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A 50 años del golpe

Nietes: tomar la posta

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Los derechos humanos en tiempo presente. Nietes Es un grupo conformado por jóvenes que sigue una filiación histórica en el movimiento de derechos humanos en Argentina. Aporta una potencia y una frescura urgentes y esperanzadoras en la continuidad por las banderas de Memoria, Verdad y Justicia, esta vez a casi 50 años del golpe de 1976. Los orígenes, el linaje militante de algunas historias y el acercamiento de otras. La búsqueda de piezas en el rompecabezas familiar. Las charlas en los colegios. Y las discusiones del presente en un contexto de negacionismo oficial y deshumanización política. Una nota, que también es una búsqueda, escrita en primera persona por un nieto y sobrino de desaparecidos.

Por Lucas Pedulla.

(Publicada originalmente en MU 192)

Nietes: tomar la posta
Foto: Lina Etchesuri

1. Primera persona

Nos vemos en la Ronda.

Desde que volvimos a habitar los jueves de las Madres, el ritual de cada semana es el mismo: con mis compañeras nos vamos caminando desde MU, a una cuadra y media del Congreso, hasta la Plaza de Mayo, repasando la agenda de temas de un país cada minuto más convulsionado. Pero ese jueves fue distinto. 

Ese jueves había agendado una entrevista con cuatro hermanas de desaparecidos para la nota que salió publicada en el número de marzo. Me fui antes, mientras en la sede de nuestra cooperativa charlaban la periodista y escritora Claudia Acuña, fundadora de Lavaca, y Teresa Laborde Calvo, hija de Adriana Calvo, primera sobreviviente que testimonió en el Juicio a las Juntas, en 1985. Estábamos en reunión por el regreso de HIJAS, el ciclo que protagoniza Teresa.

Antes de irme, pregunté quién iría a la Plaza a hacer fotos. Claudia, junto a la fotógrafa Alejandra López, coordinaron un registro colaborativo en el que cada semana, hasta el 24 de marzo, una fotógrafa o un fotógrafo distinto realizaría un ensayo sobre la ronda como una forma de transmitir el valor histórico de un dispositivo de memoria activa y colectiva que este abril cumple 47 años. La respuesta de Claudia me sorprendió:

– Viene Lucía Prieto, y convocó a Nietes para hacer su registro.

Sentí un primer sacudón en el pecho.

Así llegué al bar La Embajada, a una cuadra de la Plaza, habitual lugar de reunión de las Madres Línea Fundadora, donde me encontré con las hermanas que las acompañan cada jueves. En medio de la charla, de sus historias, y de pensar el legado de la Ronda como la forma de protesta más longeva, original y conmovedora de la historia argentina, fue Lilian Velázquez, hermana de Pablo, desaparecido el 24 de marzo de 1976, quien me dijo:

-Mi hija milita en Nietes: después te paso su número.

Segundo sacudón.

Y así llegué a la Plaza, minutos antes del comienzo de la ronda. Estaban Claudia, Teresa, muchas personas más, y la fotógrafa Lucía Prieto, quien me presentó a las nietas que habían ido y cuyos nombres e historias conocería después: Ana Tauil, Carola Guede, Paz Pujadas. 

Todavía faltaba un mes para que Ana me dijera, mientras la entrevistaba para esta nota, algo muy sencillo y hermoso: “Con Nietes flasheé. Fue tomar la posta y pensar qué queríamos hacer nosotres como generación de derechos humanos. Fue tomar la posta de la primera persona como sujeta política. Fue asumir esa primera persona”. 

Ese tercer sacudón, aún sin poder definirlo con la precisión de Ana, fue el definitivo. Al día siguiente de ese jueves de emociones mandé este mensaje al número que me había pasado Lilian: “Hola Lucha, cómo estás? Soy Lucas, de la revista MU. Ayer entrevisté a tu mamá para una nota de hermanas, y me dijo que estabas en Nietes. Yo soy nieto”.

Del otro lado había un abrazo de historias bordadas colectivamente hacía años.

Y esta nota, el mejor motivo para conocerlas.

Nietes: tomar la posta
Columna de Nietes el 24 de marzo del 2024. La decisión fue participar de las dos convocatorias que hubo ese día y sus integrantes estuvieron en los escenarios principales junto a los organismos históricos: “Tenemos un gran desafío y una gran responsabilidad. No es un peso, sino algo que llevamos con mucha convicción”. FOTO: Lina Etchesuri.

2. Un nuevo espacio

Ana Ríos Brandana me cuenta que los primeros brotes de esta historia nacieron en 2019. Su papá, que había militado en H.I.J.O.S. La Plata, le acercó la convocatoria de un espacio de nietos de desaparecidos que se estaba armando. “¿Te interesa?”, le preguntó. Ana -25 años, estudiante de Psicología- no dudó. “Mis abuelos, José Ignacio Ríos y Juana María Armelín, militaban en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML), una orga chica pero muy fuerte acá. Mi abuelo y su hermano, mi tío abuelo Oscar Dionisio Ríos, fueron los fundadores. Mi abuelo fue a Vietnam, China y Cuba a formarse. Era un referente”. Primero secuestraron a Oscar, en noviembre del 77. En febrero del 78, a su abuela. Y en mayo de ese año, a su abuelo: “Todos estuvieron en El Banco. Nunca encontramos sus cuerpos”. 

Ana recuerda que las primeras reuniones se dieron en el contexto de las PASO de 2019: balance de los cuatro años de macrismo, el crecimiento del negacionismo, la preocupación de que muchas Madres y Abuelas nos estaban dejando: “Sentíamos la necesidad de seguir levantando esas banderas y que este nuevo espacio implicaba una continuidad de esa lucha”. Las reuniones eran en el Centro Cultural Azulunala con discusiones largas: “Qué banderas íbamos a levantar. Si íbamos a ser una organización o un organismo. Que también íbamos a levantar las banderas del movimiento feminista. Que nos íbamos a nombrar con la E. Que el color iba a ser el mismo verde del aborto legal”.

¿Qué entendían por organismo y organización?

-Ser un organismo de derechos humanos nos ubicaba como una parte más del movimiento con Abuelas, Madres, Familiares, Sobrevivientes e HIJOS, en lugar de una organización política que disputa un proyecto político, muchas veces partidario, y con lugares en el Estado. Eso a nosotros no nos interesaba. Tenemos compas peronistas, guevaristas, trotskistas, anarquistas, porque entendemos que los derechos humanos son transversales a los partidos y todos tenemos esta historia que va más allá del proyecto político que cada uno piense más acorde al país. Es la discusión por la memoria, la verdad y la justicia.

El primer antecedente público fue el 16 de septiembre de ese año en conmemoración de la Noche de los Lápices. Hicieron pañuelos que decían “Nietes”, con varias frases (“Tenían nuestra edad”, “Hacían política como nosotros”), y la inauguración estaba proyectada para el 24 de marzo de 2020. Pero llegó la pandemia: “Tuvimos un parate, aunque en realidad se paró el mundo”. Activaron redes sociales con una campaña de difusión bien directa: “Si sos niete, contactanos”. Llegaron mensajes de todo el país. El zoom, como plataforma, habilitó los encuentros y las historias: “Se empezaron a conformar lazos, muy personales, que se iban dando en la virtualidad. De repente nos dimos cuenta de que éramos una organización nacional. Recién después, a diferencia de otros armados, hicimos las regionales con laburos más territoriales”. Hoy, con regionales en La Plata, CABA-GBA, Mendoza, Córdoba, Santa Fe, Rosario y hasta Tierra del Fuego, a Ana se le dibuja una sonrisa al recordar esa primera reunión de 2019: “Me fui muy emocionada. Al otro día llegué a una reunión de fiscalización por elecciones y conté que se había armado un espacio de nietes”.

La aplaudieron emocionados. 

3. El 24 de frente

Karen Maydana Galván (29) vio la publicación por Instagram y se la mostró a su hermana Barbi. Corría el pandémico 2020. “Soy nieta de Orlando Galván, desaparecido en Caseros el 19 de octubre de 1977. Siempre mi mamá me contó mi historia. Ella, mi abuela y mis tíos salieron a buscarlo. Hace poco le pregunté a mi mamá cuándo fue la primera vez que me llevó al 24 de marzo: haciendo cuentas me dijo desde que nací”. Creció con esa lucha, siempre acompañando a su mamá, militante de la Comisión de Familiares y Desaparecidos de Tres de Febrero, oeste del conurbano bonaerense, y le pasaba que soñaba con tener un espacio donde hubiera personas de su generación, como ella: nietos y nietas. “No va a suceder”, pensaba. Pero entonces vio esa publicación y lo supo: “Es por acá”.

