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Ganarse la vida

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Textiles Pigüé es la cooperativa que recuperó una planta de la ex Gatic (licenciataria de Adidas) y obtuvo la expropiación definitiva y escritura de la fábrica. Generó nuevas fuentes de trabajo, incluso para ingenieros industriales que ahora piensan en términos de autogestión junto a los demás trabajadores. Ocupar, resistir, y producir con inteligencia.

textiles pigue

Vera tiene una sospecha tan genuina como su nombre: “Argentina no es un lugar donde pienses que todos los días te vas a levantar y va a estar todo igual, ¿no? Sabemos que hay idas y venidas. Subidas y bajadas. Pero la vida nos ha dado cintura para no sentir miedo, incluso en cosas que pueden afectarte en la economía personal. Las amenazas de los fondos buitre que están tan de moda, por ejemplo. En Pigüé, hace más de diez años, teníamos a esos buitres rondando por acá”.

Vera integra la Cooperativa Textiles Pigüé, fábrica que pertenecía a la vieja Gatic –licenciataria de Adidas, entre otras marcas- que fue rescatada por sus trabajadores de la quiebra y de los llamados fondos buitre (con perdón de los buitres) mediante varias tecnologías:

Crearon una cooperativa y se hicieron cargo de la planta para evitar que sucumbiera o fuera malvendida por los representantes y socios de Leucadia, un fondo de inversiones neoyorkino.

Los trabajadores fueron desalojados con fogosa represión policial, pero meses después reingresaron a la planta con la ley de expropiación que supieron conseguir.   

Empezaron una lenta y dolorosa reconstrucción del lugar, del trabajo y de la confianza.

Generaron empleo y un clima de profesionalización que permitió incorporar como trabajadores cooperativos a ingenieros y licenciados en administración y marketing.

Este año la ley de expropiación dejó de ser un papel bienintencionado, y se transformó en un precedente acaso histórico, con la escritura definitivamente homologada a nombre de la cooperativa.

Todo es fruto de un entramado de humildad, inteligencia, tesón y cierta tecnología local: en Pigüé se prepara colectivamente la omelette más grande del mundo, para la cual hay que saber romper no menos de 15.000 huevos.

Ingeniero fascinado

Es raro sentirse en una fábrica y, a la vez, en el medio del campo. El predio de Textiles Pigüé ocupa 45.000 metros cuadrados, de los cuales 20.000 son cubiertos, todo con un aspecto impecable y el horizonte a la vista en el parque que alberga los distintos edificios y galpones.

La cooperativa produce tejidos, telas y tintorería industrial a gran escala para calzado, indumentaria y la industria automotriz, además de sus talleres de indumentaria. No tiene marca propia, sino que trabaja a façon o a fasón, para otras empresas que le proveen la materia prima y le compran la producción.    

Marcos Santicchia, 39 años, es el primer caso que conozco de un ingeniero industrial presidiendo la cooperativa de una fábrica sin patrón. “Soy de Pigüé, estudié en Bahía Blanca. Vine para hacer aquí el trabajo final de la carrera y mi tesis. Pasé por distintas áreas: Tintorería, Costos, Relaciones Laborales. No entré en un puesto específico como ingeniero, sino como uno más. Hice amigos, vi lo que era el funcionamiento, las asambleas, y me quedé. Tenía 30 años. La tesis de ingeniería era mi prioridad 1, pero quedó como prioridad 10. Mi vieja me decía: ¡terminá la carrera! Pero esto me había atrapado. Me fascinó como desafío industrial y como desafío social: entender lo organizacional para la gestión de una fábrica que tiene un contenido distinto, porque está en manos de una cooperativa”.

Detalles: en estos nueve años Marcos formó pareja, tuvo dos varones, terminó la tesis Organización en una fábrica autogestionada, se recibió, y en 2014 fue elegido por sus compañeros como  presidente de la cooperativa.

Textiles Pigüé tiene 124 integrantes, 43 tienen menos de 30 años, piercings, zapatillas de lona y –como el parque por el que van y vienen- mucho horizonte.

