Nota
Solos y vigilados: cómo es hacer periodismo en México
Un capítulo más que evidencia la artillería pesada del narcoestado mexicano contra el periodismo y los defensores de Derechos Humanos: luego del asesinato del periodista Javier Valdez y antes de la investigación del New York Times que revela cómo el Estado mexicano espía periodistas, en la última edición de MU la periodista uruguaya radicada en México Eliana Gilet escribió este relato narra el espionaje en primera persona.
Una investigación del New York Times reveló cómo el Estado Mexicano espía a periodistas, activistas de Derechos Humanos y familiares de desaparecidos de manera ilegal.
Agencias gubernamentales mexicanas invirtieron en 2011 80 millones de dólares en Pegasus, un software desarrollado por la empresa israeli NSO-Group que permite infiltrar celulares y monitorear a los usuarios, accediendo a mensajes y comunicaciones, como también al micrófono y cámara del aparato.
La investigación revela huellas de ese software en teléfonos de periodistas, activistas y abogados que investigan la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Si bien aún no se sabe de dónde provino el hackeo, desde la empresa israelí afirman que su servicio es ofrecido exclusivamente a agencias gubernamentales, por lo cual no deja muchas dudas sobre quién está detrás de estas infiltraciones ilegales.
Un capítulo más que evidencia la artillería pesada del narcoestado mexicano contra el periodismo y los defensores de Derechos Humanos. En la última edición de MU, luego del asesinato del periodista Javier Valdez y antes de esta investigación del New York Times, la periodista uruguaya radicada en México Eliana Gillet escribió este relato narra el espionaje en primera persona.
Solos y vigilados
Crónica desde México. El espionaje y la infiltración a quienes reclaman por los desaparecidos. Y lo que explicó el último periodista asesinado, para entender el oficio. ▶ ELIANA GILET
Desde que desperté los ojos me pesan como si los párpados trajeran agua, la nuca está rí- gida y la tensión se alojó para siempre bajo mi omóplato izquierdo. Los dedos me temblequean si no tecleo. Mi compañero, ansioso fotógrafo primo hermano de un cable pelado, se rehúsa a salir de la cama. Está triste y enojado, dice. Nos ladramos en vez de hablarnos, nosotros que siempre supimos tratarnos tan bien. No es tan grave, digo, porque parece poco el año que llevamos reporteando lo que pasa en México desde sus calles, y no desde sus escritorios. No es tan grave, pienso en la mañanita, cuando volvemos a dialogar, porque aún no somos adictos a los antidepresivos y al alcohol, aún no somos cínicos sin remedio, descorazonados por la tragedia y el rencor, por la falta de consuelo. Estamos lejos de casa, lejos del santuario que es la Ciudad de México, aunque después de que mataron al fotógrafo Rubén Espinosa esa idea ya no se la cree nadie.
Tampoco le cree nadie a Enrique Peña Nieto cuando se roba nuestras palabras y las devuelve vacías en cadena nacional, desde la residencia de Los Pinos, con todos los gobernadores y funcionarios, después de que las marchas le coparon el país. Su respuesta fue plagiarnos. “No se mata la verdad asesinando periodistas”, dijo con voz de un muerto que lee feo. No supimos si reírnos o llorar porque nos arruinó una consigna para siempre.
El asesinato de Javier Valdéz nos encontró cubriendo la Primera Caravana Internacional de Búsqueda en vida de personas desaparecidas, organizada por familias que buscan en cárceles, servicios forenses y hasta entre las trabajadoras sexuales a ver si alguien reconoce a quienes llevan en las fotos colgadas del cuello. Hacen lo que la justicia no. Como Miriam Rodríguez, una madre que investigó el paradero de los restos de su hija desaparecida, y logró encarcelar a una decena de sus apropiadores. Fue asesinada por un comando armado en su casa en San Fernando, Tamaulipas, el día de la madre.
Al llegar la caravana a cada ciudad, se marcha. Los tres periodistas que cubrimos uno de los movimientos más importantes de este México herido, freelancers precarios de recursos escasos e ingenio inversamente proporcional, decidimos marchar detrás de las madres, de negro, con carteles que dicen que estamos hartos, que nos dolió que mataran a uno de los maestros, de los buenos y solidarios, como nos duelen todos, pero este un poquito más.
Nuestro papel de observadores nos permitió reconocer que ese tipo que nos siguió, que tomó fotos de cada uno de los que estábamos en la marcha, era un infiltrado. Uno de los marchantes lo increpó por su actitud. Le reclamó que borrara las fotos, que para quién trabajaba. Lo había mandado la Inteligencia del Ejército Mexicano.
Tres días antes, en la marcha en Torreón, pasó lo mismo. Pelo a rape, lentes de sol, ropa gris, me lanza una foto. ¿Por qué me fotografía?, le pregunto. Que tiene un familiar desaparecido, me dice, que vino con el de la camioneta. Mi compañero corre y confirma que nadie lo conoce. Las madres lo rodean, el tipo saca un carnet de la Secretaría de Defensa Nacional, vigente. Un militar en funciones.
