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Desde el alma: La familia Maldonado

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Santiago, el gobierno, los trolls, las operaciones, el periodismo, el amor, el odio, la desaparición forzada, la sociedad, los derechos humanos. Este reportaje a Sergio Maldonado y Andrea Antico fue publicado en la edición de noviembre de MU, luego de multitudinaria marcha que exigió justicia a tres meses de que Santiago fuera visto con vida por última vez. ▶ LUCAS PEDULLA
Sentado en la pequeña oficina blanca de Amnistía Internacional, habla igual que cuando está parado en un escenario frente a 150 mil personas. A su lado está su compañera, como siempre, y esa imagen representa todo lo que necesita saberse de Sergio Maldonado.
Nunca pronuncia discursos.
Nunca está solo.
Conversa mirando a los ojos con esa mirada tristísima que lo dice todo.
Responde dejando espacio para que su compañera de la vida, Andrea Antico, complete lo que necesita ser expresado.
Reparten así el peso de ser la voz de una familia y una causa, exponiéndose sin armadura al interrogatorio de los medios.
Difícil no ser uno más que les exige definiciones en este día en el que están poniendo el cuerpo en una batalla que multiplica sus frentes desquiciada y cruelmente.
Y en cada uno, una trompada.
Las últimas son esa tapa de Clarín con una nueva operación de prensa que intenta dar por cerrada la investigación judicial; los pedidos de la fiscal que pretende desviar esa investigación hacia los organismos de derechos humanos; los informes de peritos que detallan con nombres extraños cómo diseccionaron a su hermano; y las llamadas a la morgue para tramitar la entrega de ese cuerpo que, como reconocieron el 20 de octubre, es Santiago.
Su mamá pidió estar una hora a solas con él para despedirlo.
Y todo eso, junto pero no mezclado, está ahora mismo en la mirada y en los hombros de Sergio.
Mientras, Andrea lo agarra de la mano.

