Nota
Maristella Svampa, socióloga: sobre intelectuales, countries y piqueteros
Primero investigó el boom de los countries y las clases medias en ascenso buscando seguridad. Luego, el fenómeno de los piqueteros: la resistencia de las clases en descenso e inseguridad. Maristella Svampa y su visión sobre la actualidad de ambas situaciones. Los countries y el derrumbe de la utopía de la comunidad aislada. Los movimientos de desocupados entre la izquierda, los populistas y los autonomistas (o nueva izquierda). Y la crítica a los intelectuales que necesitan a Marco Polo.
Svampa reivindica la figura del intelectual crítico, frente a la del académico profesional, el experto, y el colaborador con el poder. Atribuye esa decadencia de la crítica a la derrota de los 70. Pero también se diferencia de la figura del intelectual militante.
Estudió la huida hacia los countries de las clases medias en ascenso, antes de la crisis. Después de la época del gran pánico (donde se practicaban simulacros de evacuación frente a una presunta invasión de pobres y piqueteros) se derrumbó la idea de la comunidad perfecta y aislada.
Señala que existe una retórica sarmientina de desprecio hacia los sectores populares, a cargo de los llamados medios de comunicación.
Considera que la privatización de la seguridad es un fenómeno que se ha visto hasta en la guerra de Irak (que efectivamente cuenta con la participación de empresas privadas y mercenarios fotogénicos). Advierte sobre el endurecimiento de la «sociedad de control» en el país, y un posible horizonte represivo.
Describe el mapa piquetero actual, diferenciando a grandes rasgos a los populistas, los grupos ligados a la izquierda tradicional, y lo que denomina «espacio de la nueva izquierda» que no quiere llamar «autonomistas» porque considera que tal término se asocia a una visión demasiado «solanocéntrica» (por el MTD de Solano).
Explica cómo los planes sociales fueron utilizados por el peronismo para relegitimarse, mientras la izquierda consideraba que tal movimiento era «un cadáver insepulto».
Advierte sobre el riesgo de que muchos movimientos piqueteros terminen reproduciendo el clientelismo político, a través del manejo de los planes sociales.
Maristella Svampa es socióloga, investigadora, y tiene nariz.
Eso podría explicar su olfato para estudiar dos temas que sus colegas del gremio de las ciencias sociales no juzgaron lo suficientemente interesantes:
En Los que ganaron investigó, a fines de los noventa, el boom de las clases medias en ascenso y su traslado a los countries y barrios privados, buscando un estilo de vida protegido de los peligros del mundo exterior.
En coautoría con Sebastían Pereyra, escribió De la ruta al barrio-La experiencia de las organizaciones piqueteros.
Sobre tal malformación nasal o sinusitis temática -o lo que sea- Svampa opina:
-El tema de los movimientos, sobre todo, me causa gracia. Siempre hay colegas y profesionales de la academia que ignoran completamente lo que ocurre en el campo de los movimientos sociales. Es una especie de mundo paralelo que ellos no ven. Y me invitan para que les cuente, como una especie de Marco Polo que les trae noticias de países lejanos.
(Aclaración para no iniciados: «academia» es una referencia sobre cierto establishment de profesores y funcionarios universitarios, y no sobre alguna sufrida entidad deportiva de la zona de Avellaneda).
Svampa-Marco Polo está preparando actualizaciones editoriales sobre sus libros, dicta clases en la Universidad de General Sarmiento, es investigadora del Conicet e integra la Red de Intelectuales, Artistas y Académicos denominación a la que reconoce excesivamente pomposa (por no mencionar lo académico):
-Con esa red nos proponemos acompañar en la reflexión a los movimientos sociales buscando combatir la imagen negativa que tienen, instalada en los grandes medios y la opinión pública. Esa es una tarea esencial que como intelectuales tenemos que hacer. También es importante reconstruir el rol de intelectual crítico.
-Hace tiempo que no se oye hablar de eso.
-Es que lo intelectual se ha profesionalizado en torno a la figura del experto, del consultor, y de ahí aparece también el colaborador. O si no, una suerte de académico impoluto ajeno a lo que pasa en la sociedad. Nosotros criticamos esas figuras que se consolidaron en la academia. Pero no nos identificamos tampoco de manera completa con la figura del intelectual militante. Creemos que es necesario involucrarse y acompañar a los movimientos sociales, pero también hay que tener distancia para construir en un vaivén y un equilibrio inestable con los movimientos. Todo eso definiendo la crítica como distancia respecto del poder, y cercanía con los movimientos sociales.
-No hay neutralidad.
-No. Siempre ha sido falsa en las ciencias sociales. Creo que la derrota en los 70 fue muy grande, afectó a los intelectuales, y hubo un repliegue.
-Pero esa profesionalización, consultoría o colaboración con el poder no parece ser solo argentina.
-No, es una figura consolidada en todos los países. En Francia los intelectuales están hiperprofesionalizados y por eso fue tan irritante Bordieu (Pierre Bordieu, sociólogo francés fallecido en enero del 2002) en los 90, al salir en defensa de las luchas sociales. Lo criticó toda la élite intelectual, socialdemócratas en primera línea. La derrota de la izquierda generó una crítica muy fuerte al rol del intelectual comprometido. Además hay una cooptación. El sistema académico ofrece grandes beneficios en ese repliegue.
-¿Y aquí?
-También. Con un plus: los intelectuales militantes realmente sufrieron la represión en carne propia, y muchos de ellos el exilio. Pero creo que han elaborado muy mal el tema de es derrota, y muchos de esos intelectuales que estuvieron comprometidos con el proceso de los 70 renegaron de eso, y en los 80 hubo todo un discurso en torno a la recuperación de los valores democráticos que desembocó en una visión hiperinstitucionalizada de la política.
Fue una época en la cual desaparece la sociología como tratamiento de lo social, y deviene en reinado de la ciencia política o filosofía política. Yo critico ese perfil de intelectual profesional asentado. De todos modos, a veces tenemos la tentación de descalificar la academia. Yo creo que hay que tomar lo mejor de la academia y potenciarlo.
Svampa está preparando un libro actualizado sobre la problemática de los countries.
-Volví al campo. Fui a Nordelta y a otros countries para tratar de ver cuestiones sobre el llamado proletariado de servicios y las relaciones asistenciales de los countries con los barrios aledaños
-El libro original es anterior a la crisis del 2001. ¿Qué cambios se notan en el lugar de «los que ganaron»?
-Hay distintas etapas en esta historia de segregación espacial, que tienen relación con la etapa menemista. La primera etapa, del 94 al 97, está recorrida por una euforia, una sobreactuación de los riesgos y oportunidades que representaban estos lugares. En la segunda etapa, que es cuando hice el libro, se veía que había ganadores, efectivamente, pero también una alta inestabilidad. Los que pertenecían a sectores medios en ascenso tenían muy en claro que al día siguiente podían estar del otro lado del alambrado. Eso los llevaba a ser más pragmáticos, y les impedía planificar a largo plazo. El 2002 fue el año del gran pánico en los barrios privados.
-Con simulacros de evacuación por si los invadían las hordas de pobres.
-Sí, fue el gran miedo. La imagen de los saqueos recorría el país y en los countries esperaban a los saqueadores y piqueteros. Ese era el fantasma: no sé, pensarían que les iban a ir a robar los palos de golf. Hubo escenas cinematográficas, gente que se iba al Uruguay, planes de evacuación en los barrios que no eran los más lujosos ni exclusivos. Y a la vez empezó a aparecer una necesidad de responder a la problemática de descomposición social a través de formas de asistencia.
-¿Por ejemplo?
-En un country muy conocido hubo un saqueo a un supermercado cercano, e inmediatamente la comisión directiva decidió crear un comedor comunitario. Se empezó a ver que la seguridad que habían comprado no era a prueba de fuego. Incluso afectó la aparición de casos resonantes como el de García Belsunce, que hablan de que los dispositivos de seguridad al interior de los countries han sido muy descuidados. Siempre se maneja la idea de que el enemigo está afuera, cuando en realidad esta idea idílica de que se puede construir una comunidad perfecta con los semejantes también está en cuestión.
-Se trataría de la doctrina del pituto.
-Digamos que se rompió la idea de que las zonas de seguridad se construyen a partir de fronteras. Y hubo mucha ingenuidad en creer que se iba a crear la comunidad ideal, con un exceso de reglamentarismo que nadie respetaba y todos transgredían. Ahora encontré una actitud un poco más realista.
