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La Cogolla: Flor de Cultivo
Yael Frida Gutman mezcla cabaret, transformismo, música y humor para hablar de cannabis, autogestión y libertad: una obra que crece desde hace cinco temporadas y convierte cada función en una celebración, una conversación y una invitación a pensar. Se presenta este viernes 14 de agosto en MU Trinchera Boutique.
por María del Carmen Varela
Fotos: Manuela Mendiondo/lavaca.org
Con un vestuario verde vibrante, voz seductora y risa a flor de piel, La Cogolla se planta en el escenario. Canta, recita, educa y divierte. ¿Quién es? La mismísima Flor Sagrada, la que nos recuerda: ¡Nos merecemos reír en esta vida!
El monólogo cannábico –un show de humor, cabaret y transformismo a cargo de la actriz Yael Frida Gutman– va por su quinta temporada, propone otra manera de ver la autogestión del disfrute y cosecha cada vez más público.
“La gente consume bebidas azucaradas, comida chatarra ¿Cómo me van a decir a mí ‘consumo problemático’? No soy consumidora, soy usuaria”, afirma La Cogolla y con gracia y desparpajo despierta carcajadas y nos deja pensando. El personaje nació en la edición 2018 de Las Noches Bizarras, un espectáculo autogestivo surgido post 2001 en Casa Mutual Giribone, donde se reunían artistas como Susy Shock, Soledad Penelas, Garni, Giancarlo Scrocco (Yanca), Alejandra Faisal y Marlene Wayar, entre tantxs otrxs talentos.
Ahí Yael cantó algunos temas propios. Con la propuesta de interpretar a una superheroína, creó el personaje con una peluca comprada en el Barrio Chino y se autodenominó “Hiedra Venenosa”. Garni y Yanca le dijeron: “¡No, vos sos La Cogolla!”. Pulgares arriba y Yael asumió el nuevo nombre que le vino como anillo al dedo. Al tiempo se animó a realizar una intervención en un ciclo de teatro breve en el espacio Vera Vera y luego de esa experiencia se puso a escribir un texto y moldeó el monólogo con el director Álvaro Panaro.

Durante la pandemia hacía vivos en IG los domingos junto a Garni y Yanca y la Red Feminista Cannábica se contactó con ella. “Surgió una unión preciosa y empiezo a enterarme de muchas cosas relacionadas con la cuestión social, legal, asociadas al cannabis. Es todo un universo. El año pasado llegué a dar clases sobre cultivo en exterior. Una nunca se da cuenta de cuánto sabe hasta que alguien lo corrobora desde afuera”.
Yael está familiarizada con dar clases ya que es licenciada en Letras y ejerció como profesora de Lengua y Literatura en la escuela media durante largo tiempo. “La investigación la hice un poco sola y un poco con la red. La circulación de la información sobre el cannabis es complicada porque hay una ley en el país que todavía penaliza de una manera exacerbada. Se ha demostrado científicamente que el cannabis tiene menor nivel de toxicidad que el alcohol que sí incita a la velocidad, a la violencia. Todas esas cosas me interesaban, saber desde qué edad se puede empezar a consumir cannabis. Ahora dicen que a los 25 por el desarrollo del cerebro”.
Una vez que la obra teatral ya estaba encaminada Yael se preguntó si estaría haciendo apología del cannabis. “Me di cuenta, gracias a Pamela Kaiser, del Colectivo de Reflexión sobre los Consumos, que lo que hago es eso: reflexionar. El ideal de la relación con esta planta ancestral que ya lleva diez mil años de acompañar a los seres humanos, tiene que ver con un uso recreativo, medicinal. Se beneficia a las industrias y se castiga al consumidor o al pequeño productor. Es clave entender que alguien puede cultivar su propia medicina o su propio esparcimiento, teniendo en cuenta que la planta tiene muchos más beneficios que perjuicios. Tiene un componente adictivo menor que el del tabaco, no mata por sobredosis, es una sustancia que tiene poderes psicoactivos y medicinales”.
La Cogolla- Monólogo de la Flor Sagrada fue estrenada en 2022 en El Piso, teatro porteño ubicado muy cerca del Parque Centenario. Luego fueron a Concordia, Córdoba, El Bolsón y participó del Festival Argentina Florece. Yael compone y canta sus temas y le gustaría grabar un disco. Algunas de estas canciones las canta en el Monólogo y provoca euforia y aplausos. Hizo el colegio secundario con especialización en teatro. Continuó un año en la escuela de Raúl Serrano y estuvo doce años sin pisar un escenario. Su regreso fue con la obra Japón, un proyecto de graduación de la Licenciatura en Dirección Escénica del Departamento de Artes Dramáticas de la UNA (Universidad Nacional de las Artes), con dramaturgia de Laura Fernández y supervisión de Ana Alvarado. Creó su primer unipersonal autobiográfico –“Frida y su manada”– que reúne su experiencia docente y lleva a escena seis personajes inspirados en la escuela secundaria. “El espectáculo aborda con humor y profundidad la existencia grotesca, absurda, contradictoria y admirable de cada ser humano en la lucha por encontrar su camino. Desde su nacimiento, este espectáculo autogestionado refleja mi recorrido. Más de diez personajes cobraron vida en diversos escenarios hasta llegar a su forma actual: contar mi historia y escenificar el paso de docente a comediante”. Le siguió “El Bat de Tamu”, donde interpretaba a una adolescente judía en su Bat-Mitzvá.
En esta quinta temporada de La Cogolla en el espacio cultural MU Trinchera Boutique, se realiza un conversatorio antes de cada función con Pamela Kaiser, militante cannábica y activista social por los DDHH y con Wanda, fundadora de Wannabis Cosmética, un proyecto integrado por personas autistas que producen cremas, aceites, jabones y champú en base a cultivos orgánicos.
“No soy para cualquiera. Soy naturaleza y vengo con advertencias”, anuncia la flor de la cannabis. Con encanto, entona Se dice de mí, en homenaje a la inolvidable Tita Merello y se alegra de ser “un personaje que sigue vivo porque la gente lo busca y lo quiere. Estamos conectdxs con una energía festiva y amorosa, que es lo que propone el cannabis cuando la gente se junta. Tenemos una herramienta para ser felices en esta sociedad que nos propone una esquizofrenia capitalista desenfrenada y esto es un contacto con la tierra, con la belleza, con la poesía, con el goce, y todo esto es lo que trato de transmitir en la obra”.
Función viernes 14 de agosto, 20.30
Entradas por Alternativa Teatral
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Gonzalo Giles, pensador y comunicador “disca”: Error en el sistema

Es escritor, activista y referente de una generación que convirtió la experiencia de la discapacidad en una potencia de comunicación y acción. Ahora prepara un espacio propio para intervenir en política. Una conversación sobre prejuicios, salud mental, amores, liderazgo, y “lo disca” como una categoría desde la cual pensar –y reconstruir– un país.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Lina Etchesuri/lavaca.org
A Gonzalo Giles le han dicho “enfermito”, “mogólico”, “retrasado”, “subnormal”, “pobrecito”, “qué lástima”, “anormal”, en redes hay quienes plantean que “se hace el mudo” o que “seguro cobra una pensión para no trabajar”.
Gonzalo es un mudo que logra hablar, mide 1,81, es un referente del mundo de personas con discapacidad, en agosto cumplirá 29 años, escribió cuatro libros, padeció meningitis a los 5 meses de edad, hace poco le diagnosticaron TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad aunque sostiene que no es un trastornado), anda atento a su vida amorosa, tiene un cerebro caótico según diagnóstico propio y exagera cuando explica que camina “medio como un robot con resaca”. No cobra pensión y trabaja mucho (y las personas y familias que sí la cobran porque no les queda otra, más que justificado lo tienen, y debería ser mucho más alta, porque la motosierra oficial se ha ensañado con ellas en lo que Gonza describe como “deshumanización en cuotas”).
Su equipaje cotidiano para salir al mundo incluye entre otras cosas:
- una toallita blanca,
- celular y una tablet,
- un parlante,
- inteligencia, humor, amabilidad entre otras aptitudes infrecuentes en esta era.
La toallita se parece a los pañuelos de aristócratas de otros siglos, pero no la usa para perfumarse: como efecto de la meningitis, además de la ausencia de voz, a veces le cae algo de saliva. En su impactante libro Error 408-Normalidad no encontrada, define al tema como “nada escandaloso, una baba digna”, aunque revela que hay gente que lo miraba “como si me hubiese transformado en Alien” y “en vez de saliva, hubiese tirado ácido”. La palabra argenta “baboso” describe a otros sujetos que sí son bastante aliens e indignos, expertos en el oficio de acosar mujeres y a quienes nadie llama “enfermitos” o “subnormales”.
La tablet y el celular le permiten escribir (su mano apta es la izquierda) y gracias a una aplicación de Comunicación Aumentativa y Alternativa (CAA) los textos se convierten en una voz digital que emite el parlante, “una voz que no sale de mi garganta pero sí de mi voluntad”. Hace años pudo empezar a comunicarse usando la voz femenina del GPS (“la gallega”) “pero la gente me miraba raro y yo lloraba por dentro”. Luego encontró la voz digital actual, “neutra y cálida”, que decidió no cambiar porque ya es un signo de su identidad.
Gonzalo acompaña las palabras con gestos, miradas intencionadas, sonrisas. Escribe con el índice izquierdo, y da enter y mientras abre los ojos y afirma con la cabeza, su voz digital me dice: “Descubrí que soy un mudo que tiene muchas cosas para decir”. En este caso, le confieso, el diálogo es con un sordo con muchas cosas para escuchar.
Llegó a MU para la charla y las fotos con una primicia: “Estoy preparando un libro nuevo y quiero organizar un espacio político”. Esa nueva obra se llamará Cuerpos políticos. Para una de las fotos que le hizo Lina Etchesuri, Gonzalo agitó la toallita blanca y bailó riendo una mezcla de cueca, twist y cumbia, cosa que los robots con resaca no solemos hacer.

