Nota
Poner el cuerpo
Son bailarinas de danza contemporánea. Representan a una generación que aprendió a caerse y levantarse. Son el símbolo del aporte femenino a la autogestión artística independiente. La rompen en escena en varias obras. Juntas, forman el elenco de La Wagner, una obra que desnuda la violencia de esta época. Juntas, también, reclaman por la urgente sanción de la Ley de Danza.
Lo Wagner
¿Dónde comienza una noticia? Ponele que esta arranca con la imagen de Luis Majul en una pantalla de tevé diciendo: “No mando a mis hijas a la escuela pública porque salen piqueteras”, o la de Feinmann anunciando linchamientos, o la de cualquier programa de TN. Da igual. Abrí el plano: estamos frente a la vidriera de un café de una esquina porteña y en la vereda hay cinco pibes acomodando cartones en destartalados carritos de supermercado. Ninguno tiene más de 15 años. Pasás sin mirarlos y entrás al Centro Cultural de la ciudad. Te detiene un cordón de uniformados y molinetes que giran sólo si tenés entrada: para ingresar al teatro público hay que pagar 80 pe.
El ascensor te lleva al sexto piso y en el camino te acompañan fotos del antes y el después: así estaba la Sala Alberdi cuando era ocupada por quienes reclamaban cultura para todxs y así está ahora. Antes es una foto de un cartel que proclama: “talleres a la gorra”. Ahora es la foto de un pasillo vacío.
Se abren las puertas del ascensor y ahí estás.
En la Sala Alberdi no hay ventilación. A oscuras y antes de comenzar la función, una voz masculina informa por altoparlantes que los trabajadores de ese Centro hace tres meses que no cobran.
En ese preciso instante termina la realidad y empieza La Wagner.
Lo trans
Wagner, Richard. El inmenso compositor alemán cae desde su altar con un artículo femenino que lo trans-forma. Aquel creador de grandes obras y teorías polémicas que otros usaron para justificar racismos y sonorizar genocidios es utilizado hoy por Pablo Rotemberg para hablarnos de la violencia. Aquí y ahora.
Pablo es músico, guionista, actor, bailarín y coreógrafo y la enumeración implica que egresó del Conservatorio Nacional de Música, la Fundación Universidad del Cine, los cursos de actuación de Ricardo Bartis y los talleres de danza de maestros de Argentina, Francia, Bélgica y Estados Unidos. Toda esta formación la hilvanó para crear un lenguaje propio que primero lo consagró como bailarín y ahora como creador de obras que se caracterizan por una palabra inquietante: provocar. Desde hace seis años mantiene en cartel La idea fija, una poética escenificación de los cuerpos y formas del deseo que lo colocó en un lugar incómodo: el rey del off. Cuando lo convocaron para –nada menos- tener a cargo la reapertura de la Sala Alberdi del Centro Cultural San Martín, luego de la larga ocupación y la represión que forzó el desalojo, Pablo no quiso trasladar La idea fija (“hubiese sido una frivolidad”), sino crear una obra que no obviara el significado de semejante lugar. El germen lo encontró en la performance Todos o ninguno, una intervención desnuda de música y vestuario, que había realizado en 2012, en la casa de Victoria Ocampo, hoy a cargo del Fondo Nacional de las Artes. Convocó a las dos bailarinas con las que había trabajado en esa obra, Carla di Grazia y Ayelén Clavin y sumó a Carla Rímola y Josefina Gorostiza, con as cuales había trabajado en otras. Lo primero que hizo fue desnudarlas. “En el primer ensayo apareció algo que me interesó al ver esos cuatro cuerpos juntos, tan diferentes y a la vez, tan parecidos. Un interés no erótico, porque mi mirada no es la de un hombre, sino la de alguien homosexual que ve esos cuerpos femeninos como algo misterioso”. ¿Qué vio? “Los cuerpos de bailarinas del circuito independiente de Buenos Aires. No son cuerpos de bailarinas a las que les pagan por bailar. Tienen otros cuerpos porque tienen otras vidas”.
Congelá esta frase que parece obvia porque ahí está la clave capaz de convertir a Lo Wagner en La Wagner.
Ring side
Por el mismo pasillo vacío que te condujo a la Sala Alberdi caminan ahora cuatro mujeres desnudas. Llevan rodilleras, coderas y zapatillas de lona blanca. Y nada más. Nada. Esos cuerpos femeninos a la intemperie ocupan el escenario durante una hora. Se golpean contra el piso una, diez, cien veces. Se golpean unas a otras una, diez, cien veces. Se violan unas a otra, tres veces. Se flexionan, manosean, retuercen, saltan, rolan y arrodillan y vuelven a levantarse para volver a caer y así, sin tregua ni respiro, volver al ruedo a recibir y dar más.
En esa Sala Alberdi sin ventilación, el sudor se convierte en un actor más que se mete en la escena para castigar a esos cuerpos potentes, capaces sin embargo de transmitir fragilidad. Cuerpos asombrosamente fuertes y, al mismo tiempo, tan flexibles que asimilan los golpes como desafíos.
Sobre el final, las cuatro bailarinas se despojan de lo poco que las protege y así, solo carne, sudor y músculo, se exponen al sacrificio último: el juicio del público. El mentón levantado, pubis al frente, mirada altiva. La primera respuesta no es una ovación, sino el silencio. Para el público La Wagner no terminó: sigue agitando preguntas que danzan en el estómago y agitan la cabeza.
