Nota
Declaró Vanesa en la segunda jornada del juicio: «Le quebraron la vida»
Vanesa Orieta, hermana de Luciano Arruga, prestó declaración ante el Tribunal en la segunda jornada del juicio.
El reloj marcaba las 10:45 cuando los jueces Diana Volpicina, Gustavo Navarrine y Liliana Logroño, del Tribunal Oral en lo Criminal N°3 de La Matanza, ingresaron a la escena, subieron los pequeños escalones y se sentaron frente a una audiencia repleta.

Vanesa declara ante el Tribunal. Foto: Leandro Alba, de El1 Digital
El público, como parece ser habitual en los juicios, se paró y se sentó al mismo tiempo que los magistrados. Algunos se quedaron en sus asientos, omitiendo ese detalle puramente formal.
Volpicina, presidenta del TOC, saludó dando inicio a la segunda jornada del juicio por torturas a Luciano Arruga en el galpón especialmente acondicionado de la Unión Industrial de La Matanza: “La fiscalía dirá cuál es el primer testigo”.
El fiscal José Luis Longobardi respondió: “Vanesa Romina Orieta”.
La sala hizo silencio y miró hacia la única dirección posible. La hermana de Luciano Arruga, el joven de 16 años que fue detenido ilegalmente el 22 de septiembre de 2008 en el destacamento policial de Lomas del Mirador. Vanesa entró y dejó el bolso al lado de la puerta. Caminó, seria, hasta el banquillo, y se sentó mientras se sacaba el abrigo. Su testimonio era lo más esperado de la segunda jornada del juicio por torturas y, por lo que ocurrió después, también fue lo único. Miró hacia el Tribunal, que le pidió nombre completo, oficio u ocupación, y respondió: “Desde la desaparición de mi hermano hago lo que puedo. A veces ayudo a mi mamá con las artesanías”.
Se dio paso a las preguntas del fiscal Longobardi, quien le pidió que reconstruyera aquel 22 de septiembre de 2008 con la mayor precisión posible.
La bandera
La jornada comenzó más temprano que el día anterior. A partir de las 9:06 los secretarios del juzgado y oficiales salieron a informar que el público podía ir entrando. En ese momento no había organizaciones sociales ni políticas, que llegaron después. Tampoco la policía había desplegado el excesivo operativo del día anterior. La calle no estaba cortada, y sobre la valla reposaba una bandera con el rostro de Luciano que lo decía todo: “Lo mató la policía, lo desapareció el Estado”. Luciano fue torturado aquel 22 de agosto de 2008, tema que se juzga ahora. Además, desapareció en enero de 2009. Su cuerpo fue encontrado como NN en octubre de 2014.
La Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de La Matanza (APDH) estaba presente y luego llegaron las representantes del SUTEBA local. No estaban las cámaras de televisión y había menor presencia periodística. Sin embargo, la sala se llenó: más de 70 personas. Entre el público estaban Alberto y Leonardo Santillán, papá y hermano de Darío Santillán, uno de los piqueteros asesinados en junio de 2002.
También estaban en la sala los abogados defensores de Julio Diego Torales, el policía al que se juzga por torturador: Juan Grimberg e hijo, Gastón Jordanes, y un ayudante. El propio Torales se ubicó allí, suspirando mientras se acomodaba el traje. Hablaba con Jordanes, que le explicaba algo. Torales asentía.
A las 10 las partes ya estaban acomodadas.
Cuarenta y cinco minutos después entraron los jueces.
El cuaderno
Vanesa Orieta se tomó unos segundos antes de contestar la pregunta del fiscal.
“Era 22 de septiembre del año 2008. Me acerqué por la mañana al destacamento. No puedo precisar el horario exacto. Llegué al hall de entrada. Me atiende una persona femenina. ‘Vengo a retirar a mi hermano’, digo. Ella tenía mala predisposición. Entonces pido hablar con el responsable a cargo”. Vanesa remarcó que el tono con que se expresó ese día tenía que ver con otras experiencias con la policía, que luego relataría: “Mi hermano era perseguido por la gente de ese destacamento”). Recordó que la oficial le dijo: “Esperá acá”.
Continuó Vanesa: “Se acerca una persona masculina que se presenta como Diego Torales. Lo anoté en un cuaderno. Me dijo que no podía ver a mi hermano. Le dije que era menor de edad y quería ver si estaba bien. Torales no estaba de buen humor. No contestaba bien. Me dice algo así como: ‘Vos sabés lo que hizo. Es un chorro’. Le dije: ‘¿Y vos quién sos para decirme eso?’”.