Dos días después, entre las fotos que las madres ponen en el piso para que la gente diga si ha visto a alguno de sus hijos, otros dos jóvenes preguntan dónde se aloja la caravana y ante la presión de ellas, que desconfían, revelan que forman parte del Centro de Investigación y Seguridad Militar.
Es en Monclova donde llega a un punto cúlmine la vigilancia. Mismo modus operandi: fotografiar a todos. Pero este infiltrado pasa una línea: se acerca a uno de los organizadores de la Caravana y lo entrevista diciendo ser un periodista principiante. Minutos más tarde es rodeado por policías municipales –la corporación más permeada por el crimen organizado- que lo esposan. “No se pasen de lanza tampoco”, les grito desde el tumulto, porque no puedo olvidar que a muchos de los que miran desde las fotos en el piso se los llevó esa misma policía. Cuando lo suben a la camioneta, el detenido le dice por lo bajo a un policía que se lo lleven. ¿Un detenido pidiendo que lo lleven? El coronel Victorino Reséndiz Cortés le arrebata el teléfono y lo entrega a los familiares. Además de las fotos de la marcha, enviadas a un chat con el nombre “trabajo”, hay una foto suya vestido de verde. El periodista principiante es otro militar infiltrado.
Más datos en el celular: en la conversación se da nombre y foto del coordinador de la marcha, se señala “al puto de los derechos humanos que nos viene sacando fotos” y se descubre finalmente a quién reporta el infiltrado: el C4, centro de comando y vigilancia integrado por militares y policías al servicio del Estado mexicano. El mismo C4 que en la masacre de Ayotzinapa seguìa cada movimiento de los estudiantes y, milagrosamente, perdió todo registro del momento en que los policías se llevaron a los 43 normalistas, que siguen desaparecidos desde 2014.
El coordinador de la caravana insiste en que se lleve al infiltrado ante la fiscalía local, donde confirman que es un militar activo dedicado a tareas de vigilancia. Se presenta el segundo jefe del batallón de Frontera Coahuila, Pablo Muñoz, diciendo que lo que hacen no es espionaje porque se trata de un evento público y que sus agentes van de civil para protección de su gente del Ejército, como se hace incontables veces.
La conversación de whatsapp a la que envió las fotos de las familias de desaparecidos tiene más imágenes de otras marchas. El infiltrado es un especialista en vigilar cualquier movilización social en la aterrorizada ciudad de Monclova.
Entre las fotos que el infiltrado –el soldado Celso Arbona López, 35 años-, envía a su superior inmediato al que le rinde cuentas, hay un montón de videos pornográficos.
Antes, el día en el que lo habíamos conocido, Javier Valdéz nos explicó algo que no hemos podido sacarnos de la cabeza: “El buen periodismo está solo, la sociedad no lo abraza y por eso, nos pueden seguir matando”. No le preguntamos al maestro de la crónica sinaloense si él sentía miedo a morir, o si le costaba dormirse a veces de todo lo que le quedaba en la mente. No le preguntamos nada por lo acelerados que estábamos al haber llegado a la cuna del narcotráfico mexa: el estado de Sinaloa. Era enero. También acompañábamos a la Brigada Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas. Otro logro de las familias, salvo que ellos se han vuelto expertos rastreadores de fosas clandestinas.
Valdéz nos citó en su café de siempre, en Culiacán, cerca de la redacción de Río Doce, el semanario cooperativo que fundó junto a otros dos periodistas –Alejandro Villareal e Ismael Bojórquez- para seguir haciendo el periodismo de investigación que necesitan estos tiempos violentos. Desde el 15 de mayo, cuando dos encapuchados le dispararon doce tiros a quemarropa, en su mesa de siempre, la número 9, descansan un diario, una flor, y un café cargado que espera que llegue con su sombrero y su oficio de sabueso, a sentarse a degustarlo y conversar.
Cierto que la muerte es la mejor agencia de publicidad que se ha inventado, pero Valdéz ya se había ganado el amor de un pueblo, a fuerza de profesionalismo y calidez humana.
Nos dijo que hacer buen periodismo es hacer periodismo y punto, y que para tratar con el narco había que hacer como con todo: saber en qué suelo estás pisando. Confirmar la información con una base amplia de fuentes y, sobre todo, entender que hay cosas que uno no va a publicar.
“La autocensura es sobrevivir, una forma de no rendirse. Aunque no haya en Sinaloa una intromisión en la redacción o una atmósfera amenazante, aprendes a no cruzar una línea. Si una fuente pasa un dato, pero a ese ni el Ejército lo toca, ¿qué hace uno? Pues no lo publica. La decisión es saber qué parte de la historia no vas a reportear. Apréndete esto: aquí ser valiente, es ser pendejo”.
Nunca como en esta semana entendimos el miedo y el rigor que significa reportear en estas tierras en guerra. Una guerra que nadie quiere salvo los militares y los sicarios, los profesionales de la muerte y la mentira. Los enemigos del periodismo y punto, que, paradójicamente, son los únicos que no nos dejan solos.
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: Nanny Pelazzini/lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema?
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nanny Pelazzini/lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nanny Pelazzini/lavaca.org
Nota
MU 213: Movete

