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Derechos Humanos

19 y 20 de diciembre: La batalla que nos parió

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Cooperativa SUB

Esta nota cuenta la historia de Gustavo Benedetto, Carlos «Petete» Almirón, Gastón Rivas, Diego Lamagna y Luis Alberto Márquez, asesinados el 20 de diciembre de 2001 en Plaza de Mayo. No fue publicada en nuestra página web porque no existía. Fue distribuida por mail a una decena de direcciones con la esperanza de aportar algunos datos que transformaran la información sobre los muertos y heridos aquel 20 de diciembre en algo más que el mero número del que daban cuenta los medios comerciales. No sabíamos qué estábamos haciendo, pero sí porqué. Así, hace 23 años, nació lavaca. Y este trabajo fue incluido en el libro Grandes Crónicas Periodísticas de la editorial ComunicArte junto a textos de José Martí, John Reed, Edmundo de Amicis, Edgar Snow, Seymour Hersh, John Hersey, Vasili Grossman, William Russell y Elena Poniatowska, entre otros.

En septiembre último, la Corte Suprema dejó firmes las condenas a quien era secretario de Seguridad, Enrique Mathov, y al ex jefe de la Policía Federal Rubén Santos, fallo judicial confirma al menos en parte lo que es una certeza cotidiana: la posible responsabilidad penal de los funcionarios que ordenan reprimir y de quienes ejecutan esa orden.

Sin retocar las desprolijidades que la urgencia periodística nos dictó entonces, compartimos -ahora sí- con nuestros miles de lectores ésta, la primera crónica de lavaca, que acompañamos con una palabra inventada: anticopyright.

El pasado 20 de diciembre, la jueza María Romilda Servini de Cubría en persona cruzó la Plaza de Mayo, esquivando gases lacrimógenos y pedradas, intentado encontrar allí al responsable de la represión que, apenas diez minutos antes, había observado en el televisor de su despacho. Eran las 11.30 de la mañana cuando la jueza habló con el uniformado de mayor rango que encontró en el tumulto. Sus palabras fueron claras:
-Soy la jueza federal de turno. Le ordeno el cese inmediato del operativo de desalojo de la plaza. Informe a quien corresponda que yo estoy a cargo de la seguridad de estas personas.
El uniformado le respondió que el mensaje sería transmitido al comisario mayor Norberto Edgardo Gauderio, el responsable de la Mesa de Situación de la Policía Federal en ese momento.
Luego, la jueza se dirigió a tres comisarías para liberar a quienes habían sido detenidos en las refriegas.
A las dos de la tarde regresó a su despacho. En la pantalla del televisor las imágenes eran claras. Nadie le había hecho caso.
Hoy, la jueza Servini de Cubría investiga cinco homicidios. Los dos primeros ocurrieron a las 16.20 en el cruce de Lima y Avenida de Mayo. El último fue antes de las 18. Ese fue el lapso más salvaje de la batalla de Plaza de Mayo. Fue, también, el que marcó el final de Fernando De la Rúa, tras 740 días de mandato. La quinta víctima cayó delante de las cámaras de televisión, en donde quedó impreso el grito: «Están disparando desde adentro». Los testigos señalan el edificio La Buenos Aires, en Avenida de Mayo 677, donde el Banco HSBC tiene cuatro cajeros automáticos en la planta baja y sus oficinas centrales en lo alto de una torre fuertemente custodiada: en la décima planta funciona la Embajada de Israel, luego de que, en 1992, un atentado terrorista destruyera su anterior sede. La justicia secuestró la cinta de la cámara de seguridad del banco, donde se puede ver difusamente a un grupo de cuatro custodios disparando desde el área de los cajeros automáticos. Las pericias preliminares realizadas sobre los vidrios del edificio indican que los cristales se astillaron por disparos efectuados desde adentro hacia afuera. Uno de ellos fue el que mató al muchacho que todos vieron caer ante las cámaras y que, según los registros de la causa, llegó muerto al Hospital Ramos Mejía a las 17.30.
Gustavo Ariel Benedetto, 23 años, hijo de su barrio -La Tablada-, egresado de la escuela secundaria y pública Número 155, trabajaba como repositor de la sección verduras del supermercado Dia durante doce horas al día y por cuatrocientos pesos al mes.
Su amiga y abogada, Cristina Laborde, lo describe como «un pibe de cutis blanco, flaco y muy alto: casi un metro noventa. Esa altura lo convirtió en un blanco fácil». Gustavo vivía con su madre y su hermana en una casa de una planta, con dos habitaciones, comedor, cocina, patio y perro. Su padre había muerto de cáncer nueve meses atrás y, desde entonces, él era el único sostén familiar. Su universo privado era su cuarto, con dos camas, un mueble para guardar ropa, un estante con CDs y equipo de música, un banderín del Ríver Plate, un poster del retirado delantero Enzo Francescoli y la bandera de su banda musical preferida: Baroja, nacida y criada en La Tablada, como él. Rock duro y potente, con una guitarra furiosa, batería, bajo, saxo y canciones que hoy también suenan proféticas:
No esperes más que no hay a dónde ir/
Rompe la mentira que lo que falta es la verdad/
Solo lucha una vez/
La muerte está esperándote.