La hermana de Luciano contó que el oficial le preguntó si quería ver lo que había robado. “Decime lo que quieras, pero si no veo a mi hermano, yo no te creo”, le respondió. Vanesa dijo al Tribunal: “Los policías se estaban zarpando con él. La única persona a la que iba a creer era mi hermano, y todo me daba a entender que era una detención más de las que venía sufriendo”.
Ese día le preguntó a Torales quién era el juez, quién era el denunciante. “Torales ya estaba enjuiciando a mi hermano de hecho”, señaló Vanesa. Y le demostró una ilegalidad: “Mi hermano es menor de edad, tendría que estar en el hall”. Luciano estaba en la cocina. Nuevamente surge en el juicio que la dependencia policial no estaba acondicionada para llevar detenidos.
Vanesa dijo que estaba nerviosa: “Tenía miedo por mi hermano. Tenía mucha rabia pero sentía que no tenía la fuerza para pelear con esas personas que eran el doble de grandes que yo y tenían un arma”. La hermana de Luciano señaló que Torales le pedía algún documento de identidad de Luciano para soltarlo (lo que Mónica Alegre, mamá de Luciano y Vanesa, había contado en la primer audiencia). Relató la secuencia. “Se lo dimos, Torales dijo que no le servía, que necesitaba una fotocopia. Tenía una fotocopiadora atrás. Dijo que no le andaba. Fuimos a hacer la copia. Pero después nos dijo que no le servía porque no podían constatar que mi mamá era la mamá de Luciano”.
Por eso Mónica viajó hasta Puente La Noria a encontrarse con la hermana, para llevar el acta de nacimiento de Luciano, tal como relató.
El verdugueo
Vanesa narró que Torales hablaba por teléfono en el hall del destacamento. Iba y venía. “Le dije que era mi derecho verlo (a Luciano), que corría riesgo su vida”. Evocó que Torales se corrió el teléfono de la oreja, tapó el auricular y dijo: “¿Te podés callar que estoy hablando con el juez?”. Siguió la joven: “En ese momento se abre la puerta de la cocina y escucho que mi hermano gritaba…”.
Vanesa detuvo el relato. Silencio.
Siguió: “Escucho que gritaba: ‘Vanesa, sacame de acá porque me están pegando’”.
En la sala muda, Vanesa se quebró.
Le ofrecieron un vaso de agua. “No, gracias”, respondió.
Continuó: “Le grito al juez que le estaban pegando a mi hermano”. Su tono de voz se acentuó: rebotó por toda la sala. “¿Cómo explicar las emociones que empiezan a correr por el cuerpo de uno?”, preguntó a la sala. “Quería romper todo. Y así y todo tenía que pensar que tenía a mi hermano encerrado”.
Vanesa expresó que los policías “verdugueaban” a Luciano desde antes de aquel 22 de septiembre.
El Tribunal le preguntó a qué se refería con verduguear.
Longobardi: “Explique para que el Tribunal la entienda. Yo soy de barrio y me puedo dar una idea”.
Vanesa: “Que lo paren en la vía pública, que le pusieran un arma en la espalda y le digan ‘quedate quieto, negrito, que te meto un tiro’, que le digan ‘negro villero´”. La joven hizo un corte en su propio relato para explicar que sabía a qué se estaban refiriendo los jueces: expresó que estaba diferenciando el “verdugueo sistemático” que sufría su hermano con el que padeció en el destacamento. Sobre ese día, explicó: “Me refiero a ostentar el poder policía, el tono violento. Eso lo va dejando a uno en un lugar chiquito, en el que no sos ciudadana. Me estaban humillando. Estaba en desigualdad de condiciones”.
Reconoció Vanesa que ese día tuvo miedo. El fiscal le pidió más detalles. “A medida que pasaba el tiempo uno iba teniendo más inseguridad de no saber si iba a salir bien (por Luciano). Sentía miedo que le pasara algo. A ver: cuando uno viene de un barrio humilde, está acostumbrado a naturalizar esas formas”.
Ante una pregunta del fiscal, dijo que no podía especificar si a Luciano le estaban pegando en aquel mismo momento. “No tenía contacto con él. Eso me daba terror”.
La jueza Liliana Logroño le preguntó qué actitud tomaba Torales ante sus reclamos. “Siguió ahí. Maltrataba mi vida, la de mi mamá, la de mi hermano (volvió a quebrarse). Yo tenía miedo de reaccionar mal. Me estaban haciendo mal. Ahí le dije: ‘Torales, lo que estás haciendo está mal’. Yo estaba nerviosa, como cualquiera que tiene un familiar encerrado al que le están pegando. ¿Qué va a hacer uno?”.