Su abuelo militaba en Montoneros. Antes de que lo secuestraran, Orlando pidió darle un beso a cada uno de sus cinco hijos. Su mamá tenía 11 años y recuerda todo: la puerta que rompen en la madrugada, las escopetas, el pantalón verde y la camisa de llamitas que vestía cuando se lo llevan. Presentaron habeas corpus y marchaban preguntando adónde está”. Karen muestra una foto de su familia en una movilización de los ochenta, con una bandera: “Que aparezca con vida mi papá”. Karen lo cuenta en un tono que reconozco como parte de mi generación, aquella que fue uniendo las piezas del rompecabezas a través de los años, con preguntas, eligiendo los momentos para hacerlas para no herir a mamá o a papá. Es un tono en el que hay dolor, pero también la ternura desde la que vamos ubicando los retazos que nos faltan.

Los de Karen, además, están llenos de sincronías. Su abuela murió el 24 de marzo de 2005, al volver de la marcha: “El 24 de marzo, además, es el cumpleaños de mi abuelo”. En 2010, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAFF) les informó que habían encontrado sus restos. Estaba enterrado como NN en el cementerio de Berisso. Fue toda la familia. Cuando Karen vio esa camilla entendió por qué ella salió tan alta en una familia que no tiene su estatura. El Equipo, además, les dijo que la ropa no se había degradado: allí estaban su pantalón verde y la camisa de llamitas, tal como su mamá lo recordaba desde sus 11 años. Pero lo más impactante fue cuando el Equipo leyó el informe: por las pericias precisaron que a Orlando lo fusilaron un 8 de diciembre a las 4 de la mañana. Karen, con su tono, me dice: “Yo nací un 8 de diciembre a las 4 de la mañana”. 

Hacemos silencio. Karen cuenta que este 24 de marzo fue el cuarto de marcha de Nietes, y ella fue una de las que subió al escenario junto al resto de los organismos. Vio de frente esa plaza inmensa, conmovedora, histórica y tan urgente: “A veces me cuesta dimensionar lo que estamos armando. Me pasa cuando alguien me para y me dice gracias, que hay esperanza porque sigue la lucha. O que mi abuelo estaría orgulloso. Fue muy distinto ver esa plaza así, representando este espacio. Es todo muy distinto a la Karencita individual. Tenemos un gran desafío y una gran responsabilidad, pero no siento que sea un peso, sino algo que elegimos con mucha convicción”.

Con esa convicción y emoción, al bajarse del escenario con sus compañeras, como cada 24 se encontró con su familia y se fueron al río, en Vicente López, donde años atrás juntaron las cenizas de su abuela y de su abuelo. 

Como cada año, aunque sabe que este fue distinto, Karen les dejó una flor.

4. La esperanza común

Cuando mandé el mensaje para acercarme a Nietes, del otro lado me respondió Lucía Velázquez. Tiene 33 años y bromea que es de “las tías” porque es una de las más grandes en un organismo con promedio de veintis. También vio en Instagram una frase que la conmovió: “Somos nietes de los 70 e hijes de la lucha de los 90”. Lucía pensó: “Son como yo”. En ese 2021 estaba en Misiones. Su mamá, Lilian, y su historia, son de allá. “Soy sobrina de Pablo Velázquez, desaparecido el 24 de marzo de 1976. Ese día también se llevaron a mi abuelo Roberto, que estuvo detenido desaparecido hasta 1981. Y a mi tío abuelo Marcial, que lo soltaron, pero años después lo fusilaron en su chacra”. Estaban vinculados de forma activa a la lucha de trabajadores rurales. Pablo sigue desaparecido.

“Nietes fue para mí un punto de llegada de todo un proceso que abrí más conscientemente a mis 30”, ubica Lucía. “Sabía que tenía un familiar desaparecido, que algo había pasado con mi abuelo, pero tenía información muy dispersa de mi niñez”. En su tono también reconozco otro rasgo generacional: el trabajo de ordenar, a través de los años, información caótica, que no está -aún hoy, en algunos casos- muy procesada a nivel familiar. Claro que hay razones: su mamá tenía solo 10 años cuando fue testigo de los secuestros de su hermano, su papá y su tío. “Las cosas que hoy te cuento hace tres años no te las podía contar. Entendía que mi mamá tenía que hacer un proceso personal propio respecto a la elaboración de lo que había pasado en el genocidio. Y yo no quería forzar a que ponga en palabras algo que no podía hacer conmigo”. Hoy Lilian forma parte de las hermanas que acompañan a Línea Fundadora, brinda entrevistas -como la de MU-, habla en público de su historia y recita poemas que le escribió a su hermano. La Ronda fue clave en ese proceso.

Lucía hizo el suyo. Militó muchos años en el movimiento estudiantil y en tomas de universidades e instituciones públicas (participó en la toma de la Sala Alberdi en la ciudad de Buenos Aires, que sufrió una cruel represión en 2013) empezó a vincularse con movimientos de derechos humanos. También militó en el movimiento piquetero. De a poco se fue metiendo en su historia, y conoció que ese abuelo que de chica le enseñaba las bellezas del monte misionero y guardaba en cajas libros del Che Guevara, había sido un referente de la CGT provincial. 

Así, con compañeras y compañeros, se sumó a las rondas de las Madres, porque sentía que era el lugar en el que había que estar: “El primer año lloraba todos los jueves. Venía con la impronta dentro de la juventud de generar una continuidad histórica en la lucha de memoria, verdad y justicia”. Lucía forma parte del Archivo Popular de la Memoria, una comisión de investigación independiente conformada por sobrevivientes y familiares, que plantea una metodología de búsqueda incorporando herramientas de inteligencia artificial con foco en el reclamo de abrir los archivos de la represión, de 1974 a 1983. Las madrinas del espacio son las Madres Línea Fundadora Nora Cortiñas, Elia Espen y Mirta Baravalle. También integra “La banda del Pañuelo”, un colectivo artístico que arma el cordón cultural en las Marchas de la Resistencia de las Madres y brinda apoyo logístico todos los jueves. “En la Ronda mi mamá empieza a contar cosas en un ámbito común. Y me enteraba cosas no porque me las contaba a mí, sino porque las abría ahí. La Ronda fue el espacio que nos alojó para poder dialogar”. 

Entonces, sonríe, aparece Nietes: “Me encontré con un espacio, mayormente de compañeras, mucho más jóvenes que yo, que vienen de otras tradiciones políticas, y donde nada de eso importaba. Porque es un lugar donde se forma una espesura y hablamos de la historia de nuestras familias con muchas cosas parecidas: no en el sentido de la represión, sino en las consecuencias que tuvo en nuestras casas. No soy la única que abrió cosas al interior de la familia cuando se sumó a Nietes. A muchos de nuestros viejos les agarró miedo, porque nos estábamos exponiendo o volvíamos a destapar una olla. Pero poder colectivizar nuestras historias personales, y politizarlas, es lo más hermoso que pudo suceder. Veníamos buscándolo hacía muchos años. Y a mí me genera esperanza”. 

5. La cinta que nos toca

Cuando de chica le pedían que cantara una canción, Carola Guede (30) sorprendía con estribillos de marchas: “Como a los nazis les va a pasar, adonde vayan los iremos a buscar”. Para ella era lo común. Parte de su crianza fue en Plaza de Mayo jugando con las palomas, mientras su abuela, Carmen Tota Ramiro de Guede, marchaba los jueves alrededor de la Pirámide. O subiendo las escaleras de la vieja sede de Madres, donde le convidaban vainillas o algún caramelo. “Soy nieta de Dante Guede y sobrina de Héctor Ricardo Guede. También se llevaron a su novia, Viviana de Angelis. Estaba embarazada. Militaban en ERP-22 de Agosto”. Fue el 7 de octubre de 1976 en Wilde, sur del conurbano. En 2014 el EAAF encontró los restos de Dante en una fosa del cementerio de Avellaneda. Su tío y su pareja siguen desaparecidos. Su primo o prima debió haber nacido en cautiverio entre mayo y junio del 77. Es uno de los nietos o nietas que buscan las Abuelas. 

Carola estaba con su papá y su abuela el 20 de noviembre de 2022 cuando escucharon la noticia de la muerte de Hebe de Bonafini. Su abuela se había distanciado de la Asociación, pero ese día no dudaron y fueron a la Plaza. Carola, por su parte, sintió un motor interno: “Che, me toca”, pensó. Y activó: “Sentía una pena porque se estuviera muriendo este movimiento. Siempre quise pertenecer a ese lugar, pero sentía que estaba y que iba de acompañante, y así no te sentís tan identificada con el momento de tomar partido con tus pares. Es necesario. Poner el cuerpo. Y se me ocurrió buscar si existía algo así”. 

Y existía. Paz Pujadas es una de las más jóvenes. Tiene 17 años y se enteró cuando hizo un trabajo del 24 de marzo para el colegio. Habló de las Madres, de las Abuelas, y el profesor le dijo que también existía Nietes. “Mi tío abuelo es Mariano Pujadas, uno de los militantes fusilados en Trelew el 22 de agosto de 1972. La historia de mi familia es fuerte, porque ellos habían venido en los 50 de España, escapando del franquismo, porque no querían vivir en esa opresión. Cuando se estaba por cumplir el tercer aniversario de la masacre, en 1975, entraron a la granja de pollos que mi familia tenía en Córdoba, y fusilaron a mi abuelo, José María, a su pareja, y a otro tío abuelo. Mi papá tenía dos años”. 

