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Mar del Plata, una película de terror

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El periodista de lavaca, Bruno Ciancaglini, viajó a Mar del Plata para cubrir el Festival Internacional de Cine. En la madrugada del sábado fue esposado y retenido durante 4 horas en un patrullero. Un testimonio en primera persona de la pesadilla que representa estar en manos de la Bonaerense.

(por Bruno Ciancaglini, integrante de lavaca)
Tecleo y me duelen las muñecas. Parece que pasaron semanas, pero no. Fueron tres días nada más. Y dos noches. Dos noches en las que me dormía  con  las  manos  debajo de la almohada y de repente las sacaba para ver si las esposas todavía seguían ahí.
Sábado 26 de noviembre.
Desde el martes estaba cubriendo por tercera vez consecutiva el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Ese  día  había entrevistado al crítico y programador peruano John Campos  Gómez en su habitación del hotel  Hermitage, con vista al mar, y había visto lo que para mí fueron las dos mejores películas argentinas del festival: Hermia  & Helena, último largo de Matías  Piñeyro, y Monger, un documental sobre el submundo del »turismo sexual» en Buenos Aires. Una película es el reverso de la otra:  Piñeyro  es argentino y vive en Estados Unidos. Filma, con elegancia y precisión, a una mujer argentina que viaja a Estados Unidos por una beca, sus encuentros amorosos y pormenores en una Nueva York diurna y nevada.  Jeff Zorrilla es norteamericano y vive en Argentina. Su película es un documental oscuro y provocador sobre un estadounidense que vive en Buenos Aires y oficia como nexo entre turistas que viajan exclusivamente para tener sexo con prostitutas locales. Dos miradas sobre la soledad y el desarraigo.
Esa noche estábamos en una fiesta organizada por DAC (Directores Argentinos Cinematográficos) en un gran boliche sobre la playa. Un conocido, de casualidad, me presentó a Zorrilla. Lo felicité por la película y cuando me dispuse a bombardearlo con preguntas sobre el rodaje y sobre cómo se había acercado a los personajes, se encendieron las luces: la fiesta había terminado. Alguien propuso ir a la plaza Cristobal Colón a tomar una cerveza; ahí  había un  kiosko que vende alcohol toda la noche. Luego supe que en Mar del Plata hay ley seca, que después de las 22 solo bares y  restaurantes pueden vender alcohol, pero ahí estaba, a la vista de todos, lo que por eso mismo no advertí que era la excepción a esa regla.
Accedí a ir a la plaza, entre otras cosas, porque quería hablar con Jeff sobre Monger. Llegamos y alguien compró la cerveza, pero  antes de destaparla Zorrilla decidió irse: al otro día tenía varias cosas que hacer antes de la entrega de premios y ya eran las cuatro de la mañana. Quedó un grupo conformado por una guionista argentina, dos directores colombianos, uno brasilero y yo, que con la partida de Jeff ya no tenía mucho incentivo para estar ahí. Se acercó un marplatense solitario que necesitaba hablar con alguien sobre sus problemas  familiares. Yo me sacrifiqué por el resto del grupo, mientras ellos  tomaban la cerveza y hablaban de cine, de sus estudios en la universidad, del informe de Lanata  sobre los extranjeros que vienen a estudiar y otras cosas que escuché solo lateralmente.
En ese momento se bajaron cuatro  policías de un patrullero. Se acercaron de manera intimidatoria y a los gritos. Cuando me di vuelta el marplatense ya se había ido, casi como un acto reflejo. Una oficial bastante alterada  pateó la botella de cerveza al piso. Los otros nos ordenaron que les mostráramos los documentos. Como no lo tenía, les mostré  la credencial de prensa que  llevaba  colgada en el pecho.
-Tranquilos, somos invitados del festival de cine- le dije.
-A mí qué carajo me importa- respondió.
Le digo que no puede tratarnos así, que no conocemos la ciudad y que no estamos molestando a nadie. Me dice que somos infractores por estar tomando  alcohol en la vía pública. Le digo que yo no estoy tomando. Me dice que estamos cometiendo una contravención. Los cuatro oficiales se van turnando para discutir con cada uno de nosotros. Todos ellos están tensos, duros.
El oficial me  hace saber que tiene autoridad como para llevarme detenido. Le digo que tengo derechos. Se  ríe y da media vuelta. En ese momento, tomo la decisión que marcaría el destino irreversible de una noche que ya estaba clareando. Me alejo unos metros, apunto a los oficiales con el celular y saco dos fotos.
Click, click.
Mar del Plata, una película de terror
Flashback.
Son las cuatro de la tarde de ese mismo sábado. Camino por la avenida Peralta Ramos desde el Hotel Provincial  hacia el hotel  donde me hospedo. Cuatro policías van a paso acelerado detrás de un muchacho de gorra y camiseta de fútbol. En un momento, el muchacho  detiene la marcha y, en tono conciliatorio, les dice: «Dale, loco, no me peguen». La respuesta no tarda en llegar: uno de los policías saca un tubo de gas pimienta y se lo tira en la cara. El viento trae la sustancia hasta mis ojos. El muchacho se aleja caminando. Los policías, satisfechos, lo dejan ir. Me acerco al que tiró el gas y lo increpo. Con desprecio, me  pide que me retire. Pregunto a unos comerciantes y transeúntes por qué hicieron eso, pero nadie sabe: nadie vio un robo, nadie vio un altercado o algo parecido.
Volvemos a la madrugada del sábado. Ya es prácticamente de día. Los oficiales  se abalanzan sobre mí. Me agarran de los brazos y me llevan hasta el patrullero. Me empujan contra el capó, me ordenan que abra las piernas y que me calle la boca. Uno pone su mano sobre mi nuca, y quedo  acostado sobre el calor del motor, mirando e  horizonte vertical. A los demás los obligan a alejarse y les dicen que no me va a pasar nada. Le doy la billetera a mi amigo colombiano. Me sacan las demás cosas que tenía encima: el celular y la credencial de prensa.
Cada vez que pregunto por qué me detienen, me responden «callate la boca».
Pasa media hora.
Ya es completamente de día.
Me dicen que  están esperando al «superior» para que él decida mi situación. Mientras tanto, hablan entre ellos en voz alta para que los escuche:
-¿Viste qué giles que son estos? Se piensan que porque son periodistas pueden hacer lo que quieran.
-Y mirá cómo terminan… ¿Este va derecho al penal, no?
-Sí, porque lo que hizo es coacción agravada, así que se come 12 horas allá, aunque para mí no dura ni dos (risas).
Llega el «superior». Conversa a lo lejos con algunos de ellos. Se acerca. Con tono intimidante, me dice que estoy en falta, cometiendo una contravención y que además puedo ir preso por coacción agravada, porque sacar fotos es una forma de amenazar a un funcionario público. Le digo que está equivocado. Me dice que me calle la boca. Habla un rato más en secreto con otro de los oficiales. Los demás me miran y se  ríen. Vuelve y, con la convicción de quien sabe que ha ganado la partida, me dice:
-Claro, vos no vas a publicar nada de esto, porque te tiene que dar vergüenza ¿Qué le vas a decir a tu jefe? ¿Qué van a pensar de vos en el festival? Estás tomando alcohol a cualquier hora, no  tenés  excusas, te pueden echar.
A esa altura ya no tenía ni fuerza ni ganas para explicarle que:

