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Contra golpes: Autodefensa

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El profesor Salvador Oliva enseña una técnica creada para situaciones de ataque callejero. Su historia personal lo llevó a compartir lo que aprendió con mujeres abusadas.

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Un grupo de mujeres se reúne para aprender a pararse en posición de pelea, cubrirse la cara con los puños y tirar golpes. Se visten con casco, pechera, rodilleras y guantes de box y se disponen a desarmar a un hombre dispuesto a atacarlas con un cuchillo, un palo o un arma de fuego. ¿Van a una guerra? Algo así: se preparan psicológica y físicamente para defenderse de la batalla de abusos que pueden ser la casa o la calle.

Así comienza el taller de defensa personal femenina a cargo de Salvador Oliva. Cada clase es un sin fin de aprendizajes corporales y de vida.

Salvador maneja un combo de saberes muy completos: yoga, reiki, actuación y las más variadas artes marciales. Con todo eso busca un objetivo claro: lograr que mujeres de cualquier edad desarrollen herramientas para saber cómo actuar en el momento más temido. ¿Cuál es? Un ataque de violencia sexual, confiesan ellas.

En sus talleres se puede aprender desde patear directo a la entrepierna hasta esquivar un palazo. No importa si sos experta en boxeo o nunca hiciste actividad física. El objetivo es, con lo que ya sabés, potenciar tácticas para desarmar a alguien o sacarte un cuerpo pesado de encima.

Lo que sabe el profe

Salvador enseña a defenderse y a pelear porque está convencido de que eso sirve para calmar los fantasmas que nos atraviesan y persiguen. Me cuenta con mucha valentía y sensibilidad: “Yo venía de experiencias de abuso, por eso cuando aprendí a pelear sentí un poder que nunca había tenido y lo quería usar para ganar cosas: torneos, competencias. Después, empecé razonar más dónde poner ese conocimiento, transmitirlo”. En el secundario hizo una vaquita para comprarse sus primeros guantes de box y enseñarle a pelear a un amigo. Este primer paso en el mundo de los golpes le enseñó que se podía canalizar esa violencia que nos atraviesa a todos con otro objetivo: defenderse si alguien lo quería lastimar.

Dice que esa historia que lo atravesó desde muy chico y lo llevó a conocer el universo de las artes marciales es la que hoy resignifica para entrenar a personas con historias similares. “Fui desde un camino de la sublimación de mis propios traumas a uno que hoy es para mí un multiplicador de experiencias. Me entusiasma poder a ayudar a alguien que después de haber vivido una situación de abuso tiene el coraje de aprender a defenderse para no volver a estar en esas condiciones. Me emociona que una persona con esos fantasmas venza sus miedos y se sienta segura. Me encanta ver cómo logra superar sus propias limitaciones físicas y psicológicas constantemente”.

Salvador señala que vivimos en una sociedad extremadamente violenta que soportamos constantemente y en distintas formas: humillación, insultos, malos tratos y prepotencia, entre otras. Por eso hay un eje que aprendió de las artes marciales que le interesa transmitir en forma clara: la lucha es parte del movimiento de la vida.

Explica, luego, que esa lucha no siempre es cuerpo a cuerpo, sino que está en un montón de lugares y en un montón de sentidos. “Para mí todos deberían saber luchar. No hay que negar ni huir de la violencia que todos tenemos. El mundo es violento y esa violencia tiene que circular y hay maneras de hacerlo más éticas que otras”. Si negamos  y reprimimos esa violencia, razona Salvador, se gesta adentro nuestro y toma otra forma. Esas formas pueden ser variadas según la persona: una contractura, una enfermedad o la descarga hacia otro más débil, porque nunca aprendimos a controlarla.

