CABA
La cátedra del macho: Teoría y práctica para combatir el acoso
¿Qué es el acoso? ¿Todas las formas de acoso son iguales? Del escrache en redes sociales a la justicia machista, la teórica Marta Lamas escribió un libro que trajo polémica pero que también echó luz sobre algunas confusiones. Desde la probation que cumplió Baby Etchecopar a un caso reciente de acoso en la Universidad de la Patagonia, propuestas para salir por arriba. Por Claudia Acuña
Es un libro pequeño e incómodo.
Muy.
Se mete con la espada de la pregunta en la selva del movimiento feminista latinoamericano. Y al finalizar el safari, nos deja marcada con puntos suspensivos la tarea a completar: las respuestas hay que construirlas en debates, sin prejuicios ni dogmas, con la creatividad como bandera y la experiencia como maestra.
Marta Lamas es la autora de este libro provocadoramente titulado Acoso: ¿denuncia legítima o victimización? y eso significa que lo escribió la académica de género –utilizo este denominación con toda la intención de resaltar lo que el Orden del Saber representa con esta categoría- más importante de América Latina, si por importante se entiende que se trata de la referente en esta materia de la usina de las ciencias sociales más grande de la región: la Universidad Nacional de México (UNAM).
Este, su último libro, no se consigue fácilmente –de hecho, sólo estuvo disponible este año en el stand que el Fondo de Cultura Económica montó en la Feria del Libro-, aunque ya hay varias reseñas locales que lo han criticado con saña, por diversos motivos. El principal es el prejuicio: la burocracia de género argentino detesta a Marta Lamas. En parte, con la excusa de su posición a favor del trabajo sexual, pero más porque esta hija de argentinos -que editó la primera revista de divulgación del pensamiento feminista (Fem) y el primer suplemento feminista en el diario La Jornada-, fue marcando el ritmo de las consagraciones y reconocimientos en la región. Con el tiempo, su ascenso en la jerarquía mediática y universitaria la llevó a conducir, además, la más importante publicación científica del continente (Debate Feminista), lo cual representa que ha sido la responsable de que controlar qué investigaciones acceden a esa instancia, obligatoria para que un trabajo académico sea considerado una teoría científica. Por cierto, la producción criolla no ha sido allí prioritaria, fundamentalmente por su falta de originalidad y su dependencia europea.
Estamos hablando, entonces, de quién controló la cancha, la pelota y ese juego durante años, sembrando y cosechando polémicas y desprecios.
Pero también estamos hablando de que Marta Lamas es, fundamentalmente, una activista o una militante, según la categoría ideológica que se prefiera. Su rol fue decisivo para lograr en 2007 que la Ciudad de México legalizara el aborto por primera vez en América Latina. Cuando explica cómo lograron que el movimiento feminista marcase semejante gol en el arco de la ciudad más grande en términos poblacionales y más dependiente en términos culturales de la Iglesia Católica, Lamas explica algo que aquí resuena tan incómodo como este libro: comprendió que jamás se sancionaría la ley si las acciones, el discurso y el lobby parlamentario lo controlaba el aparato de la burocracia de género, cooptado por los partidos, los subsidios, los kioscos, las prebendas y, sobre todo, la nula perspectiva política-social. Es decir, sin conciencia de clase, para decirlo en términos ideológicos clásicos.
Controlado por el aparato, nos cuenta Lamas, el aborto clandestino había sido convertido en un reclamo social negociable que, además, terminaba cotizando mejor cuanto más fuerza acumulaba. Para lograr la sanción, entonces, la estrategia del movimiento feminista mexicano representó hacer algo que localmente equivaldría a salirse del control de la Campaña Nacional para abrir el juego a la creatividad de otras fuerzas sociales.
Abrir no es romper, sino crecer, advierte Lamas, hasta acumular la fuerza de lo incontrolable.
Y lo incontrolable representa lo único que el poder teme.
Por eso, cede.
