Nota
Mar del Plata, una película de terror
El periodista de lavaca, Bruno Ciancaglini, viajó a Mar del Plata para cubrir el Festival Internacional de Cine. En la madrugada del sábado fue esposado y retenido durante 4 horas en un patrullero. Un testimonio en primera persona de la pesadilla que representa estar en manos de la Bonaerense.
(por Bruno Ciancaglini, integrante de lavaca)
Tecleo y me duelen las muñecas. Parece que pasaron semanas, pero no. Fueron tres días nada más. Y dos noches. Dos noches en las que me dormía con las manos debajo de la almohada y de repente las sacaba para ver si las esposas todavía seguían ahí.
Sábado 26 de noviembre.
Desde el martes estaba cubriendo por tercera vez consecutiva el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Ese día había entrevistado al crítico y programador peruano John Campos Gómez en su habitación del hotel Hermitage, con vista al mar, y había visto lo que para mí fueron las dos mejores películas argentinas del festival: Hermia & Helena, último largo de Matías Piñeyro, y Monger, un documental sobre el submundo del »turismo sexual» en Buenos Aires. Una película es el reverso de la otra: Piñeyro es argentino y vive en Estados Unidos. Filma, con elegancia y precisión, a una mujer argentina que viaja a Estados Unidos por una beca, sus encuentros amorosos y pormenores en una Nueva York diurna y nevada. Jeff Zorrilla es norteamericano y vive en Argentina. Su película es un documental oscuro y provocador sobre un estadounidense que vive en Buenos Aires y oficia como nexo entre turistas que viajan exclusivamente para tener sexo con prostitutas locales. Dos miradas sobre la soledad y el desarraigo.
Esa noche estábamos en una fiesta organizada por DAC (Directores Argentinos Cinematográficos) en un gran boliche sobre la playa. Un conocido, de casualidad, me presentó a Zorrilla. Lo felicité por la película y cuando me dispuse a bombardearlo con preguntas sobre el rodaje y sobre cómo se había acercado a los personajes, se encendieron las luces: la fiesta había terminado. Alguien propuso ir a la plaza Cristobal Colón a tomar una cerveza; ahí había un kiosko que vende alcohol toda la noche. Luego supe que en Mar del Plata hay ley seca, que después de las 22 solo bares y restaurantes pueden vender alcohol, pero ahí estaba, a la vista de todos, lo que por eso mismo no advertí que era la excepción a esa regla.
Accedí a ir a la plaza, entre otras cosas, porque quería hablar con Jeff sobre Monger. Llegamos y alguien compró la cerveza, pero antes de destaparla Zorrilla decidió irse: al otro día tenía varias cosas que hacer antes de la entrega de premios y ya eran las cuatro de la mañana. Quedó un grupo conformado por una guionista argentina, dos directores colombianos, uno brasilero y yo, que con la partida de Jeff ya no tenía mucho incentivo para estar ahí. Se acercó un marplatense solitario que necesitaba hablar con alguien sobre sus problemas familiares. Yo me sacrifiqué por el resto del grupo, mientras ellos tomaban la cerveza y hablaban de cine, de sus estudios en la universidad, del informe de Lanata sobre los extranjeros que vienen a estudiar y otras cosas que escuché solo lateralmente.
En ese momento se bajaron cuatro policías de un patrullero. Se acercaron de manera intimidatoria y a los gritos. Cuando me di vuelta el marplatense ya se había ido, casi como un acto reflejo. Una oficial bastante alterada pateó la botella de cerveza al piso. Los otros nos ordenaron que les mostráramos los documentos. Como no lo tenía, les mostré la credencial de prensa que llevaba colgada en el pecho.
-Tranquilos, somos invitados del festival de cine- le dije.
-A mí qué carajo me importa- respondió.
Le digo que no puede tratarnos así, que no conocemos la ciudad y que no estamos molestando a nadie. Me dice que somos infractores por estar tomando alcohol en la vía pública. Le digo que yo no estoy tomando. Me dice que estamos cometiendo una contravención. Los cuatro oficiales se van turnando para discutir con cada uno de nosotros. Todos ellos están tensos, duros.
El oficial me hace saber que tiene autoridad como para llevarme detenido. Le digo que tengo derechos. Se ríe y da media vuelta. En ese momento, tomo la decisión que marcaría el destino irreversible de una noche que ya estaba clareando. Me alejo unos metros, apunto a los oficiales con el celular y saco dos fotos.
Click, click.
Flashback.
Son las cuatro de la tarde de ese mismo sábado. Camino por la avenida Peralta Ramos desde el Hotel Provincial hacia el hotel donde me hospedo. Cuatro policías van a paso acelerado detrás de un muchacho de gorra y camiseta de fútbol. En un momento, el muchacho detiene la marcha y, en tono conciliatorio, les dice: «Dale, loco, no me peguen». La respuesta no tarda en llegar: uno de los policías saca un tubo de gas pimienta y se lo tira en la cara. El viento trae la sustancia hasta mis ojos. El muchacho se aleja caminando. Los policías, satisfechos, lo dejan ir. Me acerco al que tiró el gas y lo increpo. Con desprecio, me pide que me retire. Pregunto a unos comerciantes y transeúntes por qué hicieron eso, pero nadie sabe: nadie vio un robo, nadie vio un altercado o algo parecido.
