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Adiós a Claudia Rodríguez: la Trans andina que propuso politizar el amor

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Referente del movimiento trans latinoamericano, activista, poeta, escritora y tanto más, escribió sobre su infancia, la militancia trans, la vida sexual y se autoproclamó Miss Sida en 2007. Claudia Falleció este 29 de Noviembre. Su pelea incluyó al pueblo mapuche, la educación pública, los sin techo, y planteó siempre una filosa crítica al neoliberalismo, que quita posibilidades de vida y las transforma solo en posibilidad de consumo. En uno de sus viajes a la Argentina compartió con la revista MU sus ideas sobre el orgasmo, el feminismo sin resentimiento, la creación, y por qué hay que politizar el amor. Un modo de homenajearla, de recordarla, y a la vez de volver a estar en contacto con un pensamiento y una acción que dejan una sensible huella cultural, artística y política.  

Por María del Carmen Varela

Foto: Lina Etchesuri


«Las travestis somos iguales que las mapuches del campo, igual que las mujeres antiguas que aprendieron de las abuelas cómo se hace el pan”, empieza Claudia Rodríguez en su libro Cuerpos para odiar, editado en Chile y replicado por editoriales under argentinas. “Nosotras aprendemos hablando con las viejas a pensar lo que tiene que ver con el cuerpo, sobre el deseo, que es lo mismo que aprender a ver. Ver por ejemplo que en el campo, las lechugas también tienen deseo, deseo del sol y lo persiguen hasta que logran que las bese. Las travestis somos igual que las mapuches: no necesitábamos ni leer, ni saber escribir para entender el mundo”.

Sin embargo, Claudia Rodriguez escribe y relata en su libro fragmentos de su infancia en un pueblito chileno de casitas precarias, tardes de novelas mexicanas, pies embarrados y juegos con hermanas y amigas. “Descosidas, manchadas, arrugadas, descalzas, paliduchas, rojizas, ojudas o achinadas, desnutridas, todas éramos salvajes, niñas sobrevivientes del frío. ¿Cómo me iba a imaginar que yo no era linda?”.

Adiós a Claudia Rodríguez: la Trans andina que propuso politizar el amor

Claudia Rodríguez. Foto tomada de la Comisión Provincial por la Memoria. 

En su libro Claudia narra la pena profunda que vivió cuando le cortaron los cabellos porque tenía que ir al colegio, la preocupación de su madre (“aprende a leer y escribir y no seas como yo, analfabeta”), su deseo de ser una niñita, las burlas de los demás. “Nací donde nadie me quiere”, resume, y utiliza su biografía como disparador de preguntas inquietantes sobre el pecado, el miedo, el castigo, la inyección de aceite espeso, la ingesta de hormonas, la elección de un nuevo nombre, la operación de cambio de sexo, la prostitución. “A ti te queda bien un perfume dulce, los tacos más altos y un poco de silicona en las tetas”, cuenta que le sugiere un cliente. Y agrega en chileno puro: “Y terminai convertía en algo que jamás te imaginaste”.

Miss sida

Claudia se autoproclamó Miss Sida 2007. No hubo concurso: “Soy la travesti que asume públicamente toda la vergüenza de la epidemia”, asegura. Fotos de cuerpos de travestis asesinadas ilustran la tapa de Cuerpos para odiar: “He sido tan odiada que tengo razones para escribir. Nunca fui una esperanza para nadie. Junto las letras y escribo mediocremente sobre este vacío. Escribo porque no he sido la única. Con mis amigas travestis hemos sido rechazadas porque el cuerpo es sagrado y con él no se juega. Por eso escribo, por todas las travestis que no alcanzaron a saber que estaban vivas, por la culpa y la vergüenza de no ser cuerpos para ser amados y murieron jóvenes antes de ser felices. Murieron sin haber escrito ni una carta de amor”.
Durante diez años Claudia trabajó en Fonosida, una línea de información sobre VIH. Se trataba de conversaciones confidenciales para hablar de salud y dar información para que las personas pudieran tomar sus propias decisiones. “Esa experiencia me marcó porque hubo llamadas que hablaban de que había hombres que tenían prácticas sexuales con travestis pero no se reconocían de otra forma que no fuera la heterosexual, negaban que podía haber hombres que gustaran y amaran a personas travestis”, cuenta a MU. “En lo personal, reflexioné y dije: puedo ser amada. Antes de eso yo pensaba que iba a ser excepcional vivir una relación de pareja. Uso esa información a mi favor; ya nadie me puede decir que en algún momento de mi vida no voy a poder ser amada, por lo tanto con el tiempo me doy cuenta de que no faltan hombres que me puedan amar. Esa verdad, eso que nos ha sido tan negado, existe. Y yo empiezo a hablar de eso, que con toda mi monstruosidad, haber transformado mi cuerpo, haberle puesto silicona, que hace que mi cuerpo sea una máquina, un cuerpo peor, que sale de la norma, tengo derecho a existir. Hablar de estos temas da la posibilidad de que mi comunidad tenga la opción de escuchar y se pueda reconciliar consigo misma. Hablar de monstruosidad, de pobreza, hablar de manera desvergonzada, es siempre liberador”.

