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Crónicas del Más Acá: Parlantes
Por Carlos Melone
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La dictadura en el delta: los sonidos de El Silencio
La quinta El Silencio fue un centro clandestino en el que la dictadura escondió en 1979 a 40 personas secuestradas. ¿Cuánto se sabía y cuánto se callaba entre las islas y ríos del Delta? Un viaje a ese paisaje y a esa realidad: la alianza entre una vecina y una historiadora, lo que cuentan los sobrevivientes, los barcos de la muerte y la investigación de chicos de la zona, con sus preguntas y sus grabadores, para entender el pasado y mucho del presente.
por Lucas Pedulla
Fotos: Sebastián Smok/lavaca.org

Alguna vez el escritor y periodista Roberto Arlt habló de la “pasión por la libertad bucólica” para sobrevivir en las islas del Delta. Su colega Rodolfo Walsh dijo –antes de que los asesinos le reventaran la casa y lo desaparecieran– que el Delta era su “método de trabajo”.
Por algún recreo de estos 14.000 kilómetros cuadrados, ubicados en una longitud de 320 kilómetros, el escritor y poeta Leopoldo Lugones bebió cianuro y se despidió: “No hay sino lodo, lodo y lodo”. Su colega Jorge Luis Borges conjeturó que aquí, al fin y quizá, haya sentido que estaba libre “del misterioso deber de buscar metáforas, adjetivos y verbos para todas las cosas del mundo”. Quizá, también, haya sido ese lodo elevado al cubo, o las profusas raíces de las casuarinas, o aquellos muelles abandonados entre otras cabañas de cuento, lo que al creador de El Aleph lo llevó a confesar: “El Tigre me dio imágenes, quizás erróneas, para las escenas malayas o africanas de los libros de Conrad”.
Es un lunes helado y entre paisajes bucólicos y una paz difusa, la tracker blanca de Chicha navega hacia el apocalipsis now que este archipiélago guardó por tanto tiempo. Es el tercer viaje en lancha. El primero duró 50 minutos y fue lúdico: un aire que rompe el encierro de la ciudad contaminada. El segundo fue de 40 minutos y hostil: el destino era la casa de María del Carmen Ricciardo –Chicha–, 72 años, una isleña crucial por ser la persona que sabía dónde quedaba ese lugar que hoy se anuncia en la estación fluvial de Tigre. Este tercero dura una media hora y es denso, por saber hacia dónde se va.
“Llegamos”, dice Chicha.
Señala una cabaña de las tantas que hay en estas islas del Delta bonaerense, y es solo la señalización lo que distingue un simple lugar de descanso de un centro clandestino de detención. “Aquí –apunta– había quince personas encerradas en un espacio poquito más grande que esta lancha”.
Al lado hay otra casa, un muelle y un cartel que, como pensó Borges sobre Lugones, no precisa metáforas, adjetivos ni verbos: “Quinta El Silencio”.

De la Curia a la marina
Fue el lugar donde la Marina escondió a 40 detenidos-desaparecidos de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) en septiembre de 1979 ante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para investigar las denuncias de familiares y organismos. Está sobre el arroyo Tuyuparé, en la segunda sección de las Islas del Delta del río Paraná, perteneciente al municipio de San Fernando. Primero fue propiedad de la Curia de Buenos Aires, que la dejó en herencia al Obispado porteño. Una sociedad formada por monseñor Emilio Grasselli –secretario del Vicariato General Castrense– la compró y la vendió en enero del ‘79 a los marinos mediante documentos falsos de un exdetenido de la ESMA. La quinta se convirtió en una de las casas operativas usadas por la Armada como centros clandestinos anexos y paralelos. Todo está contado en un libro impresionante: El silencio. La dictadura en el Delta, de la historiadora Marisa González de Oleaga.
El centro funcionó en una plantación de álamos con dos casas de madera construidas sobre pilotes –típicas del Delta– separadas entre sí por un puente precario para cruzar un riacho. La primera se llamó Casa Grande: allí trasladaron a 26 personas que realizaron trabajo esclavo cortando madera y formio. A la segunda, Casa Chica, llevaron a otras 15 que estaban en Capucha –uno de los principales espacios de reclusión de la ESMA– y las mantuvieron esposadas, engrilladas y encapuchadas en un espacio sin adjetivos –3×3, y una altura que no superaba el metro y medio–, tiradas en el suelo de barro.
Esa es la casa que señala Chicha desde la lancha: todavía se ven los ventanucos que los militares cegaban con papeles pegados. De ese grupo solo sobrevivieron cinco: los demás siguen desaparecidos.
Los sobrevivientes describieron El Silencio en los juicios y la buscaron sin éxito durante años, hasta que Marisa y Chicha la encontraron.
Uno de esos sobrevivientes fue –es– Carlos Sueco Lordkipanidse.
¿No se sabía?
El apodo no tiene que ver con su apellido, sino con el lugar al que se fugó. Carlos militaba en Montoneros y lo habían reintegrado a la Juventud Peronista (JP) al momento de su secuestro, el 18 de noviembre de 1978. Tenía 26 años. Estuvo dos años y medio en la ESMA hasta que pasó al régimen de “libertad vigilada”. Gracias a la ayuda del Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, se exilió en Suecia con su familia.
Cuando Marisa le dijo que había encontrado la casa, el Sueco contactó a otros tres sobrevivientes: “Fue un viaje al pasado. La casa estaba exactamente igual”. Fue el 25 de mayo de 2013. Un sereno no los dejaba pasar. “Somos del tribunal, de la querella ESMA”, le dijo el Sueco: en ese momento se desarrollaba el mega juicio ESMA III.
“En la Casa Grande seguían los mismos muebles: una cocina de leña, un armario copero de ángulo. Había vivido gente, pero no le habían metido una mano de pintura, nada”. Uno de los que reconoció Casa Chica fue Osvaldo Barros. El Sueco mueve la cabeza: “Ahí no podía haber sobrevivido nadie un mes. No te podías parar porque el techo, lo que venía a ser el piso de arriba, te daba en la cabeza. Abajo directamente era barro, porque está el río al costadito”.
Lograron que ese hallazgo se incorporara a la causa judicial.
El Sueco vuelve con sus recuerdos a 1979: no saber dónde iban, dónde estaban (los habían trasladado desde el puerto de San Fernando), pensar que los matarían a todos (“sabíamos que un método de eliminación de los cuerpos era arrojarlos al agua”), y hasta haber ideado planes de fuga.
También recuerda que veían algo más o menos parecido a una vida que seguía: “Del otro lado del canal había una casa. Los ‘verdes’ decían que vivía un policía. Nosotros veíamos pasar a una mujer con el nene. Se dio una vez que alguien entró en la Casa Chica, viniendo a campo traviesa, y salieron todos los oficiales con los fierros. Lo que nos enteramos por el libro es que, para no ser exagerado, el 50% de la población sabía que eso estaba ahí. El tipo que venía a buscar los álamos que cortábamos se daba cuenta de que no éramos trabajadores de la madera. Al lado teníamos una casa donde íbamos a robarles naranjas para los que estaban en Capucha: el dueño se daba cuenta porque dejábamos los árboles pelados. Son simples detalles que hacen entender que la gente sabía. ¿Cómo eso logró imponerse silenciosamente durante todos esos años?”.
Esa pregunta –la pregunta– es el libro de Marisa.