Qué encontró en Nietes: “Mucha militancia, juventud, y las ganas de construir una Argentina mejor. Como espacio es muy importante para los jóvenes que tienen dudas, que no conocen sus historias, y que podamos dar contención. Damos charlas en escuelas para encontrar otros nietes. Me gusta sintetizar la importancia en cuatro pasos:

1) contención,

2) pedagogía de la memoria,

3) armar consensos con objetivos comunes con otros organismos,

4) participación en marchas”.

Paz es muy dulce y clara. Suma proyección: “Nietes es clave para continuar la memoria. Pienso la memoria como una cinta que se va pasando y que no puede tocar el piso: no se puede caer. Las Abuelas la pasan a las Madres, las Madres a los Hijos, los Hijos a les Nietes. En algún momento se pasará a Bisnietes, y luego a Tataranietes. Aunque no queramos, las Madres y las Abuelas no van a estar siempre. Es una pregunta incómoda porque nos pone en jaque a ver cómo la llevamos nosotres. Hoy nos toca agarrar esa cinta. Y hay que sostener”. 

Nietes: tomar la posta
Foto: Lina Etchesuri

6. Dónde están

María Victoria Cassani (29) es bisnieta. “Mi bisabuelo, Víctor Vázquez, está desaparecido. Tenía 60 años. Militaba en el Partido Comunista y estaba en la Comisión Directiva de la Unión Ferroviaria. En mayo del 76 lo cesantean, y el 4 de junio se baja del tren y a una cuadra lo estaban esperando militares de civil”. Su familia encontró mucha información en los archivos de la DIPBA (Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires), que en tiempos de Ramón Camps se convirtió en un dispositivo clave del terrorismo de Estado en suelo bonaerense. En 2001 toda esa documentación pasó a la Comisión Provincial por la Memoria (CPM), y fue reconocida como Patrimonio de la Humanidad en 2008. Su familia descubrió cómo lo vigilaban y cómo lo investigaron. Saben que lo enterraron como NN en Chacarita, pero no encontraron sus restos. María Victoria se sumó a Nietes en 2021: “Encontré mucha militancia comprometida con un pasado que, en verdad, es presente, y que es imprescindible para el futuro. Y, también, en que nuestra contribución es colectiva”.

La entrevista con María Victoria me dejó pensando. A la semana con mi mamá presentamos un pedido de información a la CPM para ver si en esos archivos había algo. Los formularios los tenía que completar ella por ser familiar directo. Tuvo que llenar dos, uno por cada uno: Juan Jorge Wehitt, 51 años, su papá, y Juan Carlos Wehitt, 19 años, su hermano. Mi abuelo y mi tío. Los secuestraron el 23 de agosto de 1977 en la casa donde nací y me criaron, en Isidro Casanova, partido de La Matanza. A mi tío se lo llevaron encapuchado y en cuero. Mi mamá vio todo teniendo 14 años. Nunca supimos más nada de ellos. Pienso en lo que me decía Karen, en lo que contaba Lucía. También en lo que me dijo Ana: “La mayoría no tenemos una tumba donde ir a llorarlos. No fue algo normal, no hubo un duelo común. Es un desafío interpelar a juventudes que no vivieron esto en primera persona”.

La CPM respondió al día siguiente. No había mucho, salvo contestaciones negativas de habeas corpus y solicitudes de paradero. Por esa razón, todo esto no es algo del pasado, ellos siguen desaparecidos, y el delito de desaparición forzada se sigue cometiendo.

Día a día, hace casi 47 años. 

7. Hablar cura

Esta es una de las muchas razones por las que Nietes es tan importante. No solo es la continuidad de la memoria, sino su divulgación en aulas y escuelas, como me decía Paz. 

En 2021 Tamara Racedo (29) participó de un panel en Gerli, sur conurbano, sobre salud mental y discapacidad. Ella es ciega y tiene un proyecto llamado Periodismo Femidisca. Sintió curiosidad por otro panel sobre salud mental y derechos humanos donde escuchó que hablaban de algo llamado Nietes. Les escribió y se sumó. “Soy nieta de José Racedo y de Alcira Santos Ochoa. Los secuestraron el 29 de mayo del 76 en Caspinchango, un pueblo de Tucumán. Él trabajaba en la zafra de frutas pero no sabemos si tenía una militancia sindical por dentro. Mi abuela estaba embarazada. Mi papá tenía 9 años cuando se los llevaron. A él le costaba hablar, pero sabe que milito y lo cuenta con orgullo”. Su militancia en Nietes abrió esa instancia de comunicación con su papá. Él le dijo que le dolía hablar y recordar, pero a su vez sentía alivio. “Hablar cura”, recuerda Tam que le dijo su tía. El EAAF identificó los restos de José y Alcira en 2014 en el Pozo de Vargas, un lugar de enterramientos clandestinos de personas secuestradas, incluso antes del golpe, en 1975. Hoy Tam se está animando a dar charlas: “Hay que reivindicar la memoria y la militancia colectiva, porque vivimos tiempos donde se habla mucho de lo individual”.

María Victoria Barcia Boschiazzo (29) también se fue conmovida de una charla que dio con Ana Ríos Brandana en una escuela técnica días antes del 24 de marzo. La práctica de Nietes es aceptar invitaciones en colegios que, a priori, no tienen un linaje militante, sobre todo para interpelar otras subjetividades: por eso van a escuelas técnicas o colegios religiosos. “Mi familia busca a Daniel, un primo desaparecido el 12 de junio de 1976 en Palermo, en el Edificio Cóndor, donde hacía el servicio militar obligatorio. También había sido obrero textil y era militante socialista. Tenía 20 años”. En la vereda de la Plaza del Planetario, sobre Avenida Sarmiento en CABA, hay una baldosa con su nombre que lo recuerda. Victoria cuenta que la familia recién empezó las denuncias en 2002: “Daniel no está en la CONADEP. Su madre y abuela mueren jóvenes, después de sufrir mucho. Y mi mamá tenía una mezcla de miedo de no saber si meterse y tomar la posta, algo que nos transmite a mí y a mis hermanas en 2012. Quería buscar a Daniel. Y cuando vio que íbamos a las marchas, encontró una motivación para salir”. Lo que cuenta Victoria es importante porque, en un contexto donde el propio gobierno pone en discusión la cifra de 30 mil desaparecidos, indica que hay muchas personas que no denunciaron: “Espero que muchos más que dudan puedan acercarse”.

Ese es el valor de acercarse a escuelas. Cuando llegaron con Ana al colegio técnico, el centro de estudiantes las previno: “Acá es re difícil”. Sabían que tenían que hacer algo diferente para que esas juventudes no se aburrieran. Contaron sus historias, quiénes eran, en un tono que logra otra identificación, porque esas chicas pueden ser sus hermanas o sus primas: “Es mucho más cercano y genera empatía”. Hicieron preguntas para invitar a la participación; una fue si alguien conocía o tenía un familiar desaparecido. 

Una manito se levantó. Era un niño de 12 años. Se paró, caminó al escenario y contó algo que no había dicho nunca: “Un primo de mi abuelo estaba jugando a la pelota en la calle cuando vino un auto y se lo llevó. Nunca más lo vieron”. Victoria y Ana pidieron un aplauso y lo felicitaron: “Todos estaban escuchando atentos, sin mirar los celulares. Después volvimos a preguntar si conocían a alguien que tuviera algún familiar”. Respondieron que no: “Ahora sí conocen -corrigieron-. Es un compañero de ustedes que dijo que tenía un familiar desaparecido”. Y Victoria explica: “Se trata de acercarles la historia. Que entiendan que sigue pasando. Incluso hoy: lo que pasó en ese nene es la clave de lo que es Nietes”.

8. Deseo y acción

Ana Tauil (27) también se sumó en aquellos zooms pandémicos de 2020. Estamos sentados en la Plaza, un jueves previo a la ronda de Madres, y acá es cuando me dice que con Nietes flasheó: “Fue emocionante, nunca había puesto en palabras mi propia historia”. Cuenta esa primera persona que asumió: “Soy nieta de Roberto Tauil, militante del PRT, desaparecido el 20 de octubre de 1976 de la casa donde nací, en Talar, partido de Tigre. Era militante sindical, delegado de base en la química Warco, en Munro. Era muy estudioso: se sabía todas las leyes laborales y se las explicaba a sus compañeros para defender sus derechos”. Su papá fue militante de H.I.J.O.S y luego se sumó al movimiento piquetero. Ana recuerda ver las marchas por la televisión y sufrir por esas represiones de los noventa. Sin embargo, quien más le contó sobre la historia de los setenta fue su mamá: “Ella me decía que tenía un abuelo desaparecido. Mi mamá también tiene a su prima, Mónica Tresaco, desaparecida. Fue un golpe duro: ella le cantaba y enseñaba las canciones de Sui Generis que no llegaban a su pueblo natal en Santa Fe. La marcó mucho: tenía 14 años”.