  1. No estaba tomando alcohol.
  2.  No tengo jefe.
  3.  No tengo nada que ocultar ante el festival ni ante nadie.

Así y todo se lo dije, pero no le importó. Me di cuenta de que estaba en serios problemas. El «superior» estaba convencido -en su concepción del  trabajo como un sistema  de  jerarquías, con premios y castigos y quizás consciente  de la precarización que sufre la profesión-, de que un redactor joven  detenido a altas horas de la madrugada por «tomar alcohol en la vía pública»  jamás se animaría a poner en riesgo su trabajo o su prestigio y preferiría que nadie se entere de lo que pasó.
Ordenó que me esposaran y se retiró. «Ponele los ganchos duros, para que aprenda», sugirió antes de irse. Así fue que uno de los oficiales me calzó las esposas- las clásicas, las «duras», las de metal- y casi sin despegar los dientes  recitó mis derechos. Pedí  acceder a uno solo de ellos: llamar a mi abogada. Respondieron que  podía hacerlo en la comisaría, a una cuadra de donde estaba esposado, muy cerca del kiosco que transgredía la ley seca, justo al lado del Hotel Provincial y en la entrada del Auditorio Astor Piazzolla, en el mismo edificio donde unas horas después sería la entrega de premios del festival. Para ese momento solo quedaban la guionista y mi amigo colombiano. Me dijeron que me esperarían en la puerta de la comisaría.
Me suben al patrullero. Voy con  dos oficiales: la mujer y el hombre  que se dio el gusto de esposarme. Ponen el auto en marcha. En vez de dar la vuelta para ir a la comisaría, toman dirección en el sentido opuesto. Pienso que en algún momento van a girar, pero siguen varias cuadras.
-La comisaría es para el otro lado- digo.
-Callate la boca- responde el oficial.
Siguen varias cuadras más en el sentido contrario a la comisaría. Por primera vez siento miedo. El oficial me dice que la podría haber terminado antes, que por  hablar de más ahora estoy acá, que no sé lo que me espera. Continúan dando vueltas  por calles de Mar del Plata que no conozco, lejos del Hotel Provincial, lejos de la comisaría a la que tenía que ir.
Por fin, estacionan el auto frente a un edificio. Es el complejo Vucetich, escuela y centro de operaciones de la bonaerense en Mar del Plata, aunque yo aprenderé unos minutos más tarde que es otra cosa.
Siempre esposado, me llevan hasta un pasillo en el fondo del salón central. Me hacen esperar mirando la pared. El oficial me dice que me va a ver un médico para verificar que no tengo heridas. Me repite que me esperan 12 horas de detención. Pienso que no podré ir a la entrega de premios ni a las funciones para las que ya tenía entrada. Llega otro oficial  con dos detenidos más. Uno de ellos está  sin remera y tiene  todo el cuerpo ensangrentado (incluso los tobillos), con  cortes y moretones. En fila, los tres miramos una pared descascarada  con inscripciones en lapicera. Leo «yuta puta», «ratis de mierda».
El  que está sin remera  le pide al policía que le afloje las esposas. El policía deniega  la petición. El hombre, evidentemente dolorido, insiste. El oficial niega de nuevo  (no hace falta aclarar el grado de cordialidad de sus respuestas). El muchacho ensangrentado se  da vuelta y, mirándolo a los ojos, repite: «Dale,  aflojame las esposas». Antes de que pudiera pestañear, el policía lo da vuelta, lo agarra de  la nuca y le estrella la cara contra la pared. Le da una patada  en los pies y le golpea la cabeza contra el piso. «Mi» oficial me  arrastra hacia  un pasillo perpendicular. Me  apreta  contra la pared, carga el puño como si en cualquier momento  me fuera a soltar una trompada y  me  grita  que en la calle mandan ellos, que no me vuelva a hacer el piola nunca más, que iba a terminar mal, que ellos hacen lo que quieren y que no les importa si soy periodista o lo que mierda sea. El puño de su mano apunta a mi cara y tiembla como si estuviera haciendo  un gran esfuerzo para no soltarlo. Afloja. Me desplaza de nuevo hacia el primer pasillo, donde el muchacho en  cuero, ahora con nuevas heridas camufladas entre las otras, ya está reincorporado. Se acerca la oficial y me grita al oído: «Mirá  cómo terminaste, gil. Esposado. Y yo acá diciéndote lo que  tenés  que hacer. Que te quede claro que acá mandamos nosotros, ¿Eh?». El oficial vuelve a cargar el puño y ella insiste, esperando una respuesta: «¿Eh?». El muchacho de cuero me advierte: «No digas nada porque te van a pegar». Confío en su criterio. Miro al piso y no respondo. La oficial insiste dos o tres veces más  esperando una respuesta, pero  me quedo  callado. El  oficial baja la mano. Se ríen.
Me hacen pasar a la sala del «médico».
Ahora me  doy cuenta  de  que esa espera en ese pasillo no es casual. Todo lo contrario: es  el momento clave,  el punto ciego. Durante  esa espera y  en ese pasillo  está  el limbo.
El médico es una señora que está sentada en un escritorio  frente a una computadora. Es amable, tranquila, respetuosa; casi en sintonía con lo que pasa del otro lado de la puerta de su despacho. Sin levantar la vista de la pantalla, me pregunta si tengo heridas, si tengo tatuajes, si tengo alguna enfermedad, cuánto mido, cuánto peso, dónde vivo.
Me llevan nuevamente hacia el patrullero. Me dicen que mi situación depende del fiscal. Que lo que hice es un delito penal, por lo tanto puedo ir derecho a la cárcel o pasar, repiten, doce horas en la comisaría. El auto está estacionado y el policía empieza a limpiar la puerta con un cepillo. Me doy cuenta de que las manos me laten, la circulación no fluye bien, me duelen las muñecas y siento, por primera vez, desesperación por sacarme las esposas. Una de las peores cosas de estar esposado, además de sentir literalmente  el control arbitrario que ejerce el Estado sobre el cuerpo a través de ese artefacto que reduce la  motricidad y la integridad psicológica de una persona, es no poder rascarse.
Terminan la limpieza del auto y arrancamos de nuevo. Ahora sí vamos hacia la comisaría del Hotel Provincial.
Los oficiales me dejan hacer preguntas, están más tranquilos. Ya me dieron la lección que querían. En la puerta está mi amigo colombiano tratando de no dormirse de pie. Son las 8:30 de la mañana. Los oficiales bajan y me quedo solo en el patrullero media hora más, con las manos que me laten cada vez más. Se acerca el que tuvo el gusto de esposarme y me dice: «Ya  quedás en libertad. Esto fue para que aprendas nada más».
Me baja del auto. Camino esposado por la alfombra roja, la misma que unas horas después, entre flashes y cámaras, será transitada por celebridades del festival.
Entro a la comisaría. Me sacan las esposas. Me miro las manos y están deformadas.
Mar del Plata, una película de terror
La oficial y el que tuvo el gusto de esposarme me devuelven mis únicas pertenencias, que para ellos eran armas: el celular y la acreditación de prensa. Me dicen que firme el acta. La leo.
Dice que soy infractor de los artículos 72 y 74, inciso A del régimen contravencional. Más tarde buscaré qué significa esto:
Artículo 72.- (Dec-Ley 9163/78 y Dec-Ley 9399/79) Será sancionado con pena de multa del quince (15) al cuarenta (40) por ciento del haber mensual del Agente de Seguridad (Agrupamiento Comando) de la Policía de la Provincia de Buenos Aires y arresto de hasta cuarenta (40) días, el que transite o se presente en lugares accesibles al público en estado de ebriedad o se embriague en lugar público o abierto al público. La pena se duplicará si se ocasionare molestias a los demás (*). 
Artículo 74.- (Dec-Ley 9164/78, Dec-Ley 9321/79, Dec-Ley 9399/79) Serán reprimidos con multa entre el quince (15) y el cuarenta (40) por ciento del haber mensual del Agente de Seguridad (Agrupamiento Comando) de la Policía de la Provincia de Buenos Aires y/o arresto de dos (2) a treinta (30) días: 
a.- Los que individualmente o en grupo, en lugar público o abierto al público, profieran gritos, se reúnan tumultuosamente, insulten, amenacen o provoquen de cualquier manera. 
Nunca me hicieron un control de alcoholemia ni me vieron con una botella en la mano, por lo tanto la primera infracción no tiene sustento.
Respecto a la segunda, tendremos que discutir qué entiende la Bonaerense por amenaza, insulto o provocación. Pero eso lo hablaré con mi abogada.
Agarré mi celular y me colgué la credencial de prensa en el pecho. Lo último que hice fue sacarle una foto a la patente del patrullero en el que me pasearon durante  esa madrugada. Los dos policías, la mujer y el que tuvo gusto de esposarme, me gritaron algo que no entendí.

