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Chile: weones y culiaos

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Las movilizaciones millonarias en Chile son paradigmáticas para el continente. Por su radicalidad, por su alegría y por la profundidad de los reclamos. También, por la represión. Pero sobre todo llama la atención la insurrección en el país “modelo”. De no pagar los subtes a cambiar la Constitución, reclamos e ideas que llegaron para quedarse. FRANCO CIANCAGLINI

Foto: Nacho Yuchark

La semana que quebró para siempre la historia chilena fue la del lunes 14 al viernes 18 de octubre. El detonante de la insurrección fue el aumento en el boleto de subte. Fueron los adolescentes, sobre todo los estudiantes del Liceo de Aplicación y del Instituto Nacional –los más emblemáticos de Santiago-, quienes desde sus páginas en redes sociales lanzaron una campaña para “evadir” (léase: no pagar) el subte, de manera masiva y organizada. La tarifa había aumentado de 800 a 830 pesos (unos 70 pesos argentinos): 30 pesos, menos del 4% después de sucesivos aumentos que rebalsaron la paciencia social.

Foto: Nacho Yuchark

Durante esa semana los distintos liceos comenzaron a coordinar cada vez más las evasiones, unificando el mensaje: “No son 30 pesos, son 30 años”, fue una de las frases célebres. La policía intentó reprimir las evasiones, y fue contraproducente. La mirada larga muestra que siempre es la juventud la que se manifiesta, desde la dictadura de Pinochet.

Foto: Nacho Yuchark

La represión policial siguió escalando, y la empresa concesionaria de subte tomó una decisión que funcionó como tiro por la culata: fue cerrando las estaciones. Entonces el viernes 18 colapsó el transporte, y se generó una desestabilización: cinco millones de personas en hora pico en la calle empezaron a canalizar el descontento social que existía. La sorpresa se sintetizó en dos palabras: “Chile despertó”.

Foto: Nacho Yuchark

El Estado reconoce 22 personas muertas durante el estallido que ya dura meses y sigue, aunque en Chile presumen que son el doble, por lo menos. La cara más oscura de esta revolución la representan esos crímenes, más de 2.100 detenidos, las torturas que empiezan a conocerse y, lentamente, a investigarse.

Foto: Nacho Yuchark

Hasta el cierre de esta edición los chilenos cumplían más de dos meses de movilizaciones ininterrumpidas. No bastaron los cambios de gabinete, ni la marcha atrás en la tarifa de metro, ni siquiera el referéndum que el 26 de abril votará si se cambia o no la Constitución pinochetista.

Foto: Nacho Yuchark

Las calles sentencian: “Nuestros sueños no caben en sus urnas”.

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La calle habló

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Postales de las resistencias al macrismo.

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Bolivia: estado de golpe

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Breve crónica de los últimos y precipitados tiempos en Bolivia, en los que pasó de todo: elecciones, golpe, candidaturas, masacres y exilios que incluyen Argentina. De las sospechas de manipulación de las urnas al aprovechamiento de la derecha, qué factores también señalan errores internos para rearmar el MAS y volver a recuperar el voto.