El secreto del oído
«En el Delta, ver no sirve para nada porque a dos metros tenés el monte. Lo fundamental en el Delta es que el oído funcione, y el oído se entrena”, es lo primero que dice Marisa, 65 años, catedrática del Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), de España.
Es argentina, vivió en Villa Lynch (San Martín, conurbano) y cuando tenía 15 años su familia –que había huido del franquismo durante la Guerra Civil española– decidió exiliarse en Asturias ante el peligro de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), antes del golpe de Estado. Otro de sus libros se llama, precisamente, Transterradas-El exilio infantil y juvenil como lugar de memoria.
Regresó a un país que encontró devastado. El recuerdo de las tardes de infancia en la casa de una tía en el Tigre la llevó a elegir ese lugar como trinchera, y cuando se enteró de que esa geografía escondía a plena luz un campo de concentración ya había comprado un terreno sobre el arroyo Caracoles. Su vecina resultó ser Chicha, esa isleña que había criado sola a cuatro hijos, tenía un taller de cortinas de junco –una pionera– y quien sabía la ubicación de ese lugar tenebroso. Marisa empezó su investigación en 2011 y la publicó en 2024.
¿Cómo se escucha el silencio?
-Como algo muy pesado. Una presencia omnipresente en el Delta, a través del lenguaje gestual. Cuando la persona salía al muelle, el lenguaje físico era siempre el mismo: los hombros se encogían hacia adelante, la mirada y la cabeza iban hacia el suelo, y decía “no me acuerdo”, “eso pasó hace mucho tiempo”, “lo pasado, pisado”, “yo no estaba acá”. Toda una serie de enunciados repetitivos para decir: “no quiero hablar”, que en realidad es un “no puedo”. Ese silencio no es la falta de palabras: es una presencia, otra forma de hablar. En mi experiencia, las mujeres han sido las que se aventuraron más y lo conjuraron. Los varones necesitan una seguridad, como si el objetivo fuera encontrar. Y en nosotras creo que el objetivo de la búsqueda está en dignificar la memoria de los que no están. Ojalá encontremos, pero lo importante es seguir buscando.
Al vivir ahí, Marisa entendió algo: “Lo saben todo de todos. Es un lugar muy paradójico porque la gente va al Delta para aislarse, pero al mismo tiempo sabe perfectamente quién se acuesta con quién, qué lancha pasó a las 3 de la mañana. Allí empieza el trabajo con los isleños. Me preguntaba: ¿cómo vivieron esto?, porque es como si de repente en el salón de tu casa se instala un campo clandestino”.
Dimensiona que no se trató solo de un mes –septiembre del 79–, sino que un año antes y un año después ese lugar fue refaccionado por lo que la Armada llamó “la perrada”, secuestrados que sabían hacer tareas manuales y que fueron utilizados para refaccionar las casas a las que trasladaron a los prisioneros.
Gracias a Chicha encontró la quinta y fue la llave para llegar a otros vecinos. Pero en octubre de 2015, cuando Mauricio Macri ganó las elecciones presidenciales, Marisa percibió “un nuevo silencio”, a saber: “La gente ya no contestaba ni respondía a los llamados, como sabiendo que acá se venía una…”.

Tambores y barcos negros
Así surgió una estrategia metodológica notable: el trabajo en escuelas, con maestras y directoras como aliadas. “Me daba la impresión de que desde el progresismo había una tendencia a hablar de la dictadura como me habían contado la historia de San Martín: algo dado, sacralizado, y me parecía que era un problema, no de contenido sino estratégico.
Entonces les dije a los chicos que, en vez de contarle lo que hicieron en la dictadura, ¿por qué no lo investigamos juntos? Les expliqué cómo hacer una ficha, les entregué grabadores, les hablé del respeto al testimonio del otro, del anonimato, la importancia no de decir quién hablaba sino qué”. Esos chicos fueron con los grabadores a sus casas.
Algo brotó: “Era importante no por la información en sí misma, porque mucho ya se sabía, sino porque empezaron a entender la complejidad de la dictadura y cómo los había afectado a ellos, aunque no tuvieran detenidos-desaparecidos en sus familias. Empezaron a ver el Delta de otra manera”.
Ejemplos: “Un chico de secundaria contó cómo su padre le dijo que lo habían obligado a ayudar a meter gente en tambores para fondearlos en el Delta. Otros chicos contaron de barcos llenos de gente sedada. Los llamaban ‘barcos negros’, porque pasaban sin luces a las tres de la mañana”.
Los testimonios coinciden con otra de las prácticas de la maquinaria genocida: los tambores hallados en el canal de San Fernando con restos óseos de desaparecidos. “No solo se tiraba gente desde los aviones en los vuelos de la muerte, sino que en el caso del Delta toda la gente que entrevisté me hablaba de helicópteros, no de aviones, y sobre todo de lanchas que fondeaban”.
A Chicha, como isleña, esta investigación fue algo que le urgía: “Mucho tiempo de cosas raras que yo necesitaba saber”. Cuenta que, durante la dictadura, vivió unos años con su familia en Mendoza –allí nació–, y luego volvieron. Una imagen la persiguió por décadas: “Cuando vivíamos en el arroyo Pescadores, mis hermanos iban a pescar. Ellos vieron helicópteros que tiraban, como si fuera una ristra de chorizos, bolsas al Río de la Plata”.
Marisa cuenta en el libro que al llegar a la quinta con los sobrevivientes, Chicha les pidió perdón: “No supe nada, nada… estaba todo el día metida en los fondos de la quinta o en el río”, cita la autora. Y agrega: “Siempre tuve la impresión de que esa necesidad de justificarse no era una coartada sino una forma indirecta de acusación hacia los que sí sabían perfectamente lo que pasaba puertas adentro de su casa y habían decidido mirar a otro lado”. Sin Chicha, Marisa reconoce que esta investigación no hubiera sido posible.
Ahora, en este lunes helado, en la lancha estacionada frente a la Quinta, el compañero de MU Mariano Randazzo –está trabajando con Marisa la edición de El Silencio en formato podcast– cita un dicho del Delta: “Cada diez casuarinas, dos ojos”.
Chicha coincide: “Acá sabían todos que algo pasaba”.