Foto: Lina Etchesuri


¿Por qué el Gobierno los ataca?
Sergio: No están acostumbrados a que nadie los enfrente. No están acostumbrados a una respuesta. A que le digan “no”. No aceptan que nadie les cuestione nada y creen que pueden hacer lo que quieren porque tienen la mayoría.
Andrea: También tiene que ver con el acompañamiento de la gente. Si nadie hubiera salido a la calle, todo habría quedado ahí.
Sergio: No fue sólo salir a enfrentar a Macri, sino el hecho de enfrentar a un sistema, una manera de funcionar. Y que uno empiece a reclamar y hacer valer sus derechos. Eso también tiene que ver con un conjunto: lo hacemos nosotros, los organismos, la gente en general y una parte del periodismo, porque no es todo malo.
Andrea: Y me parece que la gente que mira otros medios fue también la que salió a reclamar con nosotros. No creo que haya un sector que sólo salió porque no le quiso hacer el juego al Gobierno, sino que hay gente que salió porque no quiere que los lleven adelante porque sí.
Con esos ataques ¿qué apuntan a destruir?
Andrea: La moral. Saben dónde pegar.
Sergio: Te adoctrino, te agarro y te humillo. Es eso. Un ejemplo: nos mandan fotos de Santiago rodeado de monos o fotos de huesitos diciendo que los mapuche se lo comieron. Mi cabeza y yo podemos evitar que nos enloquezcan porque tenemos claro qué queremos. Y por eso van redoblando la apuesta. Es como si todos los días se preguntaran “¿qué le hago a este?”. Si tuviéramos hijos lo más probable es que los atacaran en la escuela. Como no tenemos, nos atacan a nosotros. No soy infiel, no tengo deudas, pago la AFIP, pago Ganancias, no tengo deudas… ¿qué puede ser? Buscan tu punto débil.
¿Cuál fue su punto fuerte?
Sergio: La diferencia quizá es que nosotros tenemos una situación laboral que nos permitió ocuparnos de esto, más allá de que yo tendría ahora que tener toda la producción para trabajar en la temporada, y no la tengo. Independientemente de eso, la piloteamos. Pero alguien que tiene otro tipo de laburo, ¿cómo hacés? ¿Te pedís 15 días de vacaciones? ¿Licencia? No tenés resto. Nuestra insistencia, nuestro perseverar y todo el apoyo que recibimos hizo, por lo menos, aparecer el cuerpo.
¿Cómo resumen estos 91 días?
Sergio: Los primeros 15 días fueron una locura. Estábamos todo el día hablando con los medios para dar difusión y sostener la búsqueda, pero ni podíamos pensar qué era lo que estábamos haciendo. Mientras, Gendarmería hacia una cosa y tenías a la vez que salir a contrarrestar de un lado y del otro: las versiones de que se fue a Chile, que está acá o allá. Toda esa energía la gastábamos ahí. Y en desmentir. Hasta que un día nos dijimos: ¿qué pasa si no desmentimos? Vimos que, en algunos casos, la mentira se caía sola. Ok: que digan lo que quieran. Entonces empezaba a aprender cómo moverme, ver dónde tenés ayuda. Capaz te aferrás, en primer lugar, al primero que esté. Después, sí: hay que ver quién queda. Bueno, en la última marcha quedó demostrado que fue un montón de gente y que la movilización por Santiago no fue sólo una cuestión electoral. Fijate que yo recién a los 30 días pedí la renuncia de Bullrich (Patricia, ministra de Seguridad). A mí no me importaba lo que decía porque el objetivo era buscar a Santiago. También tiene que ver nuestra abogada, Verónica Heredia; quizá si hubiésemos tenido un abogado que lo que le importaba era salir en cámara y estar por los canales, no hubiésemos llegado a esta instancia. Lo mismo con nuestra psicóloga. Hubo un montón de cosas donde te vas rozando. No es que nos refugiamos en una organización y dijimos: “Vamos con las Madres, con este partido”. Capaz hay muchos organismos que por ahí se identifican más con un partido político: nosotros nos juntamos con todos. Tenés que ir sumando.
¿Cuándo se dieron cuenta de que tenían que enfrentar a toda una maquinaria estatal y mediática?
Andrea: El lunes 7 de agosto querían que fuéramos a ver a Bullrich. Nos citaban a las 5 de la tarde y había una marcha a las 4. Pensamos: ¿justo querés que vayamos cuando hay una marcha? Dijimos: “Quiere la foto”. Hablamos con nuestra abogada y pensamos que la postura que tuviéramos ese día sería la que tendríamos para siempre. Y dijimos: “Nuestra postura es que no vamos a sentarnos con nadie del Gobierno, no hasta que nos digan algo, sino hasta que nos traigan a Santiago vivo. Tiene que estar en la misma mesa y, ahí sí, hablamos”. Eso pasó un lunes. Luego, dos días después, vinieron a Esquel Milman (Gerardo, secretario de Seguridad Interior) y Barberis (Daniel, de la Dirección de Violencia Institucional). Y ya la reunión comenzó mal: ellos dijeron que estaban buscando a una persona extraviada, no a un desaparecido. Ahí nos dimos cuenta que había algo gigante detrás.
Sergio: El 4 de agosto salgo de la audiencia de habeas corpus en Esquel y paso por una marcha en El Bolsón en la que estaban todos muy enojados y yo les decía: “Confío en el juez. Esto se va a aclarar: no pasa nada”. No había tomado conciencia. Al día siguiente repasé la charla y dimensioné: vi a la fiscal sentada al lado de Méndez (Fabián, comandante principal del Escuadrón 35 de El Bolsón, uno de los responsables de los operativos) y caí en que todo estaba mal. Ahí empezamos a pensar: ¿dónde estamos metidos? Y ahí la pregunta clave es: ¿qué hacés? Tenés dos opciones: te vas o enfrentás la situación. Es eso: te callás, todo queda en la nada y no tenés justicia, o empezás a exigirla y llegás hasta lo último. Hasta donde sea.
