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Vida moderna: Papá en el corralito

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El día del Padre es una excusa perfecta para analizar cómo afecta la crisis la vida cotidiana de la clase media acorralada. Hijos que se hacen cargo y padres que sienten la carga de que sus vástagos hereden un futuro que pinta cada vez peor.

La composición escolar tenía un objetivo concreto: que los chicos escribieran al ritmo de su imaginación, impulsados por una combinación disparatada de palabras. La maestra lo explicó así en la reunión de padres: con la realidad encerrada en un corralito, la escuela debe -más que nunca- convertirse en un espacio donde todo es posible. Con este objetivo secreto, había entregado a cada uno de sus alumnos de quinto grado una tarjeta que combinaba sustantivos y adjetivos inesperados. En la reunión de padres leyó, como ejemplo de lo que obtuvo, una de esas composiciones.

Las palabras elegidas: armadura voladora.

La historia: un tal Tobías tenía en el sótano de su casa una armadura que podía volar. Pero él no lo sabía. Le avisó el fumigador, que había bajado al sótano para matar unas ratas. Muy contento con la noticia, Tobías enseguida decidió hacer algo: venderla. «Así ganó plata y pudo pagar todas las deudas, gracias a su armadura voladora».

La maestra cuenta que entonces se le ocurrió preguntarle en quién estaba pensando cuando escribió su relato. Sonriente, el alumno le contestó:

-En mi papá.

El papá, presente en la reunión, alcanzó a balbucear:

-¡Pero cómo sabe que tengo deudas si yo nunca le dije nada!

Fue a otro padre al que se le ocurrió contestarle con un chiste:

-Le habrá avisado el fumigador.

Hugo Villagrán, un arquitecto tucumano padre de tres hijos, no se enteró a través del fumigador, pero sí del colegio que su hijo de ocho años estaba preocupado por la falta de trabajo. En la prueba de Ciencias Sociales le habían hecho una pregunta concreta: ¿qué le daría felicidad a este país?. Su respuesta: que todas las personas tengan trabajo. «No es una preocupación que debería tener un chico de ocho años y, sin embargo, está compartiendo con los adultos ese peso. Y se hace cargo. Después me di cuenta cómo: todos los días me traía el vuelto de las monedas que yo le daba para que se comprara algo en el recreo. Me sorprendió porque, con mi mujer, tratamos de hablar de nuestras resignaciones en privado, para no contaminar a los chicos. Pensábamos que controlábamos al menos eso, que no le transmitíamos nuestras preocupaciones económicas y, de pronto, con esa respuesta nos dimos cuenta que captaron todo. Y entendí porque, el otro día, mi hijo de diez años me pidió que no comprara una gaseosa, porque había sobrado un poquito del mediodía y con eso se arreglaban. Es como si ellos sintieran que ahorrar es una forma de ayudarme a mí».

Hugo es arquitecto. Fue Director de Obras y Servicios Públicos de un municipio, trabajó luego en relación de dependencia y, por último, se quedó sin ingresos fijos, cotizando presupuestos que nunca se concretaban. En los últimos tiempos consiguió un trabajo temporario como supervisor de encuestas. Su mujer, Lucía, es empleada del Departamento de Recursos Humanos de la empresa Scania, que en los últimos meses decidió discontinuar la jornada laboral. Así, con cada vez más tiempo libre y menos plata, los dos se refugiaron en sus hijos. «Estamos más encima de ellos -explica Hugo- De alguna manera, compensamos las carencias materiales enriqueciéndolos afectivamente. Yo, por ejemplo, soy el que los llevo y los voy a buscar al colegio. Disfruto ese tiempo que estoy con ellos y, también, de transformar cada limitación en alguna ventaja. Por ejemplo, ahora se nos fundió la camioneta y tenemos que viajar en colectivo. Entonces, aprovecho para enseñarles a viajar, porque ya están cerca de la edad en que van a querer moverse solos».

Del padre ausente tras una larga jornada laboral al padre presente que acompaña a los hijos en la rutina cotidiana hay una diferencia: nuevas ausencias. No es únicamente el tiempo en blanco que deja la falta de trabajo, sino también el vacío que deja el fin del modelo que compensaba el esfuerzo puesto en lo económico con la recompensa del progreso familiar. El sociólogo Artemio López, responsable de la consultora Equis, lo explica así:. «Hoy, los padres sabemos que nuestros hijos van a vivir una realidad social y económica peor que la nuestra. A diferencia del resto de Latinoamérica, donde lo mejor está por venir, aquí hay una clase media empobrecida, refugiada en su hogar, con sus ahorros confiscados, lo cual significa que le quitaron la estrategia que habían armado para enfrentar la crisis, el último salvavidas. Por eso y por primera vez en la historia, la utopía argentina quedó atrás. Ya fue». Esa utopía fue definida por la escritora Beatriz Sarlo de la siguiente manera:«ser argentino designaba tres cualidades vinculadas con derechos, capacidades y posibilidades: ser alfabetizado, ser ciudadano y tener trabajo. Eso formaba lo que podemos llamar una identidad nacional. Ningún argentino menor a treinta años tiene hoy esos derechos garantizados».

