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Poner el cuerpo

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Son bailarinas de danza contemporánea. Representan a una generación que aprendió a caerse y levantarse. Son el símbolo del aporte femenino a la autogestión artística independiente. La rompen en escena en varias obras. Juntas, forman el elenco de La Wagner, una obra que desnuda la violencia de esta época. Juntas, también, reclaman por la urgente sanción de la Ley de Danza.

Poner el cuerpo

Lo Wagner

¿Dónde comienza una noticia? Ponele que esta arranca con la imagen de Luis Majul en una pantalla de tevé diciendo: “No mando a mis hijas a la escuela pública porque salen piqueteras”, o la de Feinmann anunciando linchamientos, o la de cualquier programa de TN. Da igual. Abrí el plano: estamos frente a la vidriera de un café de una esquina porteña y en la vereda hay cinco pibes acomodando cartones en destartalados carritos de supermercado. Ninguno tiene más de 15 años.  Pasás sin mirarlos y entrás al Centro Cultural de la ciudad. Te detiene un cordón de uniformados y molinetes que giran sólo si tenés entrada: para ingresar al teatro público hay que pagar 80 pe.

El ascensor te lleva al sexto piso y en el camino te acompañan fotos del antes y el después: así estaba la Sala Alberdi cuando era ocupada por quienes reclamaban cultura para todxs y así está ahora. Antes es una foto de un cartel que proclama: “talleres a la gorra”. Ahora es la foto de un pasillo vacío.

Se abren las puertas del ascensor y ahí estás.

En la Sala Alberdi no hay ventilación. A oscuras y antes de comenzar la función, una voz masculina informa por altoparlantes que los trabajadores de ese Centro hace tres meses que no cobran.

En ese preciso instante termina la realidad y empieza La Wagner.

Lo trans

Wagner, Richard. El inmenso compositor alemán cae desde su altar con un artículo femenino que lo trans-forma. Aquel creador de grandes obras y teorías polémicas que otros usaron para justificar racismos y  sonorizar genocidios es utilizado hoy por Pablo Rotemberg para hablarnos de la violencia. Aquí y ahora.

Pablo es músico, guionista, actor, bailarín y coreógrafo y la enumeración implica que egresó del Conservatorio Nacional de Música, la Fundación Universidad del Cine, los cursos de actuación de Ricardo Bartis y los talleres de danza de maestros de Argentina, Francia, Bélgica y Estados Unidos. Toda esta formación la hilvanó para crear un lenguaje propio que primero lo consagró como bailarín y ahora como creador de obras que se caracterizan por una palabra inquietante: provocar. Desde hace seis años mantiene en cartel La idea fija, una poética escenificación de los cuerpos y formas del deseo que lo colocó en un lugar incómodo: el rey del off. Cuando lo convocaron para –nada menos- tener a cargo la reapertura de la Sala Alberdi del Centro Cultural San Martín, luego de la larga ocupación y la represión que forzó el desalojo, Pablo no quiso trasladar La idea fija (“hubiese sido una frivolidad”), sino crear una obra que no obviara el significado de semejante lugar. El germen lo encontró en la performance Todos o ninguno, una intervención desnuda de música y vestuario, que había realizado en 2012, en la casa de Victoria Ocampo, hoy a cargo del Fondo Nacional de las Artes. Convocó a las dos bailarinas con las que había trabajado en esa obra, Carla di Grazia y Ayelén Clavin y sumó a Carla Rímola y Josefina Gorostiza, con as cuales había trabajado en otras. Lo primero que hizo fue desnudarlas. “En el primer ensayo apareció algo que me interesó al ver esos  cuatro cuerpos juntos, tan diferentes y a la vez, tan parecidos. Un interés no erótico, porque mi mirada no es la de un hombre, sino la de alguien homosexual que ve esos cuerpos femeninos como algo misterioso”. ¿Qué vio? “Los cuerpos de bailarinas del circuito independiente de Buenos Aires. No son cuerpos de bailarinas a las que les pagan por bailar. Tienen otros cuerpos porque tienen otras vidas”.

Congelá esta frase que parece obvia porque ahí está la clave capaz de convertir a Lo Wagner en La Wagner.