Mar del Plata, una película de terror

El patrullero en el que fue retenido, esposado.


Volví  inmediatamente a Buenos Aires. Me perdí la entrega de premios y algunas funciones que quería ver.
Me queda un sabor amargo de una experiencia que venía siendo perfecta. Pasé grandes momentos con amigos y vi buenas películas. Como La flor (primera parte), de Mariano Llinás- película que esperaba poder ver desde hace años-, que luego de tres horas y media de historias delirantes y tenebrosas termina con un cartel y una palabra que entendemos como una promesa.
Yo, después de más de cuatro horas estar esposado, me alejo caminando por la avenida Peralta Ramos y pienso en esa misma palabra, pero con signos de pregunta:
¿Continuará?

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Entrevista al hermano de Luciano Arruga, a 17 años de su desaparición: “Los pibes no son lo que nos dicen”

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Sebastián Alegre es uno de los hermanos del joven desaparecido el 31 de enero de 2009 y finalmente encontrado enterrado como NN en el cementerio de Chacarita en 2014. Una parábola que solo deja en evidencia el encubrimiento por parte del Estado y que tiene a la Policía Bonaerense en el centro de las denuncias sobre el asesinato de este joven de 16 años, crimen que jamás se investigó a fondo. El pedido de memoria, verdad y justicia sigue intacto, y también la asociación de amigos y familiares empujando desde hace años un centro de memoria y arte, todo en un destacamento donde Luciano fue torturado, hecho por el que un policía fue condenado a 10 años de prisión. Este sábado recordarán a Luciano con una radio abierta, a las 16.30 horas, en Indart 106, Lomas del Mirador.

En esta nota -que recuerda a Luciano a 17 años de su desaparición y asesinato- repasamos el derrotero del caso que se convirtió en bandera de lucha contra la desapariciones en democracia en el país de los 30 mil, pero cuya impunidad persiste cada día. Sebastián, que tenía 13 años cuando Luciano, de 16 años, desapareció, recuerda a su hermano, cuenta quién verdaderamente era y lo conecta con los discursos actuales de la baja de imputabilidad.

Lo que cambió, y empeoró, en el barrio de 12 de octubre de Lomas del Mirador, con el avance del narco y la facilidad para conseguir armas. Lo que nunca llega: oportunidades y asistencia estatal para salir de la pobreza. Lo que ellos mismos encaran: organización y cultura “para darle otro camino a las juventudes”.

Por Lucas Pedulla

Su primera interacción con la policía fue a los 13 años. 

Estaba con su hermano Luciano y un amigo de él caminando hacia la Plaza del Cañón, en Lomas del Mirador. No hacía mucho que se habían mudado a esa localidad de La Matanza tras haber vivido en una pensión porteña de Flores y, luego, en la bonaerense Ciudadela. Sebastián sabía de la hostilidad de esos oficiales porque más de una vez lo habían amenazado sólo por estar jugando al rinraje en el barrio: “Pendejo, tomatelá, porque te voy a llevar”. 