Cuesta entender que La Wagner tiene poética, pero no metáforas.
No hay más misterio que eso que está a la vista y nos interpela.
La noticia, entonces, recién comienza.
Lo nuevo
Enfocate ahora en lo que significa esta imagen: cuerpos de bailarinas del circuito independiente de Buenos Aires. Ponele que esos cuerpos te hablan de danza contemporánea, pero si prestás atención a los detalles, estás escuchando a una generación que aprendió a caerse y levantarse una, diez, cien veces. Guerreras sin armadura que danzan la violencia y con violencia, para exponerla. Cuerpos sin quejas, sin miedos, sin límites que se mueven en un mundo victimario, terrorífico y atávico que las azota una, diez, mil veces. Mujeres que convirtieron el tutú en una pieza de museo y bailan desnudas una batalla cotidiana contra prejuicios, géneros y posibilidades. ¿De dónde salieron?
Cartografías
Carla nació y se crió en Caseros, al oeste del conubarno. Otra Carla es de Chivilcoy. Ayelén creció en Olivos. Josefina, en el barrio porteño de Colegiales. Las localidades trazan una cartografía de lo que representó para cualquiera de ellas “querer bailar”.
Carla (di Grazia): “Mi papá es vendedor de autos; mi mamá, ama de casa. Fue mi tía Mary la que, a los 6, me llevó al Teatro Colón a ver La bella durmiente. Fue ella también la que me llevó después a clases de danza, en su barrio, Villa Devoto, porque en Caseros no había nada. Luego, di el ingreso a la Escuela Nacional de Danza: ahí recibí mi primer cachetazo. Todo lo que había aprendido en el taller no me servía para nada. Tuve que hacer el doble de esfuerzo, pero entré”.
Otra Carla (Rímola): “Empecé a bailar tango a los 11 y en esa época era algo raro, porque no había bailarinas de mi edad. Tenía mi parejita y con él hacía todo: preparación y presentaciones. Después, me fui ligando al folklore. En Chivilcoy hay un ballet de gran prestigio y trayectoria. Esto significa familias enteras dedicadas al baile, que con mucho esfuerzo mantienen la tradición de generación en generación. Este tipo de ballet se organiza a partir de festivales anuales, que son competencias donde participan todos: adultos, jóvenes, niños. Para poder participar, organizan durante todo el año rifas, fiestas, venta de choripanes, cenas. Es admirable la labor de gente que baila muy bien y sabe mucho: estudia qué traje tiene que usar para que se corresponda con la época de la música que baila, qué instrumentos, todo. Y llegan a las competencias autofinanciándose desde el viaje hasta los trajes. Y duermen en colegios o campings y se levantan y se maquillan, peinan y visten para estar en un escenario, que no tiene puesta de luces ni nada, donde bailan dando lo mejor de sí. Ellos me enseñaron todo de este oficio: desde la entrega hasta cómo pintarme la cara. Dentro de ese circuito del folklore, muy marcado por las competencias en festivales, hay categorías. Empecé a prepararme para competir en la que llaman “folklore de proyección”, que mezcla elementos de otras danzas y luego, en la “libre”, que ya toma más cosas de la danza contemporánea. Ahí descubrí qué era lo que me apasionaba, pero el único instituto cercano quedaba en Salto. Era una época difícil: fines del año 2.000. La crisis nos golpeaba por todos lados. Un ejemplo: el único colectivo que me llevaba tenía un horario chino, pero encima, a los seis meses de comenzar las clases, quebró. Tuve que hacer el trayecto a dedo. Ir a cursar se convirtió en una aventura total. El instituto también entró en crisis: le retiraron los subsidios. Comenzó, entonces, a dictar otras carreras para intentar salvarse del cierre. Terminé cursando las materias pedagógicas con farmacéuticos y contadores que me triplicaban en edad. Y de las tres carreras que cursaba, solo pude obtener el título oficial de una, porque las demás perdieron el aval oficial al perder los subsidios”.
Josefina dice, en cambio, que baila desde que nació. Su dificultad estuvo, en todo caso, en elegir entre varios intereses. “Dejé la danza cuando entré al Colegio Nacional Buenos Aires y cuando egresé comencé a estudiar Letras”. Para Ayelén, el límite fue su propio cuerpo: “Crecí en una zona sin mucho estímulo cultural, pero sí para lo deportivo. Casi como un deporte más, empecé a estudiar danza clásica, pero no tenía condiciones físicas para bailar danza clásica. Y me gustaba un montón. Entonces, siempre me costó muchísimo todo. Pasaba mil horas entrenando y cuando me iba dormir, me ponía la pierna acá (se la lleva a la nuca) para ver si se estiraba más a la noche. No me rota la quinta: ok. Pruebo más y pruebo más y pruebo más… y rota. Desde ese lugar era placentero cuando lograba el objetivo, pero el tránsito era de lucha. De lucha constante. De tener las articulaciones agarradas y la musculatura agarrotada porque intentaba lo que mi cuerpo no daba, hasta que daba. Entonces, me preguntaba, ¿hasta dónde puede llegar mi cuerpo? ¿Ese es el límite? ¿O, en realidad, si yo sigo insistiendo ese límite se corre?”.
La escuela