Mudo, peronista y de Tigre
En Error 408-Normalidad no encontrada Gonza cuenta sobre la empleada de aeropuerto que lo vio como a Alien. Sobre un remisero que quiso estafarlo diciéndole por celular a alguien: “Le cobro cinco lucas, total es sordomudo”, hasta que con el parlante él emitió un “sí, soy mudo. Pero sordo no”. Gonza: “El bigote se le derritió, los ojos le hicieron cortocircuito” y no le cobró el viaje.
Recuerda al vendedor de fiambrería que le dijo a un cliente: “Esperame que voy a atender al nene”. Reflexión Gonza: “Tengo más años que su balanza, más problemas de columna que un taxista, más discusiones con el ARCA que el contador de Maradona. ¿Nene?”. Le mostró su celular al fiambrero: “No soy ningún nene. Soy mudo”. Lo que sigue asombrando a Gonza es que “de pedir disculpas, ni hablar”.
Relata luego que fue a ver a una médica que tres veces le preguntó: “¿Estás solito?”. Reflexión Gonza: “Y sí, no me acompañaba ni mi pareja ni mi unicornio imaginario, que justo esa semana estaba de vacaciones en Cancún. Así que le respondí con mi celular, medio en broma, medio harto: ‘Si, estoy solo. Ser mudo no significa ser tonto’”.
El corolario de este tipo de historias es un mano a mano con quien lee: “¿Alguna vez usaste tono de maestra jardinera sin darte cuenta?”. No lo menciona con bronca, sino como desafío: “La próxima vez que te cruces con alguien como yo, no lo llames ‘nene’, no le preguntes tres veces si está solo, y si te sale mal… pedí perdón. Es gratis. No pincha. No duele. Y cura mucho más que un ibuprofeno”. Una muestra de la época, en la que pedir perdón es un dispositivo en desuso.
El 408 es un error informático que se produce por demoras en la comunicación con un servidor, que corta la conexión. Un error del sistema.
Relata Gonza que hasta los 26 años era “un mudo sobrio, clásico, de manual. De esos que si fueran una bebida serían un agua tónica sin gin”. Pero apareció el diagnóstico de TDAH.
“Ahí se me rompió todo. ¡Neurodivergente! ¡Como si el universo me hubiera dicho: ‘¿pensabas que ya era suficiente con ser mudo, peronista y de Tigre? No, capo, ¡todavía te faltaba esta carta especial!’”. Eso le arrugó el alma y a la vez le hizo pensar: “¿Podré ahora justificar todos mis olvidos y decir que no soy un desorganizado sino un ser neurodivergente en plena expansión cósmica?”.
Le pregunto cómo, sin embargo, hace libros y tantas otras cosas. “Es una contradicción aparente. Me olvido de reuniones, de dónde dejé las llaves, pero aprendí que el TDAH no significa no poder concentrarse sino tener enormes dificultades para regular la atención. Hay cosas que me resultan casi imposibles de sostener y otras en las que entro en un estado de hiperfoco. Mis libros nacen de ahí. Cuando un tema me apasiona puedo pasar horas leyendo, investigando y conectando ideas. Creo que escribir es mi forma de no perder las ideas que, si dependieran solo de mi memoria, probablemente se escaparían antes de llegar al próximo semáforo”.
En el libro de 128 páginas habla de los modelos de discapacidad. El de “prescindencia” que plantea: “para qué va a ir a la escuela si no va a entender”, “para qué va a enamorarse si nadie lo va a querer, “para qué va a trabajar si igual no rinde”. El concepto siempre es “eso no es para vos” y con formato de ternura o cuidado, “arrasa derechos”.
El modelo médico rehabilitador “ya no parte de la idea de que no valés” sino que “sos un error que hay que corregir. El objetivo de la vida, según ese modelo, es que te parezcas lo más posible a una persona ‘normal’. Porque el problema sos vos. No las escaleras, no la sociedad. No el prejuicio. Vos”. Gonzalo no está en contra de tratamientos ni profesionales de la salud. “Muchos hacen su trabajo con amor, ética y conciencia. El problema es cuando la única forma de nombrarte, de pensarte, de justificar tu existencia, pasa por los logros médicos. Hay cosas que no se curan, no se rehabilitan, no se ‘superan’. Hay cosas que se viven. Y se viven con derechos, no con vergüenza”.
El tercer modelo es el social. “El foco no está en la persona como falla sino en el entorno como obstáculo. La discapacidad no es una tragedia personal. Es una construcción social, política y cultural”.
Culmina el argumento: “Fijate cómo trata la sociedad a las personas con discapacidad. ¿Las oculta? Modelo de prescindencia. ¿Las mide, las ajusta, las corrige? Modelo médico. ¿Les pregunta qué necesitan y cambia lo que haga falta? Modelo social”. Gonzalo elige el social, pese a todo lo que le falta: “Porque es el único que me trata como sujeto, no como carga. Como ciudadano, no como excepción. Así que la próxima vez que hablemos de discapacidad no hablemos solo de lo que no podemos hacer, sino de lo que la sociedad todavía no hizo para que todos podamos estar. Porque el cambio no empieza en un consultorio. Empieza en la cabeza de quienes deciden mirar distinto”.