-¿Pero no hay allí reclamos de mano dura? ¿Marchas Blumberg?
-En esas marchas no sé si son de los countries, aunque hay sectores de clase media y media alta. Hay barrios abiertos que también tienen sus garitas. El tema de la seguridad privada es muy amplio, hay 60.000 efectivos en la provincia de Buenos Aires.
-Más que la policía bonaerense.
-Exacto, y se reparten en countries pero también en garitas, bancos, shoppings, es un verdadero ejército paralelo que tiene que ver con la matriz neoliberal que ha reforzado el sistema represivo institucional. Hay una militarización en las calles y también en las villas, pero esto pasa desapercibido o naturalizado. Pero es un fenómeno totalmente ligado al modelo neoliberal y abarca inclusive situaciones como la guerra en Irak, en la que intervienen empresas privadas con mercenarios. El neoliberalismo requiere seguridad privada. Lo que siempre se dice: tiene seguridad el que puede pagarla. Es una marca de status, que define todo un nuevo estilo de vida.
-¿Los medios recrean una especie de country psicológico: un nosotros en peligro por ellos?
-Es posible. De modo general hay que entender que la Argentina vive un proceso de fragmentación muy grande. Mundos y universos que no se tocan. No hay puentes.
-Estalló la vieja idea sociológica de la pirámide social, con los pobres abajo y los ricos arriba pero formando parte de la misma figura.
-Sí. Hay que pensar otra imagen. El archipiélago, o no sé qué. Es lo que decía también con respecto al mundo académico y al de los movimientos sociales. No hay puentes.
En los medios hay intereses ideológicos muy fuertes. Son grandes grupos económicos que forman parte de las organizaciones empresariales. ¿Cuál es el interés efectivo de esa gente? Y eso se trasluce en la manera como dan las noticias. El modo en que tratan, por ejemplo, la protesta social. Los titulares son increíbles y forman parte de una campaña antipiquetera muy fuerte, en la que convergen diversos sectores: clases medias que manifiestan su irritación y desprecio hacia los que han sido despojados.
Sobre esa irritación se montan los medios. Hay una derecha dura que pide represión y que no vacila en usar una retórica sarmientina contra lo plebeyo. Hay mucho desprecio hacia los sectores populares.
Y el gobierno utiliza ese malestar y lo alimenta, para disciplinar a los sectores más díscolos.
-Una paradoja: el gobierno hace eso, pero a la vez en los countries y en la derecha dura ven a Kirchner como un izquierdista, que dice «compañeros» cuando habla de los piqueteros.
– Yo creo que el gobierno de Kirchner instrumentó distintas estrategias simultáneas con respecto al movimiento piquetero. Kirchner se hizo cargo de las demandas de más Estado, con un discurso donde estaban los derechos humanos y la necesidad de purificar ciertas instituciones. En ese marco hay que comprender la oportunidad que se le presentó al gobierno frente a un movimiento social que había tenido gran frontalidad y protagonismo durante el último año y medio, de llevar a cabo distintas estrategias: negociación, disciplinamiento y represión, todo junto.
Si se analiza qué se hizo como negociación, la masificación de los planes sociales benefició a varias corrientes piqueteras. Por otro lado se crearon nuevos subsidios para proyectos productivos muchos de los cuales fueron un reclamo histórico de las corrientes autónomas e independientes.
-¿Qué mapa podría trazarse actualmente para entender el universo piquetero?
-Es un conglomerado muy heterogéneo, donde convergen alineamientos que dependen de partidos de izquierda, organizaciones territoriales más independientes y autónomas, y otras más ligadas a los sindicatos. Algunas de ellas tienen una fuerte matriz populista.
Venimos de tensión entre las corrientes ligadas a una concepción de izquierda, y las autónomas. Pero este año vivimos el gran apogeo de los movimientos populistas, que si bien habían tenido protagonismo en la calle, no lo habían tenido en términos de debate.
-¿Y cómo entran en el debate?
-Con Kirchner se les abre la posibilidad de pensar en reconstituir una suerte de proyecto nacional, con un correlato americano: Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, vamos a ver si Evo Morales en Bolivia. Polo latinoamericano, bases movilizadas, nuevo liderazgo y pacto social. Kirchner se alimentó de esas organizaciones y la oposición quedó en los grupos territoriales y los ligados a partidos de izquierda.
-¿Cuáles serían esos movimientos populistas?
-La FTV (Federación de Trabajo y Vivienda, conducida por Luis D’Elía), Barrios de Pie, y todos los que han conformado el frente piquetero kirchnerista. Buscan recrear la idea Pueblo-Nación.
-Y pelearle el territorio bonaerense a los punteros duhaldistas. Supongo. Ese parece ser el gran unificador de todos los grupos bonaerenses.
-Sí, salvo que no creo que estos grupos hayan peleado realmente contra las estructuras del peronismo. No son ellos los que han sufrido la represión y la oposición. La FTV desarrolló componentes pragmáticos muy claros.
-No entiendo.
-Siempre negociaba. Estos grupos no confrontan en términos estratégicos con el duhaldismo. Son parte de la interna.
-¿Dónde entra en este esquema la Corriente Clasista y Combativa, que fue casi oficialista y a la vez funciona con el Partido Comunista Revolucionario (maoísta)?
-Tiene una doble matriz. Una perspectiva anticapitalista con fuertes elementos populistas. Por eso tiene esas relaciones de acercamiento y alejamiento con el gobierno. Ahora rompió con la FTV y actúa sola, coordinada a veces con otros grupos.
-¿Castells (del Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados)?
-Buena pregunta. Creo que tiene una estructura movimientista clásica. Organización muy verticalista, que funciona en relación con su lider, jerarquizada y centralizada. Como en el peronismo. En ese sentido Castells tiene más elementos en común con la FTV, aunque se diferencia por su perspectiva anticapitalista.
-¿Y los grupos piqueteros oficialistas?
-Ahí lo que no está claro es qué lugar ocupan las bases sociales movilizadas. La experiencia del 2002 dejó la marca del desborde de las masas y la amenaza a la gobernabilidad. Con lo cual la transversalidad tiene ese límite: quiere contar con masas movilizadas, pero gobernables.
De todos modos creo que las experiencias ligadas a los partidos de izquierda subestimaron al peronismo. Se creyó que había desaparecido. Yo recuerdo que un dirigente llegó a decir que el peronismo era un cadáver insepulto.
-Es algo que se viene anunciando desde 1945.
-Pero eso es desconocer la historia. No es que uno considere que estamos en las tierras del peronismo infinito: durante mucho tiempo tuvo el monopolio de la representación de los sectores populares, pero ahora hay experiencias territoriales innovadoras por fuera del peronismo. De todos modos desconocerlo o subestimar su rol entre los sectores populares, es ser ciego.
No se tuvo en cuenta lo primordial: los planes sociales. En 1997 se otorgaron 300.000 planes a las organizaciones piqueteras incipientes. Pero a partir de ahí se multiplicaron los planes, hay más de dos millones, de los cuales sólo el 10 por ciento es controlado por organizaciones piqueteras. El resto -el 90 por ciento- depende directa o indirectamente del peronismo.
-Renació el cadáver insepulto.
-Claro, porque en realidad a estos planes más allá de responder a la urgencia ante la crisis, hay que verlos como una estrategia de legitimación del peronismo para recuperar su relación con los sectores populares. Si uno se olvida de eso, puede minimizar lo que ocurre en ciertas organizaciones piqueteras que eligieron el camino de la masificación y hoy corren el riesgo de caer en el clientelismo.
-¿…?
-Quiero decir: la masificación conlleva el riesgo de clientelismo, porque se necesitan mediadores, y los mediadores provienen muchas veces del peronismo. Hubo un pasaje de punteros y manzaneras a las organizaciones piqueteras, que los aceptaron con el desafío de cambiar la cultura política. Pero ante la urgencia de la gente, el rol de mediador es tan grande que existe el riesgo ni digo del asistencialismo, pero sí del clientelismo
-Y las organizaciones que querían romper un tipo de relación terminan copiándolo.
-Digamos que es un riesgo. Los que acompañamos estos procesos tenemos que verlo y analizarlo. Porque al principio se vio a los planes como una ruptura con el sistema clientelar.
-La cuestión es: si la gente tiene que obedecer las órdenes de los dirigentes y, por ejemplo, ir a los actos y marchas para sumar puntos y recibir un plan, la práctica es idéntica a las de los punteros, más allá de los discursos.
