Prostitución y política
El Aleph (versión putas): entrevista a Georgina Orellano

¿Cuánto cuesta la vida? ¿Cuánto vale? La dirigente de AMMAR y la actualidad desde la esquina: lo que se ve, lo que no se escucha, las falsas soluciones progresistas, lo que hay que abolir. Lo narco, la revolución, el cuerpo, la salida. Una recorrida por sus tatuajes, y todo lo que significa ser puta.
Por Claudia Acuña y Lucas Pedulla
Fotos: Lina Etchesuri
El infinito e incómodo aleph que pone sobre la mesa política Georgina Orellano, secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR), sincroniza todos los mundos que solo pueden verse desde un punto tan candente como la Constitución de Jorge Luis Borges y de las putas; de Cristina Fernández de Kirchner y de los que pican ibuprofeno para hacerlo pasar por cocaína; de la Facultad de Sociales de la Universidad de Buenos Aires y de las bolsitas de merca más baratas que una chupada de pija; de todo lo que los discursos progresistas y feministas ya no interpelan, porque requieren hechos concretos que solo la crueldad de Javier Milei pareciera animarse a radicalizar con reformas que clandestinizan aún más esos cuerpos desechables.
El triple narcofemicidio de Brenda, Lara y Morena tampoco se vio de la misma forma desde el aleph Orellano, como tampoco la asamblea antifascista post Davos, donde el Presidente focalizó en esos mismos cuerpos la justificación de un plan de miseria económica.
Peronista, 39 años, con un hijo recién recibido de la secundaria y múltiples tatuajes que ya contará, se define como puta no como una identidad sino como una declaración política que la ubica en lo que alguna vez, en alguna realidad efectiva, significó el corazón de un movimiento: la clase obrera. Qué significa hoy es parte de ese aleph, y para ver lo que pocos –casi nadie– miran hay que ubicarse no en un sótano borgeano, sino en la calle.
Y también, dirá Georgina, abrazar y escuchar.
Empecemos por Flores
Miércoles 24 de septiembre, día en el que se encontraron los cuerpos de Lara, Brenda y Morena, víctimas del triple narcofemicidio. Una plaza llena que convocaron ustedes pocas horas antes y un tono que marcó la discusión que solo lo pusiste vos:
“Dejen de repetir ese discurso clasista de que esto le puede pasar a cualquiera. No: les pasa a las pobres, a ver si entienden. Son los cuerpos de las pobres los descartables para este gobierno nacional”.
¿Cómo estamos hoy?
Nos preocupa mucho la mirada social con respecto al triple femicidio. Una mirada con un sesgo moral, reflejo de la sociedad que habitamos. Una sociedad que ha marcado límites en nuestra democracia, que permite algunas cosas y otras no, y los sujetos que estamos por fuera, en los márgenes, somos las trabajadoras sexuales, las personas en situación de calle, el colectivo travesti trans, los pueblos originarios, las pibas y pibes pobres, los colectivos migrantes.
Nos preocupa la mirada que ha tenido un sector de la política que debería tener una sensibilidad con respecto a la trama de conflictividad que hay y que lejos de poder profundizar en el síntoma social que hoy atravesamos no se mostró interesado en poder abordar esos conflictos y ponerle nombre. Darles voz a esas personas que están fracturadas, con vidas descartables y que rápidamente las enmarcan en un discurso del derecho penal, cuando es necesaria una discusión social.
¿Cuáles son los sujetos descartables de esta sociedad, que está rota? Hay muchas personas que se sostienen como pueden, con lo que tienen a su alcance y eso las expone a una situación de mucha vulnerabilidad.

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Los datos duros
En ese marco, ¿cuál sería tu reforma laboral? Se discute una pero ustedes nunca tuvieron derechos.
Las personas que tienen que estar sentadas en esa discusión son compañeros y compañeras que nunca han tenido la posibilidad de ser escuchados por la política y las instituciones. Hay personas que han sido históricamente intermediarias de las demandas y las palabras de sectores sociales que venimos de muy abajo. Hay que reconocer a esos nuevos sujetos sociales.