El momento oscuro
Nació en Tigre y pronto su familia se mudó a Dolores. Papá Gustavo ferretero, mamá Marisa ama de casa. Me cuenta Gonza: “Si tuviera que definirlos por lo que hicieron conmigo, diría que fueron mis primeros traductores. La meningitis llegó cuando yo tenía cinco meses, y de un día para otro tuvieron que despedirse del hijo que habían imaginado para conocer al hijo que realmente tenían. Pero nunca transformaron ese dolor en resignación. Eligieron buscar posibilidades donde muchos profesionales solo encontraban límites. Hubo terapias, viajes, frustraciones. Sin embargo, nunca me educaron desde la lástima. Me exigieron, me acompañaron y, sobre todo, me dieron tiempo. Entendieron que mi silencio no era ausencia de pensamiento. Con los años comprendí que la autonomía no empieza cuando una persona logra hacer algo sola. Empieza cuando alguien cree en vos antes de que puedas demostrar de lo que sos capaz. Ese fue el mayor regalo de mis viejos. No me enseñaron a superar mi discapacidad; me enseñaron a no dejar que definiera el tamaño de mi vida”.
De todos modos, fue una infancia compleja. En el colegio hizo una travesura, lo expulsaron, entró en depresión y a los 13 años quiso suicidarse. Un anticipo de lo que ocurre hoy con datos tremendos. En 2025 hubo un récord histórico con 5.209 suicidios, superando por mucho los homicidios (1.600) y muertes por accidentes de tránsito (3.500). Los intentos de suicidio crecieron este año en más de un 40% afectando principalmente a jóvenes de menos de 24 años.
Gonzalo me traduce desde lo personal y lo político eso de lo que tan poco hablamos quienes no somos mudos: “Me preocupa muchísimo, porque dejó de ser una excepción para convertirse en una conversación cada vez más frecuente entre adolescentes y jóvenes. Sería un error buscar una única explicación. La pandemia dejó heridas, las redes sociales muchas veces amplifican la comparación permanente, la incertidumbre económica genera angustia y vivimos en una época que exige éxito inmediato, felicidad constante y productividad infinita. Es una combinación muy difícil de sostener”.
“A los 13 años atravesé un momento muy oscuro. No fue un impulso aislado. Fue el resultado de años sintiéndome diferente, de la discriminación, de la soledad y de creer que mi vida siempre iba a ser así. A esa edad uno no piensa que el dolor es pasajero; piensa que es el futuro. ¿Qué me sacó de ese lugar? El tiempo, las personas que estuvieron cerca y, sobre todo, encontrar un propósito. Descubrí que aquello que más había odiado de mi historia podía convertirse en una herramienta para ayudar a otros. No fue un clic, ni una frase inspiradora. Fue un proceso. Y todavía creo que la salud mental no se resuelve con frases de autoayuda, sino con vínculos, acompañamiento, políticas públicas y acceso a profesionales. Por eso insisto tanto en hablar del tema. El suicidio no se combate con silencio sino construyendo una sociedad donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza y donde nadie tenga que atravesar su peor momento sintiendo que está completamente solo. Si mi historia sirve para que una sola persona entienda que el dolor puede cambiar y que siempre vale la pena buscar ayuda, entonces haberla contado ya tuvo sentido”.
Del amor y otros demonios
Rechaza la idea de la superación individual: “Queremos convivir en una sociedad que no te obligue a parecer neurotípico para poder participar. Que no celebre tu historia como ‘ejemplo de superación’, sino como historia de supervivencia en un mundo que no se diseñó para vos”.
En su WhatsApp exhibe como máxima de vida: “El Universo nos prestó un cuerpo… hay que devolverlo bien gastado”. En una de sus redes informa que es 1) Escritor, 2) Periodista,3) Mudo, 4) Divulgador sobre CAA y Neurodivergencias, 5) Asesor en CAA desde la experiencia vivida, 6) VIP de Samu.
¿Qué significa eso? Gonza ríe en silencio: “Creo que Samu y yo estábamos esperando desde el día uno que alguien hiciera esta pregunta. VIP de Samu no es una organización secreta ni una membresía exclusiva. Samu es Samuel Cartaya, uno de mis mejores amigos, venezolano, vive en Ecuador, es músico terapeuta y terapeuta infantil. Sobre todo, es una de esas personas que aparecen muy pocas veces en la vida: las que escuchan de verdad, las que están incluso cuando no hace falta pedirles que estén, las que celebran tus logros como si fueran propios. Un día en que me dijo que yo era uno de sus VIP. Le contesté: ‘Siento tanto orgullo que lo voy a poner en mi biografía de Instagram’… total nadie va a entender’. Desde entonces quedó ahí, esperando que alguien, alguna vez, preguntara qué significaba. Aprovecho para decirle algo: gracias por la amistad, por la paciencia, por las conversaciones, por las ideas compartidas y por recordarme que la distancia no mide el tamaño de los afectos. En un mundo donde todo parece descartable, tener un amigo como Samu es un privilegio enorme. Así soy VIP de Samu. Y es, probablemente, uno de los títulos que más orgullo me da llevar”.
Revela Gonza que en temas amorosos le va “mejor de lo que muchos creen. Hay gente que todavía se sorprende cuando una persona con discapacidad dice que tuvo pareja, que tiene sexo o que le rompieron el corazón. Como si el certificado de discapacidad viniera con un voto de castidad incorporado”.
Otra definición sobre el amor: “La discapacidad me complicó muchas cosas, pero nunca me impidió enamorarme. Para eso no hace falta hablar; alcanza con hacer papelones. Y en eso, modestia aparte, somos tan eficientes como cualquiera”.
Antes de que esta entrevista aplique a bolero, una más: “Las personas con discapacidad nos enamoramos, nos ilusionamos, nos dejan en visto, somos infieles, nos son infieles, nos separamos, volvemos, prometemos que esta vez sí aprendimos, pedimos perdón después de dos tragos de más, y al otro día nos despertamos preguntándonos quién tuvo la brillante idea de mandar ese mensaje. En definitiva, hacemos exactamente las mismas estupideces que el resto de la humanidad”.
¿Y qué es lo distinto? “La mirada de los demás. Todavía existe la idea de que quien se enamora de una persona con discapacidad está haciendo una obra de caridad. Y no. El amor no es beneficencia ni voluntariado. Nadie merece una medalla por elegir a otra persona. Ojalá dejemos de hablar de ‘amor inclusivo’. El amor no necesita inclusión; necesita deseo, respeto, libertad y ganas de construir algo juntos. Todo lo demás son prejuicios disfrazados de buenas intenciones”.
Reconoce que hoy puede vivir de lo que lo apasiona: dar charlas, escribir libros, asesorar a familias e instituciones y generar contenidos sobre discapacidad, comunicación y neurodivergencias. Trabajó antes en tareas administrativas en el ex Ministerio de Educación, en PedidosYa y otros empleos. “Todos me enseñaron que las personas con discapacidad no queremos que nos regalen un lugar sino la oportunidad de demostrar lo que podemos hacer”.
Vive en Villa Urquiza y pertenece al mundo sísmico de los inquilinos: “Como para millones de argentinos, cada renovación del contrato tiene más suspenso que una eliminatoria de Mundial. Es, probablemente, una de las pocas experiencias capaces de poner de acuerdo a personas con y sin discapacidad: el alquiler nos da ansiedad a todos por igual”.
Le gustó mucho la comedia argentina División Palermo. “Hace algo muy difícil. Se ríe de la discapacidad sin reírse de las personas discas. Se ríe de los prejuicios, de la corrección política mal entendida y de una sociedad que muchas veces quiere incluir sin preguntarle a nadie cómo hacerlo”. Se postula como desastre organizado en música, abarcando desde Sabina al Cuarteto de Nos, Arjona, rock nacional, folklore y algún tema de Bad Bunny: “No creo en la culpa musical. Si una canción me emociona, ya ganó”.