-En todo caso creo que hay que enfrentar el problema y resolver la cuestión. Más allá de las críticas de las clases medias sobre asistencialismo, que tienen un nivel de hipocresía en el cual no quiero entrar. Pero la cuestión está. La cuestión de la dependencia. Durante la primera etapa del movimiento piquetero surgieron los elementos más positivos de esa relación ambivalente con el Estado. Hoy salen a relucir los elementos más negativos, como el riesgo de clientelismo. Por eso es necesario que distintas organizaciones piqueteras salgan de esa lógica.
Hay varias propuestas. Hay quienes proponen la universalización de los planes, y eliminar la figura del mediador.
-Que los planes vayan directamente a la gente.
-Claro. Ahora existen muchos mediadores. El sistema punteril, organizaciones religiosas tipo Cáritas, organizaciones no gubernamentales. Los grupos piqueteros son los únicos que han abierto una brecha innovadora en el mundo comunitario. Los otros no hacen más que reproducir la lógica asistencialista. De todos modos hay que llamar la atención a las organizaciones piqueteras sobre que efectivamente hay un peligro mayor en esta relación de dependencia con el Estado. Hay una profundización de la matriz neoliberal por el lado del asistencialismo. El Estado controla la vida de dos millones de personas. Es escandaloso. El movimiento piquetero tiene que romper esa lógica para continuar con sus prácticas innovadoras. Es el nuevo desafío, y no es fácil.
Otra propuesta es la idea del ingreso ciudadano, que permitiría disociar lo que es el ingreso, del trabajo, y asociarlo al derecho a la vida, para poder ejercitar la ciudadanía.
Y me parece que algo que se desdibujó en los últimos tiempos en los movimientos es el tema de los derechos. Los medios y el rechazo de las clases medias han contribuido a reducir la protesta a la realización de un piquete o la obtención de un plan, cuando lo que está en debate es el derecho a la vida, a la educación, a la alimentación.
Me parece que uno de los grandes desafíos es la ampliación de la plataforma discursiva y reivindicativa de las organizaciones piqueteras.
-¿Por ejemplo?
-Hay cosas que surgieron en el Foro de Mosconi. Además del rechazo a la criminalización de la protesta, el otro eje fue el de recuperar los recursos naturales, denunciar la acción de las multinacionales, interpelar a otros actores -no sólo al Estado- que han tenido un rol devastador en la sociedad. Hay que ampliar la plataforma discursiva, porque si hay algo preocupante para las organizaciones piqueteras, es su grado de aislamiento.
-¿De qué modo se amplía el discurso?
Creo que una manera de tender puentes y buscar lazos es tocar temas que involucran a todos, porque implican el derecho a la vida, a la educación y demás.
Pero hay que tener en cuenta que la capacidad de interpelación que históricamente han tenido los excluidos ha sido bastante débil. Cuando me dicen «¿por qué los piqueteros no realizan otro tipo de protesta?», yo siempre digo: son desocupados, tienen menor posibilidad de interpelar a la sociedad que un trabajador ocupado. La forma de salir de la invisibilidad fue el piquete.
Pero hoy, las clases medias que en algún momento -por la crisis- tuvieron un punto de resonancia con los piqueteros, están naturalizando otra vez la brecha y dicen: «señores, resígnense, ustedes son excluidos, vuelvan a sus barrios y no molesten». Ese es el aislamiento que favorece la represión. La afinidad de las clases medias fue episódica, aunque también es cierto que surgieron nuevas organizaciones y espacios de cruce social entre distintos movimientos. Las asambleas fueron espacios donde se gestaron nuevas articulaciones. Muchos de los que salieron a la calle están desarrollando nuevas experiencias. No todos se volvieron a sus casas. Eso es muy positivo, y hay que señalarlo contra esa visión pesimista y negativa de las clases medias.
Hay profesionales, médicos, psicólogos, grupos culturales, colectivos de contrainformación, un conjunto heterogéneo que hace sus aportes. Los movimientos piqueteros no son lo mismo que hace dos o tres años. Han realizado cruces y articulaciones con otros sectores sociales, han tenido la oportunidad de viajar y de conocer otras realidades. Se han insertado en el mapa de las luchas sociales. Eso es algo que no ve la opinión pública.
-Otra vez: el mundo paralelo.
-Claro, lo que no reflejan los medios.
-Lo que mucha gente percibe como retroceso, podría verse como un proceso de transformación.
-Sí, sobre todo en las experiencias como el autonomismo en todas sus expresiones, no sólo el radical. Quiero decir que hay una visión muy «solanocéntrica» de la autonomía (traducción: referencia al Movimiento de Trabajadores Desocupados de Solano), pero creo que eso forma parte de toda una nueva vertiente que yo prefiero llamar el espacio de la nueva izquierda, donde hay matrices diferentes, unas populistas y otras anticapitalistas. Y dentro de las anticapitalistas hay diferentes expresiones. La izquierda tradicional partidizada, por ejemplo, con mucha visibilidad por su confrontación con el gobierno, que bien valdría la pena revisar. Hay una necesidad de repensar cuál es el sentido de la acción de los que creen que el sujeto político se construye sólo a partir de la movilización callejera.
-Me perdí. El mapa piquetero se dividiría en tres: organizaciones populistas, de izquierda tradicional, y el espacio de la nueva izquierda.
-No sólo en el movimiento piquetero, sino que en el espacio de los movimientos sociales nosotros podemos ver reflejadas distintas lógicas de construcción del sujeto político. Por un lado, la izquierda tradicional piensa en la construcción de un sujeto que reenvía a la clase revolucionaria, con una propuesta vanguardista que cree que el sujeto político se construye con la sola movilización callejera. Esto se vio al extremo durante los últimos dos años.
Luego están en ese espacio político los que conciben al sujeto político en términos de «pueblo-Nación», que reenvían nostálgicamente al viejo modelo populista con el líder conductor, la masa movilizada y el pacto social. Hoy suma expectativas por la coyuntura latinoamericana. Acá no hay clase revolucionaria sino pueblo-Nación.
Y creo que hay una tercera que yo no llamo autonomista porque se corre el riesgo de identificarla con una sola de sus variantes (el MTD de Solano). A esto lo llamaría el espacio de las nuevas izquierdas, donde encuentro distintas orientaciones ideológicas. Ahí uno puede encontrar organizaciones como la UTD (Unión de trabajadores Desocupados de Mosconi, Salta) en la que si se buscan definiciones teóricas claras tal vez no se las encuentre en los términos que nosotros podemos plantearlas. Están también los MTD de la Verón (que se han dividido) y los MTR (Movimiento Teresa Rodríguez, también divididos) con todas sus ambivalencias y contradicciones, y hasta uno podría decir que hay otras corrientes diseminadas en el espacio piquetero.
Pero en el espacio de las nuevas izquierdas hay una búsqueda, no una definición contundente de lo que es el sujeto político. Para los autonomistas radicales, no hay sujeto, sino una subjetividad radical: no hay la posibilidad de articulación de un nuevo sujeto político. Ahí hay un debate teórico que hay que seguir dando. Pero también están quienes buscan la construcción de un sujeto político por fuer de las concepciones vanguardistas y populistas, pero siempre dentro de una vía anticapitalista de recreación de nuevas relaciones sociales.
-¿Pero qué sería ese sujeto? ¿Un partido político, o algo por el estilo?
-No, no. El espacio de nuevas izquierdas niega toda posibilidad de representación a través de los partidos. Eso es claro. Pero por lo demás no hay definiciones sobre cuál sería ese sujeto político. Hay una búsqueda y un debate.
-Debate difícil, porque están subdivididos hasta los que teóricamente piensan parecido. Y todos parecen tener buenas razones para no querer estar unidos.
-A ver. Algunos defienden la diversidad. Pero el costado negativo de la diversidad es la fragmentación. Estamos viviendo eso, que conspira contra crear espacios de articulación nuevos. Insisto, conspiró cierta vocación autonomista de negar toda posibilidad de articulación, en tanto esta posibilidad era portadora de una amenaza hegemonizante.
-Pero sería también un tanto «solanocéntrico» pensar que la fragmentación de otras organizaciones ocurre por las ideas de autonomía.
-Claro, hay un proceso de fragmentación alimentada por otro lado por el contexto político y por la heterogeneidad del origen de las organizaciones piqueteras. Un tema que no fue menor durante el 2002 fue que hubo un gobierno débil como el de Duhalde. Esa debilidad alentó la proliferación de grupos, las divisiones. Maquiavelo dice que un rival débil favorece la fragmentación.