Esta posición –y sobre todo su éxito- es otra de las piezas del rompecabezas que explica qué representa Lamas en estas pampas universitarias: una rompe pelotas.
Ahora acaba de poner otra vez el dedo en el ventilador para romper un sentido común que intenta controlar al movimiento feminista. Estamos hablando, entonces, del aparente acuerdo o consenso -construido de arriba hacia abajo, es decir, desde la academia (el saber) y los aparatos (el poder)-, con la intención de definir sus objetivos, ordenar sus procedimientos, dirigir sus esfuerzos y, sobre todo, evangelizar sobre “qué está bien y qué está mal”.
Por eso mismo Lamas comienza por el principio, recordándonos que el movimiento feminista tiene un objetivo: que seamos libres.
Una misión: acabar con el patriarcado, que es, entre otras cosas, construcción de poder y subjetividades, modelo de producción de desigualdad y cultura.
Una forma de dar batalla: desobedecer órdenes, quebrar silencios, crear alegría y romper las pelotas, entre otras.
Y una identidad: la ética.
El feminismo jamás fue y nunca será moral.
Game over
El libro de Lamas comienza con esta frase: “No existe en el mundo nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo. Hoy esa idea que moviliza a millones de mujeres es: ¡Basta de acoso!”.
A partir de allí y durante 159 páginas desarrolla una serie de preguntas sobre lo que esta idea representa. Lamas no las responde, sino que alienta a crear esas respuestas socialmente, pero sobre todo teniendo en cuenta cuánto tiene este momento para el movimiento feminista de oportunidad histórica, pero también de peligro.
El peligro lo define rápido y claro: no podemos perder de vista que el objetivo del feminismo es la liberación sexual. Si olvidamos eso, alimentamos al enemigo.
Las oportunidades están representadas por los desafíos que supone levantar las banderas de la justicia en un sistema en el cual “nuestras instituciones y sus operadores no tienen el mínimo necesario de eficacia y decencia”. Concretamente, se pregunta y nos pregunta Lamas: “¿Con qué policía, con qué ministerios públicos y con qué jueces” vamos a lograr justicia para las víctimas de abusos?
Sabemos la respuesta: en esta batalla, sólo nos tenemos a nosotras.
Todo es nada
amas analiza el término “acoso” –“es molestar con cualquier cosa pesadamente”- y las definiciones jurídicas que determinan qué conductas acosadoras son penalmente sancionables -desde el abuso sexual hasta el laboral-, señalando lo único que tienen en común: la indiferencia, inoperancia y, fundamentalmente, la complicidad de eso que llamamos Poder Judicial. Es en esa instancia judicial donde se consagra la impunidad y, por eso mismo, es ahí a donde hay que buscar a los responsables de alimentar las denuncias públicas en las redes sociales.
Sin justicia patriarcal no hay escraches, nos recuerda Lamas.
Hasta aquí, cero polémica.
El dedo en el ventilador lo pone luego, cuando analiza que, al calor del estallido de denuncias públicas, se ha cocinado un guiso que mezcla bajo una misma denominación -“acoso”- conductas que no lo son. Y advierte un peligro: “Si todo es acoso, ya nada lo es”.
Como tan didácticamente lo sintetiza Melanie Tobal en un tuit: “A los 17 me violaron, a los 22 estuve con un manipulador y violento y a los 28 terminé destrozada emocionalmente por un irresponsable afectivo. Aunque dueña, necesitamos entender que las tres cosas no son lo mismo y el feminismo no puede reaccionar de la misma manera ante todo”.
Machismo social
Avanza Lamas: ¿Hasta qué punto las denuncias y reclamos que se formulan como acoso están evitando que se nombren la discriminación y la desigualdad que producen el machismo y la misoginia? Metida ya de lleno en el corazón mismo de la selva, sigue: ¿Se denuncian conductas machistas, pero no se las llama así, porque la única manera de llamar la atención es usar la palabra “acoso”, porque refiere a lo sexual?
