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Puntada política

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Del piquete a la máquina de coser. Tres cooperativas textiles de movimientos sociales repasan una década de políticas para el sector. Cómo confeccionan empleo y política. El rol del Estado, los subsidios y las estrategias para bordar el futuro.

Mandarinas es la marca de la indumentaria del movimiento Barrios de Pie, que en González Catán tiene una de sus 16 cooperativas textiles.

Mandarinas es la marca de la indumentaria del movimiento Barrios de Pie, que en González Catán tiene una de sus 16 cooperativas textiles.

«Winter is coming”, es el lema de la casa Stark en la serie Game of Thrones. En criollo: se acerca el invierno. Lo usan para recordar que el buen clima no dura para siempre y que tiempos oscuros se acercan. Las amenazas no se encuentran solamente dentro de las roscas, los intereses y las mezquindades que se juegan y se tejen a lo largo de los Siete Reinos, sino que algo temible se mueve del otro lado del Muro, custodiado por los parias de esa civilización medieval que, dicho sea de paso, tienen prohibido tener sexo.

En Argentina, a un año de las elecciones, los lemas son varios.

Y como en Game of Thrones, hay amenazas que trascienden los muros de las roscas e intereses del gobierno de turno.

Frente a ese escenario, ¿cuál es el presente de los movimientos sociales locales? ¿Cómo tejen sus prácticas de resistencia? A más de una década del estallido 2001, cuando la crisis obligó a pensar nuevas formas de relaciones sociales y productivas, la efervescencia de esas organizaciones fue mutando. Muchas se estancaron, otras adhirieron al kirchnerismo, algunas se fragmentaron y se debilitaron, varias naufragaron en la lógica de las políticas sociales, otras las capitalizaron para realizar sus emprendimientos productivos.

La mejora en las condiciones de vida como una consecuencia del crecimiento de la economía, en un país que había llegado a contar con el 53 por ciento de su población en situación de pobreza, debe sumarse como una circunstancia que determinó el retroceso de algunos movimientos y el reflujo de su base social. La legitimidad social que contó el kirchnerismo, a partir de un discurso que, a priori, significaba una ruptura respecto al modelo neoliberal noventoso, también. ¿Qué sucedió con los movimientos que habían tomado la calle como un terreno de debate político con un discurso de oposición?

Taller de política

Graciela Chopinet ya no recuerda si fue durante los piquetes de Mosconi o de Cutral Có. Ella, que venía de una militancia setentista en el Peronismo de Base y las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP-PB), que se había exiliado, que volvió para volver a intentar, que no pudo, y terminó como jefa de cocina en el country Miraflores, en el partido bonaerense de Escobar, no lo soportó. Ese día estaba cocinando ñoquis. “Yo acá no trabajo más”, dijo, y se fue. Comenzó a cursar Economía Política en la Universidad de las Madres y, en medio de un trabajo sobre la desocupación, se vinculó a los Movimientos de los Trabajadores Desocupados (MTD), que por entonces estaban nucleados en la Coordinadora Aníbal Verón. “Les peleábamos los planes al gobierno pero, también, peleábamos por la autonomía, para hacer con esos planes lo que quisiéramos”, recuerda. Luego de los asesinatos de los militantes Darío Santillán y Maximiliano Kosteki por parte de la Policía Bonaerense, en medio de un clima turbio fogoneado por los principales dirigentes políticos de ese entonces, en junio de 2002, algunos MTD pasaron a formar parte del Frente Popular Darío Santillán (FPDS). Hoy el Frente está partido en dos: FPDS y FPDS-Corriente Nacional. Chopinet quedó en el primer sector.

Tras pasar por varios lugares, los emprendimientos textiles del FPDS convergieron en un polo en la Estación Darío y Maxi, en Avellaneda. Veinte mujeres y hombres trabajan confeccionando guardapolvos para el Estado e indumentaria de trabajo a pedido. Chopinet remarca que, a contramano de la sucedía al comienzo de la experiencia, muchas personas se están sumando al movimiento a partir del taller. “Politizan su lucha desde el taller”, describe.

