuenta que con una tela que encontró tirada en la calle y 50 centavos para comprar la argolla de madera, hizo un porta rollos de cocina colgante que vendió a 5 pesos. “No soy contador, pero eso es que da ganancia. ¿No es cierto?” La mujer sonríe y dice que por primera vez en mucho, mucho tiempo, gracias a esa venta se dio un gusto. “El domingo no fui a la plaza”. La casona queda justo enfrente de la Plaza Flores y esa ubicación estratégica permite que todo el tiempo entren y salgan mujeres que están ahí o en las calles periféricas, prostituyéndose.
Ahora mismo en otro de los salones estamos charlando con Graciela, una de las referentes de la organización que define a sus integrantes como “mujeres en estado de prostitución” y en la mesa hay dos mujeres más, que luego se van y llega otra y otra más. La última en entrar y sumarse a la charla pide a los visitantes que adivinen su edad. “26” dice el único varón, amable. “77” contesta la mujer, orgullosa. Sentada al lado está otra mujer de 32, madre de cuatro hijos, que acaba de llorar y sonreír contando su historia. Empezó a trabajar a los 14 en casa de familia, como empleada doméstica. A los 16 conoció a quien sería su marido, el padre de sus hijos y su proxeneta. Desde entonces se vio obligada a trabajar durante el día como ama de casa y durante la noche como prostituta. -Hace un tiempo me dije: no doy más. No quiero esto para mi. Dije no. Y me vine a la Capital, con mis hijos y un bolso, con la excusa de traer al médico al más chico que siempre vivía enfermo. Tenía la decisión de dejar todo. Había tomado la decisión y creía que eso era lo más importante. Pero no supe qué hacer. No tenía la información para saber a dónde ir, a quién recurrir. Y me tuve que volver. Con mis hijos, mi bolso, mi decisión y todo. Después, él murió. Y quedé libre. -¿Podés creer que lo lloró y todo?, dice Graciela.-Ella pensaba que no iba a poder, que sin el tipo no sabía hacer nada. -Y sí, fueron muchos años. Yo apenas terminé la primaria. Nunca había manejado plata, no sabía ni pagar una cuenta. Así es charlar con las mujeres de Ammar Capital. Mujeres que exponen sus lágrimas y heridas para explicar qué hacen y por qué. Como dirá Graciela en un momento de la charla: -No sé si es justo que nosotras tengamos que hablar todo el tiempo de lo que nos pasa y sentimos. ¿Por qué nosotras estamos como obligadas a exponernos y vos no? A mi también me interesa saber qué te pasa a vos cuando escuchás estas cosas o cosas parecidas charlando con otra gente que te las cuenta. Saber cómo quedás después, si te importa, te quedás enganchado, se te pasa. Y sin embargo no te lo pregunto. Y seguramente nadie te lo pregunta. Hace una hora que estamos charlando con una Graciela que desconfía del grabador, de las preguntas, de las intenciones. No desconfía, en cambio, ni un poco, de sus respuestas. Como ella misma confiesa “somos así de desconfiadas porque en toda nuestra vida nada nos ha demostrado que podemos ser ingenuas sin consecuencias”. El primer tramo de la charla será, entonces, sin grabador. Graciela comienza hablando del impacto que fue para todas en general y para su organización en particular que fueran presas Carmen y Marcela. La palabra, en realidad, no es impacto sino dolor. Les duele en el mismo lugar donde les pegaron siempre. De ese primer tramo, entonces, surgen estas notas:
Sobre la cárcel: “Yo he ido hasta tres o cuatro veces presas el mismo día. Tengo en todo mi cuerpo y en toda mi cabeza cicatrices de los golpes que recibí. Hasta que logramos que se derogara el famoso edicto, nos llevaban cuando y cómo querían. Y nos hacían lo que querían. Ni teníamos idea de que teníamos derechos. ¿Nosotras? ¿Derechos? ¿Qué podemos pedirle a la policía identificación? ¿Qué podemos negarnos a firmar un acta que diga que nos detienen por ebriedad, porque en el mismo día no podían detenerte por dos delitos iguales y te dibujaban el de ebriedad para poder llevarte? Si ni siquiera nos dejaban leerla. Cuando nos lo decía la abogada yo pensé que estaba diciendo cualquiera. Que no sabía qué nos podían hacer a nosotras. Y ahora con esto es como revivir esas épocas. Porque nosotras sabemos, aunque nunca estuvimos presas en un penal, sino en comisarías o correccionales, lo que es la cárcel. La cárcel nos volvió más ignorantes”.
