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Por el Colectivo El Kilombo
El cuenco de las ciudades mestizas
Del colectivo cultural El Culebrón Timbal
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Cartografía política de las periferias urbanas latinoamericanas
Legislatura: Marcela, rumbo al juicio
La misma locura de siempre
anticopyrightMarcela Sanagua todavía sueña que está en la cárcel, donde pasó 14 meses acusada de delitos absurdos tras ser detenida por los incidentes en la Legislatura. Ahora la causa va a juicio oral; 15 acusados por los mismos delitos absurdos parecen obligados a revertir la carga de la prueba, y demostrar que son inocentes. Marcela contó a lavaca cómo fue la detención. La intimidad y la violencia de la cárcel. El modo en que la represión judicializada golpea la vida de las personas. Los efectos sobre los hijos, la sensación de desamparo y qué espera del juicio.

Marcela Sanagua interrumpe una y otra vez sus respuestas, cada vez que escucha el “tic” seco que provocan las bolitas de su hija Araceli cuando hacen bochín, el mismo juego con que ambas se entretenían en la celda que compartían en el penal de Ezeiza. La pequeña de tres años parece divertirse en la suya, sin embargo algo delata su atención latente: su vocecita aflautada se convierte en un eco esporádico de palabras clave que pronuncia su madre. “Busco una solución”, repite primero; “revivir todo”, copia después; “Margarita Meira”, dice al final, cuando su mamá de 29 años recuerda ante lavaca a otra de las mujeres que fue detenida durante 14 meses por protestar contra la sanción del Código Contravencional, frente a la Legislatura porteña.
Cuando se cumplan casi trece meses desde que salió en libertad, el próximo 3 de octubre, Sanagua será una de las 15 personas acusadas en juicio oral y público por los incidentes del 16 de julio de 2004, bajo los cargos de privación ilegítima de la libertad agravada, coacción agravada y daños agravados, cuya pena mínima es de cinco años, en un nuevo intento de judicializar la protesta social.
“Volvemos a vivir la misma locura que antes”, se presenta Sanagua, con un nudo en la garganta y los ojos desteñidos por las lágrimas. Ya no se trata de la misma joven que transitó los desoladores pabellones de Ezeiza en estado de shock. En aquel entonces esperaba taciturna cada pregunta, sus ojos revelaban desconfianza, y su boca apenas modulaba para responder. Ahora su voz trasunta bronca y también odio contra los arquitectos que le edificaron un destino gris. “Quiero que los policías y jueces que inventaron toda esta causa pasen lo mismo que yo”, exige mientras apaga con furia la enésima colilla de la tarde.

-¿Cuándo comenzó a “vivir la misma locura que antes”?

-No sabés lo que se siente estar en Tribunales, algo horrible, delante de las tres juezas, el fiscal, los secretarios, con una mesa al frente, todo por algo que no es real. Te da un miedo de volver otra vez a la cárcel. Uno sabe que pruebas no hay, pero nunca las hubo y sin embargo estuvimos un año y dos meses presos. Estuvimos ahí, en el juzgado, hace unas semanas en una audiencia donde nos denegaron la probation. El fiscal dijo que eso era para delitos menores a los que nosotros estamos acusados, dijo que no lo merecíamos. También dijo que para algunos podía haber cambio de carátulas y hasta absoluciones. Pero hay que ver si es cierto, a mí después de todo lo que pasé me cuesta creer.