Massera y lo cotidiano
Hoy la quinta está señalizada. Para el Sueco Lordkipanidse, sería importante que se convierta en un sitio de la memoria que explique el aparato represivo en el Delta, incluso como parte de lo que llama “Circuito ESMA”, con el resto de las casas operativas como las propiedades de Del Viso (localizadas por Marisa), la quinta de Don Torcuato y la de Pacheco. Esta última pertenecía a la familia del represor Fernando Peyón, cerca de donde había cumplido arresto domiciliario el almirante integrante de la Junta Militar Emilio Massera, amo y dueño de la ESMA: también la encontró Marisa, pero desde España, atando cabos y buscando por Google Earth, haciéndose pasar por una inversora para que la inmobiliaria le pasara fotos.
El Sueco cuenta que la quinta El Silencio le pertenece a un uruguayo que se comprometió a no tocarla: “La compró de buena fe. Lo único que requirió es el uso de un dormitorio con una cama, una cocina a gas, lo necesario para que sea un lugar habitable”.
Cuando fuimos, no respondió nadie. Le decimos al Sueco que no nos imaginamos a alguien viviendo ahí después de todo esto, y devuelve: “Lo mismo me pasa en la ESMA: nunca imaginé gente trabajando en un lugar donde fue el séptimo infierno, teniendo una vida cotidiana, yendo con mochilas. Hay que tener muy mala suerte. La diferencia con este hombre es que, entre comillas, no sabía lo que había pasado cuando compró”.
Hay muchísima información que sigue irradiando El Silencio –como lugar bucólico, como método de investigación, como lodo o como un apocalipsis que sigue gritando ahora– y que esta comunidad de Marisa, isleños y sobrevivientes sigue desentrañando: fondeos, posibles enterramientos, nuevos testimonios. Por eso Marisa pide que pongamos su correo electrónico porque siempre, desde la publicación del libro hasta hoy, le llega algún mail de alguna persona que quiere aportar algo nuevo.
Cumplimos: m.r.oleaga@gmail.com.
Dice el Sueco: “Me deja tranquilo que, a pesar del paso del tiempo, surgen Marisas. Esto no se corta porque me vaya yo o se vaya Marisa, porque siempre hay alguien que encuentra una chispita de iluminación que enciende una fogata. Es lo que robustece y saca del lugar de consigna a la memoria y la justicia, y hace realidad que no va a haber ni olvido ni perdón ni reconciliación. Eso me deja toda esta historia como enseñanza, y como esperanza”.

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El «Woodstock ambiental» contra los agrotóxicos: De película

Alarmados por los pesticidas y sus efectos de contaminación ambiental y humana, estudiantes y un maestro de una escuela pública cordobesa empezaron a componer canciones. Convocaron tímidamente a artistas, y se sumaron más de 300. Ya hicieron tres discos y un recital en el campo. Una canción para mi tierra es el film que relata esa aventura que empezó en una comunidad, siguió por decenas de escuelas y tiene contagios en defensa del ambiente y la vida desde España hasta el Amazonas.
Por María del Carmen Varela
«Imagínense un escenario en el medio del campo con estos niños y niñas cantando juntos”, soñó Ramiro Lezcano, el profesor de música de la escuela rural Los Corralitos, en Justiniano Posse, un pueblo de menos de diez mil habitantes ubicado al sudeste de la provincia de Córdoba. Un niño con guardapolvo blanco señala a Los Corralitos: “Esta es mi escuela”, luego su dedo se extiende hacia un vasto territorio en el que abunda el verde y cuenta que en ese lugar se llevará a cabo un show musical. El recital ocurrió en noviembre de 2023 y representa la materialización de un deseo que si bien surgió del impulso de Ramiro, se convirtió en un sueño colectivo que sumó corazones y voluntades de toda una comunidad. Lo que disparó esta historia iniciada hace casi diez años tenía como sello la urgencia de proteger a las infancias del flagelo de las fumigaciones con glifosato a metros de las escuelas. La película de Cactus Cine Una canción para mi tierra estrenada a fines de abril en el cine Gaumont registró durante dos años un proceso que incluye composiciones musicales, lucha ambiental, aprendizaje, perseverancia, tropiezos y un grito infantil a viva voz: “Queremos salir al campo y respirar ¡aire puro!”.

La verdad del Milanés
Durante una clase de música lxs alumnxs contaron al profe Ramiro que un avión fumigador solía sobrevolar la zona. ¿Efectos? Dolor de cabeza, ardor en la nariz, picazón en la garganta, todxs al aula y se quedaban sin poder jugar un picado.
Alarmado por esta situación, Ramiro se cuestionó seguir entonando el Himno a Sarmiento y pasó a otra instancia pedagógica. Volvió con una propuesta que entusiasmó a lxs chicos y chicas: componer temas que contaran lo que sucedía en lo cotidiano. Así fueron asomando las canciones con letra y música de este profesor de filosofía que asumió el rol de enseñar el arte de cantar porque las escuelas rurales de la zona así lo requerían. “Para escribir una canción, ¿qué necesitamos? Poesía”. Con los aportes de lxs alumnxs y la frescura de sus voces el proyecto musical encontró su destino: cantar esa realidad en un concierto al que Ramiro bautizó como “un Woodstock ambiental”.
Con un puñado de canciones listas se les ocurrió convocar a artistas reconocidos para que las cantaran con ellxs. La apuesta apuntaba a darle visibilidad a la temática y lograr que el concierto tuviera mayor impacto. Un alumno sugirió invitar al cantante cubano Pablo Milanés, ya que en una clase anterior habían aprendido a cantar algunos de sus temas. Ramiro dudó y explicó que no era su amigo, que probablemente no podrían llegar a él. Después se arrepintió de su vacilación. ¿Por qué no intentarlo?
En la clase siguiente grabaron un videíto pidiéndole que cante una de las canciones y se lo enviaron por Facebook. A la semana, Milanés respondió, prometió grabar la canción en La Habana y hacérselas llegar. La construcción del sueño iba juntando sus primeros ladrillos.

