#NiUnaMás
Una película de terror: Sayak Valencia, teórica feminista

La autora de Capitalismo Gore repasa en esta entrevista la actualización del impacto de la necropolítica a diez años de aquel libro, pandemia mediante y comparando a México con los territorios latinoamericanos. La complicidad estatal, la geopolítica mundial y las series de Netflix como una forma de moldear subjetividades. El trabajo de las víctimas y el transfeminismo para proponer proyectos de vida en medio de un modelo de muerte. Por Inés Hayes y Melissa Zenobi.

Capitalismo Gore cumple diez años: después de una década y pandemia mundial mediante, ¿cómo se actualiza el impacto del necrocapitalismo en la vida de los pueblos?
Capitalismo Gore se publicó hace diez años, pero lo escribí entre 2006 y 2009, entonces ya tiene prácticamente 15 años. “Capitalismo Gore” era una definición que yo hacía sobre un problema muy específico como era el narcotráfico en México, como un problema de género vinculado con la colonialidad y con la espectacularización de la violencia y una serie de cuestiones más amplias. Pero diez años después, el necrocapitalismo -el capitalismo que se alimenta de las industrias de la muerte- se actualiza constantemente, y el impacto en la vida de los pueblos se va acrecentando de una manera muy tangible a partir de las crisis económicas, como la de 2008.
De alguna manera el capitalismo gore se sigue alimentando de sangre pero ha ampliado, o más bien, ha vuelto a la explotación de material de los bienes comunes; en términos de Silvia Federici, tierra, agua, recursos naturales. Y ya no es una cosa que únicamente tiene que ver con criminalidad armada o el narcotráfico, sino también con una explotación neocolonial de los territorios, de las personas y de las potencias incluso afectivas de las personas. Entonces las economías de la muerte, como podríamos traducir el capitalismo gore en nuestros días, se han ensanchado y con la pandemia ha sido más evidente porque se ha dejado muy claro quiénes merecen vivir y quiénes se dejan de lado. Quiénes son trabajadores esenciales, qué significa ser trabajadores sacrificables que van a poner el cuerpo, que van a poner la vida para salvar a otros, en una pandemia que tiene un tinte geopolítico higienista, pero que en el fondo sustenta un modo de producción que se alimenta de sangre y de la destrucción del cuerpo de otras personas que le dan sentido y plusvalía a ese capitalismo sangriento. Yo creo que la pandemia nos actualiza las lógicas del capitalismo gore porque las amplía, amplía esta vulnerabilidad a los sectores, clases y a toda la geopolítica mundial, y no queda únicamente en los sectores marginalizados económicamente, por raza y por género.
Aquí, con la pandemia, nos damos cuenta de quién sostiene el mundo y cómo se sostiene: desde el cuidado y no desde la economía formal, sino desde una economía de los afectos, de las solidaridades que están en contraofensiva ante este capitalismo de muerte.
¿Cómo se relaciona la necropolítica con los femicidios?
El capitalismo sangriento y espectacular que yo estudio está muy vinculado con el femicidio y con la máquina feminicida porque de alguna manera la masculinidad de la necropolítica es aquella masculinidad que ejerce violencia de baja y alta intensidad. Pero que también ejerce violencia como un modo de restitución simbólica del orden masculino: utiliza el cuerpo de las mujeres para explotarlo a través de la reproducción del trabajo no pago -que la pandemia dejó exponencialmente visible, porque incluso hablamos de triple jornada- para muchas mujeres y poblaciones femeninas que son las que se hacen cargo del cuidado de los y las niñas, las personas mayores, las casas y todo lo que ya sabemos.
Lo vinculo con este orden de masculinidad necropolítica o violenta que puede y tiene el poder de matar a otros, y en este caso a mujeres, para poder alimentarse del control sobre estos cuerpos y para dar una lección y una pedagogía a otros cuerpos femeninos que buscan también autonomía, libertad, derechos. El capitalismo gore utiliza la máquina feminicida para agenciarse derechos sobre el cuerpo de las mujeres, y el feminicidio tiene todas las variables para pensar que es un crimen de género, por el hecho de ser mujeres, pero también es un crimen que trabaja a nivel simbólico restituyendo las potencialidades y las potencias que tiene el género masculino de vida y muerte sobre las mujeres. De alguna manera el capitalismo gore y la máquina feminicida hacen que el pacto patriarcal siga siendo posible a través de un aleccionamiento atroz, con una pedagogía de la crueldad -en términos de Rita Segato-, para conseguir que las cosas se queden donde están, porque no se está buscando la justicia social. Y esto está muy alimentado también por el Estado y su incapacidad de garantizar derechos a las mujeres de vivir una vida libre de violencia.