Es obvio decir que en Bolivia son tiempos de cambio. Pero el análisis no solo puede ser político sino también arquitectónico: existe una nueva casa de gobierno, la Casa Grande del Pueblo, justo detrás del famoso Palacio Quemado. Es un edificio vidrioso de más de 20 pisos al que la gente compara con un shopping. Dicen que el propio Evo, quien lo mandó a construir, no se sentía cómodo en la moderna construcción, y el último tiempo volvió al Palacio. Lo dejó el 10 de noviembre, tras aceptar la “sugerencia” del comandante mayor del Ejército boliviano y después de una semana turbulenta por la presunta manipulación electoral. El propio Evo convocó a la OEA para que analizara el tema, y ésta finalmente publicó el informe final el 4 de diciembre concluyendo que hubo “manipulación dolosa”. Los medios lo titularon bien grande.
Pero el proceso parece ser mucho más largo y complejo que el de unas elecciones fallidas. Más acá de la palabra de la OEA, de las maniobras de la derecha para ensuciar la cancha, del golpe de Estado y de la asunción de Añez, muchos señalan el comienzo del fin de Evo al referéndum donde el 51,3% de los bolivianos votaron en contra de su reelección. Se presentó igual, pero su imagen ya no era la misma: en El Alto, donde la fórmula del MAS había llegado a superar el 90% en elecciones pasadas, esta vez no superó el 60%. El núcleo duro seguía, pero faltaba el resto histórico. Igualmente, con los números parciales de las elecciones 2019 el MAS asegura que habría ganado la elección por unos 10 puntos.
Evo renunció como consecuencia del debilitamiento de su figura, pero también -o sobre todo- por una mezcla de presiones económicas y políticas que él adjudicó a Estados Unidos. Finalmente fue presionado por los altos mandos militares, pero la sublevación más grande fue la policial. Hubo motines y mensajes de odio para el Presidente, quien amenazado terminó viajando a México a exiliarse junto a su vicepresidente Álvaro García Linera. Aseguró que de quedarse en Bolivia corrían peligro su libertad y su vida. Hoy se encuentra en Argentina desde el 12 de diciembre.
Lo que siguió es de película: la sucesora natural era la Presidenta del Senado, Adriana Salvatierra, también del MAS. Pero ésta también renunció presionada por amenazas. Y fue Janine Añez, la vicepresidenta segunda, miembro de un partido con escasa representación parlamentaria, quien aprovechó el vacío de poder y, en una sesión relámpago y sin quórum legislativo, se autoproclamó presidenta de Bolivia.
En Bolivia todos saben que, en verdad, quien gobierna no es la obediente mujer rubia, sino dos apellidos candidatos a las próximas elecciones: Mesa y Camacho.

Crónica al vuelo

Lo primero que se ve al bajar del aeropuerto en Santa Cruz, al hacer escala, es una gigantografía de Corteva Agroscience (fusión de las corporaciones del agronegocio Dow, DuPont y Pioneer) que dice: “Sigamos creciendo”. En La Paz el cartel es el de la empresa de hidrocarburos estatal: YPFB.
Los carteles son importantes en Bolivia. Junto a uno gigante de El Alto, otro mensaje asegura: “Siempre de pie, nunca de rodillas”. Bajando hacia La Paz conviven pintadas de “Evo 2020” con “Chau Evo” y “Evo ecocida”. Su nombre parece ser el epicentro de un país sacudido, con una derecha fragmentada, un MAS también revuelto que quiere volver con Evo dirigiendo la campaña desde Argentina (él no puede presentarse y aún no hay candidaturas definidas, aunque al cierre de esta edición sonaba fuerte el nombre de Andrónico) y los cuestionamientos en los movimientos sociales.
Desde El Alto, la ciudad de La Paz se ve como una gran marea de casitas sin revoque, que cubren todo el largo y ancho de un gran valle de montañas. Al ir acercándose uno va notando los matices, las alturas y profundidades de esa ciudad única.
Ya en el kilómetro 0, como se le dice a la Plaza Murillo -donde están el Palacio de gobierno y la Asamblea Legislativa-, se puede ver desde cerca y como un Aleph mucho de lo que pasa hoy en Bolivia: los militares custodiando los edificios celosamente; los políticos y empresarios pululando de traje; los medios a la espera de que algo pase (y siempre pasa); las cholas vendiendo; los jóvenes parapoliciales; y alguna pancarta con reclamos (sobre el incendio de la Chiquitanía, o justicia por los muertos de Senkata) que rápidamente son disueltos por policías y/o militares.
Quizá sea esa la mayor dimensión de qué significa un golpe de Estado: en Bolivia hoy no se puede desplegar una bandera con reclamos frente al Palacio Quemado; hay perseguidos políticos, exiliados, amenazas por doquier, denuncias por sedición; hubo dos masacres a manos del Ejército; hay familiares reclamando justicia sin ningún éxito; y lejos de plantarse como un gobierno de transición, el de Yanine Añez sigue gobernando el país e instalando decretos y cambios institucionales.