-¿Por qué había ido a marchar a la Legislatura el día que se votaba la reforma del Código Contrvencional?
-Me habían invitado de la asociación Ammar de Capital (organización que reúne a mujeres en estado de prostitución) porque ahí participaba de microemprendimientos, ahí estudiás, te enseñan a coser. Toda la agrupación estaba en desacuerdo porque el Código Contravencional planteaba que los menores podían ir presos, también prohibía el trabajo ambulante y el de las chicas que me invitaron. Yo pienso que mientras no sea robar, vender droga o cosas que hagan daño a alguien, todo es un trabajo. No creo que sea bueno, pero de ahí a que te puedan llevar presa por querer darle de comer a tus hijos...
-¿Se refiere a la prostitución?
-Sí, claro. Hoy como está la cosa, si tenés que pagar un alquiler, darle de comer a tus hijos y sostener los gastos de la casa, no podés hacerlo con un sueldo de 400 pesos. Si hubiera trabajo para todas y ganáramos más o menos lo mismo, no haría falta que las chicas estén en la calle. Sería lindo poder tener un trabajo digno para sustentar a su familia. A ninguna chica le gusta esto, pero lo hace por necesidad. Si no, que los que hacen leyes, los jueces, traten de buscar una solución para esas personas. Castigar no es llegar a una solución.

Inocentes presos, secuestradores libres

-¿Qué recuerda del día de la marcha?
-Ese día nosotras estábamos en el monumento a Roca, con una bandera argentina grande, de diez metros. Dos la sostenían y el resto estábamos atrás. Veíamos que tiraban piedras, rompían las puertas y después, de adentro de la Legislatura, una manguera enorme de agua mojaba a todos los que estaban cerca. Nosotros estábamos mirando todo eso desde el monumento a Roca, así que en ningún momento pudimos haber roto puertas y ventanas. Dicen que hubo coacción, privación ilegítima de la libertad, pero los que estaban dentro de la Legislatura podían salir tranquilamente, lo que pasa es que la propia policía que estaba adentro no dejaba que nadie saliera. Nosotras no fuimos con el fin de hacer daño, fuimos porque no estábamos de acuerdo con lo que se votaba y nosotros, que somos el pueblo, tenemos derecho de decir qué es lo que es bueno para el país y qué no lo es. Ellos no siempre tienen la razón. Pienso que si fuesen un poco más gente, más sensibles, deberían tirar para el pueblo, no hundirlo.
-¿Cómo fue que la detuvieron?
-Ese día hubo muchísima gente, al terminar, a eso de las 18, nos íbamos todas juntas caminando para tomar el micro que nos había traído desde Flores. Yo le digo a Carmen Ifrán, que es la que me había invitado a participar de la marcha: “Vamos a comprar chicles y caramelos, que no tengo”. Cuando salimos del quiosco no veo a la señora Carmen: la habían agarrado unos policías de atrás, la apretaron tan fuerte que gracias a ello le hicieron un hematoma en un pecho. Yo iba caminando y hablando sola porque en ningún momento escuché un ruido ni me había dado cuenta de nada. Cuando me di vuelta, una mujer de civil me agarró del brazo y me lo torció. “¿Qué pasa? ¿Quién sos vos?”, le pregunté. No me contestó nada. Lo único que me decía era: “Viene con esta mujer” (por Carmen). Le contesté que sí y me dijeron: “Bueno, entonces usted también se queda acá”. Yo no sabía si eran matones, chorros o policías. Por más que estén de civil deberían haberse identificado. Nos dimos cuenta de que eran policías cuando llegó el carro y nos metieron adentro.
-¿A dónde las llevaron?
-Supuestamente nos llevaban por averiguación de antecedentes, a una dependencia de Madariaga y General Paz. Estuvimos tres días incomunicados. Nos llevaron mercaderías, frazadas, cigarrillos y lo único que llegó fueron dos o tres gaseosas y unos sandwiches que nos dijeron que eran gentileza de la casa. Después, a medida que fue pasando el tiempo, nos enteramos qué había llevado cada uno. Me dio mucha bronca, impotencia, dolor. Sufrí muchísimo todo ese tiempo por algo que no hice yo ni los que estuvieron detenidos. Si ellos querían agarrar gente, ¿por qué no agarraron en ese momento a los que rompían y quemaban?
-¿Encontró alguna respuesta?
-Yo sé que esta es una causa armada, que no tiene uso de razón. Es algo irreal, entramos a la cárcel y salimos 14 meses después por arte de magia. No hay explicaciones. Una persona tiene que pagar por un delito si realmente lo cometió, no porque se lo inventen. Esto le puede pasar a cualquier persona. Es como si robaran un negocio y te llevan a vos porque pasaste por la misma cuadra. Si ellos están al servicio de la comunidad, que se encarguen de lo que se tienen que encargar. Meten presa gente inocente mientras hay chorros por la calle, secuestradores, tipos que golpean a los abuelos para sacarle la plata. A esos no los buscan. Y meten presas a personas que fue a una marcha. ¿Vas a estar un año y dos meses adentro, sin tus hijos, por eso?