No es difícil entonces imaginar a qué han echado mano en medio de la tormenta aquellos que cargan con la responsabilidad de conducir el timón familiar. Los padres de la crisis, impotentes como están ante la situación económica, se dedican a transmitir aquello que no tiene precio: los valores. Hugo, el arquitecto tucumano, lo intenta cuando «trato de inculcarles que si bien tenemos que resignar pequeñas cosas -alguna salida, algún regalo- podemos compartir más tiempo juntos, andado en bicicleta por el Parque Guillermina Guzmán, haciendo un pic-nic. Pero también trato de inculcarles que no por eso hay que resignar derechos. Que sean dignos. Y ser dignos es ganarse la plata trabajando, aunque sea poca; y sin atajos como lo son la viveza o la corrupción».

La primera consecuencia inesperada de la crisis, entonces, es este cambio en el modelo paternal. «Del padre sponsor al padre compinche», señala el psicoanalista Juan Carlos Volnovich. «El padre sponsor sería aquel que invertía en su hijo como una manera de convertirlo en competitivo para el cada vez más exigente mercado laboral. Pagaba inglés, pagaba computación, pagaba colegios caros, talleres, cursos, psicólogos, deportes. Pagaba y pagaba, a costa de tener que trabajar cada vez más y, por lo tanto, tener menos tiempo para compartir con la familia, porque esa inversión en educación le parecía un seguro contra la desocupación futura de su hijo. Este modelo se convirtió en una carga muy grande para todos: para el padre, pero también para el hijo. El primer cambio, en este sentido, llegó de la mano de la tecnología. Frente a una computadora, un chico tiene más poder que un adulto. Sabe más. Recuerdo una publicidad en donde el padre le rogaba al chico: Matías, vení; dale, vení; rápido que no puedo. Y el chico le contestaba: esperá, te dije que estoy haciendo la tarea. Y lo que necesitaba el padre era que el chico le prendiese la computadora. Esa relación de dependencia invertida, lejos de crear distancias, funciona como un puente, acerca, genera complicidades. Hay un pequeño ida y vuelta. El hijo recibe protección, cuidado, seguridad y devuelve algo de todo eso con aquello que él solo puede dar a su padre. La crisis acentuó este proceso, que ya estaba abierto o insinuado. Y en este camino, ganaron mucho más los padres que las madres. De alguna manera los hijos siguen reclamando y sosteniendo al padre como un modelo a imitar. Golpeado como está por la crisis económica, ellos lo sostienen. Sostienen su narcisismo, su vanidad, instalándolos en un lugar de ídolos. Hacen el esfuerzo de construir una tarima, subir allí al papá y compensar con ello aquello que no van a encontrar en ningún otro lugar».

El diagnóstico puede parecer exagerado. Sin embargo, la imagen de un niño haciendo upa a su papá no es más que la consecuencia natural de una situación que ha puesto todo patas para arriba. Juan Carlos Chávez tiene cinco hijos (Juan Gabriel, de 21; Carlos Augusto, de 20; Federico, de 12 y Emiliano y Andrea, los mellizos, de 7) y en cada uno de ellos reconoce encontrar aquello que pierde en cada jornada laboral: energía, fuerza, ayuda, tolerancia, apoyo, comprensión. «Estoy catorce horas fuera de casa y con verlos una hora diaria me alcanza para recargar pilas para el día siguiente». La terapia incluye un show personalizado (los mellizos cuentan que ayer le interpretaron Caperucita Roja), el postre de alguna charla con los dos mayores en donde los hijos preguntan, escuchan, alientan y hasta aconsejan (hace poco tiempo él planteó que quizá deberían irse del país; lo dejaron hablar, desahogarse, hasta que finalmente el mayor le dijo: «vos ya perdiste muchas cosas, no creo que además debas perder tus raíces») y el regalo de una buena nota que Federico le entrega como un remedio para espantar malhumores.

En pocos días más Juan Carlos estará desocupado. Es empleado en una distribuidora de productos alimenticios que está por cerrar. Ya sabe, entonces, que tendrá que inventarse otra manera de ganarse el pan y en su casa encontró la solución y la receta. «Tenemos un proyecto familiar para salir de esta: una distribuidora de quesos y fiambres. Como los inmigrantes de principios de siglo, planeamos una estructura muy ajustada y una organización del trabajo basada en la familia. Los chicos mayores -que no saben todavía manejar un auto- van a aprender, sacar el registro y dedicarse al reparto y la atención de los clientes. Mi mujer, en el tiempo que le queda libre porque los chicos están en el escuela, atenderá el negocio. Federico, el de doce, se ofreció a llevar y traer a los mellizos del colegio. Y, yo por supuesto, haré todo lo que haga falta. Sé que es un momento complicado, pero también que mi familiar es el único pilar que tengo y pienso apoyarme en eso. Si se afloja esa base se desmorona todo. Pero si se la tiene firme, creo que nada es imposible. Esto tiene que mejorar. No se puede estar tan mal tanto tiempo. Y mientras dure el temblor, es mejor estar con mi familia, aguantándolo.»

