Documental sobre el crimen en una comunidad indígena
Lucrecia Martel y Nuestra Tierra, su nueva película: “Tenemos que recuperar la vida comunitaria”

Fue un 12 de octubre, de 2009, cuando asesinaron al diaguita Javier Chocobar en Tucumán. Tenía 68 años y defendía el territorio de la Comunidad Indígena de Chuschagasta. La cineasta Lucrecia Martel investigó el crimen durante años y presenta su película Nuestra Tierra, en la que detalla la vida de Chocobar y también la organización, lucha y vida de los pueblos indígenas. «Que la puedan ver hasta en las escuelas» dice Martel, quien anticipa de qué modo se podrá acceder libremente al film y rescata la importancia de la vida comunitaria ante la lejanía de la política oficial y los perjuicios del descontrol tecnológico. (La foto de portada, de Ernesto de Carvalho, muestra la exhibición del documental ante la Comunidad de Chuschagasta, antes de ser presentado en el Festival de Venecia).
Por Santiago Camuña desde Tucumán/ Agencia Tierra Viva*
Fotos: Ernesto De Carvalho, Atilio Orellana (Rei Pictures), y Coni Rosman.
El diaguita Javier Chocobar fue asesinado por defender el territorio el 12 de octubre de 2009 en Tucumán. El instante del crimen fue filmado, la comunidad Indígena de Chuschagasta siempre exigió justicia y se mantuvo organizada en defensa de sus derechos. Hasta allí llegó Lucrecia Martel para investigar, filmar y ahora estrenar la película documental «Nuestra Tierra», que aborda en detalle aquel asesinato y lo que sucedió después. En diálogo con Tierra Viva explica que el objetivo es que la película “la puedan ver hasta en las escuelas” y destaca la importancia de la vida comunitaria ante la lejanía de la política oficial y los perjuicios del descontrol tecnológico.
La película se centra en la vida y la muerte de Javier Chocobar, pero va mucho más allá. Toma como eje el juicio oral por su asesinato, relata la vida de esa comunidad con sus fotos, sonidos y la historia en primera persona. “No venimos de otro lugar, de yanquis o alemanes, venimos de nuestros abuelos”, dice Delfín Cata desde la pantalla. «Nuestra tierra» reconstruye la lucha por justicia, la organización indígena y las migraciones internas de los pueblos originarios de Argentina. Invita a entender cómo las comunidades conciben sus territorios y los conflictos con quienes quieren apropiárselos.

La comunidad, los problemas, el futuro
—Entre esa persona que fue por primera vez a la comunidad en 2011 y hoy, ¿ha cambiado mucho su forma de ver la temática indígena?
—Si, lo que me alegra mucho. Y lo que me alegró mucho cuando conocí a la comunidad es que no sea una comunidad tradicional como la que se imagina la gente en la ciudad. Esa cosa gaucha que tiene la comunidad por ejemplo, que mucha gente no la entiende. Para mí estaba bueno esa naturaleza de cómo es la comunidad de Chuschagasta, de no estar forzando un deseo que tiene el urbano de ver algo totalmente distinto a la Argentina. Vas a ver las mismas zapatillas, las mismas cosas. No está en eso la “autenticidad” de la comunidad, no es eso. La comunidad es auténtica como es. Llegar ahí y entender eso para mí fue bueno. Era muy desafiante para una persona de Buenos Aires decir «una comunidad es así también». Y sí, son así. Y tienen derecho a la tierra y la reclaman.
—La película, además de dar cuenta del crimen, también es una herramienta para que conozcan cómo es una comunidad…
—Es que hay un pensamiento purista de que una comunidad es toda una cosa ideal, todos se ponen de acuerdo… Una comunidad es un quilombo, como es el consorcio de tu edificio, como es tu ciudad, tu barrio. Es muy difícil la vida comunitaria y no entender que eso es parte de la vida comunitaria. No es que sea una comunidad con problemas, sino que los problemas son propios de la vida en común. Nadie quiere reconocerse en un problema.