Sebastián Piacentini, el mejor amigo de Gustavo, es el autor de la letra y el que explica lo que ahora resulta obvio: «La muerte, la verdad y la mentira son temas que siempre están presentes en nuestra banda. No pensé en nadie en especial cuando la compuse. Se llama Sólo faltás vos y cuando la cantamos en un concierto, seis días después de la muerte de Gustavo, recordé todo lo que pasamos juntos. Y me di cuenta lo solo que se habrá sentido ese último día».
Ese último día, Gustavo se presentó a trabajar a las siete de la mañana, pero la amenaza de los saqueos obligó al supermercado a cerrar. Preocupado por la suerte del local, regresó al mediodía y comprobó el desastre: las persianas y los vidrios estaban rotos, las góndolas vacías, los destrozos desparramados por todos lados. Impotente, Gustavo decidió ir a Plaza de Mayo a protestar. Intentó convencer a varios amigos para que lo acompañaran, pero ninguno estaba disponible. Su determinación o indignación tiene esa dimensión: un muchacho que siempre estaba acompañado, escoltado por su barra de amigos, sube solo al colectivo número 126, viaja durante una hora y media y desciende cien metros antes de toparse con una bala.
Gustavo cayó en Avenida de Mayo al 600, delante de las cámaras, frente a los ojos de su mamá y su hermana. Las dos lo vieron morir por televisión, once días antes de poder festejarle el cumpleaños número 24, mientras escuchaban que alguien gritaba: «están tirando desde adentro».
Otro alguien, días después, dejó un mensaje en el contestador telefónico de la abogada Laborde con anónimas amenazas. Anónimas, también, fueron las manos que hackearon el correo electrónico que difundieron los amigos de Gustavo para obtener datos del asesinato. «También es un misterio -sigue la abogada- por qué tenía la cara lastimada con balines de goma. Las imágenes de la televisión lo muestran sangrando, pero con la cara intacta. Un testigo declaró que tampoco recuerda haberle visto esas marcas. Pero cuando nos entregaron el cadáver tenía las mejillas heridas, como si hubiese recibido una ráfaga».
Es jueves, son las cinco y media de la tarde, pero ha pasado ya una semana desde la batalla de Plaza de Mayo y la guardia del Hospital Ramos Mejía está tranquila. El jefe aclara que no está autorizado a dar información oficial. Recuerda perfectamente que hasta allí no llegó Gustavo Benedetto, sino su cuerpo. Por eso, en los registros de la guardia está inscripto como «N.N., varón». Los médicos se limitaron a constatar su muerte. «Esa tarde estábamos desbordados. Nos hicieron trabajar de lo lindo. Y salvamos a varios. Ya desde la madrugada atendimos heridos, pero los más graves empezaron a llegar poco después de las cuatro de la tarde. Estuvimos en el quirófano hasta las dos de la mañana, sacando balas de todo calibre».
Cuando se le pide que recuerde qué fue lo que más le llamó la atención de todos esos cuerpos heridos que desfilaron por sus manos, responde sin dudar:
– Los tatuajes y los cortes.
– ¿Qué cortes?
– Cortes, heridas viejas. La mayoría eran chicos jóvenes, aunque parecían mucho más jóvenes de lo que en realidad eran, con tatuajes y cicatrices por todos lados. Le puedo asegurar que no era gente como usted o como yo.
– ¿En qué sentido?
– No eran de clase media. Seguro.
En la sala de cirugía del tercer piso todavía está internado Marcelo Dorado, uno de los obligados pacientes del jefe de guardia. El chico tiene el pelo desordenado, una remera gastada y un pantalón corto, deportivo, con varios campeonatos y lavados. Está muy pálido, ojeroso, flaco. A simple vista parece un adolescente de 18 años. Tiene 28.
Marcelo trabaja desde hace cuatro años en una empresa de cerramientos de aluminio, de 9 a 18. Su obligación es ir todos los días de la semana en ese horario, pero solo cobra por cada trabajo efectivamente realizado. En las buenas semanas, se lleva entre 200 y 300 pesos. En las otras, nada.
Ese día de furia, la empresa lo había destinado a unas oficinas de la calle Salta para trabajar en una mudanza. Llegó temprano, con otros dos compañeros que lo ayudaron a desarmar todo, mientras escuchaban la radio. Al mediodía, le plantearon al responsable del lugar que sería mejor dejar para otro día el traslado, ya que estaban en plena zona de combate, a unas pocas cuadras de Plaza de Mayo. El hombre les dio la razón.
Marcelo se despidió de sus compañeros y apuró el paso: quería llegar a Retiro para tomar el tren que lo regresaba a su empleo, en las afueras de Buenos Aires. Apenas se acercó a la zona del Obelisco vio la nube gris de gases lacrimógenos. Pero como ni el tránsito ni los semáforos estaban cortados, pensó que no sería para tanto. Esperó, hasta que creyó que la refriega entre manifestantes y policías se había calmado y retomó la marcha.
Marcelo traza en un cuaderno su recorrido. Dibuja en el centro el Obelisco. Una línea que lo atraviesa y que corresponde a la Avenida de Mayo. Y a la derecha, una trinchera, que calcula a una cuadra de distancia, hacia el lado de la Plaza. «Desde allí salían y hacia ahí se replegaban». Está hablando de la Policía Federal.
Tras cinco intentos fallidos de cruzar el Obelisco, Marcelo comprendió la táctica del combate: la policía avanzaba tirando gases y repartiendo palos y, tras unos minutos de refriega, se replegaba. Luego, volvía a la carga. Esos intervalos fueron los que él confundió con la calma. Y en cada uno de ellos intentó avanzar, hasta que no pudo evitar lo inevitable.
Marcelo llamó a su jefe desde la cabina de un teléfono público, en el cruce de Alsina y Nueve de Julio, para avisarle que estaba demorado. Allí recibió los tres balazos. Uno le pegó en la pierna y fue el que lo tumbó en plena avenida, mientras los autos intentaban esquivarlo. Un taxista lo cargó en su auto para llevarlo a un hospital y cuando le sacó la mochila, que todavía colgaba de su hombro derecho, se dio cuenta que tenía un segundo impacto. Fue el que le perforó la pleura y le dejó el pulmón en pronóstico reservado.
El tercer disparo se lo señaló el jefe de la guardia. Le dijo:
 Lo del pulmón es delicado: hay que sacar sangre y aire y mantenerlo controlado. Recién después podemos extraer el proyectil. La bala en la pierna es la que te da esa sensación de hormigueo porque quizá está rozando algún nervio, aunque no creo que sea nada grave. Por ahora tampoco vamos a tocarla. Lo importante es que zafaste de la más jodida. Esa fue apenas un beso, pero podría haber sido el último.
Marcelo aparta sus rulos desordenados y muestra la huella que le dejó el roce del plomo, en la base del cráneo. «Nunca, jamás, se me había cruzado por la cabeza que las balas eran de verdad. Yo veía que la policía tiraba, pero creí que eran balas de goma. No es que yo sea un imprudente ni un colgado y por eso me empeciné en cruzar. Simplemente creí que eso no se podía hacer. Y que no lo hacían».
Es difícil saber qué habrán imaginado los médicos de guardia al encontrarse con Marcelo, tendido en la camilla, temblando de miedo. Pero es posible que no hayan encontrado allí ninguna huella que les permita descifrar su historia.
Marcelo nació y se crió en San Martín, una localidad del oeste bonaerense marcada por el surgimiento y caída de grandes fábricas, pequeños talleres y centros comerciales que la convirtieron en los años 60 y 70 en un punto clave del cordón industrial bonaerense, hoy poblado de fantasmas. Edificios vacíos, persianas cerradas, grandes parques industriales convertidos en hipermercados. San Martín se quedó sin trabajo, pero con su numerosa población intacta. La postal de la crisis la traza hoy un estudio realizado por la consultora Equis en la zona: en el año 2000, el 54,2 por ciento de los asalariados del Gran Buenos Aires tenían ingresos por menos de 500 pesos en un país cuya canasta familiar, según la misma consultora, se calcula en 1.025 pesos.
Marcelo tiene título secundario, un teléfono celular, una computadora y una casilla de email. Tiene un padre que es empleado en una farmacia, una mamá ama de casa y una novia, Verónica, con la que quiere casarse desde hace diez años. No es pobre, pero se ha empobrecido. No es un adolescente, pero sus ingresos oscilantes le impiden hacerse adulto. No sabe cómo construir su futuro, pero hasta tanto ancla sus sueños a un objeto: su batería. A ella le dedica sus horas libres. Toca en tres conjuntos, con los que ensaya en diferentes días, siempre después de cumplir con el horario del único trabajo que consiguió en todos estos años y con el que cual prometió cumplir, pase lo que pase, hasta que las cosas con la música vayan mejorando. «Pero ahora renuncié. Una de las cosas que aprendí con todo esto es que si me voy a morir de hambre, que por lo menos sea con algo que me gusta. No pienso hacer nada que no me guste. No tengo porqué aguantarlo. Eso es lo que aprendí en el Obelisco el otro día. Y creo que ahí me encontré con otra gente que, como yo, ya no se la banca».
Cuando se le pregunta si tiene miedo, su respuesta también es didáctica: «Tengo miedo porque sé que en la música todo es a pulmón. Y mirá como estoy». Marcelo levanta la sonda que sale de su pulmón y una bolsa de sangre y aire queda a la vista.
Es un líquido oscuro, vicoso, impresionante.
Cintia Castro, miembro del cuerpo legal de la Liga Argentina por los Derechos Humanos, informa que ya presentaron veintidós demandas ante el juzgado de la doctora Servini de Cubria por los delitos de tentativa de homicido, lesiones, tratos crueles, degradantes e inhumanos, daños y robo. Pronto serán veintitrés, ya que el padre de Marcelo escogió esa organización para presentar su caso.
Del resumen de esas demandas, Castro llega a las siguientes conclusiones: «Hubo tres focos de represión claramente diferenciados y que geográficamente podríamos delimitar en la zona de Plaza de Mayo, en Congreso y en las proximidades del Obelisco».
En la zona del Obelisco y Avenida de Mayo se concentraron los casos con balas de plomo. Además de los muertos, la Liga denunció tres heridos con bala de plomo en la cabeza. Dos son motoqueros (mensajeros que se desplazan en motocicletas y que participaron de la protesta de manera tal que un cronista los bautizó «la caballería de los manifestantes»). El tercero es un estudiante del magisterio J. V. González. Las lesiones lo dejaron sin movilidad de la cintura hacia abajo.
En Plaza de Mayo se concentran las denuncias por golpizas y malos tratos, que incluso continuaron una vez producidas las detenciones, en las comisarías. La Liga las menciona por sus números: seccional primera, segunda, tercera y sexta. Castro sintetiza así lo que vio: «La gente que vino acá a firmar la demanda estaba violeta por los golpes recibidos»
En Congreso, la mayoría de las denuncias son por heridas de balas de goma. «Hay una chica integrante de la agrupación Hijos ( agrupación que reúne a los hijos de los desaparecidos durante la dictadura militar) que está con riesgo de perder el ojo y otra a la que le sacaron doce balazos de goma de las piernas» , asegura Castro.
Otra de sus conclusiones es que del relato de los heridos se establece un pico: entre las 16 y las 19.30. «En ese horario se concentran los casos más graves».
-¿Notó que tuviesen algo más en común?
-Sí: son todos jóvenes. Y no hay rubios.
Fernando Almirón comienza por señalar las diferencias con su hermano Carlos. «El era narigón y yo no. El era re estudioso y yo no terminé la secundaria. El tenía 23 y yo 19. A él le gustaba Hermética (un grupo de heavy metal) y a mi la cumbia. El era hincha de Independiente y yo de Los Andes. El era blanco y yo soy morocho». Aunque para él la principal diferencia era otra: a él no le interesa la política y su hermano era militante. Carlos se acercó a una organización social en una protesta contra la violencia policial y siguió participando en la Universidad, en donde cursaba la carrera de Sociología.
Los dos vivían con su bisabuela, Martiniana, de 82 años, en Lanús, una localidad del sur bonaerense de casitas bajas y calles arboladas. La de los Almirón es grande, con tres habitaciones, un jardín en el frente y una parrilla al fondo, custodiada por dos perros. De allí partió Carlos el jueves 20 por la mañana hacia Plaza de Mayo y desde allí salió Fernando desesperado, cuando le anunciaron que su hermano había muerto por un impacto de bala en el tórax. Allí también lo velaron el domingo 23 y desde allí partió el cortejo fúnebre con más de mil personas gritando una consigna política más vieja que el cadáver: «la sangre derramada no será negociada».
La misma consigna escuchó María Mercedes Arena en el sepelio de su marido, Gastón Riva, el padre de sus tres hijos, el motociclista que trabajaba desde las seis y media de la mañana hasta las doce de la noche, el primer muerto registrado a las 16.20 en Lima y Avenida de Mayo, el que recibió el impacto en pleno corazón, el hombre al que su mujer no quiere que se lo identifique por ninguna otra cosa que no sean todas estas. «El no era dirigente motoquero. Ni siquiera estaba afiliado. Estaba caliente, como todos, y seguramente por eso participó de la protesta. Por toda la situación económica, por lo que estamos pasando y porque tenemos tres chicos. ¿Le parece poco?».
Muy cerca de él y a la misma hora cayó Diego Lamagna. Poco se sabe hasta ahora de Diego: sólo que tenía 26 años, era estudiante y vivía con su madre , quien hace poco tiempo había perdido otra hija. Una tercera se la llevó ahora con ella a Puerto Madryn, en la Patagonia.
El quinto muerto parece ser la única excepción. Luis Alberto Márquez no tenía veintipico, sino 58 años. En el expediente consta que le dispararon dos veces: una en el cuello y otra en el pecho, en la esquina de la avenida Nueve de Julio y Sarmiento. Allí está ahora su hijo, Daniel Márquez, participando de una ceremonia organizada por el Grupo de Arte Callejero (GAC) y que a siete días de la batalla recorre los cinco puntos de la ciudad en donde ha caído cada muerto. En cada uno, colocan un pequeño altar, desparraman flores y velas y despliegan un cartel con la consigna: «Asesinado por la represión policial en la rebelión popular del 20 de diciembre de 2001».
Daniel tiene 24 años, ojos azules y algunas pecas. Lleva un pantalón de color claro y una chomba roja. Cuando los manifestantes -que apenas suman doscientos- dejan de vivar el nombre completo de su padre, se le acercan unos hombres que ni siquiera conoce, le dan un beso, le piden fuerza y lo dejan solo. Daniel mira sin llorar esa tumba improvisada con cartones, tela negra, velas y flores. Su papá trabajaba muy cerca, comenta. Era vendedor de seguros. Era militante peronista.
Daniel está, literalmente, aterrizando en ese pedazo de suelo argentino. Acaba de llegar de España. Pero su relato no arranca allí, sino en el punto exacto de lo que recuerda como una pesadilla. «La caída comenzó hace diez años. En el 93 nos fuimos por última vez de vacaciones. Al poco tiempo, mis padres se separaron. Empezamos a estar muy mal económicamente. Decidí terminar el secundario a la noche, para poder trabajar. Intenté de todo. Mi último empleo fue como repositor en el supermercado Wal-Mart. De lunes a sábados, nueve horas, por 600 pesos mensuales. No estaba mal. El problema no era el sueldo ni el tipo de trabajo, sino el futuro: en este país por más que te mates trabajando, lo mejor que te puede pasar es mantenerte en el mismo lugar, muerto de miedo, esperando que te bajen el sueldo o te despidan. Entonces, empecé a pensar en irme. Compré el pasaje a fines de noviembre y viajé el 4 de diciembre. El día que mataron a papá había conseguido mi primer empleo en Madrid. Estaba feliz».
-¿Qué hacías?
-Era pintor de paredes.


