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La alegría baleada

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El 29 de enero la Gendarmería disparó contra la murga “Los Auténticos Reyes del Ritmo” que ensayaba en las calles del barrio en Bajo Flores. El resultado fue un niño herido con bala de plomo y muchos más con perdigones. ¿Qué pasó después de aquella noche violenta? Los miedos de los más chicos y los temores de sus padres. La causa judicial y cómo los sospechosos se investigan a sí mismos.

murga los autenticos reyes del ritmo

Son cerca de las 20:30 del martes de carnaval y en la entrada del Barrio Illia hay cuatro esquinas, cinco niños murgueros, una mamá dando la mamadera a su bebé y 15 gendarmes. A 12 días de la represión la imagen congela el recuerdo, ya sin fecha. Se oyen tiros que no hay, insultos que no se dicen, pero el cuerpo palpita una violencia que siempre está.

La ecuación se desproporciona aún más con dos camiones de gendarmería apostados.

Con tres gendarmes que paran autos, bajan a los conductores, los requisan, abren baúles.

Con otros gendarmes que en otra esquina paran otros autos y motos y hacen lo mismo.

Con un gendarme que saca una cámara y filma.

En medio de la calle, en el núcleo de esas cuatro esquinas, donde se unen indistintamente el asfalto y la tierra que es barro por la lluvia, y con la cumbia al palo bajando de los enormes edificios del Bajo Flores, los murgueros y las murgueras de Los Auténticos Reyes del Ritmo llegan, se saludan, se abrazan, se miran y miran al gendarme, y le preguntan:

“¿Qué filma?”.

Falta media hora para la salida de la murga. Florencia, que posa para la foto de MU ya vestida para salir y bailar y reír, habla mientras la noche va ocultando los 16 perdigones que lleva en las piernas desde hace 12 días, ya sin fecha: “Fue un infierno. Vos ves quiénes son los que están acá: la mayoría son criaturas”.

Una de esas criaturas la interrumpe. Su estatura apenas sobrepasa las ruedas de los camiones.

-¡Flor, Flor! –se acerca gritando-. Fui a la policía y les pregunté si nos iba a matar.

Silencio. Un nudo en la garganta.

¿Qué te dijeron?

Me dijeron: “Nosotros no te vamos a matar, te vamos a cuidar”.

¿Por qué les preguntaste eso?

Porque la otra policía nos quiso matar.

¿Cuántos años tenés?

El nene levanta su mano derecha bien alto.

Muestra cuatro deditos.

El nudo es una pelota.

Florencia interpreta: “Después se pregunta la gente por qué el resentimiento de la gente de la villa a las fuerzas. Si es un robo, un homicidio heavy, los medios lo publican y sale en todos lados. Feroz tiroteo, te dicen. Pero cuando la cana se manda la cagada, no sale. Diez días antes de Navidad mataron a un pibe del barrio. Lo mató uno de los policías que hace las citaciones. Robaba, ¿pero qué tiene que ver? Estaba sentado en un banco. Así como lo mató, quedó: sentado. Loco, ¿sos un ser humano o una máquina? Y eso no sale”.

La pregunta queda flotando.

Lo que Florencia dice que no sale fue lo que terminó saliendo en todos los medios  a fuerza de las denuncias del barrio y la difusión de los medios sociales de comunicación.

Marcó agenda.

¿Marcó?

Cuidado

Poco después de las 21:30 del viernes 29 de enero un operativo de Gendarmería reprimió brutalmente el ensayo de esta murga que se estaba preparando para las funciones del carnaval. Buscaban unos coches robados. Se metieron en la calle donde estaban ensayando con los móviles y una grúa de la Policía Federal. Los vecinos hablaron, preguntaron si no podían pasar por otra calle. Les dijeron que no. Los vecinos abrieron paso, pero allí apareció un gendarme, conocido en el barrio como Polaco, que se bajó del móvil al grito de “¿Son todos guapos, acá?”. Los vecinos dicen: “Ahí empezó a tirar él”. Y siguieron los demás.

La descripción de los hechos tuvo que ser reiterada cientos de veces por las propias personas reprimidas. Desde el Ministerio de Seguridad afirmaron que había sido un tiroteo con bandas narco, en la cual dos gendarmes resultaron heridos. La foto de la ministra Patricia Bullrich con uno de ellos en el Hospital Churruca fue la única postura oficial durante cincos días. En tanto, el Ministerio respondía a la consulta diaria de MU con misma frase: estaban “analizando lo sucedido”. En la web del Ministerio la imagen de la ministra con el gendarme llevaba por título: “Cuidamos a los que nos protegen de las bandas delictivas”.