Color mandarina

Carolina Dytko dice que la cooperativa textil que Barrios de Pie tiene en González Catán, partido de La Matanza, nació de la necesidad del propio barrio. Ella no tenía experiencia militante, pero se vinculó con el movimiento a partir de su reclamo de mercadería para poder seguir con la copa de leche que organizaba. Se integró a las marchas y empezó a militar. “Hace rato que venimos con poco trabajo, más para las mujeres que llegan a los 40 y no consiguen -dice-. Y lo que hay es de limpieza. Prefieren ésto. Acá tienen la facilidad de venir con sus criaturas. Eso les soluciona un problema”.

Las seis mujeres que rodean la mesa asienten y coinciden con Dytko. “Yo estuve 20 años como ama de casa y nunca estuve en una cooperativa -cuenta Jacinta-. Ahora estoy aprendiendo, me gusta. Aparte tenés tu plata. No es mucho pero es tuyo. Vos te lo ganás”. Marta agrega: “Yo tengo 50 años, conseguir trabajo es difícil. Te dicen que quieren chicas más jóvenes, y eso es muy chocante. Esto, en cambio, es fomentar tu trabajo para poder salir adelante”.

La de Catán es una de las 16 cooperativas que, coordinadas, conforman Mandarinas, la marca de indumentaria que Barrios de Pie lanzó a fines de 2013, pensada por mujeres para mujeres, según proclaman. Las cooperativas se extienden a lo largo y ancho del conurbano bonaerense. ¿Cómo se politiza y puede pensarse la época desde estos lugares? “Desde un sentido crítico de consumo”, subraya Nora Cervantes, diseñadora y una de las coordinadoras del proyecto. “La moda está relacionada a una cosa frívola, al consumismo, a los estereotipos. Este proyecto es para aunar toda una movilización que viene de base con una parte más académica de diseño, para romper una estructura que se sostiene con trabajo mal pago. Nosotras mostramos que en los barrios las mujeres se organizan para salir adelante todos los días, y que esa organización no siempre está asociada a una marcha o a un piquete, sino también a la generación de trabajo”.

Cortar las cadenas

Parque Avellaneda fue uno de los escenarios que abrazó la formación de asambleas barriales. Tamara Rosenberg, psicóloga, que se había acercado a participar, no se imaginaba que una década después estaría al frente de la cooperativa que lleva adelante un emprendimiento textil y una lucha contra el trabajo esclavo y la explotación laboral. Lo que hoy se conoce como La Alameda surgió para dar respuesta a la necesidad del barrio que no tenía ni para comer. Fines del 2001, comienzos de 2002. Armaron un comedor y, después de cansarse del pedirle al Gobierno de la Ciudad espacio para desarrollar sus actividades, tomaron una vieja pizzería abandonada que convirtieron en su campo de batalla. 

Pronto surgió la urgencia del trabajo. Muchas mujeres que asistían al comedor tenían las mismas historias: habían venido de Bolivia bajo la promesa de cobrar un buen dinero y tener educación y salud para sus hijos, pero se encontraron encerradas en habitaciones imposibles para producir durante muchas horas mucha mercadería por muy poca plata. Con esas mujeres comenzó a tomar forma el proyecto textil de la Cooperativa 20 de Diciembre. Consiguieron máquinas a partir del programa Manos a la Obra, del Ministerio de Desarrollo Social de Nación y, cuando activaron, comenzaron a detectar la competencia desleal con los talleres clandestinos. “Detrás de todos esos talleres, en el 95 por ciento de los casos, había grandes marcas que se valían de ese trabajo esclavo -cuenta Rosenberg-. La cooperativa, entonces, tiene como objetivo que otros trabajadores puedan producir sin ser explotados por un patrón, distribuyendo equitativamente todo y permitiéndoles desarrollar sus actividades de manera digna”.

Hilado fino

Una de las discusiones más fuertes que tuvo el Frente Darío Santillán durante estos últimos años (más allá de la ruptura) fue la decisión de participar en política a través de las vías institucionales. No abandonar los territorios ni dejar de fortalecerlos, sino complejizar la respuesta política. “Fue una maduración desde el movimiento político social a partir de la coyuntura. Si no, sería medio conservador pensar que, como nosotros nacimos piqueteros, nos vamos a quedar toda la vida acá -razona Graciela Chopinet-. A veces nos cuesta muchísimo, a los sectores de izquierda, poder ver los cambios de coyuntura. Es una maduración”.

¿Qué cambió coyunturalmente para considerar lo electoral una maduración?