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Derechos Humanos

Marcha en La Plata por Julio López: el monumento a la impunidad

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el

por Lucas Pedulla

Fotos: Pedro Ramos

Cuando a Jorge Julio López lo desaparecieron por segunda vez, Camilo tenía 3, Charo estaba naciendo y Emilia nacería al año siguiente. Hoy están frente a la plaza Moreno, en la Municipalidad de La Plata, provincia de Buenos Aires, en la previa de la marcha por los 20 años de la desaparición de ese sobreviviente y testigo cuyo rostro miles levantan por las calles de la ciudad, estencilean en las paredes o cantan a los gritos frente a los Tribunales Federales o la Gobernación bonaerense. Pasaron dos décadas y hoy Camilo y Charo estudian Historia, y Emilia cursa Periodismo.

Marcha en La Plata por Julio López: el monumento a la impunidad

“Nuestra generación quedó fuera de la experiencia más intensa o cercana por López porque quedó en ese lugar donde recién está empezando a ser Historia: no fue algo que vivimos como experiencia”, piensa Camilo, a sus 23. Cuenta que militó con compañeros y compañeras La Noche de los Lápices, el operativo que secuestró estudiantes secundarios de esta ciudad hace 50 años, y López llegaba por los testimonios de los sobrevivientes de la dictadura. “También nos hizo entender las idas y vueltas que tiene el ciclo de juzgamiento de los genocidas en el siglo XXI”.

A Charo, hoy con 20, le llegó cuando salió a la calle por la desaparición de Santiago Maldonado, ocurrida en 2017 en medio de una represión a una comunidad mapuche en Chubut. “Nos hizo dar cuenta que la desaparición no termina en 1983 con el regreso de la democracia y nos hace pensar en qué cosas el Estado y nosotros estamos fallando, si no reclamos por la democracia en la que vivimos”.

Marcha en La Plata por Julio López: el monumento a la impunidad

Emilia, a sus 19, trae la memoria de otro desaparecido de la ciudad, Miguel Bru (1993), cuyo cuerpo tampoco apareció. “Nuestra generación necesita encontrar respuestas a preguntas que nos estamos haciendo con urgencia en estos tiempos. La más importante es qué democracia construimos desde el ‘83 hasta ahora. Que siga habiendo desaparecidos habla de un sistema que seguía operando de esa manera”.

Una nueva generación pensando López.

20 años que pasaron como si todo fuera ayer.

La marcha comienza.

¿20 años no es nada?

Jorge Julio López tenía 77 años. Había nacido en General Villegas en 1929 y por su oficio de albañil se construyó la casa en las calles 140 y 169, en Los Hornos, La Plata.

Militaba en una unidad básica cuando el 27 de octubre de 1976 lo desaparecieron por primera vez. Desde marzo gobernaba en Argentina la dictadura que había derrocado al gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón. A Julio lo mantuvieron cautivo en los centros clandestinos Potrerismo, Pozo de Arana, la Comisaría 5° y 8° de La Plata. Permaneció desaparecido hasta el 4 de abril de 1977, cuando pasó a disposición del Poder Ejecutivo: fue preso político hasta el 25 de junio de 1979.

Marcha en La Plata por Julio López: el monumento a la impunidad

Su después consistió en atesorar, cuidar y sistematizar los recuerdos del horror. Todo lo que vio, escuchó y sintió, principalmente al director de Investigaciones de la Policía Bonaerense, Miguel Etchecolatz, a quien señaló como su torturador: fue uno de los principales responsables del circuito represivo denominado «Camps», por el jefe de la Bonaerense –Ramón Camps–, una estructura de exterminio que operó en el conurbano, incluyó casi 30 campos de concentración y al menos 300 víctimas.

Etchecolatz no fue parte de las históricas condenas de 1985 en el Juicio a las Juntas, y fue juzgado después por las llamadas leyes de impunidad durante el gobierno de Raúl Alfonsín: la Obediencia Debida y el Punto Final. Luego, los indultos decretados por su sucesor, el presidente Carlos Menem, iniciaron una década donde los militares caminaban por la calle y López veía a Etchecolatz en los canales de televisión.

Pero en 1999 López declara. Lo hace en los Juicios por la Verdad, que simulaban un proceso, con jueces y derecho a defensa, pero sin la condena: fueron fundamentales en la construcción de condena social en el país. También formó parte de inspecciones oculares a los centros en 2001.

