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Causa Legislatura, 1º jornada
“¿Quién nos devuelve el tiempo que estuvimos en la cárcel?”
 Esa fue la pregunta a los jueces de Martín Amitrano, vendedor de panchos, 14 meses preso, y uno de los 14 acusados de delitos desproporcionados y no probados por manifestarse contra el Código Contravencional. La primera audiencia oral y pública sirvió para hablar de la falta de credibilidad en la justicia, las coimas policiales, el racismo, los medios que incomunican, la diferencia entre arrojar piedras y secuestrar, las cucarachas y los acuchillados, quiénes fundieron al país, quiénes niegan los derechos, y la magia que puede simbolizar, en estas extrañas tierras, tocar el bombo.
-En este juicio no habrá justicia, porque justicia hubiera sido no haber pasado nunca lo que pasamos, justicia hubiera sido no haber estado ni un solo día preso- disparó ante el Tribunal que lo juzga Martín Amitrano, uno de lo 14 acusados por los incidentes ocurridos frente a la puerta de la Legislatura porteña el 16 de julio de 2004, cuando se intentaba debatir los artículos del Código Contravencional, que penaliza -entre otras cosas- la oferta de sexo en la vía pública y la venta ambulante. El imputado enseguida agregó:
- Nosotros no vinimos procesados a este juicio, vinimos condenados. Ya pagamos. Si acá se demuestra que tenemos que pagar de menos, ¿quién nos devuelve lo que vivimos? Nadie. ¿Quién nos devuelve el tiempo que estuvimos en la cárcel?- preguntó sin obtener respuesta.
El testimonio de Amitrano estaba cargado de bronca e impotencia y fue el más conmovedor de la primera jornada del juicio oral y público que se lleva a cabo en la sala 2004 del Palacio de Tribunales. Apelando al más elemental y espontáneo sentido común intentó poner en evidencia lo arbitrario de su procesamiento.
El vendedor ambulante estuvo 14 meses preso, acusado de resistencia a la autoridad y –como el resto de los imputados- de privación ilegítima de la libertad, coacción agravada y daños agravados, un combo que puede tener una condena de diez años de prisión y desproporcionado a juzgar por las propias preguntas que el fiscal y los jueces realizaron este martes en los interrogatorios:
“¿Usted tiró piedras?”
“¿Insultó a algún legislador?”
“¿Por qué tocaba el bombo?”
Esas fueron las preguntas más filosas.
Para que se tenga una idea, la privación ilegítima de la libertad es el secuestro. La coacción agravada son las intimidaciones mediante amenazas como las que recibieron jueces y fiscales del caso López.
”Los cargos son desmesurados. Si alguien tira una piedra debería ser acusado por la rotura del vidrio, no de coacción agravada y privación ilegítima de la libertad”, explicaba Héctor Trajtemberg, abogado de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, que patrocina a ocho de los acusados.
Aquel día de 2004, los legisladores impidieron el ingreso del público a la sesióny hubo disturbios con vendedores, travestis, prostitutas y militantes de izquierda que terminaron con la puerta principal de la Legislatura rota, al igual que numerosos vidrios del edificio. La policía uniformada miraba inerte mientras oficiales de civil tenían sospechosas conductas, mezclados entre los manifestantes. Varias horas después de los incidentes, 15 manifestantes fueron detenidos. Estuvieron presos en los penales de Ezeiza, Marcos Paz y Villa Devoto durante 14 meses, hasta que el tribunal oral les concedió la libertad condicional, tras un cambio de fiscal, y un mes antes de las elecciones de 2005, manteniéndolos bajo un proceso judicial que pretende cerrarse con el juicio oral que comenzó este martes y que tiene previsto el veredicto para el 31 de octubre.
>>>El delito de “haber estado”
La audiencia se inició pasadas las 10.30, cuando, Silvia Arauz, Elsa Moral y Alejandro Noceti Achával –los magistrados del Tribunal Oral Criminal 17- ingresaron al recinto. Ya esperaban, sentados y apretujados, los 14 acusados y sus 15 abogados. La sala parecía chica de sisa para tamaño juicio. Cada vez que alguno de los letrados o de sus defendidos necesitaba pararse para alguna diligencia, el resto inevitablemente debía ponerse de pie para dejarlo pasar. En otro ámbito, la situación podría haberse confundido con una vistosa ola tribunera. Pero nada de lo que se veía aquí ocurría en una tribuna, sino en un solemne tribunal, con un techo lleno de molduras, una araña con decenas de caireles y paredes decoradas con retratos de ilustres ancestros de la familia judicial.