Heridas

Bautista tiene rulos a lo Slash, y cuando se pone su galera blanca y azul, el parecido desata risas. Faltan cuatro horas para la salida, pero ya tiene el traje puesto. Una de sus estampas es el rostro de Mario Bros.

Tiene 8 años y juega al fútbol en Boca.  “Como Tévez”, apunta.

Bautista fue uno de los niños que ensayaba cuando se desató la represión.

“Estábamos bailando”, cuenta, parado en la misma calle donde hace 12 días estaba ensayando. “De repente aparecieron los gendarmes con una grúa por ahí”. Señala la calle, los vuelve a ver. “Y empezaron a tirar para arriba”.

Bautista hace el gesto del arma.

Con un detalle.

No usa una mano: usa las dos.

Ambas agarran una itaka imaginaria que apunta al cielo.

“Corrí para lo de mi abuela y ahí me quedé”.

Adrian relata luego la misma escena que contó Bautista: “Me asusté mucho. Cuando empezó el tiroteo me metí en el playón. Casi me desmayo”.

Tiene 7 años.

Florencia estaba con su hijo de 8. Su relato ilustra la desesperación: “No lo encontraba. No podía encontrar a mi hijo. Había bocha de pibes. Buscaba al mío. No lo veía y no lo veía”.

“De repente lo vi”, dice Florencia. “Lo agarré fuerte y nos pegamos contra la pared. Empezamos a caminar. Ahí una mamá ve cómo un gendarme me apunta y me tira. ¡Me apunta! Pienso: hijo de puta, ¿no tenés hijos? No sé en qué cabeza cabe. Esos 16 perdigones podrían haber sido para mi hijo. Duelen mucho: es como una quemadura de cigarrillo, pero más fuerte, que se va expandiendo. Imaginate en un nene”.

Imagino.

Ahí lo veo a Carlos Ariel Sulca, 8 años, con un balazo en la pierna y otro en la ceja derecha. “Gracias a Dios, de milagro, no perdió el ojo”, dice su abuela Adriana Luján Miguez. “El domingo después de la represión le digo que vaya a tirar la basura. Es justito donde está la garita de los gendarmes. Mi nieto salió. Dice que el gendarme lo miraba. Les dice: ‘¡Mirá lo que me hicieron ustedes!’. Le contestaron: ‘Rajá de acá, pendejo de mierda, porque la próxima vez te vamos a reventar la cabeza’. Ariel se puso a llorar, le agarraban ataques de pánico, dice que lo van a matar”.

Dos niños, de 4 y 8 años, asocian las fuerzas de seguridad con la muerte.

Florencia, mientras, cuida sus heridas con Pervinox, gasa y Amoxidal 500 cada seis horas.

Balas

Es carnaval y el barrio no perdona a nadie. Dos Testigos de Jehová impecables, rubios, pelo corto, camisa blanca, biblia bajo el brazo, son objetivos perfectos. “¡A ellos!”, ordena un pibe. Y a ellos se lanzan cuatro pibes más. Vuelan bombitas de agua, espuma y baldazos. Los chicos se ríen. Los Testigos de Jehová también. Y siguen su camino, estoicos. Detrás venimos periodista y fotógrafo de MU. Nos entregamos a lo inevitable. Cuando llegamos a la calle donde ocurrió la represión, nos recibe Gustavo Marola González, el director de la murga. Se ríe: “No los perdonaron”.

No.

Marola, como Florencia, carga el mapa de la balacera en el cuerpo. Tiene más de 13 disparos en brazos, piernas, espalda. Algunas heridas todavía están vivas, sin cicatrizar. “El primer disparo de todos le pega a mi nene”, dice. “Bala de plomo. Esa era para mí”. Habla de Jonathan. Está en muletas y sus amigos lo trasladan en silla de ruedas. La bala le arrancó parte de carne en la zona de la tibia izquierda. “No perdió el pie de milagro y de milagro tampoco le agarró el hueso. La enfermera viene a curarle la herida dos veces al día”.

Tiene 14 años.

“Sentí como que se me levantó la pierna y me empezó a quemar”, dice Jonathan.

