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Riesgo país
 Publicada en la revista El Amante en su edición de abril del 2002.
A Tomás Abraham, por haberme recordado la frase que solía decir mi padre: "reaccionarios son todos esos que se asustan con el desorden".
Corner. La escena es increíble por dónde se la mire. Es sábado y Avenida de Mayo es un desierto nublado. En la esquina de Chacabuco estamos solos. La policía y nosotros. Naomi Klein sostiene su block de notas y un micrófono. Su marido, Avi, la cámara. Su traductora, Silvia, los bolsos. La policía, sus armas. Se supone que estamos frente al edificio mejor custodiado de la avenida, una torre tenebrosa en cuya planta baja descansan cuatro cajeros automáticos del banco HSBC y en el quinto piso, la embajada de Israel. Dos motivos suficientes como para justificar el despliegue policial que trata de impedir lo inevitable: que esa mujer alta, de impecable vestido negro y rostro desvastado, abrazada a la foto que enmarcó ella misma con esmero, narre el asesinato de su hijo. Gustavo Di Benedetto cayó ahí, exactamente, a las 16.30 del día 20 de diciembre. Le pegaron un tiro en la nuca. En mi cartera llevo el video que grabó la cámara de seguridad del banco. Muestra a cuatro custodias disparando sus armas. Hace ya quince días que la justicia ordenó la prisión del que considera responsable de ese homicidio: el jefe de seguridad del HSBC. Su nombre: Jorge Varando, un militar de 54 años que fue teniente general y se retiró del Ejército en 1994. Su nombre figura en las listas de denuncias del CELS, donde se detalla su desempeño en el Destacamento 103 de Inteligencia del Ejército, en los oscuros años de la dictadura militar, y la acusación del periodista Alipio Paoletti, quien lo señala como represor. La juez que ordenó ahora su detención es María Romilda Servini de Cubría. Naomi y Avin me piden que les haga una síntesis del caso. Suspiro. Mañana es 24 de marzo, les digo. Nunca pensé que después de tantos años iba a volver a tener enfrente a una madre sosteniendo el retrato de su hijo muerto. En esa esquina, les cuento, al cumplirse un mes de la Batalla de Plaza de Mayo, las agrupaciones colocaron un pequeño altar con el nombre de Gustavo. Al día siguiente lo sacaron. Volvieron al mes y colocaron otro, fijándolo esta vez al piso con cemento. Al día siguiente, ya no estaba. Hace tres días colocaron el tercero. Hoy no está. Solo puede verse la mancha gris sobre las baldosas impecables. Habrá que esperar ventisiete días para colocar el próximo. Y otro más. Y todos los que hagan falta. -The memory corner, dice Naomi. No. No hay corner, le digo. Toda esta avenida, esta ciudad, está signada por la memoria. Al día siguiente lo comprende. ¿Cuánta gente hay en Avenida de Mayo ese domingo 24 de marzo? No sé calcularlo. Un río corre por toda la avenida hacia la Plaza y en su lecho, un infinito lienzo negro transporta las fotos de otros hijos. Al pasar frente a la esquina siniestra vemos a un muchacho escribiendo con aerosol rojo. "Gustavo vive" , pinta en las paredes y en el piso. Fallé: en estos tiempos no hace falta esperar tanto.