Sigue: ¿Vamos a decir que ya no soportamos más el acoso o vamos a gritar también “basta de machismo”? Pensemos bien la respuesta, porque no es lo mismo. Una violación es un delito penal, pero no toda conducta machista lo es, aunque duelan, humillen y lastimen la autoestima.
Cuando hablamos de “conductas machistas” estamos hablando de “conductas ofensivas, molestas, discriminadoras”. Del hostigamiento continuo en el ámbito laboral, en el espacio público, en el aula, de un hacer y decir que nos hace sufrir todos los días, pero que no son ni mágica ni penalmente corregilbles o eliminables.
¿Cómo diferenciarlas, entonces, de las conductas delictivas, sin por eso soslayarlas? Arriesga Lamas: “Hay que crear conceptos nuevos para nombrar estos actos. Quizá sirva algo así como ´acoso social machista´, que es lo que padecen cotidianamente millones de personas en nuestro país. Situaciones humillantes y/o agresivas que afectan diferencialmente según la edad, la clase social, la condición étnica y la orientación sexual de quien las recibe”.
Advierte Lamas: no se trata tan solo de una definición. Este acoso social machista requiere políticas públicas, con acciones que atajen la violencia estructural, que pongan un freno a la zozobra y el miedo que sienten las mujeres al transitar espacios públicos, así como también a alentarlas a aprender cómo defenderse. Es decir, esta demanda feminista representa, sobre todo, una salida de la victimización que alimenta “la ola puritana que anhela una sexualidad domesticada”.
El peligro de no llamar a estas cosas por su nombre es, entonces, generar confusión acerca de qué queremos y quiénes somos cuándo hablamos en nombre del feminismo, porque esa confusión es la que permite que el enemigo se apodere de nuestra fuerza para reforzar nuestras cadenas.
No somos víctimas: somos sobrevivientes. Y por eso mismo, rebeldes.
“No va ser fácil cambiar la cultura machista ni la perspectiva victimista”, dice. Se trata, entonces, de crear instrumentos nuevos para abrir nuevas perspectivas. “Y para ello hay que hacer política, pero no cualquier política”, concluye Lamas.
¿Cúal? “Pese a la desolación que estamos viviendo, también convive el deseo de construir otro país y otras relaciones humanas”, señala. ¿Cómo? “Tal vez algo que podríamos empezar a debatir es quién es el enemigo principal, en este momento y en nuestro país”. Define al suyo: “Es la dinámica material y simbólica del capitalismo neoliberal, que ha fortalecido una política sexual moralizadora y represiva”.
La escena y el crimen
Es interesante relacionar este texto de Lamas con la experiencia del movimiento feminista argentino, ya que el primer ejemplo práctico de su teoría nació aquí, a partir de la denuncia que realizó el Movimiento Evita por los insultos que escupió el inclasificable Baby Etchecopar a una de sus integrantes. Lo condenaron a ceder 5 minutos de su espacio radial a diez referentes del movimiento feminista, además de obligarlo a donar quince mil pesos a Cáritas. La “sanción” se ideó en una asamblea de mujeres que reunió a integrantes de ese movimiento con militantes feministas de base –para decirlo en términos ideológicos clásicos-, todas interesadas en encontrar una forma “no punitivista” de ponerle límites a esa violenta prédica machista.
Ahora es en la Universidad Nacional de la Patagonia donde se ha creado otro procedimiento inédito para terminar con lo que clasifican como una “pedagogía machista”. La abogada Verónica Heredia, patrocinante junto a María Cristina Pagasartundua de las ocho denuncias realizadas por docentes y alumnas contra el profesor Bruno Sancci, cuenta así cómo se construyó esta demanda: “Conocí a Mariela Flores Torres en la Comisión contra la Impunidad, trabajando en los casos de violencia policial e institucional. Fue ella la primera en escribir en las redes sociales, el 12 de diciembre pasado, que durante una clase el profesor le había dicho delante de todos: ´Tenés tetas, pero pensás como hombre: por eso sos inteligente´. A partir de ese post se generó una catarata de testimonios que fueron dando cuenta de una situación que espanta”.