En el colegio también costó: “Sentía que era algo que pasaba a nivel familiar y no tenía nada que ver con el afuera”. Para la fiesta de egresados del secundario sus compañeros propusieron vestirse de militares: “Yo dije que no iba a participar. Aparecía como forma de chiste, incluso un ‘que vuelvan los milicos’, como algo gracioso, de la palabra prohibida. Era 2013: ahora, con toda esta avanzada, se resignifica mucho”.

Ana es socióloga y trabaja en el Observatorio de Crímenes de Estado que dirige Daniel Feierstein en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Une y piensa aquella anécdota con el presente: “Nietes tiene un contexto de teoría de los dos demonios recargados. Nos toca enfrentarlo como generación. Lo pensamos en una de nuestras formaciones: si Abuelas tuvo la cuestión de la identidad, las Madres la búsqueda de sus hijos, y los HIJOS la recuperación de la pertenencia política de los militantes, a Nietes nos toca recuperar las identidades colectivas de las organizaciones. Es interesante pensar no solo la vida, sino qué proyectos tenían, en qué contextos se inscribieron, cuáles eran sus objetivos. Cuáles fueron sus procesos, errores y aciertos. Todo tiene que ser herramientas para pensarnos como militantes. Nietes tiene ahí una potencia para pensar la política desde otras estructuras y poder hacerlo fuera de la lógica electoral. Nos interesa aportar a una transformación en la disputa de la subjetividad, en imaginar otros mundos posibles. Nietes puede hacerlo”.

Ana Ríos Brandana comparte ese valor histórico. Eso expresó este 24, las entrevistas que están haciendo, las escuelas que visitan, les nietes que nos estamos sumando, en un contexto cada vez más tremendo y urgente: “Hoy estamos viviendo una crisis de legitimidad de los partidos políticos. Es triste, pero lo ves: los discursos no interpelan. Son formas que están caducando y hay que repensar otras. Sí veo en el movimiento feminista, de diversidad, en derechos humanos, en los movimientos sociales, una legitimidad construida que otros sectores no tienen. Ahí Nietes tiene mucha potencia como espacio. Nos pusimos como principal objetivo la juventud, porque son las generaciones que vienen. Y nuestra generación es par. Que vean que pueden formar parte. Estas historias no son temas aparte, no estamos discutiendo la memoria mientras no tenés para comer, sino que la memoria es algo que se ejercita: para aprender otras formas de militancia o incluso para estudiar cómo salimos en otros momentos de situaciones como las de hoy. Veo una construcción en Nietes que no está en otros lados. Las militancias del campo popular, en general, se manejan muy en lo macro, en la bajada de línea, y no interpelan lo micro: el deseo. Los vínculos. La historia personal. Y Nietes lo hace. Eso produce que el involucramiento sea más fuerte, más sentido. Porque en esta deshumanización de lo social, la militancia también deshumanizó bastante: por ejemplo, en la idea de ser un soldado. No somos soldados les militantes. Nietes me gustaría que invite a otras formas de repensar esa participación y a generar formas de militancia que interpelen mucho más. Creo que lo estamos haciendo”.

¿Qué aporta ese deseo, como otra sensibilidad, en esta deshumanización?

Ana: Freud siempre preguntaba qué lugar ocupás vos en eso que te quejás. Hay un caso emblemático en el psicoanálisis, que es el Caso Dora. Dora es una persona que está todo el tiempo quejándose: que mi viejo, que mi hermano, que la vida. Y Freud le pregunta: ¿qué lugar ocupás vos ahí? Lo retomo para la militancia: ¿qué lugar ocupamos nosotres en eso que nos quejamos? ¿Qué podemos hacer? Por lo pronto, pasar de la queja a la acción.

Por lo pronto, es jueves.

Son las 15.30 y las Madres están por empezar.

Estas compañeras me sonríen, me dan un abrazo.

Nos ponemos la camiseta, nos sumamos a la Ronda.

Marchamos.

Y me dicen algo hermoso: 

-Bienvenido.

Nietes: tomar la posta

A 50 años del golpe

Memoria del futuro 

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Por Sergio Ciancaglini. Fotos: Juan Valeiro / lavaca.org

Es 24 de marzo, son 50 años del golpe, y es un flujo permanente de personas y de energías que van a la Plaza por avenida de Mayo, por las paralelas, por las perpendiculares, por las diagonales y por todas las geometrías del alma. 

Foto: Juan Valeiro / lavaca.org

Son miles de gestos, abrazos, canciones y banderas bajo el sol de un día hermoso, o a la sombra de ciertos modos de entender la vida, la justicia, la verdad, la memoria, y cosas por el estilo. La alegría, por ejemplo, la cuarta palabra que les Nietes nos propusieron agregar a aquella trilogía.

Foto: Juan Valeiro / lavaca.org

Foto: Juan Valeiro / lavaca.org

 Cosas por el estilo que son escasas en tiempos oscuros, pero que en días como este parecen brillar como ese sol que también abraza, canta y se embandera acompañando a la gente. 

Foto: Juan Valeiro / lavaca.org

Hay un acto único, como si una forma de sentido común hubiera logrado florecer pese a las divisiones de las subdivisiones, y más alla de la fragmentación de las particiones. 

Memoria del futuro 

Foto: Juan Valeiro / lavaca.org

Hay intentos de fumigar la marcha con gas pimienta junto al Cabildo, pero la templanza de la gente se impone al delirio represivo. El cabildo es el de las personas que están allí.

Memoria del futuro 

Foto: Juan Valeiro / lavaca.org

Y en ese cabildo humano, no de ladrillos, hay un lema que borda corazones y expectativas. La pregunta más antigua y la más reciente: «Que digan dónde están».

Memoria del futuro 

Foto: Juan Valeiro / lavaca.org

El gran tema es qué ocurrirá con esta potencia social que late hoy en las calles, a partir de mañana. 

Memoria del futuro 

Foto: Juan Valeiro / lavaca.org

Cuando ya no sea 24 ni sean 50 años, sino cada minuto de cada día de cada tiempo presente, para seguir intentando que la vida sea lo mejor posible con memoria, verdad, justicia (y alegría) en el país del Nunca Más. 

Memoria del futuro 

Foto: Juan Valeiro / lavaca.org

Memoria del futuro 

Foto: Juan Valeiro / lavaca.org

Memoria del futuro 

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Memoria del futuro 

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Publicada

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Retomamos la Carta de un Escritor a la Junta Militar –enviada por Rodolfo Walsh el mismo día de su desaparición– para trazar una sintonía con el actual modelo económico. Lo ya vivido, frente a un presente alucinado. Y algunas pistas para intentar encarar lo que se viene. Por Sergio Ciancaglini

1.

La irrealidad nacional, la corrupción de amplios sectores de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, la corrupción aún mayor vía la deuda externa más alta de la historia, la destrucción productiva y del trabajo, la prepotencia anti social, la concentración económica que acelera la desigualdad y la desintegración, el clasismo agitado no por una izquierda en calesita sino por una derecha alucinada; el 3%, el colapso de bienes y servicios públicos (educación, salud, rutas, ciencia, seguridad social), la economía insustentable, las riquezas de remate, la caída masiva del nivel de vida; el fin de buena parte del periodismo convertido en ciencia de la provocación, las operaciones y una obsecuencia enfermiza; los funcionarios que se comunican con perros muertos y proyectan la destrucción del Estado, la reaparición del hambre, el progresismo que perdió lo progre sumergido en su sismo; el histórico endeudamiento de las familias para poder subsistir; la presión y represión sobre el periodismo no oficialista en las redes y en las calles, el aplastamiento estructural, social, anímico y mental; el empobrecimiento masivo, la historia convertida en histeria, las tecnologías de manipulación y formateo que cada vez más nos gobiernan la existencia; la tristeza y la angustia que demasiadas veces contaminan la vida cotidiana y estallan en forma de violencia y fanatismo, o depresiones y cerebros quemados, la cultura de la descomposición, el miedo al futuro, son solo algunos de los hechos que impulsan estas pobres líneas como un mensaje en una botella que esta revista le envía simbólicamente:

* a Rodolfo Walsh, a 50 años del golpe de 1976 y a 49 años de su trágica desaparición, precedida por la tremenda e inigualable “Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar”, firmada el 24 de marzo de 1977.
* o a quienes no se resignen a que este sea el fin de la historia.

2.