Square. ¿Cuánta gente hay este domingo en Parque Centenario? ¿Cuánta este jueves en San Telmo? ¿Y el viernes en Flores? ¿O el martes en Chacarita? No lo sé. Sólo recuerdo que el teórico Zygmunt Bauman escribió que la única manera de recuperar, en este mundo globalizado, el significado real de la política era a través de aquello que los griegos denominaban "ágora". Un espacio de encuentro capaz de transformar en públicas las preocupaciones privadas. Un eslabón anterior, pero indispensable, entre la cuestión personal y la política general. Escribió Bauman: "La posibilidad de cambiar este estado de cosas reside en el ágora. El espacio en el que los problemas privados se reúnen de manera significativa, es decir, no solo para provocar placeres narcisistas ni en procura de lograr alguna terapia mediante la exhibición pública, sino para buscar palancas que, colectivamente aplicadas, resulten suficientemente poderosas como para elevar a los individuos de sus desdichas individuales; el espacio donde pueden nacer y cobrar forma ideas tales como el bien público, la sociedad justa o los valores comunes". Bueno: aquí y en las plazas ha nacido el ágora. Y tal cual lo previó Bauman, no es un paraíso, sino -por llamarlo de una manera académica- una "logosfera". Transcribo la explicación de Bauman: "un espacio donde las discrepancias se producen en el acto del diálogo, por los diferentes niveles de clase, género, localidad, indiosincrasias y biografías personales". En estas ágoras/asambleas se escucha de todo, pero algunas cosas son comprendidas mejor que otras. Sin embargo, no son las palabras sino los hechos lo que obligan a prestar atención a su existencia. Por ejemplo: - En San Telmo, se ha elaborado una red que involucra a unas tres mil personas que participan -activa o pasivamente- de las reuniones vecinales. La asamblea es la que administra los 100 Planes Trabajar que lograron obtener del gobierno de la Ciudad, las dos ferias del trueque que se realizan tres veces por semana y el canal de televisión que puede ser sintonizado por diez mil personas, según calculan. Acaban de firmar un convenio con el ministerio de Educación porteño, mediante el cual obtuvieron un espacio en la calle Defensa, debajo de la autopista, para construir un comedor. También consiguieron comida para repartir entre 260 familias y que son entregadas mensualmente. Diseñaron, también, seis cooperativas de construcción de viviendas y una de trabajo.
- En la Asamblea de Flores Sur también organizaron una cooperativa de trabajo para ofrecer a los vecinos los servicios de los desocupados de la zona. Mantuvieron, también, reuniones con el gerente de Edesur para solicitar la interrupción de los cortes de servicio por falta de pago durante el invierno. Por ahora, solo obtuvieron la promesa de una demora. Logran concentrar, en cada reunión, un mínimo de cien personas y máximo de trescientas, pero el padrón de teléfonos e emails suma más del doble de la cifra de asistentes promedio. Ya tienen un periódico, pero no el dinero suficiente como para imprimirlo. Pretenden verderlo a 1 peso y repartirlo entre los que figuran en el padrón de desempleados del barrio.
- La Asamblea de Chacarita está organizando un debate sobre la consigna "que se vayan todos", para pensar entre todos las consecuencias de un slogan que repiten las asambleas de todos los barrios. Los vecinos, que cada martes suman entre 80 y 100, ya se habían reunido a escuchar la exposición de un historiador, un abogado y un sociólogo acerca de la tradición de asambleas constituyentes en la Argentina. Grabaron la charla, tipiaron cada palabra y distribuyeron copias en los negocios del barrio para que todos puedan seguir las alternativas del debate.