Sobre la represión: “Nuestra prioridad hoy son las detenidas. No podemos dedicarnos como quisiéramos a los talleres, a recorrer la calle repartiendo preservativos y charlando con las compañeras, no podemos llenar los formularios –que ni sabemos cómo hacer con la computadora– para conseguir subsidios para que el emprendimiento del taller de costura sea una salida laboral para las compañeras. Lo hacemos, sí, pero en el tiempo que nos sobra. Porque hacer algo por nuestras presas no sólo te lleva tiempo, te lleva la cabeza entera. Yo puedo estar haciendo otra cosa, pero mi mente está allá, con ellas. Todo lo que habíamos hecho como organización, mal o bien, lo están destruyendo. A las chicas nuevas le dicen: no vayas con las de Ammar Capital que tienen dos presas. Date cuenta lo que es el Estado: estuvo ausente cuando queríamos hacerle notar que hay mujeres que se prostituyen porque no tienen otra opción para alimentar a su familia y cuando lográs organizarte para reclamar, te hace desaparecer.”
Sobre los comienzos de Ammar Capital: “El principio fue decir basta. Así que el comienzo fue muy duro. Nos bancábamos unas a otras, como ahora, charlando y pensando juntas. Fue por el 94 o 95. Veníamos de la calle, sin ningún aprendizaje. No sabíamos para qué servíamos. Ni si servíamos para otra cosa. Eso te da dolor e impotencia. Peleábamos contra la policía sin saber nada. Después, nos dimos cuenta que conocer nuestros derechos cambiaba la situación. Porque antes, si bien siempre fuimos rebeldes, como en el fondo pensábamos que estábamos haciendo algo malo, nos callábamos. Hay mucho silencio en nuestra historia. En realidad, te terminás rebelando de cansada que estás. Tanto atropello, tanta explotación, te agota. Ahí decís basta. A nosotras nos ayudaron mucho una abogada y una psicóloga social con las que charlábamos en un bar de Constitución. Ellas nos abrieron la cabeza, nos acompañaron, nos bancaron mucho en esas primeras épocas. Porque las cosas hay que decirlas como son: así como el Estado estuvo para nosotras siempre ausente, hubo gente muy buena que nos ayudó mucho, sin la cual no hubiésemos podido hacer nada. De a poco, fuimos creciendo. Nos dimos cuenta que decir que no es un derecho, por ejemplo. Que tenés derecho a elegir. Pero después también nos dimos cuenta que si no tenés las herramientas necesarias para hacer otras cosas, es lo mismo que nada. Entonces empezás a tener conciencia de que te corresponden otros derechos que son los que necesitás para hacer otras cosas: educación, salud. También que para conseguirlos es clave la autoestima. Trabajamos mucho en eso.”
Sobre sus comienzos: “Yo vengo de Tucumán. Empecé allá y te imaginás como era. Una provincia que hasta el día de hoy no te respeta ningún derecho. Después vine a la Capital y la luché acá. Cuando caminás la Capital hablando con las chicas te das cuenta que la mayoría fue traída. Las van a buscar a las provincias y terminan paradas en una esquina. Para mí llegar acá también fue duro. Y te imaginás ahora cómo es. Porque si como organización no podés resolver los problemas de la Capital, no tenés con qué cruzar la General Paz.”
Sobre el miedo: “La nuestra es una lucha contra el miedo. Eternamente. Pararse a la noche en una esquina, subirse a un auto, ir quién sabe con quién. Enfrentar al patrullero, bancarte el maltrato, la humillación. Son todas cosas para las que tenés que sacar coraje de donde sea.”
Sobre la prostitución: “Para nosotros no es un trabajo. Es una alternativa para llevar el peso a tu casa. Para poder subsistir. Para nosotras lo más valioso es nuestra familia, nuestros hijos. Ellos sufren a la par de nosotras. Cuando peleamos tanto para que deroguen los edictos era para poder estar más tiempo con nuestros hijos. Eso a nadie le importa, pero a nosotras sí. Porque no sabíamos lo que era vivir en familia, porque teníamos que trabajar para un fiolo, que te decía que te iba a proteger. Nuestra preocupación era ¿quién va a cuidar de nuestros hijos cuando vayamos presas? Fijate ahora, con Marcela. ¿A quién le preocupa que su hija de un año y ocho meses esté presa con ella? ¿Les gusta tenerla ahí, encerrada con su madre? ¿Por qué tiene que conocer una cárcel una niña de un año y ocho meses? Es muy fuerte para nosotras pensar en eso. Y en lo que viene después. Si Marcela va a poder reconstruir su familia, que mal o bien, la construyó, dándole educación, comida, no haciéndole faltar lo básico. El que no la pasó no lo entiende, pero nosotras pasamos por eso. Sabemos lo que significa. Y eran cosas que nosotras creíamos superadas y que nos atrapan otra vez”.
