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Desobediencia de vida

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Hijas del 2×1. Cinco hijas y un hijo de represores de la última dictadura militar hablan por primera vez juntos y cuentan sus experiencias. Crearon un grupo que bautizaron Historias desobedientes y ya marcharon juntas este 3 de junio. Cómo hicieron para romper el pacto de silencio. Qué reacciones tuvieron. Y qué significa hoy decir Nunca Más. Por Claudia Acuña

Es 25 de mayo y eso significa que  el día elegido para fundar este espacio de dignidad suma una connotación más a todas las que ya carga. Cinco mujeres y un hombre – en algunos casos se acaban de conocer- han parido con lágrimas y abrazos, con budines caseros y con una canción que dice “ando despacio porque ya tuve prisa y llevo esta sonrisa, porque ya lloré de más…” una respuesta histórica, inédita, inmensa, que necesita un nombre que no encuentran porque aún no existe para definir lo que representa lo que acaban de hacer. Por ahora, se conforman con lo que ya crearon, el puente que los unió: Historias desobedientes, la página de Facebook que creó una de ellas.

Romper el silencio

Estas cinco mujeres y un hombre son madres y padre de dos hijos, de tres, de uno; son psicóloga, profesora de literatura, de canto; son terapeuta corporal para personas con discapacidades y también documentalista; son abogada y él, diseñador.

Una tiene en la cartera el botón antipánico y la orden de restricción que le dieron en el juzgado, protecciones que dirá que no alcanzan, que son parches, que Ni Una Menos tendría que exigir ya que el Estado proteja de manera integral a las mujeres que sufren violencia, mientras cuenta que en diciembre pasado le descontaron el 40% del sueldo porque sobrepasó los días autorizados para pedir licencia por enfermedad de un familiar porque ella está sola a cargo de sus dos hijos, afectados también por el cuadro de terror que soportan, y no hay manera de hacer entender en su trabajo todo lo que esto representa para una mujer.

Trabaja en el Ministerio de Justicia.

Otra dirá que cuando llegue a su casa, ya a medianoche, se tendrá que poner a escribir el discurso para el acto escolar de la fecha patria, que recitará mientras los estudiantes cantan irreverentes coplas sobre la independencia, y entona graciosa: “El virrey se cae porque le falta, porque no tiene, el apoyo popular”.

Otra resumirá en una frase su epopeya personal: se casó a los 19, tuvo tres hijas y tras once años de matrimonio “salí del closet”. Usa esta figura para graficar dónde se encuentran hoy: es la casa que comparte con la mujer con la que se casó hace dos años y medio.

Está la que cuenta que fue beneficiaria del Plan Procrear y como no conseguía comprar un terreno por la especulación inmobiliaria que cosechó el programa estatal, organizó un grupo que bautizó Desesperados del Procrear que llevó a la intendencia de La Plata la exigencia de 3.000 loteos, logrando así que hoy existan tres barrios autoconstruidos, con delegados y tejido social ejemplar, donde hoy compartió un locro comunitario. Y que ayer a la noche su hija la llevó al cine porque la vio triste, silenciosa y apagada, y así está desde hace unos días, concentrada en esos fantasmas que hoy trajo a este living para compartir con las únicas personas de este mundo que creyó capaces de conjurarlos.

Está también la que recibe un reconocimiento explícito apenas entra, por haber sido la primera que en agosto de 2005 anunció públicamente que solicitaba a la justicia el cambio de apellido con un discurso inspirador: “Mi lucha ideológica por la memoria comprende un profundo compromiso para transformar el presente y enfrentar el discurso de los viejos políticos, militares y policías que quieren seguir hundiendo en la pobreza a los trabajadores”, dijo en aquella conferencia de prensa en el Hotel Bauen, acompañada por ese amigo que conoce desde que era estudiante y que hoy también está acá a su lado, asumiendo el desafío que aquel día ella hizo en público: “Muchos hombres y mujeres en mi misma situación podrían tomar esta misma decisión de romper el silencio”.