Pero esa tardenoche fue distinta. Caminaban por avenida Mosconi cuando un patrullero los abordó a la altura de la Clínica del Buen Pastor, a tres cuadras de la plaza. “Me acuerdo que se bajó un oficial con la escopeta en la mano y se la pone en el pecho al amigo de Luciano. Le dice: Ponete ahí contra la pared. A Luciano le hace lo mismo. Vos también, me dice. Luciano se da vuelta y le dice: Él es menor. ¿Entendés? Él también era menor, nos llevábamos tres años de diferencia, según la época del año cuatro. Qué me importa, dice el policía y me pegó una patada que me hizo abrir las piernas y apoyarme contra la pared. Uno me palpaba, el otro seguía con la escopeta en la mano”.

Por esos años Sebastián (13) y Luciano (16) trabajaban juntos en una fábrica a pocas cuadras de su casa, en el barrio 12 de Octubre, un asentamiento de casas humildes que abarca una manzana. Uno de los límites del barrio da a una plaza que hoy lleva el nombre de su hermano. El otro límite, justo en diagonal a la casa en la que vivían, da a una zona residencial de clase media, vecinos que pidieron la creación de un destacamento policial ante la llamada “inseguridad” en la zona. 

Por esas calles caminaban Sebastián y Luciano para ir a la fábrica de hebillas para zapatos y cinturones, en la que trabajaban de ocho a diez horas al día. Hacían todo el proceso –tirar los moldes, lijar, pulir– menos la fundición, ya que era una máquina gigante que veían con mucho respeto. A los mediodías se iban a almorzar bajo algún árbol con sombra de la General Paz, la enorme avenida que divide a estos conurbanos de la Ciudad de Buenos Aires. Cuando llegaban los fines de semana, con sus salarios se iban a Liniers –frontera entre ambos mundos– a comprar ropa. Sebastián recuerda los consejos administrativos de su hermano: “Lu me decía: Comprate esto, comprate aquello y esto dámelo que lo guardo para casa. Todo pasaba así, hasta que hubo un momento en el que Luciano ya no estaba más…”. 

El 31 de enero de 2009, hace 17 años, Sebastián cruzó a su hermano mayor caminando por la calle Perú, la de su hogar. “Andá para casa, me dijo. Tengo el recuerdo que era de tarde, porque el sol le pegaba de frente. Fue la última vez que lo vi”.

Desde entonces comenzó un recorrido que tuvo a su mamá, Mónica Alegre, y a su hermana, Vanesa Orieta, haciendo lo impensado para saber dónde estaba y qué le había pasado. Sebastián empezó a ver cómo el nombre y el rostro de su hermano, Luciano Arruga, comenzó a imprimirse en carteles, pintarse en banderas, escribirse en paredes y gritarse en marchas. El pedido era “aparición con vida”, una consigna que se gritaba para los desaparecidos de la última dictadura militar, y congregó multitudes para saber qué había pasado con un chico pobre de 16 años. Su hermano, Luciano.

“Soy la mamá de un negro villero que se negó a robar para la policía”, escuchó Sebastián, de boca de Mónica, ese enero y cada enero en adelante, cuando se cumplían años de su desaparición. Y así, fue viviendo este doloroso camino a partir de los 13 años, la misma edad desde la que hoy quieren meter presos a los chicos con el nuevo proyecto de baja de imputabilidad, defendido por el Gobierno nacional y sus aliados. Su recuerdo de esa tardenoche camino a la Plaza del Cañón cobra entonces una triste actualidad, como las realidades que Luciano nos sigue revelando, a 17 eneros de su desaparición.

Entrevista al hermano de Luciano Arruga, a 17 años de su desaparición: “Los pibes no son lo que nos dicen”
Sebastián sostiene un dibujo con la cara de Luciano. «Aprendimos a luchar a través de Lu, gracias a él. Y también con su humanidad».

Racconto de un encubrimiento

Sebastián recibe a lavaca en el Espacio para la Memoria Luciano Arruga. El lugar está en Indart 106, en Lomas del Mirador, y es el mismo chalet donde funcionó el Destacamento Policial N°8, dependiente de la Comisaría 8°, un ex centro clandestino de detención en dictadura conocido como “El Sheraton”, una turbia ironía de los represores. El destacamento fue creado a instancias de un grupo de vecinos nucleados en la asociación Vecinos en Alerta de Lomas del Mirador (VALoMi). Su fundador, Gabriel Lombardo, sigue al día de hoy apareciendo en televisión reclamando “más seguridad” ante cada hecho del barrio. Sin embargo, esa dependencia, en verdad, sólo debía cumplir tareas administrativas porque no tenía las condiciones para llevar a personas detenidas, mucho menos un adolescente menor de edad. Pero allí detuvieron y llevaron a Luciano el 22 de septiembre de 2008, cuatro meses antes de su desaparición. “Vane, sacame de acá porque me están cagando a palos”, escuchó su hermana, Vanesa, que gritaba Luciano cuando lo fue a buscar a ese destacamento. Por ese hecho, en un fallo unánime, el Tribunal Oral en lo Criminal N°3 de La Matanza condenó al policía Julio Diego Torales a diez años de prisión por torturas físicas y psicológicas.

Familiares y Amigos de Luciano, la organización que encabezó la lucha todos estos años, logró también que ese destacamento se cerrara, aunque la Municipalidad de La Matanza, entonces encabezada -al igual hoy- por el intendente Fernando Espinoza, lo trasladó al predio Monte Dorrego, a tan sólo unas pocas cuadras. Para la familia, Espinoza y Daniel Scioli, el entonces gobernador bonaerense –antes peronista, hoy reconvertido libertario–, son los principales responsables políticos de la desaparición del joven. 

La expropiación del destacamento la consiguieron con acampes, radios abiertas y festivales multitudinarios. Allí abrieron un espacio para la “memoria social y cultural” de Luciano, que está pronto a comenzar sus jornadas de apoyo escolar para el barrio. “Queremos llenar de vida este lugar”, cuenta Sebastián, entusiasmado. 

Tras la detención de Luciano en septiembre del 2008, el hostigamiento y el verdugueo policial se acentuaron al punto de que el joven ya tenía miedo de salir de su casa. El 31 de enero de 2009, Luciano no volvió más. Según testigos, lo subieron a un patrullero y lo llevaron a la comisaría. La familia inició una denuncia en el fuero provincial que luego pasó al federal como “desaparición forzada de persona”. 