Leídos en conjunto, esas voces de mujeres encadenadas una detrás de otra dan cuenta de un caso que involucra a un docente que es titular de cuatro materias que se deben cursar al comienzo, a mitad y al final de la carrera, en una universidad en la cual el cuerpo docente está copado por el Poder Judicial, -“para dar clase tenés que ser juez y para ser juez, tenés que ser docente”, señala Heredia- y desde un claustro cuya misión es formar a quienes juzgan y forman: docentes y abogados. Por otro lado, los testimonios son de profesoras, investigadoras y alumnas, todas con altos puntajes académicos; muchas, militantes y varias con participación activa en la vida política comunitaria y universitaria. La postal es, en sí misma, descriptiva de una situación que dispara una pregunta tras otra.
¿Puede un docente reprobar o aprobar a una mujer porque es gorda? ¿Puede citarla fuera de la universidad para conversar sobre su tesis de grado y luego jactarse de esa cita en el aula? ¿Puede una mujer con formación universitaria, entrenada para hablar de pie y para escribir con exactitud, someterse y callarse?
Puede.
“Escribo y tiemblo”, dice uno de los testimonios. “No recuerdo cómo salí de ahí y tampoco cómo regresé a casa”, dice otra.“Lo peor me pasó cursando Didáctica Específica”, puntualiza otra. “Me dijo todo el tiempo que no había nada que yo pudiera hacer o decir que él no se enterara, que él tenía herramientas para acceder a mis correos electrónicos, a mis mensajes de texto; y que se enteraba de todo lo que yo hacía o decía. Yo sólo quería aprobar la materia”, completa otra más.
Sigue Heredia: “Luego de los posteos, se reúnen para conocerse. Así se conforma una colectiva de Mujeres Autoconvocadas. El primero de marzo viajé a Trelew, a escucharlas. Hablaron quince mujeres, entre denunciantes y testigos. Luego, nos pusimos a pensar qué representaba el cuadro que entre todas estaban pintando: qué escena, no qué crimen describía. Así fuimos delineando objetivos”.
¿A qué conclusión llegaron?
Para una asamblea, hablar con una abogada de un tema así es siempre demandar una intervención judicial y, en lo posible, penal. Y para una abogada, escuchar esos testimonios luego de intervenir en contextos de violencia institucional gravísimos es siempre un impacto, porque estamos acostumbradas a tratar en casos donde víctima y victimario tienen posiciones brutalmente asimétricas. Lo interesante, entonces, es hablar de todo eso, porque desacomoda los sentidos sociales previsibles. Así llegamos, finalmente, a una síntesis: no vamos a hacer esta demanda a la justicia, porque esa justicia es absolutamente funcional a estas conductas: es un lugar amigable con los machistas y hostil con las víctimas. Justo venía en esos días de escuchar a la mamá de Lucía Pérez y, todavía impactada por leer esa sentencia, les dije: una justicia que deja impune el crimen de Lucía Pérez nos hace cuestionar qué podemos obtener en esos ámbitos. No vamos a encontrar ahí lo que buscamos.
¿Qué acordaron entonces?
Presentar esta demanda a la Universidad y al Ministerio de Educación provincial, porque ambas son institucionalmente responsables. No sólo porque muchas de estas denuncias se presentaron sin que nadie les diera una respuesta concreta, sino principalmente porque produjeron las condiciones para que un docente hiciera y dijera eso. Un docente que forma docentes. Es decir: alguien que enseña así está enseñando pedagogía machista. Eso queremos detener.
¿Cómo pararla?