Volvemos a la madrugada del sábado. Ya es prácticamente de día. Los oficiales se abalanzan sobre mí. Me agarran de los brazos y me llevan hasta el patrullero. Me empujan contra el capó, me ordenan que abra las piernas y que me calle la boca. Uno pone su mano sobre mi nuca, y quedo acostado sobre el calor del motor, mirando e horizonte vertical. A los demás los obligan a alejarse y les dicen que no me va a pasar nada. Le doy la billetera a mi amigo colombiano. Me sacan las demás cosas que tenía encima: el celular y la credencial de prensa.
Cada vez que pregunto por qué me detienen, me responden «callate la boca».
Pasa media hora.
Ya es completamente de día.
Me dicen que están esperando al «superior» para que él decida mi situación. Mientras tanto, hablan entre ellos en voz alta para que los escuche:
-¿Viste qué giles que son estos? Se piensan que porque son periodistas pueden hacer lo que quieran.
-Y mirá cómo terminan… ¿Este va derecho al penal, no?
-Sí, porque lo que hizo es coacción agravada, así que se come 12 horas allá, aunque para mí no dura ni dos (risas).
Llega el «superior». Conversa a lo lejos con algunos de ellos. Se acerca. Con tono intimidante, me dice que estoy en falta, cometiendo una contravención y que además puedo ir preso por coacción agravada, porque sacar fotos es una forma de amenazar a un funcionario público. Le digo que está equivocado. Me dice que me calle la boca. Habla un rato más en secreto con otro de los oficiales. Los demás me miran y se ríen. Vuelve y, con la convicción de quien sabe que ha ganado la partida, me dice:
-Claro, vos no vas a publicar nada de esto, porque te tiene que dar vergüenza ¿Qué le vas a decir a tu jefe? ¿Qué van a pensar de vos en el festival? Estás tomando alcohol a cualquier hora, no tenés excusas, te pueden echar.
A esa altura ya no tenía ni fuerza ni ganas para explicarle que:
- No estaba tomando alcohol.
- No tengo jefe.
- No tengo nada que ocultar ante el festival ni ante nadie.
Así y todo se lo dije, pero no le importó. Me di cuenta de que estaba en serios problemas. El «superior» estaba convencido -en su concepción del trabajo como un sistema de jerarquías, con premios y castigos y quizás consciente de la precarización que sufre la profesión-, de que un redactor joven detenido a altas horas de la madrugada por «tomar alcohol en la vía pública» jamás se animaría a poner en riesgo su trabajo o su prestigio y preferiría que nadie se entere de lo que pasó.
Ordenó que me esposaran y se retiró. «Ponele los ganchos duros, para que aprenda», sugirió antes de irse. Así fue que uno de los oficiales me calzó las esposas- las clásicas, las «duras», las de metal- y casi sin despegar los dientes recitó mis derechos. Pedí acceder a uno solo de ellos: llamar a mi abogada. Respondieron que podía hacerlo en la comisaría, a una cuadra de donde estaba esposado, muy cerca del kiosco que transgredía la ley seca, justo al lado del Hotel Provincial y en la entrada del Auditorio Astor Piazzolla, en el mismo edificio donde unas horas después sería la entrega de premios del festival. Para ese momento solo quedaban la guionista y mi amigo colombiano. Me dijeron que me esperarían en la puerta de la comisaría.
Me suben al patrullero. Voy con dos oficiales: la mujer y el hombre que se dio el gusto de esposarme. Ponen el auto en marcha. En vez de dar la vuelta para ir a la comisaría, toman dirección en el sentido opuesto. Pienso que en algún momento van a girar, pero siguen varias cuadras.
-La comisaría es para el otro lado- digo.
-Callate la boca- responde el oficial.
Siguen varias cuadras más en el sentido contrario a la comisaría. Por primera vez siento miedo. El oficial me dice que la podría haber terminado antes, que por hablar de más ahora estoy acá, que no sé lo que me espera. Continúan dando vueltas por calles de Mar del Plata que no conozco, lejos del Hotel Provincial, lejos de la comisaría a la que tenía que ir.
Por fin, estacionan el auto frente a un edificio. Es el complejo Vucetich, escuela y centro de operaciones de la bonaerense en Mar del Plata, aunque yo aprenderé unos minutos más tarde que es otra cosa.
Siempre esposado, me llevan hasta un pasillo en el fondo del salón central. Me hacen esperar mirando la pared. El oficial me dice que me va a ver un médico para verificar que no tengo heridas. Me repite que me esperan 12 horas de detención. Pienso que no podré ir a la entrega de premios ni a las funciones para las que ya tenía entrada. Llega otro oficial con dos detenidos más. Uno de ellos está sin remera y tiene todo el cuerpo ensangrentado (incluso los tobillos), con cortes y moretones. En fila, los tres miramos una pared descascarada con inscripciones en lapicera. Leo «yuta puta», «ratis de mierda».
El que está sin remera le pide al policía que le afloje las esposas. El policía deniega la petición. El hombre, evidentemente dolorido, insiste. El oficial niega de nuevo (no hace falta aclarar el grado de cordialidad de sus respuestas). El muchacho ensangrentado se da vuelta y, mirándolo a los ojos, repite: «Dale, aflojame las esposas». Antes de que pudiera pestañear, el policía lo da vuelta, lo agarra de la nuca y le estrella la cara contra la pared. Le da una patada en los pies y le golpea la cabeza contra el piso. «Mi» oficial me arrastra hacia un pasillo perpendicular. Me apreta contra la pared, carga el puño como si en cualquier momento me fuera a soltar una trompada y me grita que en la calle mandan ellos, que no me vuelva a hacer el piola nunca más, que iba a terminar mal, que ellos hacen lo que quieren y que no les importa si soy periodista o lo que mierda sea. El puño de su mano apunta a mi cara y tiembla como si estuviera haciendo un gran esfuerzo para no soltarlo. Afloja. Me desplaza de nuevo hacia el primer pasillo, donde el muchacho en cuero, ahora con nuevas heridas camufladas entre las otras, ya está reincorporado. Se acerca la oficial y me grita al oído: «Mirá cómo terminaste, gil. Esposado. Y yo acá diciéndote lo que tenés que hacer. Que te quede claro que acá mandamos nosotros, ¿Eh?». El oficial vuelve a cargar el puño y ella insiste, esperando una respuesta: «¿Eh?». El muchacho de cuero me advierte: «No digas nada porque te van a pegar». Confío en su criterio. Miro al piso y no respondo. La oficial insiste dos o tres veces más esperando una respuesta, pero me quedo callado. El oficial baja la mano. Se ríen.