Cinco años y ocho meses después, el 17 de octubre de 2014, y tras presentar un nuevo hábeas corpus, la familia encontró el cuerpo de Luciano enterrado como NN en el Cementerio de la Chacarita. 

Según la reconstrucción, había sido atropellado en la madrugada de ese mismo 31 de enero luego de intentar cruzar –con ropa que no era de él– la General Paz por el medio, un lugar imposible siendo que la avenida tiene sus cruces peatonales. Herido por el atropello, Luciano fue trasladado en ambulancia al Hospital Santojanni, donde murió. Fue inhumado como NN, pese a que la familia de Luciano salió desde el inicio a denunciar su desaparición. La lupa de la familia se posaba sobre la Bonaerense, y luego la investigación les dio la razón: la persona que lo atropelló declaró que esa noche había visto una camioneta doble cabina sobre la colectora de la avenida. El conductor también dijo que Luciano “corría desesperado, como si estuviera escapando de algo”. Nunca se profundizaron estas líneas de investigación.

La autopsia de Luciano estuvo en el expediente desde 2010 pero ningún juez ni fiscal a cargo de la causa la vio. En cambio, pusieron la lupa en el entorno familiar. La fiscal Roxana Castelli derivó la investigación en la propia Bonaerense denunciada, incumpliendo el reglamento de la Procuración provincial, y el juez Gustavo Banco y la fiscal Celia Cejas pincharon los teléfonos familiares 15 veces, durante 1 año y 6 meses. Por ello, hace 12 años que Mónica y Vanesa iniciaron un pedido de destitución de estos tres funcionarios. Ni el jury ni la causa por la desaparición tuvieron avances ni detenidos. 

Palabras como negligencia, desorden burocrático, desidia o complicidad estatal son pocas para describir la impunidad que se construyó en torno a la causa de Luciano Arruga, en un país que evidenció, aún con 30.000 desaparecidos, la inexistencia de herramientas estatales para la búsqueda de personas desaparecidas.

Por eso, la familia afirma: “Lo mató la policía, lo desapareció el Estado”. 

Entrevista al hermano de Luciano Arruga, a 17 años de su desaparición: “Los pibes no son lo que nos dicen”
El Espacio para la memoria social y cultural «Luciano Arruga» funciona en un ex destacamento donde el joven fue torturado.

A través de Luciano

Sebastián, aquel niño de 13, hoy tiene 30 años. Trabaja en un vivero en Ramos Mejía y está por anotarse en las últimas materias para terminar el secundario. Hace pocos años que su voz se sumó a las de su mamá y su hermana para mantener viva la memoria de Luciano. Por eso accede a hablar con lavaca, y dice: “Hay algo muy tremendo que pasa cuando empezás a entender lo que es un desaparecido. Hace poco la pandemia se llevó a un montón de personas, pero a un amigo le podés decir: Che, tu abuelo está ahí, descansando. Lo viste, estuviste con él. Para nosotros, todos esos años fueron de un proceso de no poder darle nunca ese descanso, porque no lo tuvimos y hubo que aprender a lidiar con eso. 

Se te viene la frase nefasta de Videla: No está ni muerto ni vivo, está desaparecido. Es una mierda, porque es verdad. No teníamos forma de cerrar un ciclo. 

Por eso conseguir este espacio fue un hito, tenerlo para la lucha, darse cuenta que esto no era una problemática social, sino que abarcaba una problemática política más grande. Particularmente, con 13, 14, 15, 16, 17, 18 años, empecé a darme cuenta de que todo era parte de un problema sistemático: Luciano no era el único, no sería el último, y tampoco había sido el primero. Fue un camino de militancia entender eso. Y atravesar la adolescencia así. Fue muy groso ver a mi mamá y a Vane que supieron entender qué había detrás. No somos una familia que haya venido de la militancia. Mi abuela vino de Corrientes, del campo, con una mano atrás y otra adelante. Aprendimos a luchar a través de Lu, gracias a él. Y también con su humanidad, porque le gustaba la música, era hincha de River, estudiaba, alguna vez se enamoró. La lucha fue un simple acto de humanidad. Creo que por eso también se acercó tanta gente. Incluso hoy. A 17 años no tenemos una verdad concreta, una justicia absoluta de lo que pasó con Luciano. Seguimos reclamando el derecho a la verdad y a saber. Seguimos preguntándonos qué pasó. Es un hecho que sigue siendo doloroso, pero lo interpelamos desde otro lugar, proyectando cosas buenas, ideas para el espacio, para brindar oportunidades a los chicos del barrio”. 

Sebastián dice eso y mira las calles del barrio con preocupación: “Veo con urgencia que están queriendo aprobar la baja de imputabilidad. Llegué a escuchar gente que pedía la baja hasta los 12 años. Podemos, si querés, meterlos desde que tengan chupete, pero sacame una ley para que eso se revierta porque en diez años, si no, vamos a tener a todos los pibes presos. No estás ofreciendo otro camino para que los jóvenes no delincan, para que no se metan en el narcotráfico. Los 13 es una edad donde el pibe está forjando su vida, pero hoy está atravesado por toda una falta de instituciones hasta llegar, finalmente, al penal”. 

¿Qué ves que cambió de hace 17 años a hoy?

Lo narco avanzó mucho, y conseguir un arma es súper accesible. Pareciera que estamos en Estados Unidos, como si la compraran en WalMart. Hay muchos pibes con problemas de adicción, falta de contención, una población hecha mierda, otra pidiendo justicia, alguna gente que hace la diferencia y otra en situaciones cada vez más marginales. 

Sebastián trae el caso de Uriel Giménez, el chico de 12 años asesinado por la policía en medio de una persecución en Tres de Febrero. Por las redes se viralizaron fotos de Uriel con un arma, lo que trajo una cloaca de comentarios estigmatizantes: “Siento que el eje de la lucha se perdió. No pasa por si somos más de izquierda o de derecha, sino entender que un chico de 12 años no tendría que estar en esa situación. Hoy llega más rápido el narcotráfico y la delincuencia a la puerta de tu casa que el asistente social. No es azar, estamos en una sociedad muy individualista, carente de valores y necesidades. Antes la maestra podía hacer un acompañamiento, pero hoy tiene que agarrar tres turnos para cubrir un alquiler que le vale el doble que cuando empezó a alquilar. A la abuela de ese chico, posiblemente, ni siquiera le alcanza lo que tiene para ir al súper. Vivimos en el medio de un montón de violencias institucionales que terminan encadenando hechos represivos”. 

