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debate
La ética de Gómez Fuentes
 Por Claudia Acuña
Hubo un tiempo en que los medios de comunicación exaltaron la guerra. No fue uno ni dos, sino muchos. Demasiados. En la Argentina sucedió en la época de Malvinas y en los Estados Unidos, la semana pasada. Esta coincidencia no es casual: la violencia necesita prensa. Esto significa, entre otras muchas cosas, que de acuerdo al resultado de la contienda, se consagren ganadores y perdedores de la batalla moral que libra el periodismo cada vez que una situación extrema pone a prueba su fortaleza ética. Hace dos meses escuché, en un debate, a un grupo de periodistas norteamericanos clamar por un tribunal que persiga los casos de corrupción moral e, incluso, los denuncie con nombre y apellido. Ayer volví a escuchar ese mismo reclamo entre colegas argentinos. Las dos veces tuve la misma sensación de abatimiento (y aburrimiento). Los periodistas siempre ponen la ética lejos: arriba (un tribunal, un editor, un medio); abajo (los lectores, el rating, la sociedad) o al costado (otros colegas, el mercado, la época). Nunca adentro. Como si se trata de una regla de juego a imponer por alguien o algo que los libere de la pesada tarea de tener que resolverla ante cada nota, cada día, cada trabajo. Recordé, entonces, el caso de José Gómez Fuentes. No fue un tribunal, sino la sociedad toda quien lo condenó -apenas pudo- al destierro mediático. El hombre había cruzado cierta raya de manera evidente. Y pagó por eso. En algún momento, más tarde o más temprano, pagó. ¿Quiénes ganaron? Después de Malvinas, incluso antes de la llegada de la democracia, todos los medios de comunicación protagonizaron una purga y renovación acelerada por las circunstancias. De todas las conducciones que recuerdo, el único nombre que permanece impune es el de Claudio Escribano, sentado hoy día no sólo en un privilegiado sillón del diario La Nación, sino al frente de una institución de periodistas que otorga distinciones morales. A la renovación de cúpulas le siguió el nacimiento y muerte de títulos y programas, con idéntica lógica. El Informador Público es hoy una pieza de museo. Y Página 12, el tercer diario de la Capital. Pero quienes pagaron al contado no fueron los medios en general, sino los periodistas en particular. Porque la carne del cañón mediático es -como la ética- una cuenta personalizada. En estos tiempos, que tanto me recuerdan a los cinco minutos previos a la capitulación de Malvinas, esta lección parece haberse olvidado. El medio es el mensaje que escribe un periodista. Y en algún momento, más tarde o más temprano, sabremos quién será Gómez Fuentes. Y quién, derecho y humano.
publicada 30/10/2002
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