Su pregunta rebotó por el Tribunal buscando alguna respuesta.
El relato siguió: “Eso es verduguear. Pensar que porque son dos mujeres indefensas las trato como quiero; creer que por ser mujer una está en desigualdad de condiciones”.
Los 20 pesos
Vanesa pudo referir algunos horarios ya que en ese momento estaba trabajando en un call center en Morón. Contó que había aceptado ese trabajo porque era de cuatro horas, y que también le permitía estar en su casa más tiempo con su hermano. “Era un lugar donde se sentía seguro”, dijo.
El 22 de septiembre se tendría que haber ido a las 15 para poder llegar a horario: “A esa hora todavía estaba ahí. Llamé y dije que llegaba más tarde. Sabía que mi vieja se tenía que ir (a buscar la documentación), pero yo no podía perder el trabajo porque no podía pagar el alquiler ni ayudar a mi vieja”. Se terminó yendo a las 16. “Todavía no lo había podido ver”, especificó.
Logroño le preguntó si le dijeron quién era el juez.
Vanesa: “No me decían nada”. Lloró.
Relató que salió alrededor de las 20.30 de trabajar, aproximadamente. Fue a lo de Mónica. “Vivía en una casa de 4 metros por 3. Una cama cucheta de frente a la puerta, otra cruzada. Luciano estaba sentado de frente a la puerta. Le digo: ‘Negro, la puta madre, ¿vos te robaste ese teléfono de mierda?’”.
Silencio.
Contó que Luciano levantó la cabeza. “Me dice: ‘Vos sos una pelotuda: no robé nada y encima me pegaron’”.
Luciano lloraba, le dijo que lo agarraron cuando estaba yendo a trabajar, y que lo golpearon adentro del destacamento. “Me nombró gente”, recordó su hermana. “El único nombre que retuve fue Diego Torales. Era el único con el que me relacioné”.
Vanesa recordó la frase de Luciano: “Mientras uno me agarraba, el otro me pegaba”.
Siguió: “Me decía que lo humilló”. Su mamá le contó que había salido muy nervioso, y que empezó a señalar a quienes le habían pegado. Uno de ellos era Torales. “Después el me contó que le dijeron que si no se tranquilizaba lo iban a mandar a la Comisaría 8º donde había violadores que se iban a encargar de él”.
Siguió: “Luciano me dijo que Torales era un forro, un hijo de puta”.
Siguió llorando y contando: “Nos contó que pidió de comer, le dieron un sandwich y se lo escupieron”.
Vanesa especificó que Luciano se tocó la parte baja de la espalda para decirle que le dolía. “Y un poco la cara y la cabeza”, le agregó. Se veía la hinchazón en el rostro. No en el cuerpo: “No lo examiné”. Fueron al Policlínico de San Justo. “Negro, hay que hacer la denuncia porque no podemos seguir así. No es vida”, le dijo Vanesa.
Fueron en colectivo. En el Policlínico le dijeron que tenía que sacar turno. Vanesa paró a un médico y le explicó que su hermano había salido de un destacamento y tenía dolores. Lo sentaron en la camilla. “El médico tuvo una actitud solidaria”, reconoció Vanesa, en lo que habrá sido el único gesto de esas características que recibieron ese día. Le pidió un certificado y que quedara constancia en el libro de guardias ya que tenían pensado hacer la denuncia. El médico no le sacó radiografías.
Volvieron del Policlínico caminando, 20 cuadras, casi a medianoche, porque no tenían plata.
“Luciano también me cuenta que había entrado (al destacamento) con 20 pesos y no se los devolvieron”, recordó Vanesa.
Y se rió: “Supuestamente lo detienen por un delito y fue la policía la que no le devolvió los 20 mugrosos pesos”. Por eso precisó que al día siguiente llamó a la dependencia y pidió hablar con Torales. Le recriminó que no le hayan devuelto la plata. “No tenía nada”, fue la respuesta.
Vanesa, al Tribunal: “Era lo único que teníamos. Con eso no nos íbamos caminando del hospital”. Nunca se los devolvieron.
“Era muy reiterada la tortura psicológica sobre mi hermano”, remarcó.
El fiscal dijo que no tenía más preguntas.
“De repente fue un chico triste”
Maximiliano Medina, del CELS, le pidió algunas precisiones sobre la persona que la atendió ese día: “Era mujer, pelo tirando a rubio, enrulado, robusta. Con pantalón y borcegos de policía”.
