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Feliz cumple, IMPA: 20 años de autogestión

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Esta semana la mítica fábrica cumplió 20 años y lo festeja a lo grande: charlas, teatro, cine y distintas actividades que dan cuenta de la variedad de experiencias que habitan el predio de Almagro. De los comienzos a los dilemas actuales, breve semblanza de la recontra recuperada.

Por Giansandro Merli para lavaca.dream.press

Esta semana IMPA sopló 20 velitas de cumpleaños y lo festeja a lo grande: charlas, teatro, cine, arte, derechos humanos, información indipendiente, educación popular y un acto de cierre y festival (el jueves 24, a las 21) conforman el programa de la celebración que empezó esta semana y seguirá la próxima.
 
La riqueza y variedad de estos eventos cuentan mucho sobre lo que IMPA representa. No es sólo una fábrica de aluminio donde una cooperativa de trabajadores produce envases sin patrones. No es sólo una experiencia de recuperación obrera de la fuente de trabajo, a pesar de dificultades políticas y económicas. Pero tampoco es solamente un centro cultural clásico, o un espacio de formación tradicional. 
IMPA es todo eso, y mucho más.
 

El calendario de actividades por los 20 años de IMPA.

Fábrica de ideas

Hay varias trayectorias posibles para explorar el enorme predio, que ocupa media manzana en el corazón de Almagro, a pocas cuadras del Parque Centenario. Al entrar por Querandíes, cruzar la planta baja semioscura y subir por la escalera se ve la sala Mirta Baravalle, un teatro, varios talleres, una radio (Semilla) y un estudio de TV (Baricada) en el cuarto piso. También, entrando por la misma puerta, se puede ir directo al centro cultural, sin pisar escalones, o atraversar la portería, tomar un ascensor y llegar a las oficinas donde se reúne el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas cada semana. En cambio, dando la vuelta al predio, se puede acceder por otra puerta, en el 106 de la calle Rawson: allí es la entrada del bachillerato popular, donde jóvenes y adultos expulsados por el sistema oficial pueden seguir estudiando.
Eduardo «Vasco» Murúa es un referente histórico de IMPA y del movimiento de empresas recuperadas que, no sin conflictos y divergencias, ha recorrido toda la experiencia de recuperación. “La diferencia con otras empresas recuperadas es que IMPA fue recuperada por los trabajadores, pero también por compañeros que venían de la militancia sindical y política», dice sobre la historia. «Estamos en 1998 y hay una efervescencia popular. Un modelo se ha acabado, pero aún no ha surgido otro. Como militantes queremos crear un espacio de debate: una fábrica de ideas”.
 
Abrir la fábrica al territorio, recuperarla para el pueblo y no sólo para el conjunto de trabajadores, combinar producción industrial y cultural-educativa son algunos de los ejes que vertebran este cuerpo colectivo que sigue formándose. Casi en seguida, junto a la recuperación nacieron una escuela popular y un centro cultural.
 
Sigue Murúa: “El hecho de que hayamos recuperado la fábrica no fue tan fuerte como el hecho de haberla convertida también en centro cultural. Ya habían experiencia de reconversiones de fábricas cerradas, pero la nuestra era la única que trabajaba y a la vez tenía el centro cultural”. Alicia Umzalu es una de las referentes del proyecto iniciado en 2009: “Nadie nos daba dos pesos. No teníamos un mango y las cosas parecían imposibles. Pero acá estamos. Con 25, 30 talleres anuales. Con 2, 3 espectáculos teatrales por semana. Con reconocimientos recibidos y conferidos. Con actividades de calidad y excelencia, que consideran el arte un trabajo digno y rebelde”.
 

Natalia Vinelli, de Barricada TV y Eduardo Murúa, referente de IMPA.

Educar, resistir, producir

También en IMPA sigue funcionando el bachillerato popular, el primero de la ciudad de Buenos Aires, que hoy se encuentran otra vez bajo ataque. Por un lado, por las condiciones sociales de los estudiantes, más empobrecidos y con mayores dificultades para cursar, “porque no pueden pagar la SUBE, por ejemplo”, dice una profesora. Por el otro, porque el Ministerio de Educación quiere negar el reconocimiento oficial de los títulos obtenidos por los adultos.
 
