Derechos Humanos
La justicia en el cuerpo
El Equipo Argentino de Antropología Forense es una referencia internacional en la búsqueda y reconocimiento de personas desaparecidas. En este 2025 se están cumpliendo 40 años del Juicio a las Juntas que tuvo entre sus testimonios cruciales al del científico norteamericano Clyde Snow. El trabajo forense fue el que permitió identificar restos de víctimas de la dictadura, que así pudieron ser juzgados como homicidios cuando el delito de desaparición no existía. Aquella declaración de Snow fue uno de los espaldarazos para este grupo. Cómo nació, qué descubre, cómo es su trabajo cotidiano, y por qué se convirtió en un símbolo en el mundo. En tiempos complejos en los que parecería que faltan ejemplos e inspiraciones, aquí hay uno de tantos: un equipo en movimiento, que reúne la ciencia y lo social -pese a los frenos libertarios- para sostener un modelo que rompe al negacionismo y revela la verdad.
Por Lucas Pedulla.
(Publicada originalmente en la revista MU)

«Los huesos son un rompecabezas, pero nunca mienten”.
Para llegar a la frase de Clyde Snow, casi una bienvenida al edificio del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), hay que atravesar las calles del ex centro clandestino ESMA, uno de los mayores infiernos operativos durante la dictadura, entre carteles que ubican el horror y recuerdan a personas que hoy siguen desaparecidas.
El lugar se encuentra detrás de la Casa por la Identidad de Abuelas de Plaza de Mayo, ambos espacios conectados por un pequeño patio interno. Hay una conexión también histórica: en 1984 la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) y las Abuelas solicitaron la asistencia de Eric Stover, el director del Programa de Ciencia y Derechos Humanos de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS, por sus siglas en inglés, ubicado en Washington DC, Estados Unidos). El porqué era una preocupación: las familias no confiaban en las exhumaciones de cuerpos en tumbas NN o en fosas comunes que diversos jueces, ya en democracia, estaban ordenando y llevando a cabo de forma no científica ni profesional.
La delegación de AAAS que llegó al país trajo al doctor Clyde Snow, un antropólogo forense de trayectoria ya destacada a nivel mundial. Snow convocó arqueólogos, antropólogos y médicos para comenzar las exhumaciones y el análisis de los restos que encontraban con una metodología científica. Los hallazgos fueron tan escalofriantes como cruciales.
Snow declaró en los primeros días del Juicio a las Juntas, en abril de 1985, hace 40 años. Fue la única vez que la sala de audiencias se oscureció para mostrar diapositivas de lesiones en huesos y cráneos de esos cuerpos exhumados, que permitieron comprobar científicamente los asesinatos cometidos por el terrorismo de Estado.
El experto capacitó un equipo que, desde entonces, nunca paró de trabajar: en febrero pasado, el EAAF identificó los restos de Raúl Salustiano Ruiz, secuestrado por el Ejército el 2 de junio de 1976 en Caspichango, al sur de Tucumán. Fue la víctima número 120 encontrada en la fosa común conocida como Pozo de Vargas.
La noticia, entre tsunamis negacionistas, impactó doble porque el rompecabezas de la memoria, la verdad y la justicia es algo que no para de reconstruirse.
Y, como dice Snow en esta bienvenida al equipo que formó, no miente.