La especialista en estudios de consumo, mercado y tendencias, Vida Lutzelschwab realizó una investigación que confirma esta sensación: la familia se ha transformado en el único territorio no hostil. «Su vida es su casa» sintetiza la especialista. «La familia aparece como una fuente de alegría y felicidad, cada vez más aglutinada y menos dispersa frente a un mundo que se diversifica y multiplica en dificultades. No solo es contenedora, sino que sostiene la esperanza del cambio. Es vivida como el único lugar donde puede formarse algo nuevo. Los lazos familiares son cada vez más sólidos porque están unidos por varios ejes comunes: tienen los mismos intereses y proyectos, tienen idénticos padecimientos y todos comparten las tareas que tienen en común. En esta simetría, se produce una necesidad de diferenciar del todo, algo. Y como el contenido es lo igualitario, lo que lo distinguen entonces son las formas: hombres y mujeres ya no son lo mismo. Los roles se reparten. El hombre debe ser varonil y la mujer, femenina. No indica esto debilidad o fortaleza, pero sí reparto concreto en algunas tareas. Mientras el padre transmite, por ejemplo, los valores; la madre se encarga de hacer rendir el peso y la comida. Este padre no es ya el patriarca dominador. Se ha enriquecido con todos los cambios que se impusieron en la familia en los últimos años. Es un padre valorizador, que sabe valorar el esfuerzo de la mujer y los hijos, que agradece y acompaña, capaz de permitirse demostrar cariño. Es un padre que forma, instruye». Vida distingue en esta palabra todos los cambios que resumen los últimos y agitados tiempos. «»Formar significó, prioritariamente y en algún momento, estimular la inteligencia, la capacitación, la especialización. Significaba educar para el éxito. Formar también significó estimular la rapidez, la capacidad de dar respuesta. Hoy formar tiene la connotación de ofrecer seguridad, afecto, valores. Es creer en la educación como forma de alcanzar felicidad y, en este sentido, el éxito ya no es un objetivo en sí y por eso ya no significa una exigencia tan grande ni para el padre ni para el hijo, sino un compromiso».

Alejandro Ramírez es profesor de matemática y conoce de memoria el significado de estas palabras. Exigencia y resultados han sido, desde siempre, parte de las fórmulas con que se han dado latigazos a varias generaciones de estudiantes secundarios. No es el estilo de Alejandro, preocupado desde siempre por impartir otro tipo de razonamientos en los alumnos que desfilan ante él, en tres turnos diferentes, desde las 7.30 hasta las 21 horas y desde hace varios años. Padre de María Clara, de 14 y Juan Martín, de 12, cuenta que cuando al fin de la jornada llega a su casa está «desesperado de hambre y compañía, aunque reconozco que la crisis me cansa más que el trabajo». La cena familiar, entonces, se convierte para él en una ceremonia sagrada. «Hablamos de todo y eso me estimula. Cuando estoy muy cargado, trato de darme una ducha antes de cenar, como para estar solo diez minutos y no intoxicarlos a ellos con mis problemas. Sin embargo, son los días en que mis hijos vienen con sus cuadernos, sus logros. Me doy cuenta que lo hacen para cambiarme el ánimo. Y la verdad es que funciona».

Para Alejandro, dos más dos es cuatro. Por eso saca así sus propias cuentas: «Yo renuncio sin problemas a comprarme ropa, a comer todos los mediodías por 5 pesos, a no tomar ni en broma un taxi. Pero el límite del ajuste son ellos. Podemos recortar otras cosas, pero no su educación. Lo hacemos por el futuro de nuestros hijos, pero también lo hago por mi presente. Ese es nuestro límite.» Ahora mismo se ha impuesto un desafío. «Mi hija va a cumplir quince años y vamos a hacer la fiesta aunque el indio no quiera (Alejandro no explicita quien es el indio en cuestión, pero cada quien puede darle la identidad que prefiera). La haremos austera, pero lo haremos. Es ya una cuestión personal, una batalla en la que peleo por imponer un límite: hasta dónde nos van a sacar. Para mi es importante porque para mi hija lo es y siento que si no hacemos esa fiesta sería casi una derrota, algo demasiado frustrante.» Su hijo, Juan Martín, lo embarcó en otra batalla. «El solito vino un día y me planteó que quiere dar el ingreso al Nacional Buenos Aires. Sé que es difícil, pero él quiere hacerlo y vamos a acompañarlo todos en esa tarea. Dijimos: adelante. Nadie puede quitarle a mi hijo el derecho de intentarlo».

Todos los fines de semana, Alejandro va de aquí para allá, en colectivo o caminando, acompañando al varón a un partido de fútbol, a la nena a un partido de tenis; a cada uno a un baile o un cumpleaños. » Me da placer acompañarlos de un lado a otro. No lo tomo como un trabajo extra, sino como una forma de compartir nuestro tiempo libre. Es cierto que cuando juegan un partido, me pongo nervioso porque me gustaría que les vaya bien. Pero por lo menos me pongo nervioso por algo distinto a lo que me consume el resto de la semana. Estar ahí, al costado de una cancha, al sol, al aire libre, después de estar toda la semana encerrado, es algo que no tiene que ver con el dinero, no cuesta nada y, sin embargo, para mi es toda una terapia.»