Laura Vorboril y Lucía Wainstein son coordinadoras del proyecto. Laura: “El bachillerato abre después de una investigación sobre las necesidades de barrio en 2003: no hacía falta apoyo escolar, sino escuelas. De 2004 a 2011 funciona sin que los enseñantes cobren nada. Transita de un estatus de escuela privada a pública y bachillerato popular”. Lucía: “La escuela está organizada con una oferta de calidad pensada para una población específica: jovenes y adultos quedados fuera del sistema educativo tradicional”. El bachillerato está organizado de forma cooperativa, y eso se nota hasta en la puerta de los baños: un papel indica los turno de limpieza donde están repartidos entre las diferentes clases. Participan estudiantes y docentes.
 
En IMPA también encontramos Baricada TV, una televisión autogestionada que, después haber luchado y conseguido la posibilidad de transmitir por un canal digital, ahora sigue peleando la licencia para entrar al cable. Dice Lucía Maccagno, una de las integrantes del proyecto: “El eje vertebral que une todo los colectivos que conforman IMPA es la solidaridad, el tirar todos hacia el mismo lado, hacia una patria justa en la que los trabajadores y trabajadoras tomen decisiones. Acá hay un trabajo solidario y colectivo que se intercambia y se fortalece costantemente, en el apoyo mutual de las trayectorias de lucha de cada proyecto”.

Esto también es IMPA

En estos veinte años no sólo llenaron un predio de vida, creando puentes entre obreros y jovenes expulsados de la escuela, profesionales de la comunicaciones y artistas, periodistas radiales y teatrantes. IMPA también desbordó hacia el barrio, hacia la ciudad y hacia el movimiento de empresas recuperadas, al que como pionera siempre ayudó y acompañó.
 
Recuerda el Vasco: “Recuperamos la fábrica contra la opinion del 90% de la clase política. La derecha por supuesto decía que estábamos ocupando ilegalmente la propiedad, los progrestisas decían que si no lo había logrado el patrón tampoco podíamos nosotros, la izquierda clásica decía que ibamos a convertir a los trabajadores en patrones”. Y sigue: “Fue muy duro. Muchas veces nos preguntábamos, entre los militantes, si merecía la pena. Después, llegábamos a la asamblea, preocupados porque no había un mango para comprar los aluminios, y todo el mundo se estaba riendo: así entendíamos que no podíamos perder”.
 
Recorriendo la historia, las fases y los hechos del movimiento de empresas recuperadas, Murúa sintetiza logros y derrotas: “No llegamos a ser suficientemente fuertes para torcer el brazo del Estado. Escribimos una ley nacional de expropriación, pero nunca fue votada. Pedimos un fondo de dinero como capital inicial y renconversión tecnológica de las recuperadas, pero no lo logramos. Reclamamos jubilación y seguridad social igualitarias para nuestros trabajadores, pero tampoco lo conseguimos”.
Los logros: “Pudimos instalar un nuevo metodo de lucha, eso sí. Hoy, cuando una empresa quiebra, los trabajadores saben que tienen la opción de recuperarla. Lo hicimos con la audacia y la solidaridad. Lo hicimos sólos, sin que nadie nos bancase. Esto no es poco”.
 
Edith Garay trabaja en la cooperativa La Matanza, empresa de tornillos recuperada en 2001. Es de las más jovenes integrantes del MNER. “La única mina, la única administradora, la tesorera de su cooperativa”, añaden los compañeros. Antes que conteste sobre lo que IMPA representa para ella, en su cara se dibuja una gran sonrisa: “Para nosotros fue todo. Nos enseñó que cuando la patronal se va, hay una segunda posibilidad. Que una fábrica no la hacen los patrones, sino lo trabajadores. Porque sin patrones puede funcionar, pero sin empleados no. IMPA significa lucha, perseverancia, ayuda en situaciones bien concretas, como los problemas con la expropriación o con los tarifazos. Y además que hay cosas más allá del trabajo a las que hay que abrirse: la cultura, la salud, la educación”.

Hacia adelante

La historia de IMPA tampoco es sólo pasado, ni puro presente. Es también una mirada hacia adelante, desde un contexto donde parece cada vez más necesario seguir inventando nuevas formas de organización, de relaciones, de trabajo, y de luchas.
 