Susurros

Claudia creció en tiempos de dictadura militar, tiempos en los que había que llegar a casa temprano porque regía el toque de queda. Cuenta que su padre salía de trabajar y muchas veces encontraba cuerpos baleados en su camino. “Crecí con el susurro del miedo. Soy tan respetuosa porque estoy llena de miedo”, dice ahora. Su madre se trasladó a Santiago en busca de una vida mejor, pero su familia tuvo que vivir mendigando. “Nuestras vidas no valían un peso: teníamos que dejar de ser lo que la tradición decía para construirnos en obreros obedientes, en soldados, sin ninguna posibilidad de tener autonomía. En ese juego yo percibo que fui una infancia que no tenía proyecto. La mirada del mundo no reconocía que una existencia tan marginal pudiera sobrevivir y llegar a ser una persona universitaria, una activista, una filósofa. No daban un peso ni por las mujeres antes de mi madre, ni por mi madre ni por mí”.
Pese a todo Claudia llegó a la universidad y mientras cursaba el Diplomado en Género se topó con algunas autoras feministas. Eso le dio herramientas para poder hurgar en su propia historia familiar, hacer reflexiones críticas e indagar en los datos de los recuerdos de su propia biografía: casi no encontraba datos de sus antecesoras.
Ahora con su libro, Dora, su madre, le preguntó: “¿Para qué escribes sobre mí?”.
Claudia le respondió que lo hace para que el mundo sepa que ella existió.
La madre aún vive en Santiago: “Me está esperando”.

Trans en el consultorio

Con dos décadas de activismo, Claudia sostiene la bandera de la lucha identitaria y menciona otras luchas a las que se suma la comunidad chilena de travestis, transgéneros y transexuales: la mapuche, la educación pública, un sueldo digno, la salud, los sin techo. Critica que el neoliberalismo les ha dado a esas poblaciones un solo derecho: el de consumir, sin mejorar sus condiciones de vida. Y objeta que para la academia siguen siendo objeto de estudio pero no les dan espacio: “Me he llevado de diferentes formas con la academia: al principio la escupía. Luego cuando hice el Diplomado vi que era un espacio que había que ocupar. En este momento hay ciertas observaciones que se le pueden hacer al feminismo académico: que le falta práctica, que habla desde afuera y que necesitamos que el feminismo reconozca sus prácticas, se reconcilie con ellas y que la ética sea la práctica y la práctica sea la ética”.
Claudia cuestiona que las académicas tampoco les reconocen su fuerza laboral y les reprochan que las travestis no van al consultorio a hacerse los exámenes. Por qué: “Cuando una va a los consultorios ve que en los afiches hay presencia de las formas de ser mujer: embarazo, dar de mamar. En esos afiches no se dice nada de nosotras. Siento que no tengo cabida para hablar de mis prácticas no reproductivas. No hay una salud dirigida a las personas travestis, transgénero y transexuales donde el tema no sea la reproducción, sino qué es el placer. Tampoco otras situaciones que vivimos como la salud mental, la drogadicción, el VIH, enfermedades de transmisión sexual, siliconas, hormonización y las respuestas a una salud integral trans. El servicio de salud no esta dispuesto a hablar de otros temas que no sean la reproducción. Eso nos agrede, nos mantiene en la marginalidad. En Chile estamos fragmentadas, muy divididas, no se ha podido instalar esta lucha de cómo mejorar nuestra situación económica. La mirada es esa, la posibilidad de poder trabajar tranquilas, para algunas en el trabajo sexual y para otras en la explotación sexual, es un camino que me interesa que se impregne en el activismo chileno. Tenemos que hacer alianzas con el activismo trans y travesti argentino porque podemos aprender mucho”.