De loquitos y esqueletos
«Clyde encontró un hilo y empezó a tirar. A partir de ahí fue más sencillo, porque tenés el hilo”. Carlos Maco Somigliana (65) es antropólogo, formó parte del equipo de jóvenes que trabajó en la fiscalía durante el Juicio a las Juntas, luego pasó a integrar la experiencia EAAF que todavía era flamante, y hoy habla en su oficina como uno de los “veteranos” que permite ubicar la perspectiva histórica de un trabajo que continúa con otras generaciones. A 40 años la explicación parece sencilla, sobre todo viniendo de una cabeza con rigurosidad científica donde la clave es hallar el método, pero en los comienzos hubo algo más que la “suerte” de la que habla Maco: “Se dieron una serie de circunstancias que permitieron crear el espacio. En el juicio, por ejemplo, parecía que no había nada en ningún lugar, pero había una posibilidad enorme de hacer cosas siempre a partir de lo que se hizo antes”.
Snow es importante porque permitió verlo: “De repente viene un tipo con mucho rodaje, con herramientas ya creadas, que le permiten ver un tsunami y no pensar que no se puede hacer nada, sino clasificarlo: es un tsunami clase X, por ejemplo. Lo que hizo Clyde es pensar: hay un Estado, una de las funciones del Estado es el registro, y el Estado sigue registrando como si fuera una cámara. Para quienes quieren hacer algo y preferirían que esa cámara no existiera, es complicado explicarle a la cámara que se tiene que apagar ante ciertas cosas. Entonces dijo que busquemos en esa superficie, a ver si hay algo que se relacione, y empezó a ver partidas de defunción de personas no identificadas. Fue el piolincito. Solo había que mirarlas. Después, con los años, aprendés a tirar mejor del hilo, ves que hay otros que se relacionan, pero permitió pensar: ¿cómo puedo buscarle la puerta a esta pared? Muchos chocan, pero Clyde dio un paso atrás y dijo: ahí hay un lugar”. En tiempos de aquel juicio (1985) no existía el delito de desaparición. Sin los cuerpos identificados, no había homicidios (que era lo que buscaban los militares). Por lo tanto los descubrimientos de Snow fueron cruciales para que pudiese existir la acusación por crímenes probados, que derivaron en condenas a prisión perpetua.
La historia es fascinante, y en este presente que muchas veces se revela desolador, permite dimensionar un trabajo que partió con el horror todavía muy presente –los años 80–, recorrió un desierto de impunidad –los 90–, y sigue funcionando desde un quehacer específico, encontrando respuestas que llegan en esta Argentina con características atmosféricas particulares: “Hablás del desierto de los 90, pero a nosotros nos permitió encontrar un oasis, porque lo que pasaba es que a nadie le interesaba la cuestión. Era tomen y vean: éramos unos loquitos estudiando esqueletos que no se iban a poder identificar porque no era posible la identificación de ADN. Por eso hablo de suerte, con un poco de cabeza dura, y también de apuesta. Podría no haber salido bien. Muchas veces no sale. Invertís tu tiempo. Pero fue la etapa de consolidación, porque cuando la cosa sí empezó a tener sentido, entonces ya éramos una referencia: habíamos estado 10 años mirando eso”.
Cómo eso continúa vivo es parte de una especificidad: “Con Abuelas tenemos una gran fortuna y es que tenemos tareas concretas. Problemas concretos, complejos, pero siempre tenés trabajo, y eso es una diferencia que nos permitió tener miradas más específicas que el resto de los organismos”. Maco ejemplifica en las búsquedas actuales sobre desapariciones en democracia: “Es una manera de demostrar que el movimiento tiene cosas para aportar no solo respecto del pasado lejano sino del presente. Es fundamental porque, si no, nos vamos quedando en las tradiciones, que son buenas, pero sobreviven lo que dura una generación, o tres como mucho, si no lo atás con algo que se esté moviendo”.
A su vez, ese pasado lejano se sigue moviendo en un presente político que busca anclarlo en el olvido, como la identificación en el Pozo de Vargas. ¿Qué significa?
Que la gente escuche que eso se sigue haciendo a pesar del contexto. Es importante enfatizar el hecho de que la rueda se sigue moviendo.

800
Mariella Fumagalli (43) es la directora programática de Argentina, y con Analía González Simonetto (45), coordinadora del Laboratorio Antropológico, entraron como pasantes en 2002, cuando eran estudiantes de Antropología en la UBA. “Fue un espacio de trabajo y de formación al mismo tiempo –dice Mariella–. El EAAF es una experiencia tan sui generis que la transmisión de conocimiento se dio de Clyde Snow al grupo de antropólogos en los 80, que después formaron a una nueva generación”. En aquel momento, desde otro desierto poscrisis 2001, el EAAF requirió a la justicia los restos de aquellas exhumaciones que habían hecho los jueces al comienzo de la democracia. Analía: “Eran muchas bolsas con muchos restos, en muchos casos mezclados por la misma exhumación, y el Equipo necesitaba gente que los procese, los lave, los incluya en un inventario”.
Hoy son responsables en sus áreas, como también lo es Virginia Urquizu (50), coordinadora de la Unidad de Casos, en permanente contacto con las familias. También de la UBA, entró en 2007 para atender un teléfono 0–800 en el marco de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas (ILID): “Fue un salto cualitativo para obtener muestras de sangre y enviar al Laboratorio para hacer comparaciones masivas. Muchos no habían dado muestras ni tampoco sabían que se podía hacer”. Ese año fue bisagra porque permitió comparar masivamente las muestras de sangre con todas las muestras óseas, ya que antes se hacían una por una: “Primero tenías que establecer un perfil de identidad de la persona para poder hacer un cotejo genético. Aceleró muchísimo”.
Un dato de esta rueda que sigue: en el edificio del EAAF aún quedan más de 800 cuerpos sin identificar por falta de muestras. Mariella: “El paso del tiempo también nos afecta por el límite biológico. Hay un ciclo que, de alguna forma, se está cerrando porque cada vez hay menos madres y menos abuelas. Fundamentalmente necesitamos las muestras de sangre de los familiares para identificar personas. Los familiares directos son cada vez menos, entonces hay que recurrir a otros mecanismos”. Analía suma las transformaciones a nivel genética: “Hace 10 o 15 años una muestra de un primo hubiera sido mucho más compleja de agregarla a una comparación. Hoy los cambios son abismales: por eso convocamos a sobrinos, primos, nietos, que son líneas más alejadas, porque hay una posibilidad de acompañar esa curva decreciente”.
En los casos donde no hay familiares vivos, el EAAF tiene entonces que exhumar un familiar fallecido para poder sacar una muestra y acceder a un perfil genético para comparar. Son parte de los desafíos actuales en un presente complejo, y donde el acercamiento de los familiares sigue siendo fundamental para seguir investigando. Virginia menciona el Proyecto Humanitario Malvinas: “Seguimos trabajando para identificar a cinco combatientes que faltan que fueron inhumados en el Cementerio de Darwin, y eso tiene que ver con la falta de muestras de familias que está costando mucho encontrarlas”.
Mariella aporta otro ejemplo relacionado a la última identificación en el Pozo de Vargas: “Hay 149 personas exhumadas, y quedan 30 por identificar. No se está pudiendo lograrlo todavía porque no tenemos muestras. Pero, paralelamente, la investigación de esos restos debe continuar porque lleva un trabajo antropológico de armado de rompecabezas de 149 personas en el que hay que conformar un esqueleto entre 40.000 elementos óseos mezclados”.