El peligro de ir al baño

-¿Cuál fue la primera sensación al entrar a la cárcel?
-Entrar a la unidad 3 fue espantoso. Estaba con Carmen Ifrán y Margarita Meira. Cualquier persona que entre a ese lugar siente que es la muerte. Es horrible, feo, con malos tratos. Es un lugar muy grande, con las paredes pintadas de amarillo, que tienen escritas con fibrón negro toda clase de cosas, también hay marcas de dedos, está repleto de ratas. Donde nos hicieron los antecedentes estaba lleno de mugre. Nos metieron en un pabellón con cincuenta camas cuchetas. Había sobrepoblación, con algunas durmiendo en el piso, el baño perdía agua, también era un desastre. Yo estaba en la cama de arriba de Margarita y Carmen. Me levantaba solo para bañarme e ir al baño. Ellas me acompañaban. No se despegaban un minuto de mí. Yo vivía ahí arriba.
-¿Por qué la acompañaban? ¿Estaba en peligro?
-Ese es un lugar especial, algunas son más chicos que chicas. Y si les gustaste lo hacés por las buenas o por las malas. Para protegerme de que no me pase nada, se movían así. Por suerte esa protección surtió efecto. Yo sólo me levantaba para comer con ellas o me quedaba en la cama leyendo.
-¿Que leía?
-Libros sobre la vida de la mujer, todo lo que me traían. Sobre todo libros largos, de muchas hojas, porque tenía demasiado tiempo. Quería que se me pasen las horas y los días. Quería que pasara toda esta locura y este sufrimiento que era constante. Leía hasta dormirme.
-¿Se sueña en la cárcel?
-Soñaba con mis hijos, soñaba que me iba. Una vuelta me desperté con el corazón acelerado diciendo “me voy, me voy”. Despierta también lo decía: “Quiero irme, quiero salir de acá”. No podía aguantar eso, a veces decía que prefería morirme. Ese lugar no es para mí.
-Las pesadillas eran con los ojos abiertos.
-Sí y también afuera. A veces sueño que todavía estoy allá, me despierto pensando que estoy en Ezeiza. No sé qué le pasó a mi mente, pero me da la sensación de que lo que estoy viviendo es un sueño y cuando despierte voy a estar otra vez adentro. Hubo momentos en que no sabía si estaba libre o no, no sabía si era solo mi imaginación la que estaba afuera.
-¿Cómo pasó de la unidad 3 a la 31, donde pudo estar con su hija?
-Porque Margarita Meira tuvo muchos problemas y discusiones en la 3. Ella es una mujer de lucha, no se calla, dice lo que tiene que decir. Y ahí no podía decir muchas cosas, porque las otras de adentro estaban en total desacuerdo. Yo ya había escuchado que le querían pegar porque estaban cansadas de escucharla. “Dice muchas boludeces, se hace la que conoce todo”, decían. Entonces ella pidió el pase para las dos. Margarita y el marido se movieron mucho para que nos pasen rápido de unidad.