Del León a La Renga
En 2012 el productor de Cactus Cine, Sebastián Carreras y el director Mauricio Albornoz Iniesta tomaron contacto con información relacionada al glifosato. Durante un tiempo trabajaron junto a un periodista en un proyecto que no prosperó. Sebastián: “Era un dilema de los dos lados de la grieta. Nadie quería hablar de eso y era muy difícil de financiar. ¿Cómo podemos hacer algo con esto? Era una necesidad, pero quedó medio parado porque no terminábamos de darle forma”.
A fines de 2018 Ramiro estaba buscando productora para filmar un video con una de las canciones y envió un mensaje a Cactus. Sebastián y Mauricio estaban en Río Cuarto y aprovecharon la cercanía para ir a conocer a Ramiro. “Nos quedamos charlando como tres horas, fuimos a ver unas clases, grabamos, nos volvimos a Buenos Aires y ya empezamos a pensar en hacer una película. Mauri quería que fuera un documental de observación, de seguimiento, donde tenés que atravesar el proceso de creación de una canción, de ver cómo los chicos se involucran, cómo hacen la letra, la música, nos mandamos con todo a experimentar lo que se vivía en esas aulas”.
Ese registro aparece en Una canción para mi tierra y lxs espectadorxs se convierten en testigos de cómo surgieron las composiciones, del asombro de los chicxs cuando escucharon la guitarra eléctrica del profe que viste remeras rockeras y se sube a una silla para tocar los primeros acordes, del entusiasmo de la maestra Silvia Ghio y de toda la escuela por juntarse a grabar canciones con León Gieco, Chizzo Nápoli de La Renga y Teresa Parodi, entre tantxs otrxs y la expectativa por el concierto en el medio del campo, “en el interior del interior”, como dice Ramiro.
“Seño, seño, mirá el avión”, la voz infantil con el grito de alarma da inicio a Carancho de metal, la forma que encontraron para nombrar al avión fumigador: “acechas desde el cielo/carancho de metal, no tires más veneno” dice la canción.
La primera composición fue Juguemos en el campo mientras Monsanto no está, inspirada en Diablo, ¿estás?, de la inolvidable María Elena Walsh. “Que vuelen muchas abejas / y polinicen tu flor / Que a mi escuelita del campo / no la fumigue un avión”. Fue escrita y grabada antes de que un tribunal popular reunido en La Haya en 2017 encontrara responsable a la multinacional transgénica Monsanto de ecocidio, de violar derechos en salud, ambiente y de entorpecer la libre investigación científica sobre estos temas.

Cambiar las cosas
Estas dos páginas de MU no alcanzarían para mencionar a la cantidad de artistas que pusieron sus voces, sus instrumentos, sus conocimientos técnicos para que Canciones urgentes para mi tierra, La última trinchera y Mensajes de tierra adentro, los tres discos producidos hasta ahora sonaran con altísima calidad. Las canciones fueron grabadas en diferentes estudios del país y también en Colombia, Chile, Rumania, Brasil, Estados Unidos, Alemania, España e Italia.
En el tema Agua va cantan Marcelo Moura, Leo García, Benito Cerati y Ulises Butrón toca la guitarra acústica. En La tierra que soñamos, ponen voces María Rosa Yorio, Dyango, Víctor Heredia y la murga uruguaya La Buchaca, entre otrxs.
Participaron además once escuelas de Marcos Juárez, Saira, Monte Leña, San Marcos Sud (Córdoba) y Bouquet (Santa Fe) y otras tantas escuelas invitadas. Cuenta Ramiro que hace días tuvieron una reunión virtual con una escuela de España que se quiere sumar. “Es maravilloso que se sigan contagiando, este proyecto dejó de pertenecernos, es mucho más amplio y plural donde entran en juego muchos otros actores y eso lo celebramos”.
La película sigue en cartelera a más de dos meses del estreno. Antes giró por festivales internacionales y ganó más de una veintena de premios, como el de Mejor Película Ambiental del año, otorgado por la Green Films Network en Emiratos Árabes Unidos. Recibió el Premio del Público y una Mención especial del Jurado en el Festival de Biarritz Cinema et Cultures d’Amérique Latine, en Francia. En Argentina ganó como Mejor Película en la Competencia de Graduados del Festival Internacional de Cine de la UBA.
Mauricio: “No hubo reacciones así con películas anteriores. Conectás con esas personas que trabajan en lo cotidiano para cambiar las cosas. Cuando conocimos a Ramiro supimos que teníamos que dar a conocer esta historia”.
Desde el principio Ramiro confió en la potencia de este proyecto en defensa de la vida: “Estamos en un momento de mucha alegría. Desde que comenzamos con la primera canción hace casi diez años nunca el proyecto había tenido tanta visibilidad como ahora con la película. Ha sido el puente sensible que conectó una realidad con un público al que de otra manera no hubiéramos llegado. Todo eso hoy se plasma en la página web y en la película que son parte de este gran sueño”.
¿Por qué un “Woodstock ambiental”? Ramiro explica que el nombre que le asignó a esta aventura de organizar un concierto con las canciones creadas en las clases de música no tiene que ver con “una cuestión de grandilocuencia en cuanto a la masividad, sino desde un lugar político, social, para mostrarles a lxs alumnxs que en ese concierto había una declaración de intención y que la música iba a estar cargada de contenido. Queríamos tocar y cantar en vivo, con cien pibes en el escenario, invitar a artistas. La filmación de toda esta historia fue un gran motor”.
Ramiro proyectó en la escuela imágenes del Woodstock de 1969. “No solo fue un concierto, sino que levantó las banderas de la utopía, de un paradigma que se venía cayendo después de la Segunda Guerra Mundial. Los jóvenes empiezan a tener voz en una sociedad que les daba la espalda, aparecen en Estados Unidos los hippies y Woodstock fue una manifestación que nadie se esperaba. Un millón de personas levantando las banderas de la paz, repudiando la guerra de Vietnam. Una cuestión política, que surgía desde el arte”.
En el documental le preguntan a Ramiro cómo pensaba armar la logística del recital en los términos en los que él lo planteaba. Su respuesta fue: “Ah bueno, después vemos”. Y no era despreocupación o negligencia sino un impulso vital. “Tiene que ver con animarse a soñar y dejar que las cosas fluyan. Yo nunca me imaginé que Pablo Milanés iba a sumarse al proyecto. Pasaron dos meses y estaban él y 40 artistas más. Las cosas tendrán que caminar, me dije, y tendremos que invitar y tendremos algunos no, pero muchos sí. Y cuando se filmó la película ya teníamos 300 artistas que habían grabado las canciones. Artistas que nunca hubiéramos imaginado, como Billy Bond, Jairo, Rubén Blades y tantos otros. Era un desafío, algo casi impensado, y se hizo gracias a la voluntad de muchas personas”.