En el 2001 estaba toda la institucionalidad desprestigiada, rota, y eso desde el kirchnerismo se recompuso. Mantenerse haciendo lo mismo que en el 2002 no tiene sentido, porque hay un pueblo que está pensando diferente en una coyuntura diferente: se reconstruyó el tejido institucional, y se volvió a legitimar la actividad política tradicional.

¿Es una consecuencia del proceso histórico o una batalla perdida de los movimientos?

Claramente en 2001-2002 no teníamos una organización fuerte para poder capitalizar y aunar esas luchas. Fue una movida espontánea, enorme, y ninguna organización estuvo en condiciones de hacer lo que hizo PODEMOS en España, por ejemplo. Las organizaciones sociales, en ese momento, eran bien nuevas. Incluso, creo que nos sorprendió, más allá de que muchos participamos en esas movidas. Vos me decís: ¿fue una batalla perdida? Fue un triunfo claramente del enemigo. Ellos pudieron reconstruirse y nosotros iniciamos un camino que, también, tuvo mucha atomización, cooptación y hegemonía construida desde el gobierno. Muchos movimientos sociales se pasaron al kirchnerismo o se produjeron rupturas en los movimientos.

¿Cómo mantenerse con cierto grado de autonomía y generar una ruptura con una política social que, como marcás, sirvió como instrumento de cooptación en algunos movimientos?

Nosotros siempre hemos visto a las políticas sociales como un peligro que, como tal, hay que trabajarlo política e ideológicamente. Es muy complejo, porque si hablás de las reivindicaciones que un trabajador puede conseguir en su fábrica, eso es una conquista; o cuando no hay trabajo, si conseguís un subsidio, eso es una conquista. Entonces, si la ves como una conquista y la transformás como una herramienta de lucha, es mucho más difícil que caigas en esa lógica. Ahora, ¿hubo cooptación? Sí, ha pasado. Cuando el gobierno lanza los planes sociales, los lanza claramente para apaciguar el movimiento social, las luchas, para repartirlo entre los punteros. Tomarlos como una conquista y un derecho que tenemos es el desafío para los movimientos políticos y sociales.

El Estado de las cosas

Desde Barrios de Pie y Libres del Sur, la postura es similar: el Estado tiene un lugar importante en el desarrollo de estos espacios de economía autogestiva, y la capitalización de las políticas sociales por parte de los movimientos es una de las variables para la consolidación autónoma. Pregunta: ¿no se corre el riesgo de que, entonces, los problemas estructurales queden reducidos simplemente a una lectura de “mala administración” de los recursos por parte del Estado? “Tenemos que dar un debate como movimiento al masivo de la sociedad para que se entienda que las políticas sociales son parte de una discusión por la redistribución de la riqueza en términos generales”, sostiene Nora Cervantes, que ejemplifica con Mandarinas. “El Estado tendría que intervenir mucho más ahí para cambiar la estructura de la industria indumentaria, que está sostenida bajo un sistema donde el 70 por ciento de los talleres trabajan de manera irregular. ¿Cómo hacés para competir con eso si no tenés una asistencia del Estado metiéndose a pleno en la industria textil? Podemos inventar un montón de cosas, pero también tenemos un límite, porque esto no es sólo una cuestión de recursos, sino de política de trabajo. Hay que pensarlo así: no en términos de asistencia, sino de cómo destrabar una situación compleja para generar trabajo”.

Olga, una de las mujeres que trabajan en la cooperativa, comparte esa postura. “Lo que hacemos es producir el trabajo y relevamiento social que tendrían que producir los que están gobernando. La gente se está volviendo a quedar sin trabajo, y eso es lo que reclama”, apunta.

Cervantes destaca que una política social tiene que servir como motor del proyecto económico. “Si es simplemente un paliativo, es un problema -señala-. Hay todo un sistema de asistencia social que, ante la pobreza, es importante que exista, pero lo que hoy se está reclamando es que haya una política de empleo real, genuina, que le de dignidad a los compañeros y compañeras, y sientan que por su propio trabajo se están ganando el futuro. Se generan planes de cooperativas, pero no alcanza. Por eso hay que discutir y criticar porque el Estado tiene que ponerse en acción”.