Sí: estamos hablando de cinco mujeres y un hombre que, además de todo esto que es inmenso, son hijos de genocidas condenados por delitos de lesa humanidad.

Y entre todas las cosas que les debemos, una es no perder nunca de vista que no son sólo eso.

Son mucho más.

Son respuestas.

La oportunidad

Entre otras cosas, son una respuesta concreta a una carta que se escribió diez años antes de que la dictadura intentara destrozar a esta patria desobediente. La escribió Günther Ander, el filósofo judío pareja de Hanna Harendt, y estaba dirigida a los hijos del jerarca nazi Adolf Eichmann, detenido en 1964 en Argentina. Inspirado por la noticia de su captura, Ander escribió una larga carta al hijo mayor -criado en el barrio bonaerense de Olivos-, que culminaba con un pedido concreto: “Si la advertencia contra el mundo que representa Eichmann saliera de la boca del hijo de Eichmann, el mundo la escucharía con el alma en vilo y daría más crédito a lo que usted dijera que si saliera de nuestra boca. La maldición de lo que ha vivido hasta hoy podría transformarse en bendición. Usted tiene una oportunidad. Ciertamente, sólo tiene esta. Pero es una gran oportunidad”. El hijo mayor de Eichmann respondió  lo contrario: fundó la agrupación nazi Frente Nacional Socialista Argentino, antecedente directo de Tacuara y la Triple A, el huevo de la serpiente de los grupos de tarea de la dictadura.

Ahora, estas cinco mujeres y un hombre decidieron dar una respuesta de escala humana a esa enorme oportunidad.

Son, fundamentalmente, la respuesta al 2 x1, a las prisiones domiciliarias, al negacionismo de los 30 mil desaparecidos, esos que hoy y en este living una de las mujeres nombra como “compañeros”.

Son, también,  una respuesta social a una política de Estado que los hace reaccionar, poner la cara, el cuerpo y más para encarnar una respuesta concreta, contundente. La que añoraba Ander.

Son Nunca Más.

Justicia por vida propia

«Somos las anti Pando”, resumen para definir que las une el espanto, pero sobre todo una posición clara sobre lo que significó para sus vidas que sus padres sean condenados y encarcelados por la justicia. No alcanza, sin embargo, esa definición para comprender todo lo que estas cinco mujeres y un hombre han entendido tan claramente. No como producto de una posición política surgida de las convicciones, sino de las vidas que han vivido y cómo cambiaron a partir del fin de la impunidad. “Yo sentía que tenía que hacer justicia de alguna manera y entonces me enfrentaba a mi padre, le preguntaba cosas, lo interpelaba todo el tiempo. A partir de que fue preso no tuve necesidad de pelearme más. Yo estaba mejor, él estaba mejor –hasta se la había ido la alergia- y nuestra relación había mejorado. Iba a verlo todas las semanas, primero a Marcos Paz, luego a Ezeiza. Cuando ganó Macri, mi padre, los otros genocidas presos y los guardiacárceles cantaron juntos el Himno Nacional. Me lo contó y comprendí que en algo iba a cambiar su situación. Luego, le dieron la domiciliaria y ya no lo visité más. Estaba otra vez en esa situación horrible, de falta, de incomodidad, de no saber qué lugar tenía que ocupar para pararme correctamente en esta situación de la que no soy responsable, pero de la que me tengo que hacer cargo”, dirá el único hombre del grupo, mientras lo abraza el profundo silencio de las mujeres.

Cuenta que el día de la marcha que repudió el 2×1 fue a la psicóloga y le dijo: “De acá me voy a la Plaza, pero aunque esté rodeado de mucha gente, sé que estoy solo”. Su psicóloga le respondió algo importante: “Te falta un sujeto político”.

Lo encontró hoy, dice.

Y eso lo alivia y lo esperanza.

