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Entrevista
Max Ntanyana en acción
 Este sudafricano hizo gritar a todo un auditorio del Foro Social Mundial una sola palabra: "amandla". Bailó y cantó para los piqueteros. Narró su experiencia al frente de una movimiento que resiste los desalojos compulsivos y violentos en Ciudad del Cabo. Y, esta semana, realizó una acción en la embajada sudafricana en la Argentina que sorprendió a muchos. Incluso a nuestro cronista.
Quería entrevistar a Max Ntanyana, un hombre al que me describieron como un piquetero sudafricano, y llamé a la casa donde se alojaba: - "Ahora no está -contestó una voz joven-. Mañana a las dos de la tarde realizará una acción en la Embajada de Sudáfrica. Allí podrá verlo". La palabra acción me resultaba un tanto enigmática. Los medios suelen usarla, por ejemplo cuando se inician acciones legales y durante mucho tiempo, también, cuando hablaron del accionar terrorista. También se compran y venden acciones en la Bolsa, se realizan acciones solidarias y con el mismo término se define a las películas con sobredósis de piñas y tiros. Sentí que en la breve conversación telefónica no había lugar para más preguntas y la manera de saciar mi curiosidad era, precisamente, entrar en acción. A las dos de la tarde del miércoles 28 estuve en el lugar de los hechos. Una docena de jóvenes acompañados por cuatro adultos, se instalaron en el hall del edificio de Marcelo T. De Alvear 590, donde funciona la Embajada de Sudáfrica en Buenos Aires. Portaban una bandera de ese país hecha a mano, con papel crepé, que tenía estampada la frase: "La libertad de expresión es un derecho constitucional". Cada uno de los manifestantes llevaba una pancarta con leyendas que exigían: "Libertad a los presos políticos", "Basta de desalojos", "Al diablo con la cumbre", "Los pobres no son perros", "Abajo el capitalismo". Los manifestantes protestaban por la represión policial que hubo durante las marchas que se realizaron esta semana en Johanesburgo, como forma de rechazo a la Cumbre de Desarrollo Sustentable que allí se lleva a cabo. La acción duró apenas 20 minutos, pero suscitó una serie de hechos tan disparatados como antológicos. Cuando el grupo comenzó a desplegar sus carteles, los tres guardias de seguridad privada que estaban en la recepción del edificio miraban atónitos. El factor sorpresa los paralizó por un momento. "No se pueden quedar acá", fue la primera -y obvia- reacción. "No nos vamos a quedar, vamos a subir a hablar con el embajador", le contesto con desparpajo una chica. Uno de los guardias marcó el interno de la Embajada. Cuando colgó dijo que el embajador no estaba y casi imploró: "En este edificio hay un montón de oficinas, trabaja gente que no es de la Embajada, por favor no entorpezcan su labor". Mientras tanto, los jóvenes mostraban sus pancartas a cada uno que ingresaba. Aunque todos parecían desconcertados, ninguno hizo preguntas. Poco después entró un sudafricano de traje impecable. Fue rodeado por las pancartas mientras esperaba que llegue el ascensor. Lo soportó estoicamente, sin emitir una palabra. Al rato, bajó otro guardia. Esta vez no era del edificio, sino exclusivo de la Embajada. Y aquí se desarrollaron los díalogos más desopilantes. - ¿Quién es el vocero del grupo? - preguntó. - No tenemos un vocero- contestaron todos a destiempo. El hombre de seguridad suspiró y se tomó un segundo antes de reaccionar: - "No queremos que esto pase a mayores"- dijo en tono paternal y agregó: "La Embajada acepta atender a un representante de ustedes. Uno solo puede subir". - No -otra vez gritaron los manifestantes a destiempo-. Queremos subir todos. No tenemos un vocero. Si no, que baje el embajador a hablar con todos nosotros. Mientras tanto, uno de los guardias de la recepción relataba la escena por teléfono. Fue él quien interrumpió el diálogo: "Ahora bajan a atenderlos", dijo, desairando a su colega. Pasaron pocos segundos hasta que el ascensor depositó en la Planta Baja a un hombre bajito, de impecable