La técnica

La primera formación técnica de Salvador fue el Hapkido, un arte marcial coreano. Su primer entrenador tenía 60 años, había peleado en Malvinas y, a su vez, aprendido la técnica de un ex combatiente de Vietnam. Descubrió así que todas las artes marciales tienen una funcionalidad militar. Se crearon en un contexto social e histórico en el que se requerían métodos capaces de formar a una población entera. Advierte: “Esas artes no sirven si lo que buscás es defenderte en la calle. Si te venden que sí, te están mintiendo. Hoy en día buscás defensa personal y te venden Krav Magá porque es una moda imperialista. Es un arte marcial creada por israelíes para usarla en su guerra contra Palestina. Ésta, como otras artes marciales, son técnicas que biomecánicamente son posibles, pero que en una situación de peligro sólo las pueden utilizar bien personas que se dedican a eso al cien por cien. Son técnicas muy difíciles de practicar en velocidad de ataque, porque no tienen base en nuestros movimientos instintivos”.

En el Sistema Evolutivo de Pelea -EFS, según las siglas en inglés de la técnica que implementa Salvador- el motor de los movimientos es el instinto humano de defensa. El maestro que lo instruyó es un custodio italiano que aprendió, a su vez, de un maestro que fue alumno de un discípulo de Bruce Lee. Este sistema tiene -como legado del propio Bruce Lee- la particularidad de no llevar a la práctica una única forma de pelear. Lo más importante es el objetivo que uno quiere lograr y en función de eso, aplicar la técnica adecuada. Es un sistema que busca saber cuál es el cuerpo que combate y qué movimientos necesita aprender en función de eso.

La particularidad del maestro de Salvador es que creó -con todo esto que aprendió de esa rama de las artes marciales- un método aplicable en la calle y por cualquiera. ¿Cómo lo logró? Le sumó el estudio de los movimientos que nuestro cuerpo hace por instinto en una situación de peligro. Esta forma de entrenamiento se adapta a la historia y tipo de cuerpo del alumno o alumna y tiene como base los siguientes principios:

El estudio de los movimientos instintivos en momentos de estrés.

Todos los movimientos se prueban en el contacto con protección.

Se busca generar la situación de estrés más similar a la real posible.

La idea principal es conocer todos los factores físicos y emocionales que se producen en una situación de ataque, ponerse en situación una y otra vez hasta que salga, y así superar los propios límites. “Trabajo en forma muy personal. Varía mucho lo que enseño y hago según la persona: su historia, sus atributos y potencialidades. Con entrenamiento y mucha práctica se puede aprender a preveer de dónde viene el ataque y cómo accionar. La única manera de aprenderlo es practicarla, con protección, en una pelea. Se prueba todo en velocidad real. Para eso me sirve mucho ser actor: genero el estrés para llevar a las personas al lugar incómodo, al que temen, porque es dónde tienen que aprender a estar, manejarse y defenderse”.

El objetivo

Otro punto que observa con atención Salvador es el motivo por el cual esa persona llega a sus clases: si realmente es para aprender a defenderse o para ejercer su violencia contra el profesor y sus compañeros. “Esas personas tienen que ir a otro lugar donde haya un consenso de ese tipo de violencia. Si a mí me gusta cagarme a trompadas, tengo que ir con otro al que también le gusta lo mismo y subir los dos a un ring, con un reglamento. No es el objetivo de mis clases”.

Salvador señala que hay dos elementos con los que la sociedad nos complica la defensa en caso de ataque: la autoestima y el peso. Él señala que sus alumnas y alumnos con baja autoestima no creen en ellos mismos y sus potencialidades, entonces les cuesta mucho más superar sus límites que a alguien que se quiere así mismo. El maltrato de la autoestima es un arma poderosa para el atacante.

Por otro lado, el peso. Una tiene más fuerza cuánto más pesa y más grasa corporal tiene. Todas las dietas y formas de cuerpo que nos vende el mercado nos hacen más frágiles frente a un posible ataque.

Por último, Salvador nos enseña a desconfiar de las armas: “En primer lugar, porque puede pasar a manos del atacante en dos segundos y ser utilizada en nuestra contra. Pero fundamentalmente porque tener un arma implica tomar la decisión de usarla. Entonces, debemos ser concientes de que estamos cruzando un peligrosa raya”.

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