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Los ojos de Lucía. Radiografía de la violencia patriarcal

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Qué representan el Observatorio Lucía Pérez y su padrón público y autogestivo, disponible en la página web observatorioluciaperez.org. De dónde nació la idea, cómo se trabaja y hacia dónde va. El resumen de los datos e historias que dibujan la radiografía de la violencia machista en nuestro país. La necesidad de producir datos para dar dimensión y exigir medidas urgentes. Qué significa decir Ni Una Más hoy, a través de las historias que revelan el entramado femicida, la complicidad estatal y la respuesta social.

Los ojos de Lucía. Radiografía de la violencia patriarcal

Los padrones que sistematizan el registro de la violencia patriarcal son una herramienta que comenzamos a construir durante el año 2014 junto a nuestras amigas travestis. 

El origen fue que los registros que por entonces se difundían no las nombraban. Eran épocas en las que la población travesti/trans no tenía derechos, ni siquiera a su propia identidad. Fue la memoria de esas violencias la que aportó la información, que luego corroboramos con fuentes judiciales y periodísticas, para sumar esos crímenes a las listas. 

Ese origen quedó claro en la primera salida al espacio público del padrón, cuando en la primera marcha producida por el grito Ni Una Menos colocamos una enorme tela negra en una de las rejas de Plaza Congreso e invitamos a las personas que se manifestaban a colocar su mano, pintada de rojo, sobre un papel blanco en el que se escribíamos el nombre y la edad de la asesinada. 

Esa primera vez, la letra manuscrita de los nombres fue de la poeta Susy Shock y las activistas Marlene Wayar y Diana Sacayán. 

Al año siguiente, Diana estaba en el padrón.

Esa herida es la que tocó Marta Montero cuando a principios de este año nos dijo: “Mi hija no es un cifra”. El tono indignado lo produjo la frase que pronunció Elizabeth Gómez Alcorta, ministra de Mujeres, Géneros y Diversidad, en su exposición ante la Banca de las Mujeres del Senado. “Las cifras son estables”, aseguró la ministra para referirse a la cantidad de femicidios que se producen en Argentina año tras año.

No son cifras

En todos estos años el padrón de femicidios ha pasado por diferentes etapas y en cada una de ellas hemos aprendido mucho sobre la complejidad que representa la sistematización de estas violencias.  

En los primeros tres años, aquel listado básico de más de 1.200 casos fue el material que usamos para organizar talleres con organizaciones sociales y grupos de mujeres que fueron así completándolo. Invitamos, también, a enviar datos que nos llegaron a través de mails remitidos por madres, padres, hijos, amigas y compañeras de trabajo. De esta etapa hemos dejado registro en la columna que indica la fuente de la información.

En una siguiente etapa, el padrón se convirtió en una herramienta fundamental en los grupos de trabajo con mujeres víctimas de violencia, porque el análisis de los datos nos permitía colocar cada historia personal en un contexto sistémico.

Así llegó el padrón al grupo de familias sobrevivientes de femicidios. Esas familias son las que nos ayudaron a completarlo para poder presentarlo tal como lo compartimos ahora, multiplicado en nueve registros que sistematizan los datos que sigue.

Femicidios

Este padrón sistematiza  2.319 crímenes contra mujeres y personas travestis/trans perpetrados entre 1984 y 2020. 

En los primeros años de elaboración y como consecuencia del objetivo inicial –ser nombradas- los casos registraban sólo nombre, edad, lugar. Datos a los que luego se sumó la forma en que fueron asesinadas y el vínculo de la víctima con el femicida, porque nos señalaron que la crueldad de estos crímenes era una siniestra característica que necesitaba ser destacada ya que en la mayoría de los casos los jueces la obviaban; así como era necesario también consignar el lazo que encadenaba el destino de las víctimas a su asesino para iluminar la escena de estos crímenes: la familia tradicional. El resultado: 2.016 de los femicidios registrados fueron cometidos por personas del entorno familiar de las víctimas: parejas, ex parejas, familiares o conocidos.

