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La Selección y el periodismo deportivo: los sonidos del silencio

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Lionel Messi fue el encargado de comunicar una decisión grupal. Marcó así un límite ético y señaló el estado actual del periodismo deportivo. ¿Cómo se llegó a esta situación? La farandulización, el show del rating y la defensa de los viáticos. El rol de los tanques mediáticos y lo que se oculta tras el ruido: la promiscua relación entre fútbol, política y corporaciones. Para pensar estos temas, una charla con dos profesionales del periodismo deportivo: Ezequiel Fernández Moores y Ariel Scher.
Cuando el matemático Lionel Messi logró la cuadratura del círculo –ubicando un objeto esférico en un ángulo recto ante un arquero que volaba hacia la nada- la respuesta fue un griterío asombrado. Pero cuando un rato después el mismo ciudadano de jopo bicolor anunció que los jugadores de la Selección no hablarían más con la prensa, lo que estalló fue un asombro mayor aún, y un aplauso.
Así fue el ambiente juvenil que me rodeó durante y después la transmisión de Argentina 3 -Colombia 0. Y es el clima que parece haberse diseminado por múltiples rincones del planeta futbolero, y más allá. El encuentro contra Colombia, en sí, tuvo efectos antidepresivos después de Brasil 3-Argentina 0. Pero la novedad de los jugadores rebelándose frente al periodismo fue un dato inesperado.
¿Por qué esa reacción?

  • “Porque el periodismo se convirtió en un asco. Todos son gritos, mentiras, escándalos”.
  • “Está bien que critiquen cuando se juega mal, todos criticamos, pero esto ya es otra cosa. Y es insoportable”.

Así hablaron los jóvenes que aplaudieron a Messi. Alguien más veterano de nuestro equipo razonó: “Una decisión grupal fue comunicada ante las cámaras por el más mediático de sus integrantes y así, casi performáticamente, marcaron un límite ético. Es impensable que el periodismo haga hoy algo similar: se plante grupalmente y diga: basta, así no”.
lavaca conversó horas después con dos periodistas deportivos, acerca de estos misteriosos episodios:

  • “La vara del Tano Pasman quedó muy alta. Parecía parte del folklore, pero los periodistas la quieren igualar”, razonó Ezequiel Fernández Moores. El Tano Pasman era aquel señor que gritaba, insultaba y se tiraba de los pelos frente al televisor mientras veía cómo su River empezaba a caer hacia el descenso, cosa que parecía equivalente a al infierno, o cosas peores.
  • “Todo se espectaculariza. El argumento en el periodismo deportivo es: hago quilombo y eso me da rentabilidad o rating o lo que sea, y eso es bueno”, diagnosticó Ariel Scher.

La Selección y el periodismo deportivo: los sonidos del silencio

Foto: Télam


Muchísimas gracias y buenas noches
Antecedentes: luego de la derrota en Brasil se dijo (y se replicó al infinito en medios digitales,  televisivos y radiales que –cada vez más- tienden a ser todos como clonados) que los jugadores argentinos forman una generación de fracasados, pechos fríos, faltos de actitud, se los trató de millonarios reblandecidos, e incluso de ratas.
Pero fue la versión que rebotó en todo el cosmos, según la cual Ezequiel Lavezzi, Pocho, fumó un porro durante la concentración la que marcó el offside. Al terminar el partido contra Colombia los jugadores fueron a la conferencia de prensa en la que Messi tomó el micrófono y con lenguaje nada pomposo y sin falsos dramatismos, anunció: “Estamos para comunicarles que hemos tomado la decisión de no hablar más con la prensa”.
El argumento: “Recibimos muchas acusaciones, muchas faltas de respeto y nunca dijimos nada. Pero esto sobrepasó todo. La acusación al Pocho es muy grave. Si no salimos a decir nada, la gente cree que es así. Mucha gente compra lo que le dicen. Pero queremos cortar esto de una vez. Lamentamos que tenga que ser así, pero no nos queda otra. Sabemos que hay muchos que no entran en ese juego de faltarnos el respeto, porque vos podés opinar de si jugamos bien o jugamos mal, de lo que hacemos dentro de la cancha. Pero ya meterse en la vida personal de uno y hacer acusaciones de este tipo, que no es la primera, pero si no lo cortábamos hoy no lo cortábamos más. Es muy grave. Por eso estamos acá y no vamos a entrar en el juego ese. Nos van a seguir diciendo un millón de cosas como nos vienen diciendo, pero nosotros no vamos a ser partícipes de eso. Así que queda dicho, muchísimas gracias y buenas noches”.