La Amazonía y la mariposa
En un pueblo rural como Justiniano Posse, en el que la mayoría de la gente vive del campo, no fue fácil llevar adelante el proyecto. Hubo oposición y amenazas. La tenacidad y las ganas de Ramiro y sus alumnxs fue clave para no desistir y la red de colaboradorxs que no dudaron en brindar su apoyo tuvo un enorme peso en la concreción de esta maravilla sostenida en el tiempo.
El concierto del 12 de noviembre de 2023 reunió a más de 7.000 personas y se hizo, tal como Ramiro había soñado, en el medio del campo. Sebastián confiesa que cuando se instaló la idea de que lxs alumnxs cantaran las canciones en vivo pensó en una fiesta de fin de curso en el colegio. “Pero Ramiro empezó a hablar de un Woodstock y pasaba las imágenes en la escuela, con miles de personas y yo pensaba: uy, nosotros somos productores de cine, armar un espectáculo musical es otra cosa”.
Hubo muchas complicaciones y por momentos perdían la esperanza de poder concretarlo. Muchos sugerían hacerlo en Córdoba Capital, en Villa María o en Rosario. Ramiro se opuso porque sentía que cambiaba el sentido del concierto y, como explica Sebastián, “la gente de las zonas rurales siempre va a otros lugares, acá es al revés, los artistas van al campo”.
Una vez subido al escenario junto a sus alumnxs, en ese día tan esperado, con remera de Los Beatles y campera roja, Ramiro dijo al micrófono: “Recién un medio me preguntó si esto es contra el campo. ¿Cómo va a ser contra el campo si nosotros somos el campo? Esas que están allá son las escuelas rurales. Somos productores también pero producimos canciones, arte, desde un lugar hermoso que es el campo”. Y el “Woodstock ambiental” arrancó.
Mauricio y Sebastián filmaron durante dos años e iban a Justiniano Posse cada 15 o 20 días. El tiempo transcurrido hizo que establecieran un vínculo con lxs niños y una vez finalizado el concierto y la filmación, decidieron seguir yendo una vez al mes. Mauricio: “Distintos integrantes de la productora vamos a dar talleres de cine. Tienen muchas cosas para decir y hacen sus propios cortos, son realizadores audiovisuales. Hicieron un corto de ficción y un documental que proyectaron en el pueblo, todos se acercan a ver lo que hicieron, ellos cuentan y responden preguntas”.
Varixs de lxs alumnxs ya están en la escuela secundaria, otrxs terminando la primaria. Ramiro: “Están comprometidos con lo que está pasando con la película, ven que sus canciones se empiezan a escuchar, recuerdan los conciertos a los que nos invitaron a cantar, como el de La Renga, Divididos. Es revivir estos diez años. En muchas escuelas están componiendo canciones con lo que les pasa, el proyecto es faro para otra realidad y eso es maravilloso. Si la película se proyecta en algún lugar y por la logística no podemos llevar a niños de acá hasta allá, van niños del lugar, aprenden la canción y cantan con nosotros. Siguen siendo las infancias las que cantan las canciones. El proyecto no depende solamente de los alumnos que grabaron y está bueno que así sea”.
Las fumigaciones disminuyeron un poco y en algunos lugares avisan antes de que pase el avión. “En otros lugares cercanos –reconoce Ramiro– sabemos que es complicado porque hay un modelo productivo y somos rehenes. La película nos interpela sobre el mundo en el que vivimos y en el que vamos a vivir. Este tema es tabú en estas regiones y es importante que se generen debates sobre el modelo productivo, ojalá la película sea el disparador. Está declarada de interés nacional, está bueno que venga de esos espacios porque ahí es donde se toman las decisiones”.
Sebastián, Mauricio y Ramiro adelantan que están trabajando en la segunda parte de la película. “Estamos en una etapa temprana de desarrollo, la idea nace porque conocimos al grupo de rock Aterciopelados, que quedaron fascinados con Rami y los chicos y nos dijeron: tienen que venir a hacer un Woodstock ambiental en la Amazonía colombiana” cuenta Mauricio. Por supuesto que se preguntaron ¿por qué no?, y el proyecto es que Ramiro y Héctor Buitrago, de Aterciopelados, recorran comunidades indígenas de Colombia, Brasil, Perú y que lxs niñxs compongan una canción colectiva por la selva y celebren un concierto que, en esta oportunidad, será en la triple frontera entre dichos países.
Los tres discos que ya llevan editados junto a textos e ilustraciones pueden escucharse y disfrutarse en la web cancioneurgentesparamitierra.com. También hay una galería de fotos que documentan el recorrido de este grupo de personas que se animaron a soñar en grande. Con la ternura intacta, la mirada confiada y la capacidad de acción, regalan muchas cosas, incluida esta:
“Somos la voz que viaja / ligera por los caminos, / despertando la conciencia, / forjando un nuevo destino / Cuidamos la flor, / el agua y la mariposa, / pobre de aquel que no entienda / que la vida no se negocia”.

La escuela, el asombro, las sonrisas. La posibilidad del arte para cambiar una realidad.
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Gonzalo Giles, pensador y comunicador “disca”: Error en el sistema

Es escritor, activista y referente de una generación que convirtió la experiencia de la discapacidad en una potencia de comunicación y acción. Ahora prepara un espacio propio para intervenir en política. Una conversación sobre prejuicios, salud mental, amores, liderazgo, y “lo disca” como una categoría desde la cual pensar –y reconstruir– un país.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Lina Etchesuri/lavaca.org
A Gonzalo Giles le han dicho “enfermito”, “mogólico”, “retrasado”, “subnormal”, “pobrecito”, “qué lástima”, “anormal”, en redes hay quienes plantean que “se hace el mudo” o que “seguro cobra una pensión para no trabajar”.
Gonzalo es un mudo que logra hablar, mide 1,81, es un referente del mundo de personas con discapacidad, en agosto cumplirá 29 años, escribió cuatro libros, padeció meningitis a los 5 meses de edad, hace poco le diagnosticaron TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad aunque sostiene que no es un trastornado), anda atento a su vida amorosa, tiene un cerebro caótico según diagnóstico propio y exagera cuando explica que camina “medio como un robot con resaca”. No cobra pensión y trabaja mucho (y las personas y familias que sí la cobran porque no les queda otra, más que justificado lo tienen, y debería ser mucho más alta, porque la motosierra oficial se ha ensañado con ellas en lo que Gonza describe como “deshumanización en cuotas”).
Su equipaje cotidiano para salir al mundo incluye entre otras cosas:
- una toallita blanca,
- celular y una tablet,
- un parlante,
- inteligencia, humor, amabilidad entre otras aptitudes infrecuentes en esta era.
La toallita se parece a los pañuelos de aristócratas de otros siglos, pero no la usa para perfumarse: como efecto de la meningitis, además de la ausencia de voz, a veces le cae algo de saliva. En su impactante libro Error 408-Normalidad no encontrada, define al tema como “nada escandaloso, una baba digna”, aunque revela que hay gente que lo miraba “como si me hubiese transformado en Alien” y “en vez de saliva, hubiese tirado ácido”. La palabra argenta “baboso” describe a otros sujetos que sí son bastante aliens e indignos, expertos en el oficio de acosar mujeres y a quienes nadie llama “enfermitos” o “subnormales”.