Pero las familias sobrevivientes de femicidios nos señalaron que la información era incompleta y, por lo tanto, sesgada. Nos explicaron que el femicidio es un sistema de violencias que destruye la vida de la víctima, pero también muchas otras. Que no se trata de registrar, entonces, un nombre, un lugar, sino una maquinaria. Que era necesario conocer más, no solo  para saber más sino para hacer más. Y más significa hacer todo lo necesario para construir el Nunca Más del Ni Una Más. 

Sumamos, entonces, la información que nos señalaron: nombre y edad del femicida, fiscal interviniente, carátula de la causa judicial, condena, infancias huérfanas, si el femicida se suicidó luego de matar y si las víctimas habían realizado denuncias previas. 

Hasta hoynos faltan completar esos datos en 312 casos. El resultado en un panorama revelador, en sentidos más profundos que los que esperábamos.

Números que hablan

En resumen del panorama que trazan esos casos:

  • 1.840 infancias huérfanas.
  • 400 femicidas se suicidaron después de matar.
  • 345 femicidas ya fueron condenados a cadena perpetua a una edad promedio de 36 años.
  • 83 asesinadas estaban embarazadas.
  • 228 víctimas habían realizados denuncias previas.

No son cifras. Son  vidas.

La sistematización histórica aporta, además, una mirada larga, que permite reconocer ciertas trayectorias. Un ejemplo: el juez del impune crimen de  Jimena Hernández, la niña de 11 años cuyo cuerpo fue encontrado en la pileta de la escuela Santa Unión, quien demoró 70 días clave para derivar la investigación a la policía, fue Luis Jorge Cevasco, hoy fiscal general de la Ciudad de Buenos Aires, presidente de la Asociación Argentina de Fiscales y miembro del comité ejecutivo de la Asociación Internacional de Fiscales.

Crímenes en investigación

Registramos 27 casos en este padrón durante este año, a la espera de más información para confirmar o descartar que se trataran de femicidios.

Tentativas de femicidios

Registramos 166 casos durante 2020.

Travesticidios y transfemicidios

Lohana Berkins fue quien nos enseñó que toda muerte de una persona trans debe ser considerada travesticidio, ya que se trata de una vida sin derechos. En su memoria registramos las muertas durante el año 2020: 95, de las cuales 84 murieron durante la cuarentena. La proporción habla por sí misma sobre cómo golpeó el aislamiento social obligatorio a esta población y la necesaria reparación que el Estado debe implementar para asistir a las sobrevivientes, en especial a las pocas que llegan a superar el promedio de vida, hoy estimado entre los 35 y los 41 años.

Marchas y movilizaciones

El grito “Paren de matarnos” se escuchó en todo el país y durante todo el año. Las restricciones impuestas por la pandemia fueron desafiadas ante cada femicidio a un ritmo promedio de tres marchas por semana. Nuestro registro contabiliza 189 marchas, 150 de las cuales se realizaron en el período de prohibición de manifestaciones en el espacio público.

Violaciones

El tema surgió durante el intercambio con la Multisectorial Feminista de Jujuy  y a raíz de una declaración del gobernador Gerardo Morales sobre los femicidios ocurridos en esa provincia. Concretamente, Morales citó a Rita Segato, a quien había escuchado durante cuatro horas en una capacitación, que por teleconferencia brindó esta teórica al gobierno jujeño. Tal intervención generó una polémica que dejó un resultado positivo: compartir la lectura de Las estructuras elementales de la violencia, la obra que escribió Segato, cuyo primer capítulo se titula “La estructura de género y el mandato de la violación”. No hizo falta más que leer esa frase para que saltara la falta:  “No tenemos datos de violaciones”. Los encontramos en la web del Ministerio de Seguridad de la Nación, que  través del servicio de Estadísticas Criminales, que sistematiza los delitos según las carátulas judiciales, desde el año 2014 hasta el 2019. Dos ejemplos del resultado:

En ese período, en Jujuy las violaciones aumentaron un 49%.

