Nota
Ver para creer: Entrevista a Silvia Federici
Nació en Italia, vive en Nueva York y cabalga por el mundo montada en su libro para conocer experiencias sociales que resisten al capitalismo. En Paraguay presidió el encuentro de economía feminista que debatió cómo crear otras respuestas. Su inspiradora mirada sobre los conflictos que sacuden al mundo hoy. ▶ CLAUDIA ACUÑA
Nadie comenzaría presentando a Carlos Marx o a Michael Focault, ponele, describiendo su silueta, pero todos los retratos de Silvia Federici se detienen primero en su figura menuda y sus ojos vivaces. No es que quieran así alertarnos que las intelectuales tienen cuerpo (y lo ponen para producir teoría), sino una clásica manera de meterse con lo que ese cuerpo femenino representa: un territorio social, sobre el cual todos pueden opinar. Esta técnica de disciplinamiento está tan naturalizada que señalarla es irritante. Primera lección: si algo nos enseñó la enorme Silvia Federici es a romper las pelotas.
Ella comenzó a hacerlo en los años 70 cuando escribió un ensayo para discutir con los dos pesos pesados de la izquierda intelectual: Marx y Focault, precisamente. Su debate se centró en los puntos nodales que construyeron el pensamiento de cada uno, que es lo mismo que decir que los pateó directo a las bolas.
A Focault le cuestionó el concepto mismo de biopolítica. A Marx , “la acumulación originaria”, que es la que explica, nada menos, cómo el capitalismo logró suceder al feudalismo. Es decir, de qué forma se produjo ese proceso, cómo llegó al poder y a partir de qué.
Toda la importancia actual del pensamiento de Federici ya está presente en este ensayo crucial. Y así como leer hoy a Marx resulta nostálgico, cada línea del ensayo de Federici es tremendamente actual y se convierte en lupa y brújula: señala y orienta.
Sin embargo, aquel ensayo original de Federici no produjo ni furor ni polémica. Su garantía de invisibilidad se la dio la etiqueta: era feminista.
En los 80, Federici llegó a una Nigeria que soportaba el azote de esa peste llamada “política de ajuste” y ahí vio exactamente lo que había escrito. Actualizó con esa experiencia su ensayo y el resultado es un libro inspirador: Calibán y la bruja. Traducido al castellano recién en 2010 y disponible en la web libremente, comenzó a fermentar desde los márgenes, por fuera de la academia, alimentando grupos de lecturas, debates y acciones que conspiraron hasta crear una nueva generación de feminismos, paridos por este marco teórico central. Para decirlo rápido y fácil, El Calibán y la bruja es al feminismo moderno lo que El Capital al viejo marxismo.
Ahora mismo Federici está en Asunción del Paraguay, rodeada de varias docenas de académicas latinoamericanas que componen el Grupo de Estudios de Economía Feminista. Organizaron este encuentro para intercambiar investigaciones, miradas, información y estrategias, además de abrazos. Parada en el centro para la foto de cierre, Federici sonríe. Es una sonrisa pícara, divertida, que no parece dirigida a la cámara, sino a la Historia.
Es la imagen que nos enseña algo que ya sabemos: era por abajo.
Biopolítica es el útero
¿Qué escribió Federici que hoy resulta tan claro, tan fundamental y tan inspirador?
Lo primero que hay que decir parece básico, pero ha sido hasta ahora lo que más le han negado: su ensayo es una teoría económica. Explica cómo fue posible que el capitalismo se instale como sistema de poder y a partir de qué mecanismos lo hizo: la acumulación por despojo. El punto en que se separa del concepto marxista es ahora clave: el factor que permitió esa acumulación originaria no fue el trabajo asalariado, sino la tierra. Y así el sujeto a dominar, explotar y convertir en mercancía, deja de ser el obrero y pasa a ser una eterna olvidada por las teorías políticas, desde las más reaccionarias hasta las más revolucionarias: las mujeres.
Federici lo demuestra recordando un genocidio invisibilizado: la llamada “caza de brujas”, llevada a cabo durante los siglos 16 y 17, determinantes para el proceso de ascenso del capitalismo al poder. Las cifras de la masacre: entre 2 y 5 millones de mujeres torturadas y quemadas en la hoguera europea. Un par de ejemplos basta para dimensionar esta monumental cifra: 70.000 mujeres fueron quemadas en la plaza pública alemana y 35.000 en un solo pueblo de Escocia. “La caza de brujas está relacionada con el desarrollo de una nueva división sexual del trabajo que confinó a las mujeres al trabajo reproductivo”, señala Federici.
El porqué de este genocidio: para acabar con el feudalismo, el capitalismo necesitó aumentar el mercado de trabajo, eliminando la agricultura de subsistencia y cualquier otra práctica de supervivencia autónoma. La “caza de brujas” representó el brutal proceso de disciplinamiento social que convirtió a las mujeres en un “bien común” destinado a producir lo que la sociedad requería: futuros obreros.
Así los úteros de las mujeres “se transformaron en territorio político controlado por los hombres y el Estado: la procreación fue directamente puesta al servicio de la acumulación capitalista”.
Así se demonizó cualquier forma de control de la natalidad, se separó la sexualidad de la procreación –masificando la prostitución- y se esclavizó a las mujeres, “socializando” su aporte productivo al nuevo sistema de dominación. Ese trabajo de criar y sostener la vida no fue reconocido como tal. No tuvo nunca dimensión: ni salario, ni cálculo económico.
Así, sin valor ni reconocimiento, producir y reproducir vida fue un factor central para la instalación, consolidación y expansión de un sistema de poder basado en la explotación humana.
Esto es biopolítica, le enseñó Federici a Foucault.