Partes del problema
La experiencia que el EAAF acumuló durante años lo constituyó en una referencia también a nivel internacional, con misiones a la República Democrática del Congo, Costa de Marfil, Togo y Sierra Leona; con solicitudes del Tribunal Penal Internacional para la ex–Yugoslavia de Naciones Unidas; del Comité Internacional de la Cruz Roja (en Colombia, Líbano, Ucrania, Irán e Irak, entre otros); o convocados por los familiares de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa, en México. La lista sigue y cruza continentes.
Como explicaba Maco, en Argentina están trabajando, entre otras líneas, las desapariciones en democracia. “Es un universo complejo porque tenemos una metodología aceitada para determinadas formas de desaparición dentro del terrorismo de Estado, pero en democracia hay un millón de factores que pueden incidir en la desaparición de una persona –dice Mariella–. Lo que podemos aportar es un mecanismo de búsqueda”.
Entonces aparecen los inconvenientes: “Hay un problema de incidencia de la política pública. El EAAF surgió como una respuesta a una búsqueda de personas desaparecidas frente a un Estado que no las daba. En democracia se supone que el Estado se tiene que ocupar de forma sistemática, con base de datos, un listado único de personas desaparecidas. No pasa, y por otro lado hay cuerpos sin identificar en diferentes morgues del país. En el terrorismo de Estado tenías diferentes colectivos que reclamaban frente a una problemática común. Acá hay femicidios, violencia institucional, conflictos domésticos. Es tan diverso que es muy difícil conducir un criterio único. Sí hay una forma que puede ser protocolizada, con alertas de búsqueda, pero el problema es el cumplimiento deficiente o aletargado en función de la inmediatez que se necesita para resolver la desaparición de una persona, donde las primeras 48 o 72 horas son cruciales. Necesitás capacitación judicial y en las fuerzas de seguridad. A veces son parte del problema, pero en otros casos es falta de capacidades”.
Esa falta, que sorprende desde un país que avanzó como ninguno en la investigación y reparación por los crímenes del genocidio, es lo que también hace que el EAAF sea requerido. “Pero es como el huevo y la gallina –observa Mariella–. El EAAF fue el EAAF porque hubo una sociedad civil que impulsó. Si no hubieran habido Madres y Abuelas, ni colectivos de ex presos políticos que reclamaran sistemáticamente la investigación de los crímenes, quizás el EAAF no se habría armado. O no habría tenido la proyección que tuvo ni la materia prima para trabajar con la información de familias y militantes. O de acceder a sus cuerpos y cruzar investigaciones. En Chile, donde trabajamos, la sociedad está muy dividida. Políticamente es difícil avanzar porque no hubo proceso de justicia y reparación. Si el Estado no toma esa bandera en algún momento, mal o bien, es muy complejo”.
¿Qué pasa entonces en el marco del actual Estado?: “La situación es que somos peritos de la justicia, y hay diferencia con la praxis del resto de los organismos. Nuestro trabajo está enmarcado en causas tanto provinciales como federales. No hay mucha forma de que se detenga nuestra maquinita, chiquita, que sigue andando porque los jueces siguen ordenando medidas de prueba en investigaciones que siguen abiertas. Obviamente los vaivenes influyen, como pasó en todas las épocas históricas”.
¿Para qué sirve esa memoria en contextos así? Piensa Mariella: “Para seguir haciendo tu trabajo con la mayor de las responsabilidades, sabiendo que al frente tenés familias que siguen esperando los restos de sus seres queridos hace 49 años. Y que más allá de la apatía o del desgano que a veces uno siente pensando a dónde vamos a parar, nos ubicamos en que todo lo que se hizo en los peores momentos nos trajo hasta acá”.