La carta de Walsh tiene un párrafo asombroso. Después de explicar la situación del país (muertos, desaparecidos, desterrados, campos de concentración, procedimientos clandestinos, secuestros, tortura sin límites, fusilamientos masivos y sin juicios, cementerios lacustres, cadáveres flotando en el Rio de la Plata) Walsh plantea:
“Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.
Ese modelo vuelve a aplicarse 50 años después corregido y aumentado. La comparación con esta época es estrictamente económica y provoca un déjà vu, ese efecto inquietante del tiempo que reaparece para impregnarnos la memoria y el alma.
Los números pueden ser distintos, pero lo que describe de Walsh pinta mucho del presente: congelamiento y reducción del salario real, de la participación de los trabajadores en el ingreso nacional, aumento de las horas de trabajo, la desocupación récord, a lo que agrega: “…han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial”. Habla del colapso en el consumo de alimentos, de ropa. “Como si esas fueran metas deseadas y buscadas, han reducido ustedes el presupuesto de la salud pública a menos de un tercio de los gastos militares”, y señala la consecuencia: el éxodo de médicos, profesionales y técnicos no solo por el terror sino por “los bajos sueldos o la racionalización”. Otra frase: “…las funciones creadoras y protectoras del Estado se atrofian hasta disolverse en la pura anemia…”.
Enumera el crecimiento del gasto en aparato represivo y la realidad dictada por el FMI: “…la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S. Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete”. Solo cambian los monopolios, algunos de los rubros beneficiados, y nombre del ministro.
Informa sobre “la deuda exterior que alcanza a 600 dólares por habitante” y señala una declaración del presidente de la Sociedad Rural, Celedonio Pereda: “Llena de asombro que ciertos grupos pequeños pero activos sigan insistiendo en que los alimentos deben ser baratos”. Luego describe Walsh: “…la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos bajo un gobierno que venía a acabar con el «festín de los corruptos»”.
Otro concepto para el presente: “…rebajando los aranceles aduaneros se crean empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina”. Ahora los empleos son principalmente chinos para fabricar productos que el país importa a costa de la propia desocupación.

3.

La dictadura puede tomarse como inicio de políticas con eterno retorno que tuvieron escalas con Alfonsín, Menem, De la Rúa, Macri, paréntesis peronistas con sinuosidades y ahora un resurgimiento lisérgico.
Ostentamos la deuda externa más alta de la historia: 316.935 millones de dólares. La parte pública de esa deuda alcanza 170.506 millones. Solo con FMI se llega a 57.230 millones que convierten a este extraño país en el mayor deudor mundial del organismo. Si dividimos esos números por la población de 47 millones, cada habitante del país debe 1.220 dólares al FMI, 3.600 sumando la deuda pública, y 6.700 dólares en total. La deuda privada merecería otro apartado como parte de la especulación financiera, fuga de capitales y dividendos de las corporaciones, o la masificación de importaciones que destrozan la producción y el trabajo local.
Nada de eso se traduce a hechos materiales que signifiquen mejoras para el país, su infraestructura y su gente, la construcción de algo, la solución de algún problema, el incremento del nivel de vida de la población. Se trata de negocios turbios que quedaron descriptos en la historia como “patria financiera” provocando un gigantesco ciclo de especulación y fraude que tuvo como síntomas: plata dulce, dólar absurdamente barato, viajes al exterior, la ilusión óptica de una riqueza que iba hundiendo al país. Se repitió el mecanismo durante el gobierno de Macri con su equipo económico formateado en negociados financieros, y nuevamente en funciones en este presente de abismo. Es como una drogadicción al endeudamiento masivo, que condiciona las políticas, hipoteca presente y futuro, impide el crecimiento, chupa riquezas y recursos, obliga a que las decisiones teóricamente soberanas sean dictadas por el FMI. Durante 2025 se agregó la intervención directa del gobierno de Donald Trump, que ya había empujado al FMI a apoyar irracionalmente al gobierno de Macri como ahora lo hace con el de Milei: Argentina, el país más endeudado del planeta, acapara más del 30% del total prestado por el Fondo. Milei llegó al gobierno apuntándole a la casta política, para reabrir las puertas a la casta financiera.
Su ministro de Economía Luis Caputo promueve que los empresarios “pongan la plata” y que lleguen “inversiones extranjeras” mientras tiene su propia fortuna fuera del país. Logró la utopía antiperonista: con el presidente del Banco Central (el que Milei quería eliminar) envió subrepticiamente parte de las reservas de oro argentino al exterior como prenda por préstamos o negocios financieros, aunque nada se informó bajo el amparo del “secreto de Estado”. La reacción periodística que en otro caso hubiera sido incendiaria, se mantiene en modo zombi. El oro voló.
La economía se convirtió en geopolítica: Estados Unidos planteó a través de distintas autoridades la importancia que le da a los recursos naturales del país (agua, minería, tierras raras), fraseología acompañada por movimientos militares que revelan la pretensión de control, también llamado “presencia”, sobre aguas, territorios y ámbitos de decisión nacionales, muy específicamente apuntados al Atlántico Sur. Eso explica en parte la intromisión en las elecciones argentinas de 2025 con anuncios de préstamos y rescates –y amenazas sobre lo que ocurriría en caso de perder el oficialismo– que tuvieron una incidencia notable en el resultado reflejada por el propio Trump al atribuirse el triunfo de Milei: “Estaba un poco atrasado en las encuestas y terminó ganando de modo aplastante”. Luego el secretario del Tesoro Scott Bessent reconoció que no habían puesto los 20.000 millones de dólares que trascendieron que prestarían (fue la décima parte), “pero sacamos mucho provecho”. El saldo: el alineamiento generalmente vergonzoso de Argentina con Estados Unidos, o la promesa de “sacar a China” del país (inundado de productos e inversiones chinas), en una versión posiblemente anacrónica e inútil de la Guerra Fría. El gobierno no subsiste por sus declamados éxitos, sino por el apoyo trumpista, mientras dure.

4.

El prometido fin de la inflación no llegó. Por esa razón el gobierno eliminó la nueva fórmula de medición del INDEC que hubiera sido mayor y más cercana a la realidad. Si la inflación es menor que la de hace algunos años se debe a la masiva caída de consumo en estos dos años, con cierre o puesta en venta no solo de infinidad de negocios barriales sino de grandes cadenas de supermercados y tiendas. Los datos distorsionan también la medición sobre la pobreza que hoy supera el 30% pero sería más del doble si se utilizaran los parámetros de medición de Brasil, México y Chile.
El equilibrio fiscal es una ilusión óptica conseguida a través de mutilar los fondos jubilatorios, las obras públicas, los gastos en salud y educación, los salarios estatales, y eliminación de organismos públicos en muchos casos fundamentales. Aun así, el equilibrio es irreal al no considerar toda la deuda de bonos y bicicletas financieras que el gobierno implementa para mantener el dólar bajo, el “carry trade”, engrosar la deuda y fingir normalidad, mientras no se sabe aún con exactitud los números y déficits verdaderos.
La realidad muestra colas de miles de personas cuando aparece una oferta de trabajo. En los primeros dos años de este gobierno se perdieron 319.193 empleos formales: un desocupado cada 3 minutos. De casas particulares: 29.069. Del sector público, 96.008. Del privado: 194.116. Empresas cerradas: 21.938 (30 por día como promedio). Datos del Boletín Estadístico de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT).
El salario de los que no fueron despedidos, en el sector privado bajó 6% en dos años mielístas, una pérdida acumulada de 2 millones de pesos para cada trabajador. El poder de compra de los jubilados cayó entre un 23 y un 28% (según cobren o no bono), sumando 5,1 millones de pesos cada uno como promedio. Para cada empleado estatal la baja es del 20%, y dejó de cobrar 10 millones de pesos. El total son 48,8 billones de pesos que del trabajo se transfirió a empresas y Estado. Se evaporaron además 12,1 billones de recaudación de seguridad social y 5,1 billones desfinanciados de obras sociales y sindicatos (datos del Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía a partir de informes oficiales).
La cantidad de empresas cerradas en esos dos años es 21.938 (30 por día como promedio). Algunas de las difundidas en las últimas semanas por cierre, despidos o suspensiones: Aires del Sur, Fate, Dass, Eseka, Textilana, Ilva, Whirpool, Corven, Newsan, SFK, TN & Platex, Vulcalar, Panpack, Magnera, Dana, Acerías Berisso, Luxo, Color Living, Otito, DBT-Cramaco, Essen, Paty, Mondalez, Acíndar, Peugeot. Los rubros: metalmetánicas, calzado, textiles, productos médicos, electrónica, muebles, alimenticias, metalúrgicas, automotores, envases. La respuesta del gobierno es insultar empresarios, con los que acaso se reconcilie, mientras se bombardea la vida de quienes trabajan, en medio de una estanflación (recesión más inflación) que convierte la posibilidad de conseguir empleo en una utopía.
Al margen del industricidio que amenaza a millones de trabajadores, los sectores que crecen de la economía (minería, energía, agro y finanzas) no generan empleo en cantidad, apenas el 10%. El gobierno anunció la inversión de 25.000 millones de dólares en IA, artificio que se esfumó antes de nacer. Anuncian 18.000 millones de dólares de una inversión minera con 5.000 empleos. La realidad es que en esa mina hay 1.080 empleos, mucho menos que los trabajadores que tenían las fábricas cerradas, mientras el gobierno celebra esa destrucción creativa. Es algo que los pueblos cordilleranos aprendieron hace décadas: se empuja a la debacle a las actividades productivas locales para crear el pánico por el desempleo y allanar el camino a actividades como la minería que no crean riqueza sino que la extraen, sin controles, pagando regalías miserables (porque los gobernantes ni siquiera hacen valer la importancia de lo que ofrecen) y generando unos pocos puestos de trabajo que maquillan ese despojo de los recursos más codiciados del mundo. Los recursos vuelan, los dividendos también, el valor agregado y la industrialización de esos productos se materializa afuera, y el país se estanca en su viejo y patético rol de mayorista de materias primas: no se ve allí ningún futuro sostenible.
La crisis no afecta al poder real. Las corporaciones trasnacionales son las que cazan en el zoológico argentino gracias entre otras cosas al RIGI (Régimen de Incentivos a las Grandes Inversiones), y los más ricos del país duplicaron o triplicaron su patrimonio entre 2020 y 2024: Marcos Galperín (de 4.200 a 8.500 millones de dólares), Hugo Sigman (de 2.000 a 6.300), los Pérez Companc (2.700 a 4.200), Paolo Rocca (3.400 a 4.100), los Urquía (650 a 1.800), los Madanes (590 a 1.500), Jorge Brito (360 a 1.450) y Sebastián Bagó (660 a 1.380).
El gobierno completa el paisaje imponiendo en un Congreso fantasmal una reforma laboral en la que serrucha logros y derechos que hasta el liberalismo aceptó y promovió a lo largo de la historia como forma de hacer crecer más integradamente al país. En la reforma actual, de paso, se quitan impuestos a los poseedores de autos de alta gama, aviones y embarcaciones, lo que se llamaba “impuesto al lujo”. El equilibrio así se sustenta en recortes a jubilaciones, obras públicas, educación y salarios: 107,7 billones de pesos. Paralelamente se rebajaron a la mitad impuestos como el de bienes personales que se cobraban a los sectores más pudientes como para dejar a la vista quienes son ganadores y quiénes perdedores en esta historia. Al hacerlo, el Estado cobra menos, y para llegar al “equilibrio fiscal” recorta más jubilaciones, obras, educación, etc.
Es una política de la envida al revés, donde los que están en la parte alta de la pirámide creen acceder a una especie de justicia si logran desposeer de lo que tienen a los que están en peores condiciones.