Federici junto a las disertantes del Congreso de Economía Feminista Emancipatoria en Asunción, Paraguay.
Foto: Nacho Yuchark
De qué lado estás
Federici nació en Italia, vive en Nueva York y cabalga por el mundo montada en su libro, que la lleva siempre a las periferias, porque es ahí a donde apunta su brújula. Aprendió, por eso mismo, a hablar en castellano para exponer su pensamiento sin traducciones, pero fundamentalmente para conversar: le interesa recoger experiencias concretas y de ellas habla
cuando expone su teoría. Entrevistarla supone, entonces, sintonizar un noticiero de luchas que no vio por tevé o leyó en los diarios –que por cierto, las ocultan-, sino que conoció a través de personas con las que conversó en esos viajes con los que zurce vínculos.
Para que quede claro: Federici no hace turismo intelectual, sino agricultura social. Siembra y cosecha.
La conversación, entonces, comienza con ella preguntando sobre qué quedó en pie, tras el cambio de gobierno, de política y de caja de reparto social, desde la última vez que visitó Argentina, hace dos años, y recorrió desde la Villa 31 hasta los bordes de la Patagonia. Recién cuando termina de recoger las noticias de las últimas batallas, comparte su mirada sobre el presente, tratándola de sintonizarla con las necesidades de quien la escucha y ahora, la lee.
Como en su libro, borda imágenes, experiencias, análisis y teoría.
Como en su vida, arriesga por dónde buscar horizontes.
Lo primero, entonces, es señalar el punto de partida: “Estamos en un momento en donde no hay lugar para estar en el medio. Se trata de elegir de qué lado estás: de la vida o de la muerte”.
Postales de la actualidad
¿Qué ve Federici? “Veo un proceso muy claro y muy complejo. Veo un sistema que está acumulando brutalmente todas las riquezas del planeta y que impide violentamente que las comunidades tengan acceso a esos recursos, porque no puede haber nada ni nadie que los utilice para otra cosa que no sea producir ganancias. Veo que es cada vez más difí- cil oponerse a este sistema si no hay capacidades diferentes de producción”.
Luego, literalmente, describe lo que ve: “En Costa Rica estuve siete horas para recorrer 100 kilómetros de una carretera, por la cantidad de camiones que la atascaban. Son los que transportan las mercaderías que importan desde China. Tuve mucho tiempo, entonces, para mirar por la ventanilla: durante las siete horas no vi otra cosa que plantaciones de bananas, envueltas todas las plantas con una camiseta azul, que contiene los pesticidas. Eso es el capitalismo actual: un país condenado a producir solo bananas envenenadas y a comprar todo lo demás a los favoritos del sistema, que son poquísimos”.
¿Cómo un país se convierte en esa apocalíptica postal?, nos interroga Federici. “El capitalismo siempre ha tenido fases –de la agricultura al comercio, del comercio a la industrialización, de la industrialización a la globalización- así como ha sido constante su política de despojar y privatizar. Sin embargo, esta etapa de apropiación y control de los recursos naturales tiene nuevos mecanismos. Uno fundamental es arrasar con la cultura y la historia. Arrasar hasta vaciarla. Es eso lo que estamos viendo en Libia, Somalia, Afganistán, Irak, Siria. Ciudades y barrios enteros destruidos, millones de poblaciones desplazadas por la violencia. Lo que queda es, literalmente, un desierto. Un desierto sin historia, sin raíces, sin memoria. Y allí donde nosotras vemos horror y tristeza, las grandes corporaciones ven un lindo espacio para diseñar lo que quieran”.
En esta postal, señala Federici, “el conflicto central es por la tierra”. Un sistema de agricultura sin campesinos y de campesinos sin tierra expulsa poblaciones a periferias urbanas. Un sistema que produce guerras para cultivar desiertos, convierte a millones de personas en mano de obra barata en los centros de explotación europeos. “Lo que veo, entonces, son zonas rurales con monocultivos y sin habitantes, y zonas urbanas superpobladas y militarizadas para controlar así a las poblaciones expulsadas”.
Esa es la imagen del capitalismo actual.
¿Cómo resistir estos horribles destinos?
Federici nos hace ver algunas señales. “He observado que las comunidades más resistentes, aunque sean pequeñas, son las que más memoria colectiva tienen. Y la memoria colectiva no es algo congelado: se enriquece con cada generación. Cuando en la comunidad hay un sentimiento de estar en suelo, calles, tierras de sus ancestros, de los que lucharon por una forma de vida mejor, de los que hicieron tantas cosas por hacer de este mundo otro mundo, eso te conecta con algo mayor a vos misma. Así, el lugar al que perteneces te interpela. Así, se crea un sujeto colectivo, un bien común, que te permite reinterpretar los hechos y tus acciones. Construir esa historia es hoy parte de la construcción social de la resistencia”.
La historia sin fin
“El capitalismo nace de una resistencia al feudalismo. Esto es parecido. Para construir esa resistencia el capitalismo apeló a las pequeñas parcelas de tierra que podían producir una economía de subsistencia por fuera del señor feudal. Así comenzó a tejer su autonomía. Sin tierra, entonces, sin materialidad desde dónde construir formas de vida diferentes, es difícil crear resistencia, porque no hay materialidad desde dónde hacerlo. El proceso de despojo hoy es múltiple, pero comienza por ahí, por el territorio, porque así destruye lo central, que es la posibilidad de sostener otra forma de vida. ¿Cómo hacemos entonces para producir otras formas de vida, autónomas, autosuficientes? Esa es la pregunta central”.
La respuesta es la que intenta bordar ese espacio parido por Federici, que bautizó Economía Feminista y que propuso definir como “la ciencia de la resistencia”. Los textos, videos y exposiciones que compartieron en este encuentro pueden ahora leerse libremente en www.lavaca.org.
Así se está criando una nueva generación que está pariendo teoría a partir de las prácticas de movimientos sociales que sostienen, aquí y allá, otra forma de ver lo que hay y pensar qué hacer, entre todas, con eso.
Por eso sonríe Federici.
Porque está viendo cómo se están construyendo respuestas, que no son fáciles ni todavía contundentes, pero ya fermentan.
Así Federici nos recuerda lo que ya sabemos: la vida siempre es más fuerte.
Protesta social
Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse.
Por Lucas Pedulla Fotos Juan Valeiro/lavaca.org
A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.
–Si no trabajo, no como.
Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:
–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?
La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.
–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión.
–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.
Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor.
A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.
–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja.