Ring side

Por el mismo pasillo vacío que te condujo a la Sala Alberdi caminan ahora cuatro mujeres desnudas. Llevan rodilleras, coderas y zapatillas de lona blanca. Y nada más. Nada.  Esos cuerpos femeninos a la intemperie ocupan el escenario durante una hora. Se golpean contra el piso una, diez, cien veces. Se golpean unas a otras una, diez, cien veces. Se violan unas a otra, tres veces. Se flexionan, manosean, retuercen, saltan, rolan y arrodillan y vuelven a levantarse para volver a caer y así, sin tregua ni respiro, volver al ruedo a recibir y dar más.

En esa Sala Alberdi sin ventilación, el sudor se convierte en un actor más que se mete en la escena para castigar a esos cuerpos potentes, capaces sin embargo de transmitir fragilidad. Cuerpos asombrosamente fuertes y, al mismo tiempo, tan flexibles que asimilan los golpes como desafíos.

Sobre el final, las cuatro bailarinas se despojan de lo poco que las protege y así, solo carne, sudor y músculo, se exponen al sacrificio último: el juicio del público. El mentón levantado, pubis al frente, mirada altiva. La primera respuesta no es una ovación, sino el silencio. Para el público La Wagner no terminó: sigue agitando preguntas que danzan en el estómago y agitan la cabeza.

Cuesta entender que La Wagner tiene poética, pero no metáforas.

No hay más misterio que eso que está a la vista y nos interpela.

La noticia, entonces, recién comienza.

Lo nuevo

Enfocate ahora en lo que significa esta imagen: cuerpos de bailarinas del circuito independiente de Buenos Aires. Ponele que esos cuerpos te hablan de danza contemporánea, pero si prestás atención a los detalles, estás escuchando a una generación que aprendió a caerse y levantarse una, diez, cien veces. Guerreras sin armadura que danzan la violencia y con violencia, para exponerla. Cuerpos sin quejas, sin miedos, sin límites que se mueven en un mundo victimario, terrorífico y atávico que las azota una, diez, mil veces. Mujeres que convirtieron el tutú en una pieza de museo y bailan desnudas una batalla cotidiana contra prejuicios, géneros y posibilidades. ¿De dónde salieron?

Cartografías

Carla nació y se crió en Caseros, al oeste del conubarno. Otra Carla es de Chivilcoy. Ayelén creció en Olivos. Josefina, en el barrio porteño de Colegiales. Las localidades trazan una cartografía de lo que representó para cualquiera de ellas “querer bailar”.

Carla (di Grazia): “Mi papá es vendedor de autos; mi mamá, ama de casa. Fue mi tía Mary la que, a los 6, me llevó al Teatro Colón a ver La bella durmiente. Fue ella también la que me llevó después a clases de danza, en su barrio, Villa Devoto, porque en Caseros no había nada. Luego, di el ingreso a la Escuela Nacional de Danza: ahí recibí mi primer cachetazo. Todo lo que había aprendido en el taller no me servía para nada. Tuve que hacer el doble de esfuerzo, pero entré”.

Otra Carla (Rímola): “Empecé a bailar tango a los 11 y en esa época era algo raro, porque no había bailarinas de mi edad. Tenía mi parejita y con él hacía todo: preparación y presentaciones. Después, me fui ligando al folklore. En Chivilcoy hay un ballet de gran prestigio y trayectoria. Esto significa familias enteras dedicadas al baile, que con mucho esfuerzo mantienen la tradición de generación en generación. Este tipo de ballet se organiza a partir de festivales anuales, que son competencias donde participan todos: adultos, jóvenes, niños. Para poder participar, organizan durante todo el año rifas, fiestas, venta de choripanes, cenas. Es admirable la labor de gente que baila muy bien y sabe mucho: estudia qué traje tiene que usar para que se corresponda con la época de la música que baila, qué instrumentos, todo. Y llegan a las competencias autofinanciándose desde el viaje hasta los trajes. Y duermen en colegios o campings y se levantan y se maquillan, peinan y visten para estar en un escenario, que no tiene puesta de luces ni nada, donde bailan dando lo mejor de sí. Ellos me enseñaron todo de este oficio: desde la entrega hasta cómo pintarme la cara. Dentro de ese circuito del folklore, muy marcado por las competencias en festivales, hay categorías. Empecé a  prepararme para competir en la que llaman “folklore de proyección”, que mezcla elementos de otras danzas y luego, en la “libre”, que ya toma más cosas de la danza contemporánea. Ahí descubrí qué era lo que me apasionaba, pero el único instituto cercano quedaba en Salto. Era una época difícil: fines del año 2.000. La crisis nos golpeaba por todos lados. Un ejemplo: el único colectivo que me llevaba tenía un horario chino, pero encima, a los seis meses de comenzar las clases, quebró. Tuve que hacer el trayecto a dedo. Ir a cursar se convirtió en una aventura total. El instituto también entró en crisis: le retiraron los subsidios. Comenzó, entonces, a dictar otras carreras para intentar salvarse del cierre. Terminé cursando las materias pedagógicas con farmacéuticos y contadores que me triplicaban en edad.   Y de las tres carreras que cursaba, solo pude obtener el título oficial de una, porque las demás perdieron el aval oficial al perder los subsidios”.