Me hacen pasar a la sala del «médico».
Ahora me doy cuenta de que esa espera en ese pasillo no es casual. Todo lo contrario: es el momento clave, el punto ciego. Durante esa espera y en ese pasillo está el limbo.
El médico es una señora que está sentada en un escritorio frente a una computadora. Es amable, tranquila, respetuosa; casi en sintonía con lo que pasa del otro lado de la puerta de su despacho. Sin levantar la vista de la pantalla, me pregunta si tengo heridas, si tengo tatuajes, si tengo alguna enfermedad, cuánto mido, cuánto peso, dónde vivo.
Me llevan nuevamente hacia el patrullero. Me dicen que mi situación depende del fiscal. Que lo que hice es un delito penal, por lo tanto puedo ir derecho a la cárcel o pasar, repiten, doce horas en la comisaría. El auto está estacionado y el policía empieza a limpiar la puerta con un cepillo. Me doy cuenta de que las manos me laten, la circulación no fluye bien, me duelen las muñecas y siento, por primera vez, desesperación por sacarme las esposas. Una de las peores cosas de estar esposado, además de sentir literalmente el control arbitrario que ejerce el Estado sobre el cuerpo a través de ese artefacto que reduce la motricidad y la integridad psicológica de una persona, es no poder rascarse.
Terminan la limpieza del auto y arrancamos de nuevo. Ahora sí vamos hacia la comisaría del Hotel Provincial.
Los oficiales me dejan hacer preguntas, están más tranquilos. Ya me dieron la lección que querían. En la puerta está mi amigo colombiano tratando de no dormirse de pie. Son las 8:30 de la mañana. Los oficiales bajan y me quedo solo en el patrullero media hora más, con las manos que me laten cada vez más. Se acerca el que tuvo el gusto de esposarme y me dice: «Ya quedás en libertad. Esto fue para que aprendas nada más».
Me baja del auto. Camino esposado por la alfombra roja, la misma que unas horas después, entre flashes y cámaras, será transitada por celebridades del festival.
Entro a la comisaría. Me sacan las esposas. Me miro las manos y están deformadas.
La oficial y el que tuvo el gusto de esposarme me devuelven mis únicas pertenencias, que para ellos eran armas: el celular y la acreditación de prensa. Me dicen que firme el acta. La leo.
Dice que soy infractor de los artículos 72 y 74, inciso A del régimen contravencional. Más tarde buscaré qué significa esto:
Artículo 72.- (Dec-Ley 9163/78 y Dec-Ley 9399/79) Será sancionado con pena de multa del quince (15) al cuarenta (40) por ciento del haber mensual del Agente de Seguridad (Agrupamiento Comando) de la Policía de la Provincia de Buenos Aires y arresto de hasta cuarenta (40) días, el que transite o se presente en lugares accesibles al público en estado de ebriedad o se embriague en lugar público o abierto al público. La pena se duplicará si se ocasionare molestias a los demás (*).
Artículo 74.- (Dec-Ley 9164/78, Dec-Ley 9321/79, Dec-Ley 9399/79) Serán reprimidos con multa entre el quince (15) y el cuarenta (40) por ciento del haber mensual del Agente de Seguridad (Agrupamiento Comando) de la Policía de la Provincia de Buenos Aires y/o arresto de dos (2) a treinta (30) días:
a.- Los que individualmente o en grupo, en lugar público o abierto al público, profieran gritos, se reúnan tumultuosamente, insulten, amenacen o provoquen de cualquier manera.
Nunca me hicieron un control de alcoholemia ni me vieron con una botella en la mano, por lo tanto la primera infracción no tiene sustento.
Respecto a la segunda, tendremos que discutir qué entiende la Bonaerense por amenaza, insulto o provocación. Pero eso lo hablaré con mi abogada.
Agarré mi celular y me colgué la credencial de prensa en el pecho. Lo último que hice fue sacarle una foto a la patente del patrullero en el que me pasearon durante esa madrugada. Los dos policías, la mujer y el que tuvo gusto de esposarme, me gritaron algo que no entendí.
Volví inmediatamente a Buenos Aires. Me perdí la entrega de premios y algunas funciones que quería ver.
Me queda un sabor amargo de una experiencia que venía siendo perfecta. Pasé grandes momentos con amigos y vi buenas películas. Como La flor (primera parte), de Mariano Llinás- película que esperaba poder ver desde hace años-, que luego de tres horas y media de historias delirantes y tenebrosas termina con un cartel y una palabra que entendemos como una promesa.
Yo, después de más de cuatro horas estar esposado, me alejo caminando por la avenida Peralta Ramos y pienso en esa misma palabra, pero con signos de pregunta:
¿Continuará?
Nota
Matar por matar: la violencia policial porteña y el crimen en Lugano de Gabriel González