Dijeron que las movilizaciones los reconcilian con los mejores valores del ser humano, pero una reconciliación implica que antes hubo una ruptura. ¿Se sintieron defraudados?
Andrea: Ojo: esa frase tiene que ver con los sentimientos, no con Bullrich. Lo digo porque nos vinieron a preguntar, y en ese punto seguimos pensando lo mismo: no hay reconciliación. Veníamos de una semana donde nos habían atacado muchísimo, decían que queríamos que fuera una desaparición forzada porque queríamos cobrar plata, atacaron nuestro trabajo. Te dicen: “Andá a laburar”. Vos vas a trabajar y te dicen: “Claro, vas a trabajar porque vas a aprovechar el momento para hacer guita con tu empresa”. Y así todo el tiempo: si no es algo, es lo otro. Y si bien los trolls te tiran de todo, después hay gente que acompaña eso en la calle y no es ningún troll. Es gente que te cruzás y mira para otro lado. Por eso hablamos de reconociliarnos con los valores de la gente buena. Pero ojo de quién estamos hablando. ¿Hablamos de Macri, que no esperó ni media hora para llamar a Stella (la mamá) después de saber que ese pibe era Santiago? No.
Sergio: Y que, además, lo hizo público. Un ejemplo de lo que dice Andrea: a los poquitos días de la desaparición, la gente estaba pidiendo todos los días que renuncie Bullrich. Yo no decía nada. “Le voy a dar un tiempo”, pensaba. A los tres días no podía decir nada porque no tenía las pruebas de todo lo que pasó después. Recién a los 30 días, al no reaccionar, dije en la Plaza que tenía que dar un paso al costado porque estaba convencido de que no está capacitada para ejercer su cargo. Lo pido también ahora, y van a pasar 10 años y lo voy a seguir sosteniendo.
Con los ataques, ¿buscan provocar que se pase del reclamo al insulto?
Sergio: Al único que insulté fue a Otranto (el juez, fue en el allanamiento del 18 de septiembre). Me hice cargo y lo dije. Empecé diciéndole que era una mala persona, luego que era un sinvergüenza y lo insulté cuando no me dejaron pasar, me cerraron la tranquera y lo custodiaban con escudos. Fue una situación que me desbordó: no sabía qué estaban haciendo adentro. Ahora, ¿me va a juzgar por eso después de haber dicho el día anterior que Santiago se había muerto ahogado? ¿Se tiene que enterar la familia por los diarios? Decímelo a mí. Eso es más insultante. Y sí, lo insulté, pero fue al único. Ni siquiera a Carrió (Elisa, diputada oficialista) cuando dijo lo de Walt Disney. Mirá: el día que estuvimos con el cuerpo ahí durante ocho horas, Andrea me dice: “¿No estás triste?”. Le respondo: “Tengo la mitad que me dice una cosa y la otra mitad que me dice otra. Si pienso con el corazón, me quiero meter al agua, revolver todo y ver qué hay ahí: si es Santiago, si no es Santiago, tocarlo. Otra parte me dice que no, que nadie lo toque, que tomen todas las medidas necesarias, que resguarden toda la escena”. Hay veces que tenés que poner la mente en blanco, o no sé de qué color, para poder diferenciar lo que te dice el corazón de lo que tenés que hacer.
¿Durante ocho horas?
Sergio: Sí. Son momentos de lucidez que pueden llevarte a que te equivoques o lo hagas bien.
¿Hoy qué le dirían al juez Otranto?
Andrea: Que es uno de los principales responsables de que a Santiago le pasara todo lo que le pasó.
Sergio: Que lo podía haber evitado. No sé si hoy estaría vivo. Quizá sí, porque él es cómplice porque ingresó Gendarmería en el lugar. Si no tenían orden, metelos presos a todos en el momento. ¿Por qué dejaste que pasara todo esto? Y sigue siendo juez: ¿cómo podés seguir impartiendo justicia después de todos estos cuestionamientos? Es parte de un todo que venía mal desde el principio, y que tiene que ver también con la represión en la comunidad en enero. No quiero seguir subiendo la escala, pero tenés desde un Presidente, una ministra de Seguridad y Noceti (Pablo, jefe de Gabinete de Bullrich) hasta el que barre el Escuadrón y lava las camionetas. Hay todo un conjunto de gente involucrada.
En la última marcha dijeron que no contaran con ustedes para sembrar el odio.
Sergio: Ese día, cuando nos íbamos de la Plaza, me bajé de la camioneta y me paré frente a una columna de encapuchados a pedirles, por las dudas, que no fueran a hacer ningún quilombo. No hicieron nada, pero era algo que quería hacer por si yo podía llegar a evitarlo. Pero pelearme con algunos, salir a contestar, es de pendenciero, y yo quiero llegar hasta la punta de la montaña, no quedarme abajo. Insultando no llegás a ningún lado.
Andrea: Hay gente, amigos incluso, que preguntan: “¿Cómo hacen para mantener la calma?”.
¿Y cómo hacen?
Sergio: Si vos salís a pelearte y a enfrentarte, lo terminás acá, y esto tiene que seguir. Si salís a pelearte te terminan cansando por superioridad, porque tienen más fuerza. ¿Qué sentido tiene? Un día lo probé: me metí en un comentario de La Nación a escribir algo y automáticamente, me bajaron diez mensajes negativos. Volví a escribir una pavada y otra vez. Ahí caí: le pongas puntos suspensivos o una explicación, es lo mismo. Es una máquina. No puedo gastar energía en esto porque sé que no es real y que lo real está en otro lado.
