Nota
Chomsky en el Gigantinho: la ciencia de la esperanza
La conferencia del célebre Noam Chomsky ante 15.000 personas que ovacionaron su percepción de que las cosas efectivamente empiezan a cambiar en favor de un mundo más volcado a la vida que a la muerte. Así cerró el Foro Social de 2003. Una ceremonia que le otorgó un nivel que justifica su eslogan.
El Gigantinho es lo que es: un pequeño estadio gigante, se supone que con capacidad para 15.000 personas. Pero este lunes, a las cuatro de la tarde, habría que haber sumado a las que estaban sentadas en los pasillos, las escaleras, los que estaban de pie, los que espiaban desde la puerta, los que se trepaban por la ventana. Toda esa gente participó de una ceremonia colectiva, en dos actos, traducida a todos los idiomas a través de los auriculares que retiraron previamente y sin pago en las ventanillas del estadio.
El primer acto fue una reunión, a lo largo de la mesa que ocupaba el centro del escenario, de los principales referentes de Israel y Palestina. No estamos hablando de funcionarios, sino de seres humanos: intelectuales y activistas de organizaciones que se abrazaron para sellar una declaración histórica. El texto de esa declaración llegó desde el auricular con lágrimas: la traductora -como todos allí- fue fiel no solo a las palabras, sino a los sentimientos que allí se comunicaban. Y dice, palabras más, lágrimas menos, esto:
«Nosotros, israelíes y palestinos, militantes de la paz, estamos decididos a perseguir la paz y eliminar la ocupación israelí de los territorios ocupados, crear un estado Palestino y consagrar Jerusalén como la ciudad capital de ambos estados; encontrar una solución justa a los refugiados y exigir a los gobiernos que pongan fin a la violencia de ambos lados. Paz Ahora».
El estadio, en ese momento, estaba de pie y unido mano con mano. Por los parlantes se escuchaba a John Lennon y esto que el alcalde de la ciudad anunció como un regalo de Porto Alegre al mundo hubiese sido perfecto, si no tuviese tantas otras cosas. En principio, la docena de hombres de negro que protegían en el escenario el abrazo de los firmantes de la declaración.
Luego, llegó una aymara integrante del movimiento Bertolina Sisa, desde Bolivia, con un mensaje del dirigente Evo Morales, invitado al cierre del acto, pero imposibilitado de viajar por los sucesos de los que pocos hablan: 9 muertos, 100 heridos y 1.000 detenidos, según informó la carta, por la represión a los piquetes que los cocaleros iniciaron para hacer oir sus demandas «en defensa de nuestra tierra y nuestro futuro».
Entonces, llegó el segundo acto.
Un hombre pequeño, de camisa celeste, anteojos grandes, casi anciano, entró al escenario y recibió la ovación de un ídolo de rock. Noam Chomsky, 74 años, estadounidense, lingüista, investigador del mayor centro de Ciencia y técnica del mundo, el mítico MIT, fue consagrado así como el líder intelectual del nuevo siglo. Del otro mundo posible.
Chomsky fue el encargado de dar la explicación, sin quererlo, cuando comenzó comentando a su compañera de panel, la joven escritora india Arundathi Roy, que a partir de ahora debería cambiar el título de aquel artículo que escribió hace un año sobre él, y que decía: «La soledad de Noam Chomsky». ¿Qué hizo posible que esa justa apreciación de Roy ahora quedara anacrónica y provocara risas? La valentía de Chomsky, el primer intelectual en nadar contra la corriente en pleno 11 de setiembre y en el corazón del Imperio. Esa honestidad intelectual, ese coraje, le reportaron tantas críticas, como aplausos ayer. No tuvo que esperar tanto tiempo para verse compensado. Apenas este larguísimo año, en que todo cambió.
El profesor Chomsky podría haber hecho cualquier cosa ayer, porque lo más importante ya había sido hecho. Sin embargo, eligió dar una lección. De muchas cosas. La primera, de antidemagogia.
Durante casi una hora, en inglés y ante un público que mantuvo los auriculares y la atención apretados para poder seguirlo, leyó un ensayo sobre todo lo que vio y entendió en este año. Es decir, brindó una lección que el silencio convirtió en misa.
«Estamos enfrentando un momento histõrico que tiene mucho de sombrío, pero también de esperanza. El poder proclamó en alta voz que tiene intenciones de gobernar el mundo por la fuerza. El Imperio expresó explícitamente que no va a tolerar ninguna competencia ni ahora ni en el futuro. Su doctrina no es nueva, pero nunca ha sido proclamada tan abiertamente y con tanta arrogancia.»
Luego, repitió en voz alta el título de la conferencia: «Cómo enfrentar al Imperio». Y contestó: «No pienso responder a esta pregunta porque ustedes conocen la respuesta incluso mejor que yo: creando un mundo distinto, sin miedo a la opresión.»