El 28 de junio de 2006 volvió a declarar. Era el primer juicio penal que se iniciaba en el país para juzgar los crímenes de lesa humanidad luego de que se declararan nulas las leyes de impunidad y la Corte Suprema las tachara de inconstitucionales. López declaró todo: metódico, paciente, preciso. Lo hizo ante el Tribunal Oral Federal N°1 de La Plata, donde también contó los asesinatos de sus compañeros Patricia Dell’Orto y Ambrosio De Marco: «Etchecolatz personalmente dirigió esa matanza».

Marcha en La Plata por Julio López: el monumento a la impunidad

El 18 de septiembre de ese año eran los alegatos.

López nunca llegó al Tribunal.

A López lo habían desaparecido por segunda vez.

Etchecolatz fue condenado pero a López nunca lo encontraron. Durante mucho tiempo lo buscaron como «averiguación de paradero», como si se hubiera perdido. La investigación la llevó la propia Bonaerense, de probados nexos vigentes con Etchecolatz. Las líneas investigativas tomaron ribetes tan ridículos que es una ofensa reproducirlos: fueron una burla. Nilda Eloy, compañera sobreviviente, fallecida en 2017, lo describió perfecto: «Un manual de impunidad». Muchos funcionarios de ese momento desestimaron la gravedad. El entonces ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, dijo que podía estar en lo de una tía. 

Marcha en La Plata por Julio López: el monumento a la impunidad

Recién en 2013 la Justicia requisó la celda del genocida en Marcos Paz y en su agenda figuraba el nombre de López. Durante los juicios por los crímenes en el centro La Cacha, Etchecolatz sacó un papelito que el fotógrafo Leo Vaca capturó para Infojus, que simple y tétricamente decía: «Jorge Julio López». Etchecolatz murió en 2022, a los 93 años, con nueve condenas en su espalda. Nunca dijo nada.

En octubre de 2023, el Estado argentino reconoció ante la CIDH su responsabilidad.

El Gobierno bonaerense elevó de 5 a 10 millones la recompensa a quien aporte información.

La causa tramita en el Juzgado Federal N°3 de La Plata, con el magistrado Ernestro Kreplak, que delegó la investigación en los fiscales Hernán Schapiro y Gonzalo Miranda. 

Hoy López tendría 97 años.

Hoy López sigue desaparecido.

Graciela Daleo, sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), piensa a López en conversación con lavaca: «Un eje es la impunidad porque todo sigue como en el primer día. La palabra inadmisible me queda corta porque todo lo que hemos logrado construir, en algunos casos hasta en coincidencia y con apoyo del poder político, no tuvo el mismo reflejo con la desaparición de Julio. Hoy Argentina, aún a los tumbos, sigue siendo única en relación a los crímenes de la dictadura, pero Julio sigue siendo una tremenda deuda. Una se sigue preguntando cómo a 20 años no ha habido ni siquiera alguna sanción a los responsables».

Teresa Laborde Calvo también lo recuerda con muchas sensaciones. Ella es hija de Adriana Calvo, primera sobreviviente en declarar en el Juicio a las Juntas en 1985, que logró una condena histórica a la plana mayor de los gobiernos militares entre 1976 y 1983. Adriana fue secuestrada estando embarazada: Teresa nació en el patrullero que la estaba desapareciendo con su madre en el Pozo de Banfield, centro clandestino bonaerense, en el terreno de Etchecolatz. 

Marcha en La Plata por Julio López: el monumento a la impunidad

Recuerda esos días de 2006 como si fuera hoy: el viernes previo a la desaparición fueron los testimonios finales, el sábado su madre habló en el acto de recuperación del Pozo como sitio de memoria, y el domingo dio a luz a su primer hijo.

El lunes, López desapareció. 

Teresa: «Mi mamá estaba muy mal, sacudida. Veo las fotos del nacimiento, ella siendo abuela, angustiada. Con sus compañeras estaban felices porque iban a lograr la primera condena por genocidio después de los indultos y las leyes de impunidad: el testimonio de López había sido clave. Es muy triste, y a su vez López nos recuerda todo el camino que recorrimos para obtener justicia».

Algo no resuelto

En La Plata, durante la mañana, hubo una muestra fotográfica, un cortometraje y un conversatorio en el espacio por la memoria que funciona en lo que fue la Comisaría 5°. A la tarde, la marcha fue convocada por la Multisectorial La Plata-Berisso-Ensenada: movilizan partidos de izquierda, la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos (AEDD), el Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (Ceprodh), el Sindicato de Prensa Bonaerense (Siprebo), hermanas y familias que rondas todos los jueves con Madres de Plaza de Mayo Línea-Fundadora. No hay organizaciones del peronismo.

Hay muchas familias, o mamás o papás que vienen con infancias. Romina, docente de 52 años, trajo a Gimena, de 8: “Es importante para las nuevas juventudes. Es difícil explicarles lo que pasó, pero necesario para que no vuelva a pasar”. 

También marcha la fotógrafa Helen Zout, que inmortalizó a López con sus retratos realizados en el 2000 para su serie Desapariciones. En una de ellas López mira fijo a la cámara. En la otra, tiene los ojos cerrados. Dice Helen: “No puede haber pasado tanto tiempo. Esa foto representa el dolor humano. El arte es anticipatorio, no por magia, sino por intuición: López vivía pensando que lo estaban observando. No le creímos. Hay otra foto, con Nilda, de 1998: están re jóvenes los dos, riendo. Se los ve esperanzados. Te conmueven porque tenían razón: pudieron juzgar a los asesinos”.

Por las calles de La Plata también muchos miran o filman desde los negocios. Axel, 28 años, es mozo en Green Garden y sabe de qué se trata la marcha: “Es tremendo, te deja la sensación como de algo no resuelto”. Un grupo de dos chicos y dos chicas de 23 años, de Chacabuco, toman una cerveza en Wild Hops: “No teníamos idea quién era”. Eduardo, de 86, mira desde la puerta de su centro fotográfico en la calle 74 al 1400: “A mi edad viví tantas cosas. Me duele, porque es una decepción bárbara”. Sobre una cafetería en 46 y 8, Tiago le explica a Agustina, ambos de 23: “Sabía un poco por mi abuela y mamá. Son de La Plata, y les provocó todo un movimiento”. 

Sobre los Tribunales Federales, habla María Bretal, sobreviviente del centro La Cacha, que sintetiza: “La causa de Julio López es una calesita de impunidad”. 

Los diálogos de la marcha, lo que se dicen por los micrófonos durante la caminata y la lectura del documento frente a la Gobernación, también ponderan el camino recorrido: 

  • 1.245 represores fueron condenados en 365 sentencias dictadas desde ese 2006, según el último informe trimestral de la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad.
  • Otras 250 personas fueron absueltas. 
  • De los 519 detenidos, 440 tienen arresto domiciliario.
  • Actualmente se desarrollan 13 juicios orales y públicos.
  • Otras 61 causas están elevadas a juicio.
  • Hay 33 acusados prófugos.

“No puede ser que no sepamos dónde está López”, dice Lucía Velázquez, que también marcha. Su tío Pablo Velázquez está desaparecido, su abuelo estuvo secuestrado hasta 1981 y a su tío abuelo lo fusilaron. Es integrante de NIETES: “Como si no se murieran nuestros compañeros hoy mientras los genocidas siguen compartiendo su pacto de silencio. Necesitamos saber dónde está López y los 30.000 que nos faltan”. 

La marcha está terminando. 

Pasan los 20 años. 

Mañana será un día más.

¿Qué queda?

Camilo, a sus 23, piensa: “Es el momento en que empieza a ser parte de la Historia. Y hay que elaborarlo. Hay un gris, un área borrosa para mi generación, pero la memoria es parte del presente. Con López tenemos los testimonios: los suyos, los de otros sobrevivientes y los que declararon ante los jueces. Tenemos el momento en que pasa de ser una persona en carne y hueso a ser una consigna. ¿Qué preguntas nos hacemos entonces? La dictadura, de alguna manera, es el hecho fundante de nuestra democracia, pero López también es la crítica a ese mito fundante. Hay que pensar esta democracia que votó a Milei, por ejemplo. Y, también, animarse a criticarla”. 