El orgasmo

La entrevista se vuelve al revés: Claudia propone hablar del deseo y el placer del cuerpo travesti, transgénero, transexual. “De eso no se habla. Hace poco estaba conversando sobre la sexualidad de las compañeras que nos operamos y descubrimos que no hay organizaciones de operadas, que no hablamos de nuestro deseo, de nuestro placer, del post operatorio; nos operamos y cada una por su lado. Podría ser importante hablar de nuestro primer orgasmo: para mí fue descubrir algo porque en realidad se produjo con tanto dolor, y yo no sabía que ese dolor era puro placer”.
Hablemos entonces, del orgasmo: “Mi primer orgasmo fue cuando estaba durmiendo. Estaba teniendo un sueño erótico y de repente empiezo a sentir cosas entre mis piernas que no había sentido nunca, que no las identificaba. Vino un ardor, sentí como si hubieran pasado una Gillette por mi entrepierna y de repente hubo una explosión que me hizo sentir maravillosa, una sensación que nunca había sentido. Hablando con mis compañeras, del equipo de Fonosida, todas profesionales feministas, me dijeron: Claudia, fue tu primer orgasmo. Entonces pensé en cuántas compañeras operadas se negaron a sentir ese dolor que en el fondo no era dolor: era placer. Nadie nos dijo que iba a ser así la primera vez, por lo tanto no es tema de conversación. Tuve otras experiencias sexuales donde no hubo penetración y sin embargo ocurrieron orgasmos. Se sobrevalora la penetración y se habla poco de lo que pasa en el cerebro. Cuando tienes oportunidad de reflexionar, de conocerte, de hablar, de salir del miedo, tu cerebro es capaz de llevarte a experiencias de placer incluso sin penetración. Me daba cuenta que de repente juega tanto la salud sexual en el orgasmo, en el placer, en la satisfacción, en el contacto con la vida, y que podría entonces llevar esta conversación a liberar a un montón de compañeras que nos operamos renunciando a las consecuencias que podría tener y que nos lanzamos a la operación sin ningún conocimiento porque nunca nadie nos habló de esto. Esto no lo saben psicólogos y psiquiatras: lo sabemos nosotras”.

Riqueza pura

En su estadía en Buenos Aires, Claudia participó del ciclo Cotorras, un espacio de encuentro artístico trans y travesti en MU Trinchera Boutique. Allí leyó sus poemas, dialogó con la artista trans Susy Shock, que oficiaba de presentadora, y con Naty Menstrual, también artista trans, que participó como público. “Me puse un poco nerviosa con las preguntas de la Susy. Fue maravilloso que la Naty haya estado ahí, fue muy significativo para mí que haya ido a verme porque no nos conocíamos. Fue muy bonito”.
Claudia reflexiona acerca de la posibilidad que le brindaron esos días de tomar contacto con el activismo local: conocer el Bachillerato Popular Mocha Celis, ver el archivo de la Memoria Trans, escuchar sobre el proyecto de ley “Reconocer es reparar”, que busca un reconocimiento económico a las mujeres trans y travestis de más de 40 años que fueron víctimas de violencia institucional en las últimas décadas. “Hay una tendencia histórica de instalarnos solamente en lo víctimas que somos para el sistema. Dado que he escuchado a mis compañeras argentinas que proponen que ‘Reconocer es reparar y el cupo laboral para travestis y trans, he sentido que para allá va donde yo tengo que hacer mi activismo, politizarlo en ese sentido, porque si no, no va a poder ocurrir una movilidad social para nosotras las travestis”. Durante la entrevista, las activistas trans Violeta Alegre y Marlene Wayar escuchan con atención a Claudia. “Lo que nosotras vemos en vos es riqueza pura”, dice Violeta. “No te puedo creer”, se sorprende Claudia. “Estamos pensando y produciendo más o menos por los mismos lados, en diferentes lugares del mundo, sin habernos conocido y esto hace que el encuentro sea un reconocimiento casi inmediato”, suma Marlene. Claudia: “Si, estamos juntas, unidas. Nos pasa lo mismo”.

