Nota
Ensayo y error: pandemia y sustentabilidad, del sistema agroalimentario a la sobrepoblación urbana
El ingeniero agrónomo Federico Zuberman, investigador docente de la Universidad Nacional General Sarmiento, repasa en este artículo los argumentos e ideas que permiten entender las causas de la pandemia desde dos puntos clave: el espacio habitacional y el sistema agroalimentario. Resalta que por primera vez en la historia de la humanidad los habitantes urbanos superan a los rurales, y analiza cómo la industria alimentaria produjo distintas enfermedades dentro de las cuales el coronavirus no representa la primera ni pareciera ser la última: «Extensos territorios vacíos, -cada vez más vacíos- productores materias primas y aglomeraciones cada vez más densas y superpobladas que consumen y desechan, es la expresión territorial de un modo de vida, un metabolismo social que es necesario repensar y revertir». La producción agroecológica, los mercados de cercanía, el desarrollo rural y la discusión sobre la sobrepoblación urbana, alguna de las claves para para evitar otro desastre anunciado.
Por Federico Zuberman
Investigador Docente (ICO – UNGS)
“Ojalá todo esto pase pronto y todo vuelva a ser como antes”. Esta frase, que tal vez muchos hayamos escuchado o incluso pronunciado internamente como una expresión de deseo, contiene diversas aristas para analizar. Desde la clásica idealización del tipo “todo tiempo pasado fue mejor” hasta la opuesta y casi mesiánica idea de soñar con que llegue aquel momento en el que por fin salvemos nuestras penurias librándonos de todo mal. Pero sobre todo, contiene una contradicción fundamental: si todo vuelve a ser como antes, significa que llegará un momento en el que nos deberemos enfrentar nuevamente a una pandemia que nos obligue a aislarnos, quedarnos en nuestras casas, alterar nuestras actividades cotidianas, modificar nuestros hábitos, etc.
No se trata de un ejercicio de lógica, ni de reflexión sobre la circularidad del tiempo ni mucho menos de un dilema filosófico sobre la (im)posibilidad de modificar nuestro futuro si pudiéramos volver al pasado. Se trata de pensar qué condiciones nos han traído a este punto. Analizarlas quizá nos permita imaginar un nuevo escenario igual “al de antes” pero sin que nos desemboque en el mismo lugar. Suponer que el problema se reduce a un virus que habiendo mutado pasó de un murciélago a un humano no es algo simplemente reduccionista sino más bien negacionista. Negacionista de un contexto que no tiene precedentes en la historia de la humanidad.
Hace varios años, algunos científicos e intelectuales vienen sosteniendo la idea de que estamos transitando una nueva época geológica dentro del período cuaternario: el Antropoceno. Diferente y posterior al Holoceno. La idea central se sostiene en que la actividad humana ha pasado de ser receptora de los cambios geológicos, biológicos y climáticos a ser un actor determinante de los mismos. Evidencia de esto no solo es la triplicación del incremento anual de los niveles de emisión de CO2 en los últimos 50 años y el correspondiente efecto del cambio climático. La pérdida de biodiversidad actual nos ubica en las puertas de lo que sería la sexta extinción masiva de especies (la quinta fue hace 65 millones de años, hacia el fin del cretácico) y es ocasionada principalmente por la destrucción y transformación de ecosistemas que genera la expansión y la intensificación de la actividad agropecuaria. La alteración de ciertos ciclos biogeoquímicos a nivel global, la acidificación de los océanos o el agotamiento de las fuentes de agua dulces también son producto de la actividad antrópica. La humanidad también es hoy el principal responsable en la alteración del flujo de los ríos y los flujos de vapor a nivel global y hay indicios de que la frecuencia y la intensidad de ciertos eventos se han venido multiplicado significativamente por estos mismos motivos. Todo esto en un contexto social cada vez más desigual, donde quienes disfrutan de las utilidades de estos inusitados niveles de actividad económica son cada vez menos y los que padecen sus impactos son cada vez más.
¿Qué tiene que ver todo esto con la pandemia actual? ¿Acaso estas modificaciones en el medio ambiente han inducido una mutación que se suponía aleatoria en un virus que existía hace varios años? No exactamente. Pero ese contexto y sobre todo el hábito y los modos de vida que los seres humanos venimos transitando hace décadas (¿o siglos?) tienen estrecha relación con la pandemia actual. Y es necesario modificarlos para evitar, entre otras cosas, nuevas pandemias.