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Se cumplen 20 años de la segunda y definitiva desaparición de Julio López. La primera ocurrió en la dictadura, y pudo vivir para contarla y denunciar al terrorismo de Estado. La segunda ocurrió en plena democracia. Reproducimos aquí las principales claves que revela Los días sin López, la investigación realizada por Luciana Rosende y Werner Pertot, que desnuda la causa judicial que durante estas dos décadas se dedicó a no buscar a un testigo clave desaparecido en democracia.

Casa


Jorge Julio López fue visto por última vez la mañana del 18 de septiembre de 2006 en la calle N° 66, entre 137 y 138. “Entre la verdulería y el Edelap”, dijo un vecino que conocía a López, Abel Horacio Ponce, que lo observó parado de espaldas a la calle y de frente a las fachadas, como si estuviera buscando algo. En ese lugar vivía Susana Beatriz Gopar, un nombre que en el expediente se asociaba a uno de los 9 mil agentes de la Bonaerense activos al momento de la segunda desaparición de López, que habían ingresado antes o durante el golpe de Estado. Su nombre aparecía también en la agenda de Etchecolatz. El 19 de septiembre de 2007, un año y un día después de su desaparición, fue citada a declarar, pero no en el marco de la investigación, sino como testigo en el Juicio por la Verdad. Gopar negó conocer a Etchecolatz. Uno de los oficiales de la Policía de Seguridad Aeroportuaria registró una conversación de la línea de Gopar el 30 de diciembre de 2008. En la televisión hacían referencia a la desaparición de López. Alguien le hizo un comentario de la noticia y, según anotó el policía, Gopar habría respondido:
-Está muerto.
-¿Qué pasó?
-La policía está buscando o por ahí está guardado.
La grabación era de mala calidad, por lo que se hacía difícil volver a oír la conversación. El casete –que llevaba el número 13- fue enviado a la Oficina de Observaciones Judiciales de la SIDE (conocida como la Ojota), para tratar de limpiar el audio. Pero el material nunca regresó.
 

A 20 años de la desaparición de Julio Lópéz en democracia: 10 claves de la no investigación
Jorge Julio López. Foto: Helen Zout

Averiguación de paradero


De las dos hipótesis que manejaba el fiscal Marcelo Martini, la del secuestro o la del viejo extraviado, el funcionario judicial sólo tomó declaraciones a quienes aportaban elementos para la segunda. “Yo sólo tengo para investigar una averiguación de paradero”, se excusó ante la querella, entre las que estaban la abogada de Justicia Ya!, Guadalupe Godoy, y Nilda Eloy, de la Asociación Ex Detenidos Desaparecidos. ¿Sólo seguían detrás de llamadas anónimas? ¿Y a Etchecolatz no lo estaban investigando? En todo el primer cuerpo de la causa provincial, no había una sola medida dirigida al represor que López ayudó a condenar, ni a los policías que mencionó en su declaración y vivían en Los Hornos. La figura de averiguación de paradero duró tres meses.

Cuerpo


El 20 de septiembre de 2010, cinco amigos encontraron un cadáver en un arroyo cerca del canal de Villa Elisa. Estaba calcinado, boca abajo. No se le distinguían las facciones. Llamaron al 911. El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Felipe Solá, soltó: “Puta, acá nos tiraron un muerto en el mismo camino en que los tiraba la Triple A”. A las 19:35 iniciaron un rastrillaje con forenses, peritos, un helicóptero que sobrevolaba la zona. El cuerpo tenía un nailon adherido a la cabeza, quemado. Lo habían rociado con gasoil o querosén. No se trataba de un anciano. Medía 1,70, tenía una cicatriz de una operación entre los glúteos: ese detalle permitió descartar que fuera López. El forense determinó que la muerte había sido entre las 10 y las 22 del martes 19 de septiembre, cuando se leyó la condena a Etchecolatz. Casi un año después, cuando la abogada Godoy pudo acceder a los expedientes, se encontraron que unos guardaparques habían visto un auto bordó por la zona y habían hecho un identikit de los ocupantes que nunca se difundió. También vieron una camioneta doble cabina negra o azul oscuro que pasó a gran velocidad por Camino Negro. “Todos los integrantes de Justicia Ya! estaban convencidos de que ese asesinato tenía relación con la desaparición de López”.
 

Llaves


El 22 de noviembre de 2006, la nuera de Jorge Julio López encontró en el jardín de su casa el juego de llaves que López tenía el día que desapareció. El fiscal Marcelo Martini le aseguró a la prensa que la casa había sido requisada por la Bonaerense en las primeras 72 horas, pero que –como era una causa por averiguación de paradero- no correspondía rastrillar el jardín. ¿Cuándo habían aparecido las llaves ahí? ¿Las había escondido López al salir, pensando en volver sin despertar a su familia? ¿O las habían arrojado los secuestradores? El veloz peritaje de los químicos de la Bonaerense determinó que el período de exposición de las llaves a la intemperie “era bastante menor a 60 días”, pero a la prensa le dijeron que no tenían más de dos semanas, por lo que era prueba concluyente de que las habían dejado los secuestradores. Pero al juez Corazza le dijeron que no llevaban más de tres o cuatro días allí. “La policía mintió para encubrir que no investigaron y el hecho de que no revisaron el jardín”, le dijo Pastor Asuaje, ex compañero de militancia de López a su hijo Rubén.
 

El señor B


El primer legajo de la causa López, también conocido como Anexo SIDE, contiene una de las pistas que nunca salió en los diarios. La denuncia involucraba a B., un ex jefe de inteligencia del Servicio Penitenciario bonaerense. B. tenía llamadas con Elbio Cosso, ex jefe de Seguridad de la cárcel de La Plata cuando López estuvo allí detenido, en abril de 1977. Cosso vivía en Los Hornos, sobre la calle 60: tenía arresto domiciliario. Pero B. también tenía llamadas con Marciana Lescano, la suegra de Etchecolatz, y con el abogado del represor, Luis Boffi Carri. También se pudo encontrar vinculaciones con todo el grupo de penitenciarios presos en Marcos Paz: Abel Dupuy, Héctor El Oso Acuña, Isabelino Vega, Víctor Ríos, Mario García y Julio Rebaynera. En febrero de 2008, Corazza ordenó tareas de inteligencia sobre B.: la SIDE remitió 14 casetes de escuchas que se apilaron en el juzgado sin ser oídas ni transcriptas.
 

Foto


En agosto de 2006, López se acercó al acto que se conmemoraba el cumpleaños de Clara Anahí, nieta apropiada de Chicha Mariani, fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo. Fue con su buzo bordó, saludó a Chicha y se sentó en una de las sillas de plástico puestas sobre la calle. Tras la desaparición, la Asociación Clara Anahí revisó las imágenes y videos de esa jornada. Una llamó la atención: un hombre, parado a metros de López, lo observaba mientras el resto del público miraba hacían el frente. Era el único que no aplaudía después de cada discurso. El 7 de diciembre de 2006, Chicha le entregó el video y las fotos al juez Arnaldo Corazza, que delegó la investigación en Oscar Farinelli, personal de inteligencia de la Bonaerense, quien desde la dictadura hizo carrera en la Dirección General de Inteligencia. El 16 de enero de 2007, Farinelli identificó al hombre de la foto: era el ex policía bonaerense Raúl Chicano, de 78 años, retirado en 1980 como oficial administrativo, y que durante la dictadura trabajó en la secretaría privada de Ramón Camps, jefe de Etchecolatz. Diez meses después de que Chicha les dejara la foto, Corazza aún no lo había citado a declarar. Chicha Mariani y su abogado consiguieron que lo citaran en el Juicio por la Verdad, pero como testigo. Fue el 31 de octubre de 2007: dijo que iba a ver a la hija de un socio cerca de donde fue el acto de Chicha y que, como vio gente, se acercó a ver qué pasaba.
 