Perder el tiempo

«Mi postura es que ir a gestionar subsidios es perder el tiempo -afirma Tamara Rosenberg, de La Alameda-. En el tiempo que estoy yendo y viniendo con papeles para aquí y para allá prefiero sentarme a pensar una estrategia comercial, captar a un cliente o generar un proyecto genuino”. Rosenberg confiesa que no todos sus compañeros y compañeras piensan de la misma forma. “Podríamos haber conseguido un montón de subsidios, pero no quisimos”, dice. ¿Por qué? “Te ponen la zanahoria ahí y perdés tiempo que podías haber utilizado en la generación de algún otro emprendimiento. También tiene que ver con los valores del grupo. Ninguno de los que estamos desde el principio transó ni va a transar con nada. Algunos se han ido con los sucesivos gobiernos porque prefirieron tener un puesto a seguir peleando desde donde estamos”.

Rosenberg explica que la cooperativa se sustenta con los ingresos que recibe por sus trabajos. “No tenemos subsidios. De hecho, ni siquiera quisimos trabajar para el gobierno con los guardapolvos. Preferimos una cantidad mediana/grande de clientes medianos o pequeños que depender de un gran cliente que, si lo perdemos, te cuelga el pago y vos les colgaste el alquiler a 12 personas. Esas son las contras”, argumenta. Mundo Alameda, la marca de la cooperativa, lleva adelante junto a otra cooperativa textil de Tailandia, Dignity Return, diseños bajo el logo No Chains (Sin Cadenas). “Estamos queriendo que se incorporen otras para ofrecer más variedad de productos. Se sumaron Filipinas, Hong Kong e Indonesia, y otras cooperativas argentinas”, cuenta.

En este contexto, ¿cómo repercutió la decisión del titular de La Alameda, Gustavo Vera, de sumarse como legislador porteño al Frente Amplio-UNEN? “Tuvimos dos millones de reuniones y todos teníamos que estar atentos a que nadie se vea tentado por nada. No queríamos estar mezclados en una lista sábana. Si íbamos a participar, lo íbamos a hacer desde nuestras convicciones y valores”.

El invierno que viene

Graciela Chopinet, del Frente Popular Darío Santillán, asegura que muchos movimientos sociales derivaron en ruptura durante esta década. “Como el sujeto social al que apelabas reclamaba planes y alimentos, a medida que los compañeros iban consiguiendo changas, las organizaciones se desgranaban”, explica. Por esa razón, muchos movimientos comenzaron a diversificar los trabajos: abrieron diversos emprendimientos productivos, bachilleratos populares, proyectos. ¿Cambió el sujeto político a lo largo de estos años? Chopinet: “Lo que cambia es la característica del trabajo de acuerdo a la coyuntura. En los 70 era el trabajador industrial y en los 90 era el desocupado. Hoy empieza a haber de nuevo luchas en diferentes sectores, pero no se ve un sujeto como eran los piqueteros en su momento o los obreros industriales en los setenta”.

Tamara Rosenberg pone el acento en otro de los movimientos emergentes de 2001: las asambleas barriales. “La mayoría de las asambleas se disolvieron. Quedó un germen en algunas, hicieron cooperativas, se convirtieron en centros culturales, pero ya no quedan muchas asambleas de aquellas”, remarca, en referencia a los escenarios de discusión política barriales que nacieron fuera de las estructuras partidarias y políticas tradicionales.

Rosenberg resalta que, durante el último tiempo, ayudaron a conformar nuevas asambleas. “Muchas nacían por pedido de más seguridad. Nosotros tratamos de mostrar que la solución no era más policías en la calles, sino combatir a las mafias”, sostiene.

Nora Cervantes, de Mandarinas, apunta: “Hay una parte que nos corresponde a las organizaciones sociales de cara al futuro, y es mostrar lo que estamos haciendo. Porque si hay muchos recursos del Estado dando vuelta que caen en clientelismo, hay que discutirles al Estado y a la sociedad que necesitamos trabajo y cómo queremos hacerlo”.

¿Cuáles son las perspectivas a un año de las elecciones? Chopinet: “Creo que lo que se viene, más allá de los matices, no parece alentador. Parece que la salida va a ser por derecha. Y no soy de las que cree que cuanto peor, mejor; no creo que porque vaya a haber un gobierno más represivo y de derecha, la tengamos más fácil. Sí me parece que, después de todas estas luchas, empieza a haber una maduración, una conciencia en las organizaciones. Porque el pueblo siempre lo tuvo claro, las organizaciones, no. Ahora, pareciera que hay cierta maduración y se están dejando de lado las mezquindades”.

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