¿Cuál es esa diferencia de gestión en comparación con una fábrica convencional? “Tenemos problemas con los manuales académicos. Otras empresas resuelven las cosas con experiencias viejas, teorías prefabricadas, pero acá es todo más complicado. Se necesita ingenio para producir y para discutir qué es la autogestión. Lo nuestro es la producción textil y nos dicen que tenemos que ser como cualquier empresa, y en un sentido lo somos. Pero a la vez somos una organización social”.

Eso significa, por ejemplo, que uno de los objetivos de Textiles Pigüé es generar empleo. Santicchia: “A una empresa común no le importa generar empleo, sino ganancias. Aquí es diferente”.

¿Por ejemplo? “Hay sectores de tejeduría en los que tenemos máquinas grandes que precisan sólo dos o tres personas por turno. Pero entonces la cooperativa resolvió mantener sectores como Indumentaria y Aparado (la zapatilla de lona sin suela) que necesitan mano de obra intensiva para unas 40 personas. Durante bastante tiempo estuvieron en déficit. Muchos compañeros no estaban muy felices que digamos con eso, porque la cooperativa tenía que financiar ese déficit. O sea: menos ingreso para cada uno. Pero se decidió mantenerlos y tratar de lograr que funcionen rentablemente, cosa que ya se logró. Entonces se cumple el objetivo: más puestos de trabajo”.

Otro caso: la cooperativa hizo un acuerdo con una fábrica de cristales para anteojos, a la que le cederán un espacio, alquiler módico, pero a condición de brindar trabajo a la comunidad: otros 70 puestos. “No lo hubiéramos alquilado para depósito, aunque ganáramos más, pero sí lo hacemos para crear empleo en la zona”, explica Marcos.

En un lugar como Pigüé, ese objetivo implica trabajo para amigos, familiares y vecinos, con o sin piercing.

Ataúdes y corpiños

Textiles Pigüé posee máquinas de tejeduría plana, otras de tejeduría circular con aire de película de ciencia ficción, y otras en las que los hilados parecen rayos laser que van a alimentar bobinas de tela: “Hay máquinas con las que podríamos producir 80 kilómetros diarios de tejidos”, cuenta Marcos, y me muestra una tela blanca entramada. “La hacemos para un mayorista, y van a las mortajas de los ataúdes. Pero le pescaron la vuelta y la venden también para lencería”, dice Marcos, y no puedo evitar imaginar estas telas convertidas en kilómetros de corpiños, bombachas y corsets. “Esta la pidieron fucsia, así que no debe ser para los ataúdes”.

Antes de poder pensar en Eros, Tánatos, Mayoristas y otros enigmas, se acerca a saludar Hugo Casagne, maquinista del sector de tejeduría plana: “Estuve diez años en la época de Gatic, empecé con la cooperativa, después me fui a trabajar al campo, pero volví hace cuatro meses. El trabajo es mejor ahora. Antes no me dejaban sentarme, ni hablar con el urdidor, que es un compañero que está al lado tuyo. Estábamos medio como presidiarios”.

Marcos luego completa el relato: “Tuvimos un período con dificultades económicas, y Hugo decidió irse como maquinista de las fertilizadoras en campos de Pigüé. Acá hay trigo sobre todo, también soja. Pero resulta que si llovía o si la máquina por alguna razón no andaba, no le pagaban. Lo que le pagaban, además, era en negro, y en el campo son bastante explotadores. Cuando nosotros pudimos normalizar la situación, y mejorar algo los ingresos, Hugo volvió”.

Que un técnico calificado como Hugo haya preferido abandonar al enriquecido sector rural para urdir su regreso a la cooperativa, revela que la historia no es necesariamente ese corset que promocionan Monsanto, Clarín Rural y lencerías afines.

El error argentino

La de Pigüé era la Planta 1 de Gatic en los años 80 y 90, que abastecía de tejidos a las otras 15 sedes que la empresa tenía en diferentes provincias. Gatic facturaba un millón de dólares diarios. Fundada por Eduardo Bakchellian, la apertura indiscriminada de importaciones de la era menemista la arrasó, junto con sus casi 8.000 puestos de trabajo. También hubo ineptitudes, malversaciones y trampas empresarias que hicieron que Bakchellian y su hijo Fabián abjuraran públicamente uno del otro. Dejaron deudas por 800 millones de dólares que, según la ley de la termodinámica (nada se pierde, todo se transforma), habrán ayudado a transformar algunas chequeras.    