Especie en tránsito
Empecemos por el principio. Somos una especie biológica situada en un espacio biofísico llamado comúnmente naturaleza. Es hora de abrir los ojos con respecto a esto. Nos relacionamos entre nosotros y con ella a través de las más diversas formas sociales y culturales; nadie duda de ello, pero somos una especie biológica al fin y perteneciente al reino animal. Si la modernidad nos supo ubicar en un diminuto planeta dentro del cosmos, puso al ser humano en el centro de los valores y al ejercicio de la razón como característica distintiva de nuestra especie, la posmodernidad va a durar poco si no somos capaces de ubicarnos en tiempo y espacio y de comprender/actuar frente a los desafíos que se nos presentan.
En ese sentido, repensar la relación sociedad-naturaleza es necesario para esclarecer ciertas cuestiones que nos permiten entender la explosión de la actual pandemia.
Vivimos en un mundo en el que el tránsito de personas de una punta a la otra del planeta se ha hecho algo cada vez más habitual. No solo nuestros niveles de consumo nos llevaron a adquirir paquetes turísticos que nos permiten viajar por el mundo con más facilidad.También nos han obligado a migrar contra nuestros deseos y expectativas para conseguir una vida con algo de dignidad y con acceso a ciertas mercancías. O, en algunos casos, directamente para seguir con vida.
Pero estos hábitos de consumo no solo nos han hecho movernos de una punta a la otra. Estamos moviendo millones de toneladas de productos, que a su vez requieren de miles de millones de toneladas para ser fabricados y generan millones de toneladas de residuos. Todo esto para utilizarlos y desecharlos, en el mejor de los casos, a los pocos días.
Pero además del masivo movimiento de personas y de materiales a nivel global hay dos asuntos claves para entender la explosión de esta pandemia. Dos temas que claramente atañen a la referida relación sociedad – naturaleza y que son parte de una nueva forma que viene tomando esta relación: el espacio habitacional y el sistema agroalimentario.
Experimentos a cielo abierto
Entre los cambios en nuestros hábitos hay uno que es pavoroso: el cambio en la alimentación. Esto no solo se reduce a lo que ingerimos, sino también a cómo se produce, quiénes y dónde lo producen, cómo se industrializa, quienes lo distribuyen, etc. Por eso, no se habla solamente del cambio en los hábitos alimentarios simplemente sino, y sobre todo, de la transformación de los sistemas agroalimentarios.
Los planteos de agricultura industrial, es decir de gran escala, a base de insumos externos tales como fertilizantes de síntesis química, herbicidas, insecticidas, en algunos casos a base de organismos genéticamente modificados, con cultivos bajo cubiertas y establecimientos ganaderos confinados, y con elevados consumos de combustibles fósiles, representan entre un tercio y la mitad de los sistemas alimentarios a nivel mundial. La mayor parte de esta producción, controlada en general en sus distintos eslabones por grandes corporaciones trasnacionales, en lugar de tener como destino los mercados locales recorren miles de kilómetros hasta sus lugares de procesamiento final y consumo.
Vincular directamente el hecho de que un virus de murciélago frecuente en Asia haya mutado aleatoriamente y haya conseguido infectar a humanos poco parece tener que ver con la situación antedicha de los sistemas agroalimentarios. Sin embargo, no parecería tan casual si tenemos en cuenta que en los últimos 15 años hemos atravesado cuatro pandemias (gripe aviar, gripe porcina, ébola y coronavirus), y dos de ellas directamente vinculadas no solo a estos modos de producción agroalimentaria sino además a la misma región de origen que la actual.
Afortunadamente, tanto la gripe aviar como la gripe porcina fueron controladas por haberse desarrollado rápidamente vacunas y por haber mutado a cepas más benévolas. Su origen, precisamente, no fue otro que esos sistemas confinados de producción animal, de escalas incontrolables, en condiciones de baja higiene y con potenciales focos infecciosos que pretenden ser controlados con una elevada carga de antibióticos, suplementos vitamínicos y otros medicamentos. El resultado no es otro que acelerar la presión selectiva y la consecuente generación de resistencia y adaptación de estos patógenos.