Sentar a los compañeros migrantes, los que pedalean en una bici, los que trabajan en plataformas virtuales, los que no se reconocen como trabajadores y creen que lo que hacen es emprendedurismo, sentar a las que hacen manicure, que trabajan a domicilio, las que no necesariamente tienen que cumplir horario en un establecimiento de un local. Son nuevas subjetividades que cada vez crecen más en economías sostenidas por la precariedad y la necesidad imperiosa de ganarse la vida como se puede.
Después, nosotras creemos que tiene que haber una reforma laboral porque las legislaciones laborales que tenemos les han quedado hablando, abrazando y conteniendo a un sujeto que hoy no es el representativo de las grandes mayorías. De las lógicas que nos impone el fascismo y el neoliberalismo hay que aprender cómo poner sobre la mesa agendas que deberían ser del peronismo y de las izquierdas.
Es necesaria una reforma laboral que incluya, que amplíe la mirada, que contenga nuevas realidades. El Estado solo tiene para ofrecernos el monotributo y nosotras ya sabemos que es igual a explotación y precariedad. No es un proyecto que te entusiasme dar de alta, mucho menos porque sabemos que el propio Estado precariza a sus trabajadores: casi todos los estatales son monotributistas.
Si para reconocer que el trabajo sexual es trabajo me van a ofrecer el monotributo prefiero la clandestinidad. Necesito algo más que nos convoque: pensar una política de acceso a la vivienda, de créditos. ¿Cómo accede una persona a un préstamo desde un trabajo informal? ¿Cómo alquila? Lo que te ofrecen es que te hagas un seguro de caución en un banco, pero no todas estamos bancarizadas. Muchas ni tienen documentos.
¿Qué significó la pandemia para ese sector?
La mayoría de las compañeras atravesamos la pandemia sin asistencia integral por parte del Estado, que te decía como eslogan “quedate en tu casa” y había muchas compañeras que no tenían casa. O la que tenían, era una que pagaban por día. Esa compañera se quedó seis meses y cuando salió tenía una deuda con una soga al cuello. O la echaron y el dueño o la dueña de la pensión o inquilinato se quedó con sus pocas pertenencias de valor.
Después, las compañeras que podían acceder a políticas sociales como el IFE (Ingreso Federal de Emergencia) o el Potenciar Trabajo necesitaban serios requisitos que muchas no los cumplían. La mirada ya daba cuenta de que había un sujeto que para el Estado era invisible porque la manera en que las compañeras podían acceder era a través de la digitalización. No todas tenían un celular.
Pasábamos horas para armarle el correo electrónico a una compañera que estaba viviendo en la calle. Cuando el Estado te ofrece eso ya te está diciendo: “A vos no te veo”. Quienes pensaron eso se manejan mandando mails. Para nosotras era ridículo y muy violento que a una compañera que está en situación de calle le tengamos que anotar en un papelito la contraseña para que no se la olvide.
Fue violento tener que reempadronarse para seguir cobrando el Potenciar Trabajo: dos horas con una compañera para que le hagan el rastreo del rostro y todo para cobrar 70.000 pesos: hacerle pasar esa vergüenza. Hubo chicas que viajaron a visitar a su familia, le hicieron cruce de migraciones, le dieron de baja y no sabían por qué.
Otra: fuimos a la ANSES y le dijeron que la habían bajado porque se descargó Netflix. ¿Cuál es la mirada entonces? ¿El pobre qué puede hacer? ¿No puede tener Netflix, no puede viajar? Tiene que demostrar todo el tiempo su vulnerabilidad y pobreza para recibir una migaja. Todo eso terminó transformándonos en una organización asistencialista, cumpliendo el rol del Estado.
En paralelo apareció el negocio del narcomenudeo. Al principio las compañeras cobraban 16.000 pesos de programa social. La mayoría pagaba entre 8.000 y 10.000 pesos por mes la habitación de un hotel. En 2020 era un poco sostenible, te sobraba. Después, todos los costos de la vida aumentaron, pero eso no significó un aumento en el programa: cobraban 20.000, pero el alquiler se les fue a 16.000.