Son personas que se organizan y se movilizan para defender derechos de toda la
sociedad. Son quienes sufren palos, gases y humillaciones por estar de pie. Quienes
crean respuestas donde hay impotencia y nuevas palabras para definir el futuro.
Nuestro homenaje: reunirlas y escucharlas.

Mover el mundo: Cumbre de imprescindibles
Jubilados, discas, asambleístas ambientales, travas, familias víctimas de femicidios y el papá de Pablo Grillo: reunimos a quienes se movilizan y no abandonan la calle a pesar de los palazos y de la falta de respuestas. Quienes marcan una agenda por abajo que es a la vez un rumbo y un llamado a la acción, y también a la unidad. Frente a la dispersión, voces que hablan de un horizonte común, más acá de la política partidaria, para repensar la democracia y la forma en que resistimos.
Por Claudia Acuña

Del dicho al hecho: Los crímenes de odio baten récords
En 2025 se produjeron 227 crímenes de odio contra personas de la comunidad LGTBIQ+: 60% más que el año anterior. El combustible: la violencia y discriminación desde el gobierno, empezando por el Presidente, y el desmantelamiento de políticas públicas. La precarización de la vida privada y lo que ocurre cuando el Estado se retira.
Por Evangelina Bucari

Comunicacción: Unión de Medios Autogestivos
Siete medios de todo el país nos reunimos para crear transversalidad, proyectos y compartir ideas sobre cómo hacer periodismo en tiempos mileístas y más acá: el cooperativismo, las comunidades, el territorio, la agenda propia. ¿Cómo crear valor, generar puestos de trabajo y sostenerse cuando todo se cae? Lo que representan estos diarios, revistas, agencias y periodistas todoterreno que resguardan lo mejor del oficio, por fuera de Tik Tok y los streamings de turno.
Por Lucas Pedulla

Ojos bien abiertos: Tadeo Bourbon, fotógrafo
Fue uno de los premiados por el World Press Photo por una imagen que podés ver en la página siguiente. La historia de Tadeo y de aquel día de marcha, represión, golpes y gas pimienta. De la moto, los casamientos y otros empleos, al contexto profesional y a la vez emocional que alimentó ese click al que llamó La Argentina de Milei.
Por Sergio Ciancaglini