El caso particular del ébola y el actual coronavirus no están directamente relacionados. Pero tienen también un vínculo con estos procesos en cuanto a la presión que ejercen estos sistemas de producción agrícola y ganadera sobre los territorios de frontera entre los espacios más antropizados y los más prístinos. Los recientes cambios de uso del suelo y la presión ejercida sobre la biodiversidad ya superan los límites posibles de la sustentabilidad planetaria. Estos procesos no solo alteran la dinámica de los ecosistemas y cancelan múltiples servicios ambientales. La presión sobre los mismos acelera fuertemente los procesos de selección, adaptación y evolución, lo cual permite que ciertos patógenos que no afectaban a los seres humanos sorteen rápidamente barreras naturales que en otras condiciones llevarían mucho más tiempo sobrepasarlas. La globalización de las cadenas agroalimentarias y, como se señaló antes, el elevado nivel de tránsito y movilidad se ocupa de hacer el resto para que esta nueva infección alcance el nivel de pandemia. El hecho de que China haya pasado de ser una economía casi cerrada a convertirse en el mayor exportador mundial -por lejos- en menos de dos décadas es un dato que explica por sí solo la velocidad de estas propagaciones.
No está demás señalar que estos casos, devenidos en pandemias, no son los únicos tipos de enfermedades que venimos incorporando debido a los cambios en los sistemas agroalimentarios. A comienzos del año 2000 la encefalopatía espongiforme bovina -el mal de la vaca loca- puso en vilo a toda la producción ganadera europea. Su causa, aparentemente, radicó en haber alimentado a las vacas con balanceados con componentes de origen animal. Nuevamente, un salto evolutivo que podría llevar miles o millones de años, ensayado en menos de un par de décadas. Lo que se dice un verdadero experimento a cielo abierto.
Las nuevas cepas de Escherichia Coli causantes del Síndrome Urémico Hemolítico, también tienen su origen en los sistemas confinados de engorde vacuno. El mismo combo de miles de animales hacinados bosteando y bebiendo en el mismo lugar, resultó el sitio ideal para que un paquete de antibióticos aplicados continuamente seleccione a los patógenos más virulentos y resistentes.
A este listado, se puede agregar ciertas enfermedades no infecciosas. Los crecientes niveles de diabetes, celiaquía y obesidad en todo el mundo, también están relacionados con los cambios acelerados en nuestra dieta y en nuestros hábitos cada vez más sedentarios.
En definitiva, el modelo hegemónico de producción, circulación, procesamiento, distribución y consumo de materias primas de origen agropecuario (no siempre alimentos) no solo es insustentable por involucrar diversas problemáticas ambientales que se vienen estudiando hace tiempo sino también por sus impredecibles efectos sobre la salud humana. Mientras no modifiquemos esto, este tipo de infortunios va a seguir repitiéndose.
El cambio milenario
Hablar de espacio habitacional lleva casi automáticamente a suponer que estamos hablando de ciudades. ¿Son las ciudades factores causales de esta pandemia? Está claro que la vida en las ciudades no es una novedad. Las primeras aldeas agrícolas datan de hace más de 10.000 años y, se sabe, tuvieron sus problemas sanitarios y padecieron epidemias. Cuando la aglomeración se convertía en hacinamiento, cuando las fuentes de aguas eran las mismas que los sumideros, cuando sus dietas se alteraban bruscamente, esas enfermedades se convertían en epidemias. La historia de las ciudades medievales y sus pestes es bien conocida al igual que la de Buenos Aires del siglo XIX. ¿Cuál es entonces la diferencia con la actualidad?
A fines de la década pasada, entre 2006 y 2010, el espacio habitacional preponderante se revirtió. Por primera vez en la historia de la humanidad, los habitantes de las ciudades superaron en cantidad a los habitantes del espacio rural. Vale insistir con el dato: luego de miles y miles de años de historia (200.000 si consideramos la aparición del homo sapiens o 10.000 si consideramos la aparición de los primeros asentamientos sedentarios) una tendencia fuertemente concentrada en las últimas cinco o seis décadas revierte el hábitat de la población mundial, su modo de vida, la forma de relacionarse entre sí y la forma de vincularse con su entorno; las formas de abastecerse de alimentos; las dinámicas de movimiento y circulación; de administrar los tiempos; de consumir y de desechar; las formas de pensarse.