Luego, comentó lo que había hecho ayer: visitar uno de los campamentos del poderoso Movimiento Sin tierra de Brasil. Fue en el asentamiento de Maio y en un área de 850 hectáreas donde viven 46 familias. Allí plantó un cedro, comió arroz, recorrió el asentamiento y cuando partió recibió el elogio que mejor lo define: «Es el hombre más coherente que conocí», dijo su anfitrión. Joao Pedro Stédile, uno de los líderes del MST y de la Vía Campesina, organizadora de este visita de la que participaron 2.000 personas.
Chomsky no contó estos detalles a la multitud, sino las conclusiones que le dejaron.
«Ese es un mundo que nos brinda una esperanza. Este movimiento popular es uno de los más importantes del mundo y, por ellos, es que el Foro Mundial se celebra aquí». Esta fue otra de las lecciones de Chomsky: recordar -y con ello rescatar- el verdadero espíritu del Foro, su origen fundacional, su alma. En el último día de esta tercera reunión en donde tantos partidos politicos disfrazados -como lobos con piel de oveja- bajo las denominaciones más variadas intentaron «disciplinar» aquí y allá, con recetas y dogmas, a los nuevos movimientos sociales autónomos, esta mención de Chomsky no fue casual, sino central: no estamos aquí por obra del Partido de los Trabajadores, sino por el Movimiento Sin Tierra. La diferencia hace a la diferencia.
Luego, Chomsky contó otro viaje, realizado meses antes, al sudeste de Turquía, en territorios donde los kurdos viven bajo el terror de la violencia más salvaje, que Chomsky describió con escenas y datos precisos. Uno de ellos: Turquía fue el principal receptor de armas de los Estados Unidos hasta 1999. Ahora, ese puesto lo ocupa Colombia: «El país donde hoy más se violan los derechos humanos de todo el hemisferio, y el líder mundial del asesinato de trabajadores. Hoy en Colombia hay 20 asesinatos por día, el doble que hace cinco años».
Allí estuvo Chomsky hace unos meses y allí se encontró con el relato de otros campesinos que le contaron cómo la guerra química no sólo destruyó sus tierras, sino cómo asesinó a sus hijos, intoxicõ a las mujeres y contaminó su futuro. «La agricultura se basa en una tradición muy rica que se transmite, básicamente, de madre a hija. Es, entonces, sumamente frágil porque depende de la vida humana. Y podemos perderla en una sola generación».
Como en Bolivia, según le contaron esta misma mañana. Allí también las multinacionales entran, arrancan el carbón y el oro, y expolian la tierra con la agroexportación y las semillas de laboratorio.
«Así como Vía Campesina nos da esperanza, en todos estos países y bajo condiciones indescriptibles, hay gente que tiene el coraje de luchar por la justicia y la libertad. Eso también nos da esperanza porque enfrentan al Imperio allí donde está matando, torturando y destruyendo.»
En ese instante de su charla trazó, con dos rayas, los grandes temas que cruzaron a este foro. «Por un lado, la justicia global, entendida como la vida después del capitalismo, aunque no resulta tan claro que las especies puedan sobrevivir en este capitalismo por mucho tiempo. En segundo lugar, la guerra y la paz.»
Llegó el momento, entonces, de las «buenas noticias»:
«Así como en este Foro estamos llenos de esperanza, vigor y ánimo, las noticias nos hablan de que Davos no es precisamente una fiesta global como ésta. Davos y Porto Alegre están fatalmente relacionados. En la medida en aquí aumenta el ánimo y la participación, allí se ponen sombríos. Los fundadores de Fondo Económico Mundial de Davos han reconocido su derrota. O sea: ganamos nosotros.»
«Lo que nos queda por hacer ahora es recoger los trozos. Avanzar. Y crear la vida después del capitalismo».
Para no parecer ingenuo, Chomsky comenzó a citar los datos de tres encuestas realizadas en las últimas semanas, en donde a la cabeza de los rankings de confianza figuran los líderes de las ONGs y en las que los Estados Unidos es considerado la mayor amenaza para la paz mundial, por encima de Irak, Corea y Al Qeda. «Hacen muy bien los 30.000 asistentes a Davos en debatir como tema central de esta reunión, el tema de la confianza.»
Siguió, con el significado que para estos dirigentes tiene la palabra democracia. Y citó un concepto clave: el parlamento virtual que conforman los prestamistas que deciden las leyes de las democracias pobres.
Por supuesto, llegó el turno de arremeter contra el periodismo. Contó, entonces, que en el aeropuerto, camino a Porto Alegre, un periodista norteamericano le preguntó porqué era tan pobre la protesta contra la guerra dentro de los Estados Unidos. Apenas unos días antes, una manifestación de 500 mil personas se había pronunciado contra la guerra en Washington, los concejales de Chicago habían aprobado una declaración por 41 votos contra 1 y la Universidad de Texas, vecina a la finca de George Bush, había también suscripto una declaración anti guerra. No es suficiente, para determinados periodistas que ven sólo lo que quieren ver.
A Chomsky tampoco le pareció «muy revelador» comparar la situación actual con la guerra de Vietnam. En los 60, la protesta pacifista tardó años en madurar. «En cambio ahora se ha manifestado mucho antes de que se tire la primera bomba».