Sobre la desconfianza. “Creer en alguien que nos podía ayudar fue un proceso. No podíamos creer. Fue un proceso de años, te diría. Porque al principio, cuando nos hablaba la abogada de nuestros derechos, la primera reacción era de desconfianza, pero la segunda era decir ¡qué boluda que soy! ¿Cómo me dejé pasar por arriba por la policía? Para nosotras era normal. No nos dábamos cuenta que nos pisoteaban nuestros derechos por ignorancia. Y aceptar eso es fuerte. Aceptar que pasaste toda tu juventud en un calabozo por ignorante es fuerte.”
Sobre los que legislan sobre ellas: “Lo único que escuché es que discutían y discutían en qué calabozo íbamos a estar. Jamás dijeron algo coherente. Hablar, por ejemplo, sobre qué pueden hacer para que tengamos más educación, formación, para apoyarnos. Se mataban entre ellos para ver si las multas eran de 200 o 400 pesos, si nos mandaban a hacer trabajos comunitarios o a la cárcel. ¿Esta gente sabe lo que significan para nosotros 400 pesos? No lo sabe porque no les conviene. Tampoco les conviene que recibamos educación, porque cuando más ignorante sea la gente mejor la pueden manejar. A mi nunca me gustó ir a esas reuniones. A mí me gusta el trabajo en la calle, con las compañeras. Pero no a esas reuniones donde nos decían ¿quién es la presidente? ¿quién es la secretaria? Y nosotras éramos todas iguales. ¿Cómo presidente? ¿Por qué teníamos que poner a alguien arriba para poder conversar sobre nuestros problemas? Con el tiempo aprendí que teníamos que hacerlo y que entre nosotras podíamos seguir trabajando igual. Lo acepté: teníamos que organizarnos”.
Sobre ser mujeres: “Nos cansamos de golpear puertas diciendo que éramos una organización de prostitutas. Y un día, pensando en por qué nadie nos daba respuesta, se me ocurrió que a dónde teníamos que ir era a la Secretaría de la Mujer. Y allí fuimos. Les dijimos: nosotras somos primero mujeres, y después prostitutas. Así que queremos que esta Secretaría nos escuche. Y nos escucharon. Nos hizo muy bien a nosotras hacer eso. Nos abrió todo un camino”.
A esta altura de la charla, en la mesa está Graciela y otra compañera, que prefiere reservar su nombre. Las dos, finalmente, aceptan el grabador. Y siguen hablando así:
Graciela: Yo pienso que organizarnos fue muy importante para nosotras. Antes, por ejemplo, nosotras no podíamos ni comer juntas. Únicamente nos veíamos cuando estábamos detenidas. No podíamos hablar ni a escondidas. Era toda una situación de mierda. No podíamos contarnos nuestras cosas: que no te vayan a escuchar los vigilantes, que no te vaya a escuchar el que te está explotando. Era toda una cosa que traía la otra.
Toda una cadena... Graciela: Una cadena, es cierto. Por eso yo le decía a la abogada nuestra que tendríamos que haber hecho en bloque un juicio al Estado. Porque ¿a quién ibas a recurrir? Nunca teníamos el respaldo de nadie, ¿entendés? Siempre tenían razón los demás. Éramos esclavas. Y hoy sigue habiendo esclavas. Esto es lo que te despierta esta situación de las presas. Otra vez tenés un bloque en contra. Por eso es que duele remover mierda y esto para nosotras es un retroceso. Creo que para todas. Como organización, como personas, como todo. Es remover, y nosotros querríamos haber enterrado todo. Creo que nos merecíamos empezar una vida.