Asociar la idea de espacio habitacional casi automáticamente con ciudades es un error. Es entendible que esto suceda en un país como el nuestro, con un 92% de población urbana y concentrada en un puñado de tres ciudades. Nos imaginamos habitando ciudades. Pero esto no es ni ha sido lo normal. Un siglo atrás, la mitad de la población de Argentina era rural y desde 1947 ese número viene decreciendo en términos absolutos. Nuestro continente tiene una tendencia similar con un 80% de la población concentrada en ciudades y albergando cuatro de las 20 más pobladas del mundo. Parafraseando a un conocido biólogo molecular argentino: “Esto no está bien, está mal”. Extensos territorios vacíos, -cada vez más vacíos- productores materias primas y aglomeraciones cada vez más densas y superpobladas que consumen y desechan, es la expresión territorial de un modo de vida, un metabolismo social que es necesario repensar y revertir.
Hace tiempo que sabemos que la idea de ciudad sustentable, en rigor, no existe. La ciudad, toma recursos de su entorno productivo, los transforma, los consume y los descarta -en lo posible- hacia afuera de sus límites. Ahora, además, aparece de manifiesto que la bonita idea de juntarnos y densificar el espacio nos acabó obligando a distanciarnos y a aislarnos. La pandemia actual nos viene a traer la evidencia de otro aspecto más -entre muchos- de la insustentabilidad de las Megaciudades. ¿Tendrá el impacto suficiente para generar el efecto corrector?
Sembrar salidas
La pandemia que estamos atravesando va a pasar. Eso es un hecho. Más fugaz o más persistente, va a pasar. Con mayor o menor cantidad de víctimas, con mayor o menor grado de secuelas, va a pasar. Esbozar análisis sobre cómo se va a reconfigurar el mundo de acuerdo a los cambios de hábitos que estamos atravesando en estos momentos resultaría fútil. Por el contrario, la reconfiguración debería venir por el lado de los cambios de hábitos que nos llevaron a esta situación. En especial aquellos que involucran a la forma que viene tomando la -siempre conflictiva- relación sociedad – naturaleza.
¿Tiene sentido seguir priorizando la producción de bienes, la acumulación de riqueza, la reproducción ampliada del capital por sobre los límites que nos presenta la salud y vida de los seres humanos y la salud y la vida de los ecosistemas? La respuesta a este interrogante no es individual sino colectiva. Y aunque lo parezca, no es tan obvia. Hoy están más visibles que nunca los defensores de ciertos intereses mezquinos. Y con un respaldo lo suficientemente robusto como para seguir manejando los hilos a su favor. Sin embargo, existen diversas respuestas que se vienen dando hace tiempo. Respuestas al interrogante y respuestas a esos mezquinos intereses.
Fortalecer sistemas de producción agroecológica, más justos, menos agresivos con el medio ambiente, más saludables, que apunten a mercados locales de proximidad, que posibiliten un desarrollo rural, que brinde oportunidades en el territorio, que no los condenen al vaciamiento y que reviertan la superpoblación de las ciudades, es un camino.
La tarea no es sencilla ni estará exenta de conflictos.
Pero habrá que afrontar este desafío si queremos que «todo esto» pase de una vez.
Nota
La Estela: tierra guaraní en escena

Las actrices Casandra Velázquez e Ivana Zacharski crearon un unipersonal sobre una niña litoraleña que descubre aventuras al amparo del monte misionero. El calor agobiante, la siesta obligatoria, los árboles de yerba mate y las leyendas de ese territorio se cruzan con la inspiración de Clarice Lispector como punto de partida.
Por María del Carmen Varela
A la hora de la siesta el pueblo entra en una pausa obligatoria barnizada por un calor agobiante. Ni el sueño ni el sofoco detienen a la niña, que abandona su cama con sigilo y logra escapar al amparo del monte. Encuentra en la intemperie el abrigo que no es costumbre en su casa. Cada día la espera una aventura distinta, aunque no siempre hay juego y risas. Rebelde, divertida, decidida, busca compañía para sus andanzas y si no la encuentra, transita en soledad. La salvación a cielo abierto, la naturaleza como sostén y una fascinación: “La Estela”.