Casi sin perder tiempo, Moral –la presidenta del cuerpo- pidió que se le leyeran los cargos contra los acusados, elevados por la fiscalía de instrucción y la jueza de primera instancia Silvia Ramond. El dictamen señaló que los imputados amenazaron, generaron daños, focos incendiarios y lesiones físicas, aunque no especificó ninguno de esos hechos. “En la descripción de lo que hizo ese día cada acusado, la jueza de instrucción dice que tiraron piedras o que algunos estaban con grupos que tiraban piedras. Ninguno de los catorce es descripto provocando focos ígneos, ni se explica cómo fueron las supuestas amenazas. Y como sabemos, muchos fueron detenidos al voleo. La jueza argumentó que todo esto no importaba, ya que alcanzaba con haber estado en la manifestación para crear un clima propicio para que las acciones sucedieran. Si ahora hay una condena con este criterio, todo el que vaya a una manifestación donde un grupo genere disturbios podría ser acusado de cometer un delito”, explicó a la salida de la audiencia Claudio Pandolfi, abogado de Margarita Meira, una de las vendedoras ambulantes procesadas.
Después de leer la acusación, Moral ofreció a cada uno de los imputados hacer uso de la palabra.
Amitrano fue uno de los seis procesados que pidió declarar, a pesar de que le asistía el derecho de no hacerlo. "Hace dos años que estoy esperando este momento" les dijo a los jueces. Comenzó con el relato cronológico de aquel 16 de julio y dio cuenta de la normalidad de su vida cotidiana hasta que inesperadamente todo cambió con su ingreso a prisión:
- Soy vendedor de panchos desde los 15 años, por herencia familiar. Estudié en un colegio salesiano hasta quinto año. Trabajé siempre entre 12 y 14 horas por día. La calle me enseñó muchas cosas muy buenas, pero me dio la peor injusticia: pasar 14 meses en Devoto.
El vendendor contó que se juntó en Constitución con algunos compañeros para manifestarse contra el Código Contravencional porque la nueva norma lo dejaría sin trabajo. Recordó que cuando comenzaron los disturbios fue a realizar un trámite a una dependencia del Gobierno de la Ciudad de la calle Uruguay y, cuando regresó, las puertas de la Legislatura ya estaban rotas, salía agua de adentro y había corridas.
>>>”Con todo respeto, no creo en la justicia”
-Juro por Dios que yo no participé de los disturbios. Decidimos retirarnos, bajé al subte y vi a un grupo de policías, entre los que estaban unos con los que yo arreglaba para poder seguir trabajando. Esos policías bajaron la cabeza mientras los otros me detenían. Después me enteré que los que me detuvieron a mí eran los que arreglaban con los otros vendedores ambulantes detenidos. Esa policía es la que tiene credibilidad para la jueza Ramond y, por sus testimonios, me dejó preso 14 meses. (...) Así empezó mi calvario.
En todo momento, miraba a los jueces de frente. Y les dijo:
-En mi casa y en el colegio me enseñaron lo que está bien y lo que está mal. Sé que pagar coimas está mal, pero peor es no poder trabajar. Y yo para poder trabajar tenía que arreglar a la policía. Sabía que había policías que actuaban mal, pero no imaginaba que había jueces que actuaban mal. Por eso, al principio pensé que iba a quedar detenido hasta que fuera a Tribunales, porque ahí me iban a escuchar. Quise hablar con la jueza y no me atendió, me recibió su secretaria. Pensé que enseguida me iba a mi casa, pero me fui a Devoto. No quiero faltarle el respeto a este tribunal, pero yo no creo más en la justicia.
Los policías que lo acusaron declararon que Amitrano estaba tirando piedras, que rompió el espejo retrovisor de un móvil policial y que se resistió en el momento de su detención. El vendedor ambulante negó rotudamente todos los cargos.
-Si yo aparezco en un solo video tirando una piedra, le firmo 50 años de pena - desafió en un momento al Tribunal-. Yo no hice nada. Pero de todas formas, si alguien tiró alguna piedra ¿qué pasa? Tampoco creo que merezca lo que nosotros vivimos en la cárcel.