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?
Luis es crítico:
–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”.
La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.
¿Qué espera?
–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo.
¿Hay opción B?
–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come.
Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.
Revista Mu
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo


Ley de Tierras y después: Cambio de tema
Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.
Por Claudia Acuña

Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre
Los incendios y el dragado que rompen el ecosistema, los countries ocupándolo todo, el extractivismo de arena para el fracking, las privatizaciones, la contaminación masiva, la indolencia estatal: el Paraná debería ser un río de todos, pero parece un río de nadie. Navegación desde Escobar hasta las Lechiguanas, pasando por Costa Pobre, barrio popular amenazado, que simboliza mucho de esta historia. Voces e imágenes de quienes siguen defendiendo la vida del aire, el suelo, el agua y la justicia.
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Atanor condenada por contaminación: La odisea
Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.
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Agroecología en Misiones: El libro de la selva
Una cooperativa agroecológica de quince familias produce alimentos sin químicos en medio de la selva misionera y muestra cómo cultivar de un modo sano y rentable. Unión Campesina, los secretos de la tierra, la casa de las semillas, y una decisión: hacer mucho y hablar menos. El método del Fukuoka misionero. ¿Cuál es la rueda que está girando?
Por Francisco Pandolfi
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Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto
Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Juan Valeiro

Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
Por Evangelina Bucari

El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder
¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

Zoe Hochbaum: Comerse el mundo
Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.
Por María del Carmen Varela
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Crónicas del Más Acá: Rambo al sur
por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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