Josefina dice, en cambio, que baila desde que nació. Su dificultad estuvo, en todo caso, en elegir entre varios intereses. “Dejé la danza cuando entré al Colegio Nacional Buenos Aires y cuando egresé comencé a estudiar Letras”. Para Ayelén, el límite fue su propio cuerpo: “Crecí en una zona sin mucho estímulo cultural, pero sí para lo deportivo. Casi como un deporte más, empecé a estudiar danza clásica, pero no tenía condiciones físicas para bailar danza clásica. Y me gustaba un montón. Entonces, siempre me costó muchísimo todo. Pasaba mil horas entrenando y cuando me iba dormir, me ponía la pierna acá (se la lleva a la nuca) para ver si se estiraba más a la noche. No me rota la quinta: ok. Pruebo más y pruebo más y pruebo más… y rota. Desde ese lugar era placentero cuando lograba el objetivo, pero el tránsito era de lucha. De lucha constante. De tener las articulaciones agarradas y la musculatura agarrotada porque intentaba lo que mi cuerpo no daba, hasta que daba. Entonces, me preguntaba, ¿hasta dónde puede llegar mi cuerpo? ¿Ese es el límite? ¿O, en realidad, si yo sigo insistiendo ese límite se corre?”.

La escuela

Las cuatro llegaron al Instituto Universitario Nacional de Arte (IUNA), “un centro de formación que estaba en ese mismo momento forjando su identidad, buscando su lugar en la sociedad y en la danza, donde había gente muy valiosa dispuesta a enseñarte no sólo a ser una buena intérprete, sino a pensarte como artista en un contexto social. Estamos hablando de educación pública de excelencia y compromiso”, resume Carla. En términos de la otra Carla, lo que allí descubrieron representó “otra cachetada”. Aclara: “Pero ojo, una cachetada bien, porque me ubicó en un mundo en el que no entendía nada y eso me permitía aprender muchísimo.

¿Qué aprendiste?

Que hay que tener cierta persistencia y enfoque. Si no enfocás, no llegás.

¿Qué significa enfocar?

Tener un punto muy claro y estudiar y formarte para alcanzarlo. Darte cuenta de que si no tenés un piso sólido de conocimientos, no hay forma de alcanzar ese objetivo. Y que para construir ese piso es necesario ser persistente. Estudiar, perfeccionarte, preocuparte por construir las bases de forma sólida, ser constante, participar de procesos creativos aprendiendo a ubicarte en esos espacios, desde la humildad del aprendizaje. Si te enfocás en eso, lo demás cae de maduro”.

Maratón

Una Carla es la más chica: 27. La otra Carla es la más grande: 32. Ayelén y Josefina están en sus 30. Todas usan la palabra resistencia para definir qué representan cómo arquetipos de una generación que se entrenó para perseguir sus sueños. Resistencia como forma y como camino, para aumentar la propia potencia, para poder cada vez más.

Ellas pueden, por ejemplo, dar clases en tres o cuatro instituciones diferentes. Pueden también, trabajar en varias obras al mismo tiempo: Carla creó y baila con su grupo en Moeraki, que sube a escena los jueves en el Instituto de la Cooperación; la otra Carla los sábados se para en puntas de pie para ser la protagonista de la obra Lub-Dub, de Roxana Grinstein y los viernes brilla en el dueto de Parádoxa, en el Camarín de las Musas; Josefina integra el elenco de Villa Argüello, que se representa en la sociedad de fomento Benito Nazar, del barrio de Villa Crespo y Ayelén ensaya con su Grupo del Patio en una terraza, porque se acaban de quedar sin espacio propio. Está claro que no llegan a la función de La Wagner luego de un día en el spa.