Feminismo sin venganza

Lo que plantea Claudia resuena más allá de lo trans para cualquiera que la escuche. Está hablando de política, de romper el cascarón y lo binario, de asumir la vida y la libertad, de romper el estereotipo. Su nueva creación es una obra de teatro llamada Vienen por mí que combina stand up, performance y danza butoh. En un escenario en el que las trans y travestis son asesinadas a cielo abierto, “advierto que vienen por mí, y por eso mismo pueden venir por cualquiera de nosotras”. ¿Qué hacer? “El feminismo nos permite hablar de la esperanza”, dirá. ¿Una propuesta? “Politizar el amor”.
El rencor y la venganza son territorios recorridos y reivindicados en la obra de Claudia. Dedicó energía, palabras y gestos a describirlos y abrazarlos. “Decía: yo soy tan resentida que quiero venganza ahora. Pero trabajando este otro activismo feminista más reflexivo, estamos más preocupadas por lo que ha hecho el activismo en nuestro cuerpo, en nuestra salud, en nuestra vida, y la enunciación de la venganza es poco feminista, es más bien patriarcal. Y hacer esta reflexión de política y amor es mucho más feminista. A mis cincuenta años, con más de veinte años de activismo, he pasado por situaciones de salud que han puesto en riesgo el activismo y mi vida. Es mejor proponer el abrazarse, el encontrarse, el reconocerse, como prácticas de una política. Tiene que ver con mi edad: yo en este momento quiero tranquilidad, aprecio más los espacios sin violencia, donde se pueda conversar, en donde yo con la diversidad de activismos travestis que hay en Chile, no tenga que confrontar sino que pueda darme la posibilidad de construir”.
Claudia trabaja hoy en Fondo Alquimia, organización feminista que moviliza recursos para organizaciones lésbicas y trans. “Para mí significó tener una estabilidad económica: soy una travesti muy privilegiada. En la primera presidencia de Sebastián Piñera me despidieron, trabajaba en atención telefónica, y como tenía unos fanzines los empecé a vender en la calle. Ahí se me dio la posibilidad de que muchos me conocieran por vender mis cosas en el suelo”.
Cree que allí se inició una red que se sigue tejiendo siempre: “Y que tuvo que ver con que una estaba siendo una voz nueva”.

 

Fotos: Lina Etchesuri /lavaca.org

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Del dicho al hecho: Los crímenes de odio baten récords

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En 2025 se produjeron 227 crímenes de odio contra personas de la comunidad LGTBIQ+: 60% más que el año anterior. En la Argentina mileísta, cada 38 horas una persona es atacada a causa de su orientación sexual o identidad de género. El combustible: la violencia y discriminación desde el gobierno, empezando por el Presidente, y el desmantelamiento de políticas públicas. La precarización de la vida privada y lo que ocurre cuando el Estado se retira.

Por Evangelina Bucari

En la Argentina mileísta, cada 38 horas una persona es atacada a causa de su orientación sexual o identidad de género. En Cañuelas, un hombre le prendió fuego a la casa de una pareja de lesbianas. En Recoleta, dos mujeres, de 26 y 24 años, caminaban de la mano cuando un hombre las frenó y las increpó: una terminó con la nariz fracturada; la otra, con lesiones en la mano. En Palermo, un joven gay fue brutalmente golpeado y le rompieron la mandíbula. En Neuquén, Azul Mía Natasha Semeñenko fue asesinada, sin haber podido “ser Azul del todo” porque no recibió su hormonización.

Ninguno de estos hechos violentos de 2025 fue excepcional. El año pasado se registraron 227 crímenes de odio contra personas lesbianas, gays, bisexuales, trans (travestis, transexuales y transgéneros) y otras identidades disidentes. Según el informe anual del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT+, fue el año más violento desde la creación de este organismo, con un crecimiento de más del 60% respecto de 2024, cuando se habían registrado 140 casos. Se trata, dice el relevamiento, de un aumento “abrupto, excepcional y cualitativamente distinto a la progresión observada en los años anteriores”.