También lo acusaban de resistir al arresto. La respuesta de Amitrano en este aspecto fue empírica:
--Mirenme: si me hubiese resistido ¿qué creen que hubiese pasado?.
Lo que veían los jueces en ese momento era a ese muchacho que mide 1,95 y pesa casi 100 kilos.
>>>El ministro en Devoto
El silencio de la sala comenzaba a tornarse tenso y angustiante. Amitrano hablaba mirando fijo hacia el estrado, donde la presidenta del tribunal estaba sentada en un sillón de estilo, cuyo cabezal tenía tallada la balanza de la justicia. En el bajo relieve, los platillos de la figura parecían equilibrados. En las palabras del acusado la sensación era diferente:
-En Devoto tenía mucho tiempo y escribí muchas cartas. Escribí al Presidente de la Nación, al (entonces ministro de Justicia Horacio) Rossatti... Mi novia trabaja en una aerolínea y en un vuelo pudo darle la carta, por eso el ministro vino al penal, cuando yo llevaba siete meses detenido. Me dijo que no lo podía creer, que era una causa política, que no había una sola prueba en mi contra.
Amitrano contó también que por esa misma razón le escribía con insistencia a los medios, a quienes calificó como el primer poder. Recordó, además, que antes de que se tratara la sanción del Código Contravencional, intentó llevarle cartas a Canal 13 y otros medios pero ni lo recibieron, y por eso quería aprovechar la manifestación del 16 de julio, donde –según describió- estaba lleno de cámaras, para realizar sus denuncias.
-Estar acá es terrible. Y no saben lo terrible que es estar preso. Yo nunca había visto llorar a mi papá y cuando me vino a visitar se quebró. Le tuve que pedir que no venga más. No pude verlo hasta que salí. A mi mamá la tuvieron que internar por esta causa y no me dieron autorización para ir a visitarla. (...) Ahí adentro no tenés nadie que te cuide. Yo pensé que me iban a violar. Si se incendia un colchón, te podés morir. Yo vi gente pelearse a cuchillazos, morir de un puntazo... cualquiera de nosotros se podía haber muerto ahí. Dormí en el piso con doscientas cucarachas en mi cama. Si quiere comprobarlo puede mandar ahora mismo a un funcionario de este Tribunal a levantar cualquier colchón de Devoto. ¿Sabe? En mi casa duermo con las sábanas perfumadas, porque así me educó mi mamá. (...) Pasé 26 días en huelga de hambre. No podía creerlo, Chabán en libertad y yo no. No es que cuestione que alguien tenga el beneficio de la excarcelación, sino que no podía entender porqué no lo podía tener yo. ¿Me consideraban más peligroso? ¿Yo, que desde lo 15 años vendo panchos, era para los jueces un peligro para la sociedad.
A esta altura, el monólogo de Amitrano había provocado algunas lágrimas en el público. El imputado detalló que en la cárcel aumentó 20 kilos, que allí nació su adicción al cigarrillo y que se negaba sistemáticamente a tomar las pastillas que le recetaban los psiquiatras carcelarios. Para definir cómo era el lugar donde tuvo que vivir durante todos esos meses, Amitrano usó una frase metafísica:
- Estaba lleno de nada.
Luego, por si aún faltaba algo por decir, agregó:
-Yo creo que una persona inocente no puede entender porqué está una hora, un minuto presa. Yo estuve 14 meses. Pero no se trató de una aventura, sino de un verdadera tortura. Esta causa es una verguenza desde el primer día, porque para justificar porqué no pararon los disturbios, la policía salió a buscar presos a la seis de la tarde. Fue muy raro que la policía no haya hecho nada durante los destrozos y que cuando terminó todo se haya puesto a actuar. Y ahora, yo que solo soy un trabajador que a la noche llega molido a la cama, le tengo miedo a la policía, porque me puede poner algo en cualquier lugar para incriminarme. Y le tengo miedo a los jueces, porque ahora sé que significa que un juez no te escuche.
Cuando terminó, el fiscal Juan José Ghirimoldi quiso saber más:
- -¿Usted dice que conoce delitos que cometieron policías?
- No sé qué son delitos. Si pedir coima para dejar trabajar es un delito, sí.
- ¿Niega que arrojó objetos?