traje azul, camisa mostaza y corbata al tono. Era el mismo que hace un rato había sido rodeado por las pancartas, mientras esperaba el ascensor. Su atuendo contrastaba con las bermudas, sandalias y musculosas de los manifestantes. El hombre se presentó como embajador y preguntó: - ¿De qué organización son? - No somos de ninguna organización- contestó uno. - Somos un grupo de apoyo solidario- definió otro que estaba un poco más lejos. El embajador parecía desorientado. Sin embargo, prosiguió: "¿Qué quieren? Los chicos se miraban unos a otros y comenzaron a hablar todos al mismo tiempo, mientras que el embajador seguía desconcertado. Hasta que la voz de una chica sobresalió de las demás: "Ezequiel, hablá vos, que sos el que más sabe inglés". Ezequiel comenzó a leer una extensa carta que pedía la libertad de los 275 integrantes del movimiento Sin Tierra de Sudáfrica, detenidos en la marcha de las antorchas realizada antes de la Cumbre de Desarrollo. También exigía que cese el juicio que el gobierno de ese país lleva contra 44 miembros del movimiento "Campaña contra el Desalojo" y denunciaba el incremento de la represión estatal en el último tiempo. Por último, Ezequiel le informó que acciones similares a estas también se estaban realizando en Londres, París, Toronto y otras ciudades del mundo. El Embajador recibió la carta, la miró y dijo: "No está firmada, ¿quién la firma?". La respuesta fue un grito colectivo tajante: 'Nadie". El diplomático tragó saliva y puso cara de "está bien". Habrá tenido la sensación de que así por fin se terminaba ese momento que lo ponía incómodo. Se equivocó. Los jóvenes ahora le exigían hablar telefónicamente a Sudáfrica, para leerle la carta a alguna autoridad local. - Eso no es posible, a esta hora no hay con quien hablar. Yo me encargaré de que el mensaje llegue.- respondió tratando de no perder la calma, pero con claros signos de fastidio. Los manifestantes no parecían conformes con la respuesta y comenzaron a debatir delante del diplomático. Finalmente concluyeron exigirle que firme una copia de la carta, como prueba de que la había recibido. Mientras todo esto ocurría, Max Ntanyana, el piquetero sudafricano, estaba detrás de todos, filmando los acontecimientos con una pequeña cámara. Cuando el embajador estampó su firma en la carta, comezó a saltar y a gritar con su puño en alto: "Amandla ngawethy (poder al pueblo)". Los jóvenes le respondían con el mismo grito. Eso, era entonces, una acción. Ahora solo me faltaba conocer a Max Ntanyana. Ntanyana es un sudafricano de 32 años que llegó a la Argentina invitado por Intergaláctika, el colectivo de resistencia global, para el Foro Mundial Temático realizado en el fin de semana pasado. Allí hizo gritar a todo un auditorio "Amandla". Ntanyana -quien porta una permanente sonrisa blanca que contrasta con el negro de su piel- es miembro del movimiento Campaña contra los Desalojos de Ciudad del Cabo y es una de las 44 personas acusadas judicialmente por el estado sudafricano de violar una propiedad oficial. - ¿Por qué lo acusan? - Cuando invitamos al ministro de Vivienda a nuestro barrio se negó a venir. Entonces, nosotros decidimos ir a su oficina. Cuando el llegó, llamó a la policía, que nos tiró gases lacrimógenos. Sin importarle si había jubilados, adolescentes. Ese día nos iniciaron una causa por violación a la propiedad. - ¿Qué es lo que reclamaban? - La Campaña Antidesalojo busca evitar que los bancos le quiten sus casas a la gente. El estado les vendió tierras a los bancos a precios muy baratos. Allí construyeron casas que le vendían en cuotas a la gente que vivía en asentamientos. Pero resulta que esas casas eran muy pequeñas, no tenían ventilación, estaban sin terminar, sin revoques, con rajaduras, problemas en los techos. Los compradores tuvieron que poner mucho dinero en arreglarlas y como les exigían a los bancos que terminaran las casas y su reclamo no era escuchado, dejaron de pagar las cuotas. Entonces, ahora los bancos reclaman los pagos atrasados más los intereses y se