Marola agrega: “No digo que fue bala de plomo porque lo invento o se me ocurre. No voy a estar diciendo cosas que no sé, porque acá hay que investigar seriamente lo que pasó. Pero digo que fue plomo porque así me lo dijeron en el Garraham cuando lo atendieron”.

A Marola en el barrio lo saludan todos.

Le gritan: “¿A qué hora salimo?”.

Y Marola les responde: “¡A las 9!”.   

Mientras caminamos por el barrio, nos indica “por allá quisieron entrar los gendarmes”, “allá estaban los dos autos robados”, “por ahí se quiso mandar la grúa de la Federal”, “de ahí salió el gendarme que empezó a bardear diciendo ¿son todos guapos, acá?”, “desde allá comenzaron a disparar”. Marola no deja de sorprenderse: “Los chicos, a pesar del miedo, siguen preguntando a qué hora ensayamos. Eso te dice algo”.

¿Qué te dice?

Que se necesita algo así en el barrio. Una cultura. Sacás a los chicos de las cosas que ven todos los días. Ven cosas que no tiene que ver: este tipo de violencia, por ejemplo. Y vos tenés que hacer algo coherente, armar cooperativas, cosas que los ayuden. En este barrio hay carnaval: lo ves ahora. Y lo sentiste cuando te mojaron. Bueno, antes no había nada. Ahora hay unión. Y la murga tuvo mucho que ver en todo eso. Y eso que es nuevita: arrancamos el 11 de enero.

¿Por qué la armaste?

Ya había armado otras murgas. Una en La Matanza, por ejemplo. Los barrios necesitan cosas así. Forma una unión, como un tejido. Los pibes se divierten, la pasan bien. Y fíjate cómo hacía falta: el primer día éramos 20, al segundo 40, al tercero 60. El día de la represión había más de 90 personas acá. Eso te marca algo. Había una necesidad de algo así. Y necesitamos una mano para que siga creciendo. Yo rescaté tela yendo casa por casa y pidiendo plata. Después me fui en taxi y traje 100 metros. Fueron 2 mil pesos. Cuando tenía trabajo, compré instrumentos. Después hicimos rifas: rifamos carne, pollo, una batidora.

Conmigo, no

La represión toma diversos tonos a medida que Marola la describe. Le agrega un sentido distinto a cada bala disparada.

A cada bala recibida.

A cada niño herido.

A cada escara, a cada herida sin cicatrizar.

A esa violencia sin fecha.

“Ese día veníamos contentos con mi señora porque habíamos encontrado colectivos para trasladar a la murga. Estamos cansados de ver por televisión a nuestros barrios y villas así. Por eso la murga, también. Esto no tiene que pasar nunca más. Están abusando del Poder Judicial. Lo que pasó acá fue gatillo fácil. Acá la gente tiene miedo a las represalias, pero si las dejan pasar es peor. Conmigo no. Conmigo ellos se chocaron contra una pared”.

La pared es también la risa de las niñas y los niños que, de a poco, confluyen en el punto de encuentro con sus zapatillas de lona blanca impecables, las galeras brillantes, los trajes bordados por las madres, los rostros pintados. A su alrededor, la cumbia sigue sonando y los gendarmes siguen requisando cada coche que pasa. “Ahora están peor. Antes no hacían esto. Desde ese día hay más operativos y te bardean”, dice María, una de las murgueras.

Allí también está Leonardo Demonty, otro de los referentes del barrio. Es el hermano de Ezequiel Demonty, el joven de 19 años que fue torturado y arrojado al Riachuelo por agentes de la Policía Federal en septiembre de 2002. El caso llegó a juicio en 2004 y fueron condenados a perpetua el oficial subinspector Gastón Samohano, el oficial inspector Gabriel Barrionuevo y el suboficial Alfedo Fornasari.

En la villa Ezequiel es mural y memoria.

Por esta historia y por este barrio, no es casual la presencia de Leonardo.

“Las fuerzas, más o menos, se habían calmado. Porque atrás de Ezequiel cayeron 10 mil denuncias más por abuso. Ahora hubo un nuevo avance: es como que se sintieran sin bozal. Nosotros no queremos que la gente tenga miedo a denunciar el abuso. Si empezamos a tener miedo, estamos al horno, porque terminamos siendo esclavos reprimidos de la misma fuerza que, supuestamente, nos tendría que cuidar. Ojo: con el gobierno anterior también pasaba, pero no era con esta alevosía. Y desde que se decretó la emergencia de seguridad, todo empeoró. Abusan. Se creen con derecho de hacer y deshacer a las personas. Están preparados para combatir lo narco en la frontera y los trajeron acá. Y en vez de ocuparse de otras cosas, se abusan de los más débiles: los chicos. Yo no me como que los gendarmes le tienen miedo a los narcos, como dicen. No quieren. Y como un empleado justifica su trabajo con el patrón, ¿de qué manera quisieron los gendarmes justificar su guerra con lo narco? Armaron un escenario perfecto, pero reprimieron a niños”.

