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Un volcán por explotar

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Los Espíritus. Las nuevas generaciones buscan rock nacional y se encuentran de todo: viejos vinagres y potros que mueren sin galopar. Pero de pronto, una banda argentina edita su tercer disco, arrasa en México, sigue ganando oyentes digitales y se anima a escenarios cada vez más grandes. Aquí, les prendemos unas velas. Por Bruno Ciancaglini

La historia reciente del rock argentino empieza con una pila de cuerpos aplastados en plaza Once y termina con la canonización de ciertas personalidades del género convertidas en mitos, en leyendas inmortales.

Entre la muerte y la mitología, con la negación del cuerpo como denominador común, algo de ese género que interpeló durante cuatro décadas a diferentes generaciones se había perdido para siempre y sólo los ídolos del pasado, autorizados por la trayectoria, parecían ser los únicos capaces de forjar un nuevo-viejo rumbo, a riesgo de que ese renacimiento no fuera más que un espejismo producido por el efecto de la más antigua técnica de preservación post-mortem: la momificación.

En 2010 un grupo de amigos empieza a ensayar en el barrio de Almagro sin más pretensiones que jugar con sonidos y melodías improvisadas. Ni ellos ni los vecinos que les tiran huevos por los ruidos molestos saben que lo que se está gestando en ese lugar es la banda de rock que mejor sabe expresar el espíritu de esta época.

Pero, ¿qué es expresar el espíritu de una época?

Espíritu: entidad abstracta tradicionalmente considerada la parte inmaterial que, junto con el cuerpo o parte material, constituye el ser humano; se le atribuye la capacidad de sentir y pensar.

Del latín spiritus, derivado a su vez del verbo spirare: respirar. Lo que se respira.

Expresar el espíritu de una época, vale decirlo, es una expresión un poco vaga y arbitraria. Quizás se trate de poder plasmar en sonidos eso que no se puede explicar pero se puede intuir, porque está ahí. Es la manifestación sonora de una incertidumbre, la cancelación de una deuda sensorial: hacernos escuchar lo que no podemos ver.

Como mares

que quiebran las rocas

O huracanes

Que llevan las olas

Así de fuertes somos

Con esas estrofas empieza Agua Ardiente, el tercer disco de Los Espíritus que salió publicado en plataformas digitales nada menos que el 1° de Mayo.

Como ya había demostrado en Gratitud, su segundo trabajo, la banda se caracteriza por la versatilidad para hacer dialogar estéticas contrastadas sin perder homogeneidad, así como por la sencillez lírica de las letras. Agua Ardiente funciona a partir de contrapuntos; un brazo invisible -que no llamaremos “concepto”- traza la ruta de un viaje a la deriva de una geografía melódica donde los temas parecen constituirse como estados sonoros más que como canciones aisladas.

“No pensamos conceptualmente los discos. Hay cosas que se van hilando y uno reconoce, trabajamos mucho, pero no desde un concepto. Es raro explicar algo que es parte de un juego. Para mí la música es usar el cerebro de otra manera que la convencional”, dice Maxi Prietto, voz y guitarra.

“Nos gusta mucho zapar, improvisar una melodía hasta que le encontramos algo que nos gusta, le sumamos frases y eso empieza a ser un tema. A veces surge de cosas que vemos en la calle, yo viajo mucho en tren, por ejemplo, y veo cosas que después plasmo en los temas. Otras veces saco ideas de libros o películas. Porque no sé de qué escribir pero quiero hacer un tema igual”, explica Santiago Moraes, también al mando de la guitarra y voz.

Perdida en el fuego, por ejemplo, balada tan bella como desgarradora, está inspirada en el cuento Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enriquez (Anagrama, 2016), relato provocador en el que las mujeres, frente a una epidemia de violencia machista, empiezan a autoquemarse para evitar que sean los hombres quienes las quemen. 

En Los Espíritus hay fórmula pero no especulación. Toman las bases del blues y el rock de los 60 y lo latinoamericanizan con líneas de percusión a cargo de Pipe Correa en batería -colombiano, con groove caribeño incorporado- y Fernando Barreyro, también percusionista de la banda Morbo y mambo.

Pero esa fusión es apenas una primera pista, un punto de partida.