Y hoy el programa se quedó congelado en 78.000, pero pagan 400.000 un hotel. Sí o sí tenés que hacer otra cosa.
¿Cuánto vale un servicio hoy?
Un servicio bucal cuesta 20.000 pesos. Un servicio en el hotel, 50.000. Y el hotel, a veces, está a 12.000 la media hora y otros salen 30.000. Un cliente tiene que tener mínimo 80.000 pesos para la compañera de la calle. Las que trabajan en departamento cobran 100.000 pesos.
¿Y cuánto cuesta una bolsita de cocaína?
Entre 5.000 y 10.000 pesos.
Es más barato consumir cocaína.
¿Qué efectos produce esto?
Lo que afecta es la conflictividad en la zona: el cruce entre narcomenudeo y trabajo sexual. Hay compañeras que hacen el pasamano, la venta de mentirita o el cucho, como se le conoce en la jerga (venderte algo simulando otra cosa, como por ejemplo ibuprofeno picado).
Uno va, te compra una bolsa, la toma, no le pega, va a volver a agarrar a la compañera a decirle “devolveme la plata”, la compañera no va a querer, empieza el conflicto, la pelea, los botellazos, los vecinos llaman a la policía, la policía pone a la compañera contra la pared, le saca los cuchos que tiene, le saca la plata, y al otro pibito también.
Ese es el grado de conflictividad todo tiempo, sobre todo porque las personas que pueden tener 5.000 o 10.000 pesos para comprar una bolsa también son pobres, no bajan de un Mercedes Benz. Es el precio para que consuman los de abajo.
También baja la edad de las chicas. Vimos muchísimas adolescentes en Flores. Muchas pibas son madres, muy jóvenes. Otras no, pero tienen familias numerosas, gente a cargo. Están, de alguna forma, maternando.
Algunas de sus madres han sido trabajadoras sexuales que también fueron madres jóvenes, porque tienen entre 40 y 50 años: han sido madres adolescentes, que atravesaron situaciones de violencia, porque algunas estuvieron en algún momento con la pulsera o les pusieron una perimetral a sus parejas, que son los padres de las chicas.
A esa violencia intrafamiliar se le suma la precariedad de este contexto, donde ellas mismas dicen que para trabajar en un local de ropa de Flores te ofrecen 600.000 pesos por mes, con horarios que arrancan a las 8 hasta las 20 horas, de lunes a sábado, sin feriados. Esa plata no les resuelve la vida, tampoco a sus familias.
Y lo que también vemos, no solo en las pibas sino en la juventud, es un deseo permanente de ascenso social rápido, de conseguir cuestiones que tengan que ver con la materialidad de la vida. Hoy el valor de una piba ya no está en la universidad, como el ideal del hijo de un obrero: quiere hacerse las uñas y subirlo a Instagram o TikTok. Tener un iPhone. Tener Netflix.
Esta cosa de las redes que todo el tiempo te están incentivando a mostrar algo. Que tenés un valor. Y el valor está puesto en ir a bailar y sacar fotos a lo que consumieron. Si gastaron 400 lucas, para ellas es un valor mostrar el ticket.
Así crecen esas economías: la de hacerse las uñas, las pestañas, los labios, el peeling, el alisado, la ropa. Los pibes lo mismo: ¿cuántas barberías hay en los barrios populares? Esos cortes con diseño duran 15 días, las uñas lo mismo, las pestañas. Hay que sostener la materialidad de mostrar que sos alguien.


Georgina durante la Asamblea Antifascista y Antirracista de Parque Lezama. Con megáfono, en la marcha por el triple narcofemicidio.
¿Es un fracaso del feminismo o del progresismo no haber transmitido otro valor de ese “yo tengo”?