Lo grupal

¿Duele hacer La Wagner? “No: es todo técnica. Pura ejecución”, responde Carla. “Regulás la energía, hacés ruido, pero no te golpeás”, dice la otra Carla. “Es una forma coreográfica como cualquier otra, con mucho ensayo la sacás”, apunta Josefina. Ayelén suma otra clave: “Hay una sensación física al hacer la obra de ´hay que aguantar´. Hay que aguantar en todo sentido. Hay  que aguantar el caerse, hay que aguantar aeróbicamente, hay que aguantar emocionalmente. Por eso para nosotras los cinco o diez minutos antes de entrar en escena son idénticos a los del día del estreno. Tenemos el mismo miedo”.

¿Y cómo lo enfrentan?

Nos abrazamos y decimos: ¡grupo, chicas, grupo!  Para resistir, para aguantar, hace falta sentirte parte de algo más importante que vos.

Violencia y ley 

La Wagner nos habla de la violencia. Violencia sobre el cuerpo femenino, en particular, y sobre los cuerpos de esta época en general. ¿Qué representa esa violencia para quienes tienen que encarnarla? Carla responde: “Violencia es ver a un hombre durmiendo en la calle, violencia es una mina que se clava una tanga para salir en la tele”. Josefina suma: “Violencia es el hambre. Violencia es este espacio” y golpea el piso del escenario de la Sala Alberdi. “El desafío es cómo encontrarle a esto tan tremendo cierta poética que nos permita hacer algo: transformarlo”.

La otra Carla me habla de la Ley de Danza, de  su importancia. Toda su generación estará bailando alrededor de este reclamo, literalmente. El 29 de abril frente al Congreso Nacional cientos y cientos de Carlas, Josefinas y Ayelenes bailarán junto a sus maestras y maestros, para exigir con el cuerpo que se haga ley todo aquello en lo que creen: que bailar deje de ser un privilegio y se transforme en un derecho.

¿Esa es la noticia?

El otro 

Abandonás el camarín minutos antes de la última función de La Wagner en Sala Alberdi. Las cuatro bailarinas están listas para darlo todo. Me dicen que aprendieron a no esperar la aprobación de nadie. “Una hace y el otro recibe. Y cada cual lo recibe como puede. Lo importante es tener convicciones y amar y sentir lo que hacés. Eso es algo que no puede depender de la reacción del otro”.

En la esquina hay un patrullero con las puertas abiertas de par en par. Cuatro policías rodean a un hombre sucio, borracho, vagabundo. Le colocan las esposas y escuchás el ruido metálico.

Clack.

INFORME ENERO-FEBRERO 2026 DEL OBSERVATORIO LUCÍA PÉREZ DE VIOLENCIA PATRIARCAL

Temporada de femicidios

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Por el Observatorio Lucía Pérez de Violencia Patriarcal (https://observatorioluciaperez.org/)

Durante el verano de este 2026 sufrimos un femicidio y una tentativa de femicidio cada día y medio. Un promedio alarmante que, además costó la vida de cuatro criaturas; tres de ellas apenas superaban el año.

Las víctimas tienen un rango etáreo que va de los 78 a los 17 años y dejaron a 16 infancias huérfanas.

Los datos: enero y febrero suman 43 femicidios y 43 tentativas de femicidio.

No son cifras. Son vidas, como la de Natalia Cruz (foto principal), en Campo Quijano, Salta: su hermana también fue víctima de femicidio años atrás. Hubo marchas para exigir justicia durante casi todos los días desde el día del crimen en que se fugó su asesino –17 de febrero– hasta ayer, cuando finalmente lo atraparon, consecuencia de haber logrado con estos reclamos que la fiscalía ofrezca una importante suma de recompensa por información sobre su paradero.

Lo que deja este verano también es la condena a perpetua por los  femicidios territoriales de las hermanas Estefanía y Marianela Gorosito, de 25 y 28 años, en Rosario, Santa Fe, la ciudad más castigada con este tipo de asesinatos.

Temporada de femicidios

Estefanía y Mariela Gorosito, dos femicidios territoriales en Rosario.

Así el Poder Judicial reconoció por primera vez y explícitamente la relación entre la violencia del narcotráfico y la de género. Tal como expuso claramente el fiscal Patricio Saldutti “Estefanía y Marianela fueron asesinadas en un contexto de violencia de género extrema. Fueron tratadas como moneda de cambio o como mensajes enviados a través de sus cuerpos para saldar deudas. El desprecio por su condición de mujeres es evidente en la forma en que fueron captadas, trasladadas y descartadas como si sus vidas no valieran nada”.