Piñas a una embarazada

-¿Cómo fue la convivencia, entre rejas, con Araceli?
-Para ella estar con la mamá, pese a todo, era lo mejor. Y yo la necesitaba. Si hubiese podido tener a mi hijo conmigo, también lo hubiera traído, pero sólo permiten chicos hasta los cuatro años. Araceli estaba una semana conmigo y otra salía, como para que no se asustara, porque de repente estar en un lugar encerrada, con rejas, era duro. Ella me extrañaba muchísimo. No sé que habrá pasado por la cabeza de ella, pero la nena no quería separarse de mí, aunque estábamos encerradas en cuatro por cuatro.
-¿Cuál era la rutina?
-Me levantaba, ordenaba mi pieza, mi cama, lavaba la ropa de mi hija, teníamos una pieza individual. A ella la mandaba a jardín del penal y volvía a la tarde. Yo le preparaba la leche y jugábamos un rato.
-¿A qué jugaban?
-A las muñecas, nos sentábamos en el piso a jugar a las bolitas. Hacíamos dibujitos.
-Contado así, parece una vida más o menos normal.
-Pero no, la anormalidad era mucha. La gente de ese lugar es muy mala persona. Son egoístas, no les importa si te tienen que dar un puntazo, tirarte agua hirviendo, agarrarte entre veinte. Todo les da lo mismo.
-¿Usted vivió algún incidente?
-Yo tuve que salir de ahí y sacar a la nena del penal. Cuando se enteraron de que el padre de mi nena era policía empecé a tener problemas. Allá, un marido policía es lo peor que podés tener, así no le haya hecho nada a ninguna. Ya te hacen la cruz. Me agarré con una que era la que empezó a correr la bola. Ese día le dije: “¿Qué te pasa? No todos son iguales. A mi no me gusta que tu marido sea chorro, pero vos sos dueña de hacer lo que quieras con tu vida y no te digo nada. Si el padre de mi nena es policía es problema mío, no tuyo”. Después de eso me llamó la directora del penal, nunca pensé que me iban a ayudar. Me trasladaron al pabellón de mujeres mayores y enfermas. Si no, lo hubiera pasado muy mal.
-Usted acusa, entre otros, a los policías que la detuvieron sin causas por todo el sufrimiento que vivió ¿Cómo se conjuga esa situación con el hecho de que el padre de sus hijos también sea policía?
-Todas las personas no son iguales, entiendo que en toda clase de profesión tenés la persona buena y la persona mala. No voy a negar que un 20 por ciento serán los policías correctos y un 80 incorrecto, pero para ser justos hay que separar las cosas.
-¿Qué cosas la impresionaron de lo que vio adentro de la cárcel?
-Vi a una piba que le pegaba a otra que estaba embarazada de ocho meses. Piñas, piñas y piñas. La acusaba de rastrera, de que afanaba paquetes de cigarrillos.
-¿Cuándo empezó a pensar que el encierro podía durar 16 meses?
-Cuando las personas que nos visitaban, las organizaciones, o algún diputado, nos decía cómo iba la cosa. Yo me desesperaba, me ponía a llorar. Pensaba que era mejor que me mataran y no pasar por lo que pasé. Hasta hoy es el dolor más grande de mi vida, el sufrimiento y la impotencia. No entiendo por qué me hicieron todo eso, sin pensar las consecuencias que le pueden traer a una persona. Sin pensar el daño que le podían hacer a mis hijos.