El progresismo y el feminismo son muy puritanos. Lo que tienen para ofrecernos son cosas muy aburridas, filosóficamente. Es una teoría aburrida. Llamo aburrido a que te digan que tiene que haber una sociedad justa, libre e igualitaria cuando la sociedad es injusta, no es libre y no es igualitaria. Te hablan de la soberanía de los pueblos, pero ves en Jujuy cómo están queriendo saquear el litio, con la mayoría de los partidos del campo nacional y popular con alguna agarradita. Entonces me están mintiendo en la cara. El fracaso es ese: el relato no tiene un reflejo en sus acciones, en la realidad. Ahí está la falla.
Al progresismo le gusta mucho abrazar al pobre bueno: al pobre que se arrepiente de robar, a la puta que se arrepiente de ser prostituta, a la travesti que se arrepiente de estar parada en la esquina. Ahí ya estás rompiendo un relato colectivo. Demostrás que tenés un discurso parecido a los de enfrente: es un relato individual donde vos le imponés a la otra persona que hay un valor en su esfuerzo personal. Y las historias que conmueven son esas: superación y sacrificio.
¿Cómo podemos recuperar una erótica de la revolución?
Con un discurso disruptivo. Radicalizar el discurso de lo que necesitamos. No necesitamos parecernos al fascismo, no es que ellos ganaron por tener un discurso porque la agenda de la diversidad no garpa. Lo que no garpó es que lo que no estuvo en el centro –no solamente de nuestro discurso nacional y popular sino de las acciones concretas de la política– es la redistribución de la riqueza.
Lo vemos un montón con la crítica que hace Milei al Estado. Es válida, y decir eso no significa que defendamos a Milei. Pero cuando viene y dice “voy a destruir el Estado”, yo también tengo ganas de destruir el Estado. Cuando le ponían un pizarrón al frente con un montón de ministerios y él decía “voy a volar esto y esto”, nosotras también queríamos arrancar el Ministerio de las Mujeres.
Hay algo disruptivo de él, mientras de este lado la cosa se puso tan institucional en defender herramientas que no servían, que eran inútiles. A nosotras nos venían a pedir firmas para que no cerraran el Centro de Acceso a la Justicia de Constitución, pero les decíamos: “Que lo cierren”, porque a las compañeras las trataron mal, no las dejaban pasar porque una vino de gira, otra vino borracha. Amiga: estás en un barrio popular, le vas a tener que dar otro turno porque sos el Estado y esa es tu obligación.
Algunas compañeras plantean que el feminismo no supo hablarles a los varones, pero nosotras decimos que el feminismo todavía no sabe cómo hablarles a las mujeres pobres. Sin infantilizar. Se da por hecho que todas las mujeres de barrios populares están contenidas, empoderadas, abrazadas y sostenidas por el feminismo y no es así, porque el feminismo que predomina en Argentina en los espacios de poder, de masividad, es un feminismo blanco.
Es un feminismo que le preocupa más que un Pedro Rosemblat entreviste a Cordera que una compañera venda estupefacientes para poder vivir o que aparecieran tres compañeras torturadas y enterradas en el fondo de una casa en Florencio Varela. Es un feminismo que te cuenta la serie que vio en Netflix, cómo materna a su hijo, cómo la escrachan en las redes sociales, la violencia que sufren en X. Eso, para una compañera pobre, es irrelevante.
Te vimos recibir patadas en la calle hace seis meses por defender a una compañera. ¿Cómo es poner el cuerpo ahí? ¿Qué te salva?
Las compañeras. Nos salvan nuestras propias redes. No las queremos llamar trincheras porque rápidamente te aísla del resto y no queremos aislamiento social. Este contexto es de mucha precariedad, de mucha demanda, donde poner el cuerpo significa que se te va, también, la salud mental porque las compañeras llegan cada vez más rotas.
No es que vienen y te dicen: “Che, la policía me cagó a palos”. Te dicen: “Hoy la policía me cagó a palos, tengo tuberculosis, vivo en la calle, no sé si tengo sífilis, mirá la herida que tengo, no tengo para comer y no tengo para bañarme”. No sabés por dónde empezar. ¿Cómo priorizo?
La cantidad de compañeras muertas por tuberculosis que nosotras velamos desde el año 2022 hasta ahora. Se supone que es una enfermedad de la que muchos hablan del siglo 19, pero en Constitución, o a pocas cuadras del Congreso, hoy es una forma de morir.

