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Troll a dedo

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Crónicas del más acá. Por Carlos Melone.

Troll a dedo

Las oportunidades se aprovechan. Y si de viajar se trata, el que suscribe está firme como muñeco de torta.

Un antiguo amigo me pidió que lo acompañara. Tenía una conferencia en Tandil y mi misión exclusiva era cebar mate. 

Cebar mate a un amigo es una tarea que puedo hacer.

Sin exagerar.

Tres días en Tandil. Porque las cosas se hacen bien.

Fuimos en auto y como siempre, la ruta se convierte en un espacio de oportunidades para compartir la palabra y el silencio.

Me gusta eso. En el habitáculo siempre hay algo de confesionario, de catarsis, de burla a uno mismo y al mundo.

Siempre.

Me gusta eso.

A pocos kilómetros de Rauch, salimos de la ruta principal y entramos por un camino rural buscando al denominado Palacio Egaña.

Una bestia imponente que supo tener77 ambientes, 14 baños y demás detalles, todos con ese volumen y boato. 

Supo tener: ahora está abandonado.

Literalmente. 

Rodeado por una intensa arboleda que lo va cobijando, el gigante aloja una gran cantidad de pajaritos, indiferentes a un desvaído cartel que cuenta (¿informa?) que la propiedad está bajo la jurisdicción del Ministerio de Asuntos Agrarios de la provincia.

No se nota.

Hay una historia que arranca con la Estancia El Carmen y el general Eustoquio (sí, está bien escrito, no es Eustaquio) Díaz Vélez (hombre que participó en los comienzos de la patria, guerras de la independencia, guerras civiles y peleas contra los caciques de la pampa) sus herederos y los vaivenes de la vida pública de las Provincias Unidas del Sud. Esa historia cuenta que el Palacio fue terminado de construir en la década del 30 del siglo pasado y que se volvió silente hace unos 50 años. 

Escasamente vandalizado, su estructura parece tener buena salud aún. Y lo fantasmal recorre la piel cuando se lo transita en su interior.

Suele pasarme en todas las edificaciones abandonadas.

Hay algo ahí del orden de lo inexplicable. 

Ahorraré reflexiones acerca de un poco de cuidado, inversión de unos pesos y su transformación en un centro turístico e histórico porque no le interesa a nadie. Incluso ni a mí. Además, dicen que no todo tiene explicación.

Retomamos la ruta rumbo al viejo fuerte Independencia (Tandil), ahora centro turístico de gran convocatoria.

Mucho verde en el paisaje serrano en una ciudad prolija que empieza a tener los problemas de las ciudades grandes pero coqueta y bien peinada.

Se cumplió escrupulosamente con la ingesta de los quesos y salames que Tandil presume, acompañados de vino o cerveza según la ocasión.

A las tradiciones hay que sostenerlas.

Perdida dentro de un gran parque (¿por qué?), se encuentra una escultura dedicada a Pappo realizada con desechos mecánicos.

Se me ocurrió que podría hacerse una escultura a un ex presidente de la Nación, oriundo de allí. Habría que pensar qué tipo de desechos habría que utilizar.

Todo sea por el medio ambiente.

Después de un paseo a un pueblito cercano nos encontramos al regreso y ya cerca de Tandil, a una mujer joven, en un cruce de rutas, haciendo dedo.

Nos detuvimos cuales caballeros sensibles, desalojamos un poco el impresentable despelote que habitaba los asientos traseros del auto e iniciamos el traslado de la susodicha.

Como suele ocurrir, rápidamente se abrió una conversación afable y descontracturada. Profesora de arte, venía de un pueblito cercano y empezó a contar de sus estudiantes y su disfrute por su trabajo y las cosas que hace y genera.

A todos nos gusta contar lo que hacemos cuando ese hacer nos gratifica.

En algún momento, la charla fue empujada (por nosotros) hacia la situación económico-social en Tandil. Sin adjetivaciones ni presunciones: simplemente pregunta.

Error.

Lo que siguió a continuación fue una entusiasta proclama libertaria que no se privó de señalar que algunas situaciones de inseguridad se debían al arribo de gente extraña que, por supuesto, pertenecía al siniestro, salvaje y torturante conurbano al cual nosotros pertenecemos.