Mujer: Yo, por ejemplo, de muy chica trabajé en casa de familia. Pero yo dije: eso no lo hago nunca más. Ir a limpiar, nunca más. Y después trabajé en la calle. En todos lados te explotan. A lo primero, siempre pensaba “quiero dejar”, pero decía “¿volver a limpiar?” Es como que te cuesta tomar la decisión. Muchísimo. Hasta que llega un momento en el que uno se da cuenta. Terminás tomando conciencia y tomás la decisión de que no. De que no querés más para vos eso. ¿Y qué otra cosa me quedaba por hacer? Ir a limpiar. ¿Qué otra cosa yo sé hacer? Ir a limpiar. Mirá hasta qué punto yo, en mi caso, tomé fuerza de vuelta para hacer algo que no quería hacer nunca, para poder dejar la calle. Graciela: Ahora yo les voy a hacer una pregunta a ustedes, porque yo me entré a preocupar. Por ejemplo: hay quienes reconocen esto como un trabajo y nosotras no. Algunas veces me pongo a pensar: ¿todo este quilombo vino por eso? Porque si hubiéramos estado todas juntas, quizás hoy estaríamos en la CTA... No sé, me cuestiono todo eso también. Quizá con la CTA hubiéramos tenido un respaldo y las compañeras ya hubieran salido. Porque yo vi en la televisión como, por ejemplo, cuando quisieron meterlo preso a D’Elía fueron todos como moscas. Eso tiene una repercusión y un poder tremendo. Por ahí me cuestiono también eso. ¿Qué tengo que abrir la boca? Capaz que si estábamos en la CTA a las compañeras no les hubiera pasado nada. Todo eso te cuestionás. También leo una nota que largan por Internet, donde la presidenta de Ammar nacional dice: “Vamos a seguir trabajando para estas compañeras, para que un día se sientan orgullosas como nos sentimos nosotras del trabajo que tenemos”. Obvio, no nos quiere nombrar. Pero dice: “Vamos a trabajar para que algún día recapaciten y sientan orgullo del trabajo y de lo que hacen, como lo sentimos nosotras”. Esto es como que me hubiera pegado la policía más o menos. Porque yo digo: a la mierda, entonces ¿de qué derechos hablamos? Respeto su posición pero ¿hasta cuándo eso de creer que las enfermas somos nosotras? Entonces te cuestionás, porque decís:¿tan equivocadas estamos?, ¿tan orgullosa puede estar ella? Porque si tan orgullosa está, que esta noche venga y se pare a la par mía en la esquina. Porque hace cinco años que no se para en la esquina.
Más que diferencia de palabras, me parece que lo que las separó es una diferencia con respecto a la práctica. Lo que estaban haciendo y no lo que estaban diciendo. Ustedes están dando un testimonio muy pesado, profundo. Cuando dicen: “primero son mujeres”, están yendo muy al fondo de las cosas. Y entonces es un testimonio contra la explotación, que implica contar, hacer pública sus vidas. Debe ser muy desgarrador tener que hacerlo, pero eso –a la vez– es lo que hace que el testimonio tenga tanta fuerza. Graciela: Nosotras queríamos pelear por lo que creíamos y nada más. Pero todas hemos sido compañeras en una esquina. Cualquiera de ellas se da cuenta que estamos mal. Que tenían que buscar un respaldo para estas compañeras –porque no lo estoy pidiendo para mí– pero no seguir con lo de si esto es un trabajo, un orgullo, o no es orgullo, o qué sé yo. Esto también nos debilita, porque no hay una fuerza, una unión. Entonces ellos están priorizando lo político, y no están priorizando a los que realmente están afectados.
Hablamos de orgullo y de trabajo, pero ¿qué pasaba, por ejemplo, si vos no juntabas la plata? Mujer: Me pegaban. Me pegaban porque tenía que permanecer hasta la hora que fuera. Tenía que quedarme, no sé, desde las 6 de la tarde hasta el otro día a las 7 de la mañana. Dormía hasta las 10, me levantaba, y tenía que cuidar a mis hijos, hacer mis cosas, limpiar la casa, porque no porque trajera la plata tenía una empleada o alguien que hiciera las cosas o cuidara a mis hijos. Y de esa plata, ¿cuánta veías vos? Mujer: Nada. Lo que yo me curraba, que ni se lo curré porque ahora me doy cuenta que era mío. Lo que nunca me avivé fue de ahorrar y guardar plata. Qué sé yo. Una cuando es joven ignora lo que es la plata. Ellos se encargaban de llevarte a lugares de provincia: “te parás acá” , te decían. “Tenés que hacer tanto”. Yo tengo a mi hija que va a cumplir ahora en estos días 13 años y le hablo de todo esto. Mejor cosa que hablarle a mi hija de todo lo que a mí me pasó, creo que no hay. No me gustaría que nunca pasara por lo mismo. Pero también pensás ¿cómo hacés? Si terminaste en lo mismo, prácticamente, limpiando casas y no te alcanza. A tus hijos ¿cómo los educás? ¿Cómo les das algo mejor? No digo mandarlos a un colegio privado, pero por lo menos que tengan las cosas necesarias como para que puedan estudiar. Bueno, tu vida ya está, ya pasó, pero la de ellos...
Pero ¿cuántos años tenés? Mujer: 32.
Entonces tu vida no pasó Mujer: Mi mala vida pasó. Mi mala vida ¿entendés?
Tal vez no estén tan solas: quizás hay personas que serían felices de encontrar con ustedes algo interesante que hacer, porque ustedes tienen algo interesante que hacer y lo crearon sin que nadie las ayude. Mujer: Y eso es lo más lindo que nos pudo pasar
publicada 14/12/2004
 éstas notas pueden ser reproducidas libremente, total o parcialmente (siempre que sea con fines no comerciales), aunque agradeceríamos que citaran la fuente.
|