Recuperar el voto

Al descabezamiento de la cúpula del MAS le sucedió una ola de persecuciones y amenazas a dirigentes territoriales y militantes que forzaron exilios y pases a la clandestinidad. Evo Morales enfrenta distintos tipos de juicios en Bolivia y en cortes internacionales como La Haya, pero no solo él: cargos de sedición a quienes critican al gobierno, de terrorismo a quienes protestan, o la revisión a contrareloj de contratos estatales flojos de papeles forman parte de las estrategias político-judiciales que intentan desprestigiar a los dirigentes del MAS.
En una asamblea en Cochabamba con más de diez mil representantes de movimientos sociales el MAS debatió, en medio de críticas y arrepentimientos, la estrategia para restructurarse. Con sus principales líderes exiliados y ocultos por las persecuciones, enfrentó así el mayor desafío de sus veinticinco años de historia. Fueron las mujeres las que, sin medias tintas, reclamaron que los candidatos no sean elegidos “desde arriba”. El documento final le otorgó a Evo Morales el título de jefe de campaña. Con la ultraderecha golpista dividida todo parece indicar que otra vez las elecciones se decidirán entre quienes consagre el MAS y el partido de Carlos Mesa, así que la fórmula que resulte elegida deberá cargar con el desafío de una campaña electoral en pleno gobierno de facto.
Al cierre de esta edición Evo Morales planeaba, desde Buenos Aires, un acto de campaña en la frontera entre Bolivia y Argentina para definir la fórmula que competirá contra los candidatos de ultraderecha.

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Guatemala: originarias

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Apuntes del 5º Encuentro del Grupo de Economía Feminista Emancipatoria. Cuáles son los ejes de discusión y las experiencias concretas que se compartieron en territorio mesoamericano, lejos de la burocratización del feminismo y junto a las raíces de las comunidades ancestrales. Del sentido de las palabras a las lecciones de la violencia del capitalismo patriarcal. Resistencia, organización, politización, autonomía, afectos y cocina: las claves para cuidar la vida. CLAUDIA ACUÑA

El quinto encuentro del Grupo de Trabajo de Clacso de Economía Feminista Emancipatoria es en Guatemala y eso significa, entre otras cosas, que estamos en territorio mesoamericano y en contacto directo con las raíces de la cultura maya. Significa también que las participantes llegarán mayoritariamente desde el sur de México, El Salvador, Costa Rica, Honduras, Ecuador, Nicaragua o Panamá, países todos que están sacudidos por el tsunami del capitalismo extractivo y sus temporadas de ciclones de crímenes de Estado: toque de queda, estado de sitio, represiones, cárcel, desapariciones y asesinatos. Pero lo más importante es que también significa que estamos compartiendo la reflexión con mujeres que saben cómo resistir genocidios, tantos los milenarios como los posmodernos, y que llevan en sus ideas y en sus cuerpos la memoria de combates y derrotas y en sus almas las victorias construidas con ingredientes muy variados.

Definiendo luchas

as dos jornadas estuvieron dedicadas a escuchar a expositoras que con investigaciones y experiencias concretas fueron trazando un diagnóstico de las batallas feministas en el continente, así como también señalando las alertas para no desviar la potencia alcanzada hasta hoy y apuntar al horizonte común: queremos cambiarlo todo.
Algunos apuntes de lo rumiado en esa puesta en común:
Las mujeres somos un actor social que nunca fue reconocido como sujeto de transformación política y esa negación se transforma en nuestra principal virtud: la de lo inesperado. No saben cómo leernos, anticiparnos ni proyectarnos.
La respuesta de los factores de poder es la misma de siempre: la colonización. Somos salvajes, ergo nos educan. La evangelización del género nos creó así falsos ejes de lucha. Un ejemplo: la lucha por la igualdad y su aplicación limitada al tema concreto de la llamada “brecha salarial”. La investigación compartida demostró que los peores salarios son los más igualitarios (y por supuesto, los que recibe la mayor parte de la población). Eso significa que la lucha feminista no se puede reducir a igualar las condiciones de explotación del mercado laboral. La lucha es por “la otra economía”.

