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Por el Colectivo El Kilombo
El cuenco de las ciudades mestizas
Del colectivo cultural El Culebrón Timbal
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Cartografía política de las periferias urbanas latinoamericanas
Carmen Ifrán ante el juicio
“Nadie te escucha si no salís a la calle”
anticopyrightCarmen Ifrán es una de las 14 personas que continúan procesadas en la Causa Legislatura. “Es mejor quedarse loco que preso” dice a lavaca mientras relata los sonidos, los olores y los códigos de la cárcel en la que pasó 14 meses de su vida, por participar en una manifestación. El punto en el que el alma se rompe. La prostitución de los domingos. Y cómo detectar a la más genuina delincuencia.

Carmen Ifrán bate el café instantáneo de manera frenética. La cucharita rechina contra los bordes del jarrito, como si fueran acordes de mala música electrónica. Carmen contesta de manera extensa las primeras cuatro preguntas sin dejar de revolver esa crema negra, cada vez más espesa. Por momentos bate de pie, por momentos sentada. Pero siempre acompaña el ritmo con su pierna izquierda, que exaspera de tanto temblar. "Es que estoy muy nerviosa", se justifica. No es para menos: el 3 de octubre, esta mujer de 57 años en estado de prostitución será una de las 14 personas que se sentarán en el banquillo de los acusados, cuando a las 10 de la mañana comience el juicio oral y público que buscará dilucidar los incidentes que ocurrieron en la puerta de la Legislatura porteña el 16 de julio de 2004, cuando se intentaba reformar el Código de Convivencia para penalizar la oferta de sexo en la vía pública y la venta ambulante, entre otras actividades.
- Estoy entrando en estado de pánico. Me despierto a la noche con grandes calambres en el estómago, con vómitos. Y no quiero salir a la calle. Tengo miedo de volver al penal por algo que no hice. Si lo hubiera hecho, me lo banco. Toda mi vida me la pasé presa por estar en una esquina, infringiendo un edicto. Me comí varios 21- dice Carmen que hace esfuerzos para desatar su garganta.
Los "21" era la cantidad de días que debía pasar detenida cada vez que la policía la arrestaba invocando los famosos edictos que durante décadas permitieron a los uniformados aplicar discrecional y abusivamente la ley. Durante ese lapso, Carmen era trasladada al Departamento Central de Policía o al Instituto San Miguel, donde la hacían levantar a las cuatro y media de la mañana para cortar el pasto con la mano y juntar los puchos que alfombraban el piso. Fueron tantas veces que repitió aquella experiencia, que perdió la cuenta.
-Pero al lado de lo que pasé en Ezeiza, eso no era nada- aclara Carmen, acusada de coacción agravada, privación ilegítima de la libertad y daño agravado.
-¿Qué cosas se imagina cuando siente miedo?
-Tengo miedo a tener que arrastrar otra vez las bolsas negras, a los fríos pasillos, a las revisaciones. Aquél día me manifesté, caminé, grité. Pero por nada de eso merecía estar un año y dos meses presa. Dicen que coaccioné (Aclaración: la coacción es amenaza o intimidación contra los legisladores que, según la acusación, habrían cometido los acusados por el hecho de participar en una manifestación) ¿A quién coaccioné? Si los mismos legisladores dicen que levantaron la sesión por falta de quórum. No sabemos qué nos espera con esto, la incertidumbre es total.