Cacería de público

“El deporte se ha vuelto el espectáculo central de una época donde se espectaculariza todo”, dice Scher, periodista que tuvo a su cargo la sección de deportes de dos diarios, profesor de periodismo y que acaba de editar un libro sobre fútbol y literatura: Deportivo Saer. Se refiere así a esta época extraña, de redes sociales, ratings por minuto, inmediatez ansiosa y un despliegue mediático con una dinámica técnica: la captura de la atención, una especie de cacería de público, que además se mide en directo para comprobar sus efectos lisérgicos.
El mecanismo de captura -describe Scher- es la estridencia, que habrá que entender como sobreactuación, exageración, ruido, hiperintensidad y obsesión por clavar las miradas en la pantalla. “El hecho periodístico, creativo, de investigación, pasó a ser sustituido por el logro de efectos. Lo que importa es producir el show y captar atenciones temporarias para liderar porciones de mercado”, plantea Scher.
Las noticias más leídas tras el partido en varios medios fueron sobre la Selección: las discusiones entre un locutor machista y la hermana de Messi, los memes sobre Higuaín, el denunciante de Lavezzi y, más abajo en este ranking de consumo noticioso, el gol de Messi que ya es parte del paleozoico. Cada noticia se va reemplazando por otra que haga más estridencia. Scher: “Es una mezcla de la sociedad del vértigo con la sociedad del rendimiento, con la farandulización del periodismo deportivo”.
La descripción de Scher, en realidad, aplica todos los rubros del oficio.

De Hitler a Higuaín

Ezequiel Fernández Moores – periodista de una agencia de noticias internacional, columnista en medios gráficos y radiales y autor de Díganme Ringo, la biografía del boxeador Oscar Bonavena- calcula que la esta actitud de la Selección no puede quedar atrapada en nombres de periodistas: “Uno puede individualizar, pero es como quedarse con el árbol y perderse el bosque. Porque los tipos que han producido esta reacción trabajan en medios importantes, como Fox, Radio Mitre de Clarín, América. Son lugares centrales donde se apaña y se da micrófonos y horarios importantes a gente así para que sume rating de estos modos”.
Individualicemos: Mariano Liberman cosechó atención al reclamar a la Selección la clasificación al Mundial 2018 con el siguiente argumento: “Yo quiero ir al Mundial. Me hacés perder guita si no voy al Mundial. Nosotros vivimos de esto: si no van, no cobramos los viáticos». En respuesta, este señor recibió ayer un mensaje de la hermana de Messi: “Para Liberman que lo mira por TV”. Contestó con un clásico del machismo: “Yo con mujeres no discuto, ni de fútbol ni de nada”.   
Individualicemos: Gabriel Anello y Alejandro Fantino habían llamado ratas a los jugadores. El primero, periodista de Radio Mitre, fue el autor del despropósito que involucró a Lavezzi. Ahora, tras el límite que marcó la Selección, se recordó que el año pasado fue denunciado por golpear a su ex pareja y que por eso se repartieron volantes durante la entrega del Martín Fierro con la leyenda: «Ni una menos. Gabriel Anello, golpeador. No seamos cómplices». También se mencionó que le escribió al hijo de un árbitro judío en Facebook: “Hitler debió haber vivido 10 años más para terminar la obra”. Este señor fue premiado con el Martín Fierro. Fernández Moores: “Son premios de la industria periodística, lo que te muestra que esa forma de trabajar es bendecida, pagada y glorificada por los propios medios”.
Fernández Moores señala sobre la reacción periodística ante la conferencia de Messi: “Ves que esos periodistas están como indignados, creyendo que  sus opiniones valen más que los goles de Messi, y decís: claro, los jugadores tienen razón, estos tipos están en Marte. Es un microclima que les da rating, y una industria periodística a la que le conviene esto del insulto”.
¿Por qué le conviene?
Fernández Morre: “Porque mientras hablamos de todo eso, sigue la pelea por la compra de derechos, por negocios fabulosos alrededor del fútbol, vínculos políticos y la rosca de turno. Los dueños del fútbol, de la información y del poder económico están cada vez más vinculados”. Quedan así marginados temas que sería interesante descifrar: “Por ejemplo, nadie plantea cómo se designó en la Selección a un técnico que fue el único de 44 sondeados que no tuvo que presentar ni currículum”. La teoría es que ese acercamiento de Bauzá vino de la mano del operador del PRO y ex funcionario menemista, Fernando Niembro: “Y Niembro es Fox, y su sucesor en la pantalla es Liberman. Hay toda una cadena”.
Ese estilo periodístico escandaloso se justifica a sí mismo planteando la doctrina espejo: refleja lo que le interesa a la gente. Fernández Moores: “Supongamos que la gente pide el linchamiento público de Higuaín. ¿Qué nos corresponde hacer? Quieren pena de muerte: ¿Qué hacemos? Al menos yo, creo que el periodismo es otra cosa: nuestro trabajo es informar, investigar, pensar, contrastar, reflexionar.”.