¿Qué rol cumple el Estado, pensando fundamentalmente en la policía y el Poder Judicial, en la trama que define a la necrocapolítica?
En el Estado Mexicano tenemos un problema de feminicidios desde hace varias décadas, al menos tres, y sabemos que fue en Ciudad Juárez donde empezó a denunciarse, pero la impunidad estatal y el machismo institucionalizado ha hecho que las cifras de feminicidio en pandemia se hayan acrecentado más de lo que estaban antes de la pandemia. Estamos hablando de 12 feminicidios al día, cuando el año pasado eran entre 9 y 10. De alguna forma el capitalismo gore se alimenta de sangre, pero también de dividendos de género, de raza y de geopolítica para poder seguir manteniendo en el poder este tipo de distopía de género y en contra de las mujeres y las personas vulnerables. El feminicidio sería la parte más visible de este entrecruce entre colonialismo, machismo, Estado impune o corrupto y economías de la muerte.
¿Las mujeres en México pueden denunciar la violencia ante los poderes del Estado? Porque en Argentina muchas veces no toman las denuncias, las desestiman y cuando las toman las medidas de protección no se cumplen o no son suficientes.
En México también es así, y hay muchas que ni siquiera denuncian porque el caos que hay en los ministerios públicos para denunciar, incluso el robo de un celular, es kafkiano. A las víctimas o a las sobrevivientes de intentos de feminicidios, o a los familiares que van a denunciar, con pruebas incluso, se las revictimiza, se cuestiona a las víctima, de hecho las autoridades del Estado en México han tenido una actitud muy torpe de desoír las recomendaciones de las abogadas feministas y grupos de Derechos Humanos y de negar la importancia de procuración de derechos a las mujeres. La verdad es que vivimos en un Estado machista, y sus bases están en una cultura machista que hace que la noción de Estado y la idea de nación en México estén basadas en fundamentos culturales sobre la superioridad masculina y guerrera, y en detrimento de las mujeres: las personas racializadas, los gays, y todas las personas que no detentan el pacto patriarcal y masculino, son consideradas menos valiosas.
Ahora estás estudiando puntualmente el efecto de la espectacularización de la violencia en las series de moda, así como en Capitalismo Gore ya hablabas de Los Soprano, ¿cómo ves que se actualiza la idea de la necropolítica respecto a la industria cultural de moda, de Netflix a Hollywood, pasando por las variantes locales?
Esto es bien importante. El análisis de series y películas que yo hacía de los primeros 2000 (2006, 2007, 2008) indicaban que había una influencia que de alguna forma se podía contrarrestar porque había muchos insumos culturales que no pertenecían a la inmediación de la serie, pero ahora, en la última década, las series y las plataformas de distribución de contenido y de entretenimiento como Netflix y otras, se han vuelto el único espacio de ocio y además, acelerado por la pandemia, la gente consume muchísimas series. No digo que ver una serie te va a transformar en alguien específicamente, sino que lo que se está haciendo con trabajo de producción de subjetividad y sensibilidad es normalizar desde hace muchísimo tiempo la violencia, y sobre todo normalizar la violencia contra ciertas poblaciones. Esto hace que el shock que debería ocasionar que una persona sea asesinada por su condición de género, o de clase, o de raza, ya no cause ningún tipo de shock, porque hay un anestesiamiento social donde ver a mujeres destrozadas en las películas o en los programas forenses -que han tenido mucho auge desde principio de los 2000- ya sea normal. Cada caso policíaco es una mujer asesinada, y a veces el caso se resuelve y a veces no, pero la cuestión es anecdótica, porque el femicidio está construyendo una mirada patriarcal necropolítica normalizada.
