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Prólogo de Miriam Lewin
Crónica de una Devoción
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Por cualquier camino o ruta, al costado o en una curva, un destello rojo atrae la vista como un imán. Un altarcito improvisado, anónimo, con cintas rojas sacudidas por el viento patagónico, castigadas por el sol de la Puna o mojado por la lluvia pampeana –solitario generalmente- le rinde culto.
El Gauchito Gil es una devoción popular que fue creciendo silenciosa, de boca en boca y de pueblo en pueblo, hecha de promesas para conseguir modestos milagros: casi derechos, si bien se los mira. Salud, trabajo, bienestar. Una religión de los desposeídos, de los que tienen poco y quieren tener lo necesario.
En Mercedes, Corrientes, cada 8 de enero se congregan muchos. Camisas que cubren pieles morenas con tatuajes, humildes ofrendas. Están las miradas dolientes de los peregrinos que piden o las emocionadas de los que llegan a agradecer. Rojo, negro, calor, intensidad.
El mido del Gauchito Gil nación con un insólito primer creyente: nada menos que su verdugo. Fue un Cristo Criollo.
Había huido de la justicia que pretendía obligarlo a derramar sangre de hermanos y buscaba refugio y abrigo en ranchos y fogones donde almas sólo un poco menos desarrapadas que él lo auxiliaban sin preguntar. Robaba, pero no guardaba nada para sí mismo. Su riqueza residía en dar. No le importaba la legalidad sino lo legítimo. Tomaba de los que tenían para dar a los que recibían todo como un don del cielo.
Sebastián se adentra en esta devoción como un creyente más. Para él, el Gauchito no es un fenómeno antropológico que mira con la lupa del investigador porque se emociona con lo que ve y no desmenuza el fenómeno.
No retrata tampoco como un artista: es el vehículo de un sentimiento que desborda e inunda las páginas. Por eso sus imágenes y sus textos son tan potentes, tan comprensivos, tan piadosos. Por eso su lente y sus palabras reconocen, transmiten, conmueven...

Miriam Lewin
Buenos Aires, mayo de 2007


publicada 03/01/2008
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