Victorias y derrotas

La lógica de hiperconsumo mediático y de mercado, contamina también lo deportivo. Scher: “Es un clima cultural que plantea que quien hace mejores números, más goles, sólo por eso, exclusivamente por eso, es mejor que los otros. Y los otros son derrotados, fracasados”.
Fernández Moores: “Creo que dramatizan mucho más las derrotas y los éxitos los periodistas que los jugadores. Para los jugadores ganar y perder es lo cotidiano, forma parte de la lógica del deporte. En cambio el periodismo vive el minuto a minuto y necesita explotar el triunfo, exprimir la derrota, ser más papista que el Papa y más jugador que los jugadores”.
Sobre la decisión de los jugadores Fernández Moores tiene una teoría: “Uno sabe que es un lujo que se pueden dar. Porque Messi es muy consciente de que los medios necesitan de él, pero él ya no necesita a los medios. Un político está esperando por que lo llamen los programas de radio. Messi no lo necesita. Y puede ponerle condiciones a los medios: es un juego de poderes raro e interesante”. También es cierto que los jugadores muchas veces usan a los medios para lanzar noticias, promover compras, ventas, negocios. “Los jugadores a veces son marcas, industrias en sí mismas, más importantes que muchos clubes”.
Para Scher que exista todo este debate es un síntoma positivo: “Si la actitud de los jugadores nos hace hablar de estas cosas, ya es una buena noticia. Porque si se dice cualquier cosa sobre Lavezzi, por ejemplo, ¿por qué se dice? ¿Cómo puede ser concebido como algo narrable? Fueron los jugadores los que reaccionaron al sentir que se quebró una frontera. Habrá que ver si la discusión que se desencadena es algo que nos dé la oportunidad de pensar cómo llegamos hasta acá”. Y quizá, cómo salir.
En esta frontera, Fernández Moores hace una apuesta que merece que cada quien piense a su modo: “Me parece bueno alejarse del ruido. Y aprender a buscar más en los sonidos del silencio -como dice aquella vieja canción-, que en los sonidos que nos aturden”.
La Selección y el periodismo deportivo: los sonidos del silencio

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Infierno Infantino

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Desde Europa, la visión de una escritora y dramaturga sueca sobre el conflicto FIFA-UEFA y quiénes son los dueños del fútbol.

Por América Vera-Zavala

Para lavaca.org, desde Suecia

Mientras el resto del mundo se ocupa de teorías conspirativas sobre «La Selección» y de firmar una petición para expulsar a Argentina del Mundial para siempre -la campaña «Argentina Out» ya reunió más de 23 millones de firmas-, los argentinos hacen aquello en lo que son campeones mundiales: componer cánticos de fútbol. Nosferatu 2.0 se define como una ópera rock villera y está dedicada al presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Una de sus frases dice:

«Le robaste el fútbol a los pobres

y se lo diste a los ricos

 a cambio de un sobre con dinero».