La violencia por odio hacia el colectivo LGBT+ se intensificó en un contexto de desmantelamiento de políticas públicas, vaciamiento de organismos de protección, paralización de la agenda legislativa en materia de derechos y consolidación de discursos fascistas que estigmatizan a la diversidad.

Para María Rachid, titular del Instituto contra la Discriminación de la Ciudad de Buenos Aires e integrante de la Federación Argentina LGBT+ (FALGBT), el drástico aumento de estos crímenes en Argentina no puede separarse de los discursos de odio que provienen del gobierno nacional. “Tanto el presidente como funcionarios y allegados se expresan de manera violenta y discriminatoria hacia la comunidad LGBT en general y, principalmente, hacia la comunidad trans”, describe Rachid. “Y eso –agrega– genera mayor violencia y discriminación en la vida cotidiana. Esos discursos terminan legitimando, avalando y fomentando la violencia hacia nuestra comunidad”.

Esa realidad se percibe en lo cotidiano. Ayito Cabrera, director y fundador de la organización Espacio Tolomocho –que nuclea a personas trans con discapacidad–, advierte que el aumento no se limita a los casos visibles, sino que se expresa en formas más silenciosas y estructurales de violencia, atravesadas por la precarización económica y el desfinanciamiento.

“Los pedidos de ‘apañe’ de personas trans se multiplicaron considerablemente”, resume. Ese crecimiento, explica, tiene directa vinculación con la dificultad de acceder a un trabajo que permita sostener condiciones básicas de vida: comer cuatro veces al día, estudiar y alquilar. Cientos de personas travestis, trans y no binarias perdieron sus empleos en ámbitos estatales y muchas se quedaron sin acceder a medicamentos o tratamientos.

RADIOGRAFÍA

El informe elaborado por la FALGBT y las Defensorías del Pueblo de la Ciudad y de la provincia de Buenos Aires permite visibilizar la violencia cotidiana y su naturaleza.

Más de un tercio de los casos corresponde a ataques contra el derecho a la vida, que incluyen asesinatos, suicidios o muertes vinculadas a condiciones estructurales, mientras que casi dos tercios son agresiones físicas que no terminaron en muerte. Rachid aclara que hay un subregistro, “porque hay casos donde no se desarrolla ninguna línea de investigación relacionada a la posibilidad de un crimen de odio”.

En ese punto aparece uno de los datos más significativos del período: las agresiones físicas se duplicaron en un año y pasaron de 73 a 147 casos, un incremento del 101,4%.

Las muertes vinculadas a crímenes de odio se mantienen altas y con un patrón sostenido. En 2024 se registraron 67 casos (17 asesinatos, 44 muertes por violencia estructural y 6 suicidios), mientras que en 2025 la cifra ascendió a 80 (16 asesinatos, 53 muertes por violencia estructural y 11 suicidios), es decir, un aumento del 19,4%. Ese crecimiento incluye un dato especialmente preocupante: los suicidios casi se duplicaron en un año.

Las mujeres trans siguen siendo las más afectadas y concentran el 62,56% de los casos registrados. En segundo lugar se ubican los varones gays (22,03%), seguidos por varones trans (7,93%), lesbianas (5,73 %) y personas no binarias (1,76%).

Pero el documento advierte algo más: es un fenómeno que se expande. Entre 2024 y 2025, los ataques contra varones trans pasaron de 5 a 18 casos. Y las agresiones contra personas no binarias, que ni siquiera aparecían en registros anteriores, se duplicaron.

Ayito Cabrera describe con crudeza cuando además hay intersección de violencias. “Quienes somos personas trans con discapacidad vivimos una doble vulnerabilidad y una discriminación estructural histórica”, advierte. En ese contexto, señala, la falta de políticas públicas agrava condiciones ya precarias y profundiza el abandono.

Para el fundador de Espacio Tolomocho, las identidades trans –en especial, las transmasculinidades– se convirtieron en blanco de discursos que buscan deslegitimar derechos conquistados. “En esta intersección, nuestra identidad se ha convertido en chivo expiatorio de una campaña internacional de las derechas globales. En nuestro territorio, eso se traduce en necesidades básicas –salud, vivienda, trabajo– gravemente afectadas: las hormonas se han vuelto prácticamente inaccesibles, la atención sanitaria se deteriora y la falta de empleo impide sostener una vivienda”, detalla Ayito.