El proyecto político
¿Qué le enseñó, en términos de comunicación, el hecho de ser mudo? “Mientras otros piensan cómo sonar más interesantes, yo pienso cómo ser más claro. Mientras otros se enredan en palabras vacías, yo construyo sentido con pausas, miradas, silencios. El silencio me enseñó a decir lo que importa”. Tips: “Escuchar es más valioso que responder rápido. Muchas palabras sobran. Otras, faltan siempre. Hay abrazos que hablan mejor que cualquier discurso”. En plan autogestivo, él mismo manda a imprimir sus libros y los vende, para no depender de las editoriales. Me dice: “Todo lo que viví —incluso lo que dolió— terminó convirtiéndose en la materia prima de mi trabajo. Hoy no escribo ni doy charlas desde la teoría; lo hago desde una vida que tuvo que aprender a entenderse bastante tarde”.
El joven Giles está preparando Cuerpos políticos. Tiene además un proyecto: “Las personas con discapacidad debemos dejar de ser un tema y empezar a ser sujetos políticos. Durante décadas hablaron por nosotros. Nos representaron funcionarios, especialistas, familiares y organizaciones. Todos con aportes valiosos, pero llegó el momento de que también haya dirigentes con discapacidad en los lugares donde realmente se toman las decisiones. No quiero un partido de la discapacidad. Quiero una política donde el tema deje de ser un anexo de Desarrollo Social o de Salud y pase a formar parte del proyecto de país”. Este planteo de Gonzalo no debe confundirse con lo que se observa en el escenario nacional, que suele acercarse más a las políticas de la incapacidad, que es otra cosa.
La discusión: “No me interesa construir un proyecto alrededor de mi nombre. Discutir discapacidad es discutir educación, trabajo, transporte, vivienda, cultura, tecnología y democracia. Y qué tipo de sociedad queremos construir. Esa, para mí, sigue siendo la discusión más profundamente peronista que existe”.
Aclara varios asuntos: “No me siento peronista por nostalgia ni por identidad partidaria, sino porque creo en valores como la justicia social, la movilidad ascendente, la comunidad organizada y la idea de que el Estado tiene la responsabilidad de garantizar derechos, especialmente para quienes parten de una situación de mayor vulnerabilidad”.
“Sería muy ingenuo negar que el peronismo atraviesa una crisis profunda. A veces puede ser un ámbito incluso tóxico, un movimiento demasiado ocupado discutiendo liderazgos, candidaturas e internas, mientras millones de argentinos discuten cómo llegar a fin de mes. Cuando la política habla más de sí misma que de la gente, empieza a perder legitimidad”.
¿Ubicación en la interna? “No me caso con nadie. Trataré de representar al colectivo de discapacidad. Tengo que responder a ellos. No a Cristina ni a Axel”.
Estrategia: “No alcanza con esperar que el gobierno se equivoque. Construir una alternativa significa ofrecer un proyecto de país, no solamente una lista de críticas”.
La mala palabra
Para Gonzalo las personas con discapacidad no están rotas: “La sociedad sí lo está. Cuando hablo de transformar la realidad, no pienso en una consigna para un acto. Pienso en que una persona con discapacidad consiga trabajo, que una familia deje de mendigar una prestación o que un joven pueda proyectar su vida con dignidad. Si la política no cambia la vida cotidiana de la gente pasa a ser marketing”.
Con la tablet a mil Gonza postula: “Confundimos el liderazgo con el poder. Nos enseñaron que lidera el que más habla, da órdenes, tiene más seguidores o el que aparece primero en la boleta. No estoy tan seguro. Para mí, un líder no es el que logra que todos lo sigan, sino el que consigue que más personas se animen a caminar por sus propios medios. Quizás esta mirada también tiene que ver con mi historia. Nunca pude levantar la voz para imponerme. Entonces aprendí otra forma de liderar: escuchando, haciendo preguntas, construyendo consensos y convenciendo con ideas más que con volumen”.
“En política necesitamos menos caudillos y más constructores. Menos personas convencidas de que tienen todas las respuestas y más dirigentes capaces de hacerse buenas preguntas. Los problemas de la Argentina ya son demasiado complejos como para creer que una sola persona puede resolverlos”.
“Si algún día tengo un rol de liderazgo, me gustaría que se mida no por la cantidad de personas que me siguen, sino por la cantidad de personas que ayudé a crecer. Creo que esa es la única forma de construir un proyecto que sobreviva a los nombres propios que tanto daño nos han hecho”.
Gonza va guardando sus cosas pero antes de meter el parlante en la mochila alcanza a decirme: “Hay gente con bronca y la expresamos. Y otra parte de la sociedad está agotada de no sentir que alguien piense en ella. No hay libertad si te dejan afuera del sistema. Por eso el cambio real no es incluirnos. Es dejar de construir un mundo que nos excluye. Y no hay nada más revolucionario que una persona que una persona que se permite ser como es, sin culpa. Discapacidad no es una mala palabra. Es una categoría política. Mala palabra es injusticia”.
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Y la nave va: viaje a la vida en el delta
Mientras el gobierno nacional privatiza la principal arteria navegable del país (o hidrovía), con un nivel de tráfico comercial gigantesco y opaco, quienes habitan el delta advierten sobre el impacto a la vida, al humedal, a la biodiversidad, y a una soberanía que se pierde río abajo. Primera escala de navegación de MU desde el bajo delta bonaerense, para conocer y escuchar a isleños, productores, docentes, ambientalistas y vecinos que resisten otra avanzada sobre un territorio en disputa.
Por Francisco Pandolfi
Fotos Juan Valeiro/lavaca.org

El río Luján divide dos universos: el continente y las islas.
A partir de ahí hay cuatro pasos, inevitables.
1: salirse de la tierra conocida.
2: navegar.
3: silencio.
4: contemplar el delta bonaerense.
Vamos.
No hay publicidad. No hay veredas, no hay asfalto, ni cemento. No hay vidrieras que hablen de ningún mundial, ni carteles luminosos. El pasto escarchado por el frío, la gente emponchada esperando en sus muelles. Los botes rodeados por los camalotes y sus raíces flotantes. Cientos, miles de álamos, sauces, casuarinas, nogales, cipreses calvos, rojizos, casi bordó. Verdes que parecen más primaverales que invernales. Estilos de vida sujetos a los ciclos de esa naturaleza que lo abarca todo. Una lancha colectiva que zarpa a las 8.30; si la perdés, la próxima es a las 10. El tiempo fluye distinto, a otro compás, un par de marchas menos.
Otro aire, otros modos, otras formas. Otros ritmos.
Agua. Humedad. Pantano. Mucha agua. Islas.
Silencio. Ausencia de sonidos urbanos. Sonidos del monte, del viento y del agua.
El estilo de la garza mora, cuello erguido, plumaje colgando como moño, bellísima. La niebla que vira a helada. El frío más frío, el de las 7, 8 de la mañana. Los perros que ladran cuando algún visitante rompe la paz. Los juncos que iniciaron las islas (“la llanura del junco”, como lo inmortalizó Haroldo Conti, “que cuanto más se corta, más crece”). Los boyeros, negros de pico blanco, ojos de fuego, canto agudo, variado y ladino, inigualable.
Un paraíso. Un paraíso no fiscal.
A la primera sección del delta –partido de Tigre–, y la segunda –San Fernando– las divide el Río Paraná de las Palmas, el último brazo del Paraná antes del encuentro con el Río de la Plata.
Los contrastes entre estas partes del bajo delta son evidentes: en ruido, en turismo, en cantidad de gente, en guita.
En el delta de Tigre todo está más cerca y contaminado por las luces, las sombras, los ruidos y el ritmo de la ciudad. Y por un negocio inmobiliario en esplendor manifestado en despropósitos: muchas casas y en algunas zonas muy cerca entre sí, como si no hubiera espacio para habitar; casas con rejas, como si las hubieran removido de algún barrio porteño e instalado frente al río; mansiones ostentosas, incluso algunas con piscinas, exóticas, difíciles de asimilar.
En la segunda sección todo está más alejado de la influencia urbana. Para llegar hasta aquí se recorre mínimo una hora y media de lancha colectiva. Quienes viven acá van menos al “continente”, y eso lo cuentan con orgullo. Se ven vacas, caballos, cabras y algunas ovejas, esa ganadería a retazos antes tan común; viviendas abandonadas, viviendas más espaciadas, varias tipo inglesas de una aristocracia –no sólo inglesa, también francesa, alemana– de otro siglo, de otra época. Barcazas repletas de troncos recién cortados, que alguna vez fueron vida. Pavas de monte, gallinetas y otros cientos de pájaros como banda sonora junto al viento. Cada tanto, el ruido de algún motor.
El río Paraná se extiende, imponente, envuelto por la verde soledad, llevando sus aguas hacia el litoral y fluyendo hacia el sur hasta llegar al Rio de la Plata y luego el Mar Argentino. No es casualidad: Paraná, en guaraní, significa pariente del mar.

De Fernández a Milei
Nos trae acá una noticia.
El río Paraná acaba de recibir otra trompada. Una más en las últimas tres décadas. Una que dolerá 25 años, como mínimo: el gobierno nacional firmó la privatización del río por un cuarto de siglo y con opción a otros cinco años al consorcio belga conformado por las empresas Jan de Nul y su socia argentina Servimagnus, que ya había ganado la licitación menemista de 1995. El concesionario de la denominada Hidrovía Paraná-Paraguay realizará tareas de mantenimiento, dragado y balizamiento, y a cambio cobrará el peaje: las embarcaciones pagarán un 13.5% menos. El Estado argentino sólo tendrá el rol de control si es que decide ejercerlo.
Es el segundo río más largo de Sudamérica después del Amazonas, y la vena abierta argentina que más sangra hoy. Atraviesa siete provincias –Formosa, Misiones, Chaco, Corrientes, Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires– y en sus márgenes viven más de 12 millones de personas. Casi un tercio de la población del país está cerca del Paraná.
Por este corredor natural fluyen el 75% de las exportaciones nacionales y el 95% de las importaciones.
Lo atraviesan entre 4.500 y 6.000 embarcaciones al año (90% de bandera extranjera) que trasladan unos 125 millones de toneladas de producción industrial y agropecuaria.
Las exportaciones argentinas en 2025 fueron de 87 mil millones de dólares anuales, sin contar el contrabando que se escurre por la falta de controles.
Síntesis: quien maneja el Paraná, maneja las riquezas argentinas.
O como sentenció Manuel Belgrano: “Toda nación que deja hacer por otra la navegación, que podría emprender ella misma, disminuye sus fuerzas reales en favor de sus rivales”.
El Paraná está en manos extranjeras desde el 1º de mayo de 1995, cuando la ola privatizadora menemista le cedió el río a la compañía Hidrovía S.A., fusión de la empresa belga Jan De Nul y su par argentina Emepa S.A. En 2010, la entonces presidenta Cristina Fernández prorrogó la concesión hasta el 30 de abril de 2021. El gobierno del Frente de Todos encabezado por Alberto Fernández tuvo la oportunidad de recuperar el Paraná para el Estado nacional pero, pese a las promesas de estatización –así como de dragar el Canal Magdalena para tener autonomía y no depender del puerto de Montevideo–, el gobierno retrocedió. A Javier Milei le bastó patear con el arco libre: le otorgó el río a Jan de Nul, compañía radicada en la guarida fiscal de Luxemburgo y de estrecha relación con Estados Unidos.
La noticia fue el motor para navegar el Paraná y hablar en distintas notas con quienes lo habitan desde el delta bonaerense, la mesopotamia hasta el nordeste argentino.
Ahora, arrancamos por el sur.
Zarpamos.