Alerta verde: MU en Misiones
Desde que asumió Milei, el precio que se paga a productores y trabajadores está desregulado. Cómo impacta esto en una industria ya precarizada, y lo que genera: éxodo rural, desarraigo, pobreza. Crónica de una época desde un territorio olvidado y en lucha.
Por Francisco Pandolfi

Mondiablo: Juicios contra el Roundup de Monsanto/Bayer
Las pérdidas millonarias de Bayer por las demandas vinculadas al glifosato vuelven a poner en escena una historia que lleva décadas: evidencia científica, fraude corporativo, lobby político y daños sanitarios y ambientales a escala global. Mientras avanzan nuevos acuerdos judiciales y Trump sale al rescate de la compañía, el herbicida sigue presente en cuerpos, territorios y alimentos.
Por Anabel Pomar

Anti algoritmo: Cineclub Mabuse
Hace 25 años que Uriel Barros proyecta películas en Súper 8 en festivales, centros culturales, escuelas, bares y espacios under. Una defensa artesanal y colectiva del cine frente a las plataformas, los algoritmos y el consumo individual. Terror, ciencia ficción, muñecos malditos y películas que todavía necesitan ser vistas.
Por María del Carmen Varela

Monte Hermosa: Josefina Lamarre
Editó el álbum Yin Yang y también le cantó (en contra) al amor extractivista. De la tevé en piyamas a la comedia musical, la perfomance, el Hotel Faena y las coplas chismosas. Lo que surgió de una ducha y la convivencia entre lo tanático, lo erótico y lo vital.
Por María del Carmen Varela

Biblias.
Por Carlos Melone
Nota
MU 212: El fin de un mundo

MU en Tierra del Fuego: todo lo que se ve desde el sur del sur y nos ayuda a entender qué representa Argentina en el mapa geopolítico mundial. Un puerto intervenido, importaciones que matan a la industria, explotación sin control de recursos naturales. La puerta a la Antártida y el significado de Malvinas: lo que está en juego en tiempos de guerra.

El principio de todo: MU en Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur
Javier Milei intervino el puerto de Ushuaia sin provocar un rechazo opositor visible. Un sitio clave en la geopolítica y a la vez una caja de 30.000 millones de pesos anuales que mezcla industria marítima, turismo, y la puerta a la Antártida. Los testimonios sobre la falta de control . Hablan el gobernador, funcionarios, trabajadores, ex combatientes. Trump y el misterioso avión, China y los acuerdos, Gran Bretaña adentro, la forma de la crisis y la resistencia contra el vaciamiento de un país.
POR FRANCISCO PANDOLFI

El industricidio: Crónica desde el polo fabril de Río Grande
Un predio lleno de fábricas vaciadas. Trabajadores organizados resistiendo al desempleo, la apertura de las importaciones y la reducción de aranceles de promoción en una provincia que de 16.000 obreros pasó a tener 6.400. Una política que golpea a empresas de todos los tamaños y rubros: tecnológicas, textiles, metalúrgicas, electrodomésticas y electrónicas. Y todo esto sin que todavía se aplique la reforma laboral. Las propuestas para que los propios trabajadores se hagan cargo de las empresas en crisis. Los gestos de solidaridad, las donaciones de quienes todavía tienen empleo, el bingo provincial y cómo se va recuperando desde abajo una idea de hermandad para enfrentar estos tiempos.
POR FRANCISCO PANDOLFI

A contracorriente: La lucha fueguina frente a la industria salmonera
De espaldas a la sociedad y bajo presión del gobierno nacional, la Legislatura fueguina (la misma que en 2021 votó en contra) aprobó un proyecto que permite la instalación de megafactorías marítimas del salmón, uno de los productos que más se exportan al mundo. El impacto ambiental es conocido y hay un ejemplo cercano en la vecina Chile: peces hacinados, contaminación por antibióticos y heces, destrucción de otras especies, y una precarización total de las condiciones de trabajo. El cuadro de situación ante un “pescado químico”, la lucha de la asamblea, y el gobernador que responde sobre los principales contrapuntos.
POR FRANCISCO PANDOLFI