Gabriel González, 45 años, pintor, fue asesinado por personal de la Policía de la Ciudad el jueves navideño en el barrio de Lugano, en un nuevo caso de gatillo fácil que además fue registrado por las cámaras de los vecinos. Gabriel intentó intervenir cuando la policía le estaba pegando a uno de sus hijos. Estaba sin remera, descalzo, desarmado. Lo fusilaron a corta distancia, las imágenes que aquí reproducimos están disponibles y se observa perfectamente quién le disparó. En el barrio sostienen que hubo violencia policial, además, sobre algunos de los testigos, para que hagan el silencio necesario para permitir la impunidad del y los autores.
En la foto de portada se ve a la derecha a Gabriel en el momento en el que es impactado por los disparos policiales.
Además de su trabajo como pintor, Gabriel se dedicó especialmente a la contención de jóvenes con consumos problemáticos. Presentamos la información publicada por el diario Tiempo Argentino, integrante junto a lavaca de la Unión de Medios Autogestivos, un símbolo y una realidad sobre la violencia institucional de estos tiempos.
Amigos, allegados y vecinos de Gabriel González, el muchacho de 45 años que murió en medio de una violenta represión de la Policía de la Ciudad, ocurrida en Navidad en Villa Lugano, marcharon en reclamo de justicia. La familia aseguró que fue asesinado a mansalva y denuncia un nuevo caso de gatillo fácil.