Teléfonos


El 18 de diciembre de 2006, Corazza ordenó que se intervinieran los teléfonos que el Servicio Penitenciario Federal (SPF) había aportado y que -se suponía- usaban los represores. También dispuso que le enviaran el listado de todas las llamadas que habían hecho desde agosto y encargó a la Bonaerense tareas de inteligencia sobre los que tenían arresto domiciliario. La abogada Godoy notó que casi no había conversaciones, mientras que las que aparecían eran de presos comunes. Sin embargo, en una de ellas, la mujer de un preso comentó que había visto la noticia de la desaparición de López en la tele. “El dictador que lo boleteó está en el otro módulo”, contestó el detenido. El superintendente de Investigaciones Complejas, Hugo Matzkin, encontró cinco líneas de Marcos Paz a través de las que se comunicaban familiares y amigos de represores que no habían sido informadas por el SPF. Corazza se mostraba reticente a un allanamiento. La Secretaría de Derechos Humanos le informó del régimen de privilegio que gozaban los represores en la prisión: visitas sin requisa ni horarios, celulares, cámaras y montos de dinero que superaban los mil pesos. También advirtió que “tendrían acceso a un teléfono interno que permite comunicarse con otros internos del penal” y del que “sería factible hacer llamadas al exterior”. En resumen, contaban con todo para organizar lo que quisieran organizar.
El allanamiento no fue sorpresa: las autoridades del SPF estaban al tanto. Los represores, también: en el pabellón los actores judiciales encontraron una buena cantidad de tarjetas de celular, pero no los aparatos. Mientras, las líneas de teléfonos que correspondían al pabellón de los represores volvían a reproducir conversaciones de presos comunes. La Bonaerense informó al juez Corazza que los teléfonos fueron cambiados al menos tres veces más. Matzkin seguía sumando elementos que señalaban una cobertura del SPF a los represores: le indicó al juez que había ocho llamadas del entorno de Etchecolatz a un teléfono que, supuestamente, estaba en otra área del penal. Y que cuatro de esas comunicaciones fueron en los días previos a la desaparición de López y en horarios no permitidos para los presos (por ejemplo, a las 2:18 de la madrugada). A partir de una de las tarjetas de teléfono que le secuestraron a Etchecolatz, descubrieron que hizo dos llamados a Mar del Plata el 16 de septiembre. Eran piezas de un rompecabezas que no podían terminar de armar, porque no sabían cuáles eran los teléfonos que habían usado los represores cuando desapareció López. Durante la requisa, Etchecolatz se mostraba tranquilo. Hasta que vio que sacaban su agenda: ahí se puso como loco.
 

Agenda


Algunas de las anotaciones de Etchecolatz y su chofer, Hugo Guallama, escritas en la cárcel de Marcos Paz, tenían especial interés en Jorge Julio López. Escrito de puño y letra por el ex director de Investigaciones de la Policía provincial podía leerse “pedir todas las declaraciones del Sr. López”. Y en mayúsculas: “Urgente”. En su agenda, Etchecolatz tenía decenas de números de teléfono de represores, ex policías, familiares y amigos de genocidas.
 

Cable


A los tres meses de la desaparición, la agencia alemana Deutsche Presse Agentur (DPA) sacó un cable titulado: “ONG argentina afirma: Julio López fue asesinado por ex represores”. El autor del cable fue el periodista alemán Jan Uwe Ronneburger, que vivía en Argentina desde 2000. Una fuente anónima sostenía que a López lo habían secuestrado en la mañana del 18 de septiembre, que los secuestradores “le exigieron que renunciara a su testimonio” y que él se negó. “Fue asesinado e hicieron desaparecer su cuerpo”, indicaba la fuente. El juez Corazza recién lo citó a declarar el 17 de mayo de 2007. El periodista dijo que no sabía quiénes habían intervenido en el secuestro y que tampoco podía revelar sus fuentes, aunque dijo que eran “dos mujeres y dos varones, todos civiles”. Luego, el abogado de la agencia apareció con un correo electrónico anónimo donde se leía la siguiente recomendación: “Busque a Sobrado, ex jefe de Policía bonaerense, y a sus socios”. Con 45 años, Alberto Sobrado había sido el jefe más joven de la Bonaerense, tras el relevamiento de la cúpula luego de los asesinatos de los militantes piqueteros Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. Asumió en 2002, pero fue expulsado por Solá en 2003 luego de que el periodista Andrés Kliphann revelara que tenía una cuenta en un paraíso fiscal en Bahamas de 333 mil dólares. La Policía de Seguridad Aeroportuaria realizó tareas de inteligencia en agosto de 2007 en una agencia de seguridad llamada Broders SRL, donde habrían hecho las tareas de inteligencia previas al secuestro. Allí Sobrado tenía entre sus socios a otro ex policía, Roberto Giusti, retirado de la Bonaerense dos días después de la desaparición de López. La abogada Godoy anotó que la antena del celular de Giusti lo ubica en Villa Elisa el 18 de septiembre de 2006. En el cruce de llamadas, también tenía comunicaciones con el abogado de Etchecolatz, Luis Boffi Carri Pérez. Mientras en esa misma causa se habían realizado allanamientos en base a videntes, Corazza rechazó el allanamiento a la empresa de Sobrado el 12 de diciembre de 2007.
 

Tiempos


En octubre de 2008, un informe de Justicia Ya! resume el estado de la cuestión: “Hubo que luchar tres meses para que la Justicia reconociera que fue un secuestro, un año para que la Procuración designara personal, un año y medio para apartar a la Bonaerense, y dos años para que el expediente pase a una secretaría especial para delitos de lesa humanidad, y así algún funcionario siguió las líneas que marcamos desde el principio”. En mayo de 2008, la secretaría especial encontró una denuncia que no había sido investigada. Era una llamada que había entrado el 0800 abierto para aportar información sobre López. El que llamó apuntó un nuevo nombre: Carlos Falcone, “íntimo amigo de Etchecolatz”, capitán retirado de la Bonaerense, médico forense, que se escondió en Pehuajó tras la desaparición. “En un asado familiar –sostuvo el denunciante- Falcone se puso a alardear del poder que tenía y dijo que en un Volkwagen Gol gris metalizado lo trasladaron a Jorge Julio López. Falcone vive en el barrio San Jacino, en Mar del Plata”. Citaron al denunciante como testigo de identidad reservada, que declaró que había visto a Falcone desarmando un Gol gris metalizado. “Este auto no puede ver la luz del día”, declaró que le contestó Falcone. Falcone había sido una suerte de asistente de Etchecolatz y de su mujer durante el juicio en el que testificó López. Le había servido de chofer a la esposa del represor, los había acompañado en las pocas audiencias en las que el ex director de Investigaciones decidió dar la cara. También le hacía mandados cuando todavía gozaba de la prisión domiciliaria. Falcone visitó al genocida al menos dos veces cerca de la segunda desaparición de López: el 9 de agosto y el 15 de septiembre. Esta última fue un viernes, es decir, tres días antes del secuestro. Los allanamientos llegaron el 13 de enero de 2009. Los peritos sostuvieron que la suciedad y el tiempo a la intemperie que tenía el Gol modelo 93, sin patentes, encontrado en una de sus casas les dejaba muy poco para poder analizar. Consiguieron un producto especial para detectar manchas de sangre borradas: visualizaron pequeñas manchitas en el techo y en los asientos, pero no lograron reconstruir un perfil de ADN ni tampoco de qué época era. El tiempo se había llevado cualquier huella que pudiera haber existido. El fiscal Marcelo Molina lo citó a declarar recién el 23 de diciembre de 2009. Dijo que el auto –que era robado- estaba sin movimiento desde el 2003. De López no se dijo ni una palabra pese a que estaba siendo indagado en una causa que –se suponía –tenía como objetivo descubrir a los autores de la desaparición forzada del albañil. Falcone se fue tranquilo, sin que le hicieran preguntas como: ¿qué estaba haciendo la mañana del 18 de septiembre de 2006? ¿De qué habló ese día con la mujer de Etchecolatz?”.
 

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Derechos Humanos

«Digan clítoris»

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Semblanza de una mujer que eligió la libertad, el pensamiento, el sentimiento, la resistencia cotidiana y la alegría. Nora Cortiñas, alias Norita, Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora, hizo el último de sus viajes hace dos años. Publicamos entonces este retrato como homenaje a un ejemplo que no tiene fecha de vencimiento: Memoria, Verdad, Justicia, y Norita.

Nora como copilota de auto, y su agenda infinita. Nora y su número de DNI, la pelopincho y la justicia. Nora y la inteligencia, el feminismo, el cannabis, la sensibilidad. Su doctrina sobre las endorfinas. Su propuesta sobre qué hacer frente a la crisis actual. Y su respuesta a una consulta: ¿qué pasará con Madres el día que no haya más Madres?

Los relojes sostienen con una precisión insoportable que todo ocurrió –o dejó de ocurrir– a las 18.41 del jueves 30 de mayo de 2024, un rato después de la ronda de Madres de cada jueves a la que esta vez obviamente ella no había podido ir, internada. Tenía 94 años, cumplidos el 22 de marzo.