-En esas nuevas izquierdas, ¿qué es lo que hay en común?
-Eso también es importante de señalar, porque hay muchas cuestiones. El estilo de construcción basado en la democracia asamblearia. Cada grupo defiende esa democracia asamblearia de diferentes maneras, pero es una característica, sea el MTR, la Verón, y aún la CCC. Está también la autogestión y la voluntad por crear espacios de economía alternativa. Y la diferencia está entre quienes niegan toda posibilidad de aglutinamiento porque eso implicaría constituir un polo hegemónico, y aquellos que sostienen que es posible construir nuevos espacios de articulación. Sería como la discusión entre Negri y Gramsci (Toni Negri, italiano, autor de Imperio. Antonio Gramsci, también italiano, teórico marxista y presidente del Partido Comunista de su país, fallecido en 1937). Negri venció a Gramsci pero creo que hay que repensar la cuestión de la articulación política. Me parece muy rico el pensamiento de Negri sobre las transformaciones en la subjetividad, pero me parece más complicado cuando esto adquiere un registro político. Ahí hay que ponerlo en diálogo con otra gente. Es necesario abrir ese diálogo.
-Se le pide muchas cosas a los movimientos, que además tienen que sobrevivir día a día.
-Pero bueno, si algún aporte podemos hacer es discutir este tipo de cosas.
-Después de la semana contra la criminalización de la protesta, ¿se puede pensar en una situación represiva más dura?
-Creo que a todos nos acosa el fantasma de la represión final. Pero es cierto que el contexto se va endureciendo cada vez más, y con hechos objetivos. Cada vez hay más policías en las calles, fuerzas represivas que se van diversificando, y la seguridad privada en aumento, como un ejército paralelo. La sociedad de control no es una imagen metafórica. Y el endurecimiento va más allá de la situación de inseguridad que plantean muchos sectores. Pasa no solo por la presencia policial, sino por situaciones como la judicialización de la protesta social, que favorece la represión.
-¿Hay grupos piqueteros a los que les convenga el escenario represivo?
-El «cuanto peor, mejor». Me parece que es una idea simplista. Si hay algunos que piensan así, es algo marginal. No es algo que esté presente en los movimientos. Pero es una idea explotada por el gobierno y ciertos sectores progresistas. Parecería que todo desafío o confrontación es funcional a la derecha. Pero entonces, ¿qué habría que hacer? ¿quedarse en el barrio para no despertar al lobo feroz? Ahí hay otra discusión. Sin caer en el simplismo de los que simplemente piensan que hay que atizar para tener mayor apoyo, en una confrontación siempre hay riesgo de que haya mayor represión. Eso lo saben todos los grupos desde la primera vez que salieron a cortar una ruta.
Actualidad
La lección de la historia: por qué y para qué un Estatuto del Periodista

Periodistas de distintos medios de comunicación de todo el país convocaron para mañana a las 10 una conferencia de prensa en el Congreso de la Nación en defensa de la herramienta legal que protege el oficio periodístico y busca ser derogado con la reforma laboral del Gobierno. Esta nota cuenta cómo se lo logró construir este instrumento para resguardar no sólo el trabajo sino también la calidad y la diversidad de la información.
Por Claudia Acuña
La primera vez que los periodistas argentinos decidieron tener un día en el calendario tuvo una clara intención: señalar un parto. Lo que así nacía era una visión del rol político y social de la comunicación y sus actores, que hoy conviene recordar porque las circunstancias se repiten burdamente. Por entonces, lo que aquellos periodistas pretendían era un marco legal acorde con las transformaciones que habían convertido la producción de la noticia es un negocio monumental e impune, amparado en protecciones y prebendas que se justificaban con el escudo de la libertad de expresión. Aquellos periodistas se hicieron entonces una pregunta clave: ¿son las empresas las que garantizan ese derecho social? ¿O se amparan en él para defender sus privilegios? Para responder este dilema, el Círculo de la Prensa de Córdoba organizó un Congreso Nacional de Periodistas que se llevó a cabo en la capital mediterránea el 25 de mayo de 1938. La invitación tenía objetivos concretos: evitar “las formulaciones líricas” y obtener “resultados prácticos”. El trabajo de los delegados dio como resultado el borrador del Estatuto del Periodista –que lograron imponer seis años después- y la consagración del 7 de junio como la fecha marcada en el calendario para pensar qué representa “la libertad de pensamiento”, tal como definió uno de los principales impulsores del encuentro, el periodista Octavio Palazzolo. Las dos cosas fueron resultado del cambio de paradigma con el que aquel Congreso enfrentó la cuestión: el Estado garantiza la libertad de expresión cuando protege la labor de los periodistas y no a las empresas.
El cambio que representa esta mirada es producto de dos cuestiones centrales: una definición clara sobre la identidad del periodista profesional y una coyuntura histórica tan excepcional como la de hoy.
Por eso mismo, conviene recordarla.
Ser o no ser
En Rosario y en 2007 fue publicado el libro Prensa y peronismo[1] que dedica su primer capítulo a recordar esta historia. Su autor es James Cane. Se trata de una investigación sobre el contexto, sanción y consecuencia del Estatuto del Periodista, a quien Palazzolo –uno de sus principales redactores- presentó entonces con una frase que no pierde vigencia: “Ha resultado superior a la conciencia gremial, y hasta me atrevería a decirlo, al término medio de la mentalidad de los hombres que constituyen nuestro gremio”.
¿Por qué un Estatuto que fija las condiciones laborales de los periodistas profesionales tuvo y tiene una importancia estratégica en el análisis de la historia política de los medios de comunicación comerciales en la Argentina? En principio, tal como recuerda Cane en su capítulo, porque fue resultado de un proceso de transformación de la producción de la noticia, en particular y del periodismo mismo, en general. Una síntesis gruesa:
- Hasta comienzos del siglo XX, el periodismo argentino mantenía las características que le dieron origen: una forma de expresión de ideas de sectores sociales que intentaban, por medio de la prensa, defenderlas, difundirlas e imponerlas. Medio y periodistas estaban unidos en esas tareas. Los periodistas se consideraban a sí mismos y eran considerados por los demás como intelectuales cuyo único interés era el triunfo de sus ideas.
- En 1910 comienza otra historia: la del espectacular desarrollo de la prensa escrita. Señala Cane: “Esta transformación había convertido a la capital argentina en el mercado periodístico más grande de América Latina. A mediados de la Década Infame, cinco medios impresos –Crítica, Noticias Gráficas, La Prensa, La Nación y El Mundo– mantenían una circulación que superaba con exceso los 2 millones de ejemplares diarios. Hasta un diario de baja circulación para el contexto porteño, como el socialista La Vanguardia, equiparaba su tiraje con el de los diarios comerciales más vendidos en Chile y en Colombia”.
- Esta transformación alcanzó, por supuesto, a las relaciones de producción. Semejante crecimiento no podía sostenerse con camaradas de ideas y amigos de la causa.
- El periodismo se transformó en industria, pero sin reconocerlo. “Los dueños de los diarios insistían, en forma unánime, en que el carácter económico de un periódico seguía siendo accesorio a la función normativa de la prensa como vehículo de la opinión pública fiscalizadora de los actos del Estado. Hasta en las páginas de Crítica, un órgano que tanto hacía para cambiar las características de estos medios, se negaba que el diario fuera una entidad comercial. Esto era sostenido como una posición de principios, pero también como una forma de desmentir que la relación diario-lector estuviera basada en un intercambio mercantil antes que en una relación de afinidad espiritual”, apunta Cane.
- La diferencia entre ser y no ser una empresa comercial no era un mera cuestión filosófica, sino fundamentalmente legal. La actividad entera quedaba amparada por la Constitución, pero fuera de cualquier otra ley y sus trabajadores, sin derechos.
- Los trabajadores de la industria periodística comenzaron a exigirlos, acompañando la tendencia a la sindicalización que caracterizó esa etapa del país. Los gráficos y canillitas fundaron sus sindicatos. No así los periodistas, que no aceptaban reconocerse en un espejo proletario. En palabras de Palazzolo: “Por un lado estaban los que hinchados de una enorme vanidad seguían alimentando la leyenda del periodista […] quijotesco, heroico, que sólo vivía para difundir ideas; por otra parte estábamos los que habíamos superado ese magnífico pretexto, destinado a pagar sueldos de hambre, a enriquecer a las empresas o a solventar los lujos de algún director-propietario”.