Las lágrimas de Nelly, la viuda de Gabriel González. (Foto: Gentileza Pablo Lecaros)
Nelly, la viuda de Gabriel, aún habla de su marido en tiempo presente. En diálogo con la prensa que se movilizó hasta Cruz y Escalada, en Lugano, donde se concentró la movilización, expresó: “Hace más de 25 años que comparto con él, que vivo con él, que la luchamos, salimos a laburar todos los santos días. Tanto él como yo, salimos a trabajar para tener las cosas que tenemos y lo que pudimos construir. La peleó siempre. No es una mala persona. No se merecía morir de esa forma. Quiero justicia por la vida de Gabriel”.
La mujer recordó que llegó a la escena del crimen cuando a su pareja “ya le habían pegado. Tenía toda la cara ensangrentada. En todo momento traté de pararlo y que no le sigan pegando, porque lo estaban lastimando. Escuchaba cómo lo incitaban a pelear con ellos. Todo el tiempo lo incitaban a pelear. Él estaba enojado y ellos eran cada vez más. Le dieron un tiro muy de cerca”. Nelly también recibió heridas en las piernas y en los brazos.

Foto: Gentileza Pablo Lecaros.
Entre sollozos, la viuda pidió a sus vecinos que no la dejen sola. “Luchemos. No es la primera vez que pasa algo así. Ellos vienen a matar, no vienen a apaciguar las cosas, a tranquilizar, sea lo que sea que esté pasando. Al amigo de él lo cagaron a palos, lo llevaron a la comisaría y le dijeron que no diga nada”.
La mujer se refiere al amigo de Gabriel que en los videos, donde quedó registrada toda la secuencia, se advierte que intenta calmar a la policía. Gerardo, el hermano de la víctima, también mencionó “al muchacho que se llevaron preso, lo golpearon y lo amenazaron que lo iban a matar, le dijeron que conocían a su familia y a su casa. Para que no declare”.
Según pudieron reconstruir, el amigo de Gabriel fue liberado de la Comisaría 8A a eso de las 5 de la madrugada de este viernes. “Le aflojaron todos los dientes, le pegaron en las costillas entre el policía que disparó y había otro peladito. Todo para encubrir la cagada que se mandaron ellos”.