Agroecología en el principio del mundo: El modelo Panchito
Cultiva alimentos y medicinas en medio de temperaturas extremas, sin venenos y con semillas propias: “Una semilla viva significa una familia sana”, dice el productor agroecológico Francisco Pancho Barria. Cosechas asombrosas, zanahorias de 3 kilos, nabos de 12, acelgas de metro y medio de alto. Cómo volver posible lo inimaginable con ideas simples, ancestrales, trabajo a conciencia y sentimiento. La política para la foto, el lugar de los niños, la idea de agacharse, y los números que muestran que la vida sana es, además, rentable.
FRANCISCO PANDOLFI

La guerra invisible: la Antártida en la mira
Juan Rattenbach recoje el guante de su abuelo, autor del Informe Rattenbach que denunció a las jerarquías militares por los errores y delitos cometidos en Malvinas. El significado hoy, con Gran Bretaña ocupando el 25% de la superficie argentina. La Antártida y el Atlántico Sur en la geopolítica actual. El rol de Estados Unidos y China. El ataque a la industrialización fueguina. Dos cuestiones: ¿Cuál es nuestro centro geográfico? ¿Y cuándo nació el pueblo?
SERGIO CIANCAGLINI

Efecto Trump: Valeria Carbone y su mirada sobre EE.UU.
Es doctora y docente de la Cátedra de Historia de los Estados Unidos en la UBA y en la UNLP. Integra grupos de trabajo sobre EE.UU. en CLACSO y universidades en Alemania y México, además de coordinar programas de intercambio internacional. Y acaba de dictar un curso sobre el tema en MU. En esta entrevista explica las movidas de Trump intentando sostener un imperio en crisis en medio de una conflictividad que él mismo provoca o acompaña: Irán, China, Israel, petróleo, Ormuz, Venezuela, OTAN, Malvinas, Antártida. Y hasta el caso de Jeffrey Epstein.
POR LUCAS PEDULLA

Decolonizar el presente: Walter Mignolo y el pensamiento decolonial
En medio de conflictos geopolíticos, disputas culturales y crisis del modelo occidental, el pensamiento decolonial nos recuerda una serie de preguntas fundamentales. Aquí, una conversación breve y magistral sobre la esfera pública, la organización social y las formas de acción colectiva vistas desde una perspectiva para ampliar, o retomar, los horizontes propios.
POR CLAUDIA ACUÑA

Tierras raras: Florencia Levy, artista, y su trabajo sobre el litio
Trabaja con instalaciones visuales y materiales que representan y denuncian las distintas formas del extractivismo. Su trabajo sobre el litio es impactante, pero también investigó sobre el fracking en Vaca Muerta, el basurero del mundo en China y la relación entre el cáncer y el agronegocio en Entre Ríos, motivada por su padre oncólogo. Cómo hablar de temas que casi nadie conoce desde un video o una sala de exposiciones, y hacer algo para transformar miradas, sentimientos e ideas.
POR MARÍA DEL CARMEN VARELA
Patagonia rebelde
Crónicas del más acá por Carlos Melone.

Astrolo-guías: Elisa Carricajo y su nuevo libro sobre Tarot
Dramaturga, actriz y directora, plantea al Tarot como un objeto “popero” e invita a jugar y llenar de sentido ese lenguaje. Un modo de recuperar la espiritualidad capturada por el mercado, para sentir, entender y actuar en tiempos espantosos. Lo individual y lo comunitario. Los fantasmas y cómo imaginar un mundo mejor. Un libro que es un oasis y una invitación a re-pensar el arte y lo político, tirando las cartas.
POR FRANCO CIANCAGLINI
- Derechos HumanosHace 6 días
«Digan clítoris»
- Movimientos socialesHace 2 semanas
La mirada de María Galindo sobre la rebelión en Bolivia: «Los movimientos no somos la pelota entre el viejo progresismo y la derecha»
- Crisis por el ajusteHace 4 semanas
Crece el reclamo docente en Chubut: “El sueldo no alcanza ni para comer”
- #NiUnaMásHace 5 días
La escena del crimen
- #NiUnaMásHace 3 días
Mujeres mapuche: la resurgencia


