Zona de sacrificio
«El otro día estaba acá y pasó un barco a una velocidad que no sabés la ola que hizo, casi nos da vuelta. Que entren barcos más grandes y a más velocidad hará que no podamos vivir en las márgenes del río. Será un tsunami para nosotros”.
Mariano tiene 49 años y vive en el delta desde hace seis junto a su familia. Habla sobre la inmensidad del Paraná y de lo que es la vía fluvial, entre dos boyas –una roja y otra verde–, por donde transita el comercio exterior argentino.
“Lo que llaman hidrovía tiene solo un solo objetivo: el comercial, de autopista y no de lo que efectivamente es, un río. No se registra a la población en la toma de decisiones, no incluye nuestras formas de vida, el impacto en quienes vivimos acá. Si a la cordillera y a otros lugares del país se los denomina zona de sacrificio por ser objeto del saqueo o expoliación, el delta es una más”.
La exportación nacional se realiza en grandes barcos denominados Panamax (diseñados para ajustarse al canal de Panamá; cargan entre 60 mil y 90 mil toneladas), pero ya existen los Gran Panamax (hasta 120 mil toneladas). Para su circulación, claro, se necesita ampliar el dragado del río: del actual en 34 pies (poco más de 10 metros) a 44 (más de 13 metros de profundidad).
Martín Nunziata es un referente histórico de la Asamblea Delta y Río de la Plata; “un activista del ambientalismo”, como se autodenomina. Allí vive sobre el río Carapachay desde 1978. Su casa está llena de papeles, anotaciones, documentos que recuerdan distintas luchas del pasado y del presente. Está por cumplir 79 años con una vitalidad juvenil. Artesano, piloto de aviones, entusiasta de “vivir día a día, como si fuese el último”.
“La hidrovía es un despropósito. Es un disparate hacer un calado a 44 pies sólo por un tema económico. Es convertir al Paraná en una canaleta y eso aumentará la velocidad del río. Hace un tiempo pasó un barco y por la oleada nos puso en tierra, ¿entendés? Nos sacó del río. Esta trama del delta es una maraña de aproximadamente 350 ríos y arroyos, y muchos de ellos se secarán porque el agua será succionada. Estamos presenciando la destrucción del humedal”.


Malvinizar el Delta
El Paraná presta servicios ecosistémicos enormes e invisibles en términos economicistas. Es el gran surtidor de agua dulce de la ciudad de Buenos Aires, del conurbano bonaerense y de todas las ciudades a la vera de la larga ribera paranaense. Al deterioro ambiental, se le suman dos caras de la misma moneda: la soberanía y la economía. La pérdida, para sus habitantes, es en todos los sentidos posibles.
“Mientras en el sur las empresas pagan regalías por la extracción de petróleo, acá no existe ningún retorno para el territorio ni coparticipación alguna. De acá, incluso, se saca la arena de sílice fina para Vaca Muerta. Hacen mierda todo y se llevan toda la guita también”, dice Nunziata, que habla de esa usina de vida, el delta, con un amor que no comprende ninguna licitación millonaria.
La lucha histórica de Nunziata y todo el colectivo vecinal le dejó a delta conquistas concretas que se resumen en 5 puntos:
1) Mantener la insularidad: no se pueden hacer puentes, túneles ni transbordadores entre las islas.
2) Garantizar la inundabilidad, que hace a la vida del humedal.
3) Respetar la transparencia hidráulica, que el agua pueda fluir libremente: no pueden hacerse terraplenes, ni diques, ni rellenos.
4) La conservación de los fondos de islas: dejar liberado monte adentro para que se desarrolle la diversidad biológica de flora y fauna.
5) La prohibición de barrios privados en la isla.
Nunziata plantea una idea para este presente: “Malvinizar el delta”. Lo piensa por ser un territorio diferenciado, autónomo por la condición de humedal, de insularidad y de proveedor de agua. “Requerimos de muchos cuidados especiales, de todo tipo. Por ejemplo, recibimos la contaminación de 18 municipios del conurbano bonaerense. Pero al contrario, perdimos la soberanía completa del Paraná por la privatización y porque la mayoría de los puertos están extranjerizados. Como las Malvinas, debemos recuperarlo”.
Derrame cero
Andrés Asiain es economista y lo que más valora de vivir desde el 2016 sobre el arroyo Esperita, en la primera sección del delta, es llegar a su casa por el agua. Y algo más: cuando las crecidas cambian el paisaje. “Renueva la vista sin que vos te muevas. Eso no pasa en otro lado”.
Hay cosas que no se cambian: “La hidrovía es un circuito que no derrama nada a los habitantes de la isla, sólo vemos pasar los barcos con las riquezas argentinas al exterior”. Mientras, cuenta Andrés, hay altos niveles de pobreza en las zonas más rurales, de la segunda y sobre todo en la tercera sección, pasando el Paraná Guazú –hacia el norte, límite entre Buenos Aires y Entre Ríos–. “La vida cotidiana sigue sin que a nadie le toque su granito de cereal”.
Asiain propone que parte de la recaudación vaya a un fondo para las zonas que bordean el Paraná: “Hay una disociación entre una actividad económica tan importante para el país, que mueve mucha plata, y un territorio que la ve pasar. Debería vincularse con el desarrollo local, fomentar políticas de viviendas sociales y formalizar actividades productivas, por ejemplo”.
Como una pintura del entramado social-económico de la isla, dice que en la primera sección hay una mezcla de isleños y de venidos del conurbano –toda clase trabajadora popular y mano de obra del turismo, de las casonas o los pocos countries instalados en la isla; laburantes de la construcción, cortadores de pasto, servicio de limpieza, remiseros de lancha–, con personas de clase media que escaparon de la ciudad. De la segunda sección, todo es mucho más rural: cuidadores de casas, pescadores, junqueros, mimbreros, algún laburito con la madera y productores de miel o de otros oficios. Y no mucho más. Descripción: “A la gente más aislada la veo más cagada de hambre”.