5.

Se ataca a las personas con discapacidad tanto en sus tratamientos como en la calle con gendarmes. A ancianas y ancianos que se manifiestan. Se dispara y agrede al periodismo que intenta registrar esos hechos. Mientras el presidente se define como un topo que destruirá el Estado desde adentro y aplica la motosierra como herramienta que nada lo soluciona y todo lo mutila, se arma un gigantesco aparato de servicios de inteligencia con presupuestos metafísicos y autorización incluso para detener gente extrajudicialmente. Es evidente la función y el objetivo de tal artefacto secreto de espías.
Blanquean capitales, declaran la inocencia fiscal, omiten todo control para dinero que solo puede provenir de evasión, lavado y narcotráfico. Lo narco se expande territorial e institucionalmente aprovechando la miseria planificada y la destrucción del Estado. Se instala en los barrios populares como industria económica, financiera y de control social, y a la vez funciona cerca del poder porque no lo amenaza, lo lubrica. Las fuerzas de seguridad que supuestamente deberían combatir los flagelos, son enviadas a reprimir manifestantes, incluso jubilados.
Se ejerce el negacionismo sobre a la dictadura y siempre es posible que se intente avanzar en la impunidad de quienes fueron condenados por sus crímenes en procesos judiciales admirados por el mundo.

6

Hay infinidad de datos, situaciones y absurdos que definen el presente, que cada quien puede agregar a estas líneas. Lo que en otros tiempos se lograba con dictaduras, hoy se hace en un sistema cada vez menos representativo. Con un aparato y estilo de comunicación que logra hacer emerger y convalidar las zonas más oscuras de la sociedad. El oficialismo parece avanzar hacia donde quiere con sus referentes intelectuales (con perdón de la palabra) como agitadores de conceptos relacionados con el sometimiento, el goce de la crueldad y lo mandrilescamente perverso, cuyo alcance en sus propias vidas tal vez se nos revele con el tiempo.
El actual gobierno encontró su camino facilitado por burocracias políticas, académicas, sindicales y varios etcéteras que en los últimos años tomaron lo mejor de deseos y conquistas sociales para transformarlas –más de la cuenta– en electoralismo mediocre, punterismo, ombliguismo, manipulación y soberbia. En discursos pomposos, y prácticas levemente gaseosas. Lo que era una sinfonía del sentimiento terminó provocando una ópera del resentimiento entre bastantes de sus supuestos beneficiarios, que recibían dádivas y discursos que les resultaban poco útiles para salir efectivamente del pozo o mejorar su realidad. La batalla cultural para esta ultraderecha ofuscada consistió entonces en exacerbar a quienes siempre fermentaron ideas racistas, excluyentes, clasistas, antisociales, y tratar de sumar a quienes terminaron –con razón o no– subjetiva y objetivamente hastiados por políticas supuestamente progresistas, populares, etc., que no sintieron como propias. La evolución de ese laberinto (y de todos los no mencionadas aquí) irá plasmando parte de lo que se viene.
Para complicarla más, el mundo agita fantasmas e incertidumbres similares, hay una crisis climática y un sistema basado en obtener riquezas a partir de la destrucción, hay signos evidentes de colonización global, no solo de territorios sino de nuestras almas… y todas las desventuras acá no mencionadas.
¿Y entonces, cómo seguir? Respuesta científica: no tengo idea. Solo algunas pistas al menos sobre qué tipo de actitudes podríamos ejercitar. Por ejemplo, hace 50 años comenzaba un proceso de sometimiento, pero había también unas mujeres que no eran políticas, revolucionarias, dirigentes ni intelectuales. Enfoco el tema en lo que hicieron en aquel momento, durante los ocho años de dictadura. Eran personas comunes y corrientes que se movieron de su rol de amas de casa, trabajadoras y madres, para buscar a sus hijos y sus nietos. Rompieron la soledad y el aislamiento, se juntaron con otras mujeres en las calles, en las recorridas por los infiernos, en las conversaciones cotidianas. Vencieron el miedo, más que por valentía, por ese sentirse acompañadas. Circularon, se pusieron pañuelos, cocinaron, marcharon, confrontaron, criaron. No se quejaban ni se quedaban sentadas esperando. Hablaban poco y hacían mucho. No se subordinaron a la tristeza ni se paralizaron, no perdieron su propio criterio para decidir qué hacer. No aceptaban la cultura de la obediencia. Usaron el sentido común como capacidad de pensamiento y acción concreta. Como forma de armonizar y potenciar la razón y el sentimiento para relacionarnos con los demás y con el mundo. Tuvieron un proyecto que ayudó, junto a tantos familiares y sobrevivientes, a parir un proceso de juicio y castigo inédito en el mundo. Recuperaron vidas. Ejercieron la denuncia y el afecto. La rebeldía y la perspicacia, la cabeza dura en el mejor sentido, y la mente abierta.
¿Nos dice algo todo esto sobre nuestras propias vidas? ¿Sobre la política? ¿Sobre cómo movernos en los tembladerales de estos tiempos? ¿Sobre qué hacer cuando no nos sirven los tutoriales, dogmas, scrolleos, ideologías y/o gps?
Tal vez todo sea un tema de poder. No como instrumento para dirigir, someter, masificar y domesticar a otros, sino como un verbo, una acción. El poder de crear, hacer, liberar, compartir, multiplicar, pensar, sentir, cultivar, escapar del encierro y la asfixia. El poder de rescatar estilos de vida que recuperen la convivencia más que la competencia, para no temerle a ninguna de las batallas de la época. Quién sabe todo lo que puede nacer a partir de ese suelo.
Como esta es la única existencia que tenemos hasta que se demuestre lo contrario, no deja de ser un proyecto modesto pero fértil aprovechar el rato y rescatar la antigua y siempre novedosa idea de hacer cosas para que una vida mejor y más digna sea posible. Sin resignarnos frente a lo que Walsh menciona al final de su carta con dos palabras que definen buena parte de nuestra historia: momentos difíciles.

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A 50 años del golpe

Crecer bajo el terror: Infancias y dictadura

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Un grupo de hijos e hijas de desaparecidos comenzó un proceso judicial para que el Estado reconozca que la violencia ejercida sobre esas infancias también constituyó un delito. Es un proceso inédito que llega luego de un análisis y reconstrucción de testimonios sobre cómo funcionó el terrorismo de Estado en sus operativos, cautiverios y crímenes. Una investigación crucial que reúne los testimonios de Teresa Laborde, María Lucía Onofri, María Eva Basterra Seoane y Dafne Casoy. (En la foto de portada, Teresa ,a la izquierda, junto a sus hermanos Martina y Santiago, y su mamá, Adriana Calvo).

