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La revuelta de Praga, una noticia que nadie dio
El presidente del Banco Mundial, James Wolfenshon escribió en noviembre de 2000 un artículo en donde acusó a todos (fundamentalmente a la prensa y los economistas, pero también a los políticos) de "haberse quedado perplejos, soñando con que sea verdad lo que ellos mismos deseaban, sin poder interpretar la dimensión del problema". Wolfenshon intentaba así despertarlos, tras una pesadilla concreta: setiembre del 2000. Praga. Basta leer la crónica que publicó el diario español El País el día de la revuelta para entender por qué lo que para Wolfenshon fue una pesadilla, para muchos fue un sueño: "Miles de manifestantes se apuntaron un éxito en su batalla contra la globalización al encerrar durante cuatro horas a la elite del capitalismo internacional en Praga, donde ministros de Economía, banqueros y autoridades de 182 países asistían a la inauguración de la 55 Asamblea del Fondo Monetario Internacional. Miembros de ONG, anarquistas, sindicalistas, punks, comunistas, radicales y jóvenes encantados de jugar a la revolución se unieron en una vaga coalisión y lograron arrabatarle a la policía el control de los accesos durante cuatro horas. Los manifestantes mostraron una sorprendente capacidad de estrategia, impensable para el poco tiempo que llevaban en la capital checa e imposible antes de que apareciera Internet." Un día antes, Praga había sido literalmente ocupada por la policía. Once mil efectivos tenían la misión de custodiar la tranquilidad de las transacciones que llevarían a cabo 18.000 delegados. La mayoría de los periódicos del mundo -incluídos los argentinos que enviaron periodistas a cubrir la reunión- se limitaron a publicar como noticia fuera de agenda una foto de Bono, el vocalista de U2, junto a Wolfenshon, algo por demás pintoresco si se tiene en cuenta que el cantante solicitaba así la condonación de la deuda, mientras Wolfenshon sonreía. Venticuatro horas después, nueve mil personas brotaban -todas juntas y en el mismo lugar- con cascotes, pancartas y cócteles molotov en las manos, dispuestas a tomar el control del edificio. Lo lograron: durante cuatro horas el Centro de Convenciones estuvo literalmente sitiado y cuentan que fue el entonces ministro de Economía argentino José Luis Machinea el que propuso apagar las luces del recinto para no ser blanco fácil de las pedradas. Cuando al fin los delegados pudieron sentarse -previa batalla campal de los manifestantes y los policías- Wolfenshon improvisó un encendido discurso inaugural. Dijo: "Fuera de estas paredes hay jóvenes que protestan contra la globalización. Muchos de ellos plantean cuestiones legítimas. Comparto su pasión y sus preguntas y creo que tenemos mucho que aprender de ellos. Yo asumo el compromiso contra la pobreza de esta nueva generación. Yo asumo el compromiso de que la globalización no puede beneficiar solo a unos pocos". El éxito de la revuelta de Praga fue contundente. El FMI levantó ese mismo día sus sesiones y dio por terminada la reunión sin siquiera anestesiar con un poco de marketing el papelón. Una semana después, el organismo anunciaba que no volvería a realizar reuniones de ese tipo, una tradición que desde hace veinte años se mantenía imperturbable. Nada de esto pudo leerse entonces en los diarios locales.
publicada 27/09/2003
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