La actriz y bailarina Casandra Velázquez y la actriz y directora de teatro Ivana Zacharski dieron luz a esta niña litoraleña sumergida en la vastedad de un paisaje indómito y deslumbrada por Estela, la joven esquiva con mirada de pantera. Ivana y Casandra se conocieron a sus 18 años tomando clases de actuación con Pompeyo Audivert en el Teatro Estudio El Cuervo, poco tiempo después de que cada una viniera a estudiar teatro a la Capital. Casandra nació en Rosario y creció en Venado Tuerto (Santa Fe), Ivana es de Apóstoles, Misiones, donde se desarrolla esta historia que juntas llevaron a escena. Este universo, recorrido por Ivana, de tierras guaraníes surcadas por árboles de yerba mate y leyendas de peligros a la hora de la siesta, fue la inspiración para La Estela.
Ivana tenía ganas de dirigir un unipersonal y eligió a su amiga Casandra para actuarlo. El punto de partida fue un cuento de Clarice Lispector: La relación de la cosa. Casandra: “Los primeros encuentros fueron sin texto, nos acercamos a la obra desde el cuerpo, la respiración y la carne. En los primeros ensayos bailé un montón, unas danzas extrañas, medio butohkas, transpire, canté, corrí, toqué el bajo. Ivana empezó a escribir y yo a probar y actuar todos esos textos e hipótesis, el insomnio estaba presente, la obsesión con el tiempo, los fantasmas del futuro, algo vinculado a la materialidad del agua y el devenir del río. Aparecieron unos cuentos protagonizados por distintas niñas en paisajes litoraleños. Nuestro personaje de ese momento: una mujer en medio del insomnio, se contaba esos cuentos a ella misma para poder dormir”.

Foto: Gentileza La Estela.
Después de que Ivana hiciera un taller de escritura con Santiago Loza y Andrés Gallina, la historia fue tomando fuerza. Cuenta Casandra que algo se abrió y comenzó a aparecer la trama: “La obra apareció y nos empezó a hablar. Nos metimos adentro de esos cuentos, de esos paisajes y de esas niñas y dejamos de lado todo lo demás. Apareció algo muy mágico entre nosotras, algo de eso que las obras permiten, que es crear un universo común, descubrir conexiones y relaciones nuevas. Sentía que la obra estaba apareciendo y tenía voz propia, apareció el cuerpo de la obra y una forma de narrar”. Casandra recorre el escenario y su fuerza expresiva invita a recorrer la historia de esa niña llena de vitalidad y asombro. La vemos en su habitación, presa del calor de la tarde, en busca de libertad y juego, invocando protección divina cuando algo se le escapa de las manos, trabajando en el puesto rutero, pateando una pelota, como se patea a la injusticia, hipnotizada al descubrir la mirada felina de “la Estela”.
El entusiasmo de la juventud, las tragedias inesperadas, las súplicas, el goce de la novedad caben en ese cuerpo palpitante de sueños. Ivana y Casandra apelaron a sus propias vivencias para hilar la narración. Casandra: “Las dos pasamos nuestras infancias y adolescencias medio punkis en distintos paisajes litoraleños, lejos de esta ciudad, sus ritmos y velocidades. Había algo de ese universo común, de elegir siendo muy chicas irnos de las ciudades donde crecimos, que empezó a operar, casi telepáticamente. El ejercicio de revisitar esos paisajes y poblarlos de ficción fue fascinante, mirar el mundo con ojos de infancia nos abrió mucho permiso y nos devolvió mucha vitalidad, nos permitió vincularnos con la violencia, el dolor y la crudeza de crecer desde un lugar de mucho delirio y mucho juego. La obra es bastante impune en ese sentido, el relato no pide permiso, ni da explicaciones, sólo sucede. Justicia poética, decimos, un conjuro de liberación”.
Al cabo de dias de ensayo, la voz de la niña litoraleña comenzó a asomar y Casandra hizo un trabajo específico con la coach vocal Mariana García Guerreiro. El actor Iván Moschner también se sumó a pulir el fluir de la voz. Escuchar radios misioneras, discos y entrevistas a Ramón Ayala y otrxs artistas misionerxs colaboró con esa tarea. La niña que sube el escalón hacia la adolescencia, la que se enfrenta al monte y sus amenazas, se abre paso en la oscuridad con la lumbre de su irreverencia. Salvar y ser salvada, desafiar la imposición de la siesta, para correr a soñar despierta.