Películas como Match Point, que es una película de Woody Allen de 2005, no se trata de feminicidio y sin embargo es una película de feminicidio porque matan a una mujer y no pasa nada, porque eso ocurre en una situación normal, y se considera una obra de arte, y nadie da cuenta de que hay un feminicidio. El Guasón, que salió el año pasado, es una película que muestra la historia de un hombre con problemas de salud mental. Si bien es muy buena y podemos decir muchas cosas de ella, a mí me llamó la atención la violencia contra las mujeres que se ve allí: el asesinato de la madre por parte de este hombre, sin ningún juicio moral; hay una mujer asesinada, violentada sexualmente que luego ya no aparece. Hay una ruptura de todos los logros que se han hecho por parte de las gramáticas feministas donde se toman como importante el dolor de la masculinidad fragilizada y precarizada, pero las mujeres seguimos siendo un botín de guerra que puede aparecer de manera anecdótica en cualquier tipo de narrativa, y donde si hay un asesinato de mujeres o de personas afro, no sucede absolutamente nada. Esto es lo que yo denomino necroscopía, que es la normalización y glamourización de la muerte de ciertas poblaciones o del placer que se encuentra en el consumo de estas imágenes, pero se borran las responsabilidades de quienes cometen los asesinatos y sobre todo se espectraliza a las víctimas y se las revictimiza. Creo que en la cultura contemporánea de las series y otros productos culturales hay una especie de necropop o de normalización de la muerte de ciertas poblaciones que constituyen una atmósfera visual que neutraliza cualquier consecuencia y normaliza la violencia contra las mujeres y diferentes poblaciones fragilizadas. En ese sentido, la necroscopía causa un anestesiamiento social que impide las alianzas para la búsqueda de justicia social para las mujeres y de los derechos humanos para la población en general. No digo que sea lineal, pero sí digo que los insumos y productos culturales constituyen y apoyan a una subjetividad capitalista basada en la normalización de la violencia, en la espectacularización de las muertes y en la desresponsabilización de los agresores.
¿Cómo trabajan ustedes, o cómo has visto que trabajan las víctimas, para romper con esta política de la muerte y plantear proyectos de vida? ¿Cuánto tienen para aportar los movimientos feministas en este sentido?
El movimiento feminista es un movimiento social de larga data pero también es un movimiento epistemológico, es decir, que construye una forma de conocimiento, una teoría y una forma de práctica política y social desde hace muchísimo tiempo, pero de manera muy intensiva en América Latina el último siglo, nos ha dado gramáticas por la justicia social donde se hable de la consecución de derechos a través de una conceptualización muy específica de ponerles nombre a las violencias, de ponerles datos a estas vulneraciones y modos de entender el mundo y que además sirven no solamente para las personas que se identifican con el feminismo, sino para la gente en general. Es decir, el feminismo y los feminismos han armado una gramática de resistencia junto con otros movimientos antirracistas, antifascistas, movimientos por la tierra, movimientos politizados por la justicia social, para hablar de la posibilidad de una igualdad de derechos para la mayor parte de las poblaciones y también de una autonomía del cuerpo. Lo que han hecho los distintos feminismos es una contraofensiva discursiva y social que ha tenido frutos, por ejemplo en Argentina con la legalización del aborto, que ha sido una victoria y una inspiración para toda Latinoamérica. Pero también ha logrado crear una sensibilidad feminista, y en las gramáticas por los derechos sociales es imposible no pensar ya en las demandas de los feminismos para las mujeres y personas feminizadas en una agenda que presume la búsqueda de derechos humanos. Ese tipo de calado ha tenido la gramática feminista y la práctica feminista. Y también nos han enseñado que se puede luchar sin armas, que las armas conceptuales, las redes de afectos y las solidaridades y todo aquello que mantiene al mundo funcionando, son las redes afectivas, las redes de comunidad, y eso el feminismo lo ha estado poniendo sobre la mesa una y otra vez, incluso el feminismo marxista de los ‘70, cuando Federici habla del trabajo doméstico y de cuidados no pagado, y que ahora se ha visto que es lo que sostuvo al mundo durante la pandemia, con una crisis de salud y económica muy importante y una crisis psicológica que va a venir muy pronto.