El porro y la higienización
¿ Qué te sostiene?
Las articulaciones. Por eso seguimos confiando, como militantes, en la política, que no quiero llamarla “herramienta de transformación”, porque es un cliché. Nosotras queremos que la política te resuelva. No importa si la compañera viene con tuberculosis, con consumo problemático, de gira, borracha, si pierde el turno. Necesitamos que la política no juzgue, sino que escuche, abrace y resuelva.
Nosotras siempre insistimos en que dirigentes y políticos vengan a la Casa Roja, que recorran Constitución, Flores, porque te sacuden tus privilegios. Esa es una forma de hacer política. Recuerdo un legislador que vino y cuando le fui a abrir la puerta se apagó un porro. Lo recibimos con mate, facturas, recorrimos: vio perfectamente cómo las compañeras hacen el pasamano, cómo van y consumen, cómo se dan un pipazo, cómo están los vecinos ahí policeando lo que hacen las compañeras, cómo se baja del patrullero y las patean.
En una hora ves el síntoma de un barrio en dos manzanitas, no hace falta que te pase un powerpoint. Cuando llegamos y le pedimos una devolución, nos dijo: “Es muy complejo poder explicar que el sostenimiento económico de las personas de los barrios populares sea el narcomenudeo, porque la sociedad no va a estar preparada para asumir el grado de consumo problemático que hay”. ¡Hermano, te apagaste un porro!
Quizá sea recreativo, pero termina siendo moral, y es el puritanismo en que se convirtió el peronismo: la varita de decir quién sí y quién no. Y es hipócrita. Hermano: convidale de tu frasco de flores, porque si el pibe se da un pipazo es porque no puede consumir lo que fumás vos.
¿Por qué no tienen una diputada?
Porque la política institucional no es un lugar al que aspiramos llegar porque ya hemos visto cómo han llegado otras compañeras. La institucionalidad de la política tiene algo muy dañino que es la fragmentación de los sectores. Te muestra una diputada pobre: una. Y nosotras queremos entrar todas.
Hemos visto compañeras nuestras que puteaban con nosotras en la esquina, que se cagaban a piñas, que tenían herramientas propias de defensa que te da la calle, y una vez que entran al Estado te dan la espalda. Hay una higienización. Vimos compañeras trans con camisas blancas hablándonos con palabras raras, con un termo Stanley, y decís: hermana, vos chupaste pija conmigo.
La institucionalidad te ofrece una entrada: no a todas, a la mejorcita. Te capta, te aísla, te separa, te fragmenta y te higieniza. Hasta que nosotras no entremos todas, no estamos dispuestas a regalar lo construido para abrazar a una. No quiero que abracen a la puta que mejor habla. Abrazate a la más rota, a la que vende estupefacientes, a todas.
Nos pasa: las veces que fui presa han venido diputados a sacarme, pero acá se llevan presas a las compañeras todos los días. No vengas solo cuando detienen a la secretaria general. Mientras la política institucional tenga esa metodología de higienización y blanqueamiento, preferimos estar lejos. Y lo discutimos.
A principios de año, en la mesa nacional de la CTA hablaban de la precariedad y de la inteligencia artificial. Les digo: “¿Saben qué hacen mis compañeras para poder comer esta noche? Venden falopa. Su trabajo es picar ibuprofeno”. Que sepan incorporar esa imagen, al menos, a la discusión.
Utilizás el concepto de “higienización” en dos sentidos: uno para esos cuerpos que son descartables y otro para esa camisa blanca. ¿Cómo lo definís?
La higienización social tiene que ver con las vidas descartables y lo ponemos en una escenografía concreta como es el barrio de Constitución. Ese barrio tiene un control policial totalmente exacerbado a comparación de otros. Monitorea todo el tiempo la policía y no cualquier sector.
Hay dos Constitución, lo cual habla de la higienización del barrio. Una es la Constitución universitaria, con la facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Ahí la policía no está, tampoco la situación de calle, el pibito consumiendo, y encima a la vuelta ahora está Cristina: muchos descubrieron Constitución por San José 1111.