Encíclica Ivonne
Así como Clyde Snow supo encontrar e identificar el tsunami de esa Argentina posdictadura, ¿es posible ubicar en qué tsunami estamos hoy? “Es una cuestión de método –piensa Maco Somigliana–. Si pasó, se puede saber. Si lo vamos a hacer, o no, no sé. Estamos aceptando cosas que nos va a avergonzar mucho haber aceptado, pero ojo que haber llegado hasta acá es en parte por otras cosas que aceptamos y dijimos que no era para tanto. Por algo fue. Depende de nuestra lucidez como sociedad, en la medida en que definamos los problemas, materializar si esto sirve de algo. Si tenés una década perdida o ganada, que sirva para algo que genere cosas distintas. Pensar que esta coyuntura es peor que otras… depende, porque lo que hemos aceptado antes era mucho peor”.
Sobre su computadora, Maco tiene una foto con una mujer. Es la única en la oficina. Cuenta que es Ivonne Pierron, monja francesa amiga de Alice Domon y Leonie Duquet, las religiosas desaparecidas junto a las tres Madres de Plaza de Mayo y otras siete personas del grupo de los 12 de la Iglesia de la Santa Cruz, en diciembre de 1977, donde se infiltró el genocida Alfredo Astiz, hoy condenado y preso. Ivonne era una de las sobrevivientes.
Maco ubica el recuerdo en su memoria y explica la imagen mientras la mira: “Es una ceremonia que hicieron en la embajada de Francia hace 20 años. Le daban la Legión de Honor. Acabábamos de identificar a Leonie Duquet. Me acuerdo mucho de ella. La vi solo esa vez en la vida y nunca más. Una persona muy creyente, en el buen sentido”.
¿En qué?
En creer que lo que hacés en algún momento te va a traer cosas buenas.
Derechos Humanos
Genio y figura: Juan Gabriel González, el fusilado de Lugano

El asombro y los recuerdos de familiares y amigos de Juan Gabriel González, asesinado por la Policía de la Ciudad la última Navidad en el barrio porteño de Lugano. En la foto de portada se lo ve en una fiesta familiar junto a Nelly, su compañera desde hace 24 años. Papá, pintor, asador, arquero y vecino que se dedicó a su familia y también a intentar rescatar a jóvenes de la droga (tarea institucionalmente abandonada por un gobierno que pone candidatos relacionados con lo narco).
Lo que ven en Lugano sobre consumos problemáticos de la policía. El ataque a un hombre indefenso de una absurda “Unidad Táctica de Pacificación”. Sueños, amores, vallenatos, pesca, y el recuerdo de todo un barrio que busca al menos tres cosas frente a esta nueva expresión del ADN de la violencia institucional del país: memoria, verdad y justicia.
Por Francisco Pandolfi
–Hijo, ¿qué hacemos el 24 a la noche? ¿Te parece si vamos a la casa de los abuelos? No sé cuántas fiestas más voy a pasar con mis papás.
Ramona y Chongo tienen cinco hijos (Daniel, Nené –fallecido en 1998–, Juan Gabriel, Gerardo y Romina). Cuando supieron que Juan Gabriel volvería a pasar la Navidad con ellos después de dos años lloraron con una alegría que les desbordaba el pecho.
Juan Gabriel González, 45 años, fue el primero de los hijos nacidos en tierra argentina. Hace medio siglo la familia viajó desde Paraguay al barrio porteño y sureño de Lugano. Gaby, como le dicen, respiró toda su vida en el mismo lugar: la Villa 20.

Gaby con sus hijos Dante y Ángel.
Allí se crio, estudió, se enamoró, tuvo dos hijos (Ángel, de 25; Dante, de 21), aprendió el oficio de pintor y quienes lo conocen dicen que sonrió mucho hasta el último día: el mediodía del 25 de Diciembre, en el centro de la Navidad, fue fusilado por la Policía de la Ciudad en un crimen filmado por sus propios vecinos.
El arquero fusilado
Nació el 6 de junio de 1980 entre pelotas y escombros producidos por topadoras dictatoriales que, aunque lo intentaron, nunca pudieron erradicar su barrio. Desde chiquito el fútbol fue parte central de su vida, allá cuando el terreno pantanoso se compartía con infinidad de sapos y ranas. Salvo un par de excepciones bosteras, toda su familia es fanática de River: “Le quedó pendiente tatuarse el escudo”, dice Nelly, su compañera de vida y mamá de su segundo hijo.
Iba a la cancha cuando podía y cuando no, era religión juntarse con sus hermanos y primos a mirarlo por televisión. “Era tan hincha de River como antiBoca”, cuenta Daniel, su hermano mayor con quien compartía equipo de fútbol barrial, El Bajo, porque eran de la zona de la Villa 20 denominada así. Gaby era el arquero y le gustaba salir jugando: “No sabés cómo nos hacía sufrir”, ríe Daniel, ahora, sentado en un micro que lo depositará en un lugar que no esperaba estar, que le es totalmente ajeno: la puerta de la Legislatura Porteña, donde en una conferencia de prensa él y su familia exigirán justicia.

La perrita Dana, Nelly y algunas de las imágenes de una vida. (Foto: Elena Gorocito)
Los hermanos coinciden en su intuición para atajar penales y en que pese a su estatura (más de 1.80) y su contextura (robusta) se destacaba por su agilidad. “Nos salvó muchísimas veces; no sabíamos cómo, pero se tiraba a los costados como si no tuviese ese físico. Ahora nos quedamos sin arquero”, dice Gerardo, también parte del equipo.
Otra clase de atajadas
Ariel, su primo, habla del verbo atajar pero con otro significado. Dice que siempre atajaba los conflictos y que cuando había una discusión ponía paños fríos.
“Nunca le gustó pelearse”, asegura y toda la familia coincide en este punto. Agrega Nelly: “Siempre mantenía la calma, que perdió cuando la Policía de la Ciudad lo increpó el 25 de Diciembre”.
Explica que el conflicto se originó tras una pelea entre vecinas por la basura, en la intersección de las calles Chilavert y Araujo, y que cuando su esposo llegó la Policía de la Comisaría Vecinal 8A no lo dejó pasar al pasillo por el que se ingresa a su casa. “Se prendió fuego con un oficial que primero le contestó mal y después lo invitó a pelear. ‘Dale, negro’; ‘Dale, gordo’, le gritaba el policía. Con su amigo Chávez le suplicamos a la policía que lo dejaran, que se calmaran, ya una oficial le había partido la cara con un casco y estaba todo ensangrentado. De repente frenó otra camioneta de la Ciudad, se bajó uno, gritó ‘ehhhh’ y tiró”.