Ramiro Ferlatti tiene 31 años, dos hijos (Santiago de 4 y Sofía de uno y medio) y una profesión tremenda: es neurocirujano oncológico. Es lógico, entonces, que diga que todos los días «trato de llegar a casa sacándome antes de encima los problemas del trabajo, aunque ellos son los que finalmente licúan mi mala onda. Me pongo a leer un cuento, a jugar, a armar un rompecabezas y me olvido del mundo. El efecto es balsámico. Los miro y me digo: cómo te vas a hacer problemas si tenés estas dos preciosuras al lado».

Diciembre, enero y febrero fueron para él el momento en el que puso a prueba su paciencia, su sistema nervioso y sus finanzas. «Teníamos un crédito hipotecario y estaba en ascuas. Tenía que pasarme tres o cuatro horas en el banco con la intención de cancelar la deuda y encima, no me dejaban. Sin embargo, traté de no hacerme mala sangre. En mi trabajo veo cosas tan desgraciadas, de esas que no se arreglan ni con plata ni con nada, que con tener lo chicos sanos me parecía que ya no tenía derecho a preocuparme». Para Ramiro, la principal preocupación tiene que ver con otras cosas que pusieron al descubierto estos cambios. «Cuando comencé a estudiar sabía que formándome me garantizaba la posibilidad de tener trabajo. Hoy estudiar no es garantía de nada. Podés tener formación universitaria, ser bilingüe, tener experiencia y estar desocupado. Tengo un montón de amigos en esas condiciones y andan por la vida saltando de aquí para allá por un bizcocho. Sé que mis hijos todavía no captan esas angustias porque son chicos, pero no sé por cuánto tiempo lograremos mantenerlos al margen. Los otros días vino Santiago, me puso la mano en el hombro y me dijo: ¿qué te pasa papá?. Parecía una persona grande, con una voz aguda y el cuerpo de un enanito. Me dio tanta gracia, tanta ternura, que me olvidé de lo que me pasaba».

Así lo siente también el mendocino Rodrigo Sepúlveda, padre de Tomás de 2 años y ocho meses y de Manuel, de 11 meses. «A veces pienso que por lo menos es una suerte que sean tan chicos, porque no tengo que explicarles tantas cosas. Pero me doy cuenta que igual perciben nuestra angustia, aunque no la entiendan. Se dan cuenta que a veces estoy esquivo y entonces me reclaman atención con más insistencia y hasta con más gracia. A veces me siento a mirarlos mientras duermen y me pregunto si este país les dará una oportunidad, un futuro. Ese es hoy mi verdadero corralito. Y ellos son los únicos que pueden, con una sonrisa, darme las fuerzas para saltarlo».

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La Ley de la calle: masiva movilización para que se aplique el financiamiento universitario

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Pese a que el Congreso Nacional votó la Ley de Financiamiento Universitario 27.795, y rechazó con más de dos tercios de ambas cámaras la intentona de veto presidencial, y a que fallos judiciales ordenan su cumplimiento inmediato, el Gobierno de los Milei & los Caputo no la aplica. Para los organizadores de la movilización calculada en más de 1.500.000 personas en todo el país, esto no solo rompe lo relativo al presupuesto universitario “sino el contrato social que nos mantiene libres y en un Estado de derecho”. Todo lo contrario a lo que sucede hoy en la calle, donde la democracia queda expresada en la gente moviéndose en esta 4° marcha durante el período libertario, y de sectores que se plegaron y convocan a seguir resistiendo este tipo de políticas de daño social. Voces desde la calle que explican sin casettes por dónde moverse.

Por Franco Ciancaglini. Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

La Ley de la calle: masiva movilización para que se aplique el financiamiento universitario

Hay muchos jóvenes.

Muchos docentes, directivos, no docentes.

Egresados, profesionales.

Muchas personas en todo el país.

En Mar del Plata, Córdoba, en Ushuaia, en Rosario, en Bahía Blanca y así.

Hay una Plaza de Mayo repleta.

Hay gente que llega y gente que se va.

Gente que estuvo todo el tiempo.

Hay jubilados y jubiladas que marchan todos los miércoles.

Está el movimiento disca, también siempre presente.

Hay sindicatos, como la UOM o los Aceiteros, y parte de la CGT que brindó su apoyo y movilizó algunas columnas dispersas.

Hay carteles conmovedores.

Hay muchos jóvenes, de todos lados, sobre todo llegados de fuera de la Capital Federal.

Muchas personas que viajaron desde lejos para sumar su cuerpo, su cartel, su grito, su aplauso.

Que, a pesar del frío y la cascada de malas noticias, no se resignan y demuestran, hasta con alegría, que la única que queda hoy es la calle.

Y no callarse.

“Milei cumplí la ley”

Es la cuarta.

Las tres primeras Marchas Federales Universitarias fueron las más masivas contra el gobierno de Milei. Esta no fue la excepción.

Desde el escenario calcularon alrededor de un millón y medio de personas movilizadas en todo el país.

Lo incontable es todo lo que sucede alrededor de esta bandera argentina que significa la universidad pública.