Una mujer dirá entonces que ella también buscó apoyo psicológico, pero le fue muy difícil encontrar quien entendiera que no buscaba aliviarse, sino tener más fuerza. Su padre fue condenado por el asesinato de Francisco Paco Urondo, entre otros crímenes de lesa humanidad, pero fue el caso del poeta el que le dio notoriedad a su apellido. Cree que esa fue la razón por la que un día se le acercó alguien en el supermercado, pidiéndole amablemente si le hacía el favor preguntarle a su papá a dónde había tirado el cuerpo de su esposo desaparecido. Quedó tan conmovida y perturbada por esa consulta, que comenzó a perseguir a su papá para obtener una respuesta, como si fuera un compromiso personal, una deuda, un enorme peso moral que tenía que saldar, fuera como fuera. No pudo: su padre está ahora en la casa familiar, con demencia senil. En sus lágrimas se nota que aún carga ese tremendo peso.

Silencio.

Cuestión de familia

Esos padres genocidas están siempre presentes en las dolorosas confesiones de esta charla. No son fantasmas. Algunas recuerdan los golpes y humillaciones que soportaron desde niñas. Otras, en cambio, narran el colapso que le produjo enterarse que ese padre amoroso era capaz de cometer esos crímenes y justificarlos y reivindicarlos en su cara y a los gritos, o por escrito, a través de la respuesta a una carta que se escribió para decirle:

Como muchos, fuiste parte de una institución que alentó y promovió lo peor del ser  humano. Y te metieron odio contra personas que pensaban diferente. Y te explicaron que era necesario exterminarlos. Y te lo creíste. Y te dejaste alentar y actuaste en consecuencia. Por eso te cuestiono. Y esa institución, respondiendo no me importa a qué intereses, sacó lo peor de vos y te felicitó por eso. Es la misma institución que hoy en día sigue inculcando odio y falta de raciocinio en sus cadetes. Es la misma que hoy te da la espalda. Es la misma que fomenta tu silencio. El silencio que te está condenando. Y te llaman traidor si hablás. Y vos no hablás. Por eso te cuestiono, porque entiendo que decir la verdad no es traición, que decir la verdad es lo justo, que decir la verdad implica sinceridad y que, en tu caso, decir la verdad implica arrepentimiento.

Hoy elevan tu causa a juicio oral, seguís pensando que es injusto. Que no hay elementos para juzgarte y mucho menos para condenarte. Hoy, después de 28 años te puedo mirar a los ojos y con el corazón en la mano decirte que sí hay elementos para condenarte, que aunque vos no lo consideres así gran parte de la sociedad pensamos diferente.

Te invito a sincerarte, a que permitas cuestionarte. Te invito a ponerle el pecho a tu propia historia. Sin picanas ni su marino.

Cada uno de nosotros somos responsables de nuestras propias acciones. Ojalá algún día puedas reconocerte responsable.  El arrepentimiento existe, aunque no te lo hayan enseñado. No es malo reconocer que uno se equivocó, pero hay que tener valor para hacerlo y aceptarlo.

Ojalá algún día, cuando mires a tus nietos, y te abracen, y los veas crecer y los puedas besar, puedas pensar en todos aquellos abuelos y abuelas que no lo van a poder hacer… Ojalá algún día les puedas pedir perdón.

Te quiero pá, por eso te escribo. Mi amor por vos no cambia, pero te repito: miramos la vida desde veredas diferentes. Ojalá las lágrimas que hoy te hago derramar te marquen un nuevo camino. Yo te extiendo mi mano y te espero de la vereda de enfrente”.

Cuatro dicen querer a estos padres, pero encerrados y de por vida.

Dos los odian sin reparos. Son las hijas de los que se murieron o suicidaron.

Otra mujer dirá entonces que cada cosa que dicen “es palabra, pero también es cuerpo”.

Que cada vez que hablan del tema “te duele el cuerpo como si te hubieran dado una paliza. Quedás rota”.

Otra sintetiza: “Las nuestras son historias rotas que sólo al juntarse, se reparan”.

Dirán entonces que están rompiendo juntas, juntos, dos tremendos mandatos que marcaron sus vidas.