Infantino, desde luego, no se queda de brazos cruzados. Cuando leo sobre la propuesta de poner a la venta los torneos de fútbol, ​​acudo a mi estantería y saco el libro de portada rosa de Erik Niva, el periodista de fútbol más destacado de Suecia. Busco la sección dedicada a Eric Cantona y leo la historia de aquel futbolista que, tras su primer entrenamiento con su nuevo club-el Manchester United- le pidió a su entrenador que le prestara dos jugadores.

«¿Para qué?», ​​se preguntó Alex Ferguson.

«Para entrenar», respondió Cantona.

Corría el año 1992 y la Premier League aún no existía.

Cantona hizo historia en el fútbol. Infantino también está haciendo historia.

La FIFA ha sido un infierno desde hace décadas. Infantino la ha conducido hacia los círculos más profundos del Infierno de Dante, con particularidades específicas que nos permiten llamarlo el ”Infierno Infantino”. Un ejemplo basta: instituir un premio de la paz solo para otorgárselo a un asesino. Otro ejemplo, que en realidad es el mismo: durante el Mundial aceptó perdonar una tarjeta roja por pedido del presidente de Estados Unidos.

Si el Mundial de 1978 en Argentina se celebró en un país gobernado por una dictadura militar —donde la tortura se intensificó durante el torneo mientras el mundo exterior fingía que todo era normal— el Mundial de 2026 en Estados Unidos se celebra en un país regido por una democracia parlamentaria que, durante el torneo, bombardeó Irán y fue cómplice activa del genocidio en curso en Palestina. Ese era el panorama geopolítico cuando comenzó el Mundial, y nada ha cambiado. Durante unas semanas, hicimos exactamente lo mismo que el mundo hizo con respecto a Argentina en 1978. La diferencia fue que, esta vez, era imposible decir que no sabíamos nada.

Como dice la ópera villera dedicada a Infantino

 ”Tu nombre sabe a sospecha,

 hasta en las cosas bien hechas”.

¿Por qué queremos politizar aún más el fútbol cuando ya es tan político? El fútbol es una pasión, el deseo se impone al intelecto. Puedo entenderlo. Así es como debo entenderme a mí misma y mi persistente atención hacia el campo de juego menor, plenamente consciente de que el terreno de juego mayor dicta que no debería estar mirando el pequeño. Porque se trata de una elección.

Al mismo tiempo, soy plenamente consciente de que el sentimiento que albergo hacia la selección argentina es pura pasión, algo totalmente ajeno al razonamiento intelectual. Pero esta vez y por alguna razón explícitamente  política con la Selección se abrieron las compuertas: un rasgo distintivo de nuestros tiempos. Hablé con personas y leí publicaciones que afirmaban que la FIFA había decidido que Argentina ganaría la Copa del Mundo. La razón aducida era que el Presidente del país apoya a Israel y el genocidio. Vi imágenes del primer ministro de Israel vistiendo la camiseta de la selección argentina, presentadas como prueba de que el país es sionista. Vi publicaciones que aseguraban que hay una gran cantidad de nazis en Argentina —que fue allí donde huyeron tras la Segunda Guerra Mundial, y que eso explica el racismo. Leí que Argentina es un país extremadamente racista del que se ha expulsado a la población negra. Escuché a amigos decir que Messi es detestable porque representa al capitalismo. Como suele ocurrir con las teorías conspirativas, algunos elementos pueden ser ciertos mientras que otros son mentiras, pero la mezcla resultante es tóxica y exige constantemente nuevos ingredientes. Aquello no cesaba y, por momentos, me dejaba totalmente atónita y desconcertada. ¿Por qué existe la necesidad de buscar agendas ocultas cuando todo está a la vista? ¿Qué necesidad de buscar lo oculto en un mundo donde todo se exhibe descaradamente ante nuestros ojos?