De la confluencia de estilos entre las composiciones de Maxi Prietto y Santiago Moraes, Los Espíritus tienen la cintura para pasar de Luna llena, una balada melancólica que parece retomar el gesto de los pintores impresionistas de contemplar un paisaje y absorberlo como pura materialidad (ahí atrás en la niebla/ un cuadrado amarillo/ una luz que tiembla/ si cambian los colores del cielo/ mis ojos, seguro/ también cambian), a un rock and roll barrial que describe asperezas de la vida cotidiana en tercera persona del presente, como si se tratara de una narración cinematográfica. De las dimensiones cosmogónicas, donde el ser humano queda disminuido ante la inmensidad de la fuerzas naturales, a la micropolítica de los conflictos urbanos, donde un cruce de miradas en un subte repleto –La mirada–  es la síntesis perfecta de un malestar social (el pibe mira al hombre/ ¡ay! le aguanta la mirada/ el boleto valió el doble/ y ninguno dijo nada).

Los Espíritus no tienen miedo de ser demasiado literales ni demasiado abstractos. Ese es su mayor riesgo y su mayor mérito.

Santiago y Maxi se conocieron en la secundaria y ambos viven en el barrio de La Paternal. La formación se completa con Martín Fernandez Batmalle al bajo y Miguel Mactas en guitarra.

Cuenta Maxi: “Hubo un ensayo fundacional donde empezamos a zapar y de ahí salió algo que nos gustó. Eso terminó siendo Lo echaron del bar. El tema, por diferentes razones, explotó en México antes que acá. Nuestros primeros seguidores fueron mexicanos. Y nos pedían más cosas pero la realidad es que solo teníamos tres temas. Ahí empezamos a ponernos las pilas”.

De la conjunción de tres EPs surgió su primer disco que incluye, entre otros temas, Los desamparados y Noche de verano, dos hits espirituales.

Maxi: “Empezamos a tomar en serio el proyecto pero más que nada por lo que generaba en nosotros. Yo venía de tocar en otros grupos, básicamente dúos, y nunca nos sirvió económicamente. Armar un grupo de seis miembros a nivel económico era inviable. Todos teníamos otros trabajos, la mayoría en otros rubros no relacionados con la música. La incorporación de Nacho Perotti como productor fue una de las claves. Él creó un sistema de trabajo que le dio sentido a lo que hacíamos, lo valorizó. En el ambiente del rock trabajar está mal visto, o ponerse metas está visto como algo careta. Pero tuvimos un cambio de paradigma, en el sentido de entender el oficio, tomárselo en serio, sonar bien, no tocar en cualquier lado porque sí, tocar en lugares que nos guste, estar enteros”.

Santiago: “Eso es lo que nos hace independientes. Ya no existe mucho eso del sello, me parece. Nosotros decidimos dónde tocar y cuándo; si queremos subir un disco en una fecha cualquiera lo hacemos, no especulamos. Y además, ser independientes significa que ya no dependés de los medios. La gente a la que le interesa escucharte sabe dónde encontrarte”.

México le dio los primeros seguidores a Los Espíritus y también fue fuente de inspiración. El western mexicano El infierno fue puntapié de una idea en torno al bien y el mal en una sociedad pecaminosa, concepto que se plasmó en algunos de sus primeros temas y que, por más que Maxi admita que rápidamente desechó, de algún modo sigue vigente en Agua Ardiente, ya sea en el arte de tapa del disco o en el tema Las armas las carga el diablo, que junto con La rueda conforman el corpus donde la crítica sistémica al mix democracia & capitalismo -cuya versión más sanguinaria se ve precisamente en México- se hace orgánica.

Con un sonido renovado entre las raíces del rock, el calor latinoamericano y una sensibilidad que les permite reapropiarse de elementos esenciales cooptados por el bussines new age como el “alma” o la “luz” y combinarlos con paisajes oníricos, crítica social y la narración testimonial de ese entramado de hechos injustamente subvalorados llamado vida cotidiana, Los Espíritus nos dan así dos buenas noticias.

-La música puede ser un abrigo en épocas de oscuridad e incertidumbre.

-El rock todavía viaja en tren.

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