Describió la estrategia de la administración Bush. Primero, crear un monstruo, para luego presentarse como el salvador que todos esperan que se haga cargo de exterminarlo, aunque la realidad indique que «Saddam era mucho más peligroso cuando los Estados Unidos lo apoyaba, que ahora». La maniobra fue descripta «como una vieja estrategia de desviar el descontento que produce el poder creando otro enemigo».
Finalmente, y con el mismo medio tono con el que comenzó, Chomsky resumió en qué punto estamos parados. «Una mirada realista nos indica que hay muchas razones para tener esperanza, pero también que el camino es muy largo. Recién estamos empezando».
Arundathi Roy escribió un libro delicioso: El Dios de las cosas pequeñas. Ella también es pequeña y tiene la sonrisa divina, pero ninguna de esas cosas fueron las que le permitieron levantar a la platea varias veces y con adoración. Roy, con su energía, firmeza, indignación y fuerza representó no solo el futuro del Foro -que se hará en la India el próximo año- sino su cimiento. Su voz era la voz de esa generación que creó el movimiento, lo puso en la calle y lo empujó de arriba para abajo, hasta convertirlo en este plato sabroso que hoy muchos se disputan. Roy habló como lo que es: una aplicada alumna de Chomsky, con vuelo propio. «Este es uno de los momentos más lindos de mi vida. Estar aquí, en la misma mesa con una de las mentes más brillantes de nuestra época», dijo para contagiar a todos su entusiasmo.
Luego, se preguntó: ¿Qué es el Imperio? ¿Son los Estados Unidos, la Unión Europea, el Banco Mundial, El FMI, la Organización Mundial del Comercio y las corporaciones multinacionales? ¿O algo más? ¿Los nacionalismos, los fanatismos religiosos, el terrorismo, la violencia? Porque uno camina al lado del otro en este proyecto de globalización corporativa.
¿Cómo resistirlo? se peguntó después de hacer un repaso sobre la actualidad de su país (en el con que con la velocidad de un plan de ajuste, la democracia quedó convertida en nada). La respuesta: buenas noticias. «No nos va tan mal. En Bolivia, Cochabamba. En Perú, Arequipa. En Venezuela, el presidente Chávez se mantiene a pesar del esfuerzo del Norte, se mantiene. Y la mirada mundial se dirige ahora hacia la Argentina, que está tratando de renacer entre las cenizas, luego de la devastación. ¿Y cómo le ha ido a Enron, Arthur Andersen y todas esas compañías que este año fueron solo escándalos y malversación? ¿Y quién era el presidente de Brasil el año pasado y quien ahora? Aun así muchos de nosotros pasamos por momentos de desesperación o desaliento. Las bombas nos caen al lado, las patentes se están registrando, los recursos naturales se están devastando. No parece fácil esta batalla, pero hemos ganado algo muy importante. Hemos logrado desenmascarar al Imperio. Y al sacarse la máscara, lo vemos como lo que es, brutal y homicida. Incluso los secretos de los Estados Unidos ya son historia. Todos saben ahora que son mentiras. Y hasta ridículas. Nos dicen, por ejemplo, que quieren llevar la democracia a Irak. Y ya pocos le creen. Nos dicen que estaríamos mejor sin Saddam. Y muchos más creen que estaríamos mejor sin Bush. ¿Tenemos por eso que bombardear la Casa Blanca?»
Consciente de lo que significa la lucha cotidiana, Roy no magnifica las posibilidades de triunfo, sino sus pequeñas y contundentes victorias cotidianas. «Podemos construir una opinión pública que logre ensordecer a Bush y Blair, que los llame como lo que son: asesinos de niños, evenenadores de agua, homicidas. Podemos reinventar la desobediencia civil de mil maneras. Podemos sitiar al Imperio, quitarle el oxígeno, burlarnos de él con nuestro arte, nuestra literatura, nuestra obstinación, nuestra alegría y nuestro brillo. Negándonos a comprar lo que nos venden: sus ideas, su versión de la historia, su noción de inevitabilidad. Somos muchos y ellos son pocos. Nos necesitan más de lo que los necesitamos a ellos. Otro mundo no es solo posible, sino que ya llegó. Ya se puede escuchar cómo está respirando.»
De pie, el aplauso llegó como aire fresco a un estadio que hervía, literalmente.
Y con ese sudor y esos aplausos se anunciaba el parto no de otro mundo, sino de este que es posible hoy.
Nota
MU 212: El fin de un mundo

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El 12 de marzo de 2025, hinchadas de fútbol se autoconvocaron para acompañar la marcha de jubilados y jubiladas. Ese día la violencia desplegada por Patricia Bullrich hirió gravemente a Pablo Grillo, Beatriz Blanco y Jonathan Navarro. Este corto documental de Cooperativa Lavaca vuelve a esa jornada y a una imagen de solidaridad que sigue sobreviviendo.
Nota
MU 211: Método Pablo

Todo lo que le salvó la vida a Pablo Grillo, fotorreportero herido tras un disparo de Gentarmería hace un año. Lo que enseña su pelea contra la muerte, que terminó ganando gracias a la solidaridad y una red de salud pública y afecto que sigue viva.

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