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anticopyrightPor Claudia Acuña.

Hace unos meses Ignacio Ramonet, el creador de Le Monde Diplomatique, escribió un artículo que tituló El quinto poder. Obviamente, hacia referencia a la necesidad de oponer una fuerza capaz de presionar y exigir "más verdad y ética" a los medios de comunicación. En su diagnóstico describía:

"La mundialización es también la mundialización de los medios de comunicación masiva. Preocupados sobre todo por la preservación de su gigantismo, que los obliga a cortejar a los otros poderes, estos grandes grupos ya no se proponen, como objetivo cívico, ser un cuarto poder ni denunciar los abusos contra el derecho, ni corregir las disfunciones de la democracia para pulir y perfeccionar el sistema político".

El pensamiento de Ramonet, siempre lúcido y oportuno, es válido para muchas partes del mundo, menos para la Argentina.

Aquí hemos tenido que convivir y sobrevivir -desde 1986 hasta hoy- a medios comerciales de comunicación a los que poco y nada les importó "las disfunciones de la democracia". En todo caso, en lugar de recoger los temas que preocupan a la opinión pública, usufructuaron esa mediación en su propio beneficio. Los métodos utilizados han sido diversos, pero aún así el resultado no ha sido el previsto: el saldo actual es el de grandes empresas con deudas inmensas, que atraviesan no solo crisis financieras sino de prestigio y posibilidades de competencia.

Algunos datos:

  • La caída de venta de diarios en la Argentina, en los últimos diez años, es la más pronunciada del mundo. (Ocupa el primer lugar, seguida por la de Turquía).
  • El encendido de tevé sigue siendo uno de los más bajos, habiendo alcanzado su peor promedio en el 2001 (50% sumando tevé por cable y abierta; en el primer semestre del 2003 apenas recuperó un 5%).

Con un mercado publicitario retraído a su mínima expresión y cada vez menos audiencias, los medios comerciales han tenido que enfrentar el desafío de informar sobre la compleja realidad nacional de los últimos años en las peores condiciones para garantizar independencia y calidad informativa.

A cambio de monedas y favores, se han concentrado en el único rol en el que pueden demostrar eficiencia: ser piqueteros, en el sentido literal que ellos mismos le dan al término. Cortan la ruta de la información, garantizando así la exclusión y el aislamiento, para obtener por la fuerza recursos públicos.

Dedicar, como propone Ramonet, esfuerzos a inyectar verdad y ética a este sistema decadente parece entonces una tarea agotadora.

Quizá por entender mejor que nadie este dilema, la Argentina es hoy protagonista de una mejor opción: la llamada prensa alternativa. Una opción que descubre, en todo caso, esos caminos que las organizaciones sociales asfaltaron con paciencia y tenacidad hasta crear una verdadera red de recursos para que la verdad y la ética transite sin atascos. Estos medios sociales de comunicación constituyen un capital propio, difícil de domesticar y mucho menos de traficar en las trastiendas, porque nacieron plurales y múltiples, transparentes y diversos.

Es otro periodista, el uruguayo Raúl Zibechi, quien define el rol de los profesionales de la información ante este nuevo y espectacular movimiento: "Ahora que se han creado y difundido nuevas tecnologías que facilitan el flujo de información y que han simplificado la tarea, tenemos el desafío de trabajar para que los movimientos se apropien de esos saberes".

Exactamente eso es lo que estamos haciendo los que ponemos nuestros conocimientos (que, seamos sinceros, son pobres) al servicios de los que más tienen para decir. No es un acto de conmiseración, sino de supervivencia: lo harán sin nosotros, de todas formas. Creando, como lo están haciendo, nuevas vías para eludir los piquetes que cortan la ruta de la información.

Hay otro camino posible, como otra comunicación y otro mundo.

No se trata de algo que está por llegar, sino de una realidad que se está construyendo.

Y si no queremos convertirnos en los dinosaurios del modelo, hacia allí hay que dirigir los esfuerzos.

El saber, la experiencia y la paciencia.

Se trata de sintonizar la lógica de estos nuevos tiempos, que son mejores que los viejos.

Es esa lógica que, al decir de Zibechi, parte de una premisa: "La negativa a imaginar que existan sujetos y objetos, actores y espectadores (medios y audiencias, periodistas y lectores, agregamos nosotros) cuyo imperativo ético no esté estrechamente vinculado a la emancipación humana".

Una lógica que intenta construir un poder que no se coloque delante ni atrás, ni cuarto, ni quinto, ni primero.

Sino unido a la suerte de todos.

En el medio.


publicada 12/11/2003
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