Bakchellian padre intentó dos libros: El error de ser argentino, y Así se destroza un país, catarsis comprensible, pesada y victimizada contra los gobiernos que no lo beneficiaron lo suficiente, contra su propia parentela en particular, y con una curiosa autocrítica sobre cuál fue su rol en esos juegos: asegura que su mayor defecto fue la honestidad y no pagar coimas.

En 2001 la empresa entró en convocatoria de acreedores, la producción cesó en octubre de 2003 y los trabajadores decidieron ocupar la fábrica organizados como cooperativa. Francisco Manteca Martínez, obrero del sector tintorería, es a quien todos reconocen como uno de los motores de aquel momento: “Yo había venido a Pigüé con mi familia en el 96, cuando tenía 16 años. Entré en Gatic, pero empezaron eso que nefastamente llaman reestructuración. Acá éramos unos 500 y echaron a 50 en 2001. Me tocó. Yo no era gremialista, pero era de los que reclamaban. Como no era un mal empleado, me volvieron a tomar en 2003, pero al poco tiempo cerró y decidimos quedarnos para evitar que la vaciaran”.

Fue un año y medio de ocupación durante el que vivieron de changas, colectas, y solidaridad: “En Pigüé caminás tres cuadras y estás en casa de un familiar o un amigo que te ayuda”, dice Martínez. Vera, profesora de dibujo, acudía a los clubes de trueque para cambiar cuadros que pintaba por comida.

Recibieron apoyo del Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas. Francisco conserva en su oficina la bandera con el lema: Ocupar, Resistir y Producir. Cuelga de la pared también un recuerdo de Madres de Plaza de Mayo (“Hebe nos apoyó siempre”), una foto de Osvaldo Bayer (“lo admiro”) y otra en la que aparece en 2004 junto a Néstor Kirchner y a trabajadores de otra planta de Gatic: CUC, Cooperativa Unidos por el Calzado, de San Martín.

Francisco fue presidente de la cooperativa y hoy funciona como un todoterreno para gestiones y contactos hacia afuera. En su escritorio hay fotos de Diego Maradona: “A uno de mis hijos le puse Diego. Junté como 7.000 fotos de Maradona. Y paré: la que me falta es la que me saque yo con él. Algún día voy a cumplir ese sueño”, dice este padre de dos parejas de mellizos, duplicación por duplicado que lo deja a salvo de cualquier cuestionamiento a la productividad. No logro imaginar a Martínez quejándose por ser argentino.

Robocop y el negocio

Vera describe como robocops a los policías que envió el gobernador Felipe Solá a desalojarlos en 2004: “Escudos, chalecos, cascos, palos, gases. Entraron por atrás, donde estábamos las mujeres. Me quedaron las piernas negras de moretones, por las patadas que nos daban con los borceguíes. Nos mojábamos la cara por los gases. A los policías les sembraron en la cabeza que éramos guerrilleros. Nos entregó el entonces intendente, Rubén Grenada, de la UCR. Yo había trabajado para su campaña, pero me desafilié y ahora no te digo que soy la mejor militante de Cristina, pero todo esto tan feo me cambió la cabeza”.

Falta aclarar que el apellido de Vera es como un símbolo después de tantas pateaduras: Vives.

También resultó emblemático el apellido del cura que salió a defender a los obreros de esta fábrica de telas: Arruga.

Manteca Martínez: “El desalojo fue violento. Instalamos una carpa en la puerta para mantener el conflicto vivo y que no desguazaran la planta. Nos fuimos a Buenos Aires, los compañeros del Bauen nos dieron alojamiento. Pude ver a Kirchner, sacarme esa foto que está en la pared, y él hizo que la provincia aprobara la Ley de Expropiación”. El gobernador que había mandado a desalojar con robocops, terminó dándoles a los trabajadores plaquetas y reconocimientos.