El condenado es Pablo Nicolás Camino, de 31 años, jefe de una cédula de la banda narco Los Monos, quien ya acumula 40 años de prisión por delitos de homicidio, balaceras y asociación ilícita y está procesado, entre otras causas, por el ataque al supermercado que pertenece a la familia de Antonella Roccuzzo, esposa de Lionel Messi.

Temporada de femicidios

Pablo Nicolás Camino, condenado por el femicidio de las hermanas Gorosito.

Pablo Camino ordenó la ejecución de las hermanas desde el penal donde cumple condena. Es decir: estaba bajo la responsabilidad de las autoridades penitenciarias en el momento de organizar el crimen. A Marianela le dispararon ocho veces. A Estefanía, cinco. Sus cuerpos fueron encontrados en un basural al día siguiente de la ejecución.

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Ley de explotación laboral

Conste en actas

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lavaca.org

Fotos: Lina Etchesuri y Tadeo Bourbon /lavaca.org

A las 12 del mediodía el Frente de Sindicatos Unidos (FreSU) hizo su ingreso a la Plaza de los Dos Congresos con una columna poderosa con mix de gremios de la CTA y los más combativos de la CGT.

A las 12:50 se fueron.

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El Congreso desde la plaza. Foto: Lina Etchesuri /lavaca.org

En ese momento las columnas de movimientos sociales –Libres del Sur, Movimiento Evita, UTEP, MTE– se adelantaron para ocupar el lugar, sobre Yrigoyen pasando Solís, frente al vallado.

A las 13:40 las banderas del Evita comenzaron el éxodo.

En ese momento comenzaron a oírse más los megáfonos de los partidos de izquierda que se agolpaban sobre Rivadavia, casi esquina Callao, frente al vallado.

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La izquierda llegó y se fue, para esquivar a los clásicos Encapuchados con Mochilas Nuevas. Foto: Lina Etchesuri /lavaca.org

A las 14 irrumpió la banda Cuatro Encapuchados con Mochilas Nuevas que no formaban parte de la movilización. Tiraron unas piedras, quemaron unos cartones.

A las 14:07 el camión hidrante empezó a rociar todo lo que tenía delante.

A las 14:11, los partidos y las organizaciones de izquierda comenzaron la retirada.

A las 15 sólo quedaba un pequeño grupo, algunos jubilados y mucha –mucha– policía, que no dejaba transitar ni a vecinas del barrio que iban a comprar remedios.

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Foto: Lina Etchesuri /lavaca.orgi

A las 17 la plaza estaba desolada,  a excepción de un pequeñísimo grupo cantando Ska-P.

“Somos los obreros, la base de este juego
en el que siempre pierde el mismo.
Un juego bien pensado en el que nos tienen callados
y te joden si no quieres jugar. Baila hermano el vals del obrero.”

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Memorias de la Ley Banelco. Esta vez las transferencias se realizaron con éxito. Foto: tadeo Bourbon /lavaca.org

A las 22.35 el proyecto de explotación laboral se convirtió en ley.

Hasta Dios tuvo un mal día: fue este.

PD) La Comisión Provincial por la Memoria (CPM) contabilizó 122 personas heridas y cuatro detenidas, la gran mayoría reprimida cuando se manifestaba en el Obelisco, a las 10.30 de la mañana, contra los despedidos de la fábrica de neumáticos FATE.

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Al irse la gente, nuestra fotógrafa Lina Etchesuri saca fotos de los volantes. Abajo el resultado.

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Foto: Lina Etchesuri /lavaca.org

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MU 210: La batalla final

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MU 210: La batalla final

El femicidio de Lucía Pérez a manos de dos narcos de Mar del Plata motivó el primer Paro Nacional de Mujeres. Tras una larga luchar familiar y social se logró la condena, pero ahora una nueva maniobra judicial puede dejar impunes a los culpables. Un ejemplo de que todo lo que conseguimos está en peligro. ¿Podrán?