Es una de las figuras más importantes en la historia argentina, una mujer gigante que nunca quiso revelar cuánto medía, partidaria de los abrazos y de todas las luchas, y abanderada de la sonrisa y la cordialidad, oficios que se ejercen con el corazón. Se despidió para instalarse en el infinito. Estos son algunos retazos, algunas semblanzas, algunas palabras, para intentar desobedecer a la muerte.

Para recordar a una persona maravillosa, y para no decirle adiós.  

Por Sergio Ciancaglini

Hace unos meses, ante acontecimientos electorales (a)narco capitalistas que son de público conocimiento, alguien le comentó a Nora Cortiñas: “Qué desastre lo que está pasando, ¿qué vamos a hacer frente a todo esto?”.

En lugar de hablar de lucha, resistencia, desobediencia civil, coraje y otras cosas que podían esperarse que salieran de sus labios ante semejante desafío, ella contestó, desde su silla de ruedas: “Una fiesta”.

Dio detalles: “En un barco, bailando y cantándole al río”.

Y se rio. Todo lo demás estaba sobreentendido. Ella sabía, tal vez desde siempre, que las cosas hay que concretarlas más que anunciarlas, y que la rebeldía debe aprender a alimentarse también de la celebración, el encuentro. La fiesta.

Es lo primero que se me ocurre recordar sobre Nora. Ante la muerte la memoria fragmenta las imágenes, como cuando se mira a través de unas ventanas o de unos ojos empapados. Perdón entonces por el estado de mis ventanas: estos son algunos fragmentos de lo que alcanzo a ver en la memoria, y que quisiera contar desordenadamente antes de olvidarlo.

El DNI

Una tarde en la sede de Madres Línea Fundadora. Nora revisa su cartera en la que lleva el pañuelo blanco, el verde por el aborto, crema de cannabis medicinal para su rodilla, una lata de sardinas y la agenda en la que anota sus hiperactividades cotidianas, entre otros secretos. Su agenda fue siempre el mejor mapa para comprender la conflictividad social argentina. Las luchas por la vida.

En la cartera está también su DNI: 0.019.538. “Fui de las primeras en la cola para sacarlo. El otro día, por un trámite, los empleados de un banco me dijeron que la máquina no podía interpretar un número tan bajo”.

La ayudé a cerrar la sede de Madres ese día mientras me apuraba: “Dale, dale, que tengo mucho que hacer”. Se puso el ponchito de barracán, agarró la cartera, el bastón, apagó la luz y cerró con llave. Al cerrar esa puerta, da media vuelta y abre un mundo. Nora se transforma en Norita, que en lugar de ser un diminutivo resulta un aumentativo, una clave, un código de acción.
Sale Nora de Madres y entra Norita a la calle, las plazas, las ciudades, los pueblos, las rutas, las fábricas, la naturaleza, los conflictos.
Entra a sus verdaderos lugares de acción: lo público, los espacios donde ocurren las cosas, o donde las cosas se manifiestan escapando de los encierros y del silencio. 

«Digan clítoris»

La foto de portada: Nora en la inauguración de MU Trinchera Boutique, sede de la Cooperativa de Trabajo Lavaca. Sobre estas líneas, la imagen de Alejandro Carmona, parte de la cobertura colaborativa de las rondas, organizada por la revista MU.

Los sí y los no

Vi su DNI por primera vez en 2012, en Tribunales, cuando presentó un hábeas corpus por su hijo Carlos Gustavo Cortiñas, desaparecido el 15 de abril de 1977 a las 8.45 en la estación Castelar, cuando iba hacia su trabajo en el INDEC.

Aquel 10 de diciembre de 2012 fue también la primera y única vez, en décadas, que la vi llorar. Como cronista de lavaca, me tocó ser el único periodista presente en ese momento. Acompañaba a Nora Ana Careaga, desaparecida durante la dictadura, embarazada, a los 16 años, hija de Esther Careaga, una de las tres madres desaparecidas en diciembre de 1977. También estaba con Nora Adolfo Mango, del equipo de Derechos Humanos de la Iglesia de la Santa Cruz, epicentro de la desaparición de la propia Esther, Mary Ponce de Bianco y Azucena Villaflor de Devincenti, además de las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, tras la infiltración realizada por el marino genocida Alfredo Astiz.

Nora me explicó que su idea con el hábeas corpus era lograr que se abran los archivos sobre qué pasó con cada persona desaparecida, incluso su hijo: “Claro: nosotros no torturamos a los militares para que hablen. Depende de ellos. Y no hablan porque es parte de su culpabilidad y la demostración del crimen que cometieron. Lo mío es una pregunta sencilla y de madre. No tiene ninguna otra intención que saber dónde está mi hijo”. Como siempre, tenía la foto de Gustavo colgada del cuello, junto al corazón.

Durante la espera repasaba algunos no y algunos sí que plantearía ese mismo día al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA: “No a la Ley Antiterrorista. No a Clarín ni a ningún tipo de monopolio. No a la megaminería a cielo abierto. No al glifosato, no a Monsanto. No a la discriminación a los pueblos indígenas. No al pago de la deuda externa inmoral, impagable y odiosa. Sí a la Justicia. Sí a la verdad. Sí a la memoria. Sí al apoyo a los juicios hasta que se condene al último genocida. Sí a la recuperación de la identidad para todos los jóvenes que fueron niños apropiados por el terrorismo de Estado. Sí a la reivindicación de la lucha de nuestras hijas, hijos, y del pueblo”.

La llamaron del despacho del juez Ricardo Warley y la secretaria Miriam Halata. Me pidió que fuese con ella. Le preguntaron la causa del hábeas corpus: “Es que sigo sin saber qué le pasó a mi hijo. Y yo quisiera que él, de algún modo…” La emoción la hizo callar. Me miró con los ojos inundados haciendo un gesto con su mano, tipo “no puedo”. Hubo unos segundos de silencio. Se repuso: “Quisiera que él sepa que siempre lo buscamos”.

El cine, la onda verde y los pelotudos

Una de nuestras salidas en los últimos años fue al cine, en 2022, para ver Argentina 1985. La pasé a buscar por el Congreso, el mismo en el que hoy se decide –o no– el posible remate del país, sobre el que ella tanto advirtió. Bajó con una persona que la acompañaba, plegamos en el baúl del auto la silla de ruedas que ya le resultaba inevitable y allí fuimos hacia el infierno de Puerto Madero. En el cine no pidió nada en especial, ubicaron su silla un pasillo, y vio conmovida la película. Saludó al director Santiago Mitre y a Dolores Fonzi con afecto y me dijo: “Vamos a comer algo”. Salió del cine, impermeable a los flashes y las celebridades. No sabía qué pensar de la película, que la había sacudido. La emocionaron muchas cosas, le pareció que faltaban otras: esta historia es tan infinita que siempre falta algo o mucho por contar.

Comimos con Marisa, su asistente, y con Claudia Acuña. Nora saludaba y conversaba con la gente de las mesas cercanas en ese restaurante de Avenida de Mayo. La llevamos a su casa de Castelar. Iba como mi copilota, era la una de la madrugada: “Mirá, ya lo tengo estudiado. Si agarramos la onda verde, no nos para nadie hasta la General Paz. ¿Sabés cuál puede ser el único problema?”.

La miré de reojo y replicó: “Los pelotudos”.

Arrancamos. Cuando algún auto o colectivo hacía una maniobra indescifrable, Nora saltaba: “¿Ves lo que te digo? Lo que hay que hacer es esquivar a los pelotudos, y así se llega bien a donde uno quiere”.   

Empezar a romper

La primera vez de las Madres en Plaza de Mayo fue el sábado 30 de abril de 1977. El 15 había desaparecido Gustavo. Militaba en la Juventud Peronista. Flaco, sonriente, bigote setentista, pelo largo.
En la casa de Nora hay una foto en la que se lo ve mirando a los chicos de la Villa 31, en la que militó con el padre Carlos Mugica. “Tiene un gesto que me parece dolorido y comprometido con lo que está viendo. Pero fijate los chiquitos: son iguales a los que ves hoy en las villas”. Se queda pensando: “Nuestros hijos luchaban por la justicia social. Pero hoy la brecha entre ricos y pobres es todavía mayor que cuando se tomó esta foto”. Para esa mujer que había tenido que amoldarse al rol de ama de casa y profesora de alta costura, la desaparición del hijo representó el fin de muchas cosas. “Fue dejar la casa y salir a buscarlo. Y fue para todas igual. Mujeres comunes que no éramos de la academia, ni de los grupos de pensamiento. Pero hoy entiendo que ahí ya fuimos feministas. Ahí empezamos a romper”.