- Sin dudas.
- ¿Niega haber roto un espejo retrovisor?
- Rotundamente
- ¿Insultó a empleados o legisladores? – ahora el que preguntaba era el juez Noceti Achával, el hombre con gesto más adusto de toda la sala.
- Mire, yo hice un cordón humano cuando había una legisladora lastimada, llamé a la ambulancia para que la asistan.
- Pero ¿insultó o intimidó? –inquirió el magistrado.
- No sé qué es intimidar, pero cuando uno toca el bombo vocifera, canta. No recuerdo si insulté, pero habré gritado cosas como las que se cantan en cualquier manifestación.
- ¿Rompió veredas?
- Ese día no me agaché ni siquiera a levantar un fósforo del piso, así que de ninguna manera pueden decir que me vieron levantando piedras. Nunca tuve una ni en la mano. Lo único que yo hice ese día fue tocar el bombo y protestar contra una ley que votan tipos como Macri, al que poco le importa la gente que trabaja ganándose el pan en la calle.
>>>¿Quién fundió al país?
Así como Amitrano conmovió a partir de su relato personal, por momentos casi íntimo, Jorge Nievas sorprendió a partir de un claro análisis político y social que no cayó en el panfleto. Cuando fue llamado a declarar, acomodó el broche que llevaba en su pelo teñido de rojo, se sentó en el banquillo y mientras miraba el gran crucifijo que presidía la audiencia advirtió que hablaba desde su condición de "gay evidente". Relató que por trabajar de noche sufre el acoso y la tortura policial y que las denuncias que hizo al respecto siempre quedaron en la nada. Contó que ese motivo lo llevó a manifestarse contra la sanción del Código Contravencional, porque consideraba que era la forma de consagrar a un Estado inquisidor. Por esa caracterización, había concurrido a la manifestación disfrazado con una sotana.
-Yo tengo profundas convicciones democráticas. A mí el nuevo código me dolió por su tinte reaccionario. Lesnegaba a los vendedores ambulantes y a las trabajadoras sexuales el derecho a trabajar. Tiene una visión casi racista, discriminatoria de los más pobres. Criminaliza a los pobres y le da más poder a la policía. Por eso fui a protestar, jamás pensé que iba a terminar preso por ejercer mi derecho a expresarme.
Nievas recordó que cuando llegó a las inmediaciones de la Legislatura posó frente a un grupo de travestis y concedió una entrevista al programa televisivo Punto Doc. Allí advirtió que la legisladora Silvia La Ruffa discutía con Margarita Meira y decidió intervenir.
- Cuando escuché que Margarita decía que si le cerraban el quiosco no iba a tener con qué darle de comer a sus hijos, yo le dije a la diputada que el pueblo pobre no fundió a este país. Que lo hizo el poder. Nombré a varios: Macri, Roggio, Cavallo... eso lo grité apasionadamente, fervorosamente. Y por eso me imputan que golpeé, que agredí, me inventan cargos (...) Todos los ciudadanos pagamos impuestos: los judíos, los comunistas, los maricas. Todos pagamos 21 por ciento de IVA para pagarle el sueldo a los funcionarios públicos. Entonces, el soberano pueblo debe recibir mejoras en su calidad de vida, no como ahora, que muchos están empujados a comer de la basura. Este Estado es negador de los derechos del pueblo, discrimina. Paga el mismo impuesto por un kilo de azúcar el pobre tipo que el que vive en Barrio Parque. Y no es casual que los aquí estamos procesados seamos pobres y buena parte, del Interior.– describió el acusado.
De pronto, la declaración de Nievas fue interrumpida por los aplausos que brotaron de las últimas dos filas del público que presenciaba la audiencia. La presidenta del Tribunal amenazó con continuar el debate a puertas cerradas y pidió a un grupo de militantes del Movimiento Territorial de Liberación que se retirara de la sala. La mayoría lo hizo, excepto una mujer que ya había querido –en vano- desplegar una bandera de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre. Moral se ofuscó y llamó a cuarto intermedio, a la espera de que la policía retire a la señora.
En el medio, la vocal del tribunal, Silvia Arauz, se acercó para contener a la mujer:
- Yo la entiendo, pero no sería bueno para nadie que el juicio se desarrolle sin público –intentó convencerla, con un gesto que pareció un desaire a su colega Moral.