Otra investigación del Grupo de Trabajo de Clacso ya había demostrado, además, que el 40% de la población de América del Sur recibe planes sociales desde hace ya veinte años. Eso significa, entre otras cosas, que no se trata de una medida de emergencia, sino que este sistema productivo ya no puede ofrecer ningún empleo digno al 40% de la sociedad económicamente activa. Y al resto, en su gran mayoría, lo somete a la precarización laboral. Ergo: eso que llamamos capitalismo industrial no tuvo en América Latina un desarrollo completo, pero su decadencia es constante y sin aparente retorno.
¿Cuál es nuestra lucha entonces? “Hablemos de autonomía0, es decir avanzar en la soberanía sobre las condiciones para la reproducción de la vida”, propone Natalia Quiroga Díaz. Se trata entonces de reconocer que las mujeres están sobre representadas en la población sin ingresos: una de cada tres no tiene ningún ingreso monetario y en una sociedad crecientemente mercantilizada significa que ellas ven gravemente afectada su autonomía, a la vez que plantea que las salidas individuales no son sustentables, las economías populares y sociales están conectadas con el bienestar de su entorno inmediato, por eso la autonomía tiene una dimensión territorial.

Alertas

Es fácil advertir en Centroamérica que la mal llamada cooperación internacional está ahora dedicando sus recursos a financiar una alianza folklórica entre el feminismo y los pueblos originarios. Una vez más la memoria de las más veteranas nos ayuda a desentrañar qué representa esta intención: “Si no hablan de monocultivo, fumigaciones y el agua no es la lucha ni del feminismo ni del pueblo originario”, advertirán. La memoria de estas expertas resume así la situación actual: “Nunca tuvimos agua potable, sino de pozo. Hace unos años con cavar 10 metros ya encontrábamos agua sana y en cantidad. Ahora necesitamos pasar los 30 y recién ahí la sacamos a gotas y con veneno”.
Monocultivo, fumigaciones, agua: palabras clave para detectar operaciones que intentan correr el foco y así, la presión.
Todavía no había comenzado la primera disertación y ya habíamos aprendido esta lección: la que sabe no está arriba ni adelante, sino al lado.

Parar la olla

¿De qué nos hablan estas mujeres de comunidades remotas, originarias y organizadas? De la cocina. Esa es la trinchera. Y de lo que se trata es ni más ni menos que de “politizar la olla”. Dicen: “Cada comida es una oportunidad de defender la diversidad, de poner en acto saberes ancestrales que se están perdiendo y de boicotear al capitalismo transgénico. Cada comida es una oportunidad de sanar a nuestra comunidad, de aprender a hacer de una forma mejor las cosas y de cuidar nuestros cuerpos y a la Madre Tierra”.
Politizar la olla significa repartir las tareas en forma equitativa, porque hoy la carga, el peso y la mochila están depositadas en la espalda de las mujeres; eso significa también que además de todo lo que ya este sistema patriarcal nos impone tenemos que soportar la resistencia en el espacio público y en el espacio cotidiano, ya sea privado o social. La casa, la calle y la olla popular: todo eso está hoy en los hombros de las mujeres. Y no está bien: está mal.
¿Podemos decirlo en voz alta en los espacios donde estamos organizando la resistencia? No. Todavía falta. ¿Qué falta? “Entre otras cosas, falta que cuando hablamos de políticas de cuidado incluyamos a las tareas sociales y políticas que están soportando las mujeres en esta crisis”, se apunta. Valorizar la militancia, por ejemplo. Cotizar las horas de la olla popular, por supuesto. Ejemplos ausentes en los estudios e investigaciones de la llamada economía del cuidado, que toma siempre como paradigma y medida la Familia destruida por el modelo neoliberal: padre, madre, hija, hijo, cenando en la mesa del departamento de cuatro ambientes comprado en cuotas con el sueldo en blanco, con aguinaldo y obra social de la pareja heterosexual.

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LA ÚLTIMA MU: MARICI WEW

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