Andrea: Un día tenía que encontrarme con nuestra abogada en un bar en Capital. No sé qué vi desde el celular que escribieron para agredirnos y me enganché: estaba re mal. A los minutos sale la señora del bar y me dice: “¿Vos sos Andrea? Te quería dar un abrazo. Estamos con vos y toda la familia”. Me dijo que tenía una pizarra afuera del bar en la que no escribían nada porque estaban de luto por Santiago. Y que antes de que pasara todo esto, solían escribir: “¿Dónde está Santiago?”. Contó que hubo gente que le pidió que lo borrara y que incluso perdió clientes, pero que a ella no le importó. “No me interesa que esa gente venga a mi negocio”, nos dijo. Nos invitó a pasar, nos saludaron los chicos de la cocina, los mozos. Nos estaban dando su apoyo. Y pensé: hay que quedarse con esto. Lo virtual es lo virtual, pero la gente que te apoya es ésta, y eso es lo real. Lo otro se va, lo real queda.
¿Qué buscan las máquinas con ese discurso de odio?
Andrea: Cansarte. Que llegue un momento en que empieces a aflojar. Igualmente, te hace replantear todos los días lo mismo: el foco es Santiago.
¿Qué representa ese foco en Santiago respecto a los derechos humanos hoy?
Sergio: Sin darse cuenta, él generó un montón de cosas. Un montón de organizaciones y organismos de distintos ámbitos lograron juntarse. Con diferentes posiciones, pero Santiago logró, por ejemplo, que todos los organismos de derechos humanos estén juntos. También nos hizo replantearnos muchas cosas sobre el problema de la tierra, cómo estaban asignadas. Trajo valores que estaban medio perdidos y que en la continuidad de nuestras vidas no nos dábamos cuenta. Cosas sencillas, pero profundas.
Andrea: Trajo muchos temas, pero lo principal es que él fue coherente con sus pensamientos. Lo que pensaba, lo hacía. Mucha gente piensa, pero no actúa. Y es lo que a veces discuto con muchos chicos anarquistas que te dicen que quieren destrozar todo: no va por ahí, no se cambia la cosa si rompés una vidriera. Las cosas se cambian como hizo Santiago, que fue el único que puso el cuerpo. Todo muy lindo, pero quien estaba allí cortando la ruta era él. A muchos no los vi antes, ni después, ni ahora. Eso es algo que nos tenemos que replantear, y va también para nosotros: esa es la coherencia que tenemos que tener. Y que mantenemos desde el primer minuto en que dijimos que hasta que no se supiera la verdad de lo que pasó y nos trajeran a Santiago vivo, no íbamos a sentarnos con nadie del Gobierno.
Sergio: Y eso no lo cambio, por más que el día de mañana vengan y me ofrezcan lo que sea. Ya está.
En estos 91 días les hablaron a los medios, a los periodistas, hasta a los trolls: ¿qué le dirían a un estudiante de comunicación?
Sergio: Que si realmente va a estudiar eso, que lo haga por vocación y no por una moda o por aparecer ante una cámara o un micrófono. O querés figurar y tratar de hacerte famoso, o lo hacés por vocación.
Andrea: Vuelvo a lo de antes: tenés que ser coherente. Nadie dice que no trabajes en los “grandes medios”, pero después hacete cargo de dónde vas a trabajar y sé coherente. Me ha pasado tener que responder a periodistas que me han hecho preguntas crueles, como la famosa que me hizo una cronista de Canal 9 (que le preguntó si el cuerpo estaba maniatado), y que luego me venga a pedir disculpas diciendo que se lo pidió su jefe. Bueno: replanteate tu laburo. Si vas a tener que pedir disculpas porque me hacés una pregunta bien malintencionada y después le echás la culpa a tu jefe, ¿sabés qué? Cambiá de trabajo.
En el último acto también señalaron que se cumplieron tres meses del día que cambió la historia de la sociedad argentina. ¿Por qué?
Sergio: Un sector de la sociedad vio que se puede luchar contra un Gobierno poderoso y que tiene otras ideas. Marca que hay una cierta parte de la sociedad que se vio reflejado, que me decía que Santiago podría ser su hermano. Que haya empleados del PAMI que hagan un llamamiento por Santiago, que en las escuelas se marquen agendas para que se trabaje el tema, que salgan periodistas a expresar su solidaridad y repudiar las operaciones de prensa, hablan de que hubo un cambio.
Andrea: A veces lo que no entendemos todavía es por qué se genera todo esto. Hay un montón de casos que no tienen voz todavía. Eso también me hace ruido: tuvimos la posibilidad de tener un montón de gente acompañando, y hay casos en los que no. Pienso en Daniel Solano, por ejemplo: él también es víctima de una desaparición forzada.
Sergio: La cantidad de pibes que vi que se largaban a llorar porque lo sufrían en carne propia, se tomaron el dolor como propio. Nuestra lucha y nuestro dolor está repartido y no lo tenemos que absorber todo nosotros: cada uno tomó esto como bandera. Y está bueno admitirlo para que no pase otra vez. Ojalá que no pase nunca, pero creo que si llega a pasar algún hecho similar, toda esta gente va a salir. Lo que se marcó es eso: un límite. Hay mucha gente que no estaba en estos temas, como éramos nosotros, que se dio cuenta que si pasa algo tiene que saltar. Ahí está lo que marcó Santiago: un antes y después.