Relata Nora que los varones y esposos no intervenían en las rondas porque el horario de las 15.30 era de trabajo. “Pasaba otra cosa. Al ver a los milicos algunos padres decían ‘yo le dije a mi hijo que no se metiera’ y cosas así. Entonces eso no servía. Las madres no hacíamos esas cosas”. Confrontaban. El lugar común indica que el dolor enceguece, pero Nora piensa distinto: “El dolor nos hizo ver. Nos fortaleció, y nos ayudó a ser claras”.
Empezó a entender algunas charlas que había tenido con su hijo: “Una vez me dijo: ‘¿Sabés que te pasa, mamá? Te falta calle’. Aprendí. Ahora me pasé de calle. Más que en los libros, la concientización está en la calle. Esto significa moverse siempre. Y no pensar dos veces ”.

Mínima, vital y móvil


Más fragmentos.

Desde que cumplió 82 años se definió como mínima, vital y móvil.Mínima: Nunca escondió la edad, pero ocultaba su estatura.
“Ni a mis nietos se los digo”. En el jardín de su casa hay una pequeña piscina
de dos metros de largo y uno de profundidad. Me la mostró y me guiñó un ojo: “Me
meto con salvavidas”.

Vital: Parece inagotable, aunque no lo es. Hace años sufrió
un ínfimo ACV. “Hablé dos horas después de eso en un acto, y parada. Ni yo lo
puedo creer. Pero es un compromiso con nuestros hijos y nuestras hijas. No es
un sacrificio para nada. Cada día es estar donde hay una injusticia”.

Móvil: Sus idas y vueltas a Castelar en micros, trenes
y subtes fueron durante décadas una especie de gesta cotidiana en medio de la
multitud. Un día me contó: “El otro día bajaba del tren. En el medio del gentío,
un chico que iba a subir me vio, tenía un chocolate, me dijo ‘gracias por todo
lo que hacés’, me lo dio y subió. Me quedé en el andén con el chocolate
llorando de emoción. Ni sé el nombre. Solo sé que era un chico del oeste”.

Cómo posar en una foto

Nora estuvo en la inauguración de la anterior y de la actual sede de lavaca: nuestra madrina. Siempre llegaba con flores. Allí, y en todas partes, la gente siempre le pidió fotos. Cuando le reclamaban sonrisas con el clásico “digan whisky”, Nora replicaba: “Digan clítoris”.

Un día me dijo: “La magia no nace porque sí. La tenés que crear con tu espíritu. El espíritu de ver el lado bueno de la vida. Si no hacés magia con lo que te pasa, es imposible sentir que lo que hacés está bien, que te genere alegría porque no estás entre los mafiosos”.

Me contó también que su biznieta Camila, a los 9 años, le dijo que los besos y los abrazos contagian gérmenes. “Pero el abrazo y las caricias estimulan las endorfinas que son lo que dan ganas de vivir. Cuando alguien está enfermo, lo acariciás, le das la mano y eso es terapéutico por las endorfinas. Así que en eso sí que tengo partido: soy partidaria de los besos y los abrazos”.Defendió siempre la democracia, por eso desconfiaba de los políticos. Varias veces votó metiendo un papel en el sobre, con estas palabras: “30.000 detenidos desaparecidos. No al extractivismo. No a la persecución a las comunidades indígenas. No a la deuda externa impagable, inmoral y odiosa. Me lo habrán anulado. No importa, saben que estuve ahí”. 

En la Plaza, antes y hoy

Plaza de Mayo, jueves, 15.30.
Las Madres están partidas desde 1986, pero allí están. Girando siempre en sentido inverso al de las agujas del reloj, como para recuperar el tiempo detenido por el terror. Cada uno de los dos grupos (Asociación y Línea Fundadora) en el extremo opuesto de ese círculo alrededor de la Pirámide de Mayo que culmina con una estatua que representa a la Libertad. La libertad está inmóvil, mientras la memoria, la verdad y la justicia rondan alrededor. Esa vez ocurre en tiempos de Mauricio Macri. Al final de la marcha circular Nora toma un micrófono, presenta a gremialistas, a asambleístas anti mineros, a maestras de escuela, a familiares víctimas de femicidios, denuncia la deuda externa y eterna, y anticipa lo que vino desde entonces hasta hoy, “porque hay gente que se queja en la verdulería, pero no entiende que lo que le pasa es consecuencia de que se están llevando los dólares y las riquezas, y cada dólar se paga con hambre en nuestro país”. 

Repaso lo que dijo aquel día, como si lo estuviese diciendo hoy. Dice que el gobierno (¿aquel gobierno?) es “negacionista, inmoral y ladrón”, y cuenta lo que está sintiendo. “Hoy no hay buenas noticias para dar, la buena noticia fueron esos chiquitos que vinieron de Lugano”.
Agrega: “No nos volvamos locos. Cada día me acuesto pensando ¿qué mal van a hacernos mañana? Es como que con cada acción, con cada decisión, quieren humillar. No lo logran, porque nos tienen que resbalar las cosas que dicen y hacen”.
Mira a la gente: “Siento que esta Plaza es mágica. Me siento feliz aquí. Me da pudor decirlo, con tantos desastres que pasan, pero es lo que siento viendo que tantas personas vienen, se encuentran, se abrazan, se reconocen”.

Salto a este 2024, en el que mis compañeras y compañeros de lavaca resolvieron reforzar el acompañamiento a cada marcha, cada vez con menos Madres, que sienten que lo que está en juego es seguir. Les debemos eso: acompañarlas en un momento así. Nora fue varias veces este año. Otros jueves empezó a no poder. Se organizó una cobertura fotográfica colaborativa de cada una de esas rondas. En esos giros vimos el nacimiento de Hermanxs (hermanos y hermanas de personas desaparecidas) y lo más nuevo: Nietes. Norita alcanzó a fotografiarse con esos grupos que fermentan el futuro.

«Digan clítoris»

Nora puño en alto, Elia Espén, y Nietes. Foto: Lucía Prieto para la cobertura colaborativa. Abril 2024.

Me llegan mensajes de hoy. Lina y Francisco están en Misiones, cubriendo el conflicto provincial. «Le dimos la noticia a la asamblea y acampe docente, le brindaron un aplauso. Fue muy emotivo». Claudia: «Fue muy fuerte estar en la ronda hoy, y verla a Elia Espén, y que transmitía tan claro y con el cuerpo que sabía, y nos miraba a los pocos que éramos, y decía ‘griten más fuerte’, y temblaba. Pedía que no dejemos de ir. Le agarré las manos y le dije que se quede tranquila, que íbamos a seguir». Lucas: «Por cada lágrima se me vienen mil sonrisas porque así iluminabas todo. No sólo por tu Gustavo, que llevabas siempre a la altura de tu corazón, sino en una calle conurbana que pedía a gritos la aparición de un pibe desaparecido por la Bonaerense, en una asamblea de algún pueblo fumigado, en cualquier marcha feminista, en cada fábrica recuperada. Decías: todo daño que nos hacen transformémoslo en amor». Franco: «Norita era magia subidora, sonrisa y puño en alto, se fue para no aguantar más a este gobierno, y estará más que viva que nunca».

Se me ocurrió hace tiempo preguntarle a Nora: ¿Cómo imaginar esa ronda cuando ya no queden Madres?

“Yo no me imagino nada. Nunca digo que esto va a ser así o asá. Lo que creo es que siempre hubo etapas con determinadas personas que vivieron y luego murieron. Es la ley de la historia, y de la vida. Ojalá nunca más tenga que haber Madres porque hay genocidios y represiones. Pero en nuestro caso, de algún modo estaremos en la Plaza. Y entonces habrá que ver qué es lo que nace”.

Me lo dijo sin miedo y sin nostalgia, haciendo bailar esa sonrisa alimentada en la calle con abrazos y resistencia, besos y valentía, magia y endorfinas.

Su última salida pública fue para ver el show de Susy Shock: una noche de alegría.

Hay tanto para contar, y tan poco para decir en esta noche triste, que tal vez solo alcance con repetir la palabra que le dijo aquel chico del Oeste que le regaló un chocolate en un andén, y que la emocionó: gracias. Mientras la imagino ahora mismo en un barco, bailando y cantándole al río.

«Digan clítoris»

Imagen de Martín Acosta en 2024, parte de la cobertura colaborativa de fotos organizada por la revista MU durante ese año. Siempre girando en sentido inverso a las agujas del reloj, pero marcando la hora de la sociedad argentina desde la primera ronda de 1977.

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