Este es nuestro intento. El 24 de junio presentamos la demanda ante el Consejo Académico de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales. Y también ante el Ministerio de Educación de la provincia de Chubut, porque también es profesor de terciario y secundario. Peticionamos, concretamente, investigación y sanción, pero también que quienes investiguen estas denuncias tengan perspectiva de género, porque si no, no van a ver ninguna conducta sancionable: de tan naturalizadas, estas prácticas, ciegan. También pedimos medidas de protección a las denunciantes, porque algunas tienen que rendir exámenes, y aunque el docente solicitó una licencia, su ausencia es voluntaria: ninguna autoridad le dijo que no puede dar clase hasta que esto no se aclare. Lo importante para nosotras no es lo personal, sino lo sistémico: estamos denunciando una práctica sostenida, avalada y naturalizada por el sistema educativo universitario. A él le pedimos que garantice erradicarlas, formando a sus docentes en prácticas respetuosas y no discriminatorias. Con esta demanda, concretamente, decimos que la Universidad ha tolerado y fomentado prácticas crueles, especialmente contra las mujeres. Y que eso se terminó: ya no las toleramos. Si no nos escuchan, vamos a gritar más fuerte, porque no nos callamos más”.
Artes
Un festival para celebrar el freno al vaciamiento del teatro

La revista Llegás lanza la 8ª edición de su tradicional encuentro artístico, que incluye 35 obras a mitad de precio y algunas gratuitas. Del 31 de agosto al 12 de septiembre habrá espectáculos de teatro, danza, circo, música y magia en 15 salas de la Ciudad de Buenos Aires. El festival llega con una victoria bajo el brazo: este jueves el Senado rechazó el decreto 345/25 que pretendía desguazar el Instituto Nacional del Teatro.
Por María del Carmen Varela.
«La lucha continúa», vitorearon este jueves desde la escena teatral, una vez derogado el decreto 345/25 impulsado por el gobierno nacional para vaciar el Instituto Nacional del Teatro (INT).
En ese plan colectivo de continuar la resistencia, la revista Llegás, que ya lleva más de dos décadas visibilizando e impulsando la escena local, organiza la 8ª edición de su Festival de teatro, que en esta ocasión tendrá 35 obras a mitad de precio y algunas gratuitas, en 15 salas de la Ciudad de Buenos Aires. Del 31 de agosto al 12 de septiembre, más de 250 artistas escénicos se encontrarán con el público para compartir espectáculos de teatro, danza, circo, música y magia.
El encuentro de apertura se llevará a cabo en Factoría Club Social el domingo 31 de agosto a las 18. Una hora antes arrancarán las primeras dos obras que inauguran el festival: Evitácora, con dramaturgia de Ana Alvarado, la interpretación de Carolina Tejeda y Leonardo Volpedo y la dirección de Caro Ruy y Javier Swedsky, así como Las Cautivas, en el Teatro Metropolitan, de Mariano Tenconi Blanco, con Lorena Vega y Laura Paredes. La fiesta de cierre será en el Circuito Cultural JJ el viernes 12 de septiembre a las 20. En esta oportunidad se convocó a elencos y salas de teatro independiente, oficial y comercial.
Esta comunión artística impulsada por Llegás se da en un contexto de preocupación por el avance del gobierno nacional contra todo el ámbito de la cultura. La derogación del decreto 345/25 es un bálsamo para la escena teatral, porque sin el funcionamiento natural del INT corren serio riesgo la permanencia de muchas salas de teatro independiente en todo el país. Luego de su tratamiento en Diputados, el Senado rechazó el decreto por amplia mayoría: 57 rechazos, 13 votos afirmativos y una abstención.
“Realizar un festival es continuar con el aporte a la producción de eventos culturales desde diversos puntos de vista, ya que todos los hacedores de Llegás pertenecemos a diferentes disciplinas artísticas. A lo largo de nuestros 21 años mantenemos la gratuidad de nuestro medio de comunicación, una señal de identidad del festival que mantiene el espíritu de nuestra revista y fomenta el intercambio con las compañías teatrales”, cuenta Ricardo Tamburrano, director de la revista y quien junto a la bailarina y coreógrafa Melina Seldes organizan Llegás.