La planta había sido valuada judicialmente en 4 millones y medio de pesos. “Cifra ridícula”, cuenta Martínez: “Solo con edificio y máquinas tenés más de 12 millones de dólares. Pero ahí estaba queriendo meter mano el empresario Guillermo Gotelli, que había dejado Alpargatas con un pasivo tremendo, y venía acompañado por un fondo buitre que se llamaba Leucadia. En realidad querían hacer el negocio inmobiliario: pagaban los 4 millones y medio, la hacían trabajar a media máquina, y salían a venderla en dólares. Lo hicieron con plantas de la ex Gatic, como la de Coronel Suárez, que vendieron a empresas brasileñas a unos 20 millones de dólares, rumor de pueblo”.

Los trabajadores, con cero fundamentalismo cooperativista, evaluaron la posibilidad de aceptar la propuesta de esa patronal. Martínez: “Había una confusión tremenda. Pero, ¿sabés qué nos volcó a sumarnos a las empresas recuperadas y a consolidar la cooperativa? Que no querían respetar la antigüedad de los trabajadores en la empresa. De las peticiones que teníamos, esa definió todo. Y llevó también a sacarnos de encima a los gremios del caucho, que eran partícipes, con los empresarios, de llevarnos a la precariedad”. El entramado de sindicalistas con patronales no es producción exclusivamente pigüense. Tampoco prosperó un nuevo intento del intendente Grenada de introducirles otro grupo inversor, Fiducia, que quería quedarse con el predio pero no presentó ningún proyecto de inversión.

¿Qué es la inseguridad?

El reingresar a la fábrica después del desalojo, en enero de 2005, de 220 trabajadores que había al cierre, quedaban 70. “Estaba todo sucio, destruido, abandonado. Tuvimos que desarmar las máquinas para acondicionarlas y hacerlas funcionar otra vez”, cuenta Miguel Urban, maquinista del sector de tejeduría circular. Tardaron casi un año. Hay máquinas que tienen 1.884 agujas, otras 2.640, otras más de 5.000. “Todo estaba corroído, hubo que desmontar pieza por pieza, limpiar y acondicionar cada aguja. No teníamos ni para virulana”.

Escobas, virulana, trapos y necesidad de trabajar fueron haciendo revivir la planta que entró en producción a partir de 2006.

Sufrieron el parate recesivo de 2008 (crac global más conflicto local por la 125), no pudieron cobrar durante dos meses, pero zafaron también de ese abismo.

Retomaron la producción, actualizaron los retiros: no son sueldos ni salarios sino retiros de los ingresos que obtiene la cooperativa. Tuvieron apoyo para adquirir máquinas de los ministerios de Desarrollo y Trabajo (Programa de Trabajo Autogestionado). Consiguieron y consolidaron clientes, iniciaron el proceso de incorporación de profesionales (ya hay 9), y casi duplicaron la cantidad de integrantes de la cooperativa.

Miguel usa la palabra seguridad con un sentido distinto al del periodismo de entretenimiento: “Como está el país, acá tenemos la seguridad de que vamos a seguir trabajando aunque afloje la producción. Capaz que con una moneda menos, pero vamos a ir viviendo y buscándole la vuelta. En una empresa privada, si baja el trabajo o la economía lo primero que hacen es mandarte a la calle. Acá no: es otra seguridad, porque no hay uno que se la lleva toda, sino gente que tira para adelante para que la cosa funcione para todos”.

La cooperativa logró quedarse definitivamente con la escritura de propiedad por aquella cifra de 4 millones y medio de pesos. La operación se concretó a través del ministro de Producción bonaerense, Cristian Breitenstein, quien cometió una acción inusual: pidió disculpas a los trabajadores por la demora en concretar la cesión de la escritura. El caso es un precedente para 311 fábricas de todo el país que aún no cuentan con la expropiación definitiva.

Manteca Martínez explica los números: “De lo que hay que pagar, dos millones los pone la intendencia, que ahora está a cargo de Hugo Corvatta, peronista, por tres terrenos y una planta en pleno centro de Pigüé que valen mucho más. Y dos millones y medio de pesos los pagaremos nosotros a diez años, con una tasa baja de interés, del 9%. Creo que la otra expropiación definitiva que salió en estos últimos años es la de los compañeros de Zanón, en Neuquén. Al lograr la propiedad, cambia todo. Tenemos la situación resuelta. Ahora sí estamos en igualdad de condiciones. Entonces no tenemos excusas: todo depende de nosotros”.