En este sentido, las cifras no pueden interpretarse de forma aislada, sino como parte de un entramado de violencias estructurales, simbólicas e institucionales que impactan de lleno en las condiciones de vida.

Otro tema preocupante es un crecimiento sostenido de agresiones en comisarías y establecimientos penitenciarios, junto con un dato que marca un punto de quiebre: la participación de fuerzas de seguridad pasó de 17 casos en 2024 a 64 en 2025. Esto consolida a la violencia institucional como uno de los principales vectores de agresión, en especial contra la población trans y, en particular, contra las mujeres trans.

Rachid señala que esto no resulta sorpresivo. “Cuando aparecen o se instalan gobiernos de derecha, las fuerzas de seguridad se sienten más avaladas para ejercer su violencia hacia los grupos vulnerados en general y la población LGBT en particular”, explica.

LA ANTIAGENDA

El hecho de que el registro más alto de toda la serie histórica del Observatorio se produzca durante el gobierno de Javier Milei es un dato cargado de sentido. Desde que comenzó su mandato, siguiendo la agenda de ultraderecha de su amigo Donald Trump, el presidente argentino promovió discursos que cuestionan derechos, deslegitiman identidades de género diversas y contribuyen a habilitar formas más intensas de violencia contra las personas LGBT+, como quedó demostrado durante su intervención en Davos en enero de 2025.

Esa violencia simbólica vino acompañada de la eliminación de programas, organismos y dispositivos estatales que cumplían funciones centrales en la prevención de la violencia y el acompañamiento de las víctimas. La disolución del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), por ejemplo, dejó a la población LGBT+ sin un canal institucional específico para denunciar actos discriminatorios. El informe lo sintetiza en una frase que funciona como advertencia: “Allí donde el Estado se retira, el odio encuentra condiciones para expandirse”.

Esa relación entre discurso y violencia también aparece en la experiencia cotidiana de las organizaciones. Para María Rachid, los informes no solo marcan un aumento de los crímenes de odio, sino que evidencian su vínculo con los discursos que circulan desde el poder.

Agrega que, a partir de expresiones públicas de funcionarios y del propio Milei, se produjo un cambio perceptible: crecieron las denuncias, las consultas y también la violencia cotidiana. “Hay evidencia de esa relación directa. Lo muestran los informes, pero también se puede ver en las redes sociales de cualquier organización LGBT”, plantea Rachid.

Ocurre que cuando esos discursos provienen de una voz de autoridad como lo es el Poder Ejecutivo Nacional, el impacto es concreto. No solo habilitan la violencia, también la legitiman.

Desde el Espacio Tolomocho explican que lo que antes circulaba como insulto marginal hoy es retomado por funcionarios y medios, ampliando su alcance y su legitimidad social, y habilitando agresiones físicas, institucionales y discursivas con mayor impunidad.

Las consecuencias de ese proceso también se observan en el acceso a derechos básicos, como la ley de cupo laboral. Los despidos en la administración pública y la falta de implementación efectiva de estas normativas profundizaron la exclusión de la población trans y empujaron a muchas personas a situaciones de extrema precarización.

En este contexto, espacios como Tolomocho adquieren otro sentido y se transforman en redes de contención y cuidado, un recurso fundamental en tiempos hostiles. “Somos personas trans con discapacidad profesionales en nuestras áreas, editamos libros, hacemos muestras de arte, damos clases, trabajamos en accesibilidad. Apostamos a la educación y al arte como formas de construir otra sociedad”, explican.

En un clima social marcado por el ascenso de los discursos de odio, la discriminación y el individualismo, la respuesta vuelve a ser colectiva. La organización, la denuncia y la presencia en las calles se tornan fundamentales ante una avanzada antiderechos que tiene en el propio Estado nacional a uno de sus impulsores.

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La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

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Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.

Por Bernardina Rosini

El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: Nanny Pelazzini/lavaca.org.

Lo que no se puede creer

Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.

Varones

Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema?

«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nanny Pelazzini/lavaca.org

La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.

Dónde está Delicia

Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.

Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.

Justicia sin apellido

Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»

Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.