- La innovación jurídica más temida vino sorpresivamente desde el Poder Judicial. Dos jueces federales dictaminaron a favor de los periodistas Manuel Sofovich y Oscar di Leo en las demandas por despido sin indemnización que habían entablado contra los dueños de Noticias Gráficas y La Prensa, respectivamente. El juez Eduardo Broquén fue particularmente claro en su rechazo de los argumentos de los abogados de La Prensa, quienes habían declarado que su cliente no podía ser clasificado como “comerciante” precisamente porque el diario del que era propietario se ocupaba exclusivamente de la difusión de noticias. Al contrario, para el juez, se trataba de “un establecimiento eminentemente mercantil” y los periodistas, por lo tanto, debían legalmente considerarse como trabajadores cuyos derechos estaban protegidos. Conviene aclarar que en esa época el diario La Prensa contaba con 1.698 empleados “invisibilizados” por la magia del argumento de la excepción, hijo ilegítimo de la libertad de expresión.
- “Esta situación de ambigüedad y conflicto daba nueva urgencia a dos cuestiones: ¿los periodistas eran realmente trabajadores? La necesidad de respuestas llegó a ser aún más perentoria luego de una serie de contradictorias decisiones judiciales frente a las demandas de los periodistas de la ciudad de Córdoba”, consigna Cane en su investigación. Ese fue el contexto que dio origen al Congreso Nacional.
- El 24 de mayo de 1938 –día anterior a la reunión– el Círculo de la Prensa cordobés dio un comunicado donde se buscó dejar en claro que el propósito de los delegados era, nada menos, que rearticular las concepciones hasta el momento dominantes sobre el significado de la profesión. «Sin razón que lo justifique”, declaraban los periodistas cordobeses, “se habla todavía de la ‘bella bohemia periodística’”, una noción que no hace otra cosa que inferir “un agravio a los más respetables trabajadores intelectuales con que cuenta la sociedad” en una negación anacrónica de las transformaciones que habían creado la prensa industrial moderna. El Congreso Nacional de Periodistas, en cambio, “rompe con estos conceptos novecentistas […] para colocar al gremio en primer plano, resuelto a ganar […] las garantías morales y materiales que considera justas para hacer posible su convivencia dentro del núcleo social”.
Así se proclamó el Día del Periodista y se redactó el Estatuto profesional. Cómo se logró que se convierta en ley es otra historia que también se parece a la de hoy.
La diferencia entre medios y opinión pública
Dice Cane en su capítulo:
“Además de reconocer que los periodistas eran trabajadores de empresas comerciales, el borrador del estatuto también introducía una modificación importantísima en una idea clave para la concepción decimonónica de los derechos de prensa, que a su vez servía de base para la jurisprudencia federal. Esto es, que el Estado necesariamente encarnaba la amenaza principal para el buen funcionamiento de los medios impresos de difusión”. El encargado de exponer este argumento fue el periodista Ernesto Barabraham, quien firmaba como Ernesto Maury en el diario La voz del interior. Su razonamiento fue el siguiente: “dada la complejidad de la división de trabajo en la prensa moderna, las relaciones entre periodistas y propietarios habían dejado de ser puramente privadas para convertirse en una cuestión pública. En las disputas cada vez más notorias entre periodistas individuales y propietarios de grandes diarios, sólo el Estado tiene la capacidad de ejercer una mediación y defender a los primeros, que son, al fin de cuentas, los que producen el contenido público de los diarios”. Los delegados no sólo aprobaron el borrador del proyecto presentado por Barabraham, sino que también establecieron la Federación Argentina de Periodistas (FAP), una confederación de las organizaciones de periodistas de todo el país que tendría por misión inmediata lograr la aprobación del proyecto por parte del Congreso nacional.
Pero la situación política de entonces estaba lejos de mostrar la cara de un Estado benefactor. “Si el autoritarismo del presidente Castillo hacía que el Estado pareciera cada vez más amenazador para los intereses de periodistas y propietarios, el Gobierno surgido del golpe militar de junio 1943 estuvo aún más dispuesto a usar la represión como elemento fundamental de sus relaciones con la prensa. El intento del régimen, encabezado por el general Ramírez, de crear un ambiente en el que la prensa quedara esencialmente silenciada, culminó con el decreto 18407, en el que el Gobierno dictó medidas estrictas de censura sistemática y –lo más novedoso– de carácter permanente”, sintetiza Cane.
¿Cómo un decreto de censura permanente fue derogado por otro que consagraba el Estatuto del Periodista Profesional? La respuesta tiene nombre y apellido: Juan Domingo Perón. El joven coronel que, desde el Departamento Nacional del Trabajo, venía gestando un intento de acercamiento a la prensa. El clásico razonamieto peronista de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos abrió la puerta a los periodistas delegados que presentaron el proyecto gestado en aquel Congreso de seis años atrás. “Las razones de la temprana inclusión de los periodistas en esta primera ola de reformas laborales no son difíciles de imaginar. Los periodistas ocupaban una posición clave en la producción y circulación de dos ‘mercancías’ fundamentales para la elaboración de cualquier proyecto político: información e ideología. Así, donde el régimen militar torpemente intentaba pacificar a la prensa a través de una censura férrea y no lograba mucho más que unificar a lectores, periodistas y propietarios en contra de la medida, el reemplazo del decreto 18407 por el Estatuto del Periodista significaba un cambio fundamental en la relación entre las autoridades y los medios de comunicación. Perón, en efecto, buscaba usar las divisiones de clase dentro de las redacciones no sólo para fracturar internamente a cada diario opositor, sino también para ganar la simpatía activa de los productores directos de buena parte de la información y la ideología que vastos sectores del público argentino consumían en forma cotidiana. En lugar de silenciar a la prensa, el Estatuto formaba una parte importante del intento más ambicioso de tener mayor influencia sobre la articulación de la llamada opinión pública”.
Las lecciones de ayer
“Considerar este decreto como una simple jugada por parte de Perón y las autoridades militares para ‘cautivar a los trabajadores de la prensa’ (Sirvén, 1984: 24) deja de lado el rol fundamental y consciente que los propios periodistas desempeñaron en la evolución de las relaciones entre el Estado y los medios impresos” senala Cane.
Se podría inferir algo similar de la tarea que desarrollaron quienes se encargaron de elaborar los 21 puntos para una radiodifusión democrática que sentaron la base legal y social de la Ley de Servicios Audivisuales. Fueron 300 organizaciones sociales que en 2004 redactaron un documento que se convirtió en una herramienta de acción y presión. Y que cuando fueron llamados por los enemigos de sus enemigos, ya sabían qué pedir y cómo.
La casualidad o la historia coloca aquel borrador del Estatuto y ese documento de los 21 puntos a una misma distancia: seis años tardaron en convertirse en ley. Los dos fueron, también, el resultado de un profundo replanteo sobre el rol del periodismo, el Estado y las empresas. Que el de ayer lo pudieran hacer los periodistas de las grandes empresas y el de hoy, los que trabajan en la comunicación social nos indica cuál es hoy la trinchera desde donde se defiende aquello que Octavio Palazzolo nos señaló hace casi 88 años cuando marcó una fecha en el calendario.
La de hoy, cuando nos toca defender ese legado.
Nota
Entrevista al hermano de Luciano Arruga, a 17 años de su desaparición: “Los pibes no son lo que nos dicen”

Sebastián Alegre es uno de los hermanos del joven desaparecido el 31 de enero de 2009 y finalmente encontrado enterrado como NN en el cementerio de Chacarita en 2014. Una parábola que solo deja en evidencia el encubrimiento por parte del Estado y que tiene a la Policía Bonaerense en el centro de las denuncias sobre el asesinato de este joven de 16 años, crimen que jamás se investigó a fondo. El pedido de memoria, verdad y justicia sigue intacto, y también la asociación de amigos y familiares empujando desde hace años un centro de memoria y arte, todo en un destacamento donde Luciano fue torturado, hecho por el que un policía fue condenado a 10 años de prisión. Este sábado recordarán a Luciano con una radio abierta, a las 16.30 horas, en Indart 106, Lomas del Mirador.
En esta nota -que recuerda a Luciano a 17 años de su desaparición y asesinato- repasamos el derrotero del caso que se convirtió en bandera de lucha contra la desapariciones en democracia en el país de los 30 mil, pero cuya impunidad persiste cada día. Sebastián, que tenía 13 años cuando Luciano, de 16 años, desapareció, recuerda a su hermano, cuenta quién verdaderamente era y lo conecta con los discursos actuales de la baja de imputabilidad.