La foto actual: por mes, producen 90 toneladas de tejidos, y facturan 1 millón y medio de pesos. Trabajan para mayoristas textiles y también para marcas como Levis, o licenciatarios de Billabong, Cacharel, Christian Dior y Jaguar, entre otros. Tienen máquinas valuadas en unos 4 millones de dólares con las que podrían llegar a 200 toneladas mensuales, para lo cual necesitarían incorporar más mano de obra.

Gestión y autogestión

Para Marcos Santicchia, al contrario que para el resto del universo, el hecho de ser profesional no marca diferencias: “La diferenciación entre trabajador y profesional no la veo. No cambia el estatus de nadie tener o no un título. Todos somos trabajadores. Uno sabe una cosa, otro sabe otra. A veces lo que uno cree que sabe no es tan así, y al trabajar juntos aprendemos todos”. Manteca Martínez agrega: “Para mí profesional no es el que tiene un diploma: es el que hace las cosas bien”.

Marcos cree que la autogestión significa participar y opinar grupalmente para determinar modos de funcionamiento. “Autogestión no es decir ‘hago cualquier cosa’, sino intervenir en la estructura organizacional de la fábrica. No es fácil. Son cuestiones de maduración que hacemos entre todos, incluso entre los que prefieren no participar demasiado”. La palabra democracia deja de significar votar para delegar poder en otro para que haga las cosas, y pasa a tener un aire más cotidiano.

Las diferencias en los retiros, por ejemplo, fueron decididas en asamblea. Crearon 6 categorías que valoran responsabilidades y antigüedad, por ejemplo. “Veníamos de diferencias locas en la empresa privada, donde un gerente ganaba 25 o 30 mil pesos y un obrero 600. Hoy los retiros más altos son de 10 u 11 mil, con un full time total, y los más bajos están en unos 4 mil, con un horario acotado. La brecha no es tan grande, y se resolvió entre todos”.

Sandra Wasinger profundiza la idea de autogestión. Trabaja en el sector de Almacén, es otra de las fundadoras de la cooperativa, y de las que supo correr de la policía: “Es algo nuevo. Yo les digo a los más chicos: no tenés patrón, nadie te manda, pero la responsabilidad es tuya. Si trabajás crecés vos y crecemos todos. Es personal y es grupal. Pero el ingreso te lo tenés que generar vos misma, sin esperar a que nadie te venga a dar órdenes. Al principio nos llevábamos unos 50 pesos por quincena, imaginate. La sufrimos, pero gracias a Dios estamos mucho mejor. Algunos compañeros ganan más que otros, yo soy de las que gano menos, pero la decisión la tomamos grupalmente porque eso ayuda a que todos podamos ir cada vez mejor”.

La cuestión implica un debate. Marcos entiende la horizontalidad en las relaciones personales. “Pero la horizontalidad no puede funcionar en la gestión cuando hay procesos de producción tan complejos, con distintas tecnologías y maquinarias, donde hay responsables de área, compañeros con mucha experiencia y conocimiento que toman decisiones para que todo el esquema funcione”.

El matiz: no es una verticalidad como situación de poder en general (unos mandan, otros obedecen) sino diferenciación de funciones para trabajar.

Su ejemplo es el de dos tocayos maquinistas: Miguel Urban y Miguel Waiman. Urban tiene 53 años, Waiman 24.

Urban: “A mí Gatic me tiró 20 años de vida a la basura. Cuando cerró me fui a hacer de pintor, a cortar césped, cualquier cosa para mantener a mi familia. Cuando volvimos tuvimos que arreglar todo. Pero pensé: ¿qué hago con mi vida, con mi conocimiento? Empecé a enseñarle a Miguel (Waiman) todo lo que sé para que alguien joven pudiera hacerse cargo. Él venía de una escuela técnica”.

Waiman: “La capacitación que me dio Miguel fue importantísima. Pensá que el arreglo de una de estas máquinas, por un error humano, es de 30.000 pesos, que pagaríamos entre todos. Eso implica una responsabilidad que alguien tiene que supervisar. Pero a la vez el esquema es de mucha libertad y de trabajo en equipo”.

Urban no es el “jefe” de Waiman: “Y lo más importante es que al poder transferir mis conocimientos a alguien joven, yo siento que no lo lograron: no pudieron tirarme la vida a la basura”.