Foto: Gentileza Pablo Lecaros.
Por su parte, la abogada de la familia, Romina Ávila, precisó que “cuando le tiran a Gabriel, le tiran estando totalmente desarmado, indefenso y a una distancia prudencial del personal. Esto quiere decir que en ese momento no estaba agrediendo al personal. Tampoco se puede argumentar que hubo un exceso en legítima defensa, es lo que nosotros llamamos gatillo fácil”.
La asesora de la familia señaló en Radio Con Vos que esperan los resultados de la autopsia y las pericias, cuyos análisis preliminares deberían estar para este sábado. “Está documentado que quien dispara es un policía que bajó del patrullero. Tenemos su rostro, imagen por imagen. Ahora a pedido de la justicia, la Policía de la Ciudad, debería identificarlo”, esgrimió.

Foto: Gentileza Pablo Lecaros.
Gabriel era pintor y solía contener a los chicos del barrio que padecen consumo problemático. De hecho, comenzó con esa tarea social tras un contexto de abuso de drogas por parte de su hijo. “Era una persona humilde, hijo de migrantes, muy pujante, una persona que trabajaba y en ocasiones como esta, un festejo popular, participaba. Lo grave de su conducta ayer fue salir a la vereda a compartir con los amigos, sus vecinos. Es común eso acá. Los encuentros se comparten por más que a ellos no les gusten. Es parte de la cultura”, analizó la abogada.
“Acompañaba a chicos con consumo, porque con su hijo dio una larga lucha por esa misma situación”, añadió Ávila, quien concluyó: “La Policía de la Ciudad sigue deambulando y caminando por acá. Son los mismos policías de la Comisaría Vecinal 8A que ayer estaban tomándole declaración a sus mismos compañeros que horas antes habían ido a herir de muerte a Gabriel. Conviven con nosotros y el miedo es grande y está”.
Respecto a la autopsia, la mujer indicó que los restos fueron trasladados este viernes a las 8 a la morgue judicial y que los resultados «van a ser sumamente clarificadores de lo que creemos y que sostenemos como teoría del caso, que para nosotros se trató de un hecho de violencia institucional. Que no tuvo ningún tipo de defensa, ni exceso en legítima defensa por parte del personal policial».

Foto: Gentileza Pablo Lecaros.
“Mi primo asesinado por la policía era un chico trabajador, nacido acá en el barrio, en la Villa 20. Era papá de Dante y Ángel de 21 y 25 años. Re familiero. En cumpleaños o reuniones familiares él siempre estaba en la parrilla haciendo el asado. Le encantaba compartir, era fanático de la pesca, un arquerazo del equipo del barrio que hace poco salió campeón. Cariñoso, amable, sencillo, solidario. Gabriel era muy valiente, no le tenía miedo a nada”, dijo a Tiempo Oscar Villaverde, primo de Gabriel y docente de la Escuela Técnica N° 13, Ingeniero José L. Delpini de Villa Lugano.
Fue el propio Oscar quien publicó en las redes en la tarde noche de ayer el asesinato de su primo: “Hoy en un forcejeo con la policía tras defender a su hijo asesinaron a quemarropas a mi primo Gabriel González e hirieron de bala a su mujer”.
El video filmado por un vecino dejó en evidencia el asesinato a quemarropa denunciado por quienes fueron testigos del brutal crimen. Se lo ve Gabriel sin remera, defendiéndose de los golpes contra media docena de efectivos policiales que lo golpean sin piedad.
De golpe, uno de ellos saca su escopeta y le dispara. La muerte fue instantánea y uno de los disparos hirió a la compañera de vida del asesinado y a otros vecinos que observaban con asombro la brutalidad policial.
Nota
Se confirmó el procesamiento del gendarme Guerrero por el ataque al fotógrafo Pablo Grillo