—¿Ve las posibilidades de que algo de esto se mueva o cambie? Pensando en los campesinos, indígenas y trabajadores del país.
—Mucha gente en la Argentina está pensando que tenemos que recuperar la vida comunitaria y realmente la única tradición de vida comunitaria que hay son las comunidades indígenas. Tenemos que recuperar algo de eso porque la representación política a distancia no funciona. Y menos va a funcionar con la tecnología que está a punto de estallar entre nosotros.
—¿Por qué?
—Porque es tan fácil manipular ahora a una persona que si no te encontrás en una casa vas a desconfiar todo el tiempo de la información que te llega. Te vas a tener que encontrar y escucharlo, hablar, analizar y decir “ah, es verdad lo que está diciendo”. Porque de todos nosotros van a aparecer memes, videos truchos, porque ya no hace falta una computadora de Silicon Valley para hacerlos. Siento que la representación política va a requerir muchísimo más de la comunidad territorial. Lo siento yo en La Calderilla (localidad de Salta), como nos estamos organizando los vecinos. Porque te das cuenta que el Intendente no te representa y no sabés lo que pasa con los fondos. No podés esperar la delegación a distancia. Pienso que la Argentina va a tener que organizarse comunitariamente, y ahí también se va a entender mejor a las comunidades. Ese es mi deseo y si no podemos entrar en un proceso de desintegración muy grande. Me la paso diciendo que los libertarios están pensando que el feminismo o el movimiento LGTB son los enemigos, pero el enemigo son esas empresas que son cinco, que tienen más riqueza que un país medio y que son más ricas que Brasil. Esas empresas están manipulando datos desde que tu hijo tenía cero años. ¿Quién metió la información de tu hijo en la red? Vos. Lograste que ese chico esté mapeado. Ahora tiene 20 años y saben todos los consumos de tu hijo, los que incluso vos no sabés. A esa persona es mucho más fácil manipularla. Cada vez va a valer más el espacio para un humano, el espacio donde estás, lo territorial. Comprender la importancia del territorio, porque todo lo demás en la virtualidad, las máquinas nos van a meter en cualquier sonambulismo.

Años de investigación y una película esperada
—Dijo que la idea de la película es: territorio, voces y fotos. Investigó mucho, hay mucho papel, mucho material filmado ¿Cómo fue la decisión de decir “muestro esto” de tanto material que hay?
—Hay quienes saben que hemos investigado mucho. Por ahí lo debiera explicar más porque sino no se entiende que una investigación puede llevar tanto tiempo. Pero hay que saber que María Rasgido (integrante de la Comunidad Indígena de Chuschagasta) demoró diez años en querer mostrarnos las fotos. Ya ahí te das cuenta que no es tan sencillo. Primero, no es fácil generar confianza entre nosotros los argentinos, sobre todo la gente que vive en las ciudades y la gente que vive en el campo. Como que hablamos idiomas distintos. Tenés como una urgencia. Venís poco tiempo y todo eso genera una perturbación que hace difícil que las cosas fluyan. Hay que poner mucha paciencia de un lado, y eso lleva tiempo, sumado a la distancia desde la que uno vive. A veces hace falta leer mucho e investigar para entender bien a fondo la cosa para que se te ocurran formas de representar en un lenguaje audiovisual, formas que emocionalmente puedan transmitir una idea. Encontrar lo que racionalmente es emocionante es muy difícil, sobre todo porque es un país cargado de prejuicios que se sienta a ver un documental sobre la cuestión indígena y ya tiene 14.000 prejuicios en la cabeza y una resistencia a conmoverse con eso. A no aceptar que es la historia de tu país, que son tus vecinos, que están más allá, a querer que sea algo lejano. Creo que intenté no entrar en el panfleto.
—¿Cómo transmitir entonces tanta información?
—Sabíamos perfectamente que no iba a ser fácil transmitir la investigación, pero sin ella no íbamos a poder encontrar las formas de imágenes y sonido para lograr transmitir eso. Y era un proceso muy personal mío. Por más que la película tiene como punto de partida y como corazón la lucha de la comunidad de Chuschagasta, al final la que decide lo que va y lo que no va soy yo. Es mucha responsabilidad de meter la pata, la debo haber metido, pero digo meter lo menos posible la pata, cuando estás tratando de compartir con tus compatriotas un problema de tanto tiempo. Ya tan vergonzosamente estirado en el tiempo. La investigación no es solamente porque era difícil entender en detalle. Dijimos: «Nos concentremos en este pedacito de tierra entre el río Choromoro, el río Vipo, las cumbres Calchaquíes y la ruta 9. Nos concentremos a ver qué pasó ahí. Busquemos la información de lo que pasó ahí y no vayamos hasta Sarmiento y Roca. No nos vayamos de acá, porque acá tienen que estar las respuestas de lo pasó». No quisimos armar una historia que no tenga mucho que ver con lo que pasó ahí, con el vecino de acá, con el límite de allá, eso pienso que fue una gran inspiración. Tiene mucho que ver con lo que te pasa cuando entrás en contacto con una comunidad indígena, que es el lugar y el territorio.