La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nanny Pelazzini/lavaca.org

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El 3J porteño: Vamos

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Por Claudia Acuña

Fotos: Juan Valeiro

Muchas: eso fuimos. Muchísimas más que la última vez y ojalá que menos que la próxima, o mejor: que no sea necesario una próxima. Que al fin podamos descansar y dedicarnos a otra cosa en lugar de escribir con marcador en un cartón: “Ayer estaba viva. Hoy mi hermana es la foto de este cartel” o salir del trabajo donde estamos paradas ocho horas por dos pesos para sumarnos últimas, con lágrimas regando las mejillas y la convicción de exigir justicia por la compañera que acuchilló su novio hace dos días, en ese femicidio que en la tele informaron como resultado de “una infidelidad”. Con esa orfandad de sensibilidad y respeto, que abona el permiso social para carnear mujeres están hablando en los medios de Noelia, 30 años, de Temperley, la compañera de este grupo de chicas que no pueden decir dónde trabajan porque la firma se los prohibió. “Ella ya lo había denunciado porque sufría su violencia, se había separado y ese día iba a sacar sus cosas de la casa. Él le dijo que no iba a salir viva de ahí, la tomó de rehén y ella pidió ayuda al 911, la policía demoró y cuando llegó no supo cómo intervenir: fue peor”, cuentan temblando. Masacradas primero, criminalizadas luego, silenciadas después, lo que queda es estar ahí con los carteles escritos a las apuradas y el llanto incontenible, al final de la concentración que un grupo decidió que no sea marcha ni disponer de lugar donde el dolor de las familias descanse (aprendan de Córdoba, orgas porteñas), pero no importa porque no es lo importante.

El 3J porteño: Vamos

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org

A pocas cuadras y sobre Hipólito Yrigoyen están las madres de Brenda y Morena, dos de las tres masacradas en el triple narco femicidio agradeciendo que la multitud las abrace y sin esperar –ni ellas ni la multitud– ser referente de nada ni vocera de nadie: ser una más es ser Ni Una Menos.

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Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org

A metros del cine Gaumont no es la casualidad sino la fuerza de esta marea la que hace chocar a la actriz Laura Paredes con Teresa Laborde. Laura interpretó a su mamá –Adriana Calvo– en la película Argentina, 1985. Teresa es lo que allí se contó: la nena que nació en un Falcon Verde, hoy una bella y luchadora mujer: su sonrisa es el símbolo de una victoria social y el abrazo entre ambas es la postal de la inquebrantable alianza entre el arte y la memoria. De ese caudal abreva esta marea. Somos las hijas y las nietas de la batalla por la justicia.

El 3J porteño: Vamos

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org

“Estoy en contra de todo gobierno que quiera sacarme mis derechos” enarbola una chica con capacidad para sintetizar lo que este movimiento expresa políticamente.

“Faltan 10 femicidios para que empiece el Mundial” es el mensaje impreso en una hoja A4 que reparte una señora.

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Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org

“Merecemos vivir sin miedo”, gritan ambos carteles que traen desde Avellaneda Luna, 9 años, y Tatiana, 18, sobrina y tía, mientras caminan la Avenida de Mayo de la mano y cuentan que esta es su primera vez. “Hablamos ayer con mis hermanas. Nos escuchamos. La verdad es que este gobierno se está pasando de la raya con este tema. Yo le conté que todos los días camino por la calle con un ojo en la espalda. Ninguna queremos que ella crezca así. y decidimos que teníamos que estar. Ellas trabajan y no podían venir, pero decidimos que nosotras sí y ahora están pendientes del teléfono para saber si estamos bien. Y estamos bien porque hay mucha gente por suerte”.

El 3J porteño: Vamos

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org

Mucha gente, sí. Muy joven en su gran mayoría, más varones que otras veces, también y pocas columnas de organizaciones, la mayor parte ocupando la primera fila de lo que calculan el foco de las cámaras. El ancho resto, que desborda la plaza y riega Avenida de Mayo hasta la 9 de Julio, está poblada por las incontenibles gotas de esta marea que emerge con el grito que transforma el dolor y la tristeza en organización y rebeldía.

Quizá no sea una suerte, pero casi.

Quizá eso que grita Ni Una Menos sea la providencial expresión de un acto de fe en ese nosotras que nos impulsa a salir a las calles de todo el país sin especular con que esté garantizado de antemano para acudir: vamos.

El 3J porteño: Vamos

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