La sublime
Para el mundo isleño no es Rubén Sejenovich, sino “el ruso”, a secas. Fundador y quien preside Origen Delta, cooperativa que nuclea a más de 40 pequeños productores artesanales y agricultores familiares del Delta del Paraná, que rescatan viejos oficios tradicionales de la región y se especializan en materias primas cultivadas y recolectadas en las islas. Su lema: habitar y producir en equilibrio con el humedal.
Recibe a MU en el muelle público del Arroyo Segunda Hermana, donde espera a la lancha almacén para comprar la comida de la semana. Tendría que haber llegado hace más de una hora, pero así son las cosas acá.
Al ruso no le preocupa esta espera, sino otra, más profunda. “Dragarán sin haber hecho un estudio de impacto ambiental sobre el bajo delta. Nadie nos informa los efectos que traerá en el movimiento del suelo. ¿La erosión hacia dónde irá? ¿Qué harán con toda esa tierra? ¿Nos afectará o no? ¿Cuánto? No sabemos, porque la hidrovía todavía no tiene ningún estudio ambiental”.
Se dedica a hacer trabajos con la caña de bambú, sobre todo cerramientos. Su casa, incluso, está hecha de esta planta de tallos fuertes que crece rápido. “Es sustentable; vos cortás un bambú y nace otro. En el primer año y medio ya tiene altura, y a los tres está maduro. El álamo, por ejemplo, pasan 7 años y no tenés nada”.
A mediados de la década pasada Rubén creó La Bambusita, un almacén de productos regionales, que en pandemia viró a la cooperativa Origen Delta. “Funciona bien, con asambleas mensuales, dos locales en el Puerto de Frutos y uno en la fluvial de Tigre”. Allí venden productos de un montón de rubros: formio, mimbre, junco, bambú –él hace los mates–, mermeladas, hongos, conservas, diseño textil, joyería, cosmética, cerámica. “Somos de las pocas cooperativas que duramos en la isla. Es un momento de grave crisis financiera, de hecho tuvimos que cerrar dos días en la fluvial porque no podemos pagarles a los vendedores”.
El deterioro económico lo sintió desde la pandemia y se agudizó en el último año y medio. Lo nota en su alimentación: “Antes compraba tapa de asado, ahora alita de pollo”; en sus ventas: “De 100 metros cuadrados de bambú por mes, pasé a vender 12, 14, como mucho 20”; en su facturación: “Si antes ganaba lo que hoy equivale a 2 millones de pesos, ahora no llego a los 700 mil. Pasé a la línea de indigencia”.
La lancha almacenera La Sublime llega a las 17:30. Una hora y media después del horario “habitual”. “¿Pusiste la comida del gato, no?” grita, ya encaminado a su casa de bambú.
“Vivir en la isla no es para cualquiera. Hay bajantes, hay subidas. Tenés que cargar la garrafa porque no hay gas; llevar y traer bidones porque no hay agua potable”, describe. Hasta diciembre de 2023, AySA –hoy en camino a la privatización– les llenaba bidones gratis a las familias isleñas. Una de las primeras medidas del gobierno de Milei fue arrancarles ese derecho.
Sin embargo, el ruso dice: “Vivir acá tiene todas sus ventajas, como salir a remar con el solcito a la mañana mientras otro está en el auto esperando en un semáforo, en medio del quilombo. En cambio, yo espero en mi muelle, tranquilo”.
Atardece en ese paisaje que parece haberse detenido, como dormido en un pleno silencio.

¿Quieres ser millonario?
Un cartel chiquito anuncia que llegamos: reserva de flora y fauna.
Dentro, está la casa de Sandra –sobre el arroyo Paycarabí, alejada de todo barullo externo, en la segunda sección deltaica–. Sandra es, además de mamá de León y Olmo, apicultora, docente, reservista y reidora.
Sandra se ríe. Se ríe mucho.
A mediados de los 90 fue a un encuentro en la Sociedad Argentina de Apicultores y quedó maravillada con el mundo abejas. Hoy produce miel, polen, propóleo y otros derivados de las obreras y las reinas. “El regalo de la apicultura es que te hace estar todo el tiempo mirando la naturaleza, dentro y fuera de la colmena”.
Tiene cuatro perros, un par de gatos, dos gallos, once gallinas. Y, claro, miles de abejas. Para ella, este momento del año es de éxtasis visual: “Cuando arranca el invierno lo que empieza a florecer es la primavera, lo ves en las plantas, en los árboles cada día más verdes, en los insectos que empiezan a salir”.
La producción de miel es de septiembre a noviembre y por colmena saca un promedio de 10 kilos. El año pasado produjo alrededor de 600. “Antes en el campo se sacaba entre 70 y 120 kilos, porque era pura flor”. ¿Qué cambió? “La soja y el glifosato”.
Sandra goza de un privilegio: el agua que consume la junta de una zanjita a metros de su casa. “Pasa por las raíces de las plantas, que hacen todo su trabajito y el agua sale limpia”. Así funciona el humedal, como una gran esponja y filtro natural.
Algo pone en riesgo ese circuito: hace unos meses empezó a construirse un emprendimiento privado –Vistas al Paraná, Ciudad Náutica– fuera de toda legalidad por desarrollarse dentro del área protegida “Biósfera de San Fernando”. En la segunda sección viven alrededor de 5 mil personas (la mitad de quienes habitan la primera), no hay cloacas ni recolección de basura, ni ningún servicio básico excepto la electricidad. Allí pretenden instalar 400 lotes.
Sandra y otros vecinos, denunciaron el tema y, por ahora, lo frenaron: “Un día aparecieron dos carteles con imágenes de un hotel, canchas, cemento, yates con palmeras, donde no está permitido rellenar el humedal. Acá no hay nada para el poblador, pero sí todo dado para el negocio inmobiliario”.
Dice que es una pena. Que el delta podría ser una serie de campos hermosos, produciendo todo lo que se precisa. “Pero bueno, se ve que no es la idea de los que gobiernan, me cuesta entender que no vayamos hacia ese lado”.
También explica que, junto a sus dos hijos saben sembrar (cultivan lo que comen: tienen una enorme variedad de frutas y verduras). Saben pescar (sábalo, boga, tararira, bagre, carpa, dorado). Están rodeados de una flora reluciente (anacahuita, canelón, ceibo, espina de bañado, chalchal, mataojo, blanquillo, sauces) y de una fauna maravillosa (carpinchos, ciervos, jabalí, lobitos de río, nutrias, gatos monteses).
Entonces llegan a una conclusión: “Somos millonarios”.
Y vuelve a reír.

Siembra de cabañas
Una isleña investiga desde hace años el turismo en el delta. Es antropóloga –además de kayakista– y en 2023 publicó un libro cuyo título resume la transformación en el modelo de desarrollo: Antes sembrábamos frutales, ahora sembramos cabañas. El título surge de una frase del carpintero y cantautor, también isleño, Eduardo Cameli.
Martina Halpin se especializa en economía política y alternativas como el cooperativismo y la economía popular, y aborda la desagrarización y la turistificación de la zona. Una de las imágenes que la llevó a estudiar lo que pasaba en el delta fue el contraste entre casas ricas y pobres. Y casonas enormes venidas abajo. Y ciclos: si la primera mitad del siglo XX primó la fruticultura (impulsada por Domingo Faustino Sarmiento), después fue la forestación y hoy se impone el turismo.
Para Martina el delta paranaense siempre fue un lugar de refugio. Para los indígenas, como barrera a la sed de conquista española. Post dictadura, como espacio de libertad para la comunidad LGBT, que ya venía de los años 30 pero se consolidó en los 80. Hoy lo percibe en quien busca escapar de la urbanidad: “No es señal de buena salud estar adaptado a un sistema enfermo. Si te adaptás a la isla es porque no te encontrabas bien en la ciudad”.
Nota una lógica repetida y preocupante en ese proceso. “Venir al delta, hacerse una cabañita para vivir y otra para alquilar, como forma de escapar al capitalismo… pero el capitalismo te vuelve a atrapar porque una no te alcanza, entonces ponés otra e igual cuesta llegar a fin de mes. Así te das cuenta que ese espacio tranquilo donde querías vivir, ahora es un monocultivo de cabañas”.
Para Martina, la planificación es “en función de los turistas y no de los residentes locales”. Da varios ejemplos: los recorridos de la lancha colectivo –que van y vienen desde la estación fluvial de Tigre– se definen por el turismo; el trazado eléctrico se establece donde es más rentable; la red de Internet se amplía para que el wifi llegue a las cabañas por venir. “La nueva ruralidad quiere seguir viendo Netflix, se desconecta pero no tanto”.
Lo define como un proceso de colonización de la ciudad a la isla. Y una muestra son los ostentosos restaurantes: “Ningún dueño vive acá; es igual a lo que pasa con lo que llaman hidrovía, somos un territorio del que se extraen recursos paisajísticos, ambientales, pero nada derrama. O sí: cantidad de accidentes que provocan los turistas pasando a toda velocidad, llevándose por encima a las lanchas isleñas”.
Suma otra arista: “Venden al turismo como la industria sin chimeneas, cuando después de un fin de semana largo los arroyos son pura basura. Existe un proceso de construcción de atractividad para potenciar la turistificación, que soslaya al pantano, al barro, a la identidad territorial”.
El marketing: “Para vender lujo, paseos en catamaranes, en las fotos le cambian el color marrón del agua y la hacen celeste, con palmeras alrededor para atraer a esa gente que no baja de los barcos, que no tiene conexión con el poblador local. Estamos cansados de las migajas del turismo y de la contaminación, por eso digo que la historia es movimiento, cambio, crisis, adaptación, pero es fundamental la adaptación en resistencia”.
La luna aparece, de repente.
Un paréntesis en la charla.
Unos segundos de silencio antes de seguir viaje.
Hacer docencia
Persona con la que hablamos, persona que nos dice que la docencia es una pieza clave en el entramado social de la isla, por el rol de la escuela como principal lugar de encuentro.
Claudia es docente, tiene 52 años y desde hace 22 que vive en el delta. Recién el año pasado hizo el clic que le cambió la forma de mirar, cuando pasó a dar clases de la primera a la segunda sección “donde cambia la idiosincrasia, el ritmo baja y la vulnerabilidad sube”. Argumenta: “La comunidad escolar toma otro valor. Por eso, aunque el clima a veces no lo permite, por la niebla por ejemplo, hacemos todo lo posible para llegar y que la escuela nunca esté cerrada. El comedor debe estar abierto, lo educativo queda en un segundo lugar”.
Las familias tienen otra escalas de prioridades, como no poder comprar zapatillas porque necesitan arreglar el motor de la lancha, al vivir de la caza y la pesca. “Acá hay muchas enfermedades y poca asistencia médica. No hay agua potable, se toma directamente del río, lleno de glifosato”.
El viajar unos kilómetros hacia el norte y traspasar el Paraná, le permitió a Claudia entender que el río no es únicamente una ruta para la mercancía. “Lo vi bien clarito desde acá: un mayor dragado modificará los accesos a los arroyos, donde justamente viven un montón de las familias más pobres y también más solidarias. No podrán trasladarse, lo que significa el abandono del territorio y el cierre de escuelas. Una comunidad sin transporte es una comunidad que se muere”.
Debate en la biblioteca
Otro punto de encuentro en la segunda sección es la biblioteca popular Genoveva. Un espacio cultural donde suceden charlas, talleres, proyecciones, recitales, repleto de libros y con su propio grupo de teatro comunitario. Una isla dentro de la isla. Nos reciben cinco de sus integrantes: Gaby, Rudy, Mariano, Juan y Vicki. La charla arranca por el lado del Paraná como ruta de exportación.