Dice Murúa: “A Macri lo vimos llegar desde lejos. No importa tanto él. El tema es que cambió completamente el contexto internacional. Ya hace algunos años discutimos un documento que decía que en la región hay una crisis muy profunda y que venían por nosotros. Macri es eso: la accentuación de la crisis en la región”. El documento del que habla fue distribuido dentro y fuera de IMPA: en la tapa lleva las fíguras de Evita, Perón, Che Guevara y Jesús, los referentes del Vasco.
 
En otra sala del predio, Alicia concluye: “Yo me acuerdo cuando de IMPA salían los camiones para ir a ayudar otros trabajadores a recuperar sus empresas. Creo que esto pasará otra vez, que IMPA volverá a ocupar ese lugar”.
 
Edith: “Muchos dicen que lo que está llegando es como 2001. Yo no creo. De La Rúa se fue. Estos no se pueden ir, porque el país es de ellos. Es su economía. Entonces necesitamos algo nuevo. No sé qué es, pero quizá desde acá podamos pensarlo”.

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Memoria, verdad y un nuevo reclamo de justicia a 3 años sin Carla Soggiu

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A 3 años del femicidio de Carla Soggiu su familia realizó un ritual junto a un mural con la cara de la mujer asesinada por su ex pareja, que no fue juzgada por el crimen por decisión del fiscal César Troncoso. Recordaron así y ahí, en Nueva Pompeya, los alertas que Carla le hizo a un Estado que no la protegió de la violencia machista ni la encontró cuando se encontraba desaparecida. La causa por el femicidio fue investigada recientemente por MU: lo que el expediente oculta y tergiversa, y lo que devela sobre la falta de funcionamiento del sistema de botón antipánico. Una historia que demuestra paso a paso cómo lo judicial puede encubrir la responsabilidad estatal y archivar procesos, convalidando la impunidad.

En uno de los límites de esta ciudad infinita está el mural que recuerda a Carla Soggiu sonriendo. “Madre, hija y vecina del barrio Nueva Pompeya” proclama con delicadas letras esta pared pintada que hoy da lugar a una ceremonia de dolor y memoria. “A esta hora empezó el infierno” dirá Roxana, la mamá, en este sábado de calor asfixiante. Señala entonces la esquina para marcar el lugar donde Carla activó por primera vez el botón antipánico que el Poder Judicial le entregó para protegerla. No funcionaba.

Aquel 15 de enero de hace ya tres años Carla pidió ayuda cinco veces y cada vez el patrullero policial llegó a la casa de la familia Soggiu preguntando dónde estaba. Comprendieron así, cruelmente, que Carla estaba en peligro y que nadie podía ayudarla. Cuatro días después un trabajador de limpieza encontró su cuerpo en el Riachuelo, que en ese límite es apenas unas cuadras.

Días antes Carla había sido torturada y violada por su pareja, con su hija de 2 años como testigo. Cuando logró escapar presentó una denuncia: fue la que originó la entrega del botón, una medida de protección que en esta ciudad portan tres mil mujeres al año.

La pareja de Carla fue condenada por esos delitos, pero la causa por su femicidio fue archivada: el fiscal César Troncoso consideró que no había delito alguno que investigar. Haber sido golpeada y violada días antes, soportar golpes en la válvula que calmaba su hidrocefalia, pedir ayuda a través de un dispositivo inútil, entre otras tantas de violencias, no son considerados por el fiscal como indicios de una trama que une ambas causas. La familia de Carla se enteró del archivo hace apenas unos días y de casualidad y ahí está ahora, parada frente al mural, clamando ayuda porque contra tanta injustica “solos no podemos”.

A su lado están Susana y Daniel, padres de Cecilia Basaldúa, víctima también de un femicidio y de un Poder Judicial cómplice de la impunidad. Está su tía y su primo y una vecina con su hijita y en ese abrazo la familia de Carla encuentra la fuerza para recordar sin lágrimas lo que necesitan: justicia. La exigen por sus nietos que todavía no accedieron a la pensión a la que tienen derecho según la Ley Brisa. Tras reclamos y trámites solo tuvieron una Asignación Universal por Hijo. Un abogado les cobró 40 mil pesos para renovarla, pero el trámite no lo completó y quedó nulo. De eso también se enteraron hace apenas unos días y de casualidad, cuando acudieron a la Defensoría General a pedir ayuda y se encontraron allí con la abogada que asistió a Carla en su primera denuncia. Ella los ayudó a solicitar la renovación del subsidio, pero en esta tarde de infierno Roxana cuenta que ya pasaron los 10 días previstos y la asistente social que debía visitarlos para darles la aprobación nunca llegó, así que tendrán que seguir esperando a ese Godot que es la justicia en Argentina. Mientras, el sustento sigue dependiendo de la espalda de Alfredo, que hace años trabaja en la misma empresa cumpliendo tareas de carga y descarga. Lo ayudan dándole horas extras: más peso.