hicieron sumas exorbitantes, sobretodo porque mucha de esa gente quedó desocupada o es jubilada. Y como no pagan, los bancos los desalojan. Sólo en mi barrio hay 15.000 personas afectadas. - ¿Y ustedes qué hacen? Resistimos. Cuando un banco desaloja a alguien lo volvemos a reinstalar. Vienen con un camión y sacan todas su pertenencias a la calle, cambian la cerradura y ponen un guardia en la puerta. Nosotros tratamos de impedirlo. Ellos desconocen nuestras demandas. El director del Banco Nacional nos dijo que debíamos hacer nuestros planteos contra las compañías constructoras, pero nosotros no sabemos ni quienes son. Nunca tratamos con ellas y con quien firmamos el contrato eran los bancos. - ¿El gobierno interviene en el conflicto? El gobierno es cómplice, socio en el negocio. Nadie sabe cuánto pagaron los bancos por las tierras que le compraron al Estado. El gobierno nos ofrece un subsidio para trasladarnos a los suburbios, a casas mucho más chicas. Por ahí a una familia de ocho personas, la reubican en una habitación. Eso fomenta los abusos, la promiscuidad. Son lugares inundables, sin cocinas. Además, llevan a gente que durante años vivió en otro lugar, la desarraigan, la alejan de sus vecinos. Es como volver al Apartheid. Toda esta gente que pudo mejorar sus condiciones de vida, vuelve a vivir en pabellones, asentamientos. El gobierno baila la música de los bancos. Nosotros queremos que con ese subsidio que nos quieren dar, el gobierno le pague a los bancos lo que reclaman. - ¿Cómo logran la reinstalación en las viviendas? - A veces a los empujones, a veces le explicamos a la policía y nos deja. Si nos disparan, les tiramos piedras. Es por la rabia que nos produce. La gente pagó por sus casas, gastó dinero en los arreglos. Nosotros filmamos todas las acciones, para que quede registrado lo que hacemos y también para registrar las matrículas de los autos policiales. Una vez le mostramos los videos a un jefe policial y quedó impresionado por lo que hacían hombres de su fuerza en nuestras protestas. - ¿Qué tipo de protestas realizan? Nos sentamos en los edificios públicos hasta que nos respondan. No sólo verbalmente, sino por escrito. Si no aceptan comprometerse con satisfacer nuestras demandas, podemos llegar a tomar rehénes. - ¿No es demasiado lo de los rehénes? - La policía sabe que los tratamos bien. Son siempre funcionarios y los liberamos cuando hay un compromiso por escrito de satisfacer tal o cual demanda. - ¿Estas situaciones no les genera antipatía social? - Toda la gente nos mira bien, excepto los partidos políticos, que son colaboradores de los bancos. Sólo vienen y hablan para las campañas. - ¿El descreimiento en los partidos implica rechazo al sistema democrático? - No, no quiere decir eso. Hay que definir qué es democracia. Algunos partidos no conocen qué es democracia. Democracia es participación masiva, gente tomando decisiones. -¿Cómo es la organización de su movimiento? - No hay líderes, no hay partidos políticos. Nos reunimos los miércoles y los domingos en un local comunitario. Estamos esperando que en cualquier momento nos echen. Pero nosotros decimos que es nuestro, porque nosotros somos la comunidad. Sólo votamos cuando tenemos que designar a algún representante para algo o elegir a alguien que tiene que hacer un trabajo. Pero casi todas las decisiones la tomamos por consenso. -¿Cuáles son sus expectativas del movimiento antiglobalización? - Este es el primer foro global del que participo. Creo que hay muchos desafíos. El neoliberalismo está tratando de impedir este proceso de resistencia. Hay que quitarlo del camino. La forma de lograrlo es con un movimiento masivo, que despierte solidaridades internacionales. -¿Qué se lleva de esta experiencia? Aprendí mucho de los piqueteros y de las asambleas. Sobretodo tácticas y estrategias. Cómo trabajar en redes. Algunas cosas nosotros usamos y otras nos hacen crear y pensar maneras de adaptarlas a nuestra realidad.
publicada 26/08/2002
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