En la recorrida por asambleas tan diferentes, algunas preocupaciones aparecen repetidas. El nombre, por ejemplo, fue motivo de largas cavilaciones en las primeras semanas de reuniones. Presencié una asamblea en donde un señor argumentaba que no debía llamarse "popular" porque eso espantaba a los vecinos y otra, en el lado opuesto de la ciudad, en donde una señora reclamaba una "vocabulario más original" para no parecer viejos trasnochados. También, si uno observa las comisiones que se han formado en cada asamblea, nota que son hijas de la misma época. Por lo general, todas tienen una feria del trueque (en un país sin moneda) una comisión encargada de los temas sociales (en un Estado sin capacidad de respuesta al hambre y la desocupación), pero también encargados de prensa y -lo más llamativo- responsables de invitar a especialistas para "ayudar al análisis económico y político actual". Los únicos nombres que lei en la convocatoria de diferentes asambleas son los de Osvaldo Bayer, Miguel Bonasso y Rubén Dri. Aparentemente, la mayoría de los intelectuales se dedica a opinar sobre los vecinos, observándolos por televisión. Naomi recorrió al menos seis de estas reuniones, mezclándose con los vecinos, sin atreverse -como todos- a hacer pronósticos, pero sí a registrar con ojos, lápiz y cámara todo lo que allí pasa. ¿Por qué?, le preguntó simple y contundente un vecino en Parque Centenario. Noami respondió: " La Argentina es un laboratorio de democracia. Es una fuente de inspiración para todos los activistas. Y creo que aquí no hay conciencia de eso. Todo el mundo está al tanto de lo que opina el FMI sobre la Argentina, saben que Bush y otros presidentes los están mirando. Pero no se dan cuenta de cuánto nos movilizan a los activistas: nos están devolviendo el coraje." En las plazas, dice Naomi, encontró esperanza. Al rígido orden del pensamiento único se le opone el desorden de estas múltiples voces hablando al mismo tiempo, todos juntos, sin jerarquía. Incendiarios y conciliadores. Pavadas y confesiones. Arengas y frases tímidas. Respuestas que no sirven para nada y preguntas que abren pequeñas, mínimas soluciones. -The square need time, dice Naomi. Tiempo para crecer o extinguirse. Para ponerse de acuerdo. Para transformarse y encontrar otras formas más sabias, más prácticas, más abarcadoras. En esa necesidad reside su potencia. Porque el tiempo, tal como lo sentía Borges, está hecho de memoria, pero también de esperanza.
Know how. Estamos sentados en la vereda de un barcito (por así llamarlo) del barrio de La Boca. Son las dos de la mañana y a las cinco parte el avión que traslada a Naomi y Avi a México, la próxima escala de la gira latinoamericana que comenzó hace dos meses en Brasil, cuando participaron del Foro de Porto Alegre, continuó en Montevideo, donde se encerraron a aprender castellano durante dos semanas, y que esta noche concluye su etapa porteña, en este brindis final con cerveza y vasos de plástico. En un bolso están los 36 videos de una hora de duración que grabó Avi para un documental que emitirá la televisión canadiense. Sobre la mesa están las provisoras conclusiones de un trabajo que les demandó catorce horas de trabajo diarias. Avi escucha al muchacho que está sentado a su lado, un joven profesor de historia que está preocupado por el destino de "su" asamblea, la del Cid Campeador. El muchacho repite lo que ya puede escucharse en muchas de esas reuniones. La interbarrial de Parque Centenario ha sido copada por los aparatos de las organizaciones de izquierda. Los vecinos se desgastan en largas discusiones sobre temas que son o demasiado grandes o demasiado pequeños como para dedicarles el esfuerzo de pensar acciones concretas para solucionarlos. La virtud principal de las asambleas es su obsesión por no delegar poder en nadie, sino funcionar horizontal y democráticamente. Por eso, en todas las reuniones, las pequeñas cuotas de poder -quién maneja el micrófono, quién anota a los oradores, quién representa a la asamblea en las interbarriales- son siempre rotativas y transitorias. ¿Cómo repepetar ese espíritu sin caer en el desgaste, la inoperancia, la parálisis?, pregunta y se pregunta el muchacho. Avi responde con una anécdota. La primera vez que fueron a una asamblea piquetera, en La Matanza, le dijeron que la reunión comenzaba a las 10. Llegaron a las 11 y ya había terminado. Se sorprendieron, claro, acostumbrados al ritmo de las reuniones vecinales en la plaza. Tuvieron que