Su decir aseguraba sin hesitación (una prosa ordenada, gramaticalmente correcta y exenta de insultos) que estábamos ingresando a un aluvión de prosperidad, orden y decencia (sí, decencia) y que si la plata no le alcanzaba (porque no le alcanzaba) no era más que un momento eventual, necesario para llegar a destino.

Capaz que es así y uno no la ve…

Lo notable del discurso no era su contenido (cualquier troll digital lo repite a diario, aunque con otra narrativa) si no el entusiasmo disparado desde la nada misma: una proclama, un manifiesto, una convocatoria a la gloria del presente y el futuro surgido de una pregunta dentro de un auto y con la transitoriedad vital que significaba ese traslado.

No había el menor espacio para la duda de Descartes o el escepticismo de Montaigne o la ilusión de la Matrix.

Conductor y copiloto nos miramos de reojo evaluando la posibilidad detenernos y bajarla como opción mínima. Las otras opciones nos ubicaban en el territorio del delito.

Pero primó la corrección democrática o la herencia medieval o la estupidez contemporánea, vaya uno a saber.

Silencio cortés, traslado gentil y activación de los mecanismos de represión pulsional con los frenos inhibitorios actuando al rojo vivo.

¿Para qué abrir un debate?

No todo tiene explicación, dicen.

Despedida sin matices, burocrática.

Al día siguiente regresamos.

Mientras la ruta ronroneaba bajo el auto una certeza se instaló como una premisa: hemos dejado de entender.

Lo bueno es que lo sabemos.

Solo eso.

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La quinta pata al sapo: los hallazgos científicos sobre el modelo agrotóxico

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Podría ser una serie sobre ciencia y distopías, pero no. El biólogo Rafael Lajmanovich fue citado por el científico Andrés Carrasco, ex presidente del CONICET, en sus famosos estudios sobre los efectos del glifosato. Actualmente continúa esa línea de investigación, que analiza el impacto de plaguicidas en anfibios, peces y ríos, para que se entienda qué pasa con las personas y comunidades. Sus descubrimientos, tan escalofriantes como necesarios, brindan pruebas de una realidad invisibilizada, y abren más preguntas sobre el modelo tóxico: ¿hasta cuándo? Sapos con cinco patas, lo que cuentan los arroyos, la relación anfibios-humanos y cómo revertir el desastre. Por Francisco Pandolfi. Fotos de Pablo Piovano/Lawen.

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Frankenstein, el monstruo que te parió: de Mary Shelley a Milei

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Hija de una feminista (que murió al parirla), Mary Shelley soportó el rechazo de su padre y la muerte de tres hijos, entre otras violencias. Escribió Frankenstein a los 19, estando embarazada. Y describió como nadie las relaciones –sociales y políticas, no solo biográficas– entre creadores y criaturas. Ante un nuevo film que actualiza su novela en carrera para el Oscar, una lectura en clave argenta y que llega hasta Zohran Mamdani, para no creer que todo está perdido. Por Claudia Acuña.

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Jony de la Silla y el movimiento disca: sobre ruedas

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En días en que el gobierno fracasó en su intento de eliminar la Ley de Discapacidad, esta es una de las tantísimas historias de ese enorme movimiento «disca» que se movilizó en estos años para reclamar derechos, inclusión y respeto. Jonathan Jeferly Algalarronda Rondan tuvo un trastorno genético, golpes y operaciones. Usa silla de ruedas desde los 18 años. Migrante, okupa, marrón, disca, trapito: “las tengo casi todas”. Se define «disca», conventillero, artista popular, y nada lo frenó: ni el incendio de su casa, la desocupación y la discriminación. Conoció al Chavo y a Lady Di, y tras la muerte de Darío y Maxi se abrió a otras formas de entender la vida. Habla sobre la sociedad que discapacita, la vida amable, los garrones, las pequeñas batallas, las series. Del capitalismo depresivo al humor y cómo hacer que te vaya mejor en la vida. Y si le preguntan cómo anda dirá, aunque con doble sentido, dos palabras: mejor, imposible.  Por Sergio Ciancaglini. Fotos Lina Etchesuri.

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