Están rompiendo el silencio.

Están rompiendo el estereotipo.

“Cada vez que comenzaba una terapia me presentaba siempre igual: soy la hija de un torturador. Me llevó mucho trabajo y tiempo elaborar que era mucho más que eso”, dirá una mujer.

Es entonces cuando evocan en la charla a sus madres, esposas de genocidas.

Una define a su mamá como alguien “que se hacía bien la boluda, pero estaba al tanto del todo”. En otros tres casos, en cambio, se separaron.

Dos sufrieron mucho por atreverse a enfrentarlos.

Una cuenta que su mamá quedó desquiciada, que pasaba semanas en la cama sin bañarse, y en sus delirios del terror llegó a decirle que su padre la había llevado a un centro de torturas para aplicarle la droga de la verdad, para saber cuánto sabía.

Otra se animará entonces a contar que un domingo y como siempre, su madre estaba de guardia y ella y su hermana, en casa con su papá. Que sonó el teléfono. Que su padre salió y las dejó solas. Que pasaron la noche esperándolo, hasta que volvió con su mamá enyesada, la clavícula rota, la cara muy pálida. Preguntó y le dijeron que había intentado suicidarse. Le dijeron cómo: había ingresado sola, caminando hacia la oscuridad del Batallón 601. Una explicación extraña, siniestra.

Otra le escribió esta carta el día que murió:

“Te fuiste ma. Te fuiste y no pudimos hablar. Como siempre: no hablaste. Sabías que teníamos que hablar, pero no te sentías con fuerza para hacerlo. Nunca las tuviste y nunca las ibas a tener. Tu cuerpo dijo basta… y te fuiste… y no hablamos, nunca hablaste”.

Esas madres sufrientes o negadoras han sido otro peso a cargar en sus vidas. Algunas reconocen que no han podido hablar públicamente hasta que murieron. Otras, que aún hoy les importa no lastimarlas. Las hieren, sienten, cada vez, que rompen la complicidad del silencio.

El abrazo

Tampoco es fácil la relación con los hermanos. Los que tienen a sus padres en prisión domiciliaria comparten almuerzos en los cuales tragan reproches. Las que tienen a sus padres ya muertos, no la tienen más fácil. Compartiendo anécdotas se dan cuenta que cada una cumplió el rol de ser siempre la rebelde de la familia, “la oveja negra”, dirán para definir ese rol de romper la disciplina dictatorial que atravesó sus vidas. También reconocen que, si bien fueron las más castigadas, en ese rol de rebeldía sus padres reconocían algo que una define como “gallardía”, ese valor “bien milico, que en el fondo les fascina”.

A esa gallardía se aferraron para dar el paso más importante en sus vidas, cuando comenzaron a reconocer púbicamente, cada cual en su espacio, usando ese muro de Facebook que hoy atraviesa sus vidas para comentar noticias o postales personales y relacionarlas con su identidad de “hijas de genocidas”. Una reconoce que es una actitud compulsiva: “Voy en el colectivo, empiezo a hablar con alguien y enseguida le digo: ‘Yo soy hija de un militar condenado por delitos de lesa humanidad’. Un día fui a la librería Antígona a comprar un libro y al ver el tema, el vendedor me recomienda el que escribió Marta Dillon, que es hija de desaparecidos. Le  digo entonces: ‘Soy hija de un genocida’. Y el vendedor, que era muy joven, se quedó en shock. Por esas cosas que tiene la vida, al día siguiente una amiga me comenta: ‘Conozco al pibe que trabaja en la librería que ayer dejaste conmovido. Me lo presentó y nos abrazamos”.

Ese abrazo es una clave.

Papá genocida

Las cinco mujeres y el hombre vienen diciendo en voz alta y desde hace muchos años “Mi papá es un genocida”, pero hubo dos momentos en los cuales esa identidad sacudida a los vientos les produjo un efecto inesperado.