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Memoria, verdad y un nuevo reclamo de justicia a 3 años sin Carla Soggiu

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A 3 años del femicidio de Carla Soggiu su familia realizó un ritual junto a un mural con la cara de la mujer asesinada por su ex pareja, que no fue juzgada por el crimen por decisión del fiscal César Troncoso. Recordaron así y ahí, en Nueva Pompeya, los alertas que Carla le hizo a un Estado que no la protegió de la violencia machista ni la encontró cuando se encontraba desaparecida. La causa por el femicidio fue investigada recientemente por MU: lo que el expediente oculta y tergiversa, y lo que devela sobre la falta de funcionamiento del sistema de botón antipánico. Una historia que demuestra paso a paso cómo lo judicial puede encubrir la responsabilidad estatal y archivar procesos, convalidando la impunidad.

En uno de los límites de esta ciudad infinita está el mural que recuerda a Carla Soggiu sonriendo. “Madre, hija y vecina del barrio Nueva Pompeya” proclama con delicadas letras esta pared pintada que hoy da lugar a una ceremonia de dolor y memoria. “A esta hora empezó el infierno” dirá Roxana, la mamá, en este sábado de calor asfixiante. Señala entonces la esquina para marcar el lugar donde Carla activó por primera vez el botón antipánico que el Poder Judicial le entregó para protegerla. No funcionaba.

Aquel 15 de enero de hace ya tres años Carla pidió ayuda cinco veces y cada vez el patrullero policial llegó a la casa de la familia Soggiu preguntando dónde estaba. Comprendieron así, cruelmente, que Carla estaba en peligro y que nadie podía ayudarla. Cuatro días después un trabajador de limpieza encontró su cuerpo en el Riachuelo, que en ese límite es apenas unas cuadras.

Días antes Carla había sido torturada y violada por su pareja, con su hija de 2 años como testigo. Cuando logró escapar presentó una denuncia: fue la que originó la entrega del botón, una medida de protección que en esta ciudad portan tres mil mujeres al año.

La pareja de Carla fue condenada por esos delitos, pero la causa por su femicidio fue archivada: el fiscal César Troncoso consideró que no había delito alguno que investigar. Haber sido golpeada y violada días antes, soportar golpes en la válvula que calmaba su hidrocefalia, pedir ayuda a través de un dispositivo inútil, entre otras tantas de violencias, no son considerados por el fiscal como indicios de una trama que une ambas causas. La familia de Carla se enteró del archivo hace apenas unos días y de casualidad y ahí está ahora, parada frente al mural, clamando ayuda porque contra tanta injustica “solos no podemos”.