Juan Gabriel, Gaby, fusilado el día de Navidad.
El oficial primero de la Policía de la Ciudad se llama Gastón Miño e integraba la llamada “División Unidad Táctica de Pacificación”. Fue detenido el 31 de diciembre en su casa de San Martín.
Cumbia y pesca
Ariel es primo y mucho más que eso. A los 8 años llegó desde Paraguay, y nunca más se separó de Gabriel. La infancia jugando por las tiras; la adolescencia y la juventud yendo a bailar a Radio Estudio, en el barrio de Constitución; y la adultez, trabajando juntos en las obras de construcción. “Le encantaba la cumbia, el cuarteto, el vallenato; su banda preferida era La Nueva Luna. Bailaba, disfrutaba, la música era una de sus grandes pasiones”.
Fútbol, baile, pero nada comparado a la pesca. Cada vez que podía, se hacía una escapada al río Paraná, sobre todo a Zárate, su lugar en el mundo. Comparte su hermano Daniel: “Le encantaba estar descalzo, en cuero, en el barro”. Aturde entonces el registro del momento del asesinato: descalzo y en cuero, como lo fusiló la policía. Agrega Nelly: “Era muy aventurero y viajábamos mucho, siempre en carpa; a Paraguay, donde tenemos familia; a Posadas, en Misiones; a Ituzaingó, en Corrientes, siempre con la caña como compañía. Nunca conocí a alguien tan fanático de la pesca. Su sueño era tener una lancha y hace poquito había empezado a armarla. Un día llegó todo entusiasmado y me dijo: ‘Negra, mirá, ya compré el motor’”.
Sacar a los chicos de la calle
Oscar vive justo frente a la cancha donde Gabriel gritó varias veces campeón con El Bajo. Habla en su terraza, mientras toma unos mates antes de ir a los tribunales donde la familia declarará en el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Número 20, que investiga el gatillo fácil que los derrumbó de un momento a otro. “Él era el corazón de los encuentros, el que hacía los asados, el sostenedor de la familia. El protector de sus hijos y sus sobrinos, a quienes llevaba a trabajar para que aprendieran lo que él sabía: pintura, construcción, ceramista, hacía de todo”.

El arquero de El Bajo junto a Nelly y su hijo. Dicen sus compañeros: «Nos hacía sufrir, le gustaba salir jugando».
De adolescente aprendió a pintar acompañando a su tío José, el hermano de su mamá, y cuando fue padre se largó solo. De a poco se fue armando su cuadrilla de trabajo. “Todo su equipo de laburo está shockeado. Él los pasaba a buscar todos los días en su camioneta y se iban a las obras. Tenía un criterio claro: que quienes lo contrataran estuvieran conformes”.
Ángel, el hijo mayor de Gabriel, ahora quedó con la responsabilidad de sostener el empleo de más de diez personas. “Me está costando dormir”, cuenta, mientras le toca la puerta a un vecino en la recorrida que hasta hace unas horas encabezaba su papá. Dice que esta vez no podrá ir a ver al juez por la responsabilidad heredada en la abrupta reorganización familiar. Luego se funde con Oscar, su tío, en un abrazo que no tiene consuelo.
La gente que lo conoció y lo quiso resalta una característica fuera de lo común. “No solo fue muy solidario al darle trabajo a mucha gente, sino que intentaba sacar a los chicos de la calle y del consumo, llevándolos a laburar con él para enseñarles un oficio”, pondera Oscar. Daniel se ríe al recordar cómo cargaba a su hermano: “¿Estás poniendo un centro de rehabilitación o qué?”. Dice que lo vio hacer lo que a nadie más. “Cuando podía económicamente, veía una persona en situación de calle, paraba la traffic que usaba para trabajar, le compraba algo y seguía laburando”.
Miriam es una vecina que conoce a Gabriel desde que eran chiquitos. “Mataron a una persona noble, leal, que ayudó a todo el mundo. La familia González es conocida en el barrio por ser buena gente”.
El enojo le brota en cada gesto, en la memoria reciente y recurrente: “Los policías toman merca en la esquina de los que venden la cocaína y bajan de la camioneta como robocop a matar y fusilar; así hicieron con él”. Desde el asesinato, ningún funcionario del Gobierno de la Ciudad se pronunció al respecto.
Ninguno.