Estudiar o llorar

-¿Qué daño le provocó a la cárcel a tus hijos?
-Mi hijo Facundo tenía diez años y repitió de grado. No estudiaba, no le quedaba nada en la cabeza. Tenía crisis de nervios, pateaba las puertas de la casa del abuelo, donde vivía, tiraba todo, lloraba. Araceli, una de las primeras palabras que aprendió a decir fue “celadora”. Se trepaba a las puertas, las sacudía como hacen las presas, y gritaba: “Celadora, celadora”. Cuando ella salió estaba muy shockeada, pasaba mucho tiempo seria y llorando. Tuvo estrabismo, le daba miedo salir a la calle. Yo la llamaba por teléfono y me ponía a llorar con solo escucharle la voz. A mí también me perjudicó mucho esta injusticia: perdí mi casa, se me complicó el tema laboral, perdí lo poco que tenía.
-¿Facundo recibió algún tipo de contención en la escuela?
-Mi papá fue a hablar al colegio, a explicar mi situación. Al tener el retraso que tuvo no lo querían aceptar en ningún colegio. Sólo lo aceptaron en el Quinquela Martín, en Caminito. Facundo decía: “Mi mamá está presa, me va a hacer torta para el cumpleaños y voy a traer un pedacito”. Se armaba todo un imaginario, que yo le cocinaba. Me preguntaba cuándo iba a salir, yo le decía que faltaba poquito, que a lo mejor después de las vacaciones. Y él después venía y me decía: ya pasaron las vacaciones. Pasaban los días y no salía. Él quería una respuesta concreta y no podía dársela, porque ni yo lo sabía. Ahora me pregunta si voy a volver a la cárcel o me voy a quedar con ellos. Después me consuela: “No llores mamá, va a salir todo bien. Si vos me prometés que no llorás, yo te prometo que voy a estudiar”.
-¿Quién cumple más?
-Él cumple más que yo. Si estoy mal, trato que ellos no me vean.
-¿Cómo se enteró de que iba a salir libre?
-Un día, a eso de la una del mediodía, me llaman: “Sanagua y Meira tienen que ir a Tribunales”. La jefa decía “ojalá que tengan suerte y se vayan”. Yo no creía, pensaba que seguramente se trataba de otra cosa. Resulta que era porque nos daban la libertad, supuestamente a cambio de la probation. Pero no fue por eso, porque el fiscal la rechazó. Ese día estaban las Madres de Plaza de Mayo (más precisamente, Nora Cortiñas y Mirta Baravalle). Ellas dijeron que teníamos que salir, que lo nuestro era una injusticia. Pero al día de hoy no sé porqué entramos, ni porqué salimos. Entramos por un tema político y salimos por un tema político.
-¿Qué fue lo primero que hizo en libertad?
-Cuando salí abría los ojos y no lo podía creer. Estaba el papá de mi nena, salimos juntos, de la mano. Fuimos caminando, yo tenía muchas ganas de caminar. Después se me vino como un video a la cabeza de todo lo que viví. Me fui a buscar a mi hija a Moreno, tenía desesperación por verla.