En esta tarde de dolor y memoria hay flores y globos violetas, el color preferido de Carla, que su madre suelta para que rueden por las calles silenciosas del barrio de Nueva Pompeya. Docenas de globos mecidos por la brisa ardiente que anticipa una tormenta. Ahí quedan, en ese límite y a la espera.

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Lo que falta: 16va Carta al Presidente de Familiares Sobrevivientes de femicidios

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A plena luz del sol y en un centro desolado, las familias que componen el grupo Familiares Sobrevivientes de Femicidios se reunieron en Plaza de Mayo para dejar por vez número 16 una carta al Presidente Alberto Fernández, pidiendo que los reciba, exigiendo justicia por sus hijas y acercando medidas concretas para que eso suceda.

En la jornada de hoy estuvieron presentes Daniel y Susana, papá y mamá de Cecilia Basaldúa, asesinada en Capilla del Monte, Córdoba; Marta y Guillermo, padre y madre de Lucía Pérez, asesinada en Mar del Plata; y Analía Romero, mamá de Camila Flores, asesinada en Santa Fe.

En todos los casos estas familias debieron trasladarse hasta Plaza de Mayo; recorrido que significa a la vez que las causas que se tramitan por las muertes de sus hijas distan muchos kilómetros de la Casa Rosada; distancia que garantiza la impunidad, ya que facilita las trabas judiciales y las tramas territoriales; y complica el acceso a la justicia como un derecho para familias que no cuentan con recursos para viajar ni para sostener abogados ni peritos.

Así lo denuncia la mamá de Camila Reyes:

Así reclama Guillermo Pérez, papá de Lucía, que Alberto Fernández los reciba:

Estas son las fotos de algunas de las jóvenes asesinadas por la violencia machista, cuyas causas siguen impunes:

Estas son las cartas que entregan las familias al Presidente cada segundo miércoles del mes:

Esta es el informe que junto a las cartas las familias entregaron en la Rosada, un diagnóstico y una muestra de lo que falta para lograr un Nunca Más de la violencia patriarcal, de la que el Estado es parte:

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Infeliz año nuevo: trabajadores de alfajores La Nirva con orden de desalojo

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“Resuelvo: disponer el lanzamiento de los ocupantes de la planta fabril deudora ubicada en laa calle Dorrego Nº854, Lomas del Mirador, La Matanza, Provincia de Buenos Aires y restituir la posesión de la misma a la concursada”.

El fallo lleva la firma del juez nacional en lo Comercial Fernando D’Alessandro, está fechado el 30 de diciembre, y precisa dos aclaraciones: cuando se lee “lanzamiento” debe entenderse “desalojo” y “ocupantes” a 57 familias de la tradicional fábrica de alfajores La Nirva que recuperaron sus fuentes de trabajo en plena pandemia después de la estafa de los exdueños Matías Paradiso y Marcelo Iribarren. Las familias pusieron las máquinas a producir nuevamente luego de conformarse en una cooperativa de trabajo, y así trabajaron este año y medio pandémico hasta recibir el fallo previo al año nuevo.

“Estamos laburando muy bien”, dice a lavaca Marcelo Cáceres, presidente de la cooperativa. “En este último tiempo estábamos con pan dulces y muchos proyectos de ampliar la máquina de galletitas y alfajores, de inaugurar una línea más: estamos en crecimiento. El síndico ya había venido a revisar la fábrica y quedó sorprendido de lo bien que estaba. La decisión nos lleva a pensar que hubo un arreglo político con plata de por el medio, porque el juez no se fijó en esto, y directamente decretó el desalojo”.

La decisión, por ahora, no tiene fecha, pero las familias sí están en alerta y la noche de año nuevo reforzarán la presencia de guardia en la fábrica.