Más información y compra de entradas: www.festival-llegas.com.ar

CABA
Festival ENTRÁ: Resistencia cultural contra el Decreto 345 que quedó ¡afuera! y un acto performático a 44 años del atentado a El Picadero

A 44 años del atentado en plena dictadura contra el Teatro El Picadero, ayer se juntaron en su puerta unas 200 personas para recordar ese triste episodio, pero también para recuperar el espíritu de la comunidad artística de entonces que no se dejó vencer por el desaliento. En defensa del Instituto Nacional del Teatro se organizó una lectura performática a cargo de reconocidas actrices de la escena independiente. El final fue a puro tambor con Talleres Batuka. Horas más tarde, la Cámara de Diputados dio media sanción a la derogación del Decreto 345 que desfinancia al Instituto Nacional del Teatro, entre otros organismos de la Cultura.
Por María del Carmen Varela
Fotos Lina Etchesuri para lavaca
Homenaje a la resistencia cultural de Teatro Abierto. En plena dictadura señaló una esperanza.
Esto puede leerse en la placa ubicada en la puerta del Picadero, en el mítico pasaje Discépolo, inaugurado en julio de 1980, un año antes del incendio intencional que lo dejara arrasado y solo quedara en pie parte de la fachada y una grada de cemento. “Esa madrugada del 6 de agosto prendieron fuego el teatro hasta los cimientos. Había empezado Teatro Abierto de esa manera, con fuego. No lo apagaron nunca más. El teatro que quemaron goza de buena salud, está acá”, dijo la actriz Antonia De Michelis, quien junto a la dramaturga Ana Schimelman ofició de presentadoras.


Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.
La primera lectura estuvo a cargo de Mersi Sevares, Gradiva Rondano y Pilar Pacheco. “Tres compañeras —contó Ana Schimelman— que son parte de ENTRÁ (Encuentro Nacional de Teatro en Resistencia Activa) un grupo que hace dos meses se empezó a juntar los domingos a la tarde, a la hora de la siesta, ante la angustia de cosas que están pasando, decidimos responder así, juntándonos, mirándonos a las caras, no mirando más pantallas”. Escuchamos en estas jóvenes voces “Decir sí” —una de las 21 obras que participó de Teatro Abierto —de la emblemática dramaturga Griselda Gambaro. Una vez terminada la primera lectura de la tarde, Ana invitó a lxs presentes a concurrir a la audiencia abierta que se realizará en el Congreso de la Nación el próximo viernes 8 a las 16. “Van a exponer un montón de artistas referentes de la cultura. Hay que estar ahí”.


Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.
Las actrices Andrea Nussembaum, María Inés Sancerni y el actor Mariano Sayavedra, parte del elenco de la obra “Civilización”, con dramaturgia de Mariano Saba y dirección de Lorena Vega, interpretaron una escena de la obra, que transcurre en 1792 mientras arde el teatro de la Ranchería.
Elisa Carricajo y Laura Paredes, dos de las cuatro integrantes del colectivo teatral Piel de Lava, fueron las siguientes. Ambas sumaron un fragmento de su obra “Parlamento”. Para finalizar Lorena Vega y Valeria Lois interpretaron “El acompañamiento”, de Carlos Gorostiza.

Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.

Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.
Con dramaturgia actual y de los años ´80, el encuentro reunió a varias generaciones que pusieron en práctica el ejercicio de la memoria, abrazaron al teatro y bailaron al ritmo de los tambores de Talleres Batuka. “Acá está Bety, la jubilada patotera. Si ella está defendiendo sus derechos en la calle, cómo no vamos a estar nosotrxs”, dijo la directora de Batuka señalando a Beatriz Blanco, la jubilada de 81 años que cayó de nuca al ser gaseada y empujada por un policía durante la marcha de jubiladxs en marzo de este año y a quien la ministra Bullrich acusó de “señora patotera”.
Todxs la aplaudieron y Bety se emocionó.