Marcos: “En vez de ver al joven como un peligro para su puesto, Miguel lo vio como una oportunidad de crecimiento para los dos. Lo que no hay que confundir es horizontalidad con chatura que te lleve a no querer mejorar”.

Un poco más allá Carlos Moyano, 40, coordina el sector de Tejeduría rodeado de obreros de entre 18 y 22 años. “Los chicos son muy activos, vienen con una chispa especial, es una generación con más empuje, más ganas. Cuando esto era privado, si un jefe o supervisor veía a alguien que crecía demasiado, lo pisaba para que no creciera. No dejaban que te superes”.

Otro asombro: la idea de superación personal, tan cara al liberalismo, pisada en el sector privado y rescatada por una cooperativa.

Carlos: “Acá no hay competencia entre nosotros, hay colaboración”.

De los chicos, el que fue promovido a encargado de turno es Diego De La Vega, 22 años: “No soy El Zorro” se ataja, como se atajaba su tocayo. “Es buenísimo trabajar en equipo con chicos que son mis amigos. Siempre alguien puede patinar, pero hay más responsabilidad y onda que en una privada. Yo trabajé antes en varias, y esto es mejor”. Carlos: “Hay que aplicar capacidad y además inteligencia para manejar las máquinas, y para coordinar grupos de personas”.

Manteca Martínez retoma esa idea. “Yo digo: Ocupar con valentía, Resistir con heroísmo, pero Producir con inteligencia. Un día mejor, otro peor, pero pasamos por todas las etapas y crisis especulativas, y acá estamos”.

Marcos Santicchia señala una fortaleza especial: “Yo entré por una mezcla de amistad y sensibilidad social, con una mirada muy cuadrada de la facultad que no te deja ver potencialidades de este sistema. Pero cada vez más entendí este esquema de autogestión como muy factible. No es sólo maximizar la rentabilidad económica, sino defender el trabajo, y por eso resulta un modelo muy importante para sostener y soportar idas y vueltas de la economía y ser más flexible para sortear problemas. Una clave es generar confianza con un mercado que no es de autogestión. Pero lo logramos. Gran parte de nuestras inversiones las hicimos por la confianza de clientes que nos adelantaron fondos o nos dieron máquinas a pagar, y eso es porque ven un proyecto serio y coherente en el tiempo”.

¿Y las dificultades? Una de las obsesiones de Francisco Martínez: “Muchos hemos apoyado las conquistas laborales de los trabajadores, aguinaldo, vacaciones, obras sociales, jubilación, pero eso no existe para los trabajadores autogestionados, que somos monotributistas. Compañeros que recuperaron en el país 20.000 puestos de trabajo en la peor época, cuando no había ni Estado, sin una moneda ni mucho apoyo, merecen otra cosa. ¿Qué le decimos a un trabajador que se está por jubilar y lo único que le podemos pagar es el monotributo social, después de que peleó por la fábrica los últimos diez años? ¿Le damos las gracias? Creo que ahí hay que juntarse y pensar políticas de Estado para los trabajadores autogestionados para que queden en un pie de igualdad con el resto. Tenemos que volver a conquistar esos derechos”.

Marcos aclara: “La cooperativa tendría que ingresar, hoy por hoy, un 50% más de dinero para poder pagar cargas sociales como las de los privados. Pero el eje nuestro no es generar ganancias, sino puestos de trabajo, cosa que una empresa de capital no hace”. Francisco: “Por eso hay que ver cómo volver a tener las conquistas que se ganaron en décadas de lucha. Que no seamos menos que otros trabajadores”. Habrá que ver quién en el Estado atiende o entiende el mensaje.

Soñando por cantar

Confesión de Vera: “Hace 11 años yo estaba saliendo de una crisis emocional, depresiva y psiquiátrica, por cuestiones mías sumadas a todo lo que íbamos perdiendo. Si alguien me hubiese dicho que hoy iba a estar coordinando un grupo de 20 personas en una cooperativa hubiera pensado que era una broma”.

¿El trabajo cura? “Sí, porque salís de tu casa, sobre todo si sos mujer, te cambia la mente y la vida, recuperás la dignidad de venir a trabajar. Me acuerdo de que en el peor momento Rocío, una de mis hijas nos decía a mí y a mi marido: ¿por qué no se dejan de joder y buscan otra cosa?”