Lo que cambió, y empeoró, en el barrio de 12 de octubre de Lomas del Mirador, con el avance del narco y la facilidad para conseguir armas. Lo que nunca llega: oportunidades y asistencia estatal para salir de la pobreza. Lo que ellos mismos encaran: organización y cultura “para darle otro camino a las juventudes”.
Por Lucas Pedulla
Su primera interacción con la policía fue a los 13 años.
Estaba con su hermano Luciano y un amigo de él caminando hacia la Plaza del Cañón, en Lomas del Mirador. No hacía mucho que se habían mudado a esa localidad de La Matanza tras haber vivido en una pensión porteña de Flores y, luego, en la bonaerense Ciudadela. Sebastián sabía de la hostilidad de esos oficiales porque más de una vez lo habían amenazado sólo por estar jugando al rinraje en el barrio: “Pendejo, tomatelá, porque te voy a llevar”.
Pero esa tardenoche fue distinta. Caminaban por avenida Mosconi cuando un patrullero los abordó a la altura de la Clínica del Buen Pastor, a tres cuadras de la plaza. “Me acuerdo que se bajó un oficial con la escopeta en la mano y se la pone en el pecho al amigo de Luciano. Le dice: Ponete ahí contra la pared. A Luciano le hace lo mismo. Vos también, me dice. Luciano se da vuelta y le dice: Él es menor. ¿Entendés? Él también era menor, nos llevábamos tres años de diferencia, según la época del año cuatro. Qué me importa, dice el policía y me pegó una patada que me hizo abrir las piernas y apoyarme contra la pared. Uno me palpaba, el otro seguía con la escopeta en la mano”.
Por esos años Sebastián (13) y Luciano (16) trabajaban juntos en una fábrica a pocas cuadras de su casa, en el barrio 12 de Octubre, un asentamiento de casas humildes que abarca una manzana. Uno de los límites del barrio da a una plaza que hoy lleva el nombre de su hermano. El otro límite, justo en diagonal a la casa en la que vivían, da a una zona residencial de clase media, vecinos que pidieron la creación de un destacamento policial ante la llamada “inseguridad” en la zona.
Por esas calles caminaban Sebastián y Luciano para ir a la fábrica de hebillas para zapatos y cinturones, en la que trabajaban de ocho a diez horas al día. Hacían todo el proceso –tirar los moldes, lijar, pulir– menos la fundición, ya que era una máquina gigante que veían con mucho respeto. A los mediodías se iban a almorzar bajo algún árbol con sombra de la General Paz, la enorme avenida que divide a estos conurbanos de la Ciudad de Buenos Aires. Cuando llegaban los fines de semana, con sus salarios se iban a Liniers –frontera entre ambos mundos– a comprar ropa. Sebastián recuerda los consejos administrativos de su hermano: “Lu me decía: Comprate esto, comprate aquello y esto dámelo que lo guardo para casa. Todo pasaba así, hasta que hubo un momento en el que Luciano ya no estaba más…”.
El 31 de enero de 2009, hace 17 años, Sebastián cruzó a su hermano mayor caminando por la calle Perú, la de su hogar. “Andá para casa, me dijo. Tengo el recuerdo que era de tarde, porque el sol le pegaba de frente. Fue la última vez que lo vi”.
Desde entonces comenzó un recorrido que tuvo a su mamá, Mónica Alegre, y a su hermana, Vanesa Orieta, haciendo lo impensado para saber dónde estaba y qué le había pasado. Sebastián empezó a ver cómo el nombre y el rostro de su hermano, Luciano Arruga, comenzó a imprimirse en carteles, pintarse en banderas, escribirse en paredes y gritarse en marchas. El pedido era “aparición con vida”, una consigna que se gritaba para los desaparecidos de la última dictadura militar, y congregó multitudes para saber qué había pasado con un chico pobre de 16 años. Su hermano, Luciano.
“Soy la mamá de un negro villero que se negó a robar para la policía”, escuchó Sebastián, de boca de Mónica, ese enero y cada enero en adelante, cuando se cumplían años de su desaparición. Y así, fue viviendo este doloroso camino a partir de los 13 años, la misma edad desde la que hoy quieren meter presos a los chicos con el nuevo proyecto de baja de imputabilidad, defendido por el Gobierno nacional y sus aliados. Su recuerdo de esa tardenoche camino a la Plaza del Cañón cobra entonces una triste actualidad, como las realidades que Luciano nos sigue revelando, a 17 eneros de su desaparición.

Racconto de un encubrimiento
Sebastián recibe a lavaca en el Espacio para la Memoria Luciano Arruga. El lugar está en Indart 106, en Lomas del Mirador, y es el mismo chalet donde funcionó el Destacamento Policial N°8, dependiente de la Comisaría 8°, un ex centro clandestino de detención en dictadura conocido como “El Sheraton”, una turbia ironía de los represores. El destacamento fue creado a instancias de un grupo de vecinos nucleados en la asociación Vecinos en Alerta de Lomas del Mirador (VALoMi). Su fundador, Gabriel Lombardo, sigue al día de hoy apareciendo en televisión reclamando “más seguridad” ante cada hecho del barrio. Sin embargo, esa dependencia, en verdad, sólo debía cumplir tareas administrativas porque no tenía las condiciones para llevar a personas detenidas, mucho menos un adolescente menor de edad. Pero allí detuvieron y llevaron a Luciano el 22 de septiembre de 2008, cuatro meses antes de su desaparición. “Vane, sacame de acá porque me están cagando a palos”, escuchó su hermana, Vanesa, que gritaba Luciano cuando lo fue a buscar a ese destacamento. Por ese hecho, en un fallo unánime, el Tribunal Oral en lo Criminal N°3 de La Matanza condenó al policía Julio Diego Torales a diez años de prisión por torturas físicas y psicológicas.
Familiares y Amigos de Luciano, la organización que encabezó la lucha todos estos años, logró también que ese destacamento se cerrara, aunque la Municipalidad de La Matanza, entonces encabezada -al igual hoy- por el intendente Fernando Espinoza, lo trasladó al predio Monte Dorrego, a tan sólo unas pocas cuadras. Para la familia, Espinoza y Daniel Scioli, el entonces gobernador bonaerense –antes peronista, hoy reconvertido libertario–, son los principales responsables políticos de la desaparición del joven.
La expropiación del destacamento la consiguieron con acampes, radios abiertas y festivales multitudinarios. Allí abrieron un espacio para la “memoria social y cultural” de Luciano, que está pronto a comenzar sus jornadas de apoyo escolar para el barrio. “Queremos llenar de vida este lugar”, cuenta Sebastián, entusiasmado.
Tras la detención de Luciano en septiembre del 2008, el hostigamiento y el verdugueo policial se acentuaron al punto de que el joven ya tenía miedo de salir de su casa. El 31 de enero de 2009, Luciano no volvió más. Según testigos, lo subieron a un patrullero y lo llevaron a la comisaría. La familia inició una denuncia en el fuero provincial que luego pasó al federal como “desaparición forzada de persona”.
Cinco años y ocho meses después, el 17 de octubre de 2014, y tras presentar un nuevo hábeas corpus, la familia encontró el cuerpo de Luciano enterrado como NN en el Cementerio de la Chacarita.
Según la reconstrucción, había sido atropellado en la madrugada de ese mismo 31 de enero luego de intentar cruzar –con ropa que no era de él– la General Paz por el medio, un lugar imposible siendo que la avenida tiene sus cruces peatonales. Herido por el atropello, Luciano fue trasladado en ambulancia al Hospital Santojanni, donde murió. Fue inhumado como NN, pese a que la familia de Luciano salió desde el inicio a denunciar su desaparición. La lupa de la familia se posaba sobre la Bonaerense, y luego la investigación les dio la razón: la persona que lo atropelló declaró que esa noche había visto una camioneta doble cabina sobre la colectora de la avenida. El conductor también dijo que Luciano “corría desesperado, como si estuviera escapando de algo”. Nunca se profundizaron estas líneas de investigación.