El gendarme Héctor Guerrero será procesado por el ataque que hirió gravemente en la cabeza al Pablo Grillo el 12 de marzo pasado (la foto de portada muestra a Pablo durante su recuperación, que aún continúa). La Sala II de la Cámara Federal porteña ratificó la decisión de la jueza María Servini que había sido apelada por el acusado. Además, pidieron investigar las posibles responsabilidades de quienes estuvieron a cargo del operativo. Presentamos aquí la información del diario Tiempo Argentino, uno de los integrantes de la Unión de Medios Autogestivos.
La Sala II de la Cámara Federal de Apelaciones confirmó el procesamiento del gendarme Héctor Guerrero por las lesiones gravísimas producidas al fotógrafo Pablo Grillo y por el abuso de armas en otras cinco oportunidades durante la manifestación de los jubilados del 12 de marzo pasado.

El gendarme Héctor Guerrero el día de su declaración ante la jueza María Servini.
El fallo de la Cámara lleva las firmas de los jueces Eduardo Farah, Martín Irurzun y Roberto Boico. En su voto, Boico además, exigió que se profundice la investigación por las eventuales responsabilidades de las autoridades a cargo del operativo.
La situación del gendarme Guerrero había llegado a la cámara de apelaciones luego de un planteo de la defensa del acusado en la que pidió revocar el procesamiento como presunto autor del disparo con una pistola lanza gases contra Pablo Grillo, quien sufrió heridas gravísimas durante la represión policial a aquella protesta de jubilados en el centro porteño.
El planteo de la defensa se produjo en el contexto de varias resoluciones judiciales polémicas que se dieron durante en la semana posterior al triunfo electoral de La Libertad Avanza (LLA), que tuvieron como principales beneficiarios a Mauricio Macri y Javier Milei, y como principales perjudicados a Cristina Kirchner y Guillermo Moreno. Sin embargo, el oportunismo no funcionó y este viernes los tres camaristas le dio un revés al gendarme al entender que el acusado debe ir a juicio.
Guerrero, asistido por los abogados Martín Sarubbi y Claudio Nuncija, solicitó revertir el procesamiento que oportunamente había sido dictado por la jueza federal María Servini. La defensa sostuvo que no está acreditado que el gendarme haya sido el autor del disparo y afirmó que su conducta se ajustó a los protocolos vigentes para el uso de armas lanzagases.
En tanto, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), que interviene como querellante, respaldó la resolución de Servini y la validez de las medidas de prueba, entre ellas el relevamiento en el lugar del hecho, un informe balístico de la Policía de la Ciudad y la reconstrucción denominada “Mapa de la Policía”, elaborada por realizadores audiovisuales y peritos forenses.
Nota
MU 210: La batalla final


El femicidio de Lucía Pérez a manos de dos narcos de Mar del Plata motivó el primer Paro Nacional de Mujeres. Tras una larga luchar familiar y social se logró la condena, pero ahora una nueva maniobra judicial puede dejar impunes a los culpables. Un ejemplo de que todo lo que conseguimos está en peligro. ¿Podrán?
Las notas de esta edición:

Negacionismo de Estado: Informe 2025 del Observatorio Lucía Pérez
¿Qué hay detrás de la avanzada oficial para negar los femicidios? Radiografía de cómo cada poder del Estado, por acción u omisión, busca ocultar las causas y consecuencias del asesinato de mujeres. Y por qué lo hace. Por Claudia Acuña