A su lado están Susana y Daniel, padres de Cecilia Basaldúa, víctima también de un femicidio y de un Poder Judicial cómplice de la impunidad. Está su tía y su primo y una vecina con su hijita y en ese abrazo la familia de Carla encuentra la fuerza para recordar sin lágrimas lo que necesitan: justicia. La exigen por sus nietos que todavía no accedieron a la pensión a la que tienen derecho según la Ley Brisa. Tras reclamos y trámites solo tuvieron una Asignación Universal por Hijo. Un abogado les cobró 40 mil pesos para renovarla, pero el trámite no lo completó y quedó nulo. De eso también se enteraron hace apenas unos días y de casualidad, cuando acudieron a la Defensoría General a pedir ayuda y se encontraron allí con la abogada que asistió a Carla en su primera denuncia. Ella los ayudó a solicitar la renovación del subsidio, pero en esta tarde de infierno Roxana cuenta que ya pasaron los 10 días previstos y la asistente social que debía visitarlos para darles la aprobación nunca llegó, así que tendrán que seguir esperando a ese Godot que es la justicia en Argentina. Mientras, el sustento sigue dependiendo de la espalda de Alfredo, que hace años trabaja en la misma empresa cumpliendo tareas de carga y descarga. Lo ayudan dándole horas extras: más peso.

En esta tarde de dolor y memoria hay flores y globos violetas, el color preferido de Carla, que su madre suelta para que rueden por las calles silenciosas del barrio de Nueva Pompeya. Docenas de globos mecidos por la brisa ardiente que anticipa una tormenta. Ahí quedan, en ese límite y a la espera.

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Lo que falta: 16va Carta al Presidente de Familiares Sobrevivientes de femicidios

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A plena luz del sol y en un centro desolado, las familias que componen el grupo Familiares Sobrevivientes de Femicidios se reunieron en Plaza de Mayo para dejar por vez número 16 una carta al Presidente Alberto Fernández, pidiendo que los reciba, exigiendo justicia por sus hijas y acercando medidas concretas para que eso suceda.

En la jornada de hoy estuvieron presentes Daniel y Susana, papá y mamá de Cecilia Basaldúa, asesinada en Capilla del Monte, Córdoba; Marta y Guillermo, padre y madre de Lucía Pérez, asesinada en Mar del Plata; y Analía Romero, mamá de Camila Flores, asesinada en Santa Fe.

En todos los casos estas familias debieron trasladarse hasta Plaza de Mayo; recorrido que significa a la vez que las causas que se tramitan por las muertes de sus hijas distan muchos kilómetros de la Casa Rosada; distancia que garantiza la impunidad, ya que facilita las trabas judiciales y las tramas territoriales; y complica el acceso a la justicia como un derecho para familias que no cuentan con recursos para viajar ni para sostener abogados ni peritos.

Así lo denuncia la mamá de Camila Reyes:

Así reclama Guillermo Pérez, papá de Lucía, que Alberto Fernández los reciba:

Estas son las fotos de algunas de las jóvenes asesinadas por la violencia machista, cuyas causas siguen impunes:

Estas son las cartas que entregan las familias al Presidente cada segundo miércoles del mes:

Esta es el informe que junto a las cartas las familias entregaron en la Rosada, un diagnóstico y una muestra de lo que falta para lograr un Nunca Más de la violencia patriarcal, de la que el Estado es parte:

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Infeliz año nuevo: trabajadores de alfajores La Nirva con orden de desalojo

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“Resuelvo: disponer el lanzamiento de los ocupantes de la planta fabril deudora ubicada en laa calle Dorrego Nº854, Lomas del Mirador, La Matanza, Provincia de Buenos Aires y restituir la posesión de la misma a la concursada”.

El fallo lleva la firma del juez nacional en lo Comercial Fernando D’Alessandro, está fechado el 30 de diciembre, y precisa dos aclaraciones: cuando se lee “lanzamiento” debe entenderse “desalojo” y “ocupantes” a 57 familias de la tradicional fábrica de alfajores La Nirva que recuperaron sus fuentes de trabajo en plena pandemia después de la estafa de los exdueños Matías Paradiso y Marcelo Iribarren. Las familias pusieron las máquinas a producir nuevamente luego de conformarse en una cooperativa de trabajo, y así trabajaron este año y medio pandémico hasta recibir el fallo previo al año nuevo.

“Estamos laburando muy bien”, dice a lavaca Marcelo Cáceres, presidente de la cooperativa. “En este último tiempo estábamos con pan dulces y muchos proyectos de ampliar la máquina de galletitas y alfajores, de inaugurar una línea más: estamos en crecimiento. El síndico ya había venido a revisar la fábrica y quedó sorprendido de lo bien que estaba. La decisión nos lleva a pensar que hubo un arreglo político con plata de por el medio, porque el juez no se fijó en esto, y directamente decretó el desalojo”.