Ahora, la noticia es que la FIFA quiere vender acciones en todos sus torneos.

Luego, la noticia es que la UEFA, la federación europea de fútbol que está jerárquicamente bajo la FIFA, ha declarado que boicoteará todos los eventos de la FIFA.

En tanto, canta la ópera villera:

“Infantino

llagara tu hora

no importa si no fue ahora”.

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¿Por qué miramos fútbol?

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¿En el fútbol se apoya a equipos moralmente íntegros? ¿La pasión se decide políticamente? La escritora y dramaturga sueca América Vera-Zavala envió a lavaca desde Malmö estas reflexiones a partir de sus días y noches (poniendo el despertador a las 3 de la madrugada) para seguir con sus hijos a la Selección argentina, de la cual la familia es hincha. Una idea sobre el Mundial, pese a la derrota final y los desvelos: “Igual fue lindo”.

Por América Vera-Zavala

¿Por qué miramos fútbol?
Imagen de 2018, en Malmö. La escritora y dramaturga sueca América Vera-Zavala con camiseta de Atlanta (y el Nunca Más) y sus hijos Ernesto, Bartolina y Camilo.

Apenas termina la final del Mundial, mi hija se ha dormido y mis hijos están furiosos. Estoy en la cama cuando recibo un mensaje de Claudia, mi mejor amiga en Buenos Aires. Escribe: «Igual fue lindo». Las mismas palabras había pensado segundos antes.

Igual fue lindo.

Antes de seguir adelante e intentar reinventar la vida después del Mundial, hay algunas cosas sobre las que quiero reflexionar, preferiblemente en compañía de otros.

Una pregunta que quiero hacerme a mí misma y a ustedes es: ¿Apoyan a equipos que consideran moralmente íntegros? ¿El equipo que apoyan es una decisión política, o su elección de equipo complica sus posturas políticas?

Todo el fútbol es político, al igual que todo el teatro. Todo es político. Al mismo tiempo, todo está sujeto a cambios, y el fútbol sin duda ha cambiado en los últimos 20 o 30 años. Este Mundial se derramó de política, y tal vez me puso a la defensiva, lo que me llevó a reflexionar más de lo habitual sobre el papel del fútbol en nuestras vidas.

En una escena de El secreto de sus ojos, la película que le valió a Argentina el Óscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa en 2010, se busca a un asesino. El detective, interpretado por Ricardo Darín, está convencido de que el sospechoso aparecerá en un partido de fútbol. Como dice su colega: Puedes cambiarlo todo: cara, casa, familia, novia, religión, Dios; pero nunca podrás cambiar tu pasión.

Durante la Copa del Mundo, vi publicaciones en redes sociales de personas que decían apoyar al equipo de Pedro Sánchez frente al de Milei. Otros escribían que apoyaban a España porque representaba una victoria moral. Había argumentos expresados ​​con elocuencia para cambiar de equipo basándose en motivos políticos.

¿Pero es realmente esa la razón por la que vemos fútbol?

¿No es la elección del equipo al que apoyar algo fundamentalmente irracional? ¿No nace de factores totalmente ajenos a las posturas políticas?

He alentado a la Selección argentina desde que tengo memoria. No sé cuándo empezó, pero estoy convencida de que nunca terminará. Es, además, el único equipo de fútbol capaz de ponerme nerviosa, hacerme llorar, llevarme a realizar pequeños rituales y hacerme gritar de alegría. No tiene nada que ver con la política. Muchas veces he intentado situar ese sentimiento en un contexto político –dar una explicación racional a algo irracionalmente emocional– pero el fútbol siempre es algo más.

En la película Buenos Aires 1977 (o “Crónica de una fuga”), hay una escena en la que dos hombres están en la cocina de una casa que sirve como centro clandestino de tortura. Escuchan un partido de fútbol por la radio. Cuando Argentina marca un gol, se abrazan. Uno es torturador; el otro está siendo torturado. Uno es el verdugo del otro. Y, sin embargo, ahí está ese abrazo apasionado.