El feminismo ha dado esa red de afecto, pero también de comunicación de una idea de igualdad sustantiva para las mayorías de las poblaciones de Latinoamérica, con unos tintes muy específicos que no son aplicables en todos los contextos, pero hay una sensibilidad feminista que compartimos en la mayor parte del mundo desde diferentes lugares. Por otro lado, también hay una contraofensiva que yo denomino una sensibilidad regresiva que tiene que ver con el conservadurismo, pero también con ciertas ramas de las izquierdas, de los movimientos antirracistas que se niegan a soltar los privilegios que se tienen sobre las mujeres. Los feminismos son el sujeto político del momento contemporáneo, por eso en la agenda conservadora se ha comprendido como el enemigo público número uno. Pero hemos logrado modificar un montón de cosas, y también están inspirando a las poblaciones más jóvenes a través de la memoria histórica para decir que las cosas para que puedan existir más allá de su materialidad, hay que saber nombrarlas de manera específica para que tengamos una forma de comunicación específica y que podamos crear una especie de nueva forma de vida, que sea con justicia por las mayorías y que esté atravesada por las gramáticas feministas. Lo que ahora mismo el feminismo con sus alianzas transfeministas está haciendo es demostrar que podemos romper muchas de las alianzas que habíamos suscrito sin haber sido consultadas. Los feminismos son parte del movimiento de resistencia pacífica organizada.
La pandemia nos está llevando a ver que los feminismos son fundamentales si queremos que el mundo futuro sea posible para las mayorías, sin discriminación y sin violencia para las poblaciones.
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: Nanny Pelazzini/lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema?
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nanny Pelazzini/lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nanny Pelazzini/lavaca.org
#NiUnaMás
El 3J porteño: Vamos

Por Claudia Acuña
Fotos: Juan Valeiro
Muchas: eso fuimos. Muchísimas más que la última vez y ojalá que menos que la próxima, o mejor: que no sea necesario una próxima. Que al fin podamos descansar y dedicarnos a otra cosa en lugar de escribir con marcador en un cartón: “Ayer estaba viva. Hoy mi hermana es la foto de este cartel” o salir del trabajo donde estamos paradas ocho horas por dos pesos para sumarnos últimas, con lágrimas regando las mejillas y la convicción de exigir justicia por la compañera que acuchilló su novio hace dos días, en ese femicidio que en la tele informaron como resultado de “una infidelidad”. Con esa orfandad de sensibilidad y respeto, que abona el permiso social para carnear mujeres están hablando en los medios de Noelia, 30 años, de Temperley, la compañera de este grupo de chicas que no pueden decir dónde trabajan porque la firma se los prohibió. “Ella ya lo había denunciado porque sufría su violencia, se había separado y ese día iba a sacar sus cosas de la casa. Él le dijo que no iba a salir viva de ahí, la tomó de rehén y ella pidió ayuda al 911, la policía demoró y cuando llegó no supo cómo intervenir: fue peor”, cuentan temblando. Masacradas primero, criminalizadas luego, silenciadas después, lo que queda es estar ahí con los carteles escritos a las apuradas y el llanto incontenible, al final de la concentración que un grupo decidió que no sea marcha ni disponer de lugar donde el dolor de las familias descanse (aprendan de Córdoba, orgas porteñas), pero no importa porque no es lo importante.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
A pocas cuadras y sobre Hipólito Yrigoyen están las madres de Brenda y Morena, dos de las tres masacradas en el triple narco femicidio agradeciendo que la multitud las abrace y sin esperar –ni ellas ni la multitud– ser referente de nada ni vocera de nadie: ser una más es ser Ni Una Menos.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
A metros del cine Gaumont no es la casualidad sino la fuerza de esta marea la que hace chocar a la actriz Laura Paredes con Teresa Laborde. Laura interpretó a su mamá –Adriana Calvo– en la película Argentina, 1985. Teresa es lo que allí se contó: la nena que nació en un Falcon Verde, hoy una bella y luchadora mujer: su sonrisa es el símbolo de una victoria social y el abrazo entre ambas es la postal de la inquebrantable alianza entre el arte y la memoria. De ese caudal abreva esta marea. Somos las hijas y las nietas de la batalla por la justicia.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
“Estoy en contra de todo gobierno que quiera sacarme mis derechos” enarbola una chica con capacidad para sintetizar lo que este movimiento expresa políticamente.