>>>Desnúdese, agáchese, ábrase

- ¿Qué son las “bolsas negras” que recién mencionaba?
- En un penal te transformás en un número y todo lo que poseés son dos bolsas de consorcio donde llevás lo poco que te queda. Con ellas te trasladás por todos lados, como si fueras una mochilera. No quiero volver a cargar esas bolsas, ni a transitar los pasillos. En un penal sentís toda la exclusión. Hay mucho dolor ahí adentro, mucho sufrimiento. No quiero volver otra vez a escuchar: "Agachesé, ábrase". Vivís con tu vagina en la cara de las celadoras. No hice nada para merecer eso.
-Usted está acostumbrada a exponer su cuerpo para ganarse la vida, ¿cuál es la diferencia con hacerlo en la cárcel?
-Por más que nosotras seamos prostitutas y nos desnudemos ante el cliente con toda normalidad, hasta cuando vas al ginecólogo te sentís incómoda. Cuando estás trabajando sabés que entraste a una habitación para desnudarte, usar un profiláctico, acostarte y hacer el amor. Pero otra cosa es que, de pronto, te tengas que agachar hacia delante, abrir tus partes genitales, que la otra persona se agache para mirarte... Hay vergüenza y pudor de mujer. Una cosa es en una cama, otra el penal. Además, no es una vez por día, cada vez que te movés lo hay que hacerlo: si vas a la escuela, a la cocina, o a la enfermería. Cuando vas a uno u otro lado, sabés que tenés que mostrar tu vagina. Porque aparentemente ese es el medio de transporte de todo ahí dentro.
-¿Y que llevaba en sus bolsas negras mientras estuvo detenida en Ezeiza?
-Una bolsa negra es tu alacena y otra tu ropero. Y todo eso lo guardás debajo de tu cama. Si hay un cambio de alojamiento o un traslado, te lo llevás.

La cucharita ya dejó trinar, entonces pueden escucharse las canciones que los chicos cantan en el jardín maternal de la Asamblea de Flores –ubicada en la ex clínica La Portuguesa-, donde Carmen vive ahora. También asoma el aroma a puchero, que una mujer cocina para todos los que quieran degustarlo por cincuenta centavos. El aroma, precisamente, fue el primer intercambio de palabras que tuve con Carmen, cuando la entrevisté mientras estaba detenida en Ezeiza.
-La primera vez que la ví en la cárcel me dijo: “Trae el aroma de afuera, ¡hace cuánto que no lo sentía!”. ¿Cómo es el olor de adentro?
-No existe, no hay olores, no hay perfumes, no hay flores, no hay desodorantes, no hay cremas. Adentro hay olor a tumba. La piel comienza a germinar otro olor. Tenía una amiga que trabajaba en la cocina, cuando ella abría la puerta ya sabíamos que venía, porque los olores se te impregnan. El que entraba de afuera traía un olor a fresco, tenía la mirada distinta, el timbre de voz diferente. Yo perdí mi oído adentro, porque los ruidos también son otros, son escasos en relación a los que se escuchan afuera. A los tres meses ya sabía lo que pasaba a una cuadra de distancia, con escuchar los pasos, la manera de taconear, ya sabía qué celadora venía. O las reconocía por el ruido que hacía con las llaves al abrir las cerraduras. Concentrándote, escuchás gritar y pelear a tus compañeras que están en celdas de castigo y eso que estaban a dos cuadras de distancia. Escuchás hasta el chic, chic, chic de las ratas.

>>>Propiedad privada y delincuentes libres

- Me contó que se huele y qué se escucha, ¿qué se ve en la cárcel?
-En la cárcel se ve sólo dolor. Llanto, cuando a una se le muere un hijo y no lo puede ir a ver o cuando muere alguna interna.
- ¿Lloró mucho en Ezeiza?
- Tuve días de muchas lágrimas. Cuando pasa el tiempo se alejan los sueños, a los nueve meses se me había olvidado hasta la cara de mi propio hijo. Un penal es un lugar de mucho dolor.
-¿ Es difícil aprender los códigos de convivencia en una cárcel?
- Primero tenés que escuchar, no hablar, saber agruparte, aprender a conocer a cada una de tus compañeras. Cada una tiene una locura diferente, pero son muy buenas. Yo hice muy buenas amigas. Hay que aprender a respetar la propiedad. No podés tomar mate de la pava de cualquiera. Si hay una lapicera arriba de una cama, no podés tocarla.
-Qué paradoja, el derecho a la propiedad parece sagrado en un lugar al que muchos llegaron precisamente por violarlo.
-Exactamente. Hay que aprender a no ser atrevido. Ese atrevimiento puede salir muy caro, no se puede ir, levantar una cortina y sentarte en una cama que no es tuya. Si alguna te dice: "Vení, vamos a tomar mate a mi casa", entonces sí te podés sentar en su cama.
-¿Qué quiere decir "muy caro"?
-Un puntazo, una fabulosa pelea o que te echen del pabellón. Y si te echan del pabellón, lo que hiciste acá, lo pagás allá. Si no, la única opción que te queda es ir a un refugio.
-¿Qué es un refugio?
-Es un pabellón donde están infanticidas, o chicas que no pueden caminar dentro de la población porque mandaron a alguna chica presa. Casos que la misma delincuencia no perdona. No debería usar la palabra delincuencia, porque los Estados y los gobiernos están llenos de delincuencia y no están presos, los delincuentes del hambre no están presos, tenemos una AMIA y no hay presos. Pero lo que quería decir es que en los penales no hay deudas que no pagues. Las chicas del refugio, si van a hablar por teléfono, a enfermería, o van a recibir una visita tienen que salir con la policía a los costados, porque las otras la pueden comerlas fritas.