Una bandera que cobija a miles de generaciones que se reunieron hoy en la Plaza de una manera conmovedora: relatando, en esta crónica, cómo el acceso a la educación libre, gratuita y de calidad “cambia vidas, motoriza el ascenso social y brinda soberanía a un país”. Así lo sintetizaron en un documento leído por la FUA (Federación Universitaria Argentina” que se tituló: “Cuarta marcha federal universitaria: 203 días sin aplicar la Ley. Por la universidad pública y en defensa de la democracia”.

El planteo central: “El Poder Ejecutivo, en un acto de desprecio institucional sin precedentes, ha decidido alzarse contra los otros dos poderes de la República: ignora la Ley de Financiamiento Universitario N° 27.795, sancionada y ratificada por amplias mayorías en el Congreso, y desoye los fallos de la Justicia que ordenan su cumplimiento inmediato. Cuando el Gobierno decide qué leyes cumple y qué sentencias acata, lo que se rompe no es solo lo relativo al presupuesto universitario: es el contrato social que nos mantiene libres y en un Estado de derecho”.

Algunos datos de contexto:

  • Los salarios de quienes trabajan en las universidades argentinas bajaron el 34,5% en el mejor de los casos, o más del 40% según otros cálculos. Es como si en los últimos dos años no hubieran cobrado entre 8 y 10 salarios. Los números simbolizan lo presupuestario, pero tal vez no logren mostrar el daño institucional, social, familiar y personal que provoca la política del gobierno.
  • El actual es uno de los menores porcentajes históricos que el Presupuesto Nacional asigna a las universidades, en las que el 57,6% de los graduados son primera generación de sus familias en llegar a los estudios superiores. Esa posibilidad es una de las cosas que se está quebrando, como lo señalaban los cartones manuscritos en los que se leía: “Sin educación no hay futuro”.
  • La importancia que el gobierno de Milei le da a la educación se expresa en la aplicación de un nuevo recorte del Presupuesto Nacional de 3 billones de pesos en temas de energía, obras públicas, urbanización y hasta tratamientos contra el cáncer (63.021 millones de pesos que explican que la palabra crueldad tal vez ya no alcance para definir lo que está ocurriendo). Para el tema educativo, el recorte es de 78.768 millones de pesos.
  • Ese incalificable decreto de ajuste fue firmado por el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y el ministro de Economía, Luis Caputo. El lado B de la situación aparece en casos como el $LIBRA o el ANDIS, donde se detectaron sobreprecios en sillas de ruedas, andadores, medicamentos y tecnologías para diversos tipos de tratamiento del orden del 200% en los casos más leves, hasta productos sobrefacturados en un 4.239%. A lo que habría que agregar 3%, Spagnuolo, Esper, Nucleoeléctrica, Adorni, posibles sobresueldos oficiales, entre otras cosas. 
  • Volviendo a lo estrictamente universitario, esta licuación económica va generando, además, un éxodo permanente de docentes que está vaciando una educación de calidad históricamente reconocida a nivel continental y global.
La Ley de la calle: masiva movilización para que se aplique el financiamiento universitario

Docentes Uber

Los testimonios desde la calle permiten entender de manera simple la complejidad de lo que está en juego.

Primero, pequeñas escenas concretas. Lucía Darandal, estudiante de la Universidad Nacional de La Plata, resume “lo más visible”: el salario de los docentes. “Cada vez les está costando más llegar a fin de mes. Muchos están teniendo más de un trabajo para poder sostenerse, muchos tienen familias que mantener. Ahí está el primer deterioro que se va acentuando. Lo mismo pasa con los trabajadores no docentes”. 

Las becas: “La beca Progresar quedó congelada en 35.000 pesos y eso prácticamente no alcanza. Hay estudiantes a los que cada vez se les complica más pagar el alquiler, porque recordemos que también hay estudiantes que viajan desde otros lugares de la Argentina”. Y los horarios: “Faltan horarios en el turno noche. Entonces hay menos posibilidades para que el estudiante trabajador pueda cursar”.

Desde Rosario, el médico y director del Instituto de Salud Socioambiental de la Facultad de Ciencias Médicas, Damián Verzeñassi, lo traduce en una imagen todavía más brutal: “Más de la mitad de los trabajadores universitarios cobran por debajo de la línea de pobreza” y agrega que hay docentes “que con lo que cobran no pueden pagar siquiera el costo del transporte para llegar a dar clases”. 

Rosario Kairuz, estudiante de Sociales UBA, cuenta cómo eso impacta directamente en las cursadas: “Las materias de la orientación en investigación prácticamente no cuentan con ningún tipo de horario. Se ofertan un cuatrimestre sí y otro cuatrimestre no”. Y agrega otro ejemplo síntoma del deterioro: “Quienes siguen la orientación de producción no cuentan con materiales ni con equipos para realizar los distintos talleres audiovisuales”. 

Nicolás Núñez, docente de Sociales e integrante de AGD, completa la escena desde el otro lado del aula: “El incumplimiento de la ley y los dos años de profunda pérdida del poder adquisitivo de la docencia universitaria nos empujaron a todos a buscar otras formas de sobrevivir: desde las clases particulares hasta manejar Uber o hacer trabajo freelance”. Le pone una cifra al éxodo: “Hay 10.000 docentes que ya decidieron abandonar las clases”.