Lo que decís de Uriel me hace acordar a Santiago Beltrán, un chico de 15 años asesinado por una Policía de la Ciudad en Moreno. Las coberturas mediáticas y sus comentarios festejaban la muerte de un delincuente. ¿Cómo damos vuelta esa crueldad?

Hay que conectar con el de al lado, pensar qué pasó con este vecino, en vez de mirarlo por las redes, que te queman las neuronas. Hay que recuperar el contacto físico de acercarse al vecino. ¿Qué hubiese pasado acá si los vecinos decían lo que pasaba en este destacamento? Tendríamos que volver a las raíces, como comunidad, juntarnos para denunciar hechos violentos e institucionales. Que sean los vecinos los que se pregunten por qué en la escuela del barrio dejaron de ir 10 pibes. Uno, porque nos vuelve más empáticos. Dos, porque nos conecta con el otro. Y tres: porque es entender el barrio en el que vivimos. 

Familiares y amigos recordarán a Luciano este 31 en el espacio con una radio abierta, a partir de las 16.30. Piden a quienes se acerquen que traigan como donación alimentos para la merienda y útiles para las jornadas de apoyo escolar que están por comenzar. 

“No sé si encontrar a Luciano me dio justicia o paz, a mí lo que me da paz es esto”, dice Sebastián, señalando el espacio, y completa: “Saber que hay un lugar para la contención de los pibes, para que puedan venir a hacer una huertita, hacer una murga, hacer música. Que sepan que hay un lugar en el barrio donde se puede pensar la vida. Queremos enfocarnos a que haya infancias y juventudes. A transformar el dolor en más risas. A salir del negacionismo y del individualismo que plantea día a día esta sociedad. Los pibes no son lo que nos dicen, no nacieron así. Queremos otro camino para las juventudes. Y, acá, tienen ese espacio”. 

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Mariano Magnifico: Actor, bailarín y examinador del lenguaje

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Utiliza las redes para difundir ideas sobre cómo hablamos para hacer pensar y reír, pero también para «tejer comunidad» a través de discursos. ¿Educador o performer? Las malas palabras, el shock, la literatura y su marca «Hablen bien, forros»: vida y obra de este joven multidiplomado que estudió Letras y hace temporada en Mar del Plata.

Por Carlos Ulanovsky

Actor, músico (completó la tecnicatura en canto en el conservatorio Manuel de Falla), figura del teatro musical, Mariano Magnifico (sin tilde) es licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires, tiene una maestría en Sociología de la cultura por la Universidad de San Martín y está a una materia de recibirse de filósofo.

Nunca se rindió porque, una vez, medio en broma, bastante en serio -y también siguiendo una inequívoca tradición familiar: padres y hermanos docentes – el bailarín (discípulo de Elizabeth de Chapeaurouge) sacó a bailar a la forma de hablar de los argentinos.

El performer se convirtió en comunicador, el dramaturgo y productor devino en un original examinador (algunos ya le endilgaron el hoy inevitable título de influencer) de la lengua”.

En Instagram y TikTok más de 700 mil seguidores consultan sus instrucciones. Pero, avisa, también está identificable en todas las redes con su nombre y apellido: Mariano Magnifico, sin tilde.

Mariano Magnifico: Actor, bailarín y examinador del lenguaje

Foto: @brunogreppi

Mal hablados

Una vez, explicando las diferencias entre sino y si no, se desayunó con la sorpresa de que su explicación se había vuelto masiva, o como ahora debe decirse, se viralizó. A salvo del virus, la fuerte repercusión lo enfocó en la nueva tarea.

No solo lo ponían de la nuca el uso inadecuado de ciertos términos (“Si tendría” o “Si podría”, ilustra) sino que, en alguna ocasión, explicando con glamour y documentación que “había un hacia con h y con c y un Asia que es escribe con mayúsculas, que lleva s y es el nombre de un continente”, cayó en la cuenta que entre el lenguaje cotidiano y él había algo personalísimo.

La coloquial frase de presentación – “Hablen bien, forros”- se convirtió en el 2022, post pandemia, en el libro La divina lengua (editado por Galerna); luego en un unipersonal que sigue representando; y más adelante en un canal de YouTube por suscripción, por el momento gratuito.

No admite que esta nueva actividad que desarrolla con esmero y conocimiento sea su lado B. “Soy todo Lado A e intento compartir con el público lo que tengo”, dice quién sigue en plena actividad artística. En años recientes integró los elencos de La selección musical y Benito de la Boca; de Teresita, una vida de mierda y de Kinky Boots; de Al bárbaro le doy paz, tributo a canciones de María Elena Walsh y de Pretty Woman en donde personifica a un celebrado recepcionista de hotel.

Es posible imaginar que todo pudo haberse iniciado por ser el portador de ese pedazo de apellido, original de la región de Molise, en el centro sur de Italia. Con seguridad apellidarse de ese modo no le ahorró explicaciones, o la necesidad ajena de acercarse con chistes como ‘¿Cuándo vas a Mc Donald’s comés la Mcnífica?’.

Lo magnífico de su Magnifico es que no lleva acento y proviene del verbo magnificar que, de acuerdo a un diccionario confiable, significa “engrandecer, alabar, ensalzar”. Una vez más aclara: “Mi apellido no lleva tilde, según la teoría, porque la tilde no existe en italiano. Pero yo creo más bien que es por la poca ortografía que tenían los trabajadores que anotaban a los inmigrantes”. Se ataja y afirma: “No me considero un educador. Ni a mí mismo me educo. Me cuesta decir que soy especialista en algo. Mi vida fue siempre una chicha y limonada a la vez. A partir de La divina lengua los senderos bifurcados se unificaron en una sola locura”.

Rechaza la presión de los saberes consagrados: “En lugar de erudito, soy eructito”. Relativiza: “Vivimos en una sociedad del shock y el lenguaje es representativo de ese modo de vida”. Lo cierto es que ahora no solo gasta zapatos sobre escenarios cantando, bailando y haciendo morisquetas, sino que sube a ellos para ofrecer charlas, talleres y presentaciones personales.