“La hidrovía es imprescindible” suelta Rudy, 74 años de edad y 74 años navegando el río.
“La ecología es un tema que para mí ya está. Perdimos. El mundo se va a transformar y no va a desaparecer, no se va a morir todo, lo único que quieren hacer es profundizar el río un poco más. El asunto es que se haga con el menor daño colateral posible, porque daño habrá y siempre se impone el más poderoso. Hay cosas que son necesarias, no pueden evitarse” dice con cierta resignación.
Un dragado mayor del río ¿no altera las corrientes y todo el alrededor?
El nivel del río no va a cambiar, porque el nivel lo da el mar, así que ese no será un problema. Pero hoy justo me decían que van a dragar el arroyo Fredes. Y pensaba: mi casa también quizá se va a ir a la mierda. ¿Tengo que hacer algo? No sabemos dónde van a dragar, falta información. Es verdad que han dragado muchísimos arroyos en el delta y muchísimas casas se fueron a la mierda.
¿No es injusto que le pase a tu casa?
Yo no quiero que pase eso. Podrían darnos un crédito, un subsidio para hacer una estacada, por ejemplo. No sé cómo lo voy a solucionar, pero el arroyo en estas condiciones va a terminar desapareciendo.
La charla sigue por otros canales: las formas de habitar el territorio, las dificultades de organizarse en la insularidad, el valor de la biblioteca; habrá tiempo para que vuelva a su cauce.
Juan cuenta que la biblioteca Genoveva es un lugar inmejorable para la defensa y el desarrollo de la cultura isleña. “Un orgullo, es difícil estar navegando e imaginar que detrás de los árboles existe algo así”. Gaby dice que es glorioso: “Lo que años atrás lo sentía impensado, hoy me permite resistir, crear y persistir en esa creación y resistencia”.
Son muchas y enormes las trabas para que la comunidad habite este espacio y cualquier otro que signifique reunirse en el delta. Sobre todo, el acceso. Lo explican en un ir y venir de pensamientos que construyen en conjunto. De esto, también –y sobre todo–, dicen que se trata la biblioteca.
Vicky: “El bote que está en las casas es para ir a laburar, es difícil que esté disponible para venir a jugar a la pelota o a hacer teatro”. Acá no existe el ‘voy a la plaza a jugar’. Y a eso hay que sumarle la marea, la lluvia, todas las adversidades que te puedas imaginar, porque un sábado puede estar todo bárbaro y el otro es un desastre”.
Juan: “Acá manda la naturaleza, lleva tiempo entenderlo; podés planear algo, pero subió el agua y no se hace. Te cambia la brújula y estás sensible a cosas mucho más sencillas, como de qué lado sopla el viento. Ya no decidís lo que pasa mañana, estás sujeto a lo que pase con el ambiente”.
Rudy: “La naturaleza y nosotros somos solo uno. En la ciudad mirás el clima en la tele y a partir de lo que dice te ponés o no un pullover”.
Mariano: “Vivir en las islas es una condición muy singular. Caminando no llegás como sucede en otros territorios. En lo insular, en el estar acá, hay algo de escapar de otros modos de vida”.
Gaby: “A quienes nacieron en el delta y a quienes vinimos nos une un punto en común: somos bandidos rurales o linyeras emocionales que decidimos retirarnos de algún lugar”.
El intercambio vuelve al lugar desde donde partió: la hidrovía.
A Gaby le duele que este paraíso se vaya a modificar con un mayor dragado, porque removerán sedimentos y metales pesados que contaminarán aún más el agua.
A Juan le duele la pérdida de soberanía, que no exista otro país en el mundo que tercerice a manos extranjeras el curso de una vía navegable. “Y además, estoy seguro que nos van a pasar por arriba con los barcos que más guita pongan, y esa guita se la van a llevar como sucede desde hace décadas”.
Ya es de noche en el delta. Los mosquitos, por ahora, no proliferan. Y los pájaros ya duermen.
Todo es silencio, aunque una frase de Sandra –apicultura, reidora–, resuena en la penumbra de los ríos y arroyos que serpentean: “Aun en medio de tantos problemas, hay algo que a mí me da ánimo: y es que siempre, siempre, siempre, la naturaleza se la rebusca para prevalecer”.
Esta historia continuará;
un poquito más al norte
del Río Paraná.
mu215
Violencia policial en Constitución: La ley y el orden