Es una escena desgarradora, cargada de múltiples perspectivas. Pienso en ella hoy porque refleja cómo el fútbol me hace perder la cabeza. Hace apenas unas semanas, me encontré en un bar, fundida en un abrazo apasionado con un completo desconocido cuando Argentina empató 2-2 contra Egipto. Cada cuatro años pierdo la cabeza, y cada vez la sensación es igual de extraña. ¿Cómo es posible que me conmueva tanto un grupo de hombres corriendo con el objetivo de meter un balón en el arco? Es inexplicable.

Al mismo tiempo, veo a gente a mi alrededor haciendo lo mismo cada semana por un equipo inglés con el que no tienen una conexión, salvo que estarían dispuestos a dar la vida por él. O por un equipo de “Allsvenskan” que les genera frustración y euforia a partes iguales, en las buenas y en las malas, y en Suecia, generalmente en el frío.

Quizás el fútbol, ​​más que una elección política o moral, sea una forma de escapar de la realidad. Una forma de olvidar, por un momento por qué se debería luchar políticamente.

Pero también es algo más. El fútbol une a la gente para crear una nueva bandera para el próximo partido. Hace que la gente viaje largas distancias, cante al unísono y comparta la alegría con completos desconocidos. Al mismo tiempo, impulsa a la gente a cometer actos atroces. Abarca tanto lo feo como lo bello.

Una breve nota al pie: Claudio Tamburrini –cuya historia personal sirvió de base para Buenos Aires 1977, obra sobre un centro de torturas clandestino durante la dictadura argentina– se exilió posteriormente en Suecia. Actualmente es filósofo e investigador en la Universidad de Estocolmo. Y mira fútbol.

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Para quienes la ven de lejos

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por Claudia Acuña

Para la gente amiga que mira esto desde lejos, ya sea porque habita otros puntos del planeta o porque se aísla en el laboratorio virtual: ustedes motivan estas líneas escritas con el corazón en la boca en tiempos que nos obligan a escupir latidos.

Si hablamos estrictamente de la Copa del Mundo, tras el partido semifinal entre Francia–España quedó claro –hasta para mí que no sé nada de fútbol– que estábamos ante un desafío insuperable: cómo jugar contra un rival entrenado para que no puedas jugar. Había entonces que enfrentarse a un equipo sin delanteros brillantes porque está integralmente dedicado a construir un muro para que nunca puedas patear al arco. No encuentro mejor manera de definir la situación política argentina: es tan literal que impacta.

Hay que reconocer que a lo largo de nuestra historia en muchas oportunidades el fútbol –con sus gambetas y anti héroes– nos señaló líneas de fuga, horizontes o como prefieran llamarlo. A mí me gusta pensarlo como ventanas: esas que cuando abrís te renuevan el aire.

En esta ocasión el primer soplo emergió del funeral del Indio Solari, músico, poeta y símbolo de una tradición cultural autogestiva que mostró en ese adiós su poder real, más popular y más profundo que cualquier otro lustrado con el aparato corporativo. El antecedente no es caprichoso: la música del Indio estuvo presente desde el primer minuto de este Mundial, acompañando imágenes y mensajes relacionados con la selección nacional, como parte de la construcción de su identidad. Algunos hicieron notar la paradoja, ya que se extraían del under a la cima las herramientas capaces de crear un vínculo emocional masivo y eficaz. Para fundamentarlo prejuicios sobran: los jugadores son millonarios, se dan la mano con Trump, viven en otros mundos, pero le musicalizan sus mensajes con cumbias o el Indio para que los algortimos lo hagan circular en loop. Lo siguiente, sin dudas, es que la construcción de esas idolatrías sirva para vender más zapatillas y más comida chatarra. O algo peor.

Fue entonces cuando quiso el gobierno aprovechar la distracción Mundial para lograr la sanción de una Ley de Defensa de la Propiedad Privada –si: en esta tierra en la que se recuperaron centenas de puestos de trabajo al grito de Ocupar, Resisitir Producir– especialmente dedicada a favorecer y regalar el territorio argentino a capitales extranjeros. Quiso también invitar por decreto a las corporaciones globales al festival de explotación marítima de petróleo en el Atlántico de Mar del Plata. Y quiso, de paso, regular para peor la ya escandalosa Ley de Reforma Laboral, logrando algo que parecía imposible: perjudicar aún más la negociación por la actualización salarial.