Por Evangelina Bucari

Nacer en el asiento trasero de un Falcon verde rumbo al Pozo de Banfield. Tener dos meses y que te amenacen con una picana en la ESMA. Que te secuestren dos veces y crecer en cautiverio. Quedar sentada a upa de un casero maniatado mientras un operativo se lleva a tu familia y deja detrás un vacío imposible de reconstruir. Pasar hambre, frío. Que te violenten de todas las formas posibles, te abandonen en casas vacías o como NN en instituciones, o crecer vigilado durante años después de recuperar la libertad.
Son muchas las infancias que no fueron apropiadas pero sí víctimas directas del terrorismo de Estado durante la última dictadura cívico militar en Argentina. ¿Cómo es sobrevivir al horror? ¿Por qué es necesario ponerlo en palabras y lograr justicia? ¿Qué significa seguir visibilizando estas historias frente a la campaña negacionista del gobierno de Javier Milei?
“Las violencias ejercidas sobre las infancias no fueron episodios azarosos ni daños colaterales, sino el resultado de decisiones específicas tomadas por los grupos represivos sobre qué hacer con esos niños y niñas”, señala la socióloga Florencia Urosevich. Investigadora y una de las coordinadoras del área de infancias del Observatorio de Crímenes de Estado (OCE) de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Urosevich explica que “las fuerzas represivas actuaban con inteligencia previa y sabían que había niñas y niños en las casas durante los operativos, tomando resoluciones específicas sobre su destino”.
Durante décadas, esas experiencias quedaron fuera del centro del relato sobre el terrorismo de Estado. La sociedad argentina logró identificar con claridad el robo y la apropiación de bebés –gracias a la lucha incansable de Abuelas de Plaza de Mayo y de los organismos de derechos humanos–, pero hubo otros cientos de infancias atravesadas por formas menos reconocidas y visibilizadas de violencias.
Si bien ya desde el Juicio a las Juntas aparecieron en los testimonios de hijos e hijas de desaparecidos, lo hacían como contexto, como parte de la escena: los expedientes registraban los hechos, pero no los nombraban como víctimas del proceso represivo ilegal que también los tuvo como protagonistas. A 50 años del golpe genocida, solo algunos lograron que se los reconozca como casos judiciales, más allá de ser testigos de lo que vivieron sus madres y padres, que en muchos casos continúan desaparecidos.

“Los que estaban ahí”

Dafne Casoy tenía diez meses cuando un grupo represivo secuestró a su padre, Claudio Casoy, y a su madre, Eva Ullman, militantes montoneros, en una quinta de La Reja, en abril de 1977. A ella no se la llevaron: la dejaron llorando a upa del casero de la casa, atado a una silla. Lo que ocurrió después nunca pudo reconstruirse del todo. No sabe cuánto tiempo pasó hasta que volvió con su familia ni quién los ayudó.
Como muchas hijas e hijos de militantes perseguidos y desaparecidos, Dafne creció sin pensarse desde una perspectiva de víctima. “Me costaba verme así. Sentía que había chicos a los que les había pasado algo mucho peor”, relata. Cuando declaró en 2017 en el juicio ABO III, del circuito Atlético-Banco-Olimpo (ABO), ante el Tribunal Oral en lo Criminal Federal (TOF) N° 2 de la ciudad de Buenos Aires, lo hizo para testificar por el caso de su mamá, que fue llevaba al Atlético y continúa desaparecida. “Mi padre nunca llegó y nunca apareció, entonces su caso nunca fue juzgado. Es otro de los vacíos judiciales que hay”, detalla.
Recién entonces ocurrió algo inesperado: la fiscal Gabriela Sosti les hizo a esos adultos que contaban sus experiencias de niños una pregunta que abrió otras: “Y a usted, ¿qué le pasó?”.
“Con esa pregunta la fiscal dio un lugar a esas narrativas, a lo que vivieron esas infancias, que no las habíamos podido escuchar de otro modo”, recuerda Urosevich, que seguía los testimonios de cerca. Esas declaraciones judiciales mostraban algo que durante décadas había pasado inadvertido: los operativos represivos no ignoraban la presencia de niños.
Fue así como desde el OCE –que dirige el sociólogo Daniel Feierstein– y los equipos de los sitios de memoria de ABO se propusieron reconstruir los testimonios presentados en los juicios ABO I, II y III y rastrear cada referencia a infancias presentes en operativos de secuestro: qué ocurrió con esos niños y niñas, y qué decisiones tomaron los grupos represivos sobre ellos.
El relevamiento permitió reconstruir 133 casos de niñas, niños y adolescentes que atravesaron operativos del circuito ABO y sufrieron diversas trayectorias represivas: abandono, cautiverio, institucionalización, violaciones, amenazas o vigilancia posterior; múltiples violencias que no culminaron en su apropiación. Lejos de tratarse de daños colaterales, el estudio publicado en “Somos los invisibles, los no vistos”, del libro Infancias Sobrevivientes (Cooperativa La Minga, 2025), demuestra la existencia de decisiones sistemáticas sobre qué hacer con esas infancias.
En ese proceso, a partir de 2019 comenzaron a organizar encuentros con quienes habían sido esas chicas y chicos. Allí apareció otra dimensión: las historias se repetían. Eran casi 30 personas compartiendo recuerdos fragmentarios, imágenes corporales, sueños persistentes ligados a los operativos y una incomodidad común frente a la palabra víctima. Lo que parecía una experiencia individual empezó a leerse como algo colectivo y como parte de un patrón represivo más amplio.
De esos encuentros surgió la propuesta de hacer una querella colectiva impulsada por hijas e hijos del circuito ABO, acompañada por el Observatorio y el Ministerio Público Fiscal, a cargo de la fiscalía de María Ángeles Ramos. Ellos mismos prepararon los casos. “Hicimos un trabajo de investigación y recopilación junto con el equipo del OCE y los sitios de memoria ABO. Ya pasó más de un año desde que lo presentamos a la justicia y estamos a la espera de la respuesta del juez (Daniel) Rafecas”, cuenta Dafne, en referencia a un proceso que continúa atravesado por dilaciones judiciales.
Si bien no todas las personas involucradas eligieron el camino judicial, el reclamo comparte un objetivo común: que el Estado reconozca que las violencias ejercidas sobre esas infancias también constituyeron delitos. Nombrarlo, dicen, es una forma de reparación. “En la justicia muchos fuimos tratados como objetos, que estaban simplemente ahí, a los que no les pasó nada. Entendimos que teníamos que reclamarlo, que quedara escrito que no fueron hechos aislados”, asegura Dafne.

Crecer bajo el terror: Infancias y dictadura
Dafne Casoy: tenía 10 meses cuando secuestraron a sus padres.