La primera, fue cuando una de ellas dio testimonio en el libro Hijos de los 70, publicado en marzo de 2016 por Carolina Arenes, editora del diario La Nación, y Astrid Pikielny. Son 30 testimonios de hijos de desaparecidos y genocidas, a los  suman el de ¡Alejandro Rozitchner! Si bien las autoras marcan en el prólogo  una distancia de la llamada Teoría de los dos demonios, hay algo en la mezcla que disipó la única voz novedosa de ese relato: la de la mujer que cuestionaba los crímenes de su padre.

Más allá del esfuerzo –que es serio- de la investigación y del respeto a lo que cada voz transmite, el collage es en sí mismo una voz que termina narrando un cuadro que aporta más confusión que claridad, en momentos en los cuales el periodismo necesita no sólo ser honesto con el qué, sino claro y profundo con el para qué, como requieren estas historias y estos tiempos. Como bien sintetizó una de las mujeres al declinar la invitación a participar “en esta mezcla no hay nada nuevo”. Aunque allí estaba el germen de una novedad: el hallazgo fue buscar y encontrar e incluir el testimonio de la autora de Historias Desobedientes.

Sin embargo, ese libro fue un antecedente que ayudó a definir los límites del grupo que acaban de crear estas cinco mujeres y un hombre. No tiene dos veredas, sino un piso.Y fue claramente trazado en el primer comunicado: “La recomposición de la sociedad no puede surgir nunca de la llamada ‘pacificación’ o ‘conciliación’, sino de la justicia y la verdad. Porque aquel mandato de silencio y complicidad que se enquistó al interior de nuestras familias solo pudo sobrevivir a costa de la impunidad, con leyes de indulto y obediencia debida”.

Ese comunicado comenzó a escribirse en este primer encuentro, cuando sellaron con un abrazo qué las unía:“Acá estamos las que queremos que los culpables de delitos de lesa humanidad estén condenados y presos. Esperamos con mucha paciencia y afecto que otros hijos de genocidas comprendan la importancia que tiene para la vida en democracia este principio elemental de justicia, pero en este espacio necesitamos profundizar lo que, a partir de aceptar esto, comienza para nosotras, para nosotros y para los otros”.

A esa búsqueda que ahora dan comienzo la parió otro hito de esta historia: la nota que publicó el portal Anfibia con el testimonio de la hija del represor Miguel Etchecolatz. La repercusión de esa nota tuvo un impacto decisivo para estas cinco mujeres y un hombre que encontraron en cada palabra un espejo y en cada párrafo un consuelo.

Todo lo expresado allí, las expresaba.

Y eso ya es inmenso.

Pero lo principal, lo demoledor, lo que cambió todo y para siempre, fue la respuesta que esa nota cosechó. Las cinco mujeres y un hombre repasaron una y otra vez los comentarios que escribían lectores agradecidos, personas conmovidas, gente alentando.

Leyeron abrazos.

Y fue ese gesto, espontáneo, social, desinteresado, el que fue capaz de vencer los mandatos, disipar los miedos, romper las ataduras y las mordazas que les quedaban.

Hasta ese momento ya habían hecho mucho por procesar su historia, cada una, cada uno, pero faltaba que hiciéramos algo todas, todos: bienvenirlos.

Fue así como se desvaneció el principal  temor que les quedaba y que les sellaron a trompadas y amenazas, reclamándoles  explicaciones por cosas que no hicieron, culpas por crímenes que no cometieron y vergüenza, mucha vergüenza por ser hijas de, hijo de, por nacer donde nacieron.

La repercusión de la nota a la hija de Etchecolatz les demostró que esa era otra de las tantas mentiras con las que fueron obligados a crecer.

Abracadabra.

Parece un cuento, pero es Historia.

La nuestra fue capaz de construir este nuevo capítulo del Nunca Más, desde abajo y desde las raíces, para repetirlo tantas veces y con tantas voces como sea necesario.

Ahora, en el momento oportuno y con la claridad de las enseñanzas sociales, se suma esta. Una más.

Tal como nos advertía Ander, vale 30 mil.

#NiUnaMás

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