Las cuatro llegaron al Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA), “un centro de formación que estaba en ese mismo momento forjando su identidad, buscando su lugar en la sociedad y en la danza, donde había gente muy valiosa dispuesta a enseñarte no sólo a ser una buena intérprete, sino a pensarte como artista en un contexto social. Estamos hablando de educación pública de excelencia y compromiso”, resume Carla. En términos de la otra Carla, lo que allí descubrieron representó “otra cachetada”. Aclara: “Pero ojo, una cachetada bien, porque me ubicó en un mundo en el que no entendía nada y eso me permitía aprender muchísimo.
¿Qué aprendiste?
Que hay que tener cierta persistencia y enfoque. Si no enfocás, no llegás.
¿Qué significa enfocar?
Tener un punto muy claro y estudiar y formarte para alcanzarlo. Darte cuenta de que si no tenés un piso sólido de conocimientos, no hay forma de alcanzar ese objetivo. Y que para construir ese piso es necesario ser persistente. Estudiar, perfeccionarte, preocuparte por construir las bases de forma sólida, ser constante, participar de procesos creativos aprendiendo a ubicarte en esos espacios, desde la humildad del aprendizaje. Si te enfocás en eso, lo demás cae de maduro”.
Maratón
Una Carla es la más chica: 27. La otra Carla es la más grande: 32. Ayelén y Josefina están en sus 30. Todas usan la palabra resistencia para definir qué representan cómo arquetipos de una generación que se entrenó para perseguir sus sueños. Resistencia como forma y como camino, para aumentar la propia potencia, para poder cada vez más.
Ellas pueden, por ejemplo, dar clases en tres o cuatro instituciones diferentes. Pueden también, trabajar en varias obras al mismo tiempo: Carla creó y baila con su grupo en Moeraki, que sube a escena los jueves en el Instituto de la Cooperación; la otra Carla los sábados se para en puntas de pie para ser la protagonista de la obra Lub-Dub, de Roxana Grinstein y los viernes brilla en el dueto de Parádoxa, en el Camarín de las Musas; Josefina integra el elenco de Villa Argüello, que se representa en la sociedad de fomento Benito Nazar, del barrio de Villa Crespo y Ayelén ensaya con su Grupo del Patio en una terraza, porque se acaban de quedar sin espacio propio. Está claro que no llegan a la función de La Wagner luego de un día en el spa.
Lo grupal
¿Duele hacer La Wagner? “No: es todo técnica. Pura ejecución”, responde Carla. “Regulás la energía, hacés ruido, pero no te golpeás”, dice la otra Carla. “Es una forma coreográfica como cualquier otra, con mucho ensayo la sacás”, apunta Josefina. Ayelén suma otra clave: “Hay una sensación física al hacer la obra de ´hay que aguantar´. Hay que aguantar en todo sentido. Hay que aguantar el caerse, hay que aguantar aeróbicamente, hay que aguantar emocionalmente. Por eso para nosotras los cinco o diez minutos antes de entrar en escena son idénticos a los del día del estreno. Tenemos el mismo miedo”.
¿Y cómo lo enfrentan?
Nos abrazamos y decimos: ¡grupo, chicas, grupo! Para resistir, para aguantar, hace falta sentirte parte de algo más importante que vos.
Violencia y ley
La Wagner nos habla de la violencia. Violencia sobre el cuerpo femenino, en particular, y sobre los cuerpos de esta época en general. ¿Qué representa esa violencia para quienes tienen que encarnarla? Carla responde: “Violencia es ver a un hombre durmiendo en la calle, violencia es una mina que se clava una tanga para salir en la tele”. Josefina suma: “Violencia es el hambre. Violencia es este espacio” y golpea el piso del escenario de la Sala Alberdi. “El desafío es cómo encontrarle a esto tan tremendo cierta poética que nos permita hacer algo: transformarlo”.
La otra Carla me habla de la Ley de Danza, de su importancia. Toda su generación estará bailando alrededor de este reclamo, literalmente. El 29 de abril frente al Congreso Nacional cientos y cientos de Carlas, Josefinas y Ayelenes bailarán junto a sus maestras y maestros, para exigir con el cuerpo que se haga ley todo aquello en lo que creen: que bailar deje de ser un privilegio y se transforme en un derecho.
¿Esa es la noticia?
El otro
Abandonás el camarín minutos antes de la última función de La Wagner en Sala Alberdi. Las cuatro bailarinas están listas para darlo todo. Me dicen que aprendieron a no esperar la aprobación de nadie. “Una hace y el otro recibe. Y cada cual lo recibe como puede. Lo importante es tener convicciones y amar y sentir lo que hacés. Eso es algo que no puede depender de la reacción del otro”.
En la esquina hay un patrullero con las puertas abiertas de par en par. Cuatro policías rodean a un hombre sucio, borracho, vagabundo. Le colocan las esposas y escuchás el ruido metálico.
Clack.
Protesta social
Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse.
Por Lucas Pedulla Fotos Juan Valeiro/lavaca.org
A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.
–Si no trabajo, no como.
Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:
–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?
La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.
–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión.
–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.
Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor.
A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.
–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja.