La vida es bella

María Lucía Onofri tenía un año y medio; su hermano Luis, apenas once meses. El 16 de agosto de 1977 salieron con su madre, Ana María Soffiantini, a hacer compras por la zona de Juan B. Justo y Fragata Sarmiento, en la ciudad de Buenos Aires. No llegaron a la esquina. Un grupo de tareas los rodeó en plena calle, golpeó a su madre, la separó de ellos y los subió a dos autos Ford Falcon. Lloraban mientras escuchaban sus gritos alejarse cuando la encapuchaban. Su padre había sido secuestrado unos meses antes.
María Lucía tiene un recuerdo propio que sobrevivió al terror que sintió ese día: unas naranjas moviéndose en una verdulería, deformadas por el miedo y la velocidad del secuestro. Esa imagen, chiquita, mínima, fragmentaria, quedó como marca inaugural de su historia. Ese fue el primer secuestro de los hermanos Onofri.
Durante días nadie supo dónde estuvieron. Según reconstrucciones posteriores, los niños habrían permanecido cautivos en un lugar aún no identificado, posiblemente vinculado al circuito represivo de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el centro clandestino al que habían llevado a su madre. Luego fueron entregados a sus abuelos maternos en la localidad bonaerense de Ramallo. Llegaron en silencio, sin hablar, profundamente retraídos. De ese viaje, María Lucía recuerda ver a su hermano “en pañales y peinado a la gomina sentado en la parte de atrás de un Falcon, comiendo pochoclos”.
Su abuelo falleció pocos meses después. Las amenazas eran permanentes: “No denuncien, no hablen”. Al año siguiente, volvieron a buscarlos. Esta vez, los militares los llevaron a una casa de Munro utilizada como espacio satélite de la ESMA, donde funcionaba una carpintería en la que su madre permanecía detenida bajo régimen de trabajo esclavo y libertad vigilada. Allí los niños fueron utilizados para simular una vida familiar “normal” mientras estaban en cautiverio.
De ese tiempo Luis tiene una escena grabada: un dedo que cae al suelo cuando Ricardo Coquet –otro de los secuestrados, que luego sería pareja de su madre y su “padre de corazón”– se accidenta trabajando en el taller. Un perro pasa y se lo lleva. María Lucía recuerda que, aun así, su madre y “Ñeco” (Ricardo) intentaban protegerlos: “Era como la película La vida es bella. Nos inventaban siempre aventuras, porque todo el tiempo había personas extrañas”.
La familia permaneció bajo vigilancia estatal hasta 1981, y se quedaron en Ramallo. Su padre, Hugo Luis Onofri, continúa desaparecido.
Como ocurre con otras infancias sobrevivientes, la violencia no terminó con la liberación. “Nací en cautiverio y en un estado de clandestinidad que duró mucho tiempo, muchísimo tiempo, con una historia que no podía nombrarse públicamente y que la sociedad prefería olvidar”, asegura Luis.
Recién en 2004 sintieron un quiebre. “El 24 de marzo, cuando Néstor Kirchner pidió perdón, fue muy reparador. A mí me cambió la vida subjetivamente. Hasta ese momento nos pedían que nos olvidáramos, que era la mejor manera de pacificar”, recuerda Luis.
Durante años, su historia no fue considerada un caso judicial propio, pero el relato de Ana María, su madre, fue escuchado y, en el marco de la causa ESMA, se comenzaron luego a investigar formalmente los delitos cometidos contra ellos: “Tormentos, sustracción, retención y ocultamiento de menores”.
En agosto de 2023 declararon ante el TOF N° 5 de la Capital Federal, y en 2024 se conoció la sentencia: el exoficial de inteligencia de la Armada Jorge Luis Guarrochena fue condenado a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad en la ESMA, entre otros hechos, por el delito de “sustracción, retención u ocultación de menores de 10 años en forma reiterada”: fueron 45 hechos, entre ellos, el de los hermanos Onofri y el de María Eva Basterra Seoane. Junto a las 400 víctimas que integraron el objeto procesal, este juicio tuvo la particularidad de haber incluido secuestros de niños y niñas privados de su libertad con sus padres. La sentencia aún no está firme porque fue apelada.
Para ambos, declarar significó una transformación profunda. “Que te pregunten por qué te secuestraron, cómo impactó eso en tu infancia, sobre las vejaciones que sufriste, sentir que podía aportar algo”, destaca Luis. María Lucía lo nombra de otro modo: “Yo me sentía invisible”. Durante décadas, explica, fueron tratados como un apéndice de la historia adulta. “Éramos como un anexo a nuestros padres, como si no tuviéramos sentimientos. Pero yo ya era una personita, tenía emociones, pensaba”. Luis completa: “Éramos personas que habían sufrido más allá de lo que les pasó a nuestros padres”.
El juicio produjo algo difícil de nombrar. “Fue muy liberador. En un momento, me desarmé, pero sentí que pude hacer un moñito, cerrar una etapa”, asegura Luis.
Porque, como resume la investigadora Florencia Urosevich, “ningún niño es responsable de ninguna violencia que el mundo adulto le haga”.

Crecer bajo el terror: Infancias y dictadura
María Lucía y Luis Onofri vieron el
secuestro de su madre.

Sobrevivir a la ESMA

María Eva Basterra Seoane tenía apenas dos meses cuando el 10 de agosto de 1979 fue secuestrada junto su madre, Dora Laura Seoane, y su padre, el obrero gráfico y militante peronista Víctor Basterra. Separados, fueron llevados a la ESMA. Ellas permanecieron cautivas durante una semana, su padre hasta casi entrada la democracia.
Eva no conserva recuerdos conscientes de ese tiempo, pero algo quedó. Durante años, soñó con una pared alta y una pequeña ventana. No sabía de dónde venía esa imagen hasta que, ya adulta, visitó el centro clandestino por primera vez. Cuando bajó al sector en el que estuvieron detenidos, reconoció el espacio: la cocina donde habían permanecido tenía exactamente esa ventanita. “Fue una imagen que me acompañó siempre, en algún lugar del inconsciente”, cuenta.
Durante su estadía, los represores prohibieron que la llamaran por su nombre: las personas secuestradas que la cuidaban comenzaron a decirle Cepillito, por el pelo parado de bebé. “Qué hermosa beba, lástima que le cagaron la vida con el nombre”, llegó a decir un militar.
Otra marca apareció en la infancia, mucho después de la liberación. Al caer la tarde, mientras jugaba en casas de amigos, sentía un miedo inexplicable: la certeza de que sus padres no volverían a buscarla. “Pensaba que me iban a dejar ahí”, recuerda. El terror al abandono persistió durante más de un año. No era un recuerdo narrado: era una sensación física.
A diferencia de otras infancias sobrevivientes, Eva no recuerda un momento preciso en el que se reconoció como víctima. En su familia la historia siempre se contó en plural. “Nunca dije ‘soy víctima’. Siempre fue ‘nos pasó esto’”, explica. Desde muy chica supo que habían sido secuestrados, que la habían separado del pecho de su madre, que habían amenazado con torturarla delante de su padre. La violencia formaba parte del relato familiar, no de un descubrimiento posterior.
Décadas después, ya adulta y embarazada, declaró en los juicios de lesa humanidad. En la sentencia del TOF N°5 de la ciudad de Buenos Aire se incorporaron casos de niñas y niños que fueron secuestrados junto a sus madres o padres en sus casas y llevados a la ESMA, como los hermanos María Lucía y Luis Onofri. Testimoniar fue, dice Eva, una experiencia “conmovedora”: aportar su voz a la condena de los responsables significó inscribir su propia experiencia en la historia colectiva.
“El testimonio escribe la historia”, afirma. Su identidad –cantora, feminista, militante sindical, madre– también se construye desde ahí: la militancia como continuidad de una memoria que no quedó detenida en el horror sino en la idea de transformación colectiva. “Nadie es más que nadie”, repite, como enseñaba su padre. Y agrega: “Yo voy a seguir esa lucha hasta el último día”.

Crecer bajo el terror: Infancias y dictadura
Eva Basterra: la infancia en la ESMA.

Nacer en un Falcón verde

«Fui víctima directamente yo de la dictadura y mi familia. Siempre fui Teresa, la que nació presa. Pero, a decir verdad, si hubiese nacido presa, hubiese tenido mejores condiciones, pero la verdad es que nací desaparecida y torturada”. Así empezó Teresa Laborde su declaración el 29 de marzo de 2022, en el día 60 del juicio “Brigadas”, en una sala virtual del TOF N° 1 de La Plata, en el que también dieron sus testimonios su hermana Martina y su hermano Santiago.
Nació el 15 de abril de 1977 en el asiento trasero de un Falcon verde. Su madre, Adriana Calvo, estaba secuestrada, esposada y con los ojos vendados mientras era trasladada desde otro centro clandestino de detención hacia el Pozo de Banfield.
Teresa llegó al mundo en movimiento, sobre el piso del auto, todavía unida por el cordón umbilical a su madre, que ni siquiera pudo sostenerla ni ponerla en su pecho. Quedó tirada en el piso, lloraba. Sádicamente, los represores se reían. El testimonio de su madre fue el primero del Juicio a las Juntas, y volvió a conmover al mundo al ser representado en la película Argentina, 1985.
Durante quince días, ambas permanecieron juntas en ese lugar del horror, luego fueron liberadas.
Sin embargo, por muchos años no se pensó como víctima. Creció convencida de que quienes habían sobrevivido eran sus padres. Ella, en cambio, sentía que había tenido suerte: no la apropiaron, salió en brazos de su madre, tuvo una familia. “En un momento, yo pensaba que la había sacado barata”, recuerda. El reconocimiento llegó mucho después, cuando comenzaron las leyes de reparación y entendió algo que nunca había nombrado: ella también era sobreviviente.
El cuerpo había guardado lo que la memoria consciente no podía recordar. El dolor persistente en la espalda –producto del parto violento–, la sordera de un oído asociada a la desnutrición durante el embarazo, el miedo a dormirse sola, los temblores repentinos de frío que la acompañaron desde la infancia y que ella vincula con lo que su madre le contó del cautiverio: era un lugar helado. “Las memorias las guardamos en el cuerpo”, dice hoy.
También quedaron huellas más difíciles de explicar. Años después, mientras ensayaba una obra de teatro, escuchó una canción popular que nunca había oído y se quebró en llanto sin saber por qué. Esa noche, tarareó en su casa El Carbonero y su madre apareció pálida desde otra habitación: “Me abrazó, nos pusimos a llorar y me dijo: te la cantaba Patricia cuando estabas en el cautiverio”. Teresa recuerda esa escena y su voz se entrecorta. “Me acuerdo de ese abrazo y me emociono”.
Para ella, reconocerse víctima fue un proceso político, emocional y colectivo. Las mujeres que la cuidaron y defendieron en cautiverio siguen desaparecidas. Por eso, cuando intenta definirse, no habla primero del horror sino de lo que permitió sobrevivir: “Soy el resultado de la solidaridad que tenemos en el ADN, eso que quisieron destruir y no pudieron”. Recuerda algo que también contó en el juicio: un día, esas compañeras de celda formaron una muralla humana para que no se la llevaran. “En mi imaginario –asegura– siento que me criaron como lobas. Y esa solidaridad es para mí lo más importante, y es lo que nos quisieron robar”.

Crecer bajo el terror: Infancias y dictadura
Teresa Laborde, a la izquierda, con su mamá Adriana Calvo y sus hermanos Santiago y Martina.


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