La  provincia que mayor aumento registró es La Rioja: 71,5%. El dato es significativo si se tiene en cuenta que es una de las provincias que menos casos de femicidios reporta y, por lo tanto, no parece prioritaria para destinar recursos ni campañas para prevenir violencias.

Muertas por aborto clandestino

Registramos 4 muertas este año. Son las que llegaron a ser noticia en los diarios, ya que el Estado Nacional respondió que no tenía registros del año en curso ni de muertes ni de internaciones en terapia intensiva. Fue la respuesta oficial a un pedido que hicimos a través de la Ley de Acceso a la Información Pública.

Desaparecidas

Hubo 120 mujeres desaparecidas durante 2020. Sobre este tema también realizamos un pedido de información a través de la Ley de Acceso a la Información Pública, que fue derivado al Ministerio de Seguridad. Vencido el plazo legal solicitó una prórroga, que también venció sin respuesta.

Denuncias por violencia

Este padrón compila la información brindada por fuentes oficiales sobre la cantidad de denuncias recibidas este año en las diferentes provincias. Es útil, entre otras cosas, para comprobar la multiplicidad de puertas de acceso que ofrece cada división organizativa estatal –municipio, provincia, Nación, Poder Judicial, comisarías- y a través de diversas líneas telefónicas, whatsapp, email y sistemas online que organizó por la restricción impuesta por la pandemia, todas de difícil acceso para aquellas personas con recursos escasos, ya sea por cuestiones económicas o por vivir en áreas no urbanas, y que no tienen ni los artefactos –teléfonos, computadoras- ni las conexiones satelitales necesarias para usar esas vías de acceso a la justicia. Un dato ayuda a comprender la dimensión de la desigualdad: el 36% de las mujeres asesinadas durante la cuarentena vivía en zonas rurales.

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Del dicho al hecho: Los crímenes de odio baten récords

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En 2025 se produjeron 227 crímenes de odio contra personas de la comunidad LGTBIQ+: 60% más que el año anterior. En la Argentina mileísta, cada 38 horas una persona es atacada a causa de su orientación sexual o identidad de género. El combustible: la violencia y discriminación desde el gobierno, empezando por el Presidente, y el desmantelamiento de políticas públicas. La precarización de la vida privada y lo que ocurre cuando el Estado se retira.

Por Evangelina Bucari

En la Argentina mileísta, cada 38 horas una persona es atacada a causa de su orientación sexual o identidad de género. En Cañuelas, un hombre le prendió fuego a la casa de una pareja de lesbianas. En Recoleta, dos mujeres, de 26 y 24 años, caminaban de la mano cuando un hombre las frenó y las increpó: una terminó con la nariz fracturada; la otra, con lesiones en la mano. En Palermo, un joven gay fue brutalmente golpeado y le rompieron la mandíbula. En Neuquén, Azul Mía Natasha Semeñenko fue asesinada, sin haber podido “ser Azul del todo” porque no recibió su hormonización.

Ninguno de estos hechos violentos de 2025 fue excepcional. El año pasado se registraron 227 crímenes de odio contra personas lesbianas, gays, bisexuales, trans (travestis, transexuales y transgéneros) y otras identidades disidentes. Según el informe anual del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT+, fue el año más violento desde la creación de este organismo, con un crecimiento de más del 60% respecto de 2024, cuando se habían registrado 140 casos. Se trata, dice el relevamiento, de un aumento “abrupto, excepcional y cualitativamente distinto a la progresión observada en los años anteriores”.

La violencia por odio hacia el colectivo LGBT+ se intensificó en un contexto de desmantelamiento de políticas públicas, vaciamiento de organismos de protección, paralización de la agenda legislativa en materia de derechos y consolidación de discursos fascistas que estigmatizan a la diversidad.

Para María Rachid, titular del Instituto contra la Discriminación de la Ciudad de Buenos Aires e integrante de la Federación Argentina LGBT+ (FALGBT), el drástico aumento de estos crímenes en Argentina no puede separarse de los discursos de odio que provienen del gobierno nacional. “Tanto el presidente como funcionarios y allegados se expresan de manera violenta y discriminatoria hacia la comunidad LGBT en general y, principalmente, hacia la comunidad trans”, describe Rachid. “Y eso –agrega– genera mayor violencia y discriminación en la vida cotidiana. Esos discursos terminan legitimando, avalando y fomentando la violencia hacia nuestra comunidad”.