La tablet y el celular le permiten escribir (su mano apta es la izquierda) y gracias a una aplicación de Comunicación Aumentativa y Alternativa (CAA) los textos se convierten en una voz digital que emite el parlante, “una voz que no sale de mi garganta pero sí de mi voluntad”. Hace años pudo empezar a comunicarse usando la voz femenina del GPS (“la gallega”) “pero la gente me miraba raro y yo lloraba por dentro”. Luego encontró la voz digital actual, “neutra y cálida”, que decidió no cambiar porque ya es un signo de su identidad.
Gonzalo acompaña las palabras con gestos, miradas intencionadas, sonrisas. Escribe con el índice izquierdo, y da enter y mientras abre los ojos y afirma con la cabeza, su voz digital me dice: “Descubrí que soy un mudo que tiene muchas cosas para decir”. En este caso, le confieso, el diálogo es con un sordo con muchas cosas para escuchar.
Llegó a MU para la charla y las fotos con una primicia: “Estoy preparando un libro nuevo y quiero organizar un espacio político”. Esa nueva obra se llamará Cuerpos políticos. Para una de las fotos que le hizo Lina Etchesuri, Gonzalo agitó la toallita blanca y bailó riendo una mezcla de cueca, twist y cumbia, cosa que los robots con resaca no solemos hacer.

Mudo, peronista y de Tigre
En Error 408-Normalidad no encontrada Gonza cuenta sobre la empleada de aeropuerto que lo vio como a Alien. Sobre un remisero que quiso estafarlo diciéndole por celular a alguien: “Le cobro cinco lucas, total es sordomudo”, hasta que con el parlante él emitió un “sí, soy mudo. Pero sordo no”. Gonza: “El bigote se le derritió, los ojos le hicieron cortocircuito” y no le cobró el viaje.
Recuerda al vendedor de fiambrería que le dijo a un cliente: “Esperame que voy a atender al nene”. Reflexión Gonza: “Tengo más años que su balanza, más problemas de columna que un taxista, más discusiones con el ARCA que el contador de Maradona. ¿Nene?”. Le mostró su celular al fiambrero: “No soy ningún nene. Soy mudo”. Lo que sigue asombrando a Gonza es que “de pedir disculpas, ni hablar”.
Relata luego que fue a ver a una médica que tres veces le preguntó: “¿Estás solito?”. Reflexión Gonza: “Y sí, no me acompañaba ni mi pareja ni mi unicornio imaginario, que justo esa semana estaba de vacaciones en Cancún. Así que le respondí con mi celular, medio en broma, medio harto: ‘Si, estoy solo. Ser mudo no significa ser tonto’”.
El corolario de este tipo de historias es un mano a mano con quien lee: “¿Alguna vez usaste tono de maestra jardinera sin darte cuenta?”. No lo menciona con bronca, sino como desafío: “La próxima vez que te cruces con alguien como yo, no lo llames ‘nene’, no le preguntes tres veces si está solo, y si te sale mal… pedí perdón. Es gratis. No pincha. No duele. Y cura mucho más que un ibuprofeno”. Una muestra de la época, en la que pedir perdón es un dispositivo en desuso.
El 408 es un error informático que se produce por demoras en la comunicación con un servidor, que corta la conexión. Un error del sistema.

Relata Gonza que hasta los 26 años era “un mudo sobrio, clásico, de manual. De esos que si fueran una bebida serían un agua tónica sin gin”. Pero apareció el diagnóstico de TDAH.
“Ahí se me rompió todo. ¡Neurodivergente! ¡Como si el universo me hubiera dicho: ‘¿pensabas que ya era suficiente con ser mudo, peronista y de Tigre? No, capo, ¡todavía te faltaba esta carta especial!’”. Eso le arrugó el alma y a la vez le hizo pensar: “¿Podré ahora justificar todos mis olvidos y decir que no soy un desorganizado sino un ser neurodivergente en plena expansión cósmica?”.
Le pregunto cómo, sin embargo, hace libros y tantas otras cosas. “Es una contradicción aparente. Me olvido de reuniones, de dónde dejé las llaves, pero aprendí que el TDAH no significa no poder concentrarse sino tener enormes dificultades para regular la atención. Hay cosas que me resultan casi imposibles de sostener y otras en las que entro en un estado de hiperfoco. Mis libros nacen de ahí. Cuando un tema me apasiona puedo pasar horas leyendo, investigando y conectando ideas. Creo que escribir es mi forma de no perder las ideas que, si dependieran solo de mi memoria, probablemente se escaparían antes de llegar al próximo semáforo”.
En el libro de 128 páginas habla de los modelos de discapacidad. El de “prescindencia” que plantea: “para qué va a ir a la escuela si no va a entender”, “para qué va a enamorarse si nadie lo va a querer, “para qué va a trabajar si igual no rinde”. El concepto siempre es “eso no es para vos” y con formato de ternura o cuidado, “arrasa derechos”.
El modelo médico rehabilitador “ya no parte de la idea de que no valés” sino que “sos un error que hay que corregir. El objetivo de la vida, según ese modelo, es que te parezcas lo más posible a una persona ‘normal’. Porque el problema sos vos. No las escaleras, no la sociedad. No el prejuicio. Vos”. Gonzalo no está en contra de tratamientos ni profesionales de la salud. “Muchos hacen su trabajo con amor, ética y conciencia. El problema es cuando la única forma de nombrarte, de pensarte, de justificar tu existencia, pasa por los logros médicos. Hay cosas que no se curan, no se rehabilitan, no se ‘superan’. Hay cosas que se viven. Y se viven con derechos, no con vergüenza”.
El tercer modelo es el social. “El foco no está en la persona como falla sino en el entorno como obstáculo. La discapacidad no es una tragedia personal. Es una construcción social, política y cultural”.
Culmina el argumento: “Fijate cómo trata la sociedad a las personas con discapacidad. ¿Las oculta? Modelo de prescindencia. ¿Las mide, las ajusta, las corrige? Modelo médico. ¿Les pregunta qué necesitan y cambia lo que haga falta? Modelo social”. Gonzalo elige el social, pese a todo lo que le falta: “Porque es el único que me trata como sujeto, no como carga. Como ciudadano, no como excepción. Así que la próxima vez que hablemos de discapacidad no hablemos solo de lo que no podemos hacer, sino de lo que la sociedad todavía no hizo para que todos podamos estar. Porque el cambio no empieza en un consultorio. Empieza en la cabeza de quienes deciden mirar distinto”.