La decisión, por ahora, no tiene fecha, pero las familias sí están en alerta y la noche de año nuevo reforzarán la presencia de guardia en la fábrica.

Dice Cáceres: “Vamos a aguantar la que se venga”.

Compartimos la nota de MU sobre la recuperación de la empresa.

Triple sabor: La Nirva, recuperada por sus trabajadorxs

Luego de estafas patronales, amenazas de la Bonaerense y dos meses en la calle durante la pandemia, la popular fábrica de alfajores de La Matanza se hace cooperativa. La autogestión como salida ante la crisis. Por Lucas Pedulla.

(publicada en julio 2020)

Después de trabajar 20 de sus 42 años en el control de la máquina de chocolate de La Nirva, Lorena Pereyra se encontró en pleno aislamiento social, preventivo y obligatorio enviándole al dueño una foto de su tupper en la olla popular que cocinaban al frente de la empresa, con un mensaje: “Mirá a lo que llegué”. La foto era la misma para cada una de las 65 familias que desde el comienzo de la cuarentena tuvieron que desoír el consejo de quedarse en casa, con los riesgos que eso implicaba, e instalar una carpa frente a la fábrica de alfajores en el partido bonaerense de La Matanza para reclamar por sus fuentes de trabajo.

Allí permanecieron durante casi dos meses con venta de torta fritas y budines para el fondo de lucha, y con carteles que explicaban la necesidad preventiva, social y obligatoria de otro virus:

  • “Nuestro virus tiene nombre: Matías Paradiso y Marcelo Iribarren (los dueños)”.
  • “Nos dieron cheques sin fondo en diciembre. Nos estafaron”.
  • “Si nos quedamos en casa nadie escucha que pasamos hambre. Queremos recuperar nuestro trabajo y vivir dignamente”.
  • “Queremos cobrar”.

Con cuatro hijos y su marido que había sido despedido de la misma empresa años atrás, Lorena nunca imaginó que atravesaría la lucha en medio de una crisis sanitaria sin precedentes. “La patronal cambió hace tres años y vimos cómo empezaron a irse compañeros. De 120 pasamos a 65. Hace dos años que no tenemos aportes, mientras vemos cómo en la ANSES figura que cobramos sueldos de 70 mil y 80 mil pesos, cuando hace nueve meses que no cobramos nada. Pero ante la necesidad te hacés fuerte, quieras o no”.

Lorena ya no habla desde la olla popular en la calle, sino desde adentro de la fábrica, donde permanece de forma pacífica junto a sus compañeros y compañeras en resguardo de las maquinarias y su fuente de trabajo que hoy toma una forma que augura un futuro pospandemia sanitaria y laboral: la forma cooperativa.

Foto: Ramiro Dominguéz

Conflicto grandote

La popular fábrica La Nirva es la encargada de hacer los famosos alfajores Grandote y La Recoleta, entre otros productos como cubanitos y copitos de chocolate y dulce de leche. El 80 por ciento de su personal son mujeres. “Mi pareja trabajó 31 años acá: lo echaron el año pasado pagándole una sola cuota de 51 mil pesos como indemnización”, contaba María de los Ángeles Santillán, 46 años, 23 en la empresa, cuando MU se acercó a la fábrica una semana después de iniciado el acampe. “No tiene nada fijo. Y la plata no alcanza, las boletas aumentan, tenemos mamás enfermas que tenemos que dejar para venir acá. Se complica todo: no tenemos ni para cargar la SUBE, por eso estamos vendiendo tortas fritas”. 

Marcelo Cáceres (34 años, 12 en la fábrica) pasó de ser delegado sindical a presidente de la futura cooperativa. Desde esa transformación recuerda que la caída  comenzó en 2018, cuando la firma cambió de dueños. “Se vendió al grupo Blend. Durante dos meses seguimos con el ritmo de trabajo que teníamos. Al tercer mes, el salario empezó a retrasarse. De a poco, se fueron cerrando líneas. Al tiempo, nos cortaron todos los servicios: agua, gas y luz. Nos quedamos literalmente a oscuras”.

Empezaron los despidos de personal administrativo: de más de 120 trabajadorxs quedó la actual planta de 65 personas. Y como en la pandemia, se contagió el miedo. Santillán: “Había miedo a hablar porque si alguien criticaba, al día siguiente era despedido”.