Pero pasando San Juan para el otro lado, hasta Avenida Garay o Caseros, eso es la selva misma. Es sobrevivir como puedas. La que ahí maneja, quién sí y quién no, es la policía. Los cuerpos descartables son de los pibes y pibas que están en situación de calle, en consumo problemático dándose un pipazo, las compañeras trans, las que están con el carrito vendiendo café. Los compañeros senegaleses que trabajaban con la manta en la plaza Constitución o en las inmediaciones del Ferrocarril Roca. ¿Dónde están? Adentro de una feria: eso es una higienización.
Es decir: te acepto mientras pagues la renta a un empresario que maneja toda la estación y tiene más de 500 locales, pero en la calle no. Hoy esa tarea ni siquiera la hace el comisario, sino la brigada de calle, que depende directamente del Ministerio de Seguridad.
Hay una definición política: se nota un Estado que viene a limpiar con operativos de saturación que no hacen en Palermo sino en barrios populares. Una vez por semana, en general los viernes, y no en toda Constitución, sino en tres manzanas. Hasta los locales ya lo saben, porque bajan las persianas.
Compostaje con papa
Otro elemento es el aumento exponencial de mujeres presas por el narcomenudeo.
Muchas están sin condena. Y eso tiene que ver con el no acceso a la justicia. Cuando muchas empezaron a caer presas la mayoría iba a buscar por el lado del abogado privado porque la idea de justicia es que si vos tenés plata vas a encontrar que alguien te defienda.
Ahí lo que aparece es la distancia del Estado: ellas no querían la defensa pública, y salían endeudadas por haber estado presas. Sin entender el proceso judicial. La mayoría estaba por el artículo 5C de la ley de drogas, que es la venta de estupefacientes en el espacio público: muchas salían sin saber qué habían firmado y se habían comprometido a hacer tareas comunitarias. El defensor ni les explicaba el acuerdo logrado.
Entonces empezamos a hacer el ejercicio de explicarles cómo funciona. La mayoría de las audiencias son vía zoom, ¿cuántos cuadraditos hay? Uno es el juzgado, otro la fiscalía y otro sos vos, que vas a estar al lado con tu defensor. Cuando contamos esto en la Universidad Nacional de San Martín nos decían: “Ustedes están haciendo talleres de alfabetización judicial”. Ah, ¿existe eso? O sea: hay analfabetas y vos no hiciste nada.
¿Cuál es la salida?
Axel Kicillof inauguró una alcaidía como una política de seguridad para que no haya hacinamiento. Nosotras dijimos: liberá a todas las compañeras que están presas sin condena y vas a vaciar el 80 por ciento. Eso es radicalizar el discurso, no tener uno copiadito de Patricia Bullrich. Si estás reconociendo que hay condiciones de hacinamiento, fijate el diagnóstico. Y, como Estado, acompañá cada caso puntual para que no reincidan. La política es transformar, no copiar un modelo que solo sirve para la foto.
Nos pasa: muchas compañeras prefieren ir en cana porque, por lo menos, tienen techo y comida.
Después, dentro del servicio penitenciario, entramos al pabellón y preguntamos: ¿el Estado viene acá? “Sí, viene”, dice una. “Yo te voy a mostrar”. Se va a la celda, viene y baja con una pila de diplomas. “Mirá: aprendí a compostar”. ¿Cómo vas a enseñar a una travesti a compostar si no tiene un lugar para vivir?
Después está el ingenio, porque una dijo: “Fui a aprender a compostar porque aprendí a hacer un licor que se llama tornillo, para pasar la Navidad”. Aprendieron a fermentar la papa para brindar con sus compañeras.
Un paseo por los tatuajes
Hablemos de tus tatuajes, que son varios. Uno es Evita, pero no es cualquier dibujo, ni tampoco la imagen más icónica. ¿Por qué y qué le agradecés?