El Aleph (versión putas): Entrevista a Georgina Orellano
¿Cuánto cuesta la vida? ¿Cuánto vale? La dirigente de AMMAR y la actualidad desde la esquina: lo que se ve, lo que no se escucha, las falsas soluciones progresistas, lo que hay que abolir. Lo narco, la revolución, el cuerpo, la salida. Una recoridapor sus tatuajes, y todo lo que significa ser puta. Por Claudia Acuña y Lucas Pedulla

Carla Soggiu: La impunidad avanza
Carla recibió un botón antipánico por las agresiones de su pareja, que la ató, golpeó y violó delante de su hija de dos años. Semanas después de ese hecho, accionó cinco veces ese botón pero la policía no la encontró. Apareció muerta en el Riachuelo. Las complicidades, las burocracias, el rol de Diego Santilli y la lucha de una familia que define el caso como un femicidio de Estado. Por Francisco Pandolfi

Alma y vida: El femicidio de Lucía Pérez, hoy
¿Qué es la justicia? ¿Cómo enloquecer a una familia? ¿Por qué buscan eliminar la figura de
femicidio? ¿Cuál es el rol práctico del Estado y el negacionismo? El Tribunal de Casación resolvió que el de Lucía Pérez no fue un femicidio. La política de la misoginia como aversión hacia las mujeres y el paralelismo con lo narco que vende droga junto a las escuelas. Las “sumisitas”, la violencia y el sometimiento. Marta y Guillermo: una familia que trabaja en comunidad, y las claves para que las pesadillas no sigan asesinando a los sueños. Por Sergio Ciancaglini

Crónicas del más acá: Al trote
POR CARLOS MELONE

El Caliban y las brujas: La obra Fuerza mayor, protagonizada por jubiladas
La alianza entre Jubilados Insurgentes con integrantes del Teatro Caliban parió está obra que pone en escena lo que pasa todos los miércoles frente al Congreso. Una forma creativa de elaborar la actualidad con las herramientas del teatro, para hacer sentir, pensar e interpelar a los más jóvenes. Por Franco Ciancaglini

Sin berretines: Lo que nos cuenta la cárcel
Estudiantes de Sociología y Trabajo Social que cumplen condena en la cárcel de San Martín comparten sus reflexiones sobre la libertad, el encierro, y la actualidad más acá de las rejas. ¿Cómo funciona lo narco? ¿Qué implica buscar plata fácil? Lecciones sobre educación, berretines y prejuicios, el sentido de la vida, y la teoría de la bobalización. Por Sergio Ciancaglini

Sin protección: Ley contra el Acoso y después
Perdió estado parlamentario el proyecto de ley de acoso en ámbitos laborales y académicos: una muestra de la desidia y el abandono de las políticas de género. Del caso Brieger a Milei, cómo sigue la organización de las mujeres para empujar lo imposible en tiempos de motosierra, fascismo y un Congreso estancado. Por Evangelina Bucari

Con horizonte: 38º Encuentro Plurinacional en Corrientes
Cien mil personas participaron del 38º Encuentro Plurinacional de Mujeres y Diversidades. MU lo registró con crónicas día a día, que pueden leerse en lavaca.org. Compartimos aquí parte del registro fotográfico y una mirada sobre la trastienda de debates que explican mucho de lo que pasó en un evento extraño y extraordinario. Por Claudia Acuña. Fotos de Line Bankel

Sin cuerpo: La ¿impericia? en la causa de Cecilia Basaldúa
A lo largo de este 2025 la nueva instrucción que investiga el femicidio de Cecilia Basaldúa, ocurrido en el año 2020 en la localidad cordobesa de Capilla del Monte, Cambió fiscales, tomó nuevas pruebas y amplió testimoniales. Sin embargo, en el marco de un proceso judicial que avanzaba, una noticia coronó la impunidad en esta causa: hace cuatro años que el cuerpo de Cecilia fue retirado de la morgue judicial sin el consentimientode la familia. Por María Eugenia Marengo

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