Las notas de esta edición:

MU 210: La batalla final

Negacionismo de Estado: Informe 2025 del Observatorio Lucía Pérez

¿Qué hay detrás de la avanzada oficial para negar los femicidios? Radiografía de cómo cada poder del Estado, por acción u omisión, busca ocultar las causas y consecuencias del asesinato de mujeres. Y por qué lo hace. Por Claudia Acuña


MU 210: La batalla final

El Aleph (versión putas): Entrevista a Georgina Orellano

¿Cuánto cuesta la vida? ¿Cuánto vale? La dirigente de AMMAR y la actualidad desde la esquina: lo que se ve, lo que no se escucha, las falsas soluciones progresistas, lo que hay que abolir. Lo narco, la revolución, el cuerpo, la salida. Una recoridapor sus tatuajes, y todo lo que significa ser puta. Por Claudia Acuña y Lucas Pedulla



MU 210: La batalla final

Carla Soggiu: La impunidad avanza

Carla recibió un botón antipánico por las agresiones de su pareja, que la ató, golpeó y violó delante de su hija de dos años. Semanas después de ese hecho, accionó cinco veces ese botón pero la policía no la encontró. Apareció muerta en el Riachuelo. Las complicidades, las burocracias, el rol de Diego Santilli y la lucha de una familia que define el caso como un femicidio de Estado. Por Francisco Pandolfi



MU 210: La batalla final

Alma y vida: El femicidio de Lucía Pérez, hoy

¿Qué es la justicia? ¿Cómo enloquecer a una familia? ¿Por qué buscan eliminar la figura de
femicidio? ¿Cuál es el rol práctico del Estado y el negacionismo? El Tribunal de Casación resolvió que el de Lucía Pérez no fue un femicidio. La política de la misoginia como aversión hacia las mujeres y el paralelismo con lo narco que vende droga junto a las escuelas. Las “sumisitas”, la violencia y el sometimiento. Marta y Guillermo: una familia que trabaja en comunidad, y las claves para que las pesadillas no sigan asesinando a los sueños. Por Sergio Ciancaglini



MU 210: La batalla final

Crónicas del más acá: Al trote

POR CARLOS MELONE



MU 210: La batalla final

El Caliban y las brujas: La obra Fuerza mayor, protagonizada por jubiladas

La alianza entre Jubilados Insurgentes con integrantes del Teatro Caliban parió está obra que pone en escena lo que pasa todos los miércoles frente al Congreso. Una forma creativa de elaborar la actualidad con las herramientas del teatro, para hacer sentir, pensar e interpelar a los más jóvenes. Por Franco Ciancaglini



MU 210: La batalla final

Sin berretines: Lo que nos cuenta la cárcel

Estudiantes de Sociología y Trabajo Social que cumplen condena en la cárcel de San Martín comparten sus reflexiones sobre la libertad, el encierro, y la actualidad más acá de las rejas. ¿Cómo funciona lo narco? ¿Qué implica buscar plata fácil? Lecciones sobre educación, berretines y prejuicios, el sentido de la vida, y la teoría de la bobalización. Por Sergio Ciancaglini



MU 210: La batalla final

Sin protección: Ley contra el Acoso y después

Perdió estado parlamentario el proyecto de ley de acoso en ámbitos laborales y académicos: una muestra de la desidia y el abandono de las políticas de género. Del caso Brieger a Milei, cómo sigue la organización de las mujeres para empujar lo imposible en tiempos de motosierra, fascismo y un Congreso estancado. Por Evangelina Bucari



MU 210: La batalla final

Con horizonte: 38º Encuentro Plurinacional en Corrientes

Cien mil personas participaron del 38º Encuentro Plurinacional de Mujeres y Diversidades. MU lo registró con crónicas día a día, que pueden leerse en lavaca.org. Compartimos aquí parte del registro fotográfico y una mirada sobre la trastienda de debates que explican mucho de lo que pasó en un evento extraño y extraordinario. Por Claudia Acuña. Fotos de Line Bankel



MU 210: La batalla final

Sin cuerpo: La ¿impericia? en la causa de Cecilia Basaldúa

A lo largo de este 2025 la nueva instrucción que investiga el femicidio de Cecilia Basaldúa, ocurrido en el año 2020 en la localidad cordobesa de Capilla del Monte, Cambió fiscales, tomó nuevas pruebas y amplió testimoniales. Sin embargo, en el marco de un proceso judicial que avanzaba, una noticia coronó la impunidad en esta causa: hace cuatro años que el cuerpo de Cecilia fue retirado de la morgue judicial sin el consentimientode la familia. Por María Eugenia Marengo


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