Las Madres y San Expedito

-¿Le costó reinsertarse en la sociedad?
-Al principio me dio miedo, casi no salía. Tenía miedo que por ahí alguien que me agarrara, me cruzara y me volviera a meter adentro. Si salía era solo para comprar algo, acá cerca. Iba rápido, y volvía, como si fuese una fugitiva.
-¿Cómo le explicó a sus hijos lo que sucedió?
-Traté de hablar, pero no puede explicarles bien. Porque si yo todavía no lo entiendo, ellos tampoco lo van a entender. Lo único que les dije fue: Hijos, la justicia en ese momento fue injusta, hicieron las cosas mal. Pero todo se va a aclarar y mamá va a seguir estando siempre con ustedes. Yo los amo, aunque haya estado lejos de ustedes, todas mis horas, mis días, mis minutos estaban en mi mente”. Yo estuve presa sin haber hecho nada malo y eso se va a probar. Van a ver que lo que les dice mamá es cierto. Nadie más nos va a separar.
-¿Que pasó con su casa?
-Estaba alquilando una casa y pensaba pagarla en cuotas para comprarla, que me tomaran el alquiler en parte de pago. Cuando caí presa, mi hermano, que vivía conmigo, se tuvo que ir, el papá de mi nena se tuvo que venir a vivir con mi papá. La nena quedó con una señora que es como si fuera la abuela, en Moreno. Además, se perdieron un montón de cosas de adentro que hasta el día de hoy no tengo: faltaron sábanas, cortinas, platos, vasos, cubiertos. Ahora estoy alquilando en La Boca, porque la otra casa la perdí.
-¿Y cuáles son los problemas laborales con que se encontró?
-Yo antes trabajaba tranquila, podía subsistir, tenía para mis gastos. Yo estaba contenta porque estaba juntando para comprar mi casa. Ahora busco un trabajo y no encuentro. Me piden antecedentes y, obviamente, cuando los conocen no me quieren tomar. Hoy, si me piden antecedentes, ya me doy media vuelta y me voy. Si les explico todo lo que pasó no me van a creer.
-¿Volvería a marchar contra el Código Contravencional?
-Si contesto con la mano en el corazón, diría que no.
-¿No es una victoria de quienes determinaron que estuviera 14 meses presa?
-En estos momentos que no salió el juicio, no iría. Pero una vez que se aclare todo sí, volvería a ir.
-¿Qué piensa de la gente que marchó y pidió por su libertad, aún sin conocerla?
-Le agradezco muchísimo a Madres de Plaza de Mayo, a gente de distintos movimientos. Nos apoyaron mucho y nos dieron mucho ánimo. Ellos sabían que estábamos injustamente detenidos. Debe ser muy difícil, sin conocer a alguien, dar la cara por él. Pero la gente puede intuir quién es buena persona y quien no.
-¿Qué expectativas tiene del juicio?
-Espero que se haga justicia. Que los que hicieron mal su trabajo la paguen con el doble de lo que yo pasé. Desde los policías hasta la jueza Ramond, que hizo las cosas mal, que no le importó nada de nada. Por más que sea un tema político, sabe en su conciencia que lo que hizo está mal. Quiero en el juicio que se demuestre la verdad y quedar limpia como entré.
-Con todo lo que vivió, ¿cómo se hace para seguir creyendo en la Justicia?
-Por lo que me pasó, no creo mucho en la justicia, pero espero que una vez en la vida se haga lo justo. Para eso le rezo a San Expedito, que es un guerrero para estos momentos. En la cárcel, en un momento, lo había perdido, me había enojado con Dios. Después me di cuenta de que él no tenía la culpa.

Pastafrola

-¿Sigue vinculada a Ammar?
-No. Ya pasó mucho tiempo, tengo pensado otras cosas para mi vida.
-¿Cuáles?
-Quiero tratar de encontrar trabajo sin que me pidan antecedentes y dedicarme a mis hijos.
-¿De qué le gustaría trabajar?
-Busco para asistente de geriátrico o mucama de geriátrico o de una clinica. Estuve llevando currículums.
-¿Qué huellas dejó la cárcel en su intimidad?
-Por ahí estoy mas fría, tengo mucho rencor, mucho odio. Me cuesta más divertirme, estoy triste. No tengo ganas de nada, me siento nerviosa, como que no tengo fuerzas. Siento que todo me va mal, no estoy tranquila. No soy feliz. Y tengo demasiadas cosas en mi corazón, en mi alma, que son más fuertes que yo. Siento que todo me supera. Me siento desesperada, no sé qué hacer. Ya no salgo con mis amigas, no me interesa. Solo tendría ganas de irme muy lejos, para olvidarme de todo. Algunas personas me dicen que tendría que ir a hablar con un psicólogo, que estoy por entrar en una depresión. Si fuera por mí estaría todo el día durmiendo, pero me tengo que levantar, tengo que limpiar la casa, cocinar para mis hijos. No sé de donde saco la fuerza, porque no tengo ganas de vivir. Me siento en un callejón sin salida.
-¿Hay algo que a pesar de todo pueda rescatar de esta experiencia?
-Sí. Margarita Meira me enseñó a cocinar. Yo era un desastre y ahora hago de todo, pizza casera, empanadas, guiso, fideos con tuco, canelones, milanesa. También bizcochuelo y pastafrola.


publicada 26/07/2006
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