Sobre el horario: “A las 16 todavía estaba en la cocina. Así me dijeron cuando llegué. Yo tenía muy claro que no era un lugar acondicionado para alojar detenidos. Luciano después me dijo que estuvo en la cocina todo el tiempo, con las manos atadas, que lo tuvieron un rato con las esposas y después se las sacaron”.
La defensa pidió que constara en actas.
“¿Estuvo más de dos horas allí?”, preguntó la querella. “Más de dos horas seguro”, dijo Vanesa, que remarcó un detalle: “Si hubiera estado el juez de menores podría haber hecho un retrato mejor”.
Describió luego cómo Luciano cambió tras la detención. “Era un pibe con una risa tremenda, porque tenía 16 años, porque estaba viviendo. Y de repente fue un chico triste. ¿Cómo explicar las veces que vi llorando a mi hermano?”.
Se quebró. “¿Cómo te sentís si no podés salir de tu casa? ¿Cómo saldrían los hijos de ustedes si les pasa eso? En el último tiempo mi hermano estaba mal. Esa detención es cruel. Es una situación límite”.
Sobre qué pasó con la denuncia: “No la hicimos. Asumo la responsabilidad. Pensaba en la seguridad de mi familia. Mi vieja estaba sola. La situación estaba terrible: ella estaba viviendo mal”. Miró al Tribunal: “Perdón, pero los tiempos de la justicia son lentos para la urgencia que uno tiene”.
Ilustró a los presentes: “Uno hace la denuncia, la policía se entera y la cosa se pone peor”.
“Le quebraron la vida”
La defensa pidió la palabra. Habló Juan Grimberg. Quiso apuntar una supuesta contradicción. Mientras buscaba con las dos manos la foja exacta en el expediente, su hijo le sostenía el micrófono para que hablara. Le especificó al Tribunal qué línea debía leer.
Para el fiscal no había contradicción. “Sólo aclaró más un punto sobre el que antes había expresado dudas”, dijo Longobardi.
La jueza Volpicina tampoco consideró la contradicción. Le sugirió que reformulara una pregunta. “Algo ya dijo de eso”, remarcó. Nadie en la sala sabía a qué se estaban refiriendo.
Grimberg finalmente dijo: “Usted hizo referencia a que Luciano dijo que Torales fue uno de los que le pegó”.
Vanesa: “Me cita nombres. En un momento me dice Torales”.
Grimberg: “Simplemente recuerde lo que le dijo su hermano”.
La jueza Logroño intervino: “Acaba de decirlo”.
Grimberg pasó a otro tema. Le preguntó en qué momento fue esposado Luciano.
Vanesa: “Pasaron 6 años y voy a decir lo que me acuerdo”.
Volpicina hacía gestos con las manos: “Disculpe, hay una mosca. Siga”.
Vanesa: “Hay cosas que me dijo en una situación traumática que no te puedo afirmar. Pero Torales una de las dos acciones la hizo, y te puedo decir que una u otra es violatoria de sus derechos. Él podía haber frenado la situación. A mi hermano le quebraron la vida. Es un daño irreparable. Y él (Torales) era testigo”.
Grimberg hizo un silencio. Le preguntó luego si tenían asesoría legal. Vanesa: “No, pero es una buena pregunta. No teníamos un mango, señora (mirando al Tribunal). Y si ese día iba un abogado, Torales tendría que haber hecho lo que tenía que hacer. Los dos somos laburantes (Torales y ella): pero él estaba en otra relación de poder”.
Así, en 5 segundos y en una línea, Vanesa Orieta resumió la bibliografía entera de investigadores, sociólogos, filósofos y académicos que se dictan en las carreras de ciencias sociales.
Impertinente
“¿Militabas?”, preguntó Gastón Jordanes, otro de los abogados.
La pregunta desató algunas risas inesperadas en la audiencia. “No, trabajaba”, dijo Vanesa.
Luego Grimberg pidió la reserva de la testigo. Esto es: cuando un testigo termina de declarar, puede integrarse al público de la audiencia, pero si una parte pide su reserva, la persona vuelve al recinto para una eventual ampliación de su testimonio.
El fiscal le preguntó a qué efectos realizó la petición.
Volpicina: “No tiene por qué decirle. Es una estrategia. Me sorprende que lo pregunte”.
El Tribunal inquirió si alguno tenía otra pregunta.