De pie los hermanos: Romina, Gabriel, Daniel y Gerardo. Sentados los papás: Chongo y Ramona.
Cariñoso, sencillo y valiente, dicen de este hombre asesinado a mansalva: “No le tenía miedo a nada”, resume Oscar. Daniel y una anécdota: “Tenía 17 años y estábamos jugando un partido en la cancha con vidrios, cascotes, de todo. En una jugada se tiró y se lastimó; vimos que le sangraba, pero siguió jugando. Cuando terminamos, vimos que tenía un agujero grandísimo, hasta con pasto adentro: se le había clavado un hueso que estaba tirado por ahí. En el hospital le dieron seis puntos. Nadie entendía cómo había terminado el partido”.
Nelly lo asocia con una cualidad profunda: el poderlo todo. Era joven cuando Gabriel se hizo el primero de sus dos tatuajes: un águila. Fue cuando conoció la mirada poderosa del ave, y sintió que se asemejaba a la suya. El segundo fue una obra colectiva que se hicieron con su banda de amigos: en el dedo gordo inmortalizaron una letra Q, pequeña, por la marca de cerveza helada que los acompañaba en cada encuentro.
El tereré y el mar
Nelly le abre las puertas de su casa y de su mundo roto a lavaca, una semana después de que le arrebataran a su compañero de vida. Casa que primero alquilaron y luego de mucho esfuerzo y ahorro pudieron comprar. Casa donde nació Dante, su hijo. Casa que era de chapa. En un noviembre tormentoso se inundó por completo y perdieron todo, excepto una mesita con las patas de caño. Casa que Gabriel reconstruyó en tres meses: “No teníamos un peso, ni uno eh, pero ya teníamos techo de loza”, dice ella, a quien le brillan los ojos cada vez que habla de él. Casa donde Gabriel cocinaba todas las noches con una copa de vino a su lado.
Se conocieron cuando él tenía 21 años (ya era papá de Ángel) y ella 18. Primero fueron amigos. “Siempre fue muy respetuoso. Aunque era de pocas palabras, solía contarme lo que sentía, hablábamos mucho y tuvimos una conexión desde el primer momento. Tomábamos tereré en la puerta de mi casa, ahí nació nuestro amor”.
Nelly dice que ese amor no morirá porque formaron “un equipazo” de cada instante compartido. “Gaby nunca decía que no a nada y te apoyaba”, entonces cuando ella le contó que quería terminar la primaria, él le dijo que sí, que obvio, que él se quedaba cuidando a Dante.
Y cuando ella le dijo que nunca había conocido el mar, se fueron a Mar del Plata: “Estaba acostumbrada al río y no sabía que el agua era salada, no saben cómo se río al ver mi cara. Cumplió mis sueños, mis caprichos, mis deseos, no le reprocho nada”.

La selfie de una pareja.
Quién nos quita lo bailado
Nelly cuenta las palabras que él más le susurraba: “No te preocupes”, con una serenidad que no perdía jamás. Cuando no tenía trabajo como contratista de pintura, se iba a la remisería de sus papás para hacer algún viaje. Siempre fue desprendido de la plata aunque no sobrara y repetía dos frases: “Cuando me muera no me voy a llevar nada de plata” y “Compartamos aunque no tengamos un mango, ¿quién nos quita lo bailado?”.
Dice Nelly, también, que siempre fue un padre súper presente. Dante, su hijo de 21 años, baja de su habitación. Saluda y explica que en unos días, cuando esté más tranquilo, va a poder hablar. Antes de volver a su cuarto, pide sacarse una foto con su mamá, recordando a su papá. Agarra la remera con la cara de su viejo que lleva el lema “Gaby por siempre”. La besa y la abraza a su mamá, una y otra vez.
A Nelly le cuesta mantenerse parada por los dos perdigones que aún tiene incrustados en su pierna derecha. Cuando a él lo llevaron herido al hospital Piñero, donde finalmente falleció, a ella la trasladaron al hospital Grierson. Tardaron más de ocho horas en atenderla y la Policía de la Ciudad la tuvo incomunicada por atribuirle –falazmente, como queda registrado en las filmaciones– la agresión a un oficial.
La autopsia al cuerpo de Juan Gabriel González confirmó que la causa de su muerte fueron “las lesiones en el abdomen y el tórax por proyectil de munición múltiple. Hemorragia interna y externa”, evaporando las versiones que hizo correr la propia policía. “Me llevaron detenido a mí también y me decían que yo lo había matado. ‘¿Cómo le pudiste hacer eso a tu amigo?’, cuenta llorando Chávez, a quien en la escena del crimen se lo ve pidiendo infructuosamente a la policía que frenara la represión.
Nelly: “La policía estaba sacada, nunca vi algo así; no trataban de calmarse, le pegaban con ganas, fue brutal”.