Rocío Sánchez Vives, 22 años, sonrisa enorme, es ahora una de las que integran el sector Aparado: “Yo les decía eso porque los veía sufrir mucho cuando todo andaba mal. Tenía 12 años. Y vivimos muchas carencias”.

Rocío canta muy bien, y en YouTube pueden verse sus intervenciones hasta llegar a la final de los programas Talento Argentino y Soñando por Cantar, con la bellísima Seminare, ante jurados patéticos y locutores que gritan. Hoy hace presentaciones como cantante, pero además trabaja en Textiles Pigüé: “Para mis padres la cooperativa era una utopía, un sueño inalcanzable, pero hoy lo estamos viviendo. Era un proyecto de ellos, pero lo veo como el proyecto que elegí para mí. No fue una obligación. Sentí que quería estar aquí antes que en ningún otro lado”.

Su padre, Pedro Sánchez, también es fundador de Textiles Pigüé. Fue tesorero y hoy está en un sector que en lugar de Recursos Humanos se llama Relaciones Laborales, junto a la licenciada en Administración, Andrea González.

Pedro: “Lo de Recursos Humanos suena a que somos una cosa. Aquí es al revés: estamos cerca de los compañeros para entender cómo están, qué les pasa, potenciarlos en lo personal. Tener a Andrea como profesional significa también cuidar lo principal que tiene la cooperativa, que es la gente. Uno lo hace como compañero, con todos estos años de lucha, pero hay cosas que tienen que ver con una mirada también profesional”.

La cooperativa elaboró un reglamento interno de trabajo, horario, desarrollo de tareas, reparto de ganancias. “Las inasistencias o las llegadas tarde se conversan en cada caso y si hace falta, se descuenta un monto del premio que hay por presentismo”, explica Pedro.

Andrea: “Pero además estamos empezando a implementar cuestiones para el bienestar integral de cada compañero, que no es solo que no haya enfermedades sino que estés bien en tu cuerpo y en tu mente. Eso implica conversar, atender, buscar ayuda cuando haga falta. Estamos tratando de implementar beneficios para los asociados, tener obra social, conseguir turnos médicos”.

Andrea es chilena. “Vine con mi marido en 2006, y entré como administrativa. Luego fui a otra empresa en Pigüé, volví a Chile en 2010, y ahora regresé. Apenas llegué se me infló el corazón. Estas cosas en Chile no existen. Desde la época de Pinochet, no se supo nada más de las empresas cerradas. Aquí la autogestión significa que es algo tuyo, no hay que rendirle cuentas a un patrón sino a tus compañeros y al Consejo de Administración. Es como en tu casa, generar los recursos, contar con ingresos, y distribuir los gastos. Los grandes holdings acumulan dinero que no se sabe de dónde sale ni a dónde va. Son burbujas financieras. Aquí ves lo que se hace, sabes dónde queda tu trabajo”.

La licenciada González se emociona: “Es otro sistema de producción, de forma de pensar, y de relaciones. Yo en Chile era un número, no una persona. Siempre te están midiendo, obligándote al máximo para pagarte, y diciéndote: suerte que te pago. Yo estaba mal y a nadie le importaba. Además estaba vetada para crecer, porque no te dejan, y por ser mujer: en Chile ser mujer todavía es un problemón. Cuando llegué este año aquí, y crucé la puerta, ufffffff, fue como sacarme una mochila de 50 kilos. Me da emoción pensarlo. Fue como volver a mi casa, sentirme libre, expresarme, tener iniciativa, tener libertad. Se aprende todo el tiempo, y eso te abre el mundo y te abre la mentalidad. Me levanto cada mañana a las 6. Abro los ojos, y me siento feliz de tener que venir”.

Andrea no sobreactúa, ni quiere promocionar Textiles Pigüé, ni habla para el micrófono. Me cuenta todo como un desahogo mano a mano, con suave acento de Temuco, con esa timidez de quien reconoce que algo le ha salido bien, que la vida estaba en otra parte, mientras llega la hora de irse porque ya está anocheciendo en ese lugar en el que un grupo de personas está tejiendo una rareza escriturada que excede lo económico: ganarse la vida.

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