Plata para la deuda

Más acá de los números, lo que aparece en la calle es que el conflicto universitario dejó de leerse hace rato solamente en términos presupuestarios. Ya no se trata únicamente de números, partidas o balances, sino de una marcha que Gonza Giles, escritor, periodista y divulgador sobre Comunicación Aumentativa y Alternativa (CAA) y neurodivergencias, planteó,como “una defensa colectiva contra el descarte humano”. 

Gonzalo habló en nombre del movimiento de personas discapacitadas: “Nos quieren convencer de que ajustar es gobernar, que destruir derechos es modernizar, que dejar gente afuera es eficiencia. Necesitan que la sociedad mire al otro con sospecha, porque cuando logran que el pobre sospeche del que tiene una discapacidad, que el trabajador sospeche del estudiante y que todos sospechen de todos, el ajuste entra más fácil”. Por eso insiste en que “no es un problema económico, es ideológico. Porque plata hay. Lo que no hay es humanidad. Hay plata para deuda, hay plata para represión, hay plata para departamentos que no pueden utilizar, pero no hay plata para que una persona con discapacidad viva dignamente, no hay plata para universidades, no hay plata para ciencia, no hay plata para salud”. 

La Ley de la calle: masiva movilización para que se aplique el financiamiento universitario
Foto: Juan Valeiro

En la marcha volvió a quedar en evidencia que no solo la universidad es una consigna de unidad, sino que las luchas comienzan a entrelazarse unas y otras: los hospitales, la discapacidad, los jubilados, el trabajo. Por eso tuvo tanto peso simbólico la presencia de sindicatos como la UOM. “No es frecuente que los estudiantes y los laburantes estén juntados”, reconoce Darío Dani Román, metalúrgico, “pero en estos tiempos hace falta estar juntos”. Y agrega: “Estamos presentes en todas las luchas populares en las que haga falta estar para dar vuelta esta situación”. Desde la medicina, Damián Verzeñassi amplía: “Esto que está pasando con la universidad —que es lo mismo que pasa con los hospitales, con las personas con discapacidad y con los jubilados— debería ser un elemento más que suficiente para que todo el arco político no fascista se decida a organizarse, a unirse y a encontrarse”. 

En Sociales UBA, Rosario Kairuz cuenta que ya empezaron a discutir cómo sostener esa articulación: “Hay que unir esa lucha con docentes y no docentes. Los reclamos estudiantiles no pueden darse solos”. Nicolás Núñez, de AGD Sociales, insiste en que “esta marcha no puede ser un punto de llegada sino un punto de partida” y plantea recuperar algo de lo que ocurrió en 2024 con las asambleas interclaustros y las tomas de facultades. Para él, que habla desde la academia, “nuestra suerte está atada también a los reclamos de discapacidad y a los reclamos de tantos sectores postergados por este gobierno, con los que tenemos que unirnos, como los jubilados”.

El contagio

Pero… ¿cómo? La respuesta más repetida en la calle vuelve a ser la movilización. “Hay que seguir viniendo a las marchas, hay que seguir visibilizando y exigiendo”, plantea Gonza, y agrega que tanto el Poder Judicial como el Legislativo “tienen que ponerle un límite a este gobierno”. Darío Dani Román de la UOM, coincide: “La única arma que tenemos nosotros es salir a la calle, manifestarnos y sostener la pelea hasta el final”. Milagros y Facundo, estudiantes, lo resumen todavía más simple: “Seguir marchando, seguir protestando, para que se den cuenta de lo que quiere la gente”. Damián Verzeñassi suma otra dimensión: “La marcha de hoy tiene que decirles claramente que no les vamos a dejar pasar ninguna más”. Pero además propone “avanzar en una estrategia jurídica muy fuerte por incumplimiento de las funciones de los funcionarios públicos, desde el presidente para abajo, contra todos los responsables de no cumplir con una ley aprobada por el Congreso de la Nación”.

La última imagen que brota en la calle no es solo la de la crueldad, sino la de una brutalidad planificada. Gonza Giles lo explica claramente: “Necesitan universidades vacías porque el pensamiento crítico molesta. Necesitan personas aisladas porque los derechos organizan. Necesitan trabajadores cansados y estudiantes endeudados porque así envían un mensaje”.

Lo mismo dicen Vladimir y Adriana, de 19 años, pero ya orgullosos técnicos químicos. Mientras hablan levantan dos carteles que llaman la atención de todos: 

  • “Cuando la educación sea privada, seremos privados de todo” y 
  • “No se puede adoctrinar un cerebro lleno de conocimiento”. 

Las letras están prolijamente dibujadas, en colores, y recortadas con paciencia y dedicación. “Estuvimos haciéndolos desde ayer, buscando frases, viendo todo lo que dice la gente, juntando opiniones. Y quedaron estas”, cuentan ellos, que hablan sosteniéndose la mano uno al otro.