La Estela
El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960, CABA
Sábados a las 18 hs, hasta el 27 de septiembre
@laestela.obra
Nota
Litio: nace un nuevo documental

Este viernes 29 de agosto se presentará un nuevo contenido de Cooperativa de trabajo lavaca: Litio. Un documental dirigido junto a Patricio Escobar que refleja la lucha de las comunidades originarias y el paralelismo entre la reforma (in)constitucional de Jujuy, como experimento hacia la Ley Bases votada a nivel nacional.
“Te cuento esta historia, si me prometés hacer algo. ¿Dale?”.
Así arranca el documental Litio, una historia de saqueo y resistencias, que continúa…
Un documental independiente y autogestivo de cooperativa lavaca y dirigido en conjunto con Patricio Escobar, que traza un hilo conductor entre la reforma (in)constitucional de Jujuy votada a espaldas del pueblo en 2023, y lo que pasó un año después a nivel nacional con la aprobación de la Ley Bases y la instauración del RIGI (Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones).
Este proyecto tiene algunas particularidades: por un lado, no se trata de una única pieza audiovisual, sino de varias. Una más larga, de 22 minutos; y otras más cortas, de menos de 6 minutos. Por otro lado, se propone un documental en construcción permanente, al que se le irán agregando nuevas piezas de una cadena extractivista que parece no tener fin. Para esto, creamos una página web (que también estrenaremos el viernes 29) en la que iremos agregando los nuevos eslabones que surjan a futuro relacionados al oro blanco.
LITIO muestra cómo viven las comunidades de la puna jujeña en la cuenca de las Salinas Grandes y Laguna Guayatayoc, una de las siete maravillas naturales de Argentina, y a la par, zona de sequía y uno de los mayores reservorios de litio del mundo. Dato insoslayable: para obtener un kilo de carbonato de litio se utilizan hasta dos millones de litros de agua. Las imágenes se entrelazan con los ostentosos congresos mineros, la represión policial a las manifestaciones por la reforma (in)constitucional y la resistencia de un pueblo que no otorga la licencia social a la explotación minera.
“¿Cuánto cuesta, cuánto vale… nuestra Pacha?”, cantan las comunidades originarias. Esa bandera hecha canción – y esa pregunta- se construye a través de distintas entrevistas a las comunidades Santuario de Tres Pozos, Lipán, El Moreno, Tres Morros, Potrero de la Puna, así como a otros actores. También evidencia el silencio de las autoridades, que no quisieron hacer declaraciones públicas. “Todas las Salinas están cuadriculadas de pedimentos mineros. Allí viven las comunidades y debajo, en el subsuelo, están las minas”, cuenta Alicia Chalabe, abogada de las comunidades.
El documental plantea una premisa: la reforma (in)constitucional de Jujuy en 2023 impuesta por el entonces gobernador Gerardo Morales –a merced de la explotación del litio, ya que modificó el régimen de agua, de tierras fiscales y de la propiedad privada, y ratificó la propiedad exclusiva de la provincia sobre los recursos naturales, entre los que incluye el subsuelo y el mineral de litio– fue el experimento que sirvió de antesala a la Ley Bases aprobada en 2024. Esta profundizó no sólo la matriz extractivista mediante enormes beneficios fiscales a empresas mineras, petroleras y del agronegocio, sino también las relaciones carnales con Estados Unidos y particularmente con Elon Musk, dueño de la empresa Tesla que construye autos eléctricos, para lo cual el litio es fundamental.
LITIO termina con tres palabras, y se erige como punto de partida:
“Esta historia continuará
¿Dale?”.
Te invitamos a seguir construyendo esta historia, este viernes 29 de agosto a las 20, en MU Trinchera (Riobamba 143, CABA).

CABA
Super Mamá: ¿Quién cuida a las que cuidan?

¿Cómo ser una Super Mamá? La protagonista de esta historia es una flamante madre, una actriz a la que en algún momento le gustaría retomar su carrera y para ello necesita cómplices que le permitan disfrutar los diferentes roles que, como una mamushka, habitan su deseo. ¿Le será posible poner en marcha una vida más allá de la maternidad? ¿Qué necesitan las madres? ¿Qué necesita ella?