Recién habían transcurrido dos horas de audiencia y ya era el segundo round entre las juezas del tribunal. Unos minutos antes, la presidenta le había quitado la palabra a Arauz, cuando intentaba interrogar a Eduardo Suriano, otro de los acusados, quien ya había anunciado que iba a hacer uso de su derecho a no contestar preguntas. Suriano ni siquiera había ido a participar de la manifestación, sino que estaba en la zona porque había ido a la farmacia. Arauz había querido formularle dos preguntas. Una, acerca de su actual situación domiciliaria: cuando salió de la cárcel Suriano se encontró con que su casa había sido ocupada por un vecino y desde entonces tiene que vivir en un hotel. Está esperando que la justicia decida sobre la usurpación. La otra pregunta era acerca del medicamento que ese día Suriano compró en la farmacia, pero no se pudo conocer la respuesta, ya que la presidenta del Tribunal interrumpió el interrogatorio.
>>>¿Para qué tocaba el bombo?
Otro testimonio fuerte fue el de Héctor Gómez, que se presento como un desocupado, producto de haber estado preso 14 meses en Devoto:
-Todavía no entiendo que hago acá – relató al comenzar su declaración-. Fui a protestar por el Código Contravencional y me llevaron a Devoto, donde hay más droga que en la calle. Tuve que dormir con algodones en los oídos porque tenía miedo que las cucarachas me entraran en los oídos.
Gómez –que además denunció que al momento de su detención le robaron 200 pesos- recordó que llegó a la manifestación después de haber ido a comprar unas entradas para Floricienta, que le había pedido su hermana. Dijo que cuando llegó vio que había fuego en la puerta de la Legislatura y que reemplazó a Amitrano que ya estaba cansado de batir el parche.
Fue entonces cuando se escuchó la pregunta increíble:
-¿Para qué tocaba el bombo? –preguntó el vocal Noceti Achával.
-Para que me escuchen. El Código que discutían no me permitía laburar. Era un reclamo por trabajar. ¿Cúal es el problema? En ningún momento le pegué a nadie, en todo caso al único que le pegué fue al bombo. Nosotros, los vendedores, nos destacamos por ser pacíficos.
-¿Arrojó pintura contra el edificio?- insistió el magistrado.
-Para nada –contestó Gómez con desparpajo-. Además tendría que haber sido David Copperfield, el mago, tocando el bombo con una manguera, y lanzando pintura al mismo tiempo. ¿Qué tengo, siete manos?
En esta primera jornada, también declaró Eduardo Ruiz, testimonio que fue varias veces interrumpido por las lágrimas.
- Me gano la vida como vendedor ambulante y por eso fue ese día a la manifestación: para que me dejen trabajar. La misma policía que me conoce de la calle, que me saludaba todos los días, es la que me detiene. ¿Por qué? Me gustaría que en algún momento me lo expliquen. ¿Por qué me hicieron pasar esto, por qué tuvo que bancarse mi familia esta humillación? ¿Por qué tuve que conocer a mi hijo 10 días después de nacido? ¿Por qué mi familia tuvo que pasar hambre si yo siempre, mal que mal, llevé a mi casa el peso dignamente? Lo único que les pido es que hagan justicia.
A continuación, fue el turno de Walter Medina, un muchacho joven, de voz quebrada, que sintetizó su situación con una frase tremenda:
-Me arruinaron. Y no entiendo por qué. Perdí a mi familia, perdí mi trabajo, perdí mi salud. Espero que al menos se haga justicia.
A su turno, Carmen Ifrán apenas pudo esbozar su testimonio, quebrada por las lágrimas. Fue tan solo un repaso rápido de lo sucedido aquel día y que quedó interrumpido abruptamente cuando comenzaba a narrar su detención.
-No puedo, perdón, pero no puedo más. -se sinceró.
Los demás procesados, hicieron uso de su derecho a guardar silencio hasta que lo crean necesario. Luego algunos explicaron por qué: Margarita Meira pasó el fin de semana con 22 de presión arterial. Marcela Sanagua estuvo internada en la guardia del Hospital Argerich con fuertes dolores en el pecho, el sábado. El debate continuará el próximo viernes 6, a las 10 de la mañana, cuando comiencen a declarar los policías que efecturaron las detenciones.
publicada 04/10/2006
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