El momento oscuro
Nació en Tigre y pronto su familia se mudó a Dolores. Papá Gustavo ferretero, mamá Marisa ama de casa. Me cuenta Gonza: “Si tuviera que definirlos por lo que hicieron conmigo, diría que fueron mis primeros traductores. La meningitis llegó cuando yo tenía cinco meses, y de un día para otro tuvieron que despedirse del hijo que habían imaginado para conocer al hijo que realmente tenían. Pero nunca transformaron ese dolor en resignación. Eligieron buscar posibilidades donde muchos profesionales solo encontraban límites. Hubo terapias, viajes, frustraciones. Sin embargo, nunca me educaron desde la lástima. Me exigieron, me acompañaron y, sobre todo, me dieron tiempo. Entendieron que mi silencio no era ausencia de pensamiento. Con los años comprendí que la autonomía no empieza cuando una persona logra hacer algo sola. Empieza cuando alguien cree en vos antes de que puedas demostrar de lo que sos capaz. Ese fue el mayor regalo de mis viejos. No me enseñaron a superar mi discapacidad; me enseñaron a no dejar que definiera el tamaño de mi vida”.
De todos modos, fue una infancia compleja. En el colegio hizo una travesura, lo expulsaron, entró en depresión y a los 13 años quiso suicidarse. Un anticipo de lo que ocurre hoy con datos tremendos. En 2025 hubo un récord histórico con 5.209 suicidios, superando por mucho los homicidios (1.600) y muertes por accidentes de tránsito (3.500). Los intentos de suicidio crecieron este año en más de un 40% afectando principalmente a jóvenes de menos de 24 años.
Gonzalo me traduce desde lo personal y lo político eso de lo que tan poco hablamos quienes no somos mudos: “Me preocupa muchísimo, porque dejó de ser una excepción para convertirse en una conversación cada vez más frecuente entre adolescentes y jóvenes. Sería un error buscar una única explicación. La pandemia dejó heridas, las redes sociales muchas veces amplifican la comparación permanente, la incertidumbre económica genera angustia y vivimos en una época que exige éxito inmediato, felicidad constante y productividad infinita. Es una combinación muy difícil de sostener”.
“A los 13 años atravesé un momento muy oscuro. No fue un impulso aislado. Fue el resultado de años sintiéndome diferente, de la discriminación, de la soledad y de creer que mi vida siempre iba a ser así. A esa edad uno no piensa que el dolor es pasajero; piensa que es el futuro. ¿Qué me sacó de ese lugar? El tiempo, las personas que estuvieron cerca y, sobre todo, encontrar un propósito. Descubrí que aquello que más había odiado de mi historia podía convertirse en una herramienta para ayudar a otros. No fue un clic, ni una frase inspiradora. Fue un proceso. Y todavía creo que la salud mental no se resuelve con frases de autoayuda, sino con vínculos, acompañamiento, políticas públicas y acceso a profesionales. Por eso insisto tanto en hablar del tema. El suicidio no se combate con silencio sino construyendo una sociedad donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza y donde nadie tenga que atravesar su peor momento sintiendo que está completamente solo. Si mi historia sirve para que una sola persona entienda que el dolor puede cambiar y que siempre vale la pena buscar ayuda, entonces haberla contado ya tuvo sentido”.

Del amor y otros demonios
Rechaza la idea de la superación individual: “Queremos convivir en una sociedad que no te obligue a parecer neurotípico para poder participar. Que no celebre tu historia como ‘ejemplo de superación’, sino como historia de supervivencia en un mundo que no se diseñó para vos”.
En su WhatsApp exhibe como máxima de vida: “El Universo nos prestó un cuerpo… hay que devolverlo bien gastado”. En una de sus redes informa que es 1) Escritor, 2) Periodista,3) Mudo, 4) Divulgador sobre CAA y Neurodivergencias, 5) Asesor en CAA desde la experiencia vivida, 6) VIP de Samu.
¿Qué significa eso? Gonza ríe en silencio: “Creo que Samu y yo estábamos esperando desde el día uno que alguien hiciera esta pregunta. VIP de Samu no es una organización secreta ni una membresía exclusiva. Samu es Samuel Cartaya, uno de mis mejores amigos, venezolano, vive en Ecuador, es músico terapeuta y terapeuta infantil. Sobre todo, es una de esas personas que aparecen muy pocas veces en la vida: las que escuchan de verdad, las que están incluso cuando no hace falta pedirles que estén, las que celebran tus logros como si fueran propios. Un día en que me dijo que yo era uno de sus VIP. Le contesté: ‘Siento tanto orgullo que lo voy a poner en mi biografía de Instagram’… total nadie va a entender’. Desde entonces quedó ahí, esperando que alguien, alguna vez, preguntara qué significaba. Aprovecho para decirle algo: gracias por la amistad, por la paciencia, por las conversaciones, por las ideas compartidas y por recordarme que la distancia no mide el tamaño de los afectos. En un mundo donde todo parece descartable, tener un amigo como Samu es un privilegio enorme. Así soy VIP de Samu. Y es, probablemente, uno de los títulos que más orgullo me da llevar”.
Revela Gonza que en temas amorosos le va “mejor de lo que muchos creen. Hay gente que todavía se sorprende cuando una persona con discapacidad dice que tuvo pareja, que tiene sexo o que le rompieron el corazón. Como si el certificado de discapacidad viniera con un voto de castidad incorporado”.
Otra definición sobre el amor: “La discapacidad me complicó muchas cosas, pero nunca me impidió enamorarme. Para eso no hace falta hablar; alcanza con hacer papelones. Y en eso, modestia aparte, somos tan eficientes como cualquiera”.
Antes de que esta entrevista aplique a bolero, una más: “Las personas con discapacidad nos enamoramos, nos ilusionamos, nos dejan en visto, somos infieles, nos son infieles, nos separamos, volvemos, prometemos que esta vez sí aprendimos, pedimos perdón después de dos tragos de más, y al otro día nos despertamos preguntándonos quién tuvo la brillante idea de mandar ese mensaje. En definitiva, hacemos exactamente las mismas estupideces que el resto de la humanidad”.
¿Y qué es lo distinto? “La mirada de los demás. Todavía existe la idea de que quien se enamora de una persona con discapacidad está haciendo una obra de caridad. Y no. El amor no es beneficencia ni voluntariado. Nadie merece una medalla por elegir a otra persona. Ojalá dejemos de hablar de ‘amor inclusivo’. El amor no necesita inclusión; necesita deseo, respeto, libertad y ganas de construir algo juntos. Todo lo demás son prejuicios disfrazados de buenas intenciones”.
Reconoce que hoy puede vivir de lo que lo apasiona: dar charlas, escribir libros, asesorar a familias e instituciones y generar contenidos sobre discapacidad, comunicación y neurodivergencias. Trabajó antes en tareas administrativas en el ex Ministerio de Educación, en PedidosYa y otros empleos. “Todos me enseñaron que las personas con discapacidad no queremos que nos regalen un lugar sino la oportunidad de demostrar lo que podemos hacer”.
Vive en Villa Urquiza y pertenece al mundo sísmico de los inquilinos: “Como para millones de argentinos, cada renovación del contrato tiene más suspenso que una eliminatoria de Mundial. Es, probablemente, una de las pocas experiencias capaces de poner de acuerdo a personas con y sin discapacidad: el alquiler nos da ansiedad a todos por igual”.
Le gustó mucho la comedia argentina División Palermo. “Hace algo muy difícil. Se ríe de la discapacidad sin reírse de las personas discas. Se ríe de los prejuicios, de la corrección política mal entendida y de una sociedad que muchas veces quiere incluir sin preguntarle a nadie cómo hacerlo”. Se postula como desastre organizado en música, abarcando desde Sabina al Cuarteto de Nos, Arjona, rock nacional, folklore y algún tema de Bad Bunny: “No creo en la culpa musical. Si una canción me emociona, ya ganó”.