La Ley de la calle: masiva movilización para que se aplique el financiamiento universitario

Ella es de Moreno, él de José C. Paz. Egresaron de una secundaria técnica pública. Ella ahora estudia Ingeniería Aeronáutica en la UTN de Haedo. Él piensa anotarse en Agronomía. A ellos, además de todo, la universidad pública les dio el amor. Y desde ahí hablan:

“Vamos a ayudar a un comedor cerca de Cuartel V, en un barrio muy pobre. Hay familias a las que se les complica hasta estudiar. Regalamos hojas, útiles, lo que se pueda. Yo era de un barrio también muy humilde y mi primo no pudo estudiar, tuvo que dejar para ir a trabajar. Hacemos lo que podemos. Muchas veces no alcanza. Pero aunque sea una persona más que pueda estudiar, ya es una victoria”.

Él da vuelta el cartel y muestra la frase del otro lado: “Estamos acá también por vos, que pensás distinto”. Adriana dice: “Mucho se habla de que el odio se contagia, que vivimos una época de odio, que las redes muestran eso. Pero también el amor y la solidaridad contagian”.

Y sonríe.

Con esa sonrisa que contagia, y ese cartel colorido, revela que ella fue la responsable de que viniese su novio: “Esta es la primera vez que viene a una marcha. Yo ya había venido a la marcha antifascista. Así que bueno, ya traje a alguien más”.

Y la próxima, uno más.
Sí, sí. Ya hay dos amigos que querían venir y no pudieron por otros temas, pero tenían ganas.

Vladimir: ¿y qué te pareció tu primera marcha?
Nervioso al principio, la verdad. Pero estuvo muy bueno.

¿Por qué nervioso?
No sé, siempre las veía desde afuera y parecía otra cosa. Pero estuvo re bien la experiencia.

Ahora sonríen ambos.
Y saludan antes de desconcentrar por Diagonal Norte rumbo a tomarse dos micros y un tren para volver a su casa.

Sobre esa avenida céntrica, donde se recorta el Obelisco, pasarán 

  • junto a un joven con una remera de 2 Minutos y un cartel que dice: “Estéticamente superiores”, con la cara deforme del Presidente. Una ironía sellada con la firma de la Escuela Superior de Bellas Artes Antonio Berni.
  • Cerca de Luna, de siete años, de la mano de Gloria, su mamá, chocha porque está caminando por la calle y no por la vereda.
  • De una joven que tiene un cartel que da ganas de llorar: “Mi sabiduría viene de esta tierra”.
  • De un ruidoso grupo de la Escuela Secundaria de la Universidad de San Martín que trajo varios hits. El mejor:

“Con las lágrimas de Adorni
vamos a hacer una cascada
para que se metan todos
los pibes de la barriada”.

La gente desconcentra y va cantando “eaea” y también:

“Si el presupuesto no está
qué quilombo que se va a armar”.

La sensación es, como decía Gonza, que este es un punto de largada y no de llegada.

Que la cosa sigue.

En la calle, pero también en los barrios, en los comedores, y en las aulas.

Sigue cada miércoles en el Congreso.

Y todas las veces que hagan falta.

Porque hay muchos jóvenes.

Docentes, directivos, no docentes.

Egresados, profesionales.

Muchas personas en todo el país.

En Mar del Plata, en Córdoba, Ushuaia, en Rosario, en Bahía Blanca.

Hubo otra Plaza de Mayo repleta.

Hay gente que, aun cuando todo terminó, sigue llegando.

Hay más carteles conmovedores.

Hay muchos jóvenes que, a pesar del frío y la cascada de malas noticias, no se resignan y demuestran, hasta con alegría, que la única que queda hoy es la calle.

Y no callarse.

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Crece el reclamo docente en Chubut: “El sueldo no alcanza ni para comer”

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Desde hace dos semanas la comunidad educativa autoconvocada está en las calles de toda la provincia exigiendo una suba salarial (el sueldo básico está apenas por encima de los 300 mil) y no “migajas”. Las mesas paritarias, las subas insignificantes y las palabras del ministro de Educación que colmaron la paciencia. El pan y el té que simula una cena, la falta de escucha de los sindicatos a las bases y un aviso: “Seguiremos en las calles hasta que el salario digno sea una realidad”.

Por Francisco Pandolfi. Fotos de Aníbal Aguaisol

–El sueldo no alcanza ni para comer.

Dora Palacios es profesora de Historia, preceptora y referente escolar en Trelew.

También es una de las –y los– miles de docentes chubutenses autoconvocados desde hace dos semanas en las calles de toda la provincia por un reclamo salarial que aún no tiene la respuesta esperada.

Un maestro de jornada simple, un preceptor, un profesor con 20 horas cátedras semanales tiene un sueldo básico de 304 mil pesos, que con los adicionales llega a 700 mil (con los aumentos prometidos en las últimas horas rondarán los 800). “Los alquileres en la Patagonia son altísimos, arriba de los 600 mil, y a eso hay que sumarle unos impuestos carísimos”, le cuenta a lavaca.

Enumera con la cadencia de quien tiene una carga enorme en la voz: luz, gas, agua, comida, vestimenta. De lo general va a lo particular: “Muchos docentes cuentan en las asambleas que no tienen un plato de comida en la mesa, que la cena es un pedazo de pan y un té, que les han cortado los servicios, que no tienen teléfono, que ya no pueden pagar el alquiler”. Y de lo particular a lo propio: “Otros estamos bicicleteando con la tarjeta, cobramos, pagamos, cobramos, pagamos, nos estamos endeudando permanentemente porque el sueldo no alcanza para comer”.