Por María del Carmen Varela
Como meterse al mar de noche es una obra teatral —con dirección y dramaturgia de Sol Bonelli— vital, testimonial, genuina. Un recital performático de la mano de la actriz Victoria Cestau y música en vivo a cargo de Florencia Albarracín. La expresividad gestual de Victoria y la ductilidad musical de Florencia las consolidan en un dúo que funciona y se complementa muy bien en escena. Con frescura, ternura, desesperación y humor, abordan los diferentes estadíos que conforman el antes y después de dar a luz y las responsabilidades en cuanto al universo de los cuidados. ¿Quién cuida a las que cuidan?
La escritura de la obra comenzó en 2021 saliendo de la pandemia y para fines de 2022 estaba lista. Sol incluyó en la última escena cuestiones inspiradas en el proyecto de ley de Cuidados que había sido presentada en el Congreso en mayo de 2022. “Recuerdo pensar, ingenua yo, que la obra marcaría algo que en un futuro cercano estaría en camino de saldarse”. Una vez terminado el texto, comenzaron a hacer lecturas con Victoria y a inicios de 2023 se sumó Florencia en la residencia del Cultural San Martín y ahí fueron armando la puesta en escena. Suspendieron ensayos por atender otras obligaciones y retomaron en 2024 en la residencia de El Sábato Espacio Cultural.
Se escuchan carcajadas durante gran parte de la obra. Los momentos descriptos en escena provocan la identificación del público y no importa si pariste o no, igual resuenan. Victoria hace preguntas y obtiene respuestas. Apunta Sol: “En las funciones, con el público pasan varias cosas: risas es lo que más escucho, pero también un silencio de atención sobre todo al principio. Y luego se sueltan y hay confesiones. ¿Qué quieren quienes cuidan? ¡Tiempo solas, apoyo, guita, comprensión, corresponsabilidad, escucha, mimos, silencio, leyes que apoyen la crianza compartida y también goce! ¡Coger! Gritaron la otra vez”.
¿Existe la Super Mamá? ¿Cómo es o, mejor dicho, cómo debería ser? El sentimiento de culpa se infiltra y gana terreno. “Quise tomar ese ejemplo de la culpa. Explicitar que la Super Mamá no existe, es explotación pura y dura. No idealicé nada. Por más que sea momento lindo, hay soledad y desconcierto incluso rodeada de médicos a la hora de parir. Hay mucho maltrato, violencia obstétrica de muchas formas, a veces la desidia”.
Durante 2018 y 2019 Sol dio talleres de escritura y puerperio y una de las consignas era hacer un Manifiesto maternal. “De esa consigna nació la idea y también de leer el proyecto de ley”. Su intención fue poner el foco en la soledad que atraviesan muchas mujeres. “Tal vez es desde la urbanidad mi mayor crítica. Se va desde lo particular para hablar de lo colectivo, pero con respecto a los compañeros, progenitores, padres, la situación es bastante parecida atravesando todas las clases sociales. Por varios motivos que tiene que ver con qué se espera de los varones padres, ellos se van a trabajar pero también van al fútbol, al hobby, con los amigos y no se responsabilizan de la misma manera”.
En una escena que desata las risas, Victoria se convierte en la Mami DT y desde el punto de vista del lenguaje futbolero, tan bien conocido por los papis, explica los tips a tener en cuenta cuando un varón se enfrenta al cuidad de un bebé. “No se trata de señalarlos como los malos sino que muestro en la escena todo ese trabajo de explicar que hacer con un bebé que es un trabajo en sí mismo. La obra habla de lo personal para llegar a lo político y social”.
Sol es madre y al inicio de la obra podemos escuchar un audio que le envió uno de sus hijos en el que aclara que le presta su pelota para que forme parte de la puesta. ¿Cómo acercarse a la responsabilidad colectiva de criar niñeces? “Nunca estamos realmente solas, es cuestión de mirar al costado y ver que hay otras en la misma, darnos esa mirada y vernos nos saca de la soledad. El público nos da devoluciones hermosas. De reflexión y de cómo esta obra ayuda a no sentirse solas, a pensar y a cuidar a esas que nos cuidan y que tan naturalizado tenemos ese esfuerzo”.
NUN Teatro Bar. Juan Ramirez de Velazco 419, CABA
Miércoles 30 de julio, 21 hs
Próximas funciones: los viernes de octubre


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