El proyecto político
¿Qué le enseñó, en términos de comunicación, el hecho de ser mudo? “Mientras otros piensan cómo sonar más interesantes, yo pienso cómo ser más claro. Mientras otros se enredan en palabras vacías, yo construyo sentido con pausas, miradas, silencios. El silencio me enseñó a decir lo que importa”. Tips: “Escuchar es más valioso que responder rápido. Muchas palabras sobran. Otras, faltan siempre. Hay abrazos que hablan mejor que cualquier discurso”. En plan autogestivo, él mismo manda a imprimir sus libros y los vende, para no depender de las editoriales. Me dice: “Todo lo que viví —incluso lo que dolió— terminó convirtiéndose en la materia prima de mi trabajo. Hoy no escribo ni doy charlas desde la teoría; lo hago desde una vida que tuvo que aprender a entenderse bastante tarde”.
El joven Giles está preparando Cuerpos políticos. Tiene además un proyecto: “Las personas con discapacidad debemos dejar de ser un tema y empezar a ser sujetos políticos. Durante décadas hablaron por nosotros. Nos representaron funcionarios, especialistas, familiares y organizaciones. Todos con aportes valiosos, pero llegó el momento de que también haya dirigentes con discapacidad en los lugares donde realmente se toman las decisiones. No quiero un partido de la discapacidad. Quiero una política donde el tema deje de ser un anexo de Desarrollo Social o de Salud y pase a formar parte del proyecto de país”. Este planteo de Gonzalo no debe confundirse con lo que se observa en el escenario nacional, que suele acercarse más a las políticas de la incapacidad, que es otra cosa.
La discusión: “No me interesa construir un proyecto alrededor de mi nombre. Discutir discapacidad es discutir educación, trabajo, transporte, vivienda, cultura, tecnología y democracia. Y qué tipo de sociedad queremos construir. Esa, para mí, sigue siendo la discusión más profundamente peronista que existe”.
Aclara varios asuntos: “No me siento peronista por nostalgia ni por identidad partidaria, sino porque creo en valores como la justicia social, la movilidad ascendente, la comunidad organizada y la idea de que el Estado tiene la responsabilidad de garantizar derechos, especialmente para quienes parten de una situación de mayor vulnerabilidad”.
“Sería muy ingenuo negar que el peronismo atraviesa una crisis profunda. A veces puede ser un ámbito incluso tóxico, un movimiento demasiado ocupado discutiendo liderazgos, candidaturas e internas, mientras millones de argentinos discuten cómo llegar a fin de mes. Cuando la política habla más de sí misma que de la gente, empieza a perder legitimidad”.
¿Ubicación en la interna? “No me caso con nadie. Trataré de representar al colectivo de discapacidad. Tengo que responder a ellos. No a Cristina ni a Axel”.
Estrategia: “No alcanza con esperar que el gobierno se equivoque. Construir una alternativa significa ofrecer un proyecto de país, no solamente una lista de críticas”.
La mala palabra
Para Gonzalo las personas con discapacidad no están rotas: “La sociedad sí lo está. Cuando hablo de transformar la realidad, no pienso en una consigna para un acto. Pienso en que una persona con discapacidad consiga trabajo, que una familia deje de mendigar una prestación o que un joven pueda proyectar su vida con dignidad. Si la política no cambia la vida cotidiana de la gente pasa a ser marketing”.
Con la tablet a mil Gonza postula: “Confundimos el liderazgo con el poder. Nos enseñaron que lidera el que más habla, da órdenes, tiene más seguidores o el que aparece primero en la boleta. No estoy tan seguro. Para mí, un líder no es el que logra que todos lo sigan, sino el que consigue que más personas se animen a caminar por sus propios medios. Quizás esta mirada también tiene que ver con mi historia. Nunca pude levantar la voz para imponerme. Entonces aprendí otra forma de liderar: escuchando, haciendo preguntas, construyendo consensos y convenciendo con ideas más que con volumen”.
“En política necesitamos menos caudillos y más constructores. Menos personas convencidas de que tienen todas las respuestas y más dirigentes capaces de hacerse buenas preguntas. Los problemas de la Argentina ya son demasiado complejos como para creer que una sola persona puede resolverlos”.
“Si algún día tengo un rol de liderazgo, me gustaría que se mida no por la cantidad de personas que me siguen, sino por la cantidad de personas que ayudé a crecer. Creo que esa es la única forma de construir un proyecto que sobreviva a los nombres propios que tanto daño nos han hecho”.
Gonza va guardando sus cosas pero antes de meter el parlante en la mochila alcanza a decirme: “Hay gente con bronca y la expresamos. Y otra parte de la sociedad está agotada de no sentir que alguien piense en ella. No hay libertad si te dejan afuera del sistema. Por eso el cambio real no es incluirnos. Es dejar de construir un mundo que nos excluye. Y no hay nada más revolucionario que una persona que una persona que se permite ser como es, sin culpa. Discapacidad no es una mala palabra. Es una categoría política. Mala palabra es injusticia”.
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