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org

Salir a la calle

El salario docente de Chubut es el peor de la Patagonia y uno de los más bajos del país, junto a Buenos Aires, Mendoza, Entre Ríos, Misiones, La Rioja y Catamarca.

La primera manifestación surgió como surgen las cosas en Chubut, de forma exprés y cuando no se aguanta más. “Desde diciembre pasado la conducción de ATECh –la Asociación de Trabajadores de la Educación de Chubut, el sindicato más grande– se arrogó el triunfo de la paritaria permanente, que para las y los trabajadores no significó ningún logro. Se reunieron varias veces con el gobierno pero no nos ofrecieron nada”.

La gota que rebalsó el vaso –o una cristalería completa– fue la reunión del 29 de abril en la que el gobierno provincial –al mando de Ignacio Torres y cuyo ministro de Educación es José Luis Punta– ofreció un incremento del 1,3%. Dora estaba en la vereda, esperando junto a cientos de docentes: “Quienes estábamos afuera solicitamos la renuncia de las conducciones sindicales por aceptar un aumento insignificante, tuvieron que huir del lugar. A partir de ahí salimos a la calle todos los días con diferentes acciones”.

Marcha de antorchas, festivales, ruidazos, ollas populares, feria de emprendedores, asambleas y movilizaciones masivas que tienen en vilo a la provincia y al gobierno. “El 23 de abril realizamos un hito histórico: un faltazo masivo sin que los gremios llamaran al paro”. El 29, en la reunión de conciliación obligatoria dictada por la secretaría de Trabajo, la concentración masiva fue reprimida con gases lacrimógenos por la Policía. ¿La respuesta popular? Otra movilización. Y carteles, muchos carteles:

  • Docentes con sueldos indecentes.
  • Al que miente le crece la nariz (con la imagen –retocada– del gobernador Torres)
  • Basta de mentiras, amenazas y presión.
  • Se busca por precarizar al docente (con la cara del ministro Punta).
  • Salud mental es llegar a fin de mes.
  • Ratas.

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org

Migajas

Las protestas no sólo suceden en la capital, sino en toda la provincia: Trelew, Puerto Madryn, en la meseta, en Chacay Oeste, Gan Gan, Las Plumas, Paso de Indios. Otro mojón que colmó la paciencia fueron las palabras del ministro Punta: “Buscamos que ningún docente cobre menos de 800 mil, de una manera solidaria, casi”, dijo balbuceando una frase que la comunidad educativa lo tomó como una burla.

–No vamos a aceptar migajas. Mientras a los docentes nos ofrecieron un 1,3%, le aumentaron a su planta política un 200%. No hay dudas: plata hay, pero no quieren ponerla donde corresponde” –dice Dora, que hace 48 años nació en La Pampa y desde hace 45 fue adoptada por Chubut.

Crece el reclamo docente en Chubut: “El sueldo no alcanza ni para comer”

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org

Ante la masividad del reclamo, este miércoles 6 de mayo hubo una nueva reunión paritaria donde el gobierno ofreció un 3,4% –valor del Índice de Precio al Consumidor (IPC) del mes pasado, más un 4%: o sea, una suba del 7,4%. En junio, un punto más y en julio otro punto más.

–No satisface nuestra demanda para nada, es un aumento en el bolsillo de entre 60 y 70 mil pesos que terminaríamos de cobrar en agosto. Es una tomada de pelo. Siento mucha bronca contra los sindicatos que nos dejaron sin respaldo y sin escucha; mucha bronca contra un gobierno que nos dice violentos, cuando violencia es tener un sueldo básico de 300 mil pesos.

Los sindicatos cuestionados que se sientan en la mesa paritaria son ATECh, SITRAED –sindicato paralelo alineado al gobierno–, UDA –Unión Docentes Argentinos–, SADOP –docentes privados– y AMET –magisterio de enseñanza técnica–. 

Crece el reclamo docente en Chubut: “El sueldo no alcanza ni para comer”

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org

Tres escuelas, tres turnos, muchas deudas

-Queremos estar en las aulas con nuestros estudiantes, pero no con sueldos de hambre.

Reafirma Dora, que estudió en la Universidad Nacional de la Patagonia y desde hace 17 años es profesora de Historia del nivel secundario, además de preceptora. Trabaja en tres escuelas y en los tres turnos, mañana, tarde y noche. Dice que volvería a elegir esta profesión, pese al salario que no alcanza y otros condicionantes: falta de insumos, condiciones dignas para trabajar, escuelas sin calefacción donde llueve adentro. Otro ejemplo que lo dice todo: “Usamos manuales de la provincia de Buenos Aires, no tenemos un diseño de currícula propia”. 

 ¿Cómo sigue el curso de esta historia?

Organizados de manera autoconvocada, decidiendo en asamblea. No vamos a bajar los brazos hasta lograr un aumento del 100% del básico como mínimo y un sueldo de bolsillo de un millón y medio. Desde hace quince días exigimos paro por tiempo indeterminado y acá seguiremos: hasta que el salario digno sea una realidad.

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org

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