Demonty cuenta que las diversas denuncias avanzan hacia la unificación en una sola causa y que el Ministerio de Seguridad ya abrió sumarios administrativos a los gendarmes. Algunos fueron apartados, otros reubicados en otros barrios. La Procuraduría de Violencia Institucional (Procuvin) tomó intervención en el caso junto a la Agencia Territorial de Acceso a la Justicia (ATAJO) que funciona en Bajo Flores. Al cierre de esta edición, las querellas se estaban formalizando: serían tres. Los vecinos fueron recibidos por funcionarios del Ministerio que se comprometieron a investigar la represión. El dato más preocupante: la propia Gendarmería realizó pericias en el marco de esa causa. “Vinieron a investigarse a ellos mismos”, dice Marola. “Nos siguen tratando como ignorantes”.

También siguió su curso la causa por los gendarmes heridos: el trámite judicial reveló que no guarda relación con la represión de la murga.

Allí apunta Demonty para señalar qué fue herido: la cultura en el barrio.

“Cuando lo vi a Marola arrancar con la murga me sentí orgulloso. Son horas y horas en las cuales los chicos se la pasan divirtiendo. ¿Cómo no voy a estar apoyándolos? Primero como vecino, después como compañero y después como hermano de Ezequiel, no puedo dejar de estar. A mí me pasó, sé lo que significa todo lo que vivieron en esta calle. Y por eso tenemos que estar fuertes y atentos”.   

Demonty agrega: “Atentos a ver quiénes son los que se acercan”.

Son las 21:30 y la murga arranca. Los gendarmes quedan atrás. Son unas cien personas entre niños y niñas y jóvenes y padres y madres que caminan hasta la Avenida Riestra. Marola lleva un pibe sobre sus hombros. Mira alrededor y dice, con una sonrisa de oreja a oreja: “¿Viste lo que es esto? No nos van a parar”. Se lleva el silbato a la boca y los bombos comienzan a sonar.

Las patadas vuelan.

Las manos se agitan.

En esa descarga se ve el recuerdo vivo de la represión, ya sin fecha.

Las heridas.

La violencia que ahora no se oye, pero siempre está.

Y allí también está la respuesta.

Se escucha claramente cuando Aye y Briana, hermanas de 4 y 7 años, con brillantina en los cachetes y bigotes de gato pintados, responden seriamente la más tonta de las preguntas:

¿Por qué están en la murga?

Porque nos gusta reír.

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La guerra más cercana

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Entrevista al escritor que mejor describió la violencia que arrasa a México, Sergio González Rodríguez, fallecido el 3 de abril de este año. Por el periodista español Ciudad de Iguala, Estado de Guerrero, México, noche del 26 de septiembre de 2014: decenas de estudiantes son atacados por policías y criminales. Sucede entonces una de las masacres más terribles de la historia reciente del país. Los jóvenes son secuestrados y sufren torturas antes de ser asesinados. Los cuerpos al día de hoy siguen sin encontrarse. El Estado atribuye la autoría a “bandas criminales”. Las familias de los 43 estudiantes desaparecidos se niegan a aceptar la versión oficial de los hechos y en todo México se disparan las movilizaciones bajo las consignas de “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!” y “Fue el Estado”.

Unos meses antes, de visita en Ciudad de México, le comenté a una amiga lo perdido que estaba en la desmesurada realidad mexicana, mi incapacidad para entender casi nada de lo que sucedía, sobre todo esa “extraña guerra” en la que se vive allá y que se ha cobrado en torno a 100.000 muertes entre 2007 y 2012: la llamada “guerra contra el narcotráfico”. Mi amiga me dijo: “Tienes que conocer a Sergio para saber dónde estás”. Se refería a Sergio González Rodríguez, periodista y escritor mexicano, uno de los primeros que se acercó e intentó echar algo de luz sobre los feminicidios de Ciudad Juárez. Es célebre su libro Huesos en el desierto, en el que conjuga el reportaje, la crónica y el ensayo para intentar desentrañar la naturaleza de los asesinatos de Juárez. Luego vinieron El hombre sin cabeza y Campo de guerra, ensayos sobre la violencia contemporánea que encuentra en México un laboratorio avanzado y terrible.