Cáceres aclara que el problema no era la producción. “Por quincena, y laburando una sola línea, hacíamos un millón 200 mil alfajores. En 2001, año de la peor crisis, ni se sintió: hasta horas extras se hacían. Fue un mal manejo. No sabemos lo que es cobrar un sueldo completo. Eran puchitos: de 2.000, 3.000 pesos. De octubre a hoy, solo en salarios la deuda con nosotros es de 18 millones de pesos”.

Hay más: “En diciembre nos dieron cheques a 60 y 90 días. El dueño nos dijo que vayamos a cobrarlo a una financiera, que nos iban a sacar un porcentaje, pero que lo íbamos a poder cobrar. Nadie vio un peso”.

Cáceres tuvo que vender su auto para poder pagar deudas. El 24 de diciembre llamaron al dueño para que les diera algo de efectivo para pasar las fiestas: “Nos dieron 3.000 pesos”. Y el 2020 arrancó con más promesas. “El primer día de febrero nos prometieron 40 mil pesos para arrancar y que, mientras producíamos, iban a abonar la totalidad de la deuda. Trabajamos una semana: nos dieron 20 mil. Hay buena predisposición, pensamos. Trabajamos otra semana más, pero ahí ya dijeron que no había efectivo. Como veníamos de dos años de mentiras, decidimos dejar de trabajar hasta que nos pagaran”.

Así llegó marzo, la pandemia agudizó todas las crisis y la situación  de los trabajadores era desesperante. Al combo se sumó que un vecino les avisó que un camión había ingresado de madrugada a la fábrica a llevarse cosas. No dudaron: estaba en juego la fábrica y sus fuentes de trabajo. 

Y votaron la instalación de la carpa.

Foto: Ramiro Dominguéz

Unión & galleta

Cuando el acampe cumplió una semana, recibieron una visita inesperada. Cáceres: “Apareció la policía, con la excusa de que no podíamos estar en la calle por la pandemia, cuando hacía siete días que estábamos ahí. Y nos corrieron por todo el barrio: un grupo terminó en la plaza, otro cerca de la ruta”. El efecto se vio al otro día: entre vecinos, vecinas y movimientos sociales hubo 200 personas apoyando a las familias en la puerta con olla popular. Y la policía no volvió más.

Ante la evidencia del apoyo, los dueños firmaron un acta en la que se comprometieron a cumplir el 100 por ciento de los salarios adeudados. Pero esta promesa tampoco se cumplió. “Agotamos todas las instancias legales que había. Primero, el dueño nos tomó el pelo a nosotros. Segundo, al sindicato. Y tercero, al Ministerio de Trabajo: hicimos cinco audiencias y no cumplieron ninguna, hasta que con los abogados del sindicato decidimos cerrar el acto y quedarnos en asamblea permanente, pero ya adentro de la fábrica”.

Lorena Pereyra hace una lectura de todo el proceso: “20 años son toda una vida. Tuvimos un mes en la puerta sin la ayuda de nuestro sindicato, con la ayuda de los vecinos. Ahí te das cuenta de que tu lucha vale, y que tiene un poder. Antes, con un pago mínimo entrábamos y desistíamos, pero ahora la pandemia terminó de desatar todo. Fui aprendiendo mis derechos. Uno viene acá, exponiéndose a todo, cuando lo que más queremos es estar en casa, pero lo valió”.

Mientras los trabajadores y trabajadoras buscan volver a la producción, Cáceres fue denunciado por “usurpación” por los exdueños, causa que tramita en los tribunales matanceros. “Por ahora el fiscal actuó bien. Y entre nosotros tenemos mucha unión. Sin eso, no hubiéramos llegado a nada. Esa es la base: la unión y la convicción que tenemos”.

Paula Rojas, 30 años, fue una de las últimas trabajadoras que entraron, hace cuatro años, en el área donde se colocan las galletas y empieza el proceso del alfajor. Sus compañeros la eligieron para que sea la tesorera de la futura cooperativa. “Me gusta y es una responsabilidad, porque si nos hubiéramos quedado en casa no habríamos conseguido nada. Mucha gente va a quedar desocupada después de todo esto, y si no recuperábamos también nos íbamos a quedar sin nada. Por eso tampoco podíamos quedarnos en casa. En casa estábamos todos separados, cada uno en su vida, aislados. Acá es distinto, estamos apostando a un mismo objetivo: recuperar nuestras fuentes laborales”.

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La última Mu: Movete

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