Esa realidad se percibe en lo cotidiano. Ayito Cabrera, director y fundador de la organización Espacio Tolomocho –que nuclea a personas trans con discapacidad–, advierte que el aumento no se limita a los casos visibles, sino que se expresa en formas más silenciosas y estructurales de violencia, atravesadas por la precarización económica y el desfinanciamiento.

“Los pedidos de ‘apañe’ de personas trans se multiplicaron considerablemente”, resume. Ese crecimiento, explica, tiene directa vinculación con la dificultad de acceder a un trabajo que permita sostener condiciones básicas de vida: comer cuatro veces al día, estudiar y alquilar. Cientos de personas travestis, trans y no binarias perdieron sus empleos en ámbitos estatales y muchas se quedaron sin acceder a medicamentos o tratamientos.

RADIOGRAFÍA

El informe elaborado por la FALGBT y las Defensorías del Pueblo de la Ciudad y de la provincia de Buenos Aires permite visibilizar la violencia cotidiana y su naturaleza.

Más de un tercio de los casos corresponde a ataques contra el derecho a la vida, que incluyen asesinatos, suicidios o muertes vinculadas a condiciones estructurales, mientras que casi dos tercios son agresiones físicas que no terminaron en muerte. Rachid aclara que hay un subregistro, “porque hay casos donde no se desarrolla ninguna línea de investigación relacionada a la posibilidad de un crimen de odio”.

En ese punto aparece uno de los datos más significativos del período: las agresiones físicas se duplicaron en un año y pasaron de 73 a 147 casos, un incremento del 101,4%.

Las muertes vinculadas a crímenes de odio se mantienen altas y con un patrón sostenido. En 2024 se registraron 67 casos (17 asesinatos, 44 muertes por violencia estructural y 6 suicidios), mientras que en 2025 la cifra ascendió a 80 (16 asesinatos, 53 muertes por violencia estructural y 11 suicidios), es decir, un aumento del 19,4%. Ese crecimiento incluye un dato especialmente preocupante: los suicidios casi se duplicaron en un año.

Las mujeres trans siguen siendo las más afectadas y concentran el 62,56% de los casos registrados. En segundo lugar se ubican los varones gays (22,03%), seguidos por varones trans (7,93%), lesbianas (5,73 %) y personas no binarias (1,76%).

Pero el documento advierte algo más: es un fenómeno que se expande. Entre 2024 y 2025, los ataques contra varones trans pasaron de 5 a 18 casos. Y las agresiones contra personas no binarias, que ni siquiera aparecían en registros anteriores, se duplicaron.

Ayito Cabrera describe con crudeza cuando además hay intersección de violencias. “Quienes somos personas trans con discapacidad vivimos una doble vulnerabilidad y una discriminación estructural histórica”, advierte. En ese contexto, señala, la falta de políticas públicas agrava condiciones ya precarias y profundiza el abandono.

Para el fundador de Espacio Tolomocho, las identidades trans –en especial, las transmasculinidades– se convirtieron en blanco de discursos que buscan deslegitimar derechos conquistados. “En esta intersección, nuestra identidad se ha convertido en chivo expiatorio de una campaña internacional de las derechas globales. En nuestro territorio, eso se traduce en necesidades básicas –salud, vivienda, trabajo– gravemente afectadas: las hormonas se han vuelto prácticamente inaccesibles, la atención sanitaria se deteriora y la falta de empleo impide sostener una vivienda”, detalla Ayito.

En este sentido, las cifras no pueden interpretarse de forma aislada, sino como parte de un entramado de violencias estructurales, simbólicas e institucionales que impactan de lleno en las condiciones de vida.