Grimberg buscó pegar bajo y embarrar a las víctimas: se metió en preguntas sobre la vida personal de Vanesa Orieta, sobre su ex pareja, sobre si era abogado, que motivaron la queja del fiscal y los abogados de la familia Arruga. “Es manifiestamente impertinente”, dijo Medina, que subrayó que no tenía ninguna relación con el objeto procesal.
Esto es: las torturas que sufrió Luciano el 22 de septiembre de 2008.
Grimberg insistió en preguntar con quién fue Vanesa al destacamento luego de la desaparición de su hermano el 31 de enero de 2009. Es decir, se remontó a un hecho posterior al que se juzgaba. La estrategia -puede suponerse- consistía en saber si contaba con asesoría legal. Más quejas de las partes. Logroño sostuvo que Grimberg se refería a una secuencia que consta en la causa por torturas, que en todo caso el fiscal después debería valorarla o no. Más quejas.
“Perdón, ¿puedo decir algo?”, preguntó Vanesa.
Volpicina: “No, todavía no”.
Debatieron un rato. Finalmente, Volpicina dijo que el Tribunal, con la disidencia de Logroño, le daba la razón a la fiscalía. Le recordaron a Vanesa que debía volver al cuarto porque pidieron su reserva. “Por favor, déjenme fumar un cigarrillo”, pidió Vanesa. Le dijeron que sí.
Cuando Vanesa Orieta se levantó, la sala explotó en aplausos. Los ojos de los jueces desorbitaban. Los jueces se pararon, el público se paró. Volpicina llamó a un cuarto intermedio. El público comenzaba a enfilar hacia la puerta cuando la presidenta del Tribunal elevó la voz: “Primero los jueces, después el público”.
Eran las 13 pasadas.
¿Testigos o sospechosos?
Volvieron a las 13:27.
Ya no quedaban más testigos. Grimberg leyó la lista de testigos que llamarán los próximos días.
Volpicina: “Ayer dijimos que hoy se iban a escuchar a los de la defensa”.
Grimberg: “Tuvimos problemas con las notificaciones. Al único que podía lo estaban operando”.
La jueza recordó que, por común acuerdo de las partes, las audiencias se llevarían en 5 días. Le sugirió que procurara los testigos el miércoles: “El viernes se termina el debate”.
El fiscal Longobardi se opuso a llamar como testigos a las personas que leyó Grimberg. Seis de ellos eran policías que estaban de servicio el día que detuvieron a Luciano Arruga. “Hay una causa abierta para saber quiénes son los otros dos que denunció que le pegaron”, argumentó el fiscal. “Y, según surge de los lineamientos, más que testigos pueden resultar que sean sospechosos”.
Los abogados de la familia sostuvieron lo mismo. Medina, del CELS, leyó los horarios que cada uno de los oficiales cumplió ese día: todos estuvieron en el destacamento mientras Luciano estuvo detenido y denunció que lo golpearon, que le escupieron la comida y amenazaron con violarlo. “Ellos no son testigos, porque no son ajenos al hecho”, sostuvo, y recalcó que no sólo pueden ser coautores, sino sospechosos de omitir y ocultar lo que denunció la familia. Además, apuntaron que puede incurrirse en una violación de sus propios derechos y en la garantía de sus debidos procesos.
Los policías:
- Néstor Guillermo Díaz.
- Miguel Ángel Olmos.
- Damián Marcelo Sotelo.
- Miguel Osvaldo Soraire.
- Mónica Viviana Chapero.
- Sergio Oscar Fékter.
Nota aparte: Díaz, Sotelo y Fékter son denunciados como tres de los 8 policías implicados en la deasparición de Luciano Arruga el 31 de enero de 2009.
La fiscalía y los abogados también se opusieron a llamar a otros tres testigos referidos al supuesto robo por el que detuvieron a Luciano. De este llamamiento se desprende que la intención de la defensa es desacreditar a Luciano Arruga y su familia. ¿Qué pueden aportar en un juicio donde se evalúa si un joven de 16 años fue torturado física y psicológicamente en una dependencia policial?
Desde el Ministerio Público Fiscal, alguien comentó: “Así sea Bin Laden, no se lo puede ni tocar”.
El Tribunal llamó a un cuarto intermedio para decidir. Eran las 13:45.
Volvieron 14:12. Le dieron la razón a la defensa.
Desde la fiscalía adelantaron que si la sentencia concluye en absolución y toma en cuenta esa prueba, presentarán un agravio en Casación por aceptar “pruebas que no podrían producirse”.
Finalmente, el Tribunal cerró la jornada hasta el jueves a las 9 de la mañana.
Nota
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Nota
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