Pero estamos en Argentina y lo que siguió lo determinó la pelota partido tras partido, hasta llegar al enfrentamiento con Inglaterra, simbólicamente convertida en la madre de todas las batallas de la actualidad.

Fue entonces cuando ganamos nuestro propio Mundial, con media sábana y unos brochazos de pintura negra que alertaron “Las Malvinas son argentinas”, frase bordada con declaraciones a la prensa por parte de varios integrantes del equipo y afirmadas con moño por el Capitán Messi, al dedicar el triunfo a las muchas personas que en Argentina “la están pasando mal porque no tienen trabajo ni llegan a fin de mes”. El director técnico, Lionel Scaloni, fue quien entregó en público el presente durante su conferencia de prensa:

“Estos jugadores son como indios”, definió

“Se han criado en condiciones extremas y no le temen a nada”.

Ajá.

Indios, como Solari y también como aquellos ancestros que resistieron ayer y como estos contemporáneos que sobreviven hoy enfrentando día tras día, partido tras partido, dificultades extremas.

Fue entonces cuando, en pocas horas, la tela pintada a mano por un grupo de amigos se fue convirtiendo en varias cosas.

Primero se convirtió en trapo escondido en los testículos para eludir el control policial.

Luego, el trapo se convirtió en bandera para agitarla en la tribuna.

Después, la bandera se convirtió en saeta para arrojarla a la cancha y la saeta se convirtió en mensaje que descifra de un vistazo un jugador de fútbol.

Finalmente, el mensaje se convirtió en trofeo que se levanta frente a la tribuna, las cámaras de televisión, los teléfonos celulares, el corazón social de Argentina.

Ajá.

Eso que llamamos política es exactamente esto: millones reflejados en medio metro de tela, el punto de encuentro entre un pueblo y su exacta representación.

Luego de aquel partido inolvidable –el único en el que el fútbol de la selección brilló– el tercer tiempo se jugó en las calles. La sociedad, en las de asfalto; las del poder, en las virtuales, tal como ordenan las ágoras vigentes. En unas, a puro baile y atrayendo multitudes; en otras a puro insulto –la calificación presidencial de “mono–neuronales” a los responsables de esos mensajes resonó menos vulgar que su tono habitual– y con escasa repercusión. Quizá para forzarla, el vocero presidencial –obligado sucesor de quien ahora está en riesgo de ir preso por corrupción– remarcó:

“El gobierno no coincide con esto de que la gente no llegue a fin de mes”.

“Esto” es Messi.

La consecuencia directa fue que El Senado de la Nación postergó el tratamiento de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada decodificando exactamente la dirección de los vientos que sacuden la actualidad política al agitar la palabra mágica “Malvinas”.

La otra la comprobaremos mañana miércoles cuando a la habitual ronda de jubilados y jubiladas se sume la CGT y el corte de uno de los puntos de conexión entre el conurbano con la Capital: el emblemático Puente Pueyrredón.

La noticia es que aquí la pelota está haciendo su juego, que ningún gobierno hoy representa a su sociedad, que cualquier símbolo puede transformarse en un emblema si se escucha el corazón social y que, tal como nos demostró este Mundial, no alcanza con esperar hasta el minuto final para saber si el resultado nos favorece: el partido es la eternidad. En tanto, en este campeonato, estamos aprendiendo cómo ganarle a un rival entrenado para no dejarte jugar.

El resto que circula es aire viciado por la intoxicación virtual: no olviden –y menos cuando el gobierno está en pleno diseño de su estrategia reelectoral– que se ha instalado en estas tierras el laboratorio del Dr. Thiel, especializado en extraer emociones para diseñar manipulaciones que faciliten los intereses corporativos sin consecuencias ni legales ni fiscales ni morales. A eso hoy lo llamamos inteligencia artificial.

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