Otro tema preocupante es un crecimiento sostenido de agresiones en comisarías y establecimientos penitenciarios, junto con un dato que marca un punto de quiebre: la participación de fuerzas de seguridad pasó de 17 casos en 2024 a 64 en 2025. Esto consolida a la violencia institucional como uno de los principales vectores de agresión, en especial contra la población trans y, en particular, contra las mujeres trans.

Rachid señala que esto no resulta sorpresivo. “Cuando aparecen o se instalan gobiernos de derecha, las fuerzas de seguridad se sienten más avaladas para ejercer su violencia hacia los grupos vulnerados en general y la población LGBT en particular”, explica.

LA ANTIAGENDA

El hecho de que el registro más alto de toda la serie histórica del Observatorio se produzca durante el gobierno de Javier Milei es un dato cargado de sentido. Desde que comenzó su mandato, siguiendo la agenda de ultraderecha de su amigo Donald Trump, el presidente argentino promovió discursos que cuestionan derechos, deslegitiman identidades de género diversas y contribuyen a habilitar formas más intensas de violencia contra las personas LGBT+, como quedó demostrado durante su intervención en Davos en enero de 2025.

Esa violencia simbólica vino acompañada de la eliminación de programas, organismos y dispositivos estatales que cumplían funciones centrales en la prevención de la violencia y el acompañamiento de las víctimas. La disolución del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), por ejemplo, dejó a la población LGBT+ sin un canal institucional específico para denunciar actos discriminatorios. El informe lo sintetiza en una frase que funciona como advertencia: “Allí donde el Estado se retira, el odio encuentra condiciones para expandirse”.

Esa relación entre discurso y violencia también aparece en la experiencia cotidiana de las organizaciones. Para María Rachid, los informes no solo marcan un aumento de los crímenes de odio, sino que evidencian su vínculo con los discursos que circulan desde el poder.

Agrega que, a partir de expresiones públicas de funcionarios y del propio Milei, se produjo un cambio perceptible: crecieron las denuncias, las consultas y también la violencia cotidiana. “Hay evidencia de esa relación directa. Lo muestran los informes, pero también se puede ver en las redes sociales de cualquier organización LGBT”, plantea Rachid.

Ocurre que cuando esos discursos provienen de una voz de autoridad como lo es el Poder Ejecutivo Nacional, el impacto es concreto. No solo habilitan la violencia, también la legitiman.

Desde el Espacio Tolomocho explican que lo que antes circulaba como insulto marginal hoy es retomado por funcionarios y medios, ampliando su alcance y su legitimidad social, y habilitando agresiones físicas, institucionales y discursivas con mayor impunidad.

Las consecuencias de ese proceso también se observan en el acceso a derechos básicos, como la ley de cupo laboral. Los despidos en la administración pública y la falta de implementación efectiva de estas normativas profundizaron la exclusión de la población trans y empujaron a muchas personas a situaciones de extrema precarización.

En este contexto, espacios como Tolomocho adquieren otro sentido y se transforman en redes de contención y cuidado, un recurso fundamental en tiempos hostiles. “Somos personas trans con discapacidad profesionales en nuestras áreas, editamos libros, hacemos muestras de arte, damos clases, trabajamos en accesibilidad. Apostamos a la educación y al arte como formas de construir otra sociedad”, explican.

En un clima social marcado por el ascenso de los discursos de odio, la discriminación y el individualismo, la respuesta vuelve a ser colectiva. La organización, la denuncia y la presencia en las calles se tornan fundamentales ante una avanzada antiderechos que tiene en el propio Estado nacional a uno de sus impulsores.

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Nota

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

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Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.

Por Bernardina Rosini

El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.

Lo que no se puede creer

Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.

Varones

Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org

«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org

La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.

Dónde está Delicia

Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.

Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.

Justicia sin apellido

Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»

Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.