>>>La “piquetera” con las “atorrantas”

-¿Alguna vez tuvo que pagar?
-Nunca tuve que pagar nada. En el penal me llamaban la piquetera, jamás me decían Carmen. Yo venía con códigos de la calle, si hasta encontré compañeras mías adentro. Los códigos yo ya los conocía. Y nunca abusé de lo que me podía haber dado estar cerca de los organismos de derechos humanos. No quise tener celular ni nada. Yo me quedé en la vagancia, me identifiqué con ellas.
-¿Que la identificaba?
-Me gustaban su formas un poco atorrantas, escuchábamos música, bailábamos, preparábamos la comida, dibujábamos. Era otra onda. Yo me preparaba para quedarme mucho tiempo.
-¿Cuándo empezó a tomar conciencia que iba a estar mucho tiempo detenida?
-Cuando comencé a preguntar, porque ahí están las expertas número uno en códigos penales. Lo que te dice una presa, es así. Después de charlas y charlas, me dijeron que me bajaron la preventiva, que iba a arrancar con un año y dos meses, que nadie me iba a mover de adentro hasta entonces. Después me dijeron que aprendiera que mientras que estuviera procesada, dependería de la justicia y nadie me iba a hacer nada, adentro. Pero que después que sos condenada, la policía te puede romper los huesos, porque ya dependés del penal. Aprendí que con hacerte la canchera no ganás nada, porque cada tubo –lugar de castigo- repercute en el futuro, porque por cada tubo tenés tres meses más de prisión.

>>>Pizza de anchoas

La mirada de Carmen comienza a nublarse. Su delineador empieza a desteñirse. Habla de los peores momentos de la cárcel. Los define con dos palabras cortas y tajantes:
- Las fiestas. Pasar el Día de la Madre o Año Nuevo, sin ver a tu hijo. Es terrible.
-¿Cómo son las fiestas en un penal?
-Muy tristes. A las doce ya te vuelven a encerrar. De todas formas te ponés tus mejores galas, preparás tu mejor comida. Pero a las doce, llora hasta la más poronga, hasta la más fuerte, hasta la que se llevó el mundo por delante y se bancó la paliza más brava de la policía. A las doce, se te rompe el alma.
-¿Cuáles eran sus mejores galas y comidas?
-Me habían llevado una hermosa pollera hindú de color amarilla, y un pollo con un pedacito de roquefor y ciruelas disecadas para rellenarlo. Ese era mi manjar. Aunque adentro siempre decía que cuando saliera iba a darme un empacho de pizza de anchoas con cerveza.
-¿Y se lo dio?
-Cuando nos llevaron al Tribunal y nos dijeron que salíamos, bajé por el ascensor, salí del edificio, me arrodillé y besé el piso. Pedí un celular, llamé a mi hijo y me fui a Callao y Corrientes a comer pizza con anchoas. Después Sonia (Sánchez, miembro de AMMAR-Capital) me llevó hasta la casa y me pagó el remise para llegar a la mía. Ahí me abracé con mi hijo y con los vecinos que me estaban esperando.