La Policía de la Ciudad asesinó a Víctor Vargas (foto) disparándole tres balazos por la espalda. Intentó ocultar la verdad del crimen pero la investigación judicial detectó a los culpables y se abrió una causa sobre la relación entre la venta de drogas y la complicidad policial. ¿Quién era Víctor? Constitución como tierra de nadie y la violencia institucional contra prostitutas, travestis y quienes tratan de sobrevivir a la crisis de cada día.
Por Claudia Acuña
Las personas más empobrecidas de esta ciudad han logrado algo increíble. No es un milagro, porque la escena del crimen es el barrio Constitución, territorio olvidado hasta por Dios y porque todo sucedió un domingo, día en que el Más Allá descansa. Aquel 28 de diciembre de 2025 el verano porteño hacía hervir el asfalto y calentaba la siesta. La esquina de Salta al 1400 estaba poblada solo por un grupo de hombres que espantaba el agobio “escabiando”. Esa fue la palabra que utilizó Franco Ariel Olave Cornejo, por todos conocido como El Chileno, para justificar su presencia en el momento en que Víctor Javier Vargas pasó a su lado rumbo al hotel donde vivía. Media cuadra tenía que caminar Víctor para estar a salvo cuando recibió un botellazo que le dejó la cabeza sangrando. Lo que hizo después fue inesperado porque ese hombre al que todos recuerdan como tranquilo y muy educado fue directo a la cocina de la pensión, tomó un cuchillo y decidió enfrentar a El Chileno, cansado quizá de soportar que dominara esa esquina con la impunidad de su violencia. No fue el destino quien decidió que en ese mismo momento –siete minutos antes de la 3 de la tarde– el policía Santiago Emmanuel Barrientos y la oficial Carolina Vázquez salieran del local de Ugis con una pizza en la mano y tomaran la decisión de intervenir en la pelea: Barrientos fusiló a Víctor por la espalda con tres disparos. Víctor agonizó durante tres días en el hospital donde fue ingresado como N.N. y sin avisarle a su familia.
La versión policial que convertía a El Chileno en víctima y a Víctor en el agresor fue demolida en la investigación judicial. En un primer momento la causa judicial se caratuló como “atentado a la autoridad y lesiones”, pero la muerte de Víctor obligó a apartar a la Policía de la Ciudad de la investigación. El resultado:
El policía Barrientos fue procesado por el delito de homicidio agravado, aunque mitigado en su pena por el atenuante de abuso de sus funciones, y embargado por 42 millones de pesos.
La oficial Vázquez fue procesada por los delitos de falso testimonio, alteración de pruebas y encubrimiento.
El Chileno Olave está preso en el penal de Marcos Paz acusado del delito de tentativa de robo agravado.
La jueza Karina Zucconi ordenó también la apertura de una causa en el fuero federal para investigar la relación entre la venta de drogas y la complicidad policial. “No puede soslayarse que las conductas disvaliosas que toca aquí analizar se enmarcan en un contexto de alta conflictividad social y accionar estatal opaco que ha quedado en evidencia a lo largo de la investigación”, señala el auto de procesamiento.
Para llegar a este dictamen la investigación judicial tuvo que romper un cerco de acero. El requerimiento de pruebas de los audios intercambiados entre los móviles policiales así como el registro de las cámaras de seguridad fueron alterados por la Policía de la Ciudad: los videos estaban recortados y los audios “inaudibles”. Para obtener esas pruebas fue necesario librar órdenes de allanamientos que se concretaron el 12 de febrero de 2026 y en simultáneo en el Centro de Monitoreo Urbano y en la División Transcripciones e Informes Judiciales. Ambas dependencias de la Policía de la Ciudad. La transcripción de esos audios deja en claro una de las preocupaciones de las fuerzas de seguridad en la escena del crimen:
J.S: “Señor. ¿me clarifica cuántos disparos realiza el personal policial?”
P: “Tres disparos. Dos impactan en el malviviente y uno se pierde”.
J.S: “¿En el lugar negativo medios, negativo relevancia?”
P: “Al momento negativo medios”.
J.S: “Bien captado. Por favor, ajustamos el perímetro y la actitud de servicio”.
P: “Interpretado”.
Esa actitud de servicio es descripta así por la jueza en su dictamen:
“En las imágenes puede comprobarse el arribo de una gran cantidad de agentes de la Policía de la Ciudad que despejaron el área violentamente en lugar de identificar a los posibles testigos”.
Así fue como sin medios y sin relevancia, hacer justicia por el fusilamiento de Víctor quedó en manos de las personas más empobrecidas de esta ciudad: las putas y travas de Constitución.
Retrato de un hombre pobre
En los últimos dos años Víctor Javier Vargas sobrevivía pagando la pensión diariamente –cada día, cada día, cada día– juntando el dinero en trabajos temporarios: en un lavadero de autos, como repositor en un supermercado, descargando bultos en el Paseo de Compras lindero a la estación de tren. Changas. Siempre había trabajado en la gastronomía y su último empleo fijo había sido como cocinero en la confitería Las Violetas, de Almagro, pero su adicción le impidió sostenerlo y quedó en la intemperie de la precarización. Un día antes de su fusilamiento le había enviado un audio a su hermana Vanina, quien vive en Formosa, para contarle que tenía una esperanza:
“Buenos días Vane. Voy a ver un laburito nuevo y ver si capaz puedo quedar ahí. Que tengas un lindo día”.
El sepelio de Víctor fue en Casa Roja, la sede de AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina): las trabajadoras sexuales hicieron una colecta para poder pagarlo. Allí lo lloraron su madre, Mercedes, y su hermana; la madre de su hija adolescente, sus vecinas sobrevivientes de las calles y sus compañeros de changas. Allí también se escucha el audio que el Día de Navidad –apenas cuatro días antes de su fusilamiento– le envió a su mamá:
“¿Sabés qué, mamita? Te quería contar algo lindo. Hoy fui al Paseo de Compras de Constitución y como conozco a mucha gente de ahí que son dueños de los negocios, uno me regaló un pantalón y una remera. O sea que en Navidad estreno ropa nueva. Después otro me dio ensalada rusa con pollo y en la heladera tengo osobuco. Nada: todo eso vino de parte de Dios. Así que con lo que tenía me compré un perfume, en cajita, nuevo. ¿Qué más te puedo contar mamita? Que estoy solo y soy feliz”.
Hay un ramo de flores en el pecho de Víctor y una mesa con sándwiches, empanadas, galletitas y bebidas porque saben que quienes vendrán a despedirlo tendrán hambre. Hay anécdotas sobre esa vida que ya no es, la mayoría muy simples: sus tiempos con trabajos “buenos”, su derrape en la adicción, su estoico esfuerzo por estar “limpio”, sin drogas ni alcohol –cada día, cada día, cada día– desde hace varios años. Y solo una muy compleja: en los últimos tiempos Víctor se definía como un eufórico libertario.
La escena del crimen
«Nadie da la vida por un muerto”, declaró un vecino ante el fiscal para sintetizar el peligro que significaba contar la verdad.
Nadies, entonces, fueron quienes tuvieron que cargar con el peso de romper el cerco de acero que blinda la impunidad policial en el barrio de Constitución.



El encargado de la pensión, Rubén Walter Núñez, declaró tres veces en la causa: contó que Víctor alquilaba una habitación desde hacía tres meses, que era “un buen pibe que no generaba ningún tipo de problemas” y que “no era muchacho agresivo ni nada por el estilo”. Pero las tres veces fue más allá: señaló dónde estaba la violencia. “Esta zona es un desastre, todo el día y todos los días. Y no me van a decir que los policías no saben que venden droga ahí. La policía sabe mejor que nadie, eso no lo van a combatir nunca. Lo cierto es que, ahí en Constitución ‘tenés que ser ciego’, porque pasan cosas de todo tipo. Nadie se mete porque la policía cuando tiene que estar, no está”.
El del encargado fue el primero de los muchos testimonios que lograron torcer la causa hacia el lugar correcto. Hay, por ejemplo, tres testigos de identidad reservada que son citados así en el procesamiento:
Testigo A: “La mentada informó que es de nacionalidad dominicana y que se niega a declarar conjuntamente a su compañera de género ‘trans’ que también se encontraba el día del hecho debido a que tienen temor y se sienten vulnerables, porque efectivos de la Policía de la Ciudad de esa jurisdicción resultan ser demasiado violentos y abusivos y son perseguidas constantemente y hostigadas”. Declaró: “Para nadie es un secreto lo que pasa en Constitución y nosotras estamos expuestas a recibir represalias porque la policía protege a los delincuentes y persiguen a los que cuentan”.
Testigo C: “Conoce a los tres: a la víctima, porque vivía en el mismo hotel, al policía, que presuntamente vigilaba la zona y a El Chileno, que controlaba esa esquina. Asegura que la gente tiene miedo de involucrarse ya que le teme a la policía”. También contó que a la semana y media del fusilamiento de Víctor, El Chileno fue detenido en la puerta del bar Viva la birra porque había atacado a una mujer policía, pero al poco rato lo soltaron. “Comentó que lo habían liberado porque supuestamente había hablado con el comisario y le dijo que si le hacían una causa él podía perjudicarlos cambiando su versión en el caso de Vargas y por eso lo habían liberado. Que esto no sabe si es verdad, pero se lo dijo El Chileno y lo que le llamó la atención es que a las pocas horas fuera liberado”.
Testigo D: Persona travesti declara “Por ahí hacemos cosas malas, todo lo que quieras, pero que vengan, que nos hagan una revisión, una requisa, como que responde la ley. No, ellos pegándote, maltratándote. No; porque ellos son los mismos chorros, los mismos delincuentes que vienen a la parada a cobrar. ¿Por qué? Porque andan con el culo sucio, porque cobran, ganan plata. Entonces si no hubiera delincuencia, no hubiera nada acá para ellos en Constitución. Es porque ellos cobran, cobran su teca a todos, a las travestis, a las putas (…), a los chorros. Constitución es una tierra de nadie; una tierra de mierda, como se dice. ¿Por qué? Porque ellos son los más chorros”.
El procesamiento dictado por la jueza Karina Zucconi fue apelado por todas las partes: la defensa de los policías, ejercida por el Ministerio de Seguridad; la defensa de El Chileno, representado por un abogado particular que a los pocos minutos del fusilamiento ya se había hecho presente en la escena del crimen (según declaró El Chileno, lo contactó a través de Instagram) y la abogada María del Carmen Verdú, de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI), al considerar que el atenuante esgrimido por la jueza para calificar el homicidio excede el hecho a considerar: el fusilamiento por la espalda de una víctima de la impunidad territorial sembrada con y por la complicidad policial. Esa es quizá la definición más certera de aquello que en la agenda política se denomina “inseguridad”.
En tanto, mientras se dirime el destino de la causa en el laberinto judicial ahora mismo en las calles de Constitución las perseguidas, violentadas y encarceladas –cada día, cada día, cada día– son las putas, las travas y las referentes de AMMAR.
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