El pasaje Santos Discépolo fue puro festejo.
Por la lucha, por el teatro, por estar juntxs.
Continuará.

Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.

Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.


Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.

Foto: Lina M. Etchesuri para lavaca.
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La vida de dos mujeres en la Isla de la Paternal, entre la memoria y la lucha: una obra imperdible

Una obra única que recorre el barrio de Paternal a través de postas de memoria, de lucha y en actual riesgo: del Albergue Warnes que soñó Eva Perón, quedó inconcluso y luego se utilizó como centro clandestino de detención; al Siluetazo de los 80´, los restoranes notables, los murales de Maradona y el orfanato Garrigós, del cual las protagonistas son parte. Vanesa Weinberg y Laura Nevole nos llevan de la mano por un mapa que nos hace ver el territorio cotidiano en perspectiva y con arte. Una obra que integra la programación de Paraíso Club.
María del Carmen Varela
Las vías del tren San Martín, la avenida Warnes y las bodegas, el Instituto Garrigós y el cementerio de La Chacarita delimitan una pequeña geografía urbana conocida como La Isla de la Paternal. En este lugar de casas bajas, fábricas activas, otras cerradas o devenidas en sitios culturales sucede un hecho teatral que integra a Casa Gómez —espacio dedicado al arte—con las calles del barrio en una pintoresca caminata: Atlas de un mundo imaginado, obra integrante de la programación de Paraíso Club, que ofrece un estreno cada mes.
Sus protagonistas son Ana y Emilia (Vanesa Weinberg y Laura Nevole) y sus versiones con menos edad son interpretadas por Camila Blander y Valentina Werenkraut. Las hermanas crecieron en este rincón de la ciudad; Ana permaneció allí y Emilia salió al mundo con entusiasmo por conocer otras islas más lejanas. Cuenta el programa de mano que ambas “siempre se sintieron atraídas por esos puntos desperdigados por los mapas, que no se sabe si son manchas o islas”.


La historia
A fines de los ´90, Emilia partió de esta isla sin agua alrededor para conocer otras islas: algunas paradisíacas y calurosas, otras frías y remotas. En su intercambio epistolar, iremos conociendo las aventuras de Emilia en tierras no tan firmes…
Ana responde con las anécdotas de su cotidiano y el relato involucra mucho más que la narrativa puramente barrial. Se entrecruzan la propia historia, la del barrio, la del país. En la esquina de Baunes y Paz Soldán se encuentra su “barco”, anclado en plena isla, la casa familiar donde se criaron, en la que cada hermana tomó su decisión. Una, la de quedarse, otra la de marcharse: “Quien vive en una isla desea irse y también tiene miedo de salir”.
A dos cuadras de la casa, vemos el predio donde estaba el Albergue Warnes, un edificio de diez pisos que nunca terminó de construirse, para el que Eva Perón había soñado un destino de hospítal de niñxs y cuya enorme estructura inconclusa fue hogar de cientos de familias durante décadas, hasta su demolición en marzo de 1991. Quien escribe, creció en La Isla de La Paternal y vio caer la mole de cemento durante la implosión para la que se utilizó media tonelada de explosivos. Una enorme nube de polvo hizo que el aire se volviera irrespirable por un tiempo considerable para las miles de personas que contemplábamos el monumental estallido.
Emilia recuerda que el Warnes había sido utilizado como lugar de detención y tortura y menciona el Siluetazo, la acción artística iniciada en septiembre de 1983, poco tiempo antes de que finalizara la dictadura y Raúl Alfonsín asumiera la presidencia, que consistía en pintar siluetas de tamaño natural para visibilizar los cuerpos ausentes. El Albergue Warnes formó parte de esa intervención artística exhibida en su fachada. La caminata se detiene en la placita que parece una mini-isla de tamaño irregular, sobre la avenida Warnes frente a las bodegas. La placita a la que mi madre me llevaba casi a diario durante mi infancia, sin sospechar del horror que sucedía a pocos metros.
