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Apuros

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Crónicas del más acá

Con una incierta carga de odio me levanté a las 7 de la mañana y marché hacia la Estación de Lomas de Zamora. Es difícil no sentir alguna cuota de odio a esa hora.
Simpático el Roca. Uno siente el abrazo latinoamericano en los cuerpos comprimidos, con ciertos contactos de tal intimidad y tal profundidad, que lo hacen a uno interrogarse acerca del Ser, La Nada y La Identidad.
Olores inapropiados que se mezclan con la dulzura de algún perfume, miradas de sueños imposibles, algún psicótico sacudiendo su cabeza mientras los auriculares no logran cubrir el eco que se produce en su vacío cráneo, tres o cuatro chinos (sí, también África se está llenando de chinos) que conversan con un entusiasmo inexplicable y ríen andá a saber de qué.
Con un chino nunca se sabe.
En Constitución cometo uno de los tantos errores de mi vida: tomo un taxi. Mi desconocimiento de la Europea Ciudad Autónoma hizo que descendiera de dicho infernal vehículo veinte minutos después, pálido y (empíricamente verificable) mucho más pobre, luego de pagar el importe del hiperkinético relojito.
Entro en el coqueto local de la Asociación y/o Sindicato de Visitadores Médicos (sí, esos que se meten en el consultorio justo cuando te toca, que siempre están vestidos para el bautismo, que siempre llevan horribles y gordos portafolios negros: ésos…). Hay una Jornada de algo que se llama El Amor en Apuros y que me exime de mayores comentarios acerca de por qué estoy allí.
¿Resolveré algo de mi vida?
Una simpática, elegante, joven y sonriente rubia (igual que los chinos, no sé de qué se ríe…) me informa de mi condición de pelotudo irredento: llegué media hora antes y soy el segundo. Ella es la primera y atiende a los que van a llegar… más tarde. Mi odio se desvanece en el cielo de las certezas.
No se puede ser como yo.
A paso cansado me voy a tomar un café a una estación de servicio. En el maldito barrio no hay un maldito bar y yo detesto los bares de las malditas estaciones de servicio, que tienen tanta personalidad y distinción como un bazar.
Tomo mi café, abrumado por mis reflexiones conspirativas y el gusto a plástico del mencionado café.
El mundo tiene gusto a plástico.
Abro la puerta para salir y un perrito de raza impresentable, algo más grande que un gato estándar, de esos que el cuidado amoroso los tiene peinados, limpios, casi lustrados, con un coqueto pañuelito al cuello, decide demostrar su valentía y me ladra como un poseído y me muestra los dientes, decidido a vender cara su vida, sin que ninguno de los dos tengamos la más puta idea de por qué. Mientras me quedo quieto, miro al perrito (que a partir de ahora es un perro de mierda) evaluando alternativas: pisarlo, patearlo, colgarlo de su coqueto pañuelito… Un joven dueño aparece de golpe, se deshace en disculpas y señala al matón de cuatro patas con severidad. Exacto: sólo lo señala. Y el agresor infame se tira al suelo completamente dócil. Hasta parece que sintiera culpa el muy hijo de puta.
Juro que me miró de reojo y sonrió.
Me fui al curso o lo que fuera. La Rubia seguía sonriendo, me dio un señalador, una lapicera que no funcionaba, un folleto, me sacó 15 pesos y todos felices.
En el salón, una larga mesa con 5 micrófonos y el auditorio, limpio y muy bien puesto, con un montón de mujeres.
Un montón es un montón: más de 100. La abrumadora mayoría jugaba en el sub 30. De la Rama Masculina sólo tres (3) tipos y Yo, que después del viaje en el Roca, empezaba a tener problemas de identidad.
Y entonces, múltiples señales acudieron a mí: casi todas eran estudiantes de Psicología. Inmediatamente, en mi pútrida y afiebrada mente empezaron a formarse imágenes de bacanales, orgías y cosas por el estilo que no sé cómo se llaman, con jóvenes mujeres que si son psicólogas están liberadas y por lo tanto cualquier colectivo las deja bien y vamos y vamos, meta matraca y corneta.
Reconozco que mi análisis era algo primitivo, precario, prejuicioso, incluso anticuado. Pero en el momento, astuto y prudente, me puse una mentita en la boca para no tener mal aliento cuando empezara el descontrol.
Un ganador.
La verdad, que cuando Dios está distraído, ella se asoma. Es que lo que siguió era muy bueno y muy serio: clínica de casos, un coordinador sólido y claro, una trayectoria de ¡25! años haciendo estos seminarios, mucho sentido del humor de parte de los panelistas… cero solemnidad y mucha rigurosidad.
Los muy turros me dejaron sin letra para burlarme y sin orgía para descontracturarme. Encima, hablaban de las cuestiones genitales llamando a todo por su nombre más popular, con lo que mi inquietud o como se llame, aumentaba.
Nada de coito.
A mí me parece que estoy algo atrasado en las noticias de la vida.
En el panel, por ejemplo, cuentan el caso de una chica que no quiere coger porque quiere ser virgen, pero no tiene problema en que la manoseen. Además quiere ser como la virgen, literalmente, pero en una versión que a mí me resulta más curiosa. La pobrecita tenía un padre gay que vivía en el desenfreno, un hermano travesti, otra hermana adicta hasta al tupperware, un tío que la había abusado y que ahora no sé a qué se dedicaba y una madre que no escuché bien porque supongo que a esa altura debía estar (yo) vomitando en el baño, pero que en ese contexto debía tener la culpa de todo.
Y yo que me hago problema porque a veces la quiero matar a mi vieja.
Qué gente.
Digno e incombustible, con mi humanismo militante, seguí buscando una mirada cómplice para una aventura amorosa o para un chiste verde, si más no fuera.
Nada.
Como remate, a la morocha que tenía butaca por medio, le estampa un sonoro y apasionado beso de buenos días y en la trompa un petisa despampanante.
No se puede vivir.
El Amor en Apuros. Así cualquiera.
Ya te va a agarrar el obispo Aguer.
Me vuelvo a los ex pagos de don Juan de Zamora. En el viaje me compro la versión contemporánea (y decadente) de El Gráfico. Y me leo completito un reportaje a Vicente Pernía, un 4 de Boca que le pegaba a cualquier cosa viva que se cruzara en la cancha, incluido el pasto.
El periodista dice que era y es un ganador.

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Evolucionando

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