“Faltan 10 femicidios para que empiece el Mundial” es el mensaje impreso en una hoja A4 que reparte una señora.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
“Merecemos vivir sin miedo”, gritan ambos carteles que traen desde Avellaneda Luna, 9 años, y Tatiana, 18, sobrina y tía, mientras caminan la Avenida de Mayo de la mano y cuentan que esta es su primera vez. “Hablamos ayer con mis hermanas. Nos escuchamos. La verdad es que este gobierno se está pasando de la raya con este tema. Yo le conté que todos los días camino por la calle con un ojo en la espalda. Ninguna queremos que ella crezca así. y decidimos que teníamos que estar. Ellas trabajan y no podían venir, pero decidimos que nosotras sí y ahora están pendientes del teléfono para saber si estamos bien. Y estamos bien porque hay mucha gente por suerte”.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
Mucha gente, sí. Muy joven en su gran mayoría, más varones que otras veces, también y pocas columnas de organizaciones, la mayor parte ocupando la primera fila de lo que calculan el foco de las cámaras. El ancho resto, que desborda la plaza y riega Avenida de Mayo hasta la 9 de Julio, está poblada por las incontenibles gotas de esta marea que emerge con el grito que transforma el dolor y la tristeza en organización y rebeldía.
Quizá no sea una suerte, pero casi.
Quizá eso que grita Ni Una Menos sea la providencial expresión de un acto de fe en ese nosotras que nos impulsa a salir a las calles de todo el país sin especular con que esté garantizado de antemano para acudir: vamos.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
#NiUnaMás
El Cordobazo del Ni Una Menos

Por Bernardina Rosini, desde Córdoba.
Así se hace.
Desconociendo si hay un documento o un escenario, ni siquiera preguntándonos al respecto.
Con la familia de Agostina encabezando, siendo abrazada.
Con una ofrenda hacia ellos y todas las víctimas, con sikuris sonando antes de empezar a caminar. Con madres nuevas, con hijas que nunca habían venido antes, con amigos de los barrios, con organizaciones, y sueltos.

La bandera, el símbolo en las calles cordobesas. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
Con los ojos de Agostina Vega.
Bajo la lluvia, cubriéndonos entre todas. Entre todos, con ellos también. Varones, padres de familia, novios y compañeros, niños. Bajo paraguas, bajo el agua. Gritando y en silencio.
Con desorden, escuchando a quienes están al lado, leyendo aquel cartel.
Llorando juntas. Sin jet set, sin star system del activismo. Poniendo el cuerpo, diciendo cosas como “no encuentro una palabra sencilla para describir este punto de hartazgo”.
Señalando a la justicia, a los femicidas.
Con los ojos de Agostina.
Perdiéndonos siguiendo con la batucada. Agitando nuestros trapos. Caminando durante cuatro horas esas diez cuadras. “Yo sabía, yo sabía, a los femicidas los cuida la fiscalía”.

Ni la lluvia ni la noche ni la tristeza detuvieron la manifestación. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
Quemando lo que haya que quemar, los señalamientos a la madre de Agostina, los rostros, las violencias. La desidia. El desprecio. Una chica me dice que ella y sus hermanas lograron que su madre pueda dar el paso para divorciarse, porque el padre la estrangulaba.

Familiares de Agostina Vega encabezando la marcha. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
Y había gritos por Delicia. ¿Dónde está Delicia Mamaní? ¿Por qué no la buscan? Y se marchaba con una bandera con el nombre de cada una de las víctimas de femicidio de estos once años, llevándola amorosamente entre varias, escuchando a Miguel, el abuelo materno de Agostina, agradeciendo que hay familias marchando hace once años. Reconociendo lo bien que nos hace estar juntas y juntos.

Los ojos de Agostina. Los ojos que nos miran. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
Abrazando. Haciendo justicia a fuerza de calle.
Con los ojos de Agostina.
Córdoba, así se hace: casi como empezando de nuevo.
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