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?
Luis es crítico:
–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”.
La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.
¿Qué espera?
–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo.
¿Hay opción B?
–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come.
Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.
Revista Mu
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo


Ley de Tierras y después: Cambio de tema
Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.
Por Claudia Acuña

Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre
Los incendios y el dragado que rompen el ecosistema, los countries ocupándolo todo, el extractivismo de arena para el fracking, las privatizaciones, la contaminación masiva, la indolencia estatal: el Paraná debería ser un río de todos, pero parece un río de nadie. Navegación desde Escobar hasta las Lechiguanas, pasando por Costa Pobre, barrio popular amenazado, que simboliza mucho de esta historia. Voces e imágenes de quienes siguen defendiendo la vida del aire, el suelo, el agua y la justicia.
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Atanor condenada por contaminación: La odisea
Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.
Por Lucas Pedulla
Fotos: Sebastián Smok/lavaca.org

Agroecología en Misiones: El libro de la selva
Una cooperativa agroecológica de quince familias produce alimentos sin químicos en medio de la selva misionera y muestra cómo cultivar de un modo sano y rentable. Unión Campesina, los secretos de la tierra, la casa de las semillas, y una decisión: hacer mucho y hablar menos. El método del Fukuoka misionero. ¿Cuál es la rueda que está girando?
Por Francisco Pandolfi
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Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto
Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Juan Valeiro

Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
Por Evangelina Bucari

El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder
¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

Zoe Hochbaum: Comerse el mundo
Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.
Por María del Carmen Varela
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Crónicas del Más Acá: Rambo al sur
por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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