La autopsia de Luciano estuvo en el expediente desde 2010 pero ningún juez ni fiscal a cargo de la causa la vio. En cambio, pusieron la lupa en el entorno familiar. La fiscal Roxana Castelli derivó la investigación en la propia Bonaerense denunciada, incumpliendo el reglamento de la Procuración provincial, y el juez Gustavo Banco y la fiscal Celia Cejas pincharon los teléfonos familiares 15 veces, durante 1 año y 6 meses. Por ello, hace 12 años que Mónica y Vanesa iniciaron un pedido de destitución de estos tres funcionarios. Ni el jury ni la causa por la desaparición tuvieron avances ni detenidos.
Palabras como negligencia, desorden burocrático, desidia o complicidad estatal son pocas para describir la impunidad que se construyó en torno a la causa de Luciano Arruga, en un país que evidenció, aún con 30.000 desaparecidos, la inexistencia de herramientas estatales para la búsqueda de personas desaparecidas.
Por eso, la familia afirma: “Lo mató la policía, lo desapareció el Estado”.

A través de Luciano
Sebastián, aquel niño de 13, hoy tiene 30 años. Trabaja en un vivero en Ramos Mejía y está por anotarse en las últimas materias para terminar el secundario. Hace pocos años que su voz se sumó a las de su mamá y su hermana para mantener viva la memoria de Luciano. Por eso accede a hablar con lavaca, y dice: “Hay algo muy tremendo que pasa cuando empezás a entender lo que es un desaparecido. Hace poco la pandemia se llevó a un montón de personas, pero a un amigo le podés decir: Che, tu abuelo está ahí, descansando. Lo viste, estuviste con él. Para nosotros, todos esos años fueron de un proceso de no poder darle nunca ese descanso, porque no lo tuvimos y hubo que aprender a lidiar con eso.
Se te viene la frase nefasta de Videla: No está ni muerto ni vivo, está desaparecido. Es una mierda, porque es verdad. No teníamos forma de cerrar un ciclo.
Por eso conseguir este espacio fue un hito, tenerlo para la lucha, darse cuenta que esto no era una problemática social, sino que abarcaba una problemática política más grande. Particularmente, con 13, 14, 15, 16, 17, 18 años, empecé a darme cuenta de que todo era parte de un problema sistemático: Luciano no era el único, no sería el último, y tampoco había sido el primero. Fue un camino de militancia entender eso. Y atravesar la adolescencia así. Fue muy groso ver a mi mamá y a Vane que supieron entender qué había detrás. No somos una familia que haya venido de la militancia. Mi abuela vino de Corrientes, del campo, con una mano atrás y otra adelante. Aprendimos a luchar a través de Lu, gracias a él. Y también con su humanidad, porque le gustaba la música, era hincha de River, estudiaba, alguna vez se enamoró. La lucha fue un simple acto de humanidad. Creo que por eso también se acercó tanta gente. Incluso hoy. A 17 años no tenemos una verdad concreta, una justicia absoluta de lo que pasó con Luciano. Seguimos reclamando el derecho a la verdad y a saber. Seguimos preguntándonos qué pasó. Es un hecho que sigue siendo doloroso, pero lo interpelamos desde otro lugar, proyectando cosas buenas, ideas para el espacio, para brindar oportunidades a los chicos del barrio”.
Sebastián dice eso y mira las calles del barrio con preocupación: “Veo con urgencia que están queriendo aprobar la baja de imputabilidad. Llegué a escuchar gente que pedía la baja hasta los 12 años. Podemos, si querés, meterlos desde que tengan chupete, pero sacame una ley para que eso se revierta porque en diez años, si no, vamos a tener a todos los pibes presos. No estás ofreciendo otro camino para que los jóvenes no delincan, para que no se metan en el narcotráfico. Los 13 es una edad donde el pibe está forjando su vida, pero hoy está atravesado por toda una falta de instituciones hasta llegar, finalmente, al penal”.
¿Qué ves que cambió de hace 17 años a hoy?
Lo narco avanzó mucho, y conseguir un arma es súper accesible. Pareciera que estamos en Estados Unidos, como si la compraran en WalMart. Hay muchos pibes con problemas de adicción, falta de contención, una población hecha mierda, otra pidiendo justicia, alguna gente que hace la diferencia y otra en situaciones cada vez más marginales.
Sebastián trae el caso de Uriel Giménez, el chico de 12 años asesinado por la policía en medio de una persecución en Tres de Febrero. Por las redes se viralizaron fotos de Uriel con un arma, lo que trajo una cloaca de comentarios estigmatizantes: “Siento que el eje de la lucha se perdió. No pasa por si somos más de izquierda o de derecha, sino entender que un chico de 12 años no tendría que estar en esa situación. Hoy llega más rápido el narcotráfico y la delincuencia a la puerta de tu casa que el asistente social. No es azar, estamos en una sociedad muy individualista, carente de valores y necesidades. Antes la maestra podía hacer un acompañamiento, pero hoy tiene que agarrar tres turnos para cubrir un alquiler que le vale el doble que cuando empezó a alquilar. A la abuela de ese chico, posiblemente, ni siquiera le alcanza lo que tiene para ir al súper. Vivimos en el medio de un montón de violencias institucionales que terminan encadenando hechos represivos”.
Lo que decís de Uriel me hace acordar a Santiago Beltrán, un chico de 15 años asesinado por una Policía de la Ciudad en Moreno. Las coberturas mediáticas y sus comentarios festejaban la muerte de un delincuente. ¿Cómo damos vuelta esa crueldad?
Hay que conectar con el de al lado, pensar qué pasó con este vecino, en vez de mirarlo por las redes, que te queman las neuronas. Hay que recuperar el contacto físico de acercarse al vecino. ¿Qué hubiese pasado acá si los vecinos decían lo que pasaba en este destacamento? Tendríamos que volver a las raíces, como comunidad, juntarnos para denunciar hechos violentos e institucionales. Que sean los vecinos los que se pregunten por qué en la escuela del barrio dejaron de ir 10 pibes. Uno, porque nos vuelve más empáticos. Dos, porque nos conecta con el otro. Y tres: porque es entender el barrio en el que vivimos.
Familiares y amigos recordarán a Luciano este 31 en el espacio con una radio abierta, a partir de las 16.30. Piden a quienes se acerquen que traigan como donación alimentos para la merienda y útiles para las jornadas de apoyo escolar que están por comenzar.
“No sé si encontrar a Luciano me dio justicia o paz, a mí lo que me da paz es esto”, dice Sebastián, señalando el espacio, y completa: “Saber que hay un lugar para la contención de los pibes, para que puedan venir a hacer una huertita, hacer una murga, hacer música. Que sepan que hay un lugar en el barrio donde se puede pensar la vida. Queremos enfocarnos a que haya infancias y juventudes. A transformar el dolor en más risas. A salir del negacionismo y del individualismo que plantea día a día esta sociedad. Los pibes no son lo que nos dicen, no nacieron así. Queremos otro camino para las juventudes. Y, acá, tienen ese espacio”.

Foto: lavaca.org
Nota
Comienza un juicio histórico por fumigaciones con agrotóxicos en Pergamino

A partir del próximo 2 de febrero, el Tribunal Oral Número 2 de Rosario comenzará a juzgar a siete productores agropecuarios y dos funcionarios públicos de la ciudad bonaerense de Pergamino –señalada como la capital del veneno– por contaminación ambiental y por ejecutar y permitir la fumigación con agrotóxicos en campos linderos a la zona urbana, a contramano de la normativa vigente. Todos los detalles de este juicio histórico en el que testimoniarán madres que luchan contra distintas enfermedades, entre ellas el cáncer, como Sabrina Ortíz y Paola Díaz que hablan en esta nota: «El impacto del juicio será inmenso. Lo cierto es que ya no se puede negar lo que está en nuestra sangre, en nuestro ADN, haciendo estragos: agrotóxicos».
Por Francisco Pandolfi
La causa penal empezó en 2018 en el Juzgado Federal Nº 2 de San Nicolás, cuando Sabrina Ortiz, una de las vecinas damnificadas, fue escuchada por primera vez por la Justicia. Pero antes (y después) hubo mucha agua (contaminada) que pasó debajo del puente, como publicamos en esta nota de 2021:
Porque antes, en 2011, Sabrina comenzó a denunciar las fumigaciones a 10 metros de su casa en el barrio Villa Alicia de Pergamino. La intoxicación fue el causante, ese año, de perder el embarazo que llevaba de seis meses: un aborto (nada) espontáneo. Luego vino un primer ACV y luego un segundo ACV. Luego, los análisis que confirmaron que tanto ella como sus hijos chiquitos portaban en sus cuerpos niveles alarmantes de agrotóxicos. En 2013, ante la ausencia de abogados que quisieran tomar el caso, empezó a estudiar derecho. Y se recibió en 2018: cuando empezó la causa penal que deriva en este juicio.