El barrio y la pelopincho: hay que pasar el verano.
Tiempo presente
Su compañera de vida dice que Gabriel siempre fue una persona justa, que no hay palabras para definirlo, aunque si tuviese que elegir una, la palabra sería “humano”. “Es atento y siempre trató de abrigarme. Es amoroso, cariñoso, dulce y no pasa un día sin decirme te quiero, sin decirme te amo”. Nelly mezcla los tiempos verbales y lo argumenta antes de ponerse a llorar: “Hablo en presente porque para mí sigue estando acá, conmigo”. A la escena se suma Dana, la perrita de 12 años que era el amor de Gabriel.
–¿Sabés por qué lo velamos a cajón cerrado?– pregunta–. Para que quede siempre el recuerdo de su sonrisa eterna, él amaba sonreír. Decía: ‘Estoy más gordito, no se me ven tanto los dientes’; aunque estuviese triste, la sonrisa no se le iba”.
En la nochebuena, la familia González había planeado empezar el 2026 en Zárate, al borde del Paraná. “Después de las 12, me dijo: ‘Negrita, tantas Navidades juntos’, y nos dimos nuestro último abrazo. No sé por qué, no me preguntes, pero no lo quería soltar”.

Nelly y Dante, en la cocina de la casa de Lugano. El comienzo de un nuevo reclamo de justicia frente a un crimen absurdo cometido por la Policía de la Ciudad. (Foto: Elena Gorocito)
Habrá un silencio y luego algunas palabras más: “No hay momento en que no lo piense. Va a ser duro, pero sé que me va a dar fuerzas porque Gaby confía a ciegas en mí. Si él decía algo, lo cumplía; si yo digo algo, lo cumplo. Y no voy a parar ni me voy a cansar hasta que se haga justicia”.
En su homenaje, la familia empezó el 2026 en Zárate, recordándolo. En el barrio ya están organizando la pintada de murales con su rostro. Y sus papás colgaron un pasacalle en el balcón de su casa: “Gaby por siempre en el corazón de la Villa 20, familiares, amigos y vecinos de Lugano”.
En la puerta, a Ramona y Chongo no les sale la voz. Ramona, saluda, con amabilidad y una tristeza inigualable. Dirá, con orgullo: “Yo soy la mamá de Juan Gabriel” y no hará falta decir nada más.

Nota
Se confirmó el procesamiento del gendarme Guerrero por el ataque al fotógrafo Pablo Grillo

El gendarme Héctor Guerrero será procesado por el ataque que hirió gravemente en la cabeza al Pablo Grillo el 12 de marzo pasado (la foto de portada muestra a Pablo durante su recuperación, que aún continúa). La Sala II de la Cámara Federal porteña ratificó la decisión de la jueza María Servini que había sido apelada por el acusado. Además, pidieron investigar las posibles responsabilidades de quienes estuvieron a cargo del operativo. Presentamos aquí la información del diario Tiempo Argentino, uno de los integrantes de la Unión de Medios Autogestivos.
La Sala II de la Cámara Federal de Apelaciones confirmó el procesamiento del gendarme Héctor Guerrero por las lesiones gravísimas producidas al fotógrafo Pablo Grillo y por el abuso de armas en otras cinco oportunidades durante la manifestación de los jubilados del 12 de marzo pasado.

El gendarme Héctor Guerrero el día de su declaración ante la jueza María Servini.
El fallo de la Cámara lleva las firmas de los jueces Eduardo Farah, Martín Irurzun y Roberto Boico. En su voto, Boico además, exigió que se profundice la investigación por las eventuales responsabilidades de las autoridades a cargo del operativo.
La situación del gendarme Guerrero había llegado a la cámara de apelaciones luego de un planteo de la defensa del acusado en la que pidió revocar el procesamiento como presunto autor del disparo con una pistola lanza gases contra Pablo Grillo, quien sufrió heridas gravísimas durante la represión policial a aquella protesta de jubilados en el centro porteño.
El planteo de la defensa se produjo en el contexto de varias resoluciones judiciales polémicas que se dieron durante en la semana posterior al triunfo electoral de La Libertad Avanza (LLA), que tuvieron como principales beneficiarios a Mauricio Macri y Javier Milei, y como principales perjudicados a Cristina Kirchner y Guillermo Moreno. Sin embargo, el oportunismo no funcionó y este viernes los tres camaristas le dio un revés al gendarme al entender que el acusado debe ir a juicio.
Guerrero, asistido por los abogados Martín Sarubbi y Claudio Nuncija, solicitó revertir el procesamiento que oportunamente había sido dictado por la jueza federal María Servini. La defensa sostuvo que no está acreditado que el gendarme haya sido el autor del disparo y afirmó que su conducta se ajustó a los protocolos vigentes para el uso de armas lanzagases.
En tanto, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), que interviene como querellante, respaldó la resolución de Servini y la validez de las medidas de prueba, entre ellas el relevamiento en el lugar del hecho, un informe balístico de la Policía de la Ciudad y la reconstrucción denominada “Mapa de la Policía”, elaborada por realizadores audiovisuales y peritos forenses.
Por Claudia Acuña
La CIDH en su informe anual de 1987 lo sintetiza así:
“ La Corte Suprema de Justicia de Argentina falló el primer caso llevado a la más alta instancia judicial en ese país y otorgó la tenencia de Laura Ernestina Scaccheri a la familia natural, con quienes vive desde marzo de 1986. Los padres de Laura desaparecieron después de su detención y su paradero aún hoy se desconoce. En 1985, las Abuelas de Plaza de Mayo ubicaron a Laura viviendo con una familia que la había recibido en julio de 1977. En marzo de 1986, un juez federal ordenó la restitución a los parientes consanguíneos. La familia apropiadora apeló y la Cámara Federal de la Plata revocó ese fallo; sin embargo los parientes de sangre presentaron recurso extraordinario ante la Corte Suprema la que falló a su favor en forma definitiva el 29 de octubre de 1987”.