—¿Qué destaca de la película?
—Las conversaciones sobre las fotos (que se muestran) son clave en la película. Es de lo más hermoso que hay cuando las personas relatan eso. Lo que más le conmueve a toda la gente que la vio (que no es de Tucumán) es estar muy cerca con el sonido original. Porque son los sonidos de los teléfonos de ese momento. Son las fotos de ellos, los sonidos de la comunidad, los sonidos de los teléfonos de su vida, incluso de una fiesta. Mucho lo hicimos con los materiales de archivo que la comunidad nos compartía. Estás filmando un cumpleaños y te parece una boludés lo que estás filmando pero el sonido es espectacular. Es tremendo eso. Es un momento hermoso.
—¿Cómo es esa selección del material?
—No quería que la película sea larga, porque quiero que la puedan ver en las escuelas. Para mí eso es muy importante. Siento que llegamos a algo que es contundente. También lo que funcionó maravillosamente fue las personas de la comunidad conversando. Una cosa buenísima es que es tan claro cuando hablan, tan calmo, que no hizo falta tener subtítulos. No sabés en el Festival de Venecia cómo lloraron la gente de Palestina que la vio. Porque veían el principio de algo que ya conocían bien, que se transformó en una masacre.
—Definió no poner subtítulos o títulos explicando quienes hablan u otros datos. ¿Cómo se recibió eso en la audiencia?
—Lo que pensé es que queríamos en dos horas hacer la película. Y la estrategia era que emocionalmente el público, sobre todo argentino, entienda el problema que viven las comunidades. Que lo entienda emocionalmente, porque a nivel razón es clarísimo. A nadie hay que explicarle que acá antes había comunidades que vinieron y le sacaron la tierra. Eso lo sabe todo el mundo. ¿Cómo hacés que eso vuelva emocionalmente a entenderse?

—Siempre dijo que quería que la película circule no sólo en los cines. ¿Cómo han pensado lograrlo?
—A partir del 22 de mayo vamos a darle la película a la comunidad. A partir de ahí, lo único que no se puede hacer con la película es cobrar entrada. No se puede porque eso nos complica la relación con los que pusieron plata en la película. Pero con todos los que financiaron esta película se acordó que va a ir a la comunidad y que la comunidad la va a difundir como desee. Y después nosotros la vamos a dar a todas las organizaciones, clubes, salones comunitarios y toda gente que quiera pasarla. A quienes les interese tienen que mandar un mail a [email protected]. Toda la gente que se metió en esta película sabe en lo que se está metiendo. Les explicamos que no es una película con la que vamos a hacer plata, es una película con la que vamos a lograr compartir un problema. Un problema y una solución. Porque en la película también está la constancia y la fortaleza de seguir adelante.
*Esta nota es parte de la articulación de la Unión de Medios Autogestivos (UMA): El Ciudadano (Rosario), Revista Cítrica (Buenos Aires), El Diario del Centro del País (Villa María), Tiempo Argentino (Buenos Aires), Lavaca (Buenos Aires), Agencia Tierra Viva (Buenos Aires) y Lawen Documental (Buenos Aires).


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