El siguiente lugar donde recala el grupo de caminantes en una tarde de sábado soleado es el Instituto Crescencia Boado de Garrigós, en Paz Soldán al 5200, que alojaba a niñas huérfanas o con situaciones familiares problemáticas. Las hermanas Ana y Emilia recuerdan a una interna de la que se habían hecho amigas a través de las rejas. “El Garrigós”, como se lo llama en el barrio, fue mucho más que un asilo para niñas. Para muchas, fue su refugio, su hogar. En una nota periodística del portal ANRed —impresa y exhibida en Casa Gómez en el marco de esta obra— las hermanas Sosa, Mónica y Aída, cuentan el rol que el “Garri” tuvo en sus vidas. Vivían con su madre y hermanos en situación de calle hasta que alguien les pasó la información del Consejo de Minoridad y de allí fueron trasladas hasta La Paternal. Aída: “Pasar de la calle a un lugar limpio, abrigado, con comida todos los días era impensable. Por un lado, el dolor de haber sido separadas de nuestra madre, pero al mismo tiempo la felicidad de estar en un lugar donde nos sentimos protegidas desde el primer momento”. Mónica afirma: “Somos hijas del Estado” .
De ser un instituto de minoridad, el Garrigós pasó a ser un espacio de promoción de derechos para las infancias dependiente de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia de Argentina (SENAF), pero en marzo de este año comenzó su desmantelamiento. Hubo trabajadorxs despedidxs y se sospecha que, dado el resurgimiento inmobiliario del barrio, el predio podría ser vendido al mejor postor.
El grupo continúa la caminata por un espacio libre de edificios. Pasa por la Asociación Vecinal Círculo La Paternal, donde Ana toma clases de salsa.
En la esquina de Bielsa (ex Morlote) y Paz Soldán está la farmacia donde trabajaba Ana. Las persianas bajas y los estantes despojados dan cuenta de que ahí ya no se venden remedios ni se toma la presión. Ana cuenta que post 2001 el local dejó de abrir, ya que la crisis económica provocó que varios locales de la zona se vieran obligados a cerrar sus puertas.
La Paternal, en especial La Isla, se convirtió en refugio de artistas, con una movida cultural y gastronómica creciente. Dejó de ser una zona barrial gris, barata y mal iluminada y desde hace unos años cotiza en alza en el mercado de compra-venta de inmuebles. Hay más color en el barrio, las paredes lucen murales con el rostro de Diego, siempre vistiendo la camiseta roja del Club Argentinos Juniors . Hay locales que mutaron, una pequeña fábrica ahora es cervecería, la carnicería se transformó en el restaurante de pastas Tita la Vedette, y la que era la casa que alquilaba la familia de mi compañera de escuela primaria Nancy allá por los ´80, ahora es la renovada y coqueta Casa Gómez, desde donde parte la caminata y a donde volveremos después de escuchar los relatos de Ana y Emilia.
Allí veremos cuatro edificios dibujados en tinta celeste, enmarcados y colgados sobre la pared. El Garrigós, la farmacia, el albergue Warnes y el MN Santa Inés, una antigua panadería que cerró al morir su dueño y que una década más tarde fuera alquilada y reacondicionada por la cheff Jazmín Marturet. El ahora restaurante fue reciente ganador de una estrella Michelín y agota las reservas cada fin de semana.
Lxs caminantes volvemos al lugar del que partimos y las hermanas Ana y Emilia nos dicen adiós.
Y así, quienes durante una hora caminamos juntxs, nos dispersamos, abadonamos La Isla y partimos hacia otras tierras, otros puntos geográficos donde también, como Ana y Emilia, tengamos la posibilidad de reconstruir nuestros propios mapas de vida.
Atlas de un mundo imaginado
Sábados 9 y 16 de agosto, domingos 10 y 17 de agosto. Domingo 14 de septiembre y sábado 20 de septiembre
Casa Gómez, Yeruá 4962, CABA.
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