esperar tres días más para filmar esa reunión. En el tape puede verse a más de 400 personas reunidas para discutir los tres puntos fijados para ese día. Nadie puede hablar de otra cosa. "No hay cuarto tema" explica Avi. Los que quieren hablar se anotan en la lista. Y hablan poco. Ni siquiera hace falta controlarlos con reloj. Votan. Fijan los tres temas de la próxima reunión. Votan. Y se van. En cincuenta minutos han resuelto todo y están libres para hacer lo que tengan que hacer. ¿Quién no va a querer ir a una reunión así?, pregunta Avi. Y responde: "ustedes". No son las que siguen sus palabras exactas, pero sí su idea: el managment de la democracia participativa lo han desarrollado las asambleas pirqueteras. Cualquier puede ir, verlos en acción y copiar lo mejor del método. Tranferencia de know how al aire libre. Gratuita y didáctica. El muchacho cuenta, entonces, que él utilizó un método más complicado. Estuvo dando vueltas por Internet, buscando alternativas de organización y encontró un comentario sobre cómo se organizaron los diferentes movimientos que confluyeron en Seattle. Ellos tenían reuniones periódicas interbarriales. En esas reuniones, cada sector elegía un vocero. El vocero se sentaba delante de su grupo y hablaba en su nombre. Nadie más tenía voz, pero durante el desarrollo del debate el vocero podía consultar a su grupo y éstos, a su vez, podían expresar con gestos (generalmente, con movimientos de manos) la aprobación o desaprobación de sus palabras. Los voceros eran rotativos y no ostentaban más poder que ese: hablar por boca de todos. El más virtuoso, entonces, no era aquel que repetía la mejor arenga, sino el que expresaba mejor las dudas y contradicciones en las que se había sumido su grupo. La que suma un ejemplo ahora es una muchacha de la organización HIJOS. Cuenta que ellos también se organizan de manera horizontal y que les ha consumido varios años y mucha paciencia encontrar un método eficaz de funcionamiento. Mañana, dice, tienen la reunión de todas las delegaciones en Rosario. Allí todos pueden hablar y proponer, fijar objetivos de trabajo y miradas sobre la realidad nacional. Hay quienes repiten allí lo que ya piensan las organizaciones políticas con las que simpatizan y quienes hablan en nombre de sus propias preocupaciones, incluso de sus intereses personales. Por lo general, solo pueden ponerse de acuerdo en un puñado de puntos, pero son los suficientes como para lograr el compromiso de todos y cada uno en concretarlos. La noche es húmeda y pegajosa y desde hace más de una hora solo se está hablando de eso: cómo. No por qué ni para qué, sino cómo. Cada quien narra un ejemplo concreto, no con la intención de aportar el mejor, sino para ofrecer algo que sirva para disparar una idea superadora. ¿Cuál será la que sirva? ¿Cuál la que finalmente se imponga? ¿Llegaremos a las próximas elecciones, por ejemplo, con un grupo de nuevos dirigentes acostumbrados a consultar, a escuchar, a representar? ¿Seremos, finalmente, testigos de una transformación de la política o de una nueva y dolorosa frustración? -Tengo miedo, dice el joven historiador. La frase es obvia, pero mi pregunta también: de qué. - En la última asamblea fui el moderador. Podría haber propuesto algo para organizarla mejor, pero no supe qué. Eso me da miedo: no saber.
The end. Son las tres de la mañana cuando la policía nos hace señales para que detengamos el auto a un costado de la avenida. La casualidad no ha sido generosa: debemos parar al lado de una columna decorada con siluetas blancas y bajo un cartel circular, como los de tránsito, que señala "ni olvido y ni perdón". Estamos a la vera de lo que alguna vez fue el Centro de Detención El Olimpo. La policía nos hace señas para que sigamos, quiza porque nos intuyó inofensivos. Naomi y Avi se despiden. Prometen regresar en julio. Saben que, después de lo que vieron y oyeron, algo es seguro: nadie sabe lo que va a pasar. Y quieren estar aquí para ver el desenlace. No encuentro mejor síntesis de estos apuntes que este: en los próximos meses el documental de Noami y Avi y esta nota misma, entre otras cosas, podrá tener un final. Hasta tanto, el joven profesor de historia, la muchacha de HIJOS, los vecinos de San Telmo o Flores, los piqueteros, los ahorristas, los ocupados y los desocupados y otros tantos, entre los que me cuento, estaremos intentando que sea, también, un comienzo.
publicada 28/09/2003
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