La asocio a mi madre, que nos hablaba de su primer guardapolvo almidonado, las alpargatas con las que dejó de estar descalza en Herrera, un pueblo en Santiago del Estero, su primer cuaderno y lápiz. La materialidad del acceso a la educación. El dibujo es la Evita joven, un poco olvidada por el peronismo, la no higienizada: la Evita prostituta, la actriz, la Evita que se levantó al político.
Otro: CFK.
También por mi madre. Se jubiló como empleada de casas particulares con la ley de Cristina. Es una contradicción, porque así como tengo a mi mamá jubilada dejando de limpiar casas a los 60 años, orgullosa, a las trabajadoras sexuales nos prohibió el rubro 59, el cabaret y las whiskerías.
La visitaría para decirle que se mude a la Constitución donde hacen los allanamientos. Dejé de pasar por San José porque me hacía mal, no por Cristina sino por la gente que había abajo. Vi a un par de compañeras hacer una performance con sonido, video y música de Lali de fondo, todas muy alegres. Crucé la esquina y abajo de la autopista, cerca de la excomisaría 16, había 20 pibes amontonados durmiendo. Uno tenía un celular y estaba viendo Netflix. Pensé: nos rompieron por dentro con eso.
Son las dos caras, de Constitución y de la política: la alegría y la precariedad. Andá a bailar con los pibes o invitalos: es una cuadra. La fotografía que había en una y otra era abismal.
Otro tatuaje: Hebe de Bonafini.
La amamos. En la militancia uno busca apoyo político y todas las personas que militan memoria, verdad y justicia tienen una deuda con muchos sectores. Los derechos humanos no se quedaron solo en los 30.000.
Hicimos un mapeo de las principales figuras y Hebe ganó por afano: la más irreverente, la más parecida a nosotras, la que putea, la que no le importa nada. Pero nadie la quería ir a ver, porque no tiene filtro: te abraza o te manda a la mierda. Y cuando fuimos, lo primero que nos dijo fue: “¿Dónde está mi carnet?”. Qué carnet, dijimos. “Querida, yo soy la puta número uno. Yo soy la más puta de todas. Ustedes entran con el carnet de afiliada número uno o no vengan”.
Le empezamos a explicar de la violencia policial, y ella decía que la Casa de las Madres era nuestra casa: “En el placard tengo unos taquitos”, decía. “Cuando la policía las molesta, me llaman: me pongo los taquitos y me voy a putear con ustedes”. Ese es un discurso radical.
Me acuerdo que con el aborto quería armar en la Casa de las Madres una cocina de misoprostol: eso es querer ir al fondo del problema.
¿Maradona?
Es Dios. Me dicen de todo, porque parece una contradicción que tenga a Maradona tatuado, pero antes de ser feminista soy pobre, del sector popular, tengo familia numerosa, un montón de hermanos y sobrinos y en mi casa siempre se hablaba de Maradona.
Es alguien que vino de abajo, pero no se dejó higienizar. Fue negro siempre, y murió como un negro, con su negrada cortando la autopista. Defendiendo a los jubilados, la soberanía de los pueblos, cosas con las que muchos no se meten por tibios.
Conocí Nápoles. Una parte parece Constitución. Los que venden en la calle son vecinos que no dejan que entre la privatización. Y te dicen: “Es nuestro, es lo que nos dejó Maradona”.
El último: “Puta”.
Es una existencia. Yo soy esto. Me lo tatué grande para que se vea y sorprenda. Los tatuajes son una forma de hacer política y este es el primero que me hice. Que la gente se incomode.
Hay clientes que me preguntan por qué, como en una disociación de su subjetividad. Me dicen: “Te lo tendrías que tapar, te quedaría bien hacerte flores”. Mirá vos, le digo, entonces vos deberías dejar de venir conmigo.
¿Es una identidad o una definición política?
Es una definición política. No soy partidaria de las identidades, de la política identitaria. Nuestra identidad es una: somos clase obrera. No es segregar los putos acá, las travas allá, las putas por ahí, los rappi. Somos clase obrera. Esa es nuestra identidad política: ser parte de una clase. Y dentro de la clase obrera, existimos las putas.


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