Foto Julieta Escardo para el libro Mujeres y violencias/ libros Noveduc
La noticia de la muerte de Eva Giberti me llevó directo a aquel día y me obligó a buscar los datos más precisos en mi archivo, aunque los otros, los importantes, son imborrables. En aquellos años el periodismo me había permitido investigar algunas de las desapariciones de esas infancias secuestradas y por ese motivo había establecido una relación profesional con Leopoldo Schiffrin, por entonces secretario penal de la Corte Suprema.
Uno de esos días de la recién recuperada democracia me citó en su despacho y me pidió algo concreto: había llegado el primer caso de restitución y tenía un pequeño margen para completar la investigación que heredaba de las instancias judiciales anteriores. Lo que necesitaba, concretamente, era la opinión de una persona experta que pudiera analizar si la restitución beneficiaba o perjudicaba a la criatura. Lo dijo así y no fue necesario que pusiera esa afirmación en el contexto de la época: la mayor autoridad internacional en psicología infantil, la francesa Francoise Dolto, había manifestado públicamente su oposición y aunque años después pidió disculpas por su ignorancia –también lo dijo así– en aquel momento se transformó en un argumento de prestigio citado por quienes defendían a los apropiadores.
No tuve dudas en quien era la persona adecuada para la tarea. Había leído el libro de Eva sobre adopción, donde analizaba de manera profunda y sin maquillaje las preguntas y respuestas sobre la identidad que sembraba ese vínculo entre hijos, hijas y padres y daba un paso más allá: ponía bajo la lupa del psicoanálisis, la antropología y la filosofía el tema de la crianza en tiempos en los que nadie creía que los bebés tenían ni memoria ni sentimientos.
Con la facilidad que otorga el periodismo a las citas entre personalidades y desconocidos, la llamé. Fue la primera vez que iba a su coqueto piso de la calle Uruguay. No se sorprendió cuando le revelé la verdadera causa del encuentro, tampoco se maravilló. Simplemente me dijo: “Hay que trabajar mucho y en serio”. Así lo hizo.
No volví a ver ni a Schiffrin ni a Eva así que ignoro cómo fue el proceso que implicó su participación, pero cuando finalmente accedí al resultado lloré. Eva describía escena por escena el saqueo genocida que produjo las desapariciones. Luego se detenía en la situación descripta por lo apropiadores al encontrarse con la beba, que por entonces tenía dos meses. Estaba sola en una sillita arriba de la mesa de la cocina y debajo de una lámpara desnuda: del cable solo colgaba una bombita de luz. Los apropiadores eran vecinos que fueron convocados por la patota para que les den información sobre la pareja que vivía en esa casa. A cambio le ofrecieron “llévense lo que quieran”.
Se llevaron a la bebé y una garrafa.
En su declaración judicial la apropiadora narró que durante días y días la beba no paró de llorar. Agotada, tuvo una idea: ponerla en la misma situación que la encontró. La colocó entonces en su sillita arriba de la mesa de la cocina, justo debajo de la lámpara, pero recién cuando quitó el artefacto que la decoraba y dejó la bombita desnuda la beba paró de llorar. Eva dictaminó que esa lámpara era su mamá. Probó así que los bebés de dos meses tenían memoria y sentimientos. Dimensionó la herida que le produjo la desaparición de sus padres: era enorme, como ese llanto continuo e inconsolable.
Obviamente no fue lo único que evaluó la Corte para otorgar la restitución, pero sí lo que mejor describe el método Giberti: ser sensible es ser inteligente. Ser trabajadora “mucho y en serio” es ser profesional.
Podría recordar también a la Eva periodista, porque ese fue su origen –comenzó en el diario La Razón en los 60; en los 90 fue una de las diez aportantes que permitió fundar la revista El Porteño, donde también escribió- o resaltar la importancia que tuvo para la generación de padres y madres que se crio escuchándola en las tardes de Sábados Circulares, el legendario y ultra popular programa de televisión conducido por Pipo Mancera. La mía anotaba todo lo que decía Eva.
Pero para despedirla prefiero recordarla como mi psicoanalista. Recurrí a ella tiempo después de aquel primer encuentro, cuando ya tenía un trabajo de cierta jerarquía en Página 12, un diario que me hacía llorar la maternidad. La sesión era en su departamento a donde me esperaba con pañuelos descartables, un delicioso té servido en tazas de porcelana y masitas de diseño: la terapia perfecta para una madre agotada y una trabajadora maltratada. Un día, en un alto de mis lamentos, me señaló el retoño de un gingko biloba que crecía en su balcón. Me contó que es una especie milenaria que nació antes que los dinosaurios, que fue capaz de acumular experiencias para transformarlas en delicados mecanismos de defensa hasta convertirse en la única que sobrevivió a la bomba de Hiroshima: no solo volvió a brotar, sino que fue capaz de dar semillas para expandirse como símbolo de resistencia y esperanza. Además es hermosa.
Me quedo con eso.

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