La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org

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El 3J porteño: Vamos

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Por Claudia Acuña

Fotos: Juan Valeiro

Muchas: eso fuimos. Muchísimas más que la última vez y ojalá que menos que la próxima, o mejor: que no sea necesario una próxima. Que al fin podamos descansar y dedicarnos a otra cosa en lugar de escribir con marcador en un cartón: “Ayer estaba viva. Hoy mi hermana es la foto de este cartel” o salir del trabajo donde estamos paradas ocho horas por dos pesos para sumarnos últimas, con lágrimas regando las mejillas y la convicción de exigir justicia por la compañera que acuchilló su novio hace dos días, en ese femicidio que en la tele informaron como resultado de “una infidelidad”. Con esa orfandad de sensibilidad y respeto, que abona el permiso social para carnear mujeres están hablando en los medios de Noelia, 30 años, de Temperley, la compañera de este grupo de chicas que no pueden decir dónde trabajan porque la firma se los prohibió. “Ella ya lo había denunciado porque sufría su violencia, se había separado y ese día iba a sacar sus cosas de la casa. Él le dijo que no iba a salir viva de ahí, la tomó de rehén y ella pidió ayuda al 911, la policía demoró y cuando llegó no supo cómo intervenir: fue peor”, cuentan temblando. Masacradas primero, criminalizadas luego, silenciadas después, lo que queda es estar ahí con los carteles escritos a las apuradas y el llanto incontenible, al final de la concentración que un grupo decidió que no sea marcha ni disponer de lugar donde el dolor de las familias descanse (aprendan de Córdoba, orgas porteñas), pero no importa porque no es lo importante.

El 3J porteño: Vamos

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org

A pocas cuadras y sobre Hipólito Yrigoyen están las madres de Brenda y Morena, dos de las tres masacradas en el triple narco femicidio agradeciendo que la multitud las abrace y sin esperar –ni ellas ni la multitud– ser referente de nada ni vocera de nadie: ser una más es ser Ni Una Menos.

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Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org

A metros del cine Gaumont no es la casualidad sino la fuerza de esta marea la que hace chocar a la actriz Laura Paredes con Teresa Laborde. Laura interpretó a su mamá –Adriana Calvo– en la película Argentina, 1985. Teresa es lo que allí se contó: la nena que nació en un Falcon Verde, hoy una bella y luchadora mujer: su sonrisa es el símbolo de una victoria social y el abrazo entre ambas es la postal de la inquebrantable alianza entre el arte y la memoria. De ese caudal abreva esta marea. Somos las hijas y las nietas de la batalla por la justicia.

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“Estoy en contra de todo gobierno que quiera sacarme mis derechos” enarbola una chica con capacidad para sintetizar lo que este movimiento expresa políticamente.

“Faltan 10 femicidios para que empiece el Mundial” es el mensaje impreso en una hoja A4 que reparte una señora.

El 3J porteño: Vamos

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org

“Merecemos vivir sin miedo”, gritan ambos carteles que traen desde Avellaneda Luna, 9 años, y Tatiana, 18, sobrina y tía, mientras caminan la Avenida de Mayo de la mano y cuentan que esta es su primera vez. “Hablamos ayer con mis hermanas. Nos escuchamos. La verdad es que este gobierno se está pasando de la raya con este tema. Yo le conté que todos los días camino por la calle con un ojo en la espalda. Ninguna queremos que ella crezca así. y decidimos que teníamos que estar. Ellas trabajan y no podían venir, pero decidimos que nosotras sí y ahora están pendientes del teléfono para saber si estamos bien. Y estamos bien porque hay mucha gente por suerte”.

El 3J porteño: Vamos

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Mucha gente, sí. Muy joven en su gran mayoría, más varones que otras veces, también y pocas columnas de organizaciones, la mayor parte ocupando la primera fila de lo que calculan el foco de las cámaras. El ancho resto, que desborda la plaza y riega Avenida de Mayo hasta la 9 de Julio, está poblada por las incontenibles gotas de esta marea que emerge con el grito que transforma el dolor y la tristeza en organización y rebeldía.

Quizá no sea una suerte, pero casi.

Quizá eso que grita Ni Una Menos sea la providencial expresión de un acto de fe en ese nosotras que nos impulsa a salir a las calles de todo el país sin especular con que esté garantizado de antemano para acudir: vamos.

El 3J porteño: Vamos

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org

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