Ahora es fin de enero de 2026 y Sabrina –41 años– le dice a lavaca: “Estoy con muchas emociones al mismo tiempo. Por un lado, la angustia, se me vienen al pensamiento todas las situaciones vividas con la salud de mis hijos y mía, las historias que conocí de otras personas que enfermaron por causa de los agrotóxicos, se me vienen palabras dolorosas, de abandono, de soledad, de desprecio por la vida ante el grito de ayuda. Siento que ya no tenemos que probar más nada, ya está todo expuesto y nuestros cuerpos lo manifestaron de esa manera, con mucho dolor”.
Envenenamiento sistemático
Una de esas historias entrelazadas (entre tantas) es la de Florencia Morales. Ella no estará de manera presencial, corpórea. En 2011 se había mudado a una quinta de Pergamino para criar a sus dos hijas en una calma impropia de la ciudad de Buenos Aires. En 2016, le descubrieron un cáncer que ya había hecho metástasis en la columna, sin posibilidades de cura. En 2021, le decía a MU: “Estoy con la salud muy deteriorada. Pero estoy. Y mientras siga, llevaré adelante la causa para frenar este desastre. Si bien estoy dolida, con el avance judicial siento algo de esperanza; empiezo a ver un poquito de luz al final del túnel”. Florencia falleció en mayo de 2023.
Otra de esas historias fue la de Paola Díaz –47 años–, que junto a varias vecinas se nuclearon en la organización Madres de Barrios Fumigados Pergamino. Paola sí declarará en el juicio. Y dirá (entre tantas cosas) que en 2014 falleció Mónica, su nena de 11 años, por leucemia aguda. A horas de empezar el proceso judicial, dice: “Es histórico que hayamos llegado a juzgar a quienes afectaron a nuestro barrio, a nuestras familias, a toda la comunidad. La salud y el ambiente son fundamentales y por eso necesitamos medidas que nos protejan y garanticen un futuro seguro. Tengo la esperanza de que será un paso hacia la verdad y la justicia y que nadie más sufra el envenenamiento sistemático”.
El juicio
Este lunes 2 de febrero será la audiencia preliminar. La causa, instruida por el fiscal federal Juan Ignacio De Lello y promovida por el juez Carlos Villafuerte Ruzo, tiene como imputados a siete productores acusados de aplicar pesticidas a metros de viviendas y escuelas rurales, vulnerando la legislación: Fernando Cortese, Mario Roces, Víctor Tiribó, Hugo Sabattini, Cristian Taboada, José Luis Grattone y Carlos Sabbatini. Sabrina Ortiz denunció que en 2016, su vecino y productor agropecuario Mario Roces fue a “visitarla” a su casa. “Lo escucho gritar ‘estos negros se tienen que morir’, sacó un arma y disparó dos tiros con balas de plomo. Con una mató a mi perro, la otra dio en la pared. Mi hija había estado afuera un par de minutos antes. Me quedé paralizada. Al día siguiente me crucé a la hija en el supermercado. Me dijo: ‘Somos los fundadores del barrio, si mi papá quiere te mata y no va preso’”.
Además, se juzgará a dos exfuncionarios municipales de la gestión del aún intendente de Pergamino, Javier Martínez, por omisión en sus deberes de control: Guillermo Naranjo y Mario Tocalini, titular y auditor de la Dirección de Ambiente Rural del municipio. Cuando desde este medio entrevistamos al intendente Martínez sobre las enfermedades de cuerpos y territorio, se desligó: “No manejo el tema”, esbozó, previo a cortar la llamada.

El cronograma del juicio estipula, por ahora, ocho audiencias en febrero y la declaración de alrededor de 100 testigos (además de las personas afectadas, médicos, químicos, biólogos, bioquímicos, ingenieros agrónomos y otros profesionales). Carlos Quintana es uno de los abogados querellantes junto a Fernando Cabaleiro. Es abogado ambientalista y de derechos humanos, y uno de los representantes legales de las Madres de Ituzaingó (proceso que en 2012 condenó a tres años de prisión a un productor y un fumigador por contaminación con agrotóxicos). Lo primero que subraya Carlos Quintana es que será un acontecimiento histórico para la Justicia de este país, por varias razones.
1) “Es el primer juicio penal ambiental de esta envergadura en la provincia de Buenos Aires, corazón productivo de la Argentina. No es cualquier lugar: ocurre en el núcleo duro del agronegocio”.
2) “Por primera vez se sienta en el banquillo a todo el arco operativo del agronegocio: productores, ingenieros agrónomos y funcionarios públicos. No solo a quienes fumigan sus campos sino también a quienes deciden, habilitan, controlan -o dejan de controlar- cómo, dónde y bajo qué condiciones se fumiga. Este juicio viene a romper con la tradición de impunidad que rodeó históricamente al modelo.
3) “Por primera vez el modelo productivo no aparece solo como una política económica, sino como un problema político, sanitario y de derechos humanos. Aunque faltan las grandes corporaciones que diseñan, promueven y lucran con este esquema productivo, que este juicio exista es una grieta muy importante en ese blindaje histórico”.
4) “Que esto ocurra a 30 años del desembarco del paquete tecnológico (1996), de la siembra directa, del modelo transgénico y el uso masivo de agrotóxicos, no es un dato menor. Es la primera vez que la Justicia se ve obligada a mirar los costos reales de ese modelo, no en términos de exportaciones o divisas, sino en términos de salud, ambiente y vida cotidiana de las familias que habitan los pueblos fumigados”.
Carlos Quintana también dirá: “Este juicio no nace de una decisión espontánea del sistema judicial, sino de años de resistencia, de denuncias, organización comunitaria y visibilización del daño. La Justicia llega tarde, como suele pasar, pero llega porque hubo personas que no se resignaron a enfermarse en silencio. Por eso Pergamino no es solo un juicio penal: es un acto de memoria, reparación simbólica e interpelación al poder. Es la prueba de que cuando las comunidades se organizan, incluso los modelos más sólidos empiezan a resquebrajarse. Este juicio no va a resolver todos los problemas, pero marca un antes y un después. Por primera vez la pregunta no es cuánto se produce, sino quiénes se enferman para que ese modelo funcione. No se juzga al campo: se juzga un modo de producir que naturalizó la enfermedad y llamó progreso a lo que era daño. Y esta vez, el daño tiene nombre, voz y prueba. Es una escena histórica donde se cruzan ciencia, territorio y justicia; donde el modelo productivo deja de ser intocable y empieza a ser interpelado; donde los cuerpos hablan, la ciencia acompaña y el silencio, después de treinta años, se rompe”.
La esperanza
Llegar a este juicio oral no es la primera conquista. Por las denuncias y las evidencias científicas, desde 2019 en Pergamino rige –pese a la presión empresarial y de las autoridades locales por boicotearla– una medida cautelar que prohíbe fumigar a menos de 1.095 metros de las viviendas por vía terrestre y a menos de 3.000 metros por vía aérea.
A Sabrina Ortiz le anda mal el teléfono, pero se las arregla para decir (como tantas otras veces): “Tengo la esperanza de que los jueces que resuelvan esta causa cambiarán la historia; una historia de tragedias, de sufrimiento y de sacrificio humano. Tienen en sus manos la posibilidad de hacer justicia y aunque no signifique retroceder en el tiempo para que no nos enfermen, sí estarán fallando en pos de los que quedamos, en memoria de los que murieron envenenados y preservando a las generaciones futuras”.
Y agrega, como puede (como tantas otras veces): “Tan inmenso será el impacto de sus decisiones que también afectarán en sus propios seres queridos. Habrá de todo, de lo que imaginen: desestimaciones a los afectados, chicanas y argumentos absurdos intentando corromper la verdad. Lo cierto es que ya no se puede negar lo que está en nuestra sangre, en nuestro ADN, haciendo estragos: lo que hay son agrotóxicos. En todo este tiempo también pasaron cosas buenas y personas inmensas, de esas que valen la pena, que hacen más liviana la lucha, la resistencia, los miedos. Hoy ya no me siento sola como en un principio, hoy somos muchas y muchos limando las patas a los gigantes. Como mamá, como afectada, como abogada, y por sobre todo como ser humana, deseo profundamente que haya justicia”.

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