Dice Cáceres: “Vamos a aguantar la que se venga”.

Compartimos la nota de MU sobre la recuperación de la empresa.

Triple sabor: La Nirva, recuperada por sus trabajadorxs

Luego de estafas patronales, amenazas de la Bonaerense y dos meses en la calle durante la pandemia, la popular fábrica de alfajores de La Matanza se hace cooperativa. La autogestión como salida ante la crisis. Por Lucas Pedulla.

(publicada en julio 2020)

Después de trabajar 20 de sus 42 años en el control de la máquina de chocolate de La Nirva, Lorena Pereyra se encontró en pleno aislamiento social, preventivo y obligatorio enviándole al dueño una foto de su tupper en la olla popular que cocinaban al frente de la empresa, con un mensaje: “Mirá a lo que llegué”. La foto era la misma para cada una de las 65 familias que desde el comienzo de la cuarentena tuvieron que desoír el consejo de quedarse en casa, con los riesgos que eso implicaba, e instalar una carpa frente a la fábrica de alfajores en el partido bonaerense de La Matanza para reclamar por sus fuentes de trabajo.

Allí permanecieron durante casi dos meses con venta de torta fritas y budines para el fondo de lucha, y con carteles que explicaban la necesidad preventiva, social y obligatoria de otro virus:

  • “Nuestro virus tiene nombre: Matías Paradiso y Marcelo Iribarren (los dueños)”.
  • “Nos dieron cheques sin fondo en diciembre. Nos estafaron”.
  • “Si nos quedamos en casa nadie escucha que pasamos hambre. Queremos recuperar nuestro trabajo y vivir dignamente”.
  • “Queremos cobrar”.

Con cuatro hijos y su marido que había sido despedido de la misma empresa años atrás, Lorena nunca imaginó que atravesaría la lucha en medio de una crisis sanitaria sin precedentes. “La patronal cambió hace tres años y vimos cómo empezaron a irse compañeros. De 120 pasamos a 65. Hace dos años que no tenemos aportes, mientras vemos cómo en la ANSES figura que cobramos sueldos de 70 mil y 80 mil pesos, cuando hace nueve meses que no cobramos nada. Pero ante la necesidad te hacés fuerte, quieras o no”.

Lorena ya no habla desde la olla popular en la calle, sino desde adentro de la fábrica, donde permanece de forma pacífica junto a sus compañeros y compañeras en resguardo de las maquinarias y su fuente de trabajo que hoy toma una forma que augura un futuro pospandemia sanitaria y laboral: la forma cooperativa.

Foto: Ramiro Dominguéz

Conflicto grandote

La popular fábrica La Nirva es la encargada de hacer los famosos alfajores Grandote y La Recoleta, entre otros productos como cubanitos y copitos de chocolate y dulce de leche. El 80 por ciento de su personal son mujeres. “Mi pareja trabajó 31 años acá: lo echaron el año pasado pagándole una sola cuota de 51 mil pesos como indemnización”, contaba María de los Ángeles Santillán, 46 años, 23 en la empresa, cuando MU se acercó a la fábrica una semana después de iniciado el acampe. “No tiene nada fijo. Y la plata no alcanza, las boletas aumentan, tenemos mamás enfermas que tenemos que dejar para venir acá. Se complica todo: no tenemos ni para cargar la SUBE, por eso estamos vendiendo tortas fritas”. 

Marcelo Cáceres (34 años, 12 en la fábrica) pasó de ser delegado sindical a presidente de la futura cooperativa. Desde esa transformación recuerda que la caída  comenzó en 2018, cuando la firma cambió de dueños. “Se vendió al grupo Blend. Durante dos meses seguimos con el ritmo de trabajo que teníamos. Al tercer mes, el salario empezó a retrasarse. De a poco, se fueron cerrando líneas. Al tiempo, nos cortaron todos los servicios: agua, gas y luz. Nos quedamos literalmente a oscuras”.

Empezaron los despidos de personal administrativo: de más de 120 trabajadorxs quedó la actual planta de 65 personas. Y como en la pandemia, se contagió el miedo. Santillán: “Había miedo a hablar porque si alguien criticaba, al día siguiente era despedido”.