En esa comida que compartimos, tuve que ponerme en el lado derecho de Sergio porque no podía oír con el oído izquierdo desde que fue golpeado por unos desconocidos casi hasta la muerte en el barrio chilango de la Condesa. “Pero estoy vivo”, decía. Su capacidad de percepción no ha disminuido en absoluto y así lo prueba Los 43 de Iguala, el libro que acaba de publicar dedicado a analizar el caso de los estudiantes de la aldea de Ayotzinapa desaparecidos.

Hablando de México, del capitalismo salvaje, de la confusión entre el poder político, económico y criminal, del desmantelamiento del concepto de soberanía, de la militarización y paramilitarización del país, de la ilegalidad como negocio, de la sociedad fragmentada y del recurso a la excepción como forma de gobierno, Sergio no se refiere en absoluto a una anomalía o una realidad aparte, sino que nos describe las tendencias mayores que configuran a día de hoy el futuro de todos.

El Estado a-legal

-En Los 43 de Iguala dices: “Debo hablar de lo que nadie quiere hablar”. ¿Por qué el silencio?

-Cada vez más, las sociedades actuales tienden a silenciar los actos de abusos en todo sentido, los estados de excepción, la barbarie, el terror, el riesgo y la vulneración de los derechos, libertades y dignidad de las personas. El silencio al que aludo tiende a establecer nuevas líneas de coexistencia en todas partes donde la polarización y las tensiones sociales establecen una dinámica de adhesión versus rechazo tajante de una u otra causa, y la reflexión racional deja de ser importante para ser reemplazada por la simple emotividad de “buenos contra malos”. Las movilizaciones posteriores a la masacre de Ayotzinapa señalaron “Fue el Estado”. ¿Cuál es tu interpretación del papel del Estado en la masacre? Con la información disponible a la fecha, postulo que el Estado mexicano es presunto responsable de delitos de lesa humanidad por omisión en aquella noche. La participación activa de policías y militares debe ser indagada, desde luego. Tanto el gobierno local, como el estatal y el municipal, tienen responsabilidad al respecto y la investigación debe precisar los detalles de por medio. Asimismo, estoy convencido de que el gobierno de Estados Unidos también es corresponsable, por mantener dos mercados de alto impacto a partir de México y, en especial, en Guerrero: el de las drogas y el de las armas. Rechazo por completo la versión del gobierno acerca de que lo que sucedió en Iguala fue un mero asunto de drogas y criminalidad. En mi libro me permito analizar lo político y lo geopolítico que surge de aquellos hechos.

-La figura de Abarca, el ex-alcalde de Iguala, me parece muy llamativa porque condensa la fusión y confusión de poder político, económico y criminal que a tu juicio está devastando el país. ¿Podrías hablarme de esa figura y de esa conexión y entrelazamiento entre esos distintos poderes en México?

-La figura de tal individuo, su esposa y la trama de corrupción que de él se ostenta, entrega otro episodio más, ya no sólo de la corrupción mexicana, sino de procedimientos perversos de ejercer la política. Por ejemplo, emplear a criminales en tareas policiales, obtener el apoyo de fuerzas políticas, económicas y partidarias a pesar de tener pésimos antecedentes, reemplazar la legalidad a través de componendas de alto nivel, simular un respeto a la ley, funcionar, en suma, por dis-funcionalidades. Es lo que llamo un Estado a-legal. Son procedimientos estructurados que unen lo legal y lo ilegal.

Democracia formal

-En  otro de tus libros utilizas el concepto de An-Estado, ¿de qué se trata? ¿Cómo funciona el An-Estado en México? 

-El An-Estado es un Estado a-legal, como el mexicano, pero esto no es privativo de México. Funciona por sus dis-funcionalidades. Está fuera y contra -eso significa el prefijo “a”- de la legalidad y simula respetar la ley. En otras palabras, no sólo cumple fórmulas de excepción o ruptura de normas, sino que las incluye y las llega a invertir. Por ejemplo, sus nexos con el crimen organizado, que puede ser un instrumento de gobernabilidad o de apoyo, mediante aportaciones financieras, dentro del orden constituido. En este tipo de Estado, el gobierno puede ser reemplazado por prácticas comunicativas de control de daños, propaganda y campañas de contra-información en lugar de atender problemas concretos. En un An-Estado la democracia es formal, no sustancial, y se reproduce a partir de una clase política cada vez más ajena a la sociedad.