>>> Tacos altos, culpa y angelitos

Actualmente, Carmen trabaja seis horas diarias en la Asamblea de Flores, donde atiende el teléfono y atiende a la gente que ingresa. Cobra un salario, más comida y ropa. Además, vive allí, en un pequeño cuarto donde se amontonan el sofá, el televisor y un montón de cajas con sus pertenencias. También asoma la bicicleta –antes rosa, ahora gris- que utilizó para convocar a otras mujeres en estado de prostitución a aquella marcha frente a la Legislatura, donde terminaron apresándola. Sobre una pared, está la foto que se tomó junto a otros presos el día de la liberación. Sobre otra, cuelgan sus zapatos blancos de tacos aguja y su peluca rojiza, el uniforme que utiliza cuando se para en una esquina para vender su cuerpo.
-¿Cómo fue la reinserción social?
-La calle, hasta ahora, me genera miedo, intranquilidad. Tengo temor que la policía me pare. Si no fuera por este trabajo que tengo, en la asamblea, no sé cómo haría.
-¿No volvió a la prostitución?
-Sí. Tengo mis clientitos que después de que salí quisieron tener sexo (lo dice con una mirada pícara). Salgo los domingos, que son los días más tranquilos. Son las extras que estoy teniendo.
-¿Qué otras secuelas le dejó la cárcel?
- Vivo en un estado nervioso, no encuentro estabilidad. Y con lo del juicio es peor. Ya estuve internada dos veces porque caigo en un pozo de llanto. No quiero ser cobarde, lastimarme, matarme, pero tengo miedo, mucha incertidumbre. Tengo miedo de que me quiten otra vez la libertad, creo que más vale quedarse loco que preso. El loco perdió el razonamiento y no sufre. Además, no hice nada para estar presa. Pero a veces hasta creo que lo soy, me autoculpo. Cuando salgo a trabajar los domingos, tengo miedo de que la gente que me levanta tenga pedido de captura, tenga droga, porque por cualquier cosa yo me vuelvo al penal. Tengo que ser un angelito. Ninguno de los 14 procesados tenemos vida. Ante el mínimo error, volvemos al penal.

>>> El mercado de la carne

- ¿Sigue yendo a las marchas?
- Voy a las marchas, como fui siempre. Es la única forma que conozco de salir a pelear a las calles por tus derechos. Nadie te escucha si no salís a la calle. Fui a marchas contra el hambre, por la vivienda, acompañando a la gente de la Asamblea. También marché por las víctimas de Cromañón. Además, no quiero una “zona roja”, para eso ya tenemos el Mercado Central y el de Hacienda en Liniers. Falta solo un mercado de carne, con oferta y demanda. Nosotras estamos dentro de un mercado laboral, somos trabajadoras, necesitamos tener jubilación, que paguemos IVA como cualquiera.
-¿Cambió su mirada sobre la prostitución? Usted integraba Ammar-Capital que se opone a mirar la prostitución como un trabajo.
-Tanto Reynaga (Elena, secretaria de Ammar-CTA, que propicia la sindicalización de la prostitución) como Sánchez (fundadora de Ammar Capital, que postula a la prostitución de las mujeres pobres como un estado del que se pueden salir si se les facilitan otras formas de trabajo y de vida ) son mis compañeras, pero yo fui a marchar por decisión propia, para apoyar. Yo no pertenezco a ninguna, soy una chica de la calle y quería decirle que no al Código porque yo vengo de la época de los 21 días. Para mí la prostitución es un trabajo, aunque no se lo deseo a nadie. No es un trabajo digno. Yo le digo a mi nuera que se busque cualquier cosa, porque esto te destruye. Yo empecé a los 22, conocí un lindo tipito, rubio, con 20 años, y terminé parada en una esquina. Se llevó todo: mis tacos, mi cuerpo, porque somos objetos descartables. En su momento, todas entramos con el sueño del departamento propio, el autito, te atrapan los buenos restaurantes, las vacaciones, te dan los gustos. Después vas naturalizando la calle. Yo no pongo la prostitución como ejemplo. Hoy la prostitución te lleva al cajón, cuando empecé podías pescarte algún honguito. Hoy te contagias HIV. Siempre digo que una prostituta empieza pobre y muere pobre.




publicada 01/10/2006
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