A la manera de los renacentistas del siglo 16 interesados en distintas disciplinas, Mariano es un representa siglo 21 de esa corriente. En el invierno de 2024 estrenó en el San Martín la obra Instrucciones para un mundo posible, una dramaturgia inspirada en la literatura de Julio Cortázar. Actualmente sigue trazando líneas de investigación para la cátedra de Literatura Francesa cuyo titular es Walter Romero y para el Instituto Artes del espectáculo que lidera Jorge Dubatti. Como si fuera poco sumó experiencias como coach vocal, co condujo programas de radio y escribió ensayos que publicaron distintas revistas culturales.

Malas palabras

Allí se lo ve en pantalla actuando animados y coloridos cortos a los que, con mucha solvencia, guiona, filma, edita e interpreta. A la manera de un locutor de informativo, con una botella como micrófono relata. Un ejemplo: “Terrible accidente en la autopista. Hubieron cinco damnificados. El verbo haber es un verbo impersonal, que quiere decir que solo se conjuga en su tercera persona del singular…De paso cañazo se escribe así (sobreimprime la palabra “haber”). Una de las formas del pretérito es el famoso “hubo”, que tantos problemas nos trae. Entonces, decimos “hubo un accidente” o “hubo muchos accidentes” …Pero qué, entonces ¿el hubieron no existe? Claro que existe: se usa estrictamente cuando viene acompañado de un participio”.

Del mismo modo, en otros recortes se mete a explicar las diferencias del verbo poner o los usos correctos de los sustantivos patronímicos.

En un recordado congreso internacional, Roberto Fontanarrosa reivindicó a la palabra “pelotudo”, como una de sus “malas palabras” preferidas “por su imbatible sonoridad”. En sus videos Magnifico no las evita. Ya el “Hablen bien, forros” es un slogan duro pero difícil de reemplazar “o cuando se interroga ¿por qué hablamos tan para el ortográfico?”.

También cuando canta La milonga de las porongas (en co autoría con Ernesto Biasotti) o al informar que “todas las palabras que terminan en culo llevan tilde”.

Cuenta que algunos docentes le dicen que sus videos son excelentes, pero como tienen malas palabras no los pueden compartir con los alumnos. Opina: “Yo los escucho y les digo, no te preocupes, los chicos también las dicen. Y ustedes, los maestros, también”. Sigue: “A mí me gusta Forro. La F, la O, la doble R, toda esa composición la vuelve genial. En el libro le dedico una sección a las malas palabras. Las reivindico. Son geniales, territoriales, nuestras. La mejor traducción de la emoción en palabras”.

N del R: No solo es una cuestión de infancias. Tenemos un presidente de la nación que con demasiada frecuencia apela a las llamadas malas palabras para retar a quiénes no pensamos como él. Y ni hablar de algunos encumbrados funcionarios que llegaron alto a pesar de su muy reducida dotación de palabras.

Mariano Magnifico: Actor, bailarín y examinador del lenguaje

Foto: @brunogreppi

Tejer comunidad

Magnifico seguirá actuando. Lo espera una temporada en Mar del Plata, que alternará con su propio unipersonal y el cuidado de su trío vocal, las marplatenses de Vox Popurri.

En otros tiempos, para ganarse la vida, ofició de estatua viviente, cantó cumbia, se metió dentro de un disfraz de conejo de pascua para una promoción y cantó a la gorra recorriendo algunas ciudades de Italia (“Fue un enorme entrenamiento. Creo que jamás habría podido hacer mi unipersonal si no hubiese sido por esa experiencia”). Pero no solo eso: ahora es, también, como su abuelo Sebastián, natural de Tortorici, Sicilia, ciudadano italiano. “Uno tiene una lucha personal para que las personas puedan usar la lengua en función de la comprensión comunitaria, de la escucha, de la opinión. Luchas que tienen muchas e injustas resistencias en estos tiempos”, se plantea quién se propone seguir aclarando aquellos eternos dilemas de gramática, sintaxis y ortografía.

¿Militancia? ¿Intencionada didáctica para intervenir en la batalla cultural? Explica: “Me interesa el lenguaje en general y la construcción de los discursos éticos. La gente está perdiendo la capacidad de desengranar esa trama. ¿Sabías que texto viene de trama, que significa tejido? El propósito es ayudar y hacerlo con humor. Una especie de gesto hacia la comunidad que se sigue haciendo preguntas como ‘¿esto va con v o con b?’ “.

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Matar por matar: la violencia policial porteña y el crimen en Lugano de Gabriel González

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Gabriel González, 45 años, pintor, fue asesinado por personal de la Policía de la Ciudad el jueves navideño en el barrio de Lugano, en un nuevo caso de gatillo fácil que además fue registrado por las cámaras de los vecinos. Gabriel intentó intervenir cuando la policía le estaba pegando a uno de sus hijos. Estaba sin remera, descalzo, desarmado. Lo fusilaron a corta distancia, las imágenes que aquí reproducimos están disponibles y se observa perfectamente quién le disparó. En el barrio sostienen que hubo violencia policial, además, sobre algunos de los testigos, para que hagan el silencio necesario para permitir la impunidad del y los autores.

En la foto de portada se ve a la derecha a Gabriel en el momento en el que es impactado por los disparos policiales.

Además de su trabajo como pintor, Gabriel se dedicó especialmente a la contención de jóvenes con consumos problemáticos. Presentamos la información publicada por el diario Tiempo Argentino, integrante junto a lavaca de la Unión de Medios Autogestivos, un símbolo y una realidad sobre la violencia institucional de estos tiempos.  

Amigos, allegados y vecinos de Gabriel González, el muchacho de 45 años que murió en medio de una violenta represión de la Policía de la Ciudad, ocurrida en Navidad en Villa Lugano, marcharon en reclamo de justicia. La familia aseguró que fue asesinado a mansalva y denuncia un nuevo caso de gatillo fácil. 

Matar por matar: la violencia policial porteña y el crimen en Lugano de Gabriel González

Las lágrimas de Nelly, la viuda de Gabriel González. (Foto: Gentileza Pablo Lecaros)

Nelly, la viuda de Gabriel, aún habla de su marido en tiempo presente. En diálogo con la prensa que se movilizó hasta Cruz y Escalada, en Lugano, donde se concentró la movilización, expresó: “Hace más de 25 años que comparto con él, que vivo con él, que la luchamos, salimos a laburar todos los santos días. Tanto él como yo, salimos a trabajar para tener las cosas que tenemos y lo que pudimos construir. La peleó siempre. No es una mala persona. No se merecía morir de esa forma. Quiero justicia por la vida de Gabriel”. 