-México es un “campo de guerra”, dices, ¿podrías explicarnos este concepto y la realidad que nombra?

-México es un campo de guerra desde que el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa decidió desatar, bajo el patrocinio de Estados Unidos, una guerra contra el narcotráfico (2007-2012) y las fuerzas armadas del país fueron entregadas a tareas de gendarmería. Hay localidades, zonas, trayectos tomados, en forma temporal o continua, por el crimen organizado; el país mantiene un índice de impunidad de todos y cada uno de los delitos que se cometen del 98 al 99 por ciento, por lo que los ciudadanos son víctimas reales o potenciales de los abusos de las fuerzas armadas, las policías, el crimen organizado o el delito común. Estados Unidos es co-responsable de la degradación institucional en México, pues el estado de guerra descrito es producto directo del Acuerdo para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN 2005). La soberanía del país fue entregada a los intereses estadounidenses.

Revolución de las mentes

-¿Dónde colocas tus esperanzas en este momento en México?

-En el conocimiento, la información, la reflexión, la claridad, en una revolución de las mentes que pueda sentar las bases prácticas para dejar atrás las imposiciones del sistema de mundo actual. Hay que re-pensar en forma integral la realidad y proponer nuevos entendimientos al respecto. En cuanto a las dem
andas específicas de las familias de las víctimas, su cumplimiento sería alentador. El petitorio de ocho puntos planteado por las familias al gobierno de Enrique Peña Nieto debe ser aceptado. Y habrá que evitar que el gobierno postergue la investigación judicial debida para favorecer acciones supletorias de tipo burocrático o comunicativo.

Mi impresión leyéndote, Sergio, es que describes un mundo cada vez más fragmentado donde “todo son bandas”, incluido el Estado, incluida la izquierda en muchos casos. Es la caída del Estado de Derecho. Hay opciones políticas, como el EZLN, que parecen olvidarse de esa “misión imposible” y dedican sus esfuerzos a construir espacios de justicia, solidaridad y autonomía. ¿Se trataría entonces, a tu juicio, de restablecer el Estado de Derecho o de constituirse en él como fuerza asimétrica emancipadora?

-La fragmentación señalada atañe a ciertas partes del país; en otras se mantiene cierta inercia de unidad a través del clientelismo partidario-electoral, a través de sindicatos como el de los maestros (que incluye grandes porciones disidentes), a través del impacto colectivo de los medios masivos de comunicación, a través de buena parte de la población que trabaja y mantiene un respeto parcial, pero concreto a la ley y a la convivencia. El Estado de derecho debe restablecerse porque, de otro modo, las instituciones se degradarán más cada día. La aceleración de la decadencia actual sólo reafirmará al poder constituido. El surgimiento de un contra-poder asimétrico que defienda de verdad valores de igualdad, justicia y solidaridad resulta deseable, pero en el entendimiento actual de las cosas políticas en México es una posibilidad difícil de ser realizada en el corto plazo: la izquierda ofrece más dichos que hechos en tal sentido.

-¿Qué propones en concreto para ese restablecimiento del Estado de Derecho?

-Desde tiempo atrás he sugerido:

  1. Retirar al ejército y a la marina de su función de gendarmería de la seguridad pública, al mismo tiempo que se fortalezcan y renueven los cuerpos policiales;
  2. Controlar el flujo y la posesión de armas ilícitas en el país, y desarmar a los grupos criminales;
  3. Establecer un plan de desarrollo para las localidades con los mayores índices de violencia con el fin de reducir la pobreza, la desigualdad, la violencia y los delitos, y regularizar servicios eficaces de salud, empleo, vivienda, transporte, educación, cultura, etcétera.
  4. Se requiere más inversión productiva, y menos gasto en armas. Por desgracia, el gobierno actual ha gastado en tres años 3.500 millones de dólares en armamento, todo para satisfacer los protocolos del ASPAN y la “seguridad nacional” de Estados Unidos.

Como muestro en mis libros, basta ahondar en el examen de los hechos para descubrir su evidencia ofensiva, su claridad perversa. Y si bien en un primer momento podemos confundirnos sobre el verdadero estatuto del policía que es un criminal, o viceversa, el mecanismo que lo posibilita puede ser desarmado por la observación, la denuncia, la insistencia política, la crítica.

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