Cáceres aclara que el problema no era la producción. “Por quincena, y laburando una sola línea, hacíamos un millón 200 mil alfajores. En 2001, año de la peor crisis, ni se sintió: hasta horas extras se hacían. Fue un mal manejo. No sabemos lo que es cobrar un sueldo completo. Eran puchitos: de 2.000, 3.000 pesos. De octubre a hoy, solo en salarios la deuda con nosotros es de 18 millones de pesos”.

Hay más: “En diciembre nos dieron cheques a 60 y 90 días. El dueño nos dijo que vayamos a cobrarlo a una financiera, que nos iban a sacar un porcentaje, pero que lo íbamos a poder cobrar. Nadie vio un peso”.

Cáceres tuvo que vender su auto para poder pagar deudas. El 24 de diciembre llamaron al dueño para que les diera algo de efectivo para pasar las fiestas: “Nos dieron 3.000 pesos”. Y el 2020 arrancó con más promesas. “El primer día de febrero nos prometieron 40 mil pesos para arrancar y que, mientras producíamos, iban a abonar la totalidad de la deuda. Trabajamos una semana: nos dieron 20 mil. Hay buena predisposición, pensamos. Trabajamos otra semana más, pero ahí ya dijeron que no había efectivo. Como veníamos de dos años de mentiras, decidimos dejar de trabajar hasta que nos pagaran”.

Así llegó marzo, la pandemia agudizó todas las crisis y la situación  de los trabajadores era desesperante. Al combo se sumó que un vecino les avisó que un camión había ingresado de madrugada a la fábrica a llevarse cosas. No dudaron: estaba en juego la fábrica y sus fuentes de trabajo. 

Y votaron la instalación de la carpa.

Foto: Ramiro Dominguéz

Unión & galleta

Cuando el acampe cumplió una semana, recibieron una visita inesperada. Cáceres: “Apareció la policía, con la excusa de que no podíamos estar en la calle por la pandemia, cuando hacía siete días que estábamos ahí. Y nos corrieron por todo el barrio: un grupo terminó en la plaza, otro cerca de la ruta”. El efecto se vio al otro día: entre vecinos, vecinas y movimientos sociales hubo 200 personas apoyando a las familias en la puerta con olla popular. Y la policía no volvió más.

Ante la evidencia del apoyo, los dueños firmaron un acta en la que se comprometieron a cumplir el 100 por ciento de los salarios adeudados. Pero esta promesa tampoco se cumplió. “Agotamos todas las instancias legales que había. Primero, el dueño nos tomó el pelo a nosotros. Segundo, al sindicato. Y tercero, al Ministerio de Trabajo: hicimos cinco audiencias y no cumplieron ninguna, hasta que con los abogados del sindicato decidimos cerrar el acto y quedarnos en asamblea permanente, pero ya adentro de la fábrica”.

Lorena Pereyra hace una lectura de todo el proceso: “20 años son toda una vida. Tuvimos un mes en la puerta sin la ayuda de nuestro sindicato, con la ayuda de los vecinos. Ahí te das cuenta de que tu lucha vale, y que tiene un poder. Antes, con un pago mínimo entrábamos y desistíamos, pero ahora la pandemia terminó de desatar todo. Fui aprendiendo mis derechos. Uno viene acá, exponiéndose a todo, cuando lo que más queremos es estar en casa, pero lo valió”.

Mientras los trabajadores y trabajadoras buscan volver a la producción, Cáceres fue denunciado por “usurpación” por los exdueños, causa que tramita en los tribunales matanceros. “Por ahora el fiscal actuó bien. Y entre nosotros tenemos mucha unión. Sin eso, no hubiéramos llegado a nada. Esa es la base: la unión y la convicción que tenemos”.

Paula Rojas, 30 años, fue una de las últimas trabajadoras que entraron, hace cuatro años, en el área donde se colocan las galletas y empieza el proceso del alfajor. Sus compañeros la eligieron para que sea la tesorera de la futura cooperativa. “Me gusta y es una responsabilidad, porque si nos hubiéramos quedado en casa no habríamos conseguido nada. Mucha gente va a quedar desocupada después de todo esto, y si no recuperábamos también nos íbamos a quedar sin nada. Por eso tampoco podíamos quedarnos en casa. En casa estábamos todos separados, cada uno en su vida, aislados. Acá es distinto, estamos apostando a un mismo objetivo: recuperar nuestras fuentes laborales”.

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