La mujer recordó que llegó a la escena del crimen cuando a su pareja “ya le habían pegado. Tenía toda la cara ensangrentada. En todo momento traté de pararlo y que no le sigan pegando, porque lo estaban lastimando. Escuchaba cómo lo incitaban a pelear con ellos. Todo el tiempo lo incitaban a pelear. Él estaba enojado y ellos eran cada vez más. Le dieron un tiro muy de cerca”. Nelly también recibió heridas en las piernas y en los brazos. 

Matar por matar: la violencia policial porteña y el crimen en Lugano de Gabriel González

Foto: Gentileza Pablo Lecaros.

Entre sollozos, la viuda pidió a sus vecinos que no la dejen sola. “Luchemos. No es la primera vez que pasa algo así. Ellos vienen a matar, no vienen a apaciguar las cosas, a tranquilizar, sea lo que sea que esté pasando. Al amigo de él lo cagaron a palos, lo llevaron a la comisaría y le dijeron que no diga nada”. 

La mujer se refiere al amigo de Gabriel que en los videos, donde quedó registrada toda la secuencia, se advierte que intenta calmar a la policía. Gerardo, el hermano de la víctima, también mencionó “al muchacho que se llevaron preso, lo golpearon y lo amenazaron que lo iban a matar, le dijeron que conocían a su familia y a su casa. Para que no declare”.

Según pudieron reconstruir, el amigo de Gabriel fue liberado de la Comisaría 8A a eso de las 5 de la madrugada de este viernes. “Le aflojaron todos los dientes, le pegaron en las costillas entre el policía que disparó y había otro peladito. Todo para encubrir la cagada que se mandaron ellos”.

Matar por matar: la violencia policial porteña y el crimen en Lugano de Gabriel González

Foto: Gentileza Pablo Lecaros.

Por su parte, la abogada de la familia, Romina Ávila, precisó que “cuando le tiran a Gabriel, le tiran estando totalmente desarmado, indefenso y a una distancia prudencial del personal. Esto quiere decir que en ese momento no estaba agrediendo al personal. Tampoco se puede argumentar que hubo un exceso en legítima defensa, es lo que nosotros llamamos gatillo fácil”.

La asesora de la familia señaló en Radio Con Vos que esperan los resultados de la autopsia y las pericias, cuyos análisis preliminares deberían estar para este sábado. “Está documentado que quien dispara es un policía que bajó del patrullero. Tenemos su rostro, imagen por imagen. Ahora a pedido de la justicia, la Policía de la Ciudad, debería identificarlo”, esgrimió.

Matar por matar: la violencia policial porteña y el crimen en Lugano de Gabriel González

Foto: Gentileza Pablo Lecaros.

Gabriel era pintor y solía contener a los chicos del barrio que padecen consumo problemático. De hecho, comenzó con esa tarea social tras un contexto de abuso de drogas por parte de su hijo. “Era una persona humilde, hijo de migrantes, muy pujante, una persona que trabajaba y en ocasiones como esta, un festejo popular, participaba. Lo grave de su conducta ayer fue salir a la vereda a compartir con los amigos, sus vecinos. Es común eso acá. Los encuentros se comparten por más que a ellos no les gusten. Es parte de la cultura”, analizó la abogada. 

“Acompañaba a chicos con consumo, porque con su hijo dio una larga lucha por esa misma situación”, añadió Ávila, quien concluyó: “La Policía de la Ciudad sigue deambulando y caminando por acá. Son los mismos policías de la Comisaría Vecinal 8A que ayer estaban tomándole declaración a sus mismos compañeros que horas antes habían ido a herir de muerte a GabrielConviven con nosotros y el miedo es grande y está”

Respecto a la autopsia, la mujer indicó que los restos fueron trasladados este viernes a las 8 a la morgue judicial y que los resultados «van a ser sumamente clarificadores de lo que creemos y que sostenemos como teoría del caso, que para nosotros se trató de un hecho de violencia institucional. Que no tuvo ningún tipo de defensa, ni exceso en legítima defensa por parte del personal policial».

Matar por matar: la violencia policial porteña y el crimen en Lugano de Gabriel González

Foto: Gentileza Pablo Lecaros.

“Mi primo asesinado por la policía era un chico trabajador, nacido acá en el barrio, en la Villa 20. Era papá de Dante y Ángel de 21 y 25 años. Re familiero. En cumpleaños o reuniones familiares él siempre estaba en la parrilla haciendo el asado. Le encantaba compartir, era fanático de la pesca, un arquerazo del equipo del barrio que hace poco salió campeón. Cariñoso, amable, sencillo, solidario. Gabriel era muy valiente, no le tenía miedo a nada”, dijo a Tiempo Oscar Villaverde, primo de Gabriel y docente de la Escuela Técnica N° 13, Ingeniero José L. Delpini de Villa Lugano.

Fue el propio Oscar quien publicó en las redes en la tarde noche de ayer el asesinato de su primo: “Hoy en un forcejeo con la policía tras defender a su hijo asesinaron a quemarropas a mi primo Gabriel González e hirieron de bala a su mujer”.

El video filmado por un vecino dejó en evidencia el asesinato a quemarropa denunciado por quienes fueron testigos del brutal crimen. Se lo ve Gabriel sin remera, defendiéndose de los golpes contra media docena de efectivos policiales que lo golpean sin piedad.

De golpe, uno de ellos saca su escopeta y le dispara. La muerte fue instantánea y uno de los disparos hirió a la compañera de vida del asesinado y a otros vecinos que observaban con asombro la brutalidad policial.

https://twitter.com/mapadelapolicia/status/2004682374236569608?ref_src=twsrc%5Etfw%7Ctwcamp%5Etweetembed%7Ctwterm%5E2004682374236569608%7Ctwgr%5Eac1d97fec004d4b6f43c539db126fd40cbc95cf4%7Ctwcon%5Es1_&ref_url=https%3A%2F%2Fwww.tiempoar.com.ar%2Fta_article%2Fgatillo-facil-en-lugano-no-es-la-primera-vez-que-pasa-